Por Eduardo Luis Aguirre
“En otras palabras, en este modelo inmanente, en vez de existir una autoridad externa que imponga el orden a la sociedad desde arriba, los diversos elementos presentes en la sociedad pueden organizar ellos mismos la sociedad en colaboración” (Hardt, Michael; Negri, Antonio: “Multitud”, Editorial Debate, 2004, p. 391)

La realidad histórica de los servicios de inteligencia interior en la Argentina, está signada por un cerrado oscurantismo, compatible con los horrendos cometidos asignados a muchos de sus miembros, copartícipes del terrorismo de Estado durante la década del 70.
No obstante, contrariamente a lo que podría suponerse, la negritud de la historia de los “servicios” en la Argentina no comienza con el golpe del 76', ni tampoco con la aparición brutal de grupos paramilitares, por caso la “Triple A”, durante el Gobierno de Isabel Perón.
La “Ley Nacional Secreta” 19083/71, por ejemplo, incorporaba “al plantel básico de la Secretaría de Informaciones de Estado, a diverso personal de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones”. “Los agentes de que se trata -decían los crípticos y prietos fundamentos de esta norma de facto-, la mayoría de los cuales ha prestado servicios en ésta durante casi diez años, han evidenciado no sólo sobresalientes condiciones de idoneidad y relevantes cualidades morales, sino también gran confiabilidad, lo que resulta de gran importancia debido a las tareas que desempeñan y a la naturaleza de la labor específica de esta Secretaría”. Es decir, que la intercepción de las comunicaciones telefónicas estaba en manos de confiables expertos del régimen militar.

Por su parte, otra norma, la 17.112/73, aprobó con carácter igualmente “secreto”, nada más y nada menos que “el Estatuto para el personal civil de la Secretaría de Informaciones de Estado y de los Servicios de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, constituido por las disposiciones de la presente Ley, que establecen las carreras, deberes, derechos, retribuciones y régimen disciplinario para este personal afectado a tareas de seguridad y defensa nacional (Art. 1ª). Estableció además que el personal no debía “tener antecedentes que lo sindiquen como afiliado o simpatizante de agrupaciones políticas extremistas o de teorías foráneas, ni vinculaciones de sangre, comerciales o sociales voluntarias, con personas o entidades de tal carácter”. Que debía ser presentado por persona de “solvencia moral indiscutida”, y “recabar autorización para contraer enlace, informando con anticipación no menor de sesenta días, la filiación civil completa del futuro cónyuge, que no debe ser nativo de país limítrofe al nuestro, a los fines de averiguación de antecedentes morales e ideológicos”.
Recién durante el Gobierno de Néstor Kirchner se prohibió expresamente a ese organismo realizar más operaciones de inteligencia -claramente inconstitucionales- respecto de colectivos e instituciones sociales, civiles, políticas, organismos de DDHH. Fue el primer esfuerzo normativo del Estado por ponerle límite a actividades realizadas, paradójicamente, desde el propio Estado.
Ahora bien, si esta incompleta síntesis histórica ayuda a repensar el rol de los servicios en la Argentina en las últimas décadas, el desafío inconcluso de la democracia radica en “actualizar” las actividades de esas agencias, de sus operadores, y de todos aquellos que, habiendo formado parte de las mismas o participado por afinidad ideológica en tareas de delación, información o inteligencia interior en el pasado, quizás no hayan renegado de esas prácticas, sino que las hayan reformulado en claves compatibles con la sociedad de mercado, sus lógicas, y las nuevas formas de dominación y control.
La cuestión no supone un mero ejercicio de imaginación, como podría pensarse en un primer momento.
En una sociedad donde la diversidad, el multiculturalismo, en fin, la “multitud” ha desplazado a paradigmas totalizantes con identidad propia, tales como el “pueblo” o la “masa”, los Estados-nación han abdicado buena parte del ejercicio de la soberanía entendida en clave decimonónica, en favor de entidades supranacionales y corporaciones.
Dos de las categorías conceptuales que han variado sustancialmente en los sistemas de creencias hegemónicos de Occidente, son la idea de “futuro” y la capacidad de los Estados para disciplinar a sociedades inéditamente dinámicas y plurales.
Campea ahora la idea de que “nada” dura para siempre (ni las naciones, ni el trabajo, ni las parejas, ni las familias, ni la vida misma) y que el Estado - al menos en el capitalismo tardío marginal- no ofrece respuestas consistentes y en tiempo real a las crisis sistémicas estructurales; cosa que no difiere sustancialmente, hasta el momento, con lo que ocurre en los Estados conducidos por gobiernos que se reivindican como “nacionales y populares”.
Es interesante relevar las lógicas del supuesto reportaje realizado a un narcotraficante alojado en una prisión brasileña, para plantearnos la verosimilitud de la “amenaza” de las multitudes, de los distintos, de los “otros” respecto de estados y sociedades inermes que proponen -todavía- soluciones disciplinarias, en las sociedades de control (ver www.rambletamble.blogspot.com).
Por eso mismo, supone un necesario desafío intentar un relevamiento, que aunque pueda representársenos como igualmente imaginario, reproduzca y explicite la verdadera capacidad de maniobra de los servicios de inteligencia en la Argentina, que son justamente medios de control social, probablemente mucho más inocuos para incidir, lo mismo que el Estado, en las nuevas sociedades.
¿Es posible entonces, pensar que durante las décadas de los 80' y especialmente los 90', al influjo de un proceso de privatizaciones inédito de los servicios esenciales del país, y de un retraimiento del Estado, o al menos de algunas de sus funciones esenciales, se haya producido un trasvasamiento de esos servicios al ámbito privado? Una suerte de privatización de las operaciones políticas o de prensa, de la delación y la información ilegal.
Si admitimos que, efectivamente, hay un nuevo “Estado Imperial” -capaz de poner en caja a un Obama con mayoría legislativa y condicionarlo al punto de hacer sucumbir sus principales promesas de campaña en los primeros cien días de gobierno- donde las corporaciones y las instituciones supranacionales exhiben su ventajosa relación de fuerzas, deberíamos preguntarnos qué es lo que está ocurriendo con este tema en nuestra región. ¿Los resabios de la “mano de obra desocupada” - de aquí y de allá- forman parte de esta fuerza de tareas, aunque no actúen orgánicamente?
En la Argentina se está dando un proceso de profunda reconversión social. El sistema político y el Estado colapsaron en el 2001. El colapso escapó al dominio y control de los actores políticos tradicionales. El Poder real, probablemente, haya perdido en estos últimos años las posibilidades de dominación históricas: no tiene cuadros, ni militancia, ni aparato. Sólo controla su enorme poder económico y su capacidad para contrarrestar a través del discurso y los medios las medidas que contradicen sus intereses de clase y sector. Tal vez el único "aparato", estructurado sea esta mano de obra que hace algunas tareas politico-militares como en Venezuela o Bolivia.
Pero ese “desguasamiento” de los servicios estatales, en modo alguno autoriza a ignorar la incidencia posible de cuadros que actuando por cuenta propia o de terceros ayudan a consolidar prácticas reaccionarias y conservadoras, en una sociedad contrademocrática, desconfiada, que es permeable a este tipo de prácticas regresivas. Las víctimas, por supuesto, tampoco serían casuales.
Supongamos por un momento la existencia de denunciantes compulsivos, aprietes, chantajes, episódicas operaciones, prácticas invasivas de los derechos civiles de las personas, intercepción de comunicaciones electrónicas y telefónicas que algunos medios han destacado en los últimos tiempos.
Existe un sugestivo silencio del periodismo “de investigación” sobre estos temas, que por supuesto deberían llamar la atención porque esos hechos pueden resumirse como acciones que atentan contra la convivencia social y dan la pauta de la debilidad de nuestras formas democráticas de baja intensidad.
Esto es, apenas, el principio de una indagación. En la dinámica del acopio de datos y memorias se escuchan relatos que establecen rumbos. Sobre la relevancia de la tarea no puede haber dudas. Resulta paradójico que en una sociedad atravesada por los medios de control social informales (entre ellos, la prensa, la extorsión y el rumor) nadie repare en estos nichos insondables, que remiten al pasado más tortuoso de los argentinos.
Por Eduardo Luis Aguirre.

El sesgo reactivo y profuso que caracteriza a la prédica de los dogmáticos que se han ocupado de confrontar -en los últimos tiempos y sobre todo a partir de setiembre del 2001- con el bagaje teórico del denominado “derecho penal del enemigo”, en no pocas ocasiones ha creído encontrar la génesis de esta concepción del mundo, que exacerba las nociones de sociedad (homogénea), norma, personas y roles, en los ensayos funcionalistas previos de Luhmann y en la obra de Carl Smith, adonde generalmente remiten[1].

Intencionadamente o no, han puesto a cubierto de la indagación de la filiación de este horizonte ideológico, a los clásicos, y más específicamente a quienes acuñaron, durante el capitalismo temprano, el propio concepto de “contrato social”.
Pareciera que el liberalismo no debiera vincularse bajo ningún concepto con postulaciones binarias y, más aún, que frente a la “amenaza” de la expansión del poder punitivo (interno, pero también global) expresada en clave de enemistad, habría que salvaguardar a la filosofía y al derecho modernos (a quien se asimila mecánicamente al “derecho penal liberal”) de cualquier coincidencia teórica con lógicas castrenses asentadas en el paradigma de la exclusión y la inocuización social. Las limitaciones ideológicas que revelan estos esfuerzos infructuosos únicamente pueden ser entendidas a la luz de algún nivel de adhesión o convalidación (explícita o implícita) respecto de la idea del “contrato social” - acaso la ficción conceptual más penetrante de la modernidad- y al rechazo a considerar los cambios sociales y aun a la historia misma como el producto de relaciones conflictivas y dialécticas.
En síntesis, parece percibirse un esfuerzo por preservar a los teóricos del capitalismo temprano -a quienes se asocia con las “libertades” civiles- de cualquier abordaje crítico que permita inferir algún tipo de analogía entre su discurso y las nuevas formulaciones legitimantes de la guerra contra los terroristas internos, los enemigos con los cuales el estado no dialoga sino que, por el contrario, combate.
En este sentido, es interesante observar de qué manera opera esta lógica tuitiva de una “modernidad” a la que se supone superadora del antiguo régimen y portadora de libertades que el imaginario social ha intuido como patrimonio del conjunto social, soslayando la condición superestructural de la misma, en tanto aparato ideológico afín a las nuevas relaciones de producción. Esta autonomía relativa ha sido materia de un olvido llamativo, a pesar que se incardina en los aspectos más sensibles del sistema colectivo de creencias e impacta sobre la definición del poder y el discurso del orden[2].
Justamente, Rousseau significa, en dicha clave, una alternativa superadora de la filosofía francesa del Siglo XVIII, la que no trasciende en general la crítica al feudalismo y el absolutismo, efectuada desde los intereses de clase de la burguesía, por lo que sus postulados deben ser objeto de un análisis particularizado en orden al objeto que nos convoca.
En Rousseau, particularmente, resulta interesante indagar respecto de un aspecto no demasiado explorado, cual es su visión respecto de los sujetos que se atreven a violar el pacto social, desplegando conductas desviadas o disfuncionales (en síntesis, opuestas a la noción de virtud) respecto de la convivencia colectiva.
Para ello, es preciso destacar la idea de “alianza moral” que establece entre el estado y los ciudadanos, de cuya unión pareciera hacerse depender la propia supervivencia del conjunto[3].
Esa alianza, planteada como consustancial a la supervivencia del estado, supone la afirmación de que el “contrato social”, suscripto de manera consensual por los ciudadanos, implica la concreción de la “voluntad general” dirigida al “bien común”[4].
Es más: se afirma que lo que confiere solidez y duración al estado es, justamente, el cumplimiento de los convenios[5]. La idea de contrato, de convenio, de ley y de cumplimiento, comienza a plantear una incógnita digna de ser despejada respecto de cual es la concepción de Rousseau frente a la infracción a la ley, definida como condición inherente a la asociación civil[6]. Es decir, frente al incumplimiento de un pacto social que da vida y existencia a un cuerpo político, estando a las categorías históricas (estado, ciudadano, pueblo, etc.) totalizantes de Rousseau.
En efecto, y como hemos dicho anteriormente, si “los compromisos que nos ligan al cuerpo social son obligaciones porque son mutuos”[7], en un escenario consensual cuya finalidad es la conservación de los contratantes[8], se impone el planteo de qué hacer frente al incumplimiento, frente a la ruptura lineal de la paz contractual, frente a la amenaza a la supervivencia social.
Cuando Rousseau establece las características de los diversos sistemas de legislación, tal como los denomina[9], concibe a la ley como una expresión del conjunto social, destinada a garantizar la igualdad formal y la libertad de contratar en el capitalismo temprano. En ningún momento Rousseau alude a la asimetría social respecto de la potestad de determinar qué está permitido y qué está prohibido en la sociedad. Es la misma sociedad, “en su conjunto”, la que salda mediante el contrato lo virtuoso y lo desviado.
Allí es cuando, como una consecuencia o derivación de esa relación entre los hombres y entre los hombres y las cosas, admite una última vinculación entre los hombres (no los “ciudadanos”) y la ley. La relación de incumplimiento o desobediencia a las leyes civiles deriva en la necesidad de establecer un sistema punitivo.
Pero este sistema criminal debe leerse en la clave inexorable del mandato social originario, que implica que, “si se encuentran opositores al contrato social, esta oposición no invalida el contrato”, justamente porque es éste el acto más voluntario del mundo.
Es decir que los “opositores” deberán asumir (y aceptar) inexorablemente la vigencia plena del contrato y, si lo infringen, quedarán al margen del mismo, pero el acuerdo no será nunca puesto en crisis. Se trata de una especie de “fin de la historia” anticipado. El desviado, el desobediente de las sociedades contractuales quedará así excluido de una suerte de pacto auto y heteroprotectivo, y por ende incuestionable, porque está refrendado por la sociedad misma, sin que intervengan relaciones de fuerzas internas y asimétricas en la aptitud para definir lo permitido y lo prohibido.
“Para que el pacto social no sea, por lo tanto, una fórmula vana, contiene tácitamente este compromiso, el único que puede dar la fuerza a los demás: quien se niegue a acatar la voluntad general será obligado por todo el cuerpo (el destacado en negrillas me pertenece), lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre, puesto que tal es la condición que dándose cada ciudadano a la patria le asegura de toda dependencia personal, condición que forma el artificio del funcionamiento de la máquina política y única que hace legítimos los compromisos civiles, los cuales, sin esto, serían absurdos, tiránicos y sujetos a los más enormes abusos” [10].
Rousseau, en un principio, parece reconocer como “enemigos” únicamente a los ciudadanos y no a los hombres y solamente en el marco de un estado de guerra entre estados[11], idea que además queda plasmada en su obra “Sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres”, donde expresa textualmente: “En efecto, ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles, a los culpables, o a la especie humana en general? La benevolencia y la amistad incluso son, si bien se mira, productos de una piedad constante, fijada sobre un objeto particular[12];…. Es ella la que, sin reflexión, nos lleva en socorro de aquellos a quienes vemos sufrir; es ella la que, en el estado de naturaleza, hace de leyes, de costumbres y de virtud, con la ventaja de que nadie se siente tentado a desobedecer su dulce voz.”.
Sin embargo, otros tramos de su obra abren la puerta para una interpretación en clave binaria de enemistad sociológica, donde a los desviados se les niega la condición de personas morales o de ciudadanos; por lo menos, a determinados delincuentes: “Todo malhechor” —dice Rousseau—, al atacar el derecho social, se convierte por sus delitos en rebelde y traidor a la patria; deja de ser miembro de ella al violar sus leyes, y hasta le hace la guerra. Entonces, la conservación del Estado es incompatible con la suya; es preciso que uno de los dos perezca, y cuando se da muerte al culpable, es menos como ciudadano que como enemigo. Los procedimientos, el juicio, son las pruebas y la declaración de que ha roto el pacto social y, por consiguiente, de que ya no es miembro del Estado. Ahora bien, como él se ha reconocido como tal, al menos por su residencia, debe ser separado de aquél mediante el destierro, como infractor del pacto, o mediante la muerte, como enemigo público; porque un enemigo así no es una persona moral, es un hombre, y entonces el derecho de guerra consiste en matar al vencido” [13].
En rigor de verdad, pareciera que la impronta que caracteriza la obra de Rousseau es esta permanente posibilidad interpretativa. Esta lógica de la ambigüedad que, en lo que atañe a cuestiones tan sensibles como la postura del liberalismo político respecto de la diversidad, amerita un análisis más profundo. “A juzgar por sus intérpretes, Rousseau nos ha legado un modelo para armar y ha extraviado deliberadamente las instrucciones, cada cual puede armar su modelo rusoniano de una manera ligeramente diferente, sólo la forma de las piezas obliga un (in)cierto orden”[14].
¿Pero cuál es la visión de Rousseau del “otro”, y cómo asimila a la otredad a la luz de su concepción férrea de la virtud? ¿Cuál es su configuración de la alteridad, de lo extraño, de lo diverso?
“El otro es monstruoso para Rousseau, su corporalidad le impide la aspiración a la transparencia perfecta y al autoreconcimiento de sí mismo en el otro, por ello para que cesen las guerras y las desigualdades entre los hombres, estos deberán sacrificar su alteridad. En el fondo, piensa Safranski, el proyecto rusoniano es un proyecto totalitario, cuya realización vio luz rápidamente en la figura de Robespierre el cual seguramente hubiese llevado con gusto a Rousseau a la guillotina, siendo consecuente con su doctrina de negarle al otro su derecho a la alteridad. Toda negación de la alteridad conduce necesariamente a la negación de la identidad y con ella a la negación de la individualidad. La versión de Safranski parece apuntar a que el pensamiento de Rousseau no sólo es políticamente peligroso sino teóricamente autocontradictorio. “Pesa sobre Rousseau la amenaza de caer en la trampa de su propio pensamiento”[15].
La negación de la individualidad, por ende de la identidad, encubre una ideología que, entre restaurar el orden y gestionar el caos (disyuntiva que es manifiestamente relevante en el capitalismo tardío y que debe ameritar una lectura crítica de los clásicos enciclopedistas liberales pues en esa clave se pretende resolver la conflictidad y el cambio social) opta por la utopía homogeneizante e inocuizadora en una sociedad que se caracteriza, justamente, por el derrumbe de paradigmas totalizantes de una modernidad temprana.
Al distinto se lo extirpa del “cuerpo social” por “infractor del pacto” y, por lo tanto, por “enemigo público”.
Existe indudablemente en Rousseau una lógica calvinista que depara inexorablemente frente a la infracción el castigo, casi como en una ecuación obligatoria propia de las tradiciones intelectuales protestantes. A los 38 años es premiado por su breve “Discurso sobre las ciencias y las artes” en el que postula que el desarrollo científico y artístico no ha depurado las costumbres sino que las ha corrompido.
Rousseau, por su obsesión como sociólogo y moralista, es un caso aparte, a tal punto que los enciclopedistas nunca le consideraron uno de los suyos. Mas aún, temían a su rebeldía, a su condición de plebeyo y de hombre supuestamente “sin tacto”. Probablemente ningún contemporáneo percibió como él las contradicciones del sistema social francés, de las que tenía conciencia desde el punto de vista (bastante más democrático que el de la mayoría de los ilustrados) de las masas pequeño burguesas oprimidas de labriegos y artesanos. Justamente, este sustento ideológico del ginebrino explica las contradicciones de su filosofía social, que es a la vez radicalmente democrática y duramente reaccionaria. Alienta el progreso e invita a los hombres a derrocar un sistema opresor, pero a su vez tracciona hacia un pasado compatible con un ideario social conservador. “El antagonismo social básico adquiere en la conciencia de Rousseau la forma abstracta de contradicción entre la cultura y la naturaleza, entre la vida armónica, natural del sentir y la artificiosidad, la unilateralidad del pensar razonador”. “El pensador ginebrino pone al descubierto con gran clarividencia y fustiga con santa ira las calamitosas consecuencias de la desigualdad social, de las formas existentes de la división del trabajo. Bastante más débil es a la hora de proponer remedios a las contradicciones de la cultura”[16]. Por un lado, busca la salvación atenuando el ritmo del desarrollo histórico, frenándolo a partir de una concepción moral totalizante que cree impregna el pacto fundacional que debe cumplirse. Por otro, lo que obstruye el progreso del hombre hacia la armonía debe ser eliminado no sólo por el desarrollo gradual, sino también mediante la lucha. Pero la “lucha” de que habla Rousseau no es la lucha revolucionaria social, sino la lucha ética que en nombre de la “virtud” debe dar el individuo contra sus propios defectos y flaquezas (la victoria sobre las pasiones y el dominio de los sentidos), o la propia sociedad contra los infractores del programa contractual.

