Por Eduardo Luis Aguirre
Hace más de una década escuché por primera vez a Jorge Alemán. En ese momento, dictaba la conferencia “Subjetividades y política” en la Facultad Libre de Rosario. La presentación fue impactante. Tanto, que la asumí como el planteo más original para comprender las complejidades del dispositivo neoliberal. Algo así como la posibilidad de entender las perplejidades que nos deparaba el nuevo capitalismo. Alemán se transformó desde ese momento en mi pensador indispensable. Comencé a leer sus libros y artículos. Asistí a sus exposiciones en Buenos Aires y en Madrid, sin disimular el asombro genuino que despertaba el descubrimiento de las "nuevas subjetividades". Algo que en las tradiciones críticas clásicas no se exploraba con demasiado detenimiento o al menos yo no lo había valorado en su singular relevancia hasta ese momento. La cercanía simbólica y teórica de Alemán me permitieron abrir por primera vez una puerta al mundo que exploraba al hombre nuevo del capitalismo durante el siglo XXI. La utopía de las izquierdas había sido completada por su antagonista. Eran las derechas las que podían exhibir un nuevo tipo de hombre, el empresario de sí mismo, meritocrático, prescindente de la política, extrañamente egoísta, consumidor empedernido y víctima de nuevas y horribles retóricas legitimantes de la desigualdad en el mundo.
No volví a experimentar una sensación de epifanía semejante hasta que di con una entrevista que le hicieron en la televisión pública argentina a Flavia Costa, quien desarrollaba el tema del estado de excepción, el homo sacer y la nuda vida, categorías imprescindibles, también, para entender las nuevas peculiaridades planetarias. Hace poco tiempo me encontré con “Tecnoceno”, el último libro de esta docente e investigadora de la UBA. Escuché muchas de sus entrevistas alrededor del libro y me anoté en un curso virtual sobre el tema del libro antes de adentrarme en su lectura y en la fantástica observación del mundo desde distintas perspectivas disciplinares.
Flavia Costa viene del campo de las ciencias sociales, pero piensa explorando otros campos del pensamiento. Cita autores de distinta procedencia epistémica y da cuenta de un accionar colectivo donde participan intelectuales con recorridos diferentes.
Flavia Costa fue, en definitiva, una segunda experiencia para intentar conocer y comprender las aporías que nos deparan las nuevas realidades e imaginar un futuro imperfecto. Quienes pensamos y militamos al unísono capturamos e intentamos convertirnos en proveedores contemporáneos de significados y significantes. La mayoría nos convertimos en nuevos recolectores de preguntas, reflexiones. conjeturas y experiencias. Pero en esa búsqueda insaciable sólo algunos pocos llegan a convertirse en “avisadores de incendios”. Gilbert Keith Chesterton, el escritor y filósofo que a principios del siglo XX fue conocido como “El príncipe de las paradojas”, ensayó 17 profecías que se cumplieron. Chesterton es recordado por sus decisivos aportes literarios, pero también por ser uno de los más grandes “avisadores de incendios”, aquella categoría de Walter Benjamin que tanto echamos de menos y que fue, justamente, la que arrimó una nueva comprensión de la historia humana. El avisador de incendios es alguien que por su comprensión del mundo y su sensibilidad llega a conocer las distintas variables y anticipar los cambios de un presente en permanente aceleración (o caos) y un futuro inescrutable.
Pobres de aquellos países cuyos dirigentes no puedan comprender las nuevas complejidades ni preocuparse por valorar de manera suficiente a quienes sí lo hacen.
Los cambios actuales se precipitan a una velocidad inimaginable y no puede analizárselos si no es articulando significantes que provienen de diversos saberes. Por algo, el Consenso de Washington no dejó escapar la oportunidad de confundir la conducción política con la razón gestiva, entre otras malversaciones que atravesaron su retórica. Si lo gestivo adquiere centralidad excesiva para los decisores, está claro entonces que, como contrapartida, la teoría y el conocimiento habrían de devaluarse en la arena de la política.
Cuentan las crónicas que, durante los ajetreados años de la segunda posguerra, los franceses salían a comprar los periódicos preguntándose “¿qué habrá dicho Sartre sobre esto?”. Esa es la mejor demostración de la búsqueda de respuestas a partir de la producción de los grandes pensadores.
No acertar en la selección de los avisadores de incendios es nuestra exclusiva responsabilidad, pero además es una forma de asunción de un riesgo prohibido, un riesgo de los que bien habla nuestra autora. No hay otra posibilidad de superar nuestras estupefacciones que leyendo o escuchando a los críticos, sobre todo cuando se trata de pensadores que han innovado lo conocido y se han animado a ensayar nuevas y robustas originalidades.
“Tecnoceno” es un libro breve y a la vez comprensible en su imperiosa complejidad. Es un libro que la autora escribió durante la pandemia, y la pregunta que la motivó es justamente qué estaba pasando en la excepcionalidad de ese acontecimiento planetario, una experiencia traumática durante la cual el 90 por ciento de los seres humanos sufrió alguna dificultad, cualquiera fuese su magnitud. Se pone en juego el concepto de era o al menos de época, una nueva época donde convivían las más modernas formas de destrucción con los adelantos más significativos en materia tecnológica. Un tiempo donde las huellas y sedimentos irreversibles de los residuos nucleares correspondientes a las pruebas atómicas de posguerra auguraba una vigencia de un daño tan prolongado como el que lleva el ser humano viviendo sobre la faz de la tierra. En el tránsito del término al concepto, la época se debate en su denominación. Puede ser antropoceno, capitaloceno, o tecnoceno. Y esa era pudo iniciarse con la agricultura, con la revolución industrial, con el descubrimiento de lo nuclear o con internet y la revolución digital. En este mundo que es presa del aceleracionismo y una tecnología imparable, donde existen poderes inhumanos y desde hace tiempo que pueden crearse nuevas especies, el gran desafío consiste en la posibilidad de crear un nuevo transhumanismo crítico. Fukuyama no acertó con su idea de fin de la historia, pero en cambio Flavia Costa nos habla de la perplejidad por diseño y el temor mundial a la catástrofe. Del dominio de las emociones y los estados de ánimo de las sociedades. Da cuenta de 1200 ciudades censadas y recuerda la hipotética conexión entre los estados de ánimo y las bolsas de valores. De los presuntos tests de personalidad que permiten conocer las subjetividades y el cociente intelectual que son en realidad encuestas electorales. Recuerda el caso de la consultora británica Cambridge Analytica en Facebook. Nos hace caer en la cuenta que los dispositivos no son herramientas sino nuevos territorios. La OTAN, nos señala la autora, ha declarado ciberespacio como un cuarto territorio de operaciones militares, junto al espacio, la tierra y los mares. Un territorio que ocupa además gran parte de nuestras horas, que nos permite crear y establecer articulaciones como hace Tecnoceno pero también generar una gigantesca red de vigilancia global.
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