Por Eduardo Luis Aguirre
Llamamos sádicos a aquellos sujetos que disfrutan con el dolor ajeno. Los miserables son seres ruines, canallas, incapaces de introyectar, incluso según los textos bíblicos, la gracia de la misericordia cristiana. Estas personas, envilecidas por las más bajas pasiones, integran la grey que ha logrado que los trabajadores y trabajadoras puedan perder los derechos y conquistas que habían conseguido hace alrededor de un siglo. También son sádicos miserables quienes aplauden este agravio y lo defienden. Esa es la verdadera naturaleza de las conductas abyectas y éste el alcance de la nueva ley laboral impuesta en la Cámara de Senadores argentina. Por algo pensadores como Alain Badiou descreen que el sistema parlamentario actual pueda llevar a cabo transformaciones significativas en términos de profundización voluntaria. Argentina acaba de ratificar su condición canalla a través de sus propios parlamentarios. Cuando utilizo la palabra canalla lo hago con el alcance que le confiere Jacques Lacan a aquellos que descreen de la verdad. Definitivamente, se naturaliza el horror, o al menos correspondería preguntarse cuánto más de lo horroroso hay que soportar todavía. La pregunta nos conmina a asumir con dolor que nuestros y nuestras representantes están dispuestos a perforar un piso de derechos que nos definió culturalmente como sociedad. Que están prestos a hacer sufrir. Que están determinados a convertir una sociedad industrializada y próspera, articulada cotidianamente por el trabajo sindicalizado y una participación armónica de lo producido mediante la fuerza de trabajo puesta al servicio de sus empleadores en lo que ahora se ha dado en llamar tecnofeudalismo. Extrañamente, luego nos asombramos ante el descrédito de la democracia Pero¿quién podría querer voluntariamente sujetarse a un contrato hipotético donde algunos ganan cada vez y una muchedumbre de No-otros se exhiben con la crudeza de zombies en un mundo que ya los propios magnates están pensando en abandonar?.
Nos hemos ocupado de Varoufakis en nuestra última entrega. Debo aclarar que no me completa su mirada de un porvenir de vasallaje, de una nueva Edad Media. El griego escribe para Europa. Ni en América ni en Asia ni en África existió un medioevo. Pero no hay duda que la concentración obscena de riqueza en pocas manos sólo puede degradar a la especie humana. El desafío es descubrir qué intenso dolor caracterizará a la sociedad argentina futura. Y de esto sí nos hemos ocupado y, naturalmente, también lo ha hecho el intelectual de Atenas. ¿Acaso los pobres no han sufrido lo suficiente? Esa es la pregunta crucial que nos hacemos: ¿qué grado de dolor serán capaces de soportar los nuevos des-existentes, los dolientes de un post humanismo que cruje, también en la Argentina? ¿Somos verdaderamente conscientes del mundo que dejamos a nuestros hijos e hijas? ¿a nuestros nietos? Un mundo individualista, cruel por definición, canalla por elusivo de la verdad, inmisericorde, no solidario y miserable. Un universo regido por relaciones de vasallaje, donde nada dura para siempre, ni siquiera lo demasiado humano. Como se preguntaba Umberto Eco: ¿en qué creen los que no creen? ¿Qué escenario patético será nuestro hogar común? ¿cómo afrontaremos una vida profundamente infeliz, donde la ética y la moral común colapsen y no haya un sólo denominador común que nos aglutine? Empezaron por castigar el trabajo y por penalizar a las los niños. "Algo triste va a suceder, algo horrible nos pasará", escribía el compositor musical chileno Luis Advis.
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