Notas:
[*] Universidad Nacional de La Pampa.
[1] Conf . Marteau, Juan Félix: "Una cuestión central en la relación derecho- política. La enemistad en la política criminal contemporánea", Revista "Abogados", edición noviembre de 2003.
[2] conf. Marí, Enrique: “Racionalidad e imaginario social en el discurso del orden”.
[3] Contrato Social, p. 200.
[4] Op. Cit. p. 199.
[5] Contrato Social, p.220
[6] Op.Cit p. 208.
[7] Op. Cit. p. 200.
[8] Op. Cit. P. 203.
[9] Op. Cit. P. 221 y 222.
[10] Op. Cit. p. 191.
[11] op. Cit., p, 184
[12] Op. Cit. P. 238.
[13] Véase sobre las posibilidades de una interpretación de los textos roussonianos en ese sentido, Pérez del Valle, CPC, nº 75, 2001, pp. 597 ss.; y también Jakobs, en Jakobs/Cancio, (n. 1), pp. 26 s. 79 Véase Rousseau, El contrato social o Principios de derecho político, Libro Segundo, V, citado según la edición, con estudio preliminar, y traducción, de María José Villaverde, 4ª ed., Ed. Tecnos, Madrid, reimpresión de 2000, Lib. II, cap. V, pp. 34 s.
[14] Villarino, Carlos: “J. J. Rousseau, o de cómo el hombre devino moral”, disponible en Revista Electrónica Léxicos, Número 7.
[15] Safranski, R. (2000) El Mal o el Drama de la Libertad. Barcelona. Tusquets. Pág. 148.
[16] Conf. Iovchuk, M.T.; Oizerman, T.I; Schipanov, E.I: “Historia de la Filosofía”, Ed. Progreso, Moscú, 1978, Tomo I, p. 257 y 260.
(una lectura de Marsilio de Padua)

Por Francisco María Bompadre
Sumario:
I. Introducción. II. El imperio. III. El Papado. IV. La soberanía popular. V. La comunidad política y la resistencia al tirano.
I. Introducción.

Marsilio Mainardini (1275-1343) estudió medicina, filosofía y derecho en la Universidad de la pujante ciudad italiana de Padua, por ese entonces “infestada” de aristotelismo (Ullmann, 1992:195). Provenía de una familia de abogados, notarios y jueces que militaba en favor del partido de los güelfos, es decir, de los partidarios del Papado en su enfrentamiento con los seguidores del Emperador germano. Marsilio creció en un clima propio de las importantes ciudades italianas del siglo XIV. Como expresa Godoy Arcaya:

En este contexto, la familia de Marsilio de Padua es una excelente expresión de esa clase ilustrada, con un fuerte influjo cultural, político y económico en ascenso, pero con anclajes en el pueblo, que empieza a asumir un importante protagonismo político (2003:336).

Posteriormente, Marsilio se radicó en la “nueva Atenas”, donde continuó sus estudios y llegó a ser rector -por muy breve tiempo- de la mítica Universidad de París hacia el año 1313. Es en la estadía parisina en donde se produce un giro en la concepción marsiliana respecto al Papado: el 24 de junio del año 1324 Marsilio da a conocer en forma anónima en la ciudad de París la que sería su obra mayor, denominada Defensor Pacis:

Los contenidos de algunas tesis del libro fueron declarados heréticos por la Iglesia y su autor condenado a la pena de excomunión. El año 1326, una vez que Marsilio tuvo evidencias suficientes de que su autoría había sido descubierta, abandonó rápidamente París, en compañía de su amigo Jean de Jandum, para refugiarse en Nuremberg, que en ese momento era la sede la corte de Luis de Baviera (Godoy Arcaya, 2003:337).

La radicalidad de las afirmaciones de esta obra, y su encono contra las tesis teocráticas que defendían la supremacía del Papa por sobre el poder temporal le valieron la abierta persecución, por lo que huyó de París en compañía de su amigo Juan de Jandún y buscó refugio precisamente en la corte de Luis de Baviera (Castello Dubra et al, 1997:109).

Al haberse establecido en la corte imperial del Sacro Imperio Romano-germánico (en adelante, el Imperio) y convertido rápidamente en asesor privilegiado del emperador, la curia no pudo lograr la extradición de Marsilio que había sido condenado como hereje por la publicación del Defensor Pacis (Ullmann, 1992:195). Incluso, su compromiso político lo condujo a acompañar a Luis de Baviera en la victoriosa campaña a Italia en el año 1328, y que significó la coronación solemne del alemán como emperador de los romanos.

II. El imperio.

Las confrontaciones, disputas y enfrentamientos políticos entre el Imperio y el Papado -en tanto únicos factores de poder con aspiraciones universalistas en la edad media- no eran una novedad; por el contrario, venían desarrollándose desde tiempo atrás y se manifestaron a veces favorables al Emperador, y en otras ocasiones al Papa (Ullmann, 2003, Tursi, 1992; Castello Dubra, 1996).

Como bien expresa Tursi, en torno al conflicto relativo al Imperio-papado:

Una vez que triunfa Luis de Baviera, puesto que la legitimidad de su elección no fue reconocida por medio de una sentencia pontificia, Juan XXII le ordena dimitir su título, a lo que Luis responde que el coronamiento por medio del Papa no le otorga al emperador ningún derecho nuevo, porque no es la decisión papal, sino la voluntad de los electores la fuente del poder imperial. Ya estamos en las antípodas de la teocracia. Las amenazas y los ataques teóricos más acérrimos de todo el medioevo entre el papado y el Imperio habían de sucederse. Juan XXII excomulga a Luis de Baviera y más tarde lo declarará hereje. Luis, por su parte, con el apoyo teórico de Marsilio de Padua y Guillermo de Occam, declara hereje al Papa y llama a un Concilio General en Sachsemhausen hacia 1324 (1992:294).

Sin embargo, no podemos tampoco desconocer las propias disputas internas hacia dentro del poder político entre el poderoso imperio germano contra la ascendente monarquía francesa; y hacia dentro de las propias filas de la Iglesia en las disputas del Papado contra las órdenes mendicantes (franciscanos, domínicos). Una clara muestra de esto lo encontramos en la posición política de los franciscanos -paradigmáticamente ejemplarizada en Guillermo de Occam en tanto miembro de la orden y al mismo tiempo influyente asesor de Luis-, quienes se habían enfrentado al papa Juan XXII en torno al conflicto de la pobreza evangélica:

(…) La orden mendicante fundada por San Francisco de Asís, ya vastamente expandida y desarrollada, había reafirmado su adhesión inicial al ideal de pobreza evangélica en el Capítulo general de Perugia bajo la dirección del entonces General de la orden, Miguel de Cesena. La situación regular de la orden dentro de la Iglesia estaba siendo sumamente comprometida, en particular por la actitud otra vez polémica de Juan XXII, quien se había expresado en contra de la pobreza, presumiblemente porque atentaba contra el poderío material de la Iglesia y socavaba las bases de su poder político. En este contexto, algunos eminentes teóricos franciscanos encontraron un ocasional aliado en el Emperador, enfrentado con el Papa por razones políticas (Castello Dubra et al, 1997:108).

Por su parte, y en lo referente a las disputas políticas entre el Imperio y la ascendente Monarquía francesa, debemos remontarnos al menos hasta el atentado en Anagni contra el Papa Bonifacio VIII y el consecuente traslado de la sede papal a Avignon bajo la influencia de la Monarquía francesa: ahora la cátedra de Pedro quedaba sujeta al cielo francés (D´Amico, 2003:188). Esta situación político-religiosa sumado al hecho de que Juan XXII era de origen francés confluía en un poderoso centro político adverso a las pretensiones del imperio alemán, y que excedían las cuestiones meramente doctrinarias.

Pero debemos aclarar que frente a la posición marsiliana ante el Papado no debería verse una rotunda laicización en el sentido en que entendemos hoy en día la separación de la Iglesia y el Estado; por el contrario, Marsilio de Padua no deja de pensar bajo el ideal cristiano de la sociedad, en tanto característico y propio de la cosmovisión medieval (Castello Dubra, 1996:226), incluso él mismo, Guillermo de Occam y el emperador Luis de Baviera son fieles cristianos: todos son parte integrante de la civitas cristiana (Defensor Pacis, parte I, capítulo i, parágrafos 6-8; en adelante DP, I, i, 6-8). Pero pertenecer a la cristiandad no le impidió a Marsilio la teorización del ejercicio del poder, su delimitación entre poder temporal y poder espiritual, y la clara subordinación del segundo al primero. Ullmann (1992) da cuenta del pensamiento de Marsilio de Padua como defensor de la tesis ascendente del poder en contraposición a la tesis descendente que defendía el Papado al postular la teocracia.

Es en medio de este complicado contexto político y religioso que Marsilio de Padua escribe su obra principal, el Defensor de la Paz (Defensor Pacis). Y sobre esta misma cuestión, Leo Strauss justamente ha expresado que:

(…) La obra es la defensora, no de la fe, sino de la paz, y nada más que de la paz: no, repetimos, porque la paz sea el máximo bien o el único bien político, sino porque, como es un tratado de época, la obra se ocupa ante todo del mal de su época. Este es el motivo por el cual Marsilio, al parecer, reduce sus aspiraciones. Así se abstrae de la pregunta respecto del mejor régimen sin negar de ningún modo su importancia: cualquier régimen es mejor que la anarquía. Por tanto, se ocupa de la ley en sí, de la ley en tanto ley, antes que de las leyes buenas o de las mejores leyes, y del régimen en sí antes que el mejor gobierno. De ahí que lo satisfaga el mero consentimiento como criterio de legitimidad, distinto del grado de consentimiento (2007:270).

La interpretación del comentarista citado, no deja de tener una base histórica cierta ante la escalada creciente en las disputas del Imperio frente al Papado, e incluso, ateniéndonos al texto del paduense desde su mismo comienzo sobresalen las reiteradas y numerosísimas citas evangélicas en torno al ideal de la paz. Así, en sus propias palabras sentencia: “son excelentes frutos los de la paz” (DP, I, i, 1).


III. El Papado.

Si bien Marsilio no era integrante de ninguna orden religiosa y en tanto laico hizo una gran defensa de la superioridad del poder temporal por sobre el espiritual, no es menos cierto que también fue un gran estudioso de las cuestiones religiosas y como teólogo atacó fuertemente la doctrina papal de la Plenitudo Potestatis (DP, II, iv, 1-4, 7 y 9). Sostiene a este respecto Ullmann que:

Marsilio insistía enfáticamente en que la teoría ascendente de la ley y del gobierno, en bien de la paz, debía también aplicarse a la Iglesia como cuerpo de creyentes, de modo que también éstos fuesen los verdaderos depositarios del poder. La manera de llevarlo a la práctica era a través de un consejo general en el cual debía hallarse representada la totalidad de la Cristiandad. En última instancia, si resultaba cierto que, en el Estado “lo que concierne a todos debe ser aprobado por todos”, ello debía también serlo en la Iglesia, en el cuerpo de los cristianos. La fe y su fijación eran asuntos que concernían a todos los cristianos, con lo que quedaba justificada su representación en un consejo general. El pueblo cristiano -del que formaban parte los laicos- era quien, a través del mecanismo de un consejo general con representación laica, debía elegir al papa, fijar sus poderes, definir los artículos de fe y designar los cargos eclesiásticos. Las decisiones de este consejo general eran infalibles en virtud de la presencia del Espíritu Santo, mientras que el papa estaba tan sujeto a error como cualquier otro cristiano y podía ser depuesto por el consejo general (1992:202).

Vemos que el mismo modelo político de elección del emperador germano, es postulado por el paduano para su aplicación a la organización de la Iglesia, minando de este modo toda pretensión de teocracia e incluso de la preponderancia de la figura del Papa, en beneficio del concilio y de la totalidad de los cristianos. Por su puesto que tampoco debemos desconocer que si bien Marsilio presenta en el Defensor Pacis un argumento anticlerical (Strauss, 2007:276) a favor del concilio general de todos los cristianos, y por ende en contra de la teocracia papal que se asienta en la plenitudo potestatis en tanto sumatoria del poder temporal y del espiritual o religioso, al mismo tiempo este argumento milita a favor de la teoría ascendente del poder, es decir, es también un argumento en favor del poder temporal del Imperio en su disputa ante el Papado; argumento que funciona estratégicamente debilitando en su frente interno al único rival medieval de aspiración universal que se le podía oponer al Imperio. Pero incluso va más allá la postura marsiliana al caracterizar a la defensa de la plenitudo potestatis por parte del Papado como el mayor impedimento para el bien vivir y la tranquilidad de los hombres y como el factor de la discordia que impide al poder temporal llevar adelante el fin de la polis y de la vida comunitaria. Este mismo argumento fue utilizado por Luis de Baviera en el pronunciamiento de Sachsenhausen cuando lo acusa al Papa de perturbar la paz desconociendo los derechos del Imperio.

Frente a lo sostenido por el Papado en torno a la cuestión petrina, la estrategia del Defensor Pacis (DP, II, xvii, 2) es poner en evidencia la igualdad de todos los apóstoles entre sí:

(…) Marsilio ha tratado de establecer el hecho de que ningún apóstol tuvo preeminencia sobre los otros en cuanto a la dignidad sacerdotal dada a ellos por Cristo-Dios. A partir de un análisis de una serie de textos mostrará que en todos los casos Cristo se dirigió a sus apóstoles en plural y de manera indiferenciada (pluraliter et indifferentes). Señala asimismo el Paduano que la dignidad sacerdotal, una y la misma en todos, no implica en ningún caso jurisdicción coactiva. Cristo mismo impidió a sus apóstoles esta jurisdicción. Precisamente hace referencia al hecho de que Cristo no vino al mundo a dominar a los hombres ni a gobernar sobre asuntos temporales, sino que siempre se sometió al poder vigente. Cristo se excluyó a sí mismo de esto en forma explícita: “Mi reino no es de este mundo”. Así excluyó también a los apóstoles y a sus sucesores del principado y el juicio coactivo en este mundo. Ningún apóstol tuvo jurisdicción coactiva sobre otro, tampoco Pedro (D´Amico, 2003:191).

Coherente con esta perspectiva Marsilio de Padua se hace eco de una discriminación aceptada en la Edad Media en torno al tipo de autoridad que el sacerdocio puede revestir; diferenciando entre la potestas ordinis y la potestas jurisdictionis (DP, II, xv, 1, 2 4, 6, 9). Si la primera refiere al poder del sacerdote relativo al orden sagrado y comprendiendo básicamente la administración de los sacramentos; la segunda atiende al poder estrictamente jurisdiccional que implica el gobierno hacia dentro de la Iglesia, y que podía serle conferido a un sacerdote en particular sobre otros. Si el primero es impreso de manera sobrenatural en el alma del sacerdote por parte de Dios y se extiende a todos estos por igual; el segundo por el contrario, funda toda la jerarquía eclesiástica y se fue dando por la acción humana por lo que es considerado una actividad accidental del sacerdocio, diferenciándose así del primero que es considerado como la actividad esencial (Castello Dubra, 1996:236-237; D´Amico, 2003:190). Desde este punto de vista, el Defensor Pacis ataca la doctrina de la plenitudo potestatis utilizando también argumentos provenientes de la propia Biblia.

Las elaboraciones teórico-religiosas de Marsilio de Padua, junto a los aportes de otros opositores al poder temporal del Papado, fueron llevados a la práctica luego de que la finalización del Papado de Aviñón (1309-1377) desembocara en el Gran Cisma (1378-1417) de la Iglesia, en tanto proceso político religioso que llevó a cuestionar severamente la doctrina de la plenitudo potestatis, que había sido el núcleo de la teocracia papal durante casi mil años (Tursi, 1992:306; Godoy Arcaya, 2003:354).


IV. La soberanía popular.

Si bien existen en el Defensor Pacis argumentos para sostener la postura de Leo Strauss, en el sentido que: “Lo característico de El Defensor de la Paz, entendido como tratado de filosofía política, es que presenta con mucho énfasis y, al mismo tiempo, literalmente retracta la doctrina de la soberanía popular” (2007:276). Pero también han sido habilitadas lecturas menos conservadoras que la transcripta; en esta línea se ha expresado que:

(…) La cuestión del carácter republicano del pensamiento político de Marsilio y su supuesta adhesión a una teoría de la soberanía popular queda en pie, y sigue siendo objeto de intenso debate (Castello Dubra et al, 1997:120).

