Por Eduardo Luis Aguirre
“Quinientos años después, el colonialismo y la colonialidad lograron perdurar edulcorando las formas extrínsecas y el poder de las nuevas e incipientes democracias de América Latina. El Consenso de Washington no puede ni necesita valerse de los crímenes monstruosos inferidos sobre el cuerpo de los nuevos “no otros”, La colonización de las subjetividades se produce mediante mecanismos mucho más sutiles” (1)
La vertiginosidad de la época, que parece alterarlo todo, tampoco exhibe entre sus singularidades condescendencia alguna con las rutinas y discursos de los docentes. Por más que quienes acreditan décadas de actividad áulica se hayan preocupado por comprender el mundo a través de un pensamiento actualizado y crítico que aspirara a entender una realidad en permanente transformación, el aceleracionismo actual puede estragar cualquier esfuerzo epistémico.
En los espacios universitarios de posgrado, esas exigencias y las respuestas a veces insuficientes o a destiempo se han convertido en un quiebre de dichos espacios dialógicos académicos.
Desde hace tiempo, los docentes advertimos (o, al menos, deberíamos hacerlo) que en las clases actuales es mucho más factible y fructífero aprender a ensayar preguntas que intentar obtener respuestas o certidumbres apodícticas. Hace años que los profesores y los alumnos hemos comenzado a aprender el valor de las preguntas, el calado de lo incierto y la capacidad de problematizar la inédita celeridad de los cambios que se precipitan de una manera inédita sobre la técnica y los saberes. En las disciplinas sociales, no es tanto el “saber” sino la curiosidad sociológica, la voluntad de atravesar las paredes que tabican los nuevos hallazgos, e intentan desechar el saber cristalizado de las manualísticas y asumen la transversalización del conocimiento, lo que surge de la invicta vocación de pensar a contracorriente.
Pero para que todo esto emerja es imprescindible que el docente asuma la responsabilidad ética de enunciar un pensamiento capaz de coaligar diversas vertientes epistémicas y señalar un rumbo posible para que el pensamiento colectivo enfoque un horizonte propio y emancipador. De lo contrario, las batallas cotidianas se seguirán perdiendo de manera casi inexorable.
Hay un desafío permanente en nuestras universidades que no nos permite escindirnos de la constatación de que la técnica va de la mano de la hominización. Este proceso conjunto viene desde el fondo de la historia, desde el descubrimiento del arco, la flecha, rueda y las primeras embarcaciones hasta la energía nuclear, internet, y ahora la IA. Para los juristas, criminólogos y sociólogos, esta conexión histórica configura un desafío inédito. Se trata nada más y nada menos que de articular las nuevas indagaciones y conclusiones y aceptar la provisoriedad de las mismas. Ese impacto imponente supone para nosotros la nueva mirada sobre esta inteligencia que nos causa dificultades nunca antes vistas, temores fundados y también esperanzas. La observación de la realidad es más feraz, en términos cognitivos, que cualquier ensayo de codificación.
