Por Eduardo Luis Aguirre
 
Y al que apetezca la gloria debe despedirse a tiempo del honor y dominar el arte difícil de irse en el momento oportuno ( F. Nietzsche)
 
Almas espectrales. Que deambulan desorientadas entre la opacidad de las lógicas infranqueables del dogmatismo y el positivismo, nuestros fetiches extremos. Que, en el fondo, seguimos pensando que el derecho puede ser neutral  e independiente de las ideologías y las relaciones de fuerzas políticas.
Álvaro Núñez Vaquero
Por Eduardo Luis Aguirre

Para comprender y dimensionar el alcance de las teorías críticas del derecho, hay pocas aproximaciones más precisas que las que ensaya Álvaro Núñez Vaquero. Este movimiento, la teoría crítica, asume una clara direccionalidad política (que parte de la premisa de que el derecho es política) y se cuestiona no tanto «¿qué es el derecho?» o «¿cuál es el contenido del derecho?», sino «¿qué podemos hacer en el mundo como juristas? ¿cómo podemos mejorar el mundo?» (*).
 
En líneas generales, la teoría crítica afirma que el derecho es una construcción cultural asimétrica, tendiente a reproducir un determinado orden de las sociedades y garantizar las jerarquías existentes al interior de las mismas. En el orden global, el derecho internacional responde, también, a una determinada relación de fuerzas políticas, militares, económicas, geoestratégicas y culturales. Por esos motivos, el derecho no puede ser comprendido con prescindencia de la realidad social y de las injusticias que caracterizan a estos agregados. Este punto de partida cancela la posibilidad de una concepción neutral del derecho como la que históricamente ha venido planteando el positivismo, una de las herramientas de colonización intelectual más formidables que se ha apropiado del aprendizaje y la enseñanza de esta disciplina.

Por Ignacio Castro Rey (*)

 

Subsisten todavía dos tipos de imágenes. De un lado, los iconos publicitarios que nos rodean, mayoritarios y funcionales, remitiéndose unos a otros, envolviéndonos con una pared protectora que se engarza al tiempo lineal y a sus metas. Estas imágenes, que inundan a veces al arte, aparecen "colgadas" en la cronología social y crean cobertura porque su teleología nos permite seguir con la velocidad de la comunicación. Nos permiten interactuar, deslizarnos, consumir: ser salvados, por la religión de la circulación, del demonio de lo real, este espectro de lo inmóvil que recorre los bajos de este capitalismo cultural en el que convergen derecha e izquierda El referente de todas estas imágenes es la seguridad del desplazamiento continuo, que se ha convertido en nuestra idea fija. Individualismo y comunicación trenzan con esas imágenes una dialéctica sin fin.

Pocos se animan a evocar la conjetura trágica. Muchos, ni siquiera la perciben en una sociedad que avanza hacia el insondable abismo, bastante más previsible que sus formas. Formas que tal vez desde la opacidad de los poderes fácticos que articulan la escalada derechista (en el mundo, en general, y en la Argentina en particular) obedezcan a un diseño preconcebido que explique la violencia sin fin.

Por GERMÁN PALKOWSKI (*)
(Nota del autor: las líneas que siguen surgen de reflexiones y cabos sueltos, arrojados al papel “en caliente”. Posteriormente sazonados con algún atisbo de estructuración y mínimo ordenamiento. Lejos de pretenderse exhaustivas o concluyentes, buscan compilar una serie de puntas para dar origen a posteriores enmiendas, objeciones y/o debates con respecto a la situación de guerra total en la cual se sume el mundo por estos días).
 
Por Nora Merlín (*)
 
Se suele afirmar que la noción de voluntad popular planteada por Rousseau no resulta de aplicación en la actualidad, a raíz de que el crecimiento demográfico de las ciudades torna imposible el funcionamiento asambleario de la democracia. Sin embargo, la teoría del populismo de Ernesto Laclau hace posible resignificar el planteo de Rousseau sobre la voluntad general, y postular su vigencia en las democracias actuales.
 

Por Eduardo Luis Aguirre

Sigmund Freud fue un médico neurólogo vienés, nacido en 1856, en un contexto familiar singular y en un período histórico en el que la sociedad austríaca atravesaba una crisis colectiva, que a la postre derivaría en hechos históricos por todos conocidos. La sociedad vienesa de su época era una sociedad imperial, represiva y mojigata, especialmente en lo que respecta al ámbito de la sexualidad. Freud se interesó por estudiar una patología muy frecuente aunque soterrada en esos años: la histeria.

Por María Liliana Ottaviano (*)


“El otro ya ha sido suficientemente masacrado. Ignorado. Silenciado.

Asimilado. Industrializado. Globalizado. Cibernetizado. Protegido
Envuelto. Excluido. Expulsado. Incluido. Integrado. Y vuelto a asesinar.