La dificultad de la categorización de la soberanía estriba en la propia redacción del Defensor Pacis, y en las diferentes acepciones que el paduano desarrolla a lo largo de la obra mencionada. Así, encontramos que la doctrina de la soberanía popular se apoya en que el ejercicio de la autoridad de instituir leyes le corresponde a una asamblea general de ciudadanos, que puede ser la totalidad de los ciudadanos (universitas civium) o bien su parte preponderante (valentior pars) (DP, I, xii, 3). Y aquí surgen los problemas en torno al concepto de ciudadano y de parte preponderante: ciudadanos serán -siguiendo a Aristóteles- aquellos que pueden participar en algún grado del gobierno o la función pública (en el ejercicio efectivo o bien por medio del voto y bajo delegación en otro), excluyendo a los extranjeros, los siervos, las mujeres y los niños (DP, I, xii, 4). Si bien el concepto de ciudadano es bastante precisable en la obra marsiliana, peor suerte corre la caracterización de parte preponderante (valentior pars), de la que solo ofrece como elementos configuradores la cantidad y la calidad de la misma, y propone que sea establecidas según la honesta costumbre de los regímenes políticos (DP, I, xii, 3 y 4). Pareciera desprenderse que si bien el elemento cuantitativo apelaría a la mayoría que representa; por el contrario, el elemento cualitativo de referirse a algún tipo de condición reduciría el alcance de la soberanía popular (Castello Dubra et al, 1997:113). De todos modos, y al margen que las oscuras palabras que Marsilio escribió, no menos cierto es que se muestra absolutamente partidario de que sea la totalidad de los ciudadanos (universitas civium) los que deben aprobar las leyes en tanto y en cuanto las consideren convenientes y justas para el bien común de los ciudadanos (fin último de la polis); y reservando de esta manera para la parte preponderante (valentior pars) el mandato asambleario de descubrir y encontrar la ley, como así también elaborar su formulación para la aprobación de la totalidad de los ciudadanos. Sobre esta última concepción del paduense, Godoy Arcaya expresa que:

Donde hay un destello de originalidad es en la argumentación que expone para fundamentar la mayor legitimidad de la ley que se origina en el consentimiento popular. En efecto, el mayor peso de su argumento radica en que ese consentimiento es la mejor garantía de la sujeción ciudadana a la ley, pues cada cual, al obedecerla, no hace sino obedecerse a sí mismo (2003:349).

Esta es una de las características de claras resonancias modernas -y rousseaunianas- que nos llevan a tomar partido por un Marsilio que está pensando una teoría que excedería la fuerte disputa entre el Imperio y el Papado. Así lo dice el paduense cuando se refiere a la sanción de las leyes:

Pero la dada con la audición y el consenso de toda la multitud, aun siendo menos útil, fácilmente cualquier ciudadano la guardaría y la toleraría, porque es como si cada cual se la hubiera dado a sí mismo y por ello no le queda gana de protestar contra ella, sino más bien la sobrelleva con buen ánimo (DP, I, xii, 6).


V. La comunidad política y la resistencia al tirano.

La comunidad política en el Defensor de la Paz es el resultado de la contraposición de las necesidades biológico-naturales de los hombres frente a las respuestas que la razón es susceptible de brindar para satisfacer y proveer a la satisfacción de aquellas necesidades (i.e., diversos géneros de artes, disciplinas y oficios). Bajo estas circunstancias es que Marsilio presenta la noción de paz como la condición óptima de cualquier régimen político, y en tanto buena disposición de la comunidad política que le permite a cada una de las partes desempeñarse adecuadamente en su función (DP, I, iii, 5; y I, iv, 1-4). Si bien para el paduense el hombre tiende naturalmente a la suficiencia de la vida, sólo es en la comunidad política el lugar y la manera en que puede alcanzarla (Castello Dubra, 2005:35-36). Esta concepción marsiliana, como lo ha destacado el propio autor, es tributaria del Aristóteles -desconocido y novedoso- que ingresó a Europa hacia el siglo XII y XIII; y en particular del libro la Política que venía siendo estudiado desde el año 1260:

La novedad que introdujo la Política aristotélica residía en que ella ofrecía un modelo completo y acabado de explicación de todo lo concerniente a la vida política en un discurso racional autónomo, sobre bases puramente naturales. Con Aristóteles el occidente medieval pudo recuperar, entre otras nociones, la concepción de la sociabilidad natural del hombre y el estudio comparado de las diversas formas de organización política (Castello Dubra, 1996:229).

Marsilio considera que sería engorroso y perjudicial para el resto de las actividades y oficios de la comunidad política el hecho de que todos los ciudadanos se dediquen a gobernar. Por eso distingue entre el legislador (universitas civium) y la parte gobernante, que encarna el momento ejecutivo-judicial, a cargo también del poder coactivo. Y aquí también se manifiesta una de las señas del pensamiento marsiliano, que lo ubica en lo más avanzado de su época, preanunciando un rasgo que ya en la modernidad sería más fácil de expresar: el gobernante debe actuar siempre de conformidad a la ley. Expresa al respecto Castello Dubra que: “La ley es presentada como un elemento necesario para asegurar la equidad y la justicia de los actos judiciales de la parte gobernante” (2005:41); y Godoy Arcaya por su parte también afirma que:

El énfasis de la función de la ley como una norma racional que ordena y regula la existencia de la ciudad, en la definición aristotélica de la ciudad, nos permite reconocer la presencia de Cicerón y el influjo de su concepción de la res publica, ampliamente generalizada en la Edad Media. En este asunto, y en otros, nuestro autor cruza y hace interactuar entre sí ideas aristotélicas y ciceronianas, siguiendo una tendencia intelectual de la época (2003:344)

Relacionado a la temática de la ley, notamos que Marsilio de Padua (DP, I, xviii, 3) va a afiliarse a una arriesgada corriente intelectual de la época que reconoce en Juan de Salisbury y en Tomás de Aquino dos predecesores: la resistencia al tirano (principantis correpcione). Por su puesto que no es una doctrina privativa del medioevo dado que ha sido sostenida antes y después de éste por distintos pensadores, ente ellos: Cicerón, Plutarco, Polibio, Teofrasto, Séneca, Quintiliano, Luciano; todos ellos anteriores; y también por los posteriores como Bartolo de Sassoferrato, Lorenzino de Médici, Domingo de Soto, Molina, Suárez, Belarmino, Juan de Mariana, Lutero, Calvino, Juan Knox, Juan Poynet, Juan Altusia, Milton, Locke y Rousseau (Bompadre, 2008). Sin embargo, que exista esta línea de continuidad en la doctrina de resistencia o deposición al tirano, no le quita mérito a Marsilio de Padua, sobre todo si tenemos en cuenta en el contexto político-religioso en que escribe el Defensor de la Paz. El principio es un derivado lógico de la función de la ley en el esquema del paduano, en el sentido de que la ley derivada de la universitas civium y en tanto instancia fundante está por encima del gobernante, y en caso de ser transgredida por éste debe ser apartado del gobierno y reestablecerse el imperio de la legalidad. Bien se ha expresado en esta línea que:

Por más que Marsilio se halle comprometido en la legitimación del poder político secular, no concibe ese compromiso bajo la forma de una consolidación de un poder discrecional, sino bajo la forma de una determinación de las condiciones de su legitimidad (Castello Dubra, 2005:57).

Bajo estas palabras es difícil ver a Marsilio de Padua sólo como un intelectual orgánico del Imperio en su disputa con el Papado. Parecería más bien existir un delicado equilibrio entre lo que necesita escuchar Luis de Baviera en tanto fundamento de su espada ante las cruces del Papado, y lo que el propio Marsilio considera como una manera más democrática del ejercicio del poder. Pensar en los intersticios que puedan encontrarse cuando se enfrentan dos poderes tan omnipresentes parece haber sido el legado de la pluma del paduano. Y no es poco.
Bibliografía.

BERTELLONI, F. (1993). “Orígenes medievales de las teorías políticas legitimistas y decisionistas”, en Colección materiales de Ciencias Sociales, 4. Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

BOMPADRE, F. (2008). “Derecho de resistencia al tirano (Indignación. Multitud. Protesta: una cartografía del festejo)”, en Lumbre, Año IV, Nº 77, Santa Rosa, febrero.

CASTELLO DUBRA, J. (1996). “El programa teórico-político de Marsilio de Papua: la destrucción de la doctrina de la Plenitudo Potestatis papal”, en ZURUTUZA, H., BOTALLA, H. y BERTELLONI, F. (comps). El hilo de Ariadna. Del tardoantiguo al tardomedioevo, pp. 225-241. Rosario: Homo Sapiens.

- (2005). “Figura y función del gobernante en el Defensor pacis de Marsilio de Papua”, en Deus Mortalis, Buenos Aires, Nº 4, pp. 31-64.

CASTELLO DUBRA, J., CANGIANO, E. y ALIBERTI, A. (1997). “La soberanía popular en el pensamiento de Marsilio de Papua”, en BERTELLONI, F. (compilador). Para leer El nombre de la rosa de Umberto Eco. Sus temas históricos, filosóficos y políticos, pp. 107-121. Buenos Aires: Eudeba.

D ´AMICO, C. (2003). “El conciliarismo y la teoría ascendente del poder en las postrimerías de la Edad Media”, en BORON, A. (compilador). La filosofía política clásica. De la antigüedad al renacimiento, pp. 183-204. Buenos Aires: Clacso.

DE LIBERA, A. (2000). La filosofía medieval. Buenos Aires: Docencia-Fundación Hernandarias.

FERRATER MORA, J. (1999). “Marsilio de Padua”, en Diccionario de Filosofía. Barcelona: Ariel.

GODOY ARCAYA, O. (2003). “Introducción. Nota biográfica e histórica”, en Antología del Defensor de la Paz, de Marsilio de Padua. Estudios Públicos, Madrid, Nº 90, pp. 335-445.

LE GOFF, J. (1971). Los intelectuales de la edad media. Buenos Aires: Eudeba.

PADUA, MARSILIO de. (1989). El defensor de la paz (Defensor Pacis). Estudio prelimar, traducción y notas de Luis Martínez Gómez. Madrid: Tecnos.

ROMERO, J. L. (2006). La Edad Media. Buenos Aires: FCE.

STRAUSS, L. (2007). Liberalismo antiguo y moderno. Buenos Aires: Katz.

TURSI, A. (1992). “Teoría política medieval”, en BOERI, M. y TURSI, A. Teorías y proyectos políticos. I. De Grecia al Medioevo. Buenos Aires: Docencia-Fundación Hernandarias.

ULLMANN, W. (1992). Historia del pensamiento político en la Edad Media. Barcelona: Ariel.

- (2003). Escritos sobre teoría política medieval. Buenos Aires: Eudeba.
Por Damián Repetto
El animal arrebata el látigo al amo y se azota
a sí mismo para ser a su vez amo, sin saber
que todo es una fantasía engendrada por un
nuevo nudo en el látigo de su señor.
Franz Kafka
Introducción

Es un lugar común de la crítica celebrar la negativa de Max Brod, amigo y albacea de Kafka, a quemar sus manuscritos inéditos, entre los que se encontraban El proceso, El castillo y América (cuyo título original era El desaparecido). Sin embargo, no es menos cierto que gran parte de lo mejor de la obra kafkiana había sido publicado en vida del autor. Aun cuando la fama mundial le vino por sus novelas, es en el relato, el cuento y las nouvelles donde, a resguardo de la monotonía de que suele acusarse a sus textos de largo aliento (Adorno, 1962: 272), la maestría narrativa de Kafka se observa en toda su magnitud.
En un artículo titulado “Apuntes sobre Kafka”, Adorno desdeña las lecturas que adscriben a Kafka al existencialismo o el psicoanálisis, “en vez de quedarse fijos ante aquello suyo que dificulta la clasificación y exige precisamente por ello la interpretación” (1962: 261). En efecto, la influencia ejercida por las ideas freudianas, en muchos casos, ha teñido los estudios kafkianos de un sesgo extremadamente biográfico. La obra fue leída durante décadas como manifestación visible de un alma atormentada por la angustia y el pesar. Así, se abandonaba la obra como tal y se concentraba la atención no ya en el Kafka autor, sino en el Kafka hombre; el checo dejaba de ser un escritor de ficciones para convertirse en un paciente. No es nuestra intención desdeñar ni poner en tela de juicio la validez de esas lecturas. Nos interesa, sin embargo, abandonarlas para centrar nuestra atención en el entramado verbal que configura la escritura kafkiana.
En este trabajo, nuestro objetivo es analizar el funcionamiento de las ideas “cuerpo” y “castigo” en En la colonia penitenciaria[1]. Para ello, antes de introducirnos en el análisis textual, ubicaremos el relato dentro del marco general de la obra kafkiana, para luego realizar un breve recorrido por los puntos más salientes en el desarrollo de las ideas acerca del castigo en la filosofía y la criminología de occidente. Nuestra hipótesis, inspirada en los trabajos de Foucault, es que En la colonia penitenciaria constituye una reflexión sobre el paso de un orden basado en la tortura y el castigo corporal, “a otro para el cual la tortura es una forma arcaica de dominación” (Ramos, 1996: 51). Se pasa de un "hacer morir, dejar vivir" del castigo corporal a un "hacer vivir, dejar morir" del castigo disciplinar.
[1] Todas las citas a la obra serán de la traducción realizada por Juan Rodolfo Wilcok. Entre paréntesis se indica el número de página correspondiente a la edición del año 1995 de la editorial Alianza.

1. Un escritor menor

La obra de Franz Kafka ha sido considerada con frecuencia como proveniente de “una literatura menor”, fruto de la encrucijada de culturas que poblaban el antiguo Imperio Austro-Húngaro. Dicha categoría es utilizada para designar el gesto kafkiano de elegir para su escritura el alemán de Praga -su ciudad natal- sintácticamente más pobre que el idioma oficial del Imperio. En el diario del 25 de diciembre de 1911, Kafka elabora su programático “Esquema de las pequeñas literaturas”. Este esquema es reinterpretado y adaptado por Deleuze y Guattari. Para ellos, la opción lingüística de Kafka constituye la primera de las 3 características de las literaturas menores: la desterritorialización de la lengua. Kafka tenía dos posibilidades: explotar la lengua alemana u optar por la pobreza del alemán de Praga. “Literariamente Kafka opta por un alemán extremadamente clásico, sin efectos de estilo, con una sintaxis mucho menos compleja que la de los escritores alemanes que le son contemporáneos” (Link, 2005: 181). Las otras características que los franceses atribuyen a las literaturas menores son, en segundo lugar, que todo en ellas es político y, tercero, todo adquiere valor colectivo (Deleuze y Guattari, 2002: 26-28). Pero, ¿qué es una literatura menor? Es una literatura no hegemónica, sin tradiciones, sin canon. El canon es prescriptivo y paralizante; las literaturas sin canon son más libres y dinámicas (Link, 2005: 183). La literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la de una minoría dentro de una lengua mayor (Deleuze y Guattari, 2002: 46).

Según sus biógrafos, Kafka comenzó a escribir en 1897, cuando contaba con sólo 14 años, aunque la primera obra importante que se conserva es “Descripción de una lucha” (escrita entre 1904 y 1905). Su primera publicación data de 1909, año en que aparece en el periódico Hyperion el cuento “Los aeroplanos de Brescia”, primera narración en lengua alemana que abordó el tema del reciente desarrollo de la aviación. Pero 1912 es el año de ruptura en la producción de Kafka: en ese momento se abre un enclave creativo que persistirá hasta 1917, año en que le diagnostican tuberculosis. Según Amícola, “a partir de 1912 se dejan de lado las narraciones en primera persona -que caracterizan a su primera época- para adoptar la visión de una instancia narrativa que se identifica con el subjetivismo del protagonista” (1993: 76-77).
En ese año escribe La condena y La metamorfosis[1] y conoce a Felice Bauer. Este encuentro es de vital importancia no sólo en lo que respecta a la vida sentimental de Kafka, sino sobre todo por la relevancia que tuvo para su labor creativa. A este respecto, es preciso considerar lo expresado por Elías Canetti, quien asegura que las cartas no constituyen un fin en sí mismo, son un pretexto, están al servicio de la creación literaria (Canetti, 1976)[2]. Por su parte, Deleuze y Guattari consideran las cartas como el primer componente de la ‘máquina literaria de Kafka’. Por eso aseguran que Canetti no ve el uso perverso de las cartas, el proceso vampírico de Kafka, su deseo de “succionar” en otros la fuerza necesaria para escribir (Deleuze y Guattari, 2002: 46). Pero, más allá de este debate, lo importante es que las cartas pertenecen a la escritura, no epistolar, no literaria: escritura.
Un año después de iniciado el flujo epistolar, Kafka publica El fogonero en la Editorial Kurt Wolff[3], texto que con el tiempo se convertiría en el primer capítulo de América. En el año 1914 comienza a escribir El proceso y, entre el 3 y el 18 de octubre, redacta En la colonia penitenciaria, publicada finalmente en 1919, pues Wolff se negó a hacerlo mientras durara la guerra. Ese mismo año redacta la Carta al padre.
Los diarios de Kafka (escritos entre 1910 y 1923) están plagados de alusiones a la escritura, al avance de las obras, a los problemas que le presentan, pero en los correspondientes a octubre de 1914 no hay ninguna referencia a En la colonia penitenciaria, aunque sí hay varias alusivas a El Proceso[4]. No obstante, en la anotación del 2 de diciembre de ese año Kafka refiere una lectura en casa de Werfel -uno de los jóvenes poetas de Praga más importante: “Tarde en casa de Werfel con Max y Pick. Les he leído En la colonia penitenciaria sin que haya quedado del todo insatisfecho a pesar de los flagrantes e imborrables fallos” (Kafka, 2000: 278). Sin embargo, en 1916, 3 años antes de la publicación del libro, Kafka realizó una lectura pública en Berlín que fue un fracaso. Algunos de los asistentes abandonaron la sala antes de que la lectura concluyera, horrorizados por la descripción de los suplicios.