Hace 3 meses se celebró en India la IV Conferencia sobre inteligencia artificial y por primera vez se estableció una suerte de proto propuesta para regular el uso de semejante tecnología, considerado el descubrimiento más grande de la historia humana pero también un riesgo de colonización de la especie humana y hasta la posibilidad de su aniquilamiento. Esa es la regulación más significativa que afrontamos. La que sea capaz de conjurar los riesgos emergentes de las nuevas tecnologías. Esas tecnologías dejan al descubierto lo que Miguel Benasayag denomina “exceso de numerario” (2). Por primera vez, debemos adaptarnos a la idea de que “no habrá para todos”, que Probablemente “sobrará gente” en este mundo habitado por 8000 millones de habitantes. No habrá trabajo ni inclusión, pero tampoco alimentos, ni idea de futuro, ni sociedades equitativas. Hasta hace pocas décadas, cada uno desde su nicho ideológico, tanto el comunismo como el liberalismo auguraban la posibilidad de atender a las necesidades y derechos de la gente. Hoy intuimos que eso no será así. Y sobran los elementos objetivos y subjetivos para percibir ese estado de masiva privación. Millones de vidas desnudas de “homo sacer” con los cuales es posible hacer cualquier cosa sin que ellos hayan hecho nada para ser víctimas de ese calvario por venir. Lo verdaderamente impactante es que, hasta ahora, la IA y las nuevas tecnologías parecer pertenecer a un grupo selecto de multimillonarios que proveen a los estados y los mercados de adelantos que sirven para fomentar la paz, pero también para promover la guerra. Es lo más brutal del pensamiento humano lo que diseña un mundo donde el Otro en tanto Otro se difumina en su presencia menesterosa. Frente a esa marea de excluidos, la mayoría “hace como que no la ve”. Peor aún “preferiría que no existiera”, decía el pensador Avishai Margalit en su libro “La sociedad decente” (definida como aquella cuyas instituciones no humillan a las personas) publicado en 1997 (3). El siglo, casi sin que nos demos cuenta, ha atravesado su primer cuarto creciente. La mirada del pensador israelí parece una premonición, pero es en realidad un ejercicio de anticipación. He aquí un “avisador de incendios”, la ardua tarea que nos toca a sociólogos, filósofos criminólogos y juristas que debemos ocuparnos de la conflictividad de las sociedades. Menuda faena.
Vuelve Heidegger. Vuelve a preguntar: ¿qué significa pensar? Pensar en lo grave, en lo gravísimo. En aquello que, si no saltamos las cercas del dogma de las universidades (por algo los tecnofascistas las llaman “La Catedral”, porque en esos claustros ubican a su contendiente en la “batalla ideológica”) nos resultará imposible pensar. Demasiadas incógnitas. Y todas en tiempo real.
La primera pregunta que me hago es “¿qué hacer?” (lo mismo que se preguntaba Lenin a principios del siglo XX) con una ultraderecha actual, que abjura de la democracia, que nos ha hecho retroceder siglos en lo que hace al abordaje y la teorización del crimen y los ilegalismos, que ha naturalizado la crueldad y la violencia hasta llevarnos, sin que nos diéramos cuenta, a la edad de piedra.
Vivimos una especie de “Escuela de Chicago al revés”. Frente a la nueva Torre de Babel donde cualquier discurso está legitimado, los estados y las sociedades, lejos de acoger a los inmigrantes, los niños, las disidencias y el pluralismo de los distintos. Por el contrario, se creen con derecho a destruirlos. Aquello que llamamos criminología, de la mano de la IA, tal vez pueda conducirnos a nuevas técnicas de vigilancia y control a cielo abierto, a crímenes masivos, delitos de guerra, genocidios y demás catástrofes sociales. Ese es el gran cambio cualitativo, enorme y paradojal. Los grandes oligarcas que manejan la tecnología no piensan en emular a Kennedy ni a Johnson. Su apuesta no es la integración del diferente, del inmigrante o del transgresor para ensanchar el ejército de reserva del capitalismo. Tampoco incluirlos en grandes instituciones de “reinserción”. Su idea es reducirlos a la condición de homo sacer. Exterminarlos, en una palabra. Y en una frase, ya comenzamos a advertir que quien solo sepa repetir máximas del derecho pero ignora el resto de las epistemes será un paria en esa nueva “terra incógnita”, como decían los viejos planisferios.
Hasta allí, el libro resiste y puede dar cuenta de los acontecimientos que se derivan a partir de un sistema de control global encarnado por la OTAN y la impunidad de una potencia cuyos militares no pueden ser juzgados por los tribunales regulares internacionales por vía de la voluntad unilateral de su propio gobierno.
En un segundo momento analizaremos la pandemia, el Tecnoceno, la influencia de la técnica, la debilidad congénita de los derechos humanos que conocimos, el transhumanismo, los nuevos dispositivos de control y los 22 puntos del Manifiesto Palantir. El esfuerzo intelectual radicará siempre en la articulación de saberes que quizás nunca habíamos pensado conjugar.
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