2. La resonancia de los suplicios: Apuntes sobre el castigo.

En su libro La problemática del castigo. El discurso de Jeremy Bentham y Michel Foucault, Enrique Marí expone las dos grandes teorías elaboradas en torno al castigo, más allá de las diferencias entre los pensadores y los momentos históricos: la utilitarista y la retribucionista. La primera asegura que el objetivo general de las leyes es garantizar la felicidad de la comunidad. Por eso, debe eliminarse todo aquello que tienda a perturbarla. Para los defensores de esta hipótesis, el castigo constituye un mal en sí mismo, pero se justifica en la exclusión de un mal mayor. La acción del dolor, en este sentido, sirve si de su aplicación deriva un bien. La segunda teoría, como su nombre lo explica, se basa en la hipótesis de una justicia retributiva: el autor de la ofensa -del crimen- ha causado un daño y merece ser castigado en consecuencia; debe retribuir o reparar su acción.
Una vez expuestos estos principios, Marí realiza un breve recorrido por los puntos más salientes en la reflexión respecto del “arte de castigar”. El primer filósofo de quien se ocupa es Platón. El griego, en Las leyes, sostiene que la pena aplicada al criminal debe ser dura, no a causa del mal cometido, pues el pasado no puede abolirse, sino en vista del porvenir. Platón entiende que la actividad punitiva es función del Estado, en tanto conductor de los hombres hacia la virtud. La matriz de su pensamiento no es que el castigo debe ser retribuido, sino que debe instituirse en un medio a la vez terapéutico y educativo. La pena, entonces, es una pedagogía.
Aristóteles, por otro lado, propugna la “corrección del infractor recuperable, o el destierro de los absolutamente incurables” (Marí, 1983: 70). Por su parte, a pesar de los matices que los distancian, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino coinciden en afirmar que el hombre castigado se enriquece y, al mismo tiempo, puede prevenir a otros por medio de su ejemplo.
David Hume sostiene que todas las leyes fundadas en los castigos y recompensas tienen capacidad para producir el bien y prevenir las acciones malignas. Locke asegura que el poder político consiste en el derecho de instituir leyes con penalidades de muerte (el poder de la espada del soberano analizado por Foucault 1996, 2000 y 2006). De este poder derivarán todas las penalidades menores para la regulación y preservación de la propiedad. Para Locke, toda transgresión debería ser castigada con severidad, hasta que la falta se convierta en motivo de arrepentimiento y temor. Unos años antes Hobbes había planteado ideas similares a las de Locke, pero añadía el carácter preventivo del castigo.
En el capítulo V de El contrato social, titulado “Del derecho de vida y de muerte”, Rousseau escribe que “el contrato social tiene por fin la conservación de los contratantes” (1993: 34). El criminal, al atacar el derecho social, se coloca fuera del pacto y, por lo tanto, ya no es ciudadano. Rousseau aclara, sin embargo, que sólo se puede hacer morir a quien no pueda ser recuperado. En cambio, Beccaria sostiene que la idea del contrato social no incluye la aceptación de los individuos a ser ejecutados. Marí dice que esta circunstancia lo llevó a formular un extenso alegato contra la pena de muerte, en el capítulo XXVIII de su obra Del delitti e delle pene. En rigor, tampoco en Hobbes el derecho a la autopreservación de la vida entra en el pacto o contrato, no se aliena nunca ese derecho, dado que es el que nos lleva a pactar.
Marí dedica mucha atención al que, acaso, sea el problema fundamental de las teorías del crimen: la relación entre ofensa y castigo. En este sentido, el autor plantea 3 cuestiones centrales: 1º) ¿Es posible concebir un castigo sin ofensa?; 2º) ¿puede comportar la ofensa su propio castigo?; 3º) ¿es la ofensa condición necesaria y suficiente del castigo? La primera cuestión atañe al dilema del castigo de los inocentes y de la responsabilidad colectiva. La segunda pregunta involucra la teología y la metafísica al plantear si el crimen es un castigo en sí mismo. La última, según Marí, “está en el corazón mismo de la polémica que separa a las dos corrientes principales que buscan justificar el castigo” (1983: 76).
Pero, sin lugar a dudas, unos de los puntos de inflexión más importantes en el pensamiento respecto del castigo lo constituyen las ideas de Jeremy Bentham, en especial su libro El panóptico, publicado 1791. Allí, Bentham describe un edificio circular, divido en celdas que ocupan todo el ancho de la construcción en seis pisos. En el centro de este edificio se encuentra una torre, divida en “altos de modo que cada uno domina de lleno dos líneas de celdas” (Marí, 1983: 136). En esta torre se ubica un oficial cubierto por una celosía que le permite observar a los presos sin ser observado. Para Bentham, la ventaja fundamental del panóptico es que, al estar todo el tiempo a la vista de un inspector, la capacidad de hacer mal se inhibe, “y casi el pensamiento de intentarlo” (Bentham, 1989: 37). De este modo, a la larga, se prevendrían el mal y se aseguraría la paz para la comunidad. Por su parte, Michel Foucault opina que el panóptico es la estampa arquitectónica de un poder disciplinario que, desde fines del siglo XVIII, se extenderá por toda Europa, no sólo en los edificios carcelarios, sino que su racionalidad impregnará otras instituciones sociales: escuelas, fábricas, hospitales.
En la primera parte de Vigilar y castigar, titulada “Suplicio”, Foucault explica que hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX los suplicios desaparecen de la escena pública. Es decir: desaparece el cuerpo como blanco de la represión penal. En esta transformación, sigue, intervinieron dos procesos. Por un lado, la desaparición del espectáculo punitivo: “el rito que cerraba el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos” (2000: 16). Ahora, es la propia condena la que se supone que marca al delincuente. El segundo proceso es un cambio en el status del dolor. El sufrimiento físico no es ya un elemento constitutivo de la pena: “el castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos”, explica el autor (2000: 19). La pena ya no está centrada en el suplicio como técnica de sufrimiento, sino que su objeto es la pérdida de un bien o un derecho.
Ahora bien, ¿qué implica específicamente el suplicio? Según Foucault, el suplicio es una producción diferenciada de sufrimientos, “un ritual organizado para la marcación de las víctimas y la manifestación del poder que castiga” (2000: 40). Así, el cuerpo expuesto, exhibido, es el soporte público del procedimiento: sobre el cuerpo de l condenado el acto de justicia debe ser legible por todos. La lentitud del suplicio (que en el caso del cuento de Kafka dura 12 horas), los gritos y sufrimientos del condenado desempeñan el papel de prueba definitiva. “El suplicio desempeña una función jurídico-política (...) tiene por objeto reconstruir la soberanía por un instante ultrajada: la restaura manifestándola en todo su esplendor”, concluye Foucault (2000: 54).
El fin de la era de los suplicios, continúa el francés, se dio por el nacimiento de la disciplina. Las disciplinas son fórmulas generales de dominación tendientes a la fabricación de cuerpos dóciles. Un cuerpo dócil es aquél “que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado” (2000: 140). Las disciplinas son técnicas especializadas en la economía y el aprovechamiento del tiempo: “se trata de extraer del tiempo cada vez más instantes disponibles y, de cada instante, cada vez más fuerzas útiles” (2000: 158). Respecto del castigo en la disciplina, éste forma parte de un sistema normalizador: el castigo restituye un orden que ha sido violado. Así, sigue Foucault, el poder de la disciplina es un poder soberano: “desde el punto de vista de la vida y de la muerte, el sujeto es neutro y sólo gracias al soberano tiene derecho de estar vivo o muerto” (1996: 194). Él llama a esto anatomopolítica.
En el cuento de Kafka, la concepción foulcaultiana del paso de una economía del castigo centrada en los suplicios a otra que ubica su campo de acción en la disciplina corporal, es clave. Es, como señalamos, el pasaje un "hacer morir, dejar vivir" del castigo corporal a un "hacer vivir, dejar morir" de la disciplina. El choque entre las ideas del explorador y del oficial, fiel al régimen del fallecido comandante, representa el enfrentamiento entre una mentalidad moderna y disciplinar con otra arcaica, peligrosamente cercana a aquello que busca prevenir y castigar.

3. Cuerpo y castigo en En la colonia penitenciaria

Leer la obra de Kafka implica, necesariamente, introducirse en un sistema en el que una serie de elementos básicos se combinan para dar cuerpo a la literatura. Partimos de señalar una clara oposición respecto de las otras ficciones que forman el enclave 1912-1917 que señalara Amícola. Así, a diferencia de lo que sucede en La metamorfosis, La condena o El desaparecido, el espacio de En la colonia penitenciaria es un afuera que, al mismo tiempo, se configura como un no-lugar, un espacio impreciso, opuesto a la habitación de Samsa, la casa de Bendemann o el barco en que viaja Karl Rossmann. La única mención geográfica aparece en un diálogo, donde se dice que los trajes son demasiado pesados para el trópico (el calor será a lo largo del relato un elemento determinante de algunas conductas), pero esta referencia vaga tiende a reforzar la idea del no-lugar, de la ubicación imprecisa.
En ese lugar indeterminado un personaje, un extranjero llamado “explorador”, es invitado por el nuevo comandante de la Colonia Penitenciaria del lugar a asistir a la última ejecución que será llevada adelante por un viejo oficial[5]. La víctima es “un soldado condenado por desobediencia e insulto a sus superiores” (p. 5). Si bien el trabajo del explorador es incierto, parece tener algún tipo de influencia diplomática; por eso el oficial intenta ganar su favor para que interceda ante el nuevo comandante de la Colonia, quien ha decretado el fin de las penas capitales.
El suplicio, ligado a una forma primitiva o premoderna de castigo, en términos foucaultianos, es llevado adelante por una máquina que será puesta en funcionamiento por última vez para castigar al soldado. Foucault ha dicho que los suplicios constituían un espectáculo punitivo, en el que la participación del pueblo volvía “pedagógico” el espectáculo: la observación directa del sufrimiento del condenado era la principal herramienta persuasiva para los futuros transgresores de la ley. A través del suplicio y la representación del dolor, la ley se hace presente, visible, pública. Como en un circo romano, las ejecuciones en la Colonia Penitenciaria eran presenciadas por todos los habitantes de la isla, quienes incluso contaban con lugares preferenciales de acuerdo al escalafón social o a su poder adquisitivo. A la última ejecución, sin embargo, sólo asisten el oficial, el explorador y un soldado cuya tarea es vigilar al condenado:

“¡Qué diferente era en otros tiempos la ejecución! Ya un día antes de la ceremonia, el valle estaba completamente lleno de gente; todos venían sólo para ver” (p. 33)

Este desinterés del público es uno de los elementos que constituyen el paso de una economía de los suplicios, cuyo foco de interés era el cuerpo, a una organización que deja de lado la acción directa y pública sobre el mismo para centrar su atención en la disciplina de esos cuerpos.
El explorador asiste contra su voluntad a las largas explicaciones del oficial respecto del funcionamiento de la máquina, mientras éste realiza los preparativos. El aparato, cuyos planos custodia celosamente el oficial, es un diseño del antiguo comandante, símbolo del régimen corporal del castigo. La máquina, cuyo funcionamiento supone un suplicio de 12 horas, se divide en tres partes:

“Como usted ve, consta de tres partes. Con el correr del tiempo se generalizó la costumbre de designar cada una de estas partes mediante una especie de sobrenombre popular. La inferior se llama la Cama; la de arriba, el Diseñador, y ésta del medio, la Rastra” (p. 9).

A diferencia de otras obras del enclave 1912-1917, donde el aspecto narrativo, con una fuerte presencia del narrador en el devenir de los sucesos es central, en En la Colonia penitenciaria eso no sucede. La estructura dramática del relato gira en torno a los diálogos entre el explorador y el oficial, y el narrador es una especie de acotador. Otra diferencia respecto del sistema narrativo de Kafka es que en muchas de sus obras predomina el polo argumentativo; aquí, en cambio, la secuencia explicativa ocupa casi la totalidad del relato, concentrada en el discurso del oficial respecto del funcionamiento del aparato:

“Las agujas están colocadas en ella como los dientes de una rastra (…) Aquí, sobre al Cama, se coloca al condenado (…) está totalmente cubierta con una capa de algodón en rama. Sobre este algodón se coloca al condenado, boca abajo, naturalmente desnudo; aquí hay correas para sujetarle las manos, aquí para los pies, y aquí para el cuello. Aquí, en la cabecera de la Cama, esta pequeña mordaza de fieltro (…) tiene la finalidad de impedir que grite o se muerda la lengua” (p. 10-11)

No obstante, el aspecto argumentativo aparece en aquellos pasajes en que se efectúa una defensa del antiguo orden[6].
Si al principio se mostraba indiferente, conforme avanza la explicación el explorador demuestra interés en el aparato. Toca los distintos componentes, efectúa preguntas. Esta nueva actitud entusiasma al oficial quien cree haber ganado un aliado en su lucha contra los enemigos del régimen impuesto por el antiguo comandante.
El explorador interroga al oficial respecto de las características de la condena. Se le informa que el procedimiento consiste en escribir sobre el cuerpo del condenado la disposición legal quebrantada; en este caso, el reo recibirá la leyenda “Honra a tus superiores”[7], pues se lo castiga por haberse dormido en una guardia, mientras custodiaba la residencia de un superior. A partir de la inscripción en el cuerpo, el condenado realiza una confesión. Confiesa su crimen y lo actualiza. No importa en realidad si lo ha cometido o no, pues la verdad no está en los acontecimientos sino en el poder de la institución que la proclama y en el cuerpo del condenado que la verifica. Para Hopenhayn, “la confesión es parte del programa de sujeción del sistema dominante” (1983: 17).
El conocimiento de la condena produce el primer quiebre del relato, la primera textualización del enfrentamiento entre las ideas del explorador y el representante del viejo orden de la Colonia. Estos choques, que se repetirán a lo largo del relato, ponen en evidencia los dualismos que recorren la obra de Kafka. El autor suele presentar “dos racionalidades irreconciliables, dos discursos que no encuentran mediación alguna” (Hopenhayn, 1983: 123):

“-¿Conoce él su sentencia?
-No -dijo el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones; pero el explorador lo interrumpió:
-¿No conoce su sentencia?
-No -repitió el oficial, callando un instante, como para permitir que el explorador ampliara su pregunta-. Sería inútil anunciársela. Ya lo sabrá en carne propia (…)
-Pero, por lo menos, ¿sabe que ha sido condenado?
-Tampoco -dijo el oficial, sonriendo como si esperara que le hiciera otra pregunta extraordinaria.
-No -dijo el explorador, y se pasó la mano por la frente-; entonces, ¿el individuo tampoco sabe cómo fue conducida su defensa?
-No se le dio ninguna oportunidad de defenderse (…)” (p. 15-16)

“Escrita, secreta, sometida -explica Foucault-, para construir sus pruebas, a reglas rigurosas, la instrucción penal es una máquina que puede producir la verdad en ausencia del acusado” (2000: 43). El diálogo pone en evidencia el enfrentamiento entre dos modelos jurídicos. Uno, propio de la modernidad, basado en la existencia de tribunales y en la posibilidad de defensa para los acusados; otro, más “primitivo”, que encuentra sustento en el poder soberano para hacer morir a los súbditos y que cosifica a los sujetos al convertir sus cuerpos en simples receptores de un castigo. La justicia, en este sentido, es un poder que cosifica. Se trata de un sistema inundado por la arbitrariedad y donde los excesos del poder son constantes, y en el que una misma persona reúne las labores de juez y verdugo, como es el caso del oficial. De algún modo, En la colonia penitenciaria puede leerse como un pre-texto de El proceso: en ambos textos existe un orden que castiga a los sujetos sin que éstos sepan por qué, ni exista alternativa. Según Isaacson, Kafka plantea la imposibilidad de la justicia, pues su existencia implicaría que los hombres pueden ser culpables. En una sociedad que le ha sido impuesta, en un mundo cuyas reglas no ha elegido, “¿cómo puede ser culpable quien no tiene opción, quien no puede elegir?” (Isaacson, 1974: 44).
En el sistema impuesto por el antiguo comandante pueden leerse dogmas religiosos ancestrales. Para el judaísmo, religión a la que pertenece la familia Kafka, la culpa es indudable. Así lo afirma el oficial: “La culpa siempre es indudable” (p. 17). El derecho en la Colonia es un discurso que construye culpables. La culpa original es la marca adánica, y el derrotero de una vida el largo calvario para expiarla. Asimismo, resulta relevante señalar la importancia que para la religión judía tienen la Ley (la verdad escrita) y los Jueces, en tanto exegetas irrecusables de la palabra divina.
En sus Diarios, Kafka insiste en lo absurdo de este carácter inevitable del pecado original[8]. Para él (y este aspecto lo destacan muchos críticos, entre ellos Max Brod[9], amigo íntimo y también judío) era intolerable la pretensión de imponer a los sujetos una carga que ellos no habían pedido y de la cual tampoco eran responsables[10]. En este sentido, los diseños elaborados por el antiguo comandante, tan celosamente custodiados por el oficial, hacen las veces de Tablas de la ley. Los planos sólo pueden ser interpretados por los especialistas, su contenido sacro está a resguardo de las miradas legas.
La narración establece un juego de paradojas, a las que era tan afecto Kafka: el oficial, quien no puede prescindir de la explicación, da una pintura precisa, aunque desorganizada, del funcionamiento de la máquina que contrasta con la naturaleza atroz y brutal del castigo. La descripción del modo en que se lleva a cabo el castigo muestra que todo el suplicio es una gran puesta en escena. En cualquier caso, el mayor horror no es narrado: el de los cientos de ejecuciones previas, la era gloriosa de la máquina. De acuerdo con el análisis de Foucault, el suplicio es un espectáculo punitivo que, al tiempo que ofrece un show para quienes asisten a la ejecución, constituye un instrumento persuasivo para que los espectadores se abstengan de transgredir las leyes:

“Para permitir la observación del desarrollo de la sentencia, la Rastra ha sido construida de vidrio. La fijación de las agujas en el vidrio originó algunas dificultades técnicas, pero después de diversos experimentos solucionamos el problema. Le diré que no hemos escatimado esfuerzos. Y ahora cualquiera puede observar, a través del vidrio, cómo va tomando forma la inscripción sobre el cuerpo” (p. 20).

Por otro lado, puede leerse la sentencia marcada en la espalda como una metáfora (o una alegoría, como Ante la ley) de la imposibilidad de los sujetos para penetrar en la ley, para conocer los oscuros fundamentos que sustenta del edificio jurídico y la organización social que el sujeto padece:

“(…) no es justamente caligrafía para escolares. Hay que estudiarlo largamente. También usted terminaría por entenderlo; estoy seguro. Naturalmente, no puede ser una inscripción simple; su fin no es provocar directamente la muerte sino después de un lapso de doce horas (…)” (p. 24)

Como en la parábola que el confesor narra a Joseph K. antes de su ejecución, las puertas de la ley sólo se abren cuando la condena es la única realidad; la ley se torna comprensible cuando su acción es inevitable.
Según señala Foucault, la transición de un sistema jurídico a otro no es abrupta y. por otra parte, no está exenta de ataques y resistencias por parte de los defensores del régimen decadente. Este pasaje paulatino hacia una economía disciplinaria de la aplicación de justicia está representada En la colonia penitenciaria en el lento y progresivo deterioro de la máquina y en su falta de mantenimiento:

“La correa destinada a la mano izquierda se rompió, probablemente el soldado la había estirado demasiado. El oficial tuvo que intervenir, y el soldado le mostró el trozo roto de correa” (p. 28)

Y más adelante

“-Los recursos destinados a la conservación de la máquina son ahora sumamente reducidos. Cuando estaba el antiguo comandante, yo tenía a mi disposición una suma de dinero con esa única finalidad. Había aquí un depósito, donde se guardaban piezas de repuesto de todas clases.” (p. 28-29)

La inminencia de la ejecución obliga al explorador a reflexionar. Es indudable “la injusticia del procedimiento y la inhumanidad de la ejecución” (p. 30). Comprende que su rol en esa tarde es evaluar el procedimiento, que la invitación supone dar su opinión sobre el modo de aplicar justicia en la isla. Así lo entiende el oficial, quien en su afán explicativo busca granjearse la opinión favorable del explorador:

“(…) ¿le parece bien que por culpa de este comandante y sus señoras, que influyen sobre él, semejante obra de toda una vida -y señaló la máquina- desaparezca? ¿Podemos permitirlo? Aun cuando uno sea extranjero y sólo haya venido a pasar un par de días en nuestra isla.” (p. 33)

Al hablar del orden impuesto por el comandante actual, el oficial lo refiere como “la nueva doctrina compasiva” (p.31). Este comentario, más allá del enfrentamiento entre los sistemas jurídicos señalado, puede leerse como una metáfora del cristianismo. Si la ley judía se caracteriza por ser impenetrable e inflexible, a los ojos de un judío de Praga, acaso el cristianismo resultara más tolerante y humanitario.[11]
Como ha sido señalado, para el sistema instaurado por el viejo comandante el maltrato del cuerpo -su cosificación- tenía un valor pedagógico, además de su calidad de “entretenimiento”: la exposición pública del suplicio y el horror de la tortura eran la certeza tranquilizadora de que la justicia había sido servida. Al mismo tiempo, debía persuadir a los testigos de cualquier intento de transgresión. Kafka ironiza al respecto, al destacar el lugar privilegiado que ocupaban los niños:

“[el comandante] muy sabiamente, había ordenado que los niños tendrían preferencia sobre todo el mundo” (p. 35)

El oficial sospecha las intenciones del nuevo comandante al enviar al explorador a observar la ejecución y evaluar el sistema. Las autoridades temen proceder contra el oficial, último defensor del antiguo régimen, y apelan al juicio de un extranjero “habituado a las ideas europeas” (p. 37)
A partir de allí, el oficial abandona el tono explicativo que dominaba su discurso, para adoptar una actitud argumentativa. Así, en tono hipotético, presenta todos los posibles argumentos que el explorador podría esgrimir contra la máquina y se prepara para refutarlos y captar su opinión favorable. El oficial supone que el extranjero puede mostrarse contrario a la pena capital e incluso objetar el procedimiento judicial en su conjunto:

“(…) tal vez usted diga: ‘En mi país el procedimiento judicial es distinto’, o ‘En mi país se permite al acusado defenderse antes de la sentencia’, o ‘En mi país hay otros castigos, además de la pena de muerte’, o ‘En mi país sólo existió la tortura en la Edad Media”. (p. 38)

Sin embargo, el oficial objetará que la situación en la isla en materia de justicia corre por un camino distinto. Por ello, intenta cautivar al explorador con sus explicaciones; cree que el extranjero se admirará del procedimiento y que su explicación -de allí la insistencia- lo ha convencido de interceder a su favor ante las nuevas autoridades de la Colonia.
Se produce entonces el segundo quiebre o enfrentamiento: el explorador minimiza su influencia y se manifiesta incapaz de ayudar al oficial. Ante la arremetida de este último, quien siente su desprotección, se produce el enfrentamiento final, que acelera el desenlace de la historia. El explorador abandona los eufemismos y espeta un rotundo “No”. Opera un cambio de roles, y es el explorador quien toma la palabra y comienza a justificar el por qué de su negativa. Es el comienzo de la decadencia del oficial, quien comprende la cercanía del fin del sistema que con tanto tesón defendió. Entonces, libera al prisionero y se acomoda en la máquina a la espera de una sentencia que él mismo ha escrito. Se lleva a cabo una transformación en el personaje: así como el padre de Bendemann se convierte de un ser débil y apacible en otro que decreta la muerte de su hijo, el oficial pasa de ser quien aplica la justicia en el ámbito de la colonia a convertirse en un ajusticiado.
El oficial recibirá la sentencia “Sé justo”. En el marco de En la colonia penitenciaria ser justo significa aceptar la ley, por irracional que parezca. El oficial, al fracasar en sus intento de sostener el antiguo régimen debe perecer frente al nuevo poder que controla la colonia.
El soldado y el ex condenado no comprenden muy bien qué sucede. El explorador, sin embargo, los expulsa, les impide, aun ante las protestas, presenciar el espectáculo del suplicio. La máquina, a poco de comenzada su tarea de castigar el cuerpo indemne del oficial, falla. Tuercas y tornillos saltan hacia todos lados, las correas chirrían, el humo se apodera del ambiente. En una curiosa paradoja, el régimen de tortura corporal, que cosificaba a los sujetos al convertirlos en simple receptores de un castigo, encuentra su clausura en el cuerpo victimizado de su más ferviente defensor.
Hay un corte temporal en la narración. Una vez en el pueblo, el explorador se dirige al bar de los trabajadores portuarios. En un rincón, bajo unas mesas, se encuentra la tumba del antiguo comandante. Una inscripción corona la lápida:

“Aquí yace el antiguo comandante. Sus partidarios, que ya deben ser incontables, cavaron esta tumba y colocaron esta lápida. Una profecía dice que después de un determinado número de años el comandante resurgirá, y desde esta casa conducirá a sus partidarios para reconquistar la colonia. ¡Creed y esperad!” (p. 61)

Esta profecía termina de delinear el rol del oficial: es el profeta, el encargado de proclamar el renacimiento del líder, su nuevo advenimiento. La muerte y el descalabro de la máquina de tortura ponen fin a cualquier posibilidad de restauración. Se consolida un sistema jurídico disciplinario que abandona los castigos corporales para reemplazarlos por otros más sutiles y acaso más efectivos, que convierte los cuerpos en susceptibles de ser sometidos, transformados y perfeccionados.

4. Conclusión

A lo largo de su historia, la concepción que las sociedades occidentales han tenido respecto del castigo ha variado mucho, pero no se han movido de un punto central: tanto para los teóricos de ley como para los encargados de aplicarla, la vida social supone un conjunto de reglas cuya desobediencia requiere un castigo. En la colonia penitenciaria es una poderosa narración que tematiza el pasaje de una teoría del castigo que entendía el cuerpo del reo un foco que debía ser torturado a otra que ve en el cuerpo del otro la posibilidad de adecuarlo y transformarlo. Es el pasaje de una sociedad donde el espectáculo punitivo es moneda corriente a otra que siente vergüenza de la exposición pública de la pena: se pasa de una economía jurídica centrada en el castigo corporal a otra que supone la suspensión de algunos derechos.
Si bien este dato puede resultar positivo, Foucault explica que, a medida que las ciudades crecen y las relaciones sociales se tornan más complejas e inaprensibles para el poder, los mecanismos de control social se tornan más sutiles y sofisticados. La técnica disciplinaria implica una lógica que no se aplica sólo a la institución carcelaria, sino que su funcionamiento de fabricación de cuerpos dóciles se reproduce en la fábrica, el hospital, la escuela. El poder ya no es la espada del soberano que venga una ofensa haciendo morir a los sujetos, sino que es la sociedad toda la que actúa como veedora de sus propios comportamientos.
El cuento de Kafka, aun cuando denuncia la atrocidad de los castigos corporales, pone en evidencia que la posibilidad de que los sujetos sean culpables es algo que los excede. Antes bien, tanto en un plano teológico como en lo que respecta a la organización social, los sujetos son arrojados a un mundo impuesto, con leyes desconocidas y cuyas puertas permanecen cerradas.


5. Bibliografía

-ADORNO, Theodor (1962). “Apuntes sobre Kafka”, en PRISMAS. La crítica de la cultura y la sociedad. Ariel: Barcelona.
-AMÍCOLA, José (1993). “La preocupación del padre de familia. Observaciones sobre Das urteil, de Franz Kafka”, en De Franz Kafka a Thomas Bernhard. IX Jornadas de Literaturas Alemanas. 8 al 13 de septiembre de 1993. Buenos Aires: Eudeba.
-BENTHAM, Jeremías (1989). El panóptico. Madrid: Ediciones de la piqueta.
-BORGES, Jorge Luis (2005). “Kafka y sus precursores”, en Otras inquisiciones. Buenos Aires: Emecé.
-BROD, Max (2000). Kafka. Buenos Aires: Emecé.
-CANETTI, Elías (1976). El otro proceso de Kafka. Buenos Aires: Muchnik Editores.
-DELEUZE, Giles y GUATTARI, Félix (2002). Kafka. Para una literatura menor. Madrid: Editora nacional.
-FOUCAULT, Michel (2000). Vigilar y castigar. México: Siglo Veintiuno Editores.
---------------------- (1996). Genealogía del racismo. La Plata: Altamira.
---------------------- (2006). Historia de la sexualidad. Tomo 1: la voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.
-HOPENHAYN, Martín (1983). ¿Por qué Kafka? Poder, mala conciencia y literatura. Buenos Aires: Paidós.
-ISAACSON, José (1974). Kafka, la imposibilidad como proyecto. Buenos Aires: Plus ultra.
------------------ (1977). Introducción a los Diarios de Kafka. Buenos Aires: Marymar.
-KAFKA, Franz (1995). En la colonia penitenciaria. Madrid: Alianza (trad. Juan Rodolfo Wilcok).
--------------- (2000). Diarios (1910-1923). Barcelona: Tusquets Editores (trad. Feliu Formosa).
----------------- (1996). El proceso. Buenos Aires: Losada (trad. Vicente Mendivil)
----------------- (2005). “La condena”, en Relatos completos I. Buenos Aires: Editorial La Página (trad. Francisco Zanutigh Núñez).
-LINK, Daniel (2005). “Ley”, en Clases. Literatura y disidencia. Buenos Aires: Norma.
-MARÍ, Enrique Eduardo (1983). La problemática del castigo. El discurso de Jeremy Bentham y Michel Foucault. Buenos Aires: Hachette.
-MODERN, Rodolfo (1972). El expresionismo literario. Buenos Aires: Eudeba.
-PIGLIA, Ricardo (2005). “Un relato sobre Kafka”, en El último lector. Barcelona: Anagrama.
-RAMOS, Julio (1996). “La ley es otra: literatura y constitución del sujeto jurídico”, en Paradojas de la letra. Caracas: Ediciones eXcultura.
-ROUSSEAU, Jean-Jacques (1993). “Del derecho de vida y de muerte”, en El contrato social. Barcelona: Altaya.
[1] Según muchos especialistas, la traducción correcta debe ser La transformación.
[2] En los 6 años que duró la relación, Kafka envió a Felice más de 500 cartas y postales.
[3] Kurt Wolff también fue editor de los expresionistas. Esta circunstancia, junto con algunas coincidencias temáticas y ciertos pasajes cuasioníricos y “extrañadores” (en el sentido formalista del término) de sus obras, ayudó a que se ligara a Kafka con ese movimiento. Rodolfo Modern, por su parte, asegura que no se puede adscribir la obra de Kafka al expresionismo porque “la simbología general de su acción y personajes, su peculiar clima de pesadilla y angustia, escapan a todo rótulo y ubican sus narraciones dentro del gran arte de todos los tiempos” (1972: 54).
[4] El 31 de diciembre de 1914 Kafka anota en su diario: “He escrito parte de los siguientes textos inacabados: El Proceso, Recuerdos del ferrocarril de Kalda, El maestro de aldea, el ayudante del fiscal general, y breves intentos. Sólo terminados: En la colonia penitenciaria y un capítulo de El desaparecido (...)” (Kafka, 2000: 283).
[5] Una característica de la escritura de Kafka es que muchas veces los personajes no tienen nombre propio, sino que se los identifica por sus funciones o trabajos.
[6] Para Marí, el aparato “es un símbolo y una figura escrituraria del castigo retributivo” (1983: 137).
[7] “[En la colonia penitenciaria] presenta la ley como forma vacía y sin contenido, cuyo objeto permanece incognoscible: la ley por lo tanto no puede enunciarse sino en una sentencia y la sentencia no puede conocerse sino en el castigo” (Deleuze-Guattari, 2002: 68).
[8] Para Hopenhayn “el absurdo en la narrativa de Kafka radica en mostrar lo absurdo del poder” (1983: 175).
[9] En su libro Kafka, Max Brod relaciona En la colonia penitenciaria con el libro de Job, pues entiende que ambos textos plantean la lucha del hombre contra el absoluto. Hace extensiva esta relación a ‘Ante la ley’ y El proceso (2000: 202 y ss).
[10] Esta crítica se extiende a otras instituciones sociales como la familia, el trabajo, el matrimonio. En todo caso, un dato anecdótico pero revelador es que Kafka vuelve a acercarse al judaísmo a partir del estudio del teatro popular yiddish.
[11] Obviamos, claro está, los innumerables crímenes de toda índole cometidos y amparados por la cúpula papal.

(acerca de la tragedia y sus dueños)

Por Francisco María BompadreAclaración: el autor escribió este trabajo en el marco de la Carrera de especialización en Filosofía Política de la Universidad Nacional de General Sarmiento,en la materia Taller de lectura de Textos Filosóficos II, a cargo de la Profesora Rosa Belvedresi
Sumario:I. Introducción. II. Genocidio reorganizador. III. El prólogo de Sabato al Nunca Más y el lugar de la sociedad argentina. IV. Conclusiones.
“El que controla el Pasado, decía el slogan del Partido,
controla también el futuro,El que controla el Presente,
controla el Pasado ”George Orwell, 1984.

I. Introducción.
El presente trabajo analiza brevemente el genocidio ocurrido en nuestro país entre los años 1974-1983, para luego tomar en consideración la perspectiva que acerca del mismo se realiza en el prólogo al Nunca Más (1), escrito en septiembre del año 1984 por el presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (en adelante, Conadep), Ernesto Sabato. En esta línea de lectura se busca comprender el lugar que el prólogo en cuestión le asigna a la sociedad argentina, y su caracterización de víctima inocente en la conocida “Teoría de los dos demonios”: inerme y pasiva ante los dos extremos de violencia que la asediaron.
Finalmente, se abordan los efectos políticos que consideramos que tuvo el prólogo mencionado en amplios y diversos sectores de la sociedad argentina -volviéndose incluso la explicación hegemónica acerca de lo sucedido en el periodo- hasta el año 1996, cuando al cumplirse el vigésimo aniversario del golpe de Estado llevado a cabo por las tres armas en su conjunto, comienza a abrirse una fisura en el consenso que hasta ese entonces se había logrado articular. A partir de entonces -y hasta hoy- se abre una disputa política por la apropiación del sentido del prólogo, del libro Nunca Más y de los efectos que el genocidio reorganizador produjo a la sociedad argentina en su conjunto.
II. Genocidio reorganizador.
Desde 1930 hasta la asunción de Alfonsín en el año 1983 la Argentina tuvo 24 presidentes (Rawson y Lastiri incluidos), período durante el cual se produjeron seis golpes de Estado que derrocaron gobiernos elegidos. A estos hechos debemos incorporar las tentativas frustradas de golpes de Estado y los “planteos” castrenses. Lo más desconcertante es que de los 24 presidentes, 16 fueron generales; no obstante ello sólo 2 (Justo y Perón) lograron completar al menos un periodo establecido constitucionalmente. Estos hechos dejan en evidencia el papel “desestabilizador” -al mimo tiempo que protagonista- que han cumplido las Fuerzas Armadas en el sistema político argentino, rol que no sólo se activó frente a gobiernos elegidos por medio del voto popular, sino también frente a los propios gobiernos militares; es decir, hacia fuera y hacia dentro de las Fuerzas Armadas: Uriburu, Rawson, Ramirez, Lonardi, Onganía, Levingston, Viola y Galtieri sufrieron las maniobras e intrigas de sus propios camaradas de armas, y sólo Videla cumplió totalmente el periodo que se había previsto por el régimen militar, que fue curiosamente la página más negra y vergonzante de las FF.AA (Sabato y Schvarzer, 1985; véase también Cavarozzi, 1983). Sin embargo, estos hechos deben alejarnos de una lectura simplista que sólo vea un afán antidemocrático en las FF.AA desvinculado de los intereses y los objetivos de sectores civiles influyentes. Desde esta perspectiva, Calveiro expresa que:Desde 1930, la historia política argentina estuvo marcada por una creciente presencia militar y por el uso consistente de la violencia para imponer desde el poder del Estado lo que no se podía consensuar desde la política. La incapacidad de los sectores económicamente dominantes para establecer una verdadera hegemonía, es decir, para constituirse como grupo dirigente, los llevó a apoyarse en la fuerza de las instituciones armadas para imponer su dominio (2005:27).El golpe de Estado que llevaron acabo las tres armas en conjunto en marzo de 1976, podía ser interpretado como uno más dentro de la ya habitual injerencia de las FF.AA en el sistema político institucional del país. Sin embargo, la cuestión fue bien distinta (2): el Proceso de Reorganización Nacional aplicó una política compleja que logró eliminar tempranamente lo que quedaba de las organizaciones armadas, replegar la vida social a lo familiar-privado y desarticular los lazos sociales de solidaridad, de autonomía y de paridad. Para esto, se valió de una racionalidad que se nutrió de elementos propagandísticos que apelaban al miedo al otro como amenaza a una pretendida forma del ser nacional, construido en base a los valores occidental-cristianos (3) y que se enmarcó dentro de una disputa de mayores dimensiones entre dos ideologías que por entonces se disputaban el reparto del mundo en plena guerra fría (4).Se utilizó para ello una gran variedad de mecanismos burocráticos estatales tanto a nivel nacional como internacional: sólo basta pensar las dimensiones del secuestro de miles de personas que deben ser ilegalizadas y detenidas en algún lugar físico, la previa tarea de inteligencia que determinase a quien se debía detener, la construcción mediática para rebatir las informaciones sobre desapariciones (para lo cual se debió previamente hacer una mapeo de los medios de comunicación, lo que llevó a eliminar a alrededor de 100 periodistas), la estrategia de desacreditación que a nivel mundial se llevó a cabo para contrarrestar la política de denuncia sobre el régimen militar (lo que incluía seguimiento y desaparición de argentinos en el extranjero), el reparto del territorio argentino en distintas zonas y subzonas atribuidas a las diversas fuerzas armadas, el grado de autonomía en los operativos y la decisión de matar o no a los secuestrados detenidos, la creación de archivos y fotografías de quienes estaban en Centros Clandestinos de Detención, la alimentación y atención de los mismos (5), la estrategia a seguir frente a los familiares que pedían por los desaparecidos, las vinculaciones con sectores técnicos que aportaban desde la política económica financiera hasta la construcción de complejos habitacionales o la reestructuración del sistema de salud, la sujeción de ciertos jueces y la eliminación de abogados defensores de presos políticos y desaparecidos, la relación con el FMI y las empresas multinacionales, el contenido de las políticas educativas con claras instrucciones ministeriales para una temprana detección por parte de los docentes y compañeritos de aquellos “niños provenientes de hogares subversivos”, la organización del campeonato mundial de fútbol como política de mejoramiento de la imagen Argentina ante el mundo (lo que no estuvo exento de disputas políticas y bajas militares entre las propias armas de las FF.AA por el control presupuestario y la organización del evento), el reparto de bienes de los detenidos y desaparecidos. Es importante comprender que el genocidio que se realizó sobre el pueblo argentino no fue un acto irracional de algunos militares excedidos, por el contrario, si algo se desprende de lo sucedido es la absoluta racionalidad y sistematización de la política que emprendieron de acuerdo a los objetivos que se habían fijado. En este sentido se han expresado varios autores, entre ellos Izaguirre, quien sostiene que el objetivo fue: “(…) la destrucción de ciertas relaciones sociales articuladas desde mucho tiempo antes por el campo popular, así como la constitución de otras nuevas” (1994:19-20). También es interesante la postura que asume Ricardo Sidicaro respecto a esta cuestión:Los discursos militares, cuando necesitaron justificar la modalidad represiva del “proceso” adjudicaron una gran importancia a la existencia de la guerrilla, al punto que describieron la situación nacional de 1976 como al borde de la toma del poder por parte de la misma. Sin embargo, en las discusiones entre tendencias militares, no faltaron los altos jefes castrenses que restaron significado a los grupos guerrilleros en las causas del golpe. El general Díaz Bessone resumió al respecto una interesante observación: “El motivo del derrocamiento del gobierno peronista en marzo de 1976, no fue la lucha contra la subversión (…) Nada impediría eliminar a la subversión bajo un gobierno constitucional (…) La justificación de la toma del poder por las Fuerzas Armadas fue clausurar un ciclo histórico…” (2004:90).Por su parte, Pilar Calveiro menciona que:Las tres armas asumieron la responsabilidad del proyecto de salvataje. Ahora sí, producirían todos los cambios necesarios para hacer de Argentina otro país. Para ello, era necesario emprender una operación de “cirugía mayor”, así la llamaron. Los campos de concentración fueron el quirófano donde se llevó a cabo dicha cirugía -no es casualidad que se llamaran quirófanos a las salas de tortura-; también fueron, sin duda, el campo de prueba de una nueva sociedad ordenada, controlada, aterrada (2004:11).Incluso, aun durante la misma dictadura militar se produjo uno de los hechos artístico-políticos más impresionantes de la época: El Siluetazo, sobre el cual Roberto Amigo expresa que:Como relata la crónica, el manifestante colocaba su cuerpo sobre el papel de embalaje y el contorno dibujado conformaba la silueta de un detenido-desaparecido, reconstruyendo así los lazos rotos de solidaridad en un acto simbólico de fuerte emotividad (2008: 218, destacado propio).Desde una perspectiva semejante, Hugo Vezzetti expresa que:(...) el repliegue a lo privado, el refuerzo del reducto familiar es tanto la manifestación del miedo a las amenazas situadas en la violencia y el caos en la esfera pública como la búsqueda de un refugio. Una forma característica de la cultura del miedo, en esa experiencia de extrema incertidumbre, conduce a la privatización, la desconfianza y el repliegue respecto de la escena social: un efecto del miedo que es a la vez una defensa contra el miedo y que llama a ocuparse de los propios asuntos (2003:51).Y más adelante continúa:La restricción a lo privado operaba como una formación de compromiso que reunía el anhelo de seguridad con los efectos de la intervención coercitiva y restrictiva que rompía los lazos sociales, comenzando por los más cercanos. Para no hablar de la sociedad en general, diversos testimonios revelan los aspectos más mezquinos de la conformidad de familiares directos que tendían a culpar a las víctimas y en verdad no querían saber de la experiencia de quienes volvían del infierno de los campos. En ese funcionamiento paradójico de la familia, “que con tal de cuidarte y protegerte casi no te dejaba vivir” se puede mostrar la dinámica de un funcionamiento que reúne en el miedo la coerción admitida y ejercida, como un medio de protección. Como es sabido, el silencio sobre la vida personal y el destino de muchos de los desaparecidos comenzó a quebrarse con la demanda de los hijos que buscaban reconstruir su historia (2003:52).
Por su parte, Daniel Feierstein es quien trata de manera más exhaustiva el concepto de genocidio reorganizador o doméstico. El autor plantea que esta modalidad de genocidio: “remite a la aniquilación cuyo objetivo es la transformación de las relaciones sociales hegemónicas al interior de un Estado nación preexistente” (2008:100, resaltado en el original). La situación interior a la que se dirige lo diferencia del genocidio colonialista y del poscolonialista, y la existencia de un Estado nación lo separa del genocidio constituyente (6).El autor mencionado entiende al genocidio:No como una “relación social” sino como una “práctica social”, un determinado modo de destruir y reconstruir relaciones sociales. Es decir, que la destrucción no es en si misma una “relación” sino una práctica que, sin embargo, destruye determinadas “relaciones sociales” (de cooperación, solidaridad, reciprocidad, autonomía, por ejemplo) a la vez que logra convertir otras (de subordinación, delación, individualismo, autenticidad) en hegemónicas (2008:202-203).Y para el particular contexto argentino, Feierstein profundiza el análisis de lo ocurrido en nuestro país:Un proceso que aparece, explícita y manifiestamente, como un “genocidio político”, sin visos ni necesidad de apelar a una figura étnica para esconder el contenido de su práctica. Los genocidas argentinos lo tuvieron en claro desde un principio, con la propia denominación de sus actividades como “Proceso de Reorganización Nacional”. Pues exactamente de eso se trataba. Nunca más preciso un nombre para dar cuenta de un proceso histórico y de un proyecto político. En un Estado nación preexistente -la República Argentina-, constituido, como casi todos, a través de un genocidio constituyente, el gobierno de facto de la dictadura militar se propuso una “reorganización nacional”, “una refundación del Estado sobre nuevas bases”, y es el aniquilamiento y su modalidad concentracionaria la tecnología escogida para llevarla acabo. Los militares argentinos fueron acusados de “eufemistas” por la denominación escogida. Muchos analistas prefieren hablar de la etapa como de “la dictadura” o “la dictadura militar”, lo cual constituye un término mucho más confuso y eufemístico, dado que dictaduras militares hubo muchas durante el siglo XX y, sin embargo, ninguna se propuso una verdadera “reorganización social”, y menos una reorganización de semejante embergadura (2008:108-109).Finalizada la aventura en las islas Malvinas (7) que la Junta Militar fabricó para descomprimir una situación política interna, que se tornaba cada vez más insostenible (el gobierno militar contra la población civil) transportando el conflicto fuera del país (los argentinos frente a los ingleses) (8); sumado al desastre económico para la mayor parte del pueblo argentino, el desgaste político y la licuación del poder militar, se fueron dando las condiciones para que la ciudadanía muestre un descontento generalizado y presionara por la vuelta a la democracia (9). En este sentido Horacio Verbitsky expresa al analizar el final de la dictadura militar que:Como en 1958 o 1973, en 1983 se votó contra un gobierno militar que no se retiraba por su voluntad sino cuando ya no podía permanecer sin riesgo de disolución de la institución militar. En ese sentido los comicios del 30 de octubre fueron un repliegue estratégico para desaferrar a las Fuerzas Armadas de posiciones insostenibles, aunque esta vez ninguna fuerza popular organizada pudiera reclamar los laureles de la victoria. La dictadura se derrumbó sola (2006b:33).Producido materialmente el genocidio, faltaba sin embargo la disputa por el sentido de los hechos sucedidos y el lugar simbólico de los victimarios, las víctimas y la sociedad en su conjunto. Inevitablemente -ya en plena democracia- el posgenociodo implicó una fuerte disputa política sobre los hechos sucedidos que aún continúa abierta (Font, 2000:72; Crenzel, 2008), una narrativa que va cambiando con el paso del tiempo y la modificación de las relaciones de fuerza, y por supuesto, por la posibilidad que la distancia y el paso del tiempo permite a muchos de los protagonistas disidentes de la “verdad oficial” y a las nuevas generaciones ajenas a los hechos, formularse otro tipo de preguntas y presentar nuevas inquietudes en torno al pasado reciente.III. El prólogo de Sabato al Nunca Más y el lugar de la sociedad argentina.Si bien el prólogo al Informe de la Conadep sobre desaparición de personas (el Nunca Más) no lleva la firma del presidente de la comisión -el escritor y pintor Ernesto Sabato- y varios de los integrantes (10) de la misma lo han atribuido al abogado de presos políticos y dramaturgo Gerardo Taratuto -que integraba una de las Secretarias de la Conadep-, lo cierto es que él mismo se lo atribuye al propio Sabato (Crenzel, 2008:95, 230-231) y por su parte tampoco hay registros de que Sabato se haya preocupado por explicar quien lo escribió en el caso que no lo haya hecho él. Como fuere, la memoria colectiva se lo atribuye y en ese mismo sentido lo tomaremos en este trabajo, recogiendo el viejo refrán de quien calla otorga (Font, 2000:71 nota 42).
El prólogo al Nunca Más (11) explicita desde un comienzo que en la década de los 70 el país fue convulsionado por dos terrores: el de extrema derecha y el de extrema izquierda (12), y entre los dos el primero fue “infinitamente mayor” que el segundo, dado que desde el 24 de marzo del 1976 contaron con el aparato, poderío e impunidad del “Estado absoluto” para perseguir y combatir al segundo. Y, más adelante explicita que los miembros de la Conadep tienen la certidumbre de que “la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”. Se hace una particular mención a la desaparición de personas y sus consecuencias, entendiendo que de esa manera se han pisoteado y desconocido de manera bárbara los principios éticos de las grandes religiones y las más elevadas filosofías. La Conadep sostiene -con la enorme y abundante documentación recogida- que las violaciones a los derechos humanos fueron realizados “en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas”, de manera no esporádica sino sistemática, con tormentos y secuestro similares a lo largo del territorio nacional, y generalmente tuvieron como víctimas a jóvenes y adolescentes. Las circunstancias que rodean a la desaparición de una persona, la falta de responsables, la ausencia de la víctima, la inexistencia de registros públicos que lo identifique en algún lugar, implicaron “años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos”. Transcribo en su totalidad el noveno párrafo del prólogo dado que me parece central:En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas», «materialistas y ateos», «enemigos de los valores occidentales y cristianos», todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.La Conadep establece en alrededor de 9 mil las personas desaparecidas, y aclara que sin embargo las cifra seguramente es más alta dado que “muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal”. En uno de los últimos párrafos del prólogo, se deja en claro que la Conadep actuó sin resentimiento ni espíritu de venganza, sino que por el contrario, se enmarcó en la búsqueda de la verdad y la justicia en tanto pilares para una reconciliación, sólo posible en plena vida democrática (13).La llamada “Teoría de los dos Demonios” tiene su antecedente jurídico en los decretos 157 y 158 que firmó Alfonsín como presidente de la Nación. En ellos de afirmaba que debía enjuiciarse a las cúpulas de la izquierda armada (a través del decreto 157 se enjuiciaba a siete miembros de la guerrilla) y a los miembros de las Juntas (a través del decreto 158 se investigaba a nueve militares). El orden en que estos decretos fueron dictados no es inocente, y prefigura la manera en que el prólogo al Nunca Más habría de articularse un tiempo después: al establecer como primero de los dos decretos que investigaban las responsabilidades de los hechos sucedidos -el 157- al relativo a la izquierda armada, Alfonsín marcaba como inicio causal la acción de la guerrilla, esto es, si el accionar de la guerrilla no hubiese comenzado, la respuesta de las FF.AA no hubiese sido necesaria -el decreto 158 se ocuparía de la “respuesta” de las FF.AA a la guerrilla-. No sólo se marca hábilmente la responsabilidad en el inicio de los hechos, deshistorizando lo sucedido en el gobierno de Isabel Perón y el accionar de la Triple AAA, y como si las acciones de violencia política en el país hubiesen comenzado en la madrugada del día del golpe del Estado; sino que además se pretende igualar las responsabilidades al ubicar de manera simétrica dos grupos que notablemente eran asimétricos, y uno de los cuales, estaba diezmado en marzo de 1976, según informes propios de las FF.AA. Montado sobre esta economía de la responsabilidad, Sabato no innova cuando expresa en el prólogo que dos terrores convulsionaron al país durante la década del 70 (no explicita en qué año), uno de extrema derecha y otro de extrema izquierda. Sin embargo, y como en no pocas oportunidades, el propio prólogo se contradice cuando establece que la respuesta del terrorismo de extrema derecha (terrorismo de Estado) fue infinitamente mayor que el segundo, dado que desde el 24 de marzo del 1976 contaron con el aparato, poderío e impunidad del “Estado absoluto” para perseguir y combatir al de extrema izquierda. Aquí Sabato pasa por alto que al fechar el día del golpe de Estado como un salto cualitativo y cuantitativo en la modalidad represiva está implícitamente reconociendo que el terrorismo de la extrema derecha comenzó antes de marzo de 1976, momento en el cual en todo caso tomó una especificidad más elaborada. Y además es contradictorio con la idea de simetría de los dos extremos (uno de izquierda y otros de derecha, pero dos extremos al fin), cuando expresa que el terrorismo de Estado fue “infinitamente mayor”, que encarnó el “Estado Absoluto” y que además produjo “la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”. Qué lugar queda para la simetría cuando, según la propia lógica del prologuista existieron dos extremos de terror pero uno de estos produce una acción “infinitamente mayor”, logra el control del “Estado Absoluto” y desencadena la más grande y salvaje tragedia de nuestro país. Indudablemente no había simetría alguna en los dos extremos del terrorismo, sino mucho de oportunismo y de habilidad política. Como acertadamente expresa Crenzel sobre el tema:Este prisma fue caracterizado como “la teoría de los dos demonios”, pues limitaba a las cúpulas de los actores la responsabilidad de la violencia política. Por otro lado proponía a la sociedad como ajena y víctima de ambas, y explicaba la violencia de estado, aunque no sus procedimientos, por la violencia guerrillera (2008:58).Las víctimas que el prólogo de Sabato identifica como generalmente jóvenes -incluso a veces adolescentes- son presentadas bajo el amparo de su inocencia y el distanciamiento de la izquierda armada. Consolidaba de esta manera una modalidad de reclamo ya presente durante la dictadura donde lo central era el relato humanitario y cuya voz era alzada por los familiares del desaparecido. Cuando Sabato decreta a través del prologo que:“Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores”,no solo describe una situación irreal en el sentido de que la mayoría de los desaparecidos murió en o luego del paso por los campos de concentración, sino que lo que puede considerarse aún más grave es la doble despolitización que realiza a través del párrafo trascripto. En primer lugar omite el objetivo central de la dictadura respecto a la eliminación de militantes que realizaban prácticas de articulación social en distintos ámbitos, despolitizando de esta manera el rol que llevaban a cabo todos estos militantes en la articulación del lazo social, y presenta a la dictadura como una máquina de matar a cualquiera, lo que es a todas luces erróneo y preocupante que se sostenga. Esta manera de comunicar las víctimas del terrorismo de Estado, sin embargo se contradice rápidamente así misma cuando Sabato expresa que eran: “dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables”, es decir, que rápidamente uno nota que está ausente el verdulero que sólo se preocupa de su trabajo; el profesional que va de la casa al trabajo y no se involucra en ninguna cuestión social; los universitarios que se dedicaban a hacer carrera académica y los estudiantes que sólo se proponían estudiar y se alejaban de toda militancia estudiantil; los trabajadores dóciles que aceptaban las condiciones laborales y salariales que Martínez de Hoz imponía, los abogados que no defendían presos políticos y no presentaban habeas corpus tampoco figuran en el informe de la Conadep; los religiosos que defendían el statu quo y veían a la dictadura como la “reserva moral” de la nación no fueron molestados ni perseguidos ni secuestrados; los periodistas que no denunciaban lo que estaba sucediendo mantuvieron sus lugares de trabajo y su integridad física. En segundo lugar caracteriza a los miembros de la guerrilla como una suerte de homo sacer que podía ser eliminado por las FF.AA, dado que aquellos que no son “inocentes de terrorismo” -suponemos que- se harían entonces acreedores a la eliminación en manos de sus secuestradores estatales. Esta caracterización de la guerrilla tiende a una clara despolitización al presentarlos alejados de un reclamo político que afecta la discusión propia de la polis sobre cómo vivir y cómo repartir la riqueza en la sociedad; por el contrario, al no mencionarse los objetivos políticos de la izquierda armada se la subordina sólo a lo militar, en donde la idea del enfrentamiento y la muerte es parte del juego libremente aceptado cuando se decide armarse. De esta manera se fue construyendo la víctima acreedora del reconocimiento por parte de la sociedad: a una sociedad construida como inocente le correspondía por supuesto, una víctima construida también como inocente. Esta cosificación de la víctima implicó una nueva victimización hacia todos aquellos militantes que debieron “renegar” de su pasado o bien ser condenados al silencio y al olvido. El manual para ser una víctima perfecta, insospechada de nada, absolutamente inocente de todo, tenía como contrapartida ubicar a las “otras” víctimas como culpables para cerrar el círculo infernal de los “dos demonios”. En una asombrosa prosa literaria Sabato utilizó un lenguaje propio para otro género: la referencia al “infierno” del Dante, la descripción de la metodología de las FF.AA como “caza de brujas”, la figura de los “dioses”, la mención de suplicios “infernales”, y los sobrevivientes que pudieron “salir del infierno”. Pero no sólo el prólogo al Nunca Más atestigua la apelación de Sabato a un más allá que no explica lo sucedido en el más acá y vuelve a despolitizar lo sucedido al impedir una reflexión alejada de lo que pasó. También en el programa televisivo que adelantó las conclusiones del Informe de la Conadep, Sabato dijo: “(…) Personalmente creo que ha sido el reinado del demonio sobre la tierra” (Crenzel, 2008:86). Por extraño que pueda parecernos hoy en día, esta visión construyó buena parte de la narrativa que la memoria social mantendría durante veinte años sobre lo sucedido en nuestro país (14).En el año 1996 entró en crisis la narración y el consenso acerca de lo sucedido en el periodo reorganizacional (Verbitsky, 2006b:11; Barbuto, 2007:425-426 y Feierstein, 2008:269). Con motivo del vigésimo aniversario del golpe de 1976, algo del gran relato construido durante tantos años comenzó a mostrar sus límites ante las preguntas de las nuevas generaciones, lo que posibilitó una nueva disputa por el sentido de la memoria. La estrategia inicial de Alfonsín y continuada -en este punto- por Sabato en el prólogo al Nuca Más es una de las posibles explicaciones a tantos años de consenso sobre los hechos ocurridos. Esta estrategia logró ubicar en la posición de víctima a la sociedad (ajena a los dos extremos terroristas que la asolaron) antes que en el lugar de cómplice o, al menos, de responsable en alguna medida sobre lo sucedido (recordándonos la máxima todoroviana que explicita que todos queremos estar en el lugar de la víctima, pero nadie quiere pasar efectivamente por el). De esta manera, la sociedad argentina desde el lugar de víctima inocente reclamaba los beneficios del estatus del victimizado, pero -sospechamos- sin pagar los costos que toda víctima debe soportar. En este sentido Feierstein sostiene que:(…) Esta ajenización del conjunto social con respecto al genocidio en el que se encuentra involucrado (…) podría ser uno de los motivos fundamentales del consenso alcanzado por esta visión que, de un modo sedante, tranquilizaba las conciencias de los sujetos contemporáneos al genocidio, ubicando a todos ellos (a excepción de los “bandos terroristas de izquierda y de derecha”) en el campo de las víctimas (2008:271-272).Y Emilio Crenzel agrega:Así el prólogo del Nunca Más propone hacia el pasado un “nosotros” inocente al ejercicio de la violencia y al terror de estado, una comunidad de ciudadanos ajenos a los enfrentamientos que signaron a la sociedad argentina. Mediante la misma operación, lo postula hacia el futuro. Es la sociedad inocente, ajena por igual a los dos terrorismos, la que personifica la esperanza democrática (2008:107).Si hay un lugar sensible y difícil para desentrañar lo sucedido durante el Proceso de Reorganización Nacional, este lugar es pensar el papel que le cupo a la sociedad en general -con la consecuente responsabilidad que se desprendería de su actitud-. Si bien es cierta la caracterización que describe Terán en lo que respecta a las denuncias públicas realizadas en la época de la dictadura, cuando expresa que:.Muy tempranamente habían surgido denuncias, con alcance público, de torturas, asesinatos y también de la desaparición de personas. En agosto de 1976, la Confederación Argentina de Religiosos elevó una nota a la Conferencia Episcopal denunciando esos hechos. En febrero de 1977, un conjunto de escritores (…) se pronunció con denuncias similares. En mayo de 1977, la iglesia católica dio a conocer una carta pública denunciando torturas y desapariciones. El 30 de abril de ese mismo año se registró la primera reunión de madres de desaparecidos en Plaza de Mayo, y de allí en más, con ese organismo a la vanguardia, la presencia de los organismos de derechos humanos cobró mayor visibilidad desde que en diciembre de 1977 habían publicado la solicitada “por una Navidad en Paz”, donde reclamaban la verdad acerca de los desaparecidos. También efectos de apertura tuvo la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979 y su posterior informe de 1980, así como la actividad en el mismo sentido del gobierno de los Estados Unidos. En otro plano, en abril de 1979 se producía el primer paro general obrero durante la dictadura. (…) Al año siguiente, Pérez Esquivel recibía el premio Nobel de la Paz, reforzando el apoyo internacional a la causa de los derechos humanos. Para entonces existían síntomas de debilitamiento de la censura, y en la narrativa y en el cine emergía, así fuera oblicuamente, la tematización de la violencia, mientras desde el público se aprendía a decodificar algunas metáforas críticas de la situación imperante. Desde otro espacio, las revistas Humor y El Porteño funcionarán como tábanos de oposición al régimen. A partir de 1980 se formulan denuncias periodísticas que se suman a las que de modo permanente habían sido dadas a conocer en el diario de lengua inglesa Buenos Aires Herald (2008:301-302),no menos cierto es que hasta la derrota militar en la guerra de las Islas Malvinas las tentativas de ofrecer una verdad alternativa a la oficial fueron escasamente recibidas por la opinión pública: las denuncias se neutralizaron exitosamente por parte de la dictadura y la dirigencia de la sociedad política y civil, que no desconocían su contenido (Crenzel, 2008:53). Las causas y los motivos por los cuales la sociedad argentina no pudo o no quiso otorgarle la importancia que el tema de las desapariciones implicaba -aun en aquella época y con la parcial información que se tenía- son múltiples. No obstante lo cual, los procesos colectivos de negación que una sociedad desarrolla ante una situación trágica, lleva en contadas ocasiones a no querer conocer demasiado y en profundidad lo que está sucediendo, puesto que esta nueva situación de conocimiento obligaría en términos morales y/o políticos a actuar, es decir, pasar del conocimiento a la acción (sea esta la denuncia, la confrontación abierta o anónima, la asociación para pensar una respuesta eficaz, etc.). Como el esclavo liberado en la alegoría platónica de la caverna, saber lo que muchos desconocen es siempre un riesgo. También da cuenta de una cierta construcción y estado del lazo social (De Ipola, 1997) que posiblemente ha sido idealizado desde el presente actual del posgenocidio (y en medio una cultura del individualismo exacerbada al extremo), como una forma de marcar la honda ruptura que el Proceso de Reorganización Nacional produjo en la sociedad.IV.
Conclusiones.
la producción material del genocidio le sigue la realización simbólica del mismo, que tiene como objetivo la manera de contar y narrar lo ocurrido. Apelando a la descripción marxista del proceso de producción y circulación de las mercaderías, Feierstein explica que:“(…) Debemos considerar que no resulta suficiente para los fines genocidas eliminar materialmente (aniquilar) a aquellos cuerpos que manifiestan dichas relaciones, sino que aparece como tan o más importante clausurar los tipos de relaciones sociales que éstos encarnaban (o amenazaban encarnar) para generar otro modo de articulación social entre los hombres (reinstalando relaciones sociales anteriores o, más comunmente, construyendo nuevos modelos de relación social); en definitiva, reorganizando las relaciones sociales. No cualquier modo de representación, entonces, obtura o clausura las relaciones sociales que buscaron ser destruidas por medio del aniquilamiento. No cualquier representación de los hechos genocidas implica su “realización simbólica”. El genocidio material puede quedar irrealizado, así como la mercadería puede no ser vendida o venderse a un precio mucho menor al esperado, que no permita la “realización” de su plusvalor. No cualquier representación permite construir nuevos modos de relación social. No cualquier modo de memoria es suficiente para ello, no cualquier modo de olvido (2008:238).La narrativa posgenocidio -que fue hegemónica hasta el año 1996, cuando comienza a ser cuestionada e incluso ya de manera colectiva en la crisis del 2001- fue la realización simbólica del genocidio material. La memoria se estructuró en base a los extremos de izquierda y derecha, que bajo la utilización de la violencia, configuraron un relato de carácter absoluto y demoníaco; pero que por supuesto dejaba indemne a la sociedad en tanto víctima inocente de lo sucedido. Además de la propia sociedad que la vio pasar, las víctimas individuales del terrorismo de Estado fueron presentadas de manera “pura”, libres de cualquier tipo de acusaciones y señalamientos, lo que reforzaba la culpabilidad de las organizaciones de izquierda armadas y de la militancia de izquierda en general. Esta realización simbólica sepultó ciertas relaciones sociales de solidaridad y articulación social que permitían pensar la polis desde lo colectivo, superando los estrechos marcos actuales de lo individual-privado. Podemos sostener, que sin aquellas relaciones sociales existentes en la sociedad antes del genocidio reorganizador, los efectos del mismo se refuerzan día a día más allá de las condenas judiciales a los militares y las anulaciones legislativas de las leyes de impunidad.
Notas.
(1) Estas palabras simbólicas fueron escritas por primera vez por el dictador Bignone cuando expresó en la ley de Autoamnistía que: “Lo pasado nunca más deberá repetirse” (Verbitsky, 2006b:31, destacado propio).
(2) Es necesario resaltar que la dictadura del General Onganía se propuso ir más allá de los gobiernos dictatoriales anteriores, al implementar un extenso programa de disciplinamiento social (Calveiro, 2005:29-39).
(3) Particularmente interesante y sugestivo es el texto de la Fuerza Aérea publicado en el diario La Opinión el día 19 de diciembre del año 1975: “Cuartel de la Fuerza Aérea en Operaciones, proclama a toda la Nación: Nuestra conciencia lo soporta más la humillación y vergüenza de velar las armas para el festín de los corruptos, la burla pública y la degradación de las instituciones. Hace años que venimos mendigando patriotismo, pero ya las palabras van perdiendo su sentido y eficacia, ahogadas en una confusión que contamina todo el ambiente nacional. Por ello, convencidos de que se hallan cumplidas las causas de ilegitimidad política, estimando como límite la actual situación y el uso del derecho natural a la rebelión, desde el seno de la Fuerza Aérea surge la decisión de: 1) Desconocer al comandante general por descalificación fundada en ambigüedad política e indecencia administrativa. 2) Animar y resolver a los mandos ”cercados” por la confusión general. 3) Integrarse en operaciones conjuntas con la fuerza Ejército y la fuerza Naval, para la defensa de la soberanía vulnerada en sus valores morales y materiales. 5) Operar hasta el derrocamiento de la autoridad política y la instauración de un nuevo orden de refundación, con sentido nacional y cristiano. Camaradas de las Fuerzas hermanas: he aquí nuestro testimonio, quiera Dios que sea comprendido en su cabal trascendencia. Levantemos el velo de tanta mentira e impudicia en el país. Por la unión moral y material de las Fuerzas Armadas; por la erradicación de la corrupción y de la subversión marxista en sus causas y efectos; por la restauración del honor y la dignidad nacional. Ante Dios no se es complaciente, tibio, indiferente, ni héroe anónimo. Finalmente, si el número de los justos se ha agotado en la Argentina, suframos el castigo. Por nuestra parte, decimos con el apóstol: ´He combatido el buen combate; he concluido mi carrera; he conservado mi fe´. En el mes de la Inmaculada Concepción de María: ¡Viva la Patria Argentina!” (véase Caraballo et al, 1998:213-214, destacado propio).
(4) El plan represivo se llevó a cabo en buena parte de América y las acciones represivas que fueron coordinadas por las dictaduras de Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil (con efectos en Italia, España y EE.UU) se denominó Plan cóndor, y se encontraba bajo la ideología de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que consistía en que los ejércitos latinoamericanos no debían enfrentarse a un hipotético enemigo exterior en defensa de las fronteras, la soberanía o el territorio nacional, sino que, por el contrario, las fuerzas armadas debían tener como hipótesis de conflicto al enemigo interior, es decir, a su propio pueblo. En plena “guerra fría”, más de 50.000 militares se adiestraron en la famosa Escuela de las Américas (2766 de origen argentino) ubicada en Panamá y luego en EE.UU, siempre bajo el objetivo militar del enemigo interior: se adiestró en las técnicas de tortura, en la eliminación de dirigentes sindicales y políticos, en la represión de manifestaciones, de desaparición de personas y apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos. En un marco geopolítico más amplio podemos ubicar la doctrina mencionada en la división del mundo en dos bloques liderados por EE.UU y la URSS: los países del tercer mundo sometidos a los dictados de Estados Unidos debían cuidarse que la “amenaza o peligro comunista” ganase terreno en sus respectivos países. Por su parte, en Argentina podemos ubicar su inicio en 1955 con el derrocamiento del gobierno del General Perón, abandonándose la Doctrina de la Defensa Nacional llevada a cabo por el peronismo. Los militares argentinos perfeccionaron un método represivo que vendieron a Europa (particularmente a España para enfrentar a la ETA), a Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) y a Arabia Saudita, Siria Turquía y Croacia (de dónde lo habían tomado originalmente). La comercialización del método se hizo por medio de un manual de contra-guerrilla titulado Europa-América: ¿el mismo terrorismo? Massimo Carlotto sostiene que el sistema de desaparición de personas es una evolución del método nazi, perfeccionado por los croatas durante la segunda guerra mundial. El método se complementó con las técnicas de torturas y las técnicas de acción psicológicas (enseñadas en la Escuela de las Américas) sumado a las enseñanzas de los franceses obtenidas en Argelia e Indochina, especialmente la división del territorio (en Zonas, Subzonas y Áreas de Seguridad) y la importancia hacer inteligencia para tener un mayor dominio sobre las estructuras que se consideraban “subversivas” (Slepoy Prada, 2000:43; Alarcón, 2001; García Lupo, 2001; Di Tella et al, 2001: 201; Robin, 2003 y Verbitsky, 2003a y 2003b).
(5) La dictadura militar aplicó un plan de represión consistente en capturar sospechosos vinculados a la subversión según los informes de inteligencia; llevarlos a unidades militares o centros clandestinos de detención; interrogarlos bajo tormentos con el fin de obtener información; someterlos a condiciones infrahumanas para quebrarlos; actuar en la clandestinidad ocultando su identidad, preferentemente de noche y manteniendo a las víctimas incomunicadas; dando amplia libertad a cuadros inferiores que podían decidir desde la liberación hasta la eliminación física; garantizando la impunidad de los ejecutores, la ocultación de pedidos de informes y la utilización del poder estatal para persuadir a la opinión pública nacional e internacional de la falsedad de las denuncias. Los métodos usados consistieron en diversas técnicas de tortura (véase Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Nº 4 de la Capital Federal, a cargo del Dr. Gabriel Cavallo, en la causa “Simón, Julio; Del Cerro, Juan Antonio s/presunta sustracción de menores de diez años, en particular, sobre el contenido de la presentación del CELS; en Revista Argentina de Derecho Constitucional, Buenos Aires, Nº 3, año II, Ediar, mayo de 2001, y a modo ejemplificativo en sentido general, puede verse el Nunca Más, 2003: 27, 42, 40, 42, 47, 54, 61, 66, 67, 68, 74, 158, 175, 176, 183, 189, 192, 197, 216, 217, 227, 229, 233, 235, 236, 238, 239, 244, 245, 255 y 341).
(6) Para un análisis de las diferencias y las características propias del genocidio constituyente, el colonialista, el poscolonialista y el genocidio reorganizador, véase Feierstein (2008:99-104).
(7) En lo que respecta a la situación de la guerra de Malvinas y la actitud de la sociedad, Oscar Terán expresa: “Que la elección de la cuestión Malvinas no era desacertada desde el punto de vista del oportunismo político lo reveló la notable adhesión que ese emprendimiento reclutó en vastos sectores de la sociedad argentina, incluyendo apoyos de políticos e intelectuales locales y aun de integrantes del exilio y de la militancia de izquierda argentina. La derrota y el posterior aunque rápido conocimiento de las condiciones en que se había librado una lucha que desnudó el aventurerismo, la corrupción y la decadencia de los núcleos fundamentales de la institución militar terminaron por desquiciar todo criterio de legitimidad de la dictadura” (2008:303).
(8) Un buen ejemplo lo constituye la actitud de la organización peronista Montoneros, que hallándose exiliados lograron fletar un avión para combatir contra los ingleses en las islas, curiosamente bajo el mando de los militares que habían matado y desaparecido a muchísimos militantes de esa misma agrupación; o la -ahora- no menos llamativa actitud de Luis Zamora, intentando reclutar soldados para ir a combate; en general, la izquierda sostenía que había que apoyar al gobierno (recordar que gobernaba la Junta Militar más sangrienta de América Latina) en su enfrentamiento al imperialismo inglés (Almeyra, 2004:28).
(9) A medida que la situación social empeoraba cada vez más, la protesta social -aunque tímidamente- comenzaba a salir a la superficie, siendo así que la CGT declara paro general el 22 de julio de 1981, se organiza el mismo año desde el Obispado de Quilmes la “Marcha del Hambre”, el 7 de noviembre la CGT y partidos políticos reúnen 50 mil personas en una marcha hacia San Cayetano en demanda de “paz, pan y trabajo”, el 30 de marzo de 1982 se convoca a una movilización a Plaza de Mayo, donde se reprimió y detuvo a varios manifestantes no sólo en Buenos Aires sino también en Rosario, Mendoza, Tucumán y Córdoba. Las organizaciones feministas se lanzaron a la actividad pública en pos de lograr la patria potestad compartida, las amas de casa por su parte comenzaron a protestar frente al alza del costo de vida: como en la ciudad de Rosario en el año 1982 al golpe de cacerolas; o en San Martín, donde las amas de casa decidieron suspender las compras los días jueves. No menos novedoso fue la masiva toma de tierras por parte de 20 mil personas en Villa Soldati -organizadas por la comisión vecinal- en el año 1981. En el mismo año, un grupo de personas vinculados al teatro organizó “Teatro Abierto”, donde se presentaron 21 obras de 21 autores, con más de 140 actores y 22 directores, a muy bajo precio y sala llena; a los pocos días incendiaron el teatro donde se desarrollaba el ciclo, lo que motivó la solidaridad del mundo de la cultura poniendo dieciséis salas teatrales a disposición para que pueda continuar el ciclo; las obras se centraban en la falta de libertades y en temáticas sobre derechos humanos, que luego motivaría el ciclo Danza Abierta. A principios de 1982 en la zona sur del Gran Buenos Aires, se organizaron grupos de vecinos para distribuir alimentos -“ollas populares”- entre los más pobres, con una fuerte incidencia de las parroquias de la zona. La guerra de las Malvinas con Inglaterra prohibió la difusión de la música en inglés, lo que potenció al rock nacional y la juventud que lo escuchaba, legitimándose de esta forma un canal de expresión que hasta entonces se le había negado a los adolescentes y jóvenes, y la intención de la Junta Militar de manipular el rock con un sentido nacionalista más que nacional, se vio desbaratado cuando Spinetta tocó junto a Pérez Esquivel (que había obtenido el Premio Nobel a la Paz en el año 1980), León Gieco cantó en los Barrios Obreros y su canción Sólo le pido a Dios alcanzó los primeros puestos de ventas. Los recitales de rock llegaron a ser multitudinarios, juntándose hasta 60 mil adolescentes y jóvenes que comenzaban a manifestarse en contra de los militares. Entre los meses de octubre y diciembre de 1982 se gesta en la provincia de Buenos Aires un movimiento vecinal de protesta -“vecinazos”- frente a la política impositiva de los gobiernos provincial y municipales de aumentar las tasas de alumbrado, barrido y conservación de la vía pública, siendo entre éstos el de la localidad de Lanús -“Lanusazo”- el más importante y donde se produce el día 24 de noviembre un enfrentamiento entre la policía y los manifestantes, resultando 14 heridos en las fuerzas policiales y 20 en las filas de los manifestantes, además de 12 detenidos (Iñigo Carrera et al, 1995; Dussel et al, 2003; Recalde, 2003; Lobato y Suriano, 2003).
(10) Los integrantes de la Conadep fueron: el conocido escritor Ernesto Sabato -que sería elegido presidente de la misma- por ser la personalidad más reconocida, la periodista radial católica Magdalena Ruiz Guinazú, Ricardo Colombres que había integrado la Corte Suprema de la Nación en el frondizismo, el famoso médico René Favarolo -renunciante al poco tiempo-, el ex rector de la UBA en la presidencia de Arturo Illia Hilario Fernández Long, el pastor protestante Carlos Gattinoni comprometido en la defensa de los DD-HH, el epistemólogo Gregorio Klimovsky, el rabino estadounidense Marshall Meyer, el obispo católico Jaime de Nevares, y el abogado y filósofo Eduardo Rabossi (todos ellos prestigiosos miembros del mundo de la ciencia, la academia, el periodismo y las grandes religiones). Además se reservaban 6 lugares para que se designen a los legisladores que se les sumarían, 3 de ellos de la Cámara de Diputados y 3 de la de Senadores; sin embargo, sólo el partido Radical propuso integrantes: los diputados Hugo Piucill, Héctor López y Horacio Huarte, quedando las plazas de los Senadores vacantes. Varios organismos de derechos humanos incorporaron a sus integrantes en las distintas secretarias con que funcionó la Conadep. Además, brindaron la información con la que contaban y la experiencia que poseían para orientar la investigación (Verbitsky, 2006b:51-52; Nino, 1997:120; Crenzel, 2008:60-63 y notas respectivas).
(11) Así describe Verbitsky el momento en que se terminó de elaborar el informe: “El jueves 20 de septiembre la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que había solicitado una prórroga de noventa días, entregó al presidente Alfonsín su informe final, de 50 mil carillas, y a la prensa una síntesis de 26 páginas” (2006b:77). Por su parte, Emilio Crenzel expresa que: “En un acto público transmitido por televisión el 20 de septiembre de 1984, Sabato entregó el informe de la CONADEP al Presidente de la casa de gobierno. Esta sería la primera y única vez que todos los miembros de la Comisión participaron de un acto vinculado al Nunca Más. Setenta mil personas se reunieron en Plaza de Mayo, convocadas por la mayoría de los organismos, los partidos políticos -incluso aquellos opuestos a la Comisión- y grupos estudiantiles y sociales que, tras el acto, marcharon a Tribunales reclamando la jurisdicción de la Justicia Civil y pidiendo al Congreso la comisión Bicameral” (2008:98). Y La visión que da Vezzetti sobre el proceso desarrollado por la Conadep expresa que: ”La decisión tomada en el comienzo mismo del nuevo ciclo constitucional, la composición de la Comisión, la difusión en los medios y la movilización popular que acompañó la presentación del informe, en fin, todo contribuía a otorgarle a esa investigación el carácter de un acto fundacional, una conmemoración ritual que era a la vez memoria y proyecto y que tuvo su continuidad en el Juicio a las Juntas” (2003:115).
(12) La calificación de terroristas a las agrupaciones armadas de izquierda ha sido fuertemente criticada, entre otros, por Daniel Feierstein al sostener que se toma con esta calificación la terminología utilizada por los propios militares de la última dictadura. Si como históricamente se ha entendido al terrorismo, esto es, la asociación de la violencia dirigida al conjunto de la sociedad civil (donde justamente esa indistinción en la posibilidad de ser víctima genera terror en el conjunto social), la izquierda armada de nuestro país no debe ser calificada de terrorista dado que no se caracterizó por esta modalidad operativa (2008:271 y nota 12).
(13) Sostiene Sabato en el final del prólogo que: “Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado” (destacado personal). Esta apelación a la vida democrática en el último párrafo del prólogo al Nunca Más explica en parte por qué no es tematizado por Sabato la violencia del periodo democrático anterior al golpe de Estado, cuando dentro del propio informe se analizan casos de represión estatal sucedidos en los años del gobierno de Isabel Perón. Desde esta lógica, la apuesta de Sabato incluye identificar a la dictadura como el lugar donde estos hechos que él califica de “demoníacos” pueden llegar a producirse, mientras que la democracia sería la forma política institucional que garantizaría que estas atrocidades no se concreten. Como puede apreciarse, la interpretación del prologuista no se pregunta por las relaciones sociales que posibilitan la concreción de un genocidio, sino más bien intenta establecer de manera canónica la antinomia democracia/dictadura como la variable que debe tenerse encuentra a los efectos de evitar la consumación de genocidios futuros, una lectura claramente muy pobre sobre las condiciones de posibilidad genocidas.
(14) A modo de coincidencia con lo sucedido décadas antes respecto al genocidio llevado a cabo por los nazis, Feierstein expresa que: “(...) el modo prototípico de acercamiento a la experiencia del nazismo de los primeros veinte años estuvo hegemonizado por una especie de demonización de la experiencia genocida y, particularmente, de sus ejecutores, perpetradores y cómplices” (2008:147).
Bibliografía.
ACOSTA, D. (1998). “Historia y Memoria”, en La Dictadura Militar y su incidencia en La Pampa. Santa Rosa: Subsecretaría de Cultura de la provincia de La Pampa.
AGAMBEN, G. (2000). Homo Sacer III. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Valencia: Pre-Textos.
AGUIRRE, M. (1999). “Las múltiples caras de los militares latinoamericanos. Represores, salvadores, empresarios y políticos”, en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, CD ROM julio 1999/junio 2001.
ALARCON, C. (2001). “La conexión argentina”, en Página/12, suplemento Radar, Buenos Aires, 25 de marzo.
ALCAZAR, J. (2007). “Continuar viviendo juntos después del horror. Memoria e historia en las sociedades posdictatoriales”, en ANSALDI, W. (Director) La democracia en América Latina, un barco a la deriva, pp. 411-433. Buenos Aires: FCE.
ALMEYRA, G. (2004). La protesta social en la Argentina (1990-2004). Buenos Aires: Peña Lillo-Continente.
AMIGO, R. (2008). “Aparición con vida: las siluetas de los detenidos-desaparecidos”, en LONGONI, A. y BRUZZONE, G. (Compiladores). El siluetazo, pp. 203-252. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
ANSALDI, W. (2004). “Matriuskas de terror. Algunos elementos para analizar la dictadura argentina dentro de las dictaduras del Cono Sur”, en PUCCIARELLI, A. (coord.) Empresarios, tecnócratas, militares. La trama corporativa de la última dictadura, pp. 28-51. Buenos Aires: Siglo XXI.
ARISTOTELES (2005). Política, introducción, traducción y notas de M. I. Santa Cruz y M. I. Crespo. Buenos Aires: Losada.Asociación ex Detenidos-Desaparecidos (2001). “Para rehacer el futuro. Masivo rechazo a la impunidad y al terrorismo de Estado”, en La Señal, Buenos Aires, año I, Nº 5.
BARBUTO, M. (2007). “Treinta años del golpe de Estado”, en CELS (2007). Derechos Humanos en Argentina. Informe 2007, pp. 425-442. Buenos Aires: Siglo XXI.
BAUMAN, Z. (2006). Modernidad y holocausto. Madrid: Sequitur.
BERNSTEIN, R. (2005). El mal radical. Una indagación filosófica. Buenos Aires: Lilmod.
BILBAO, D. (1998). “Silencio, Olvido, Memoria. Los Derechos Humanos en La Pampa”, en La Dictadura Militar y su incidencia en La Pampa. Santa Rosa: Subsecretaría de Cultura de la provincia de La Pampa.
BOMPADRE, F. (2003). “´Por algo será´: una aproximación a los efectos del terrorismo de Estado en Argentina a veinte años de la democracia”, en III Seminario Nacional e Internacional de Derecho Penal y Criminología. Santa Rosa, UNLPam, 14 y 15 de noviembre.- (2005). “A veinte años del Juicio a las Juntas. (Alfonsinismo de campaña y otras yerbas)”, en El Fisgón, Santa Rosa, mayo.- (2006). “Democracia y Dictadura a 30 años del golpe”, en Alter Ego, nº 21, Santa Rosa, marzo.- (2008). “El gas y la patota (leyendo genocidios)”, en Lumbre, Año IV, Nº 80, Santa Rosa, mayo.
CALVEIRO, P. (2004). Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina. Buenos Aires: Colihue.- (2005). Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Buenos Aires: Norma.
CARABALLO, L., CHARLIER, N. y GARULLI, L. (1998). Documentos de historia argentina (1955-1976). Buenos Aires: Eudeba.
CAVAROZZI, M. (1983). Autoritarismo y democracia (1955-1983). Buenos Aires: Ceal.
CELS (2007). Derechos Humanos en Argentina. Informe 2007. Buenos Aires: Siglo XXI.
CONADEP. (2003). Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas. Buenos Aires: Eudeba.CRENZEL, E. (2008). La historia política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en la Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.
D´ANDREA MOHR, J. (1998). El escuadrón perdido. Buenos Aires: Planeta.- (2000). “Memoria Debida. La Escuela de las Américas y otras enseñanzas”, en Fuerzas Armadas y Derechos Humanos. ¿Es posible alcanzar el equilibrio? Madrid: Miño y Dávila.- (2000). “Tercer debate”, en Fuerzas Armadas y Derechos Humanos. ¿Es posible alcanzar el equilibrio? Madrid: Miño y Dávila- (2001). “Memoria deb(v)ida”, en Realidad Económica, Buenos Aires, Nº 178.DE IPOLA, E. (1997). Las cosas del creer. Creencia, lazo social y comunidad política. Buenos Aires: Ariel.
DER, A. (1995). “La construcción autoritaria de los cuerpos”, en ANTOGNAZZI, I. y FERRER, R. (compiladoras). Del Rosariazo a la democracia del ´83. Rosario: Escuela de Historia-Facultad de Humanidades y Artes (UNR).
DI TELLA, Torcuato et al (2001). Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas. Buenos Aires: Emecé.
DUSSEL, I., FINOCCHIO, S. y GOJMAN, S. (2003). Haciendo memoria en el país de Nunca Más. Buenos Aires: Eudeba.
FEIERSTEIN, D. (2005). “El fin de la ilusión de autonomía. Las contradicciones de la modernidad y su resolución genocida”, en FEIERSTEIN, D. (compilador). Genocidio. La administración de la muerte en la modernidad. Caseros: Eduntref.- (2007). Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión y exterminio. Buenos Aires: Eudeba.- (2008). El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina. Hacia un análisis del aniquilamiento como reorganizador de las relaciones sociales. Buenos Aires: FCE.
FERRER, C. (2003). “Un recuerdo de la vida cotidiana durante la dictadura”, en Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, pp. 377-381. Buenos Aires: Eudeba.
FONT, E. (2000). “Confrontando los crímenes del Estado. Poder, resistencia y luchas alrededor de la verdad: las Madres de Plaza de Mayo”, en Criminología crítica y control social. Orden o justicia: el falso dilema de los intolerantes, Nº 2, pp. 51-106. Rosario: Juris.
GARCIA LUPO, R. (2001). “Generales argentinos entre Francia y EE.UU”, en Clarín, suplemento Zona, Buenos Aires, 22 de abril.Informe de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (2003). Nunca Más. Buenos Aires: Eudeba.
IÑIGO CARRERA, N., COTARELO, M., FERNANDEZ, F. y TARDITI, R. (1995). “El concepto de ´Motín´ Popular. Elementos para su aplicación en un momento de pasaje de una forma de gobierno a otra: los llamados ´movimientos vecinales´ de 1982”, en ANTOGNAZZI, I. y FERRER, R. (compiladoras). Del Rosariazo a la democracia del ´83. Rosario, Escuela de Historia-Facultad de Humanidades y Artes (UNR).
IZAGUIRRE, I. (1994). Los desaparecidos: recuperación de una identidad expropiada. Buenos Aires: Ceal.
KAPUSCINSKI, R. (2001). “La cacería del otro. Un siglo de genocidios”, en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, CD ROM julio 1999/junio 2001.LEVI, P. (2005). Trilogía de Auschwitz. Barcelona: El Aleph.
LIPRANDI, I. (2008). “Claves interpretativas del siluetazo”, en LONGONI, A. y BRUZZONE, G. (Compiladores). El siluetazo, pp.365-400. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
LOBATO, M. y SURIANO, J. (2003). La protesta social en la Argentina. Buenos Aires: FCE.Asociación Madres de Plaza de Mayo. Locas, cultura y utopías, Buenos Aires, diciembre de 2000, marzo de 2001, junio-julio de 2001, y octubre-noviembre de 2001.
LONGONI, A. y BRUZZONE, G. (Compiladores) (2008). El siluetazo. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
LORENZ, F. (2005). “´Recuerden, argentinos´: por una revisión de la vulgata procesista”, en Entrepasados, Buenos Aires, Año XIV, Nº 28, pp. 65-82.
LVOVICH, D. y BISQUERT, J. (2008). La cambiante memoria de la dictadura. Discursos públicos, movimientos sociales y legitimidad democrática. Los Polvorines: UNGS-Biblioteca Nacional.
MARTIN, A. (2002). “El miedo a la relación con el ´otro´ como política de control social”, en II Seminario de Derecho Penal y Criminología. Santa Rosa, UNLPam, 15-17 de noviembre.
MESCHIATI, T. (2000). “Testimonio”, en Fuerzas Armadas y Derechos Humanos. ¿Es posible alcanzar el equilibrio? Madrid: Miño y Dávila.
NINO, C. (1997). Juicio al mal absoluto. Los fundamentos y la historia del juicio a las juntas del Proceso. Buenos Aires: Emecé.
PLATON. (2003). República, traducción al español de A. Camarero y R. Mondolfo. Buenos Aires: Eudeba.
RECALDE, H. (2003). La protesta social en la Argentina. Desde las primeras sociedades de resistencia al movimiento piquetero. Buenos Aires: Grupo Editor Universitario.Revista Argentina de Derecho Constitucional, Buenos Aires, Nº 3, año II, Ediar, mayo de 2001.
REZSES, E. (2008). “La figura de Genocidio y el caso argentino. La posibilidad de adecuar jurídicamente una figura penal a una realidad política”, disponible en: www.derechopenalonline.com.
ROBERT, A. (2000). “Convivir con el genocidio. La vida recomienza en Ruanda”, en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, CD ROM julio 1999/junio 2001.ROBIN, M. (2003). “La letra con sangre. El rol francés de la guerra sucia”, en Página/12, Buenos Aires, 3 de septiembre.
ROCHIGNEUX, G. (2001). “En las pesadillas, Pol Pot aún vive. Camboya después del terror”, en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, CD ROM julio 1999/junio 2001.
RODRÍGUEZ, E. (2002). “Justicia participativa. La experiencia de los escraches. Asedio y toma de justicia”, en AA.VV. La radicalidad de las formas jurídicas. Críticas a la razón cínica. La Plata: La Grieta.
ROZITCHNER, L. (1996). Las desventuras del sujeto político. Ensayos y errores. Buenos Aires: El cielo por asalto.- (2002). “La ruptura de la cadena del terror”, en Colectivo Situaciones. 19 y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social. Buenos Aires: De mano en mano.
SABATO, J. y SCHVARZER, J. (1985). Funcionamiento de la economía y poder político en la Argentina: Trabas para la democracia. Buenos Aires: Emecé.SARLO, B. (2005). Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI.
SCHINDEL, E. (2008). “Siluetas, rostros, escraches. Memoria y performance alrededor del movimiento de derechos humanos”, en LONGONI, A. y BRUZZONE, G. (Compiladores). El siluetazo, pp. 411-423. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
SIDICARO, R. (2004). “Coaliciones golpistas y dictaduras militares: el ´proceso´ en perspectiva comparada”, en PUCCIARELLI, A. (coord.) Empresarios, tecnócratas, militares. La trama corporativa de la última dictadura, pp. 53-96. Buenos Aires: Siglo XXI.
SLEPOY PRADA, C. (2000). “Los juicios de Madrid a la Operación Cóndor”, en Fuerzas Armadas y Derechos Humanos. ¿Es posible alcanzar el equilibrio? Madrid: Miño y Dávila.
SVAMPA, M. (2006). El dilema argentino: civilización o barbarie. Buenos Aires: Taurus.
TAMBURINI, H. (2000). “Testimonio”, en Fuerzas Armadas y Derechos Humanos. ¿Es posible alcanzar el equilibrio? Madrid: Miño y Dávila.
TERAN, O. (2006). De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual. Buenos Aires: Siglo XXI.- (2008). Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980. Buenos Aires: Siglo XXI.
TODOROV, T. (2001). “Lo verdadero y lo justo. El trabajo de la memoria”, en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, CD ROM julio 1999/junio 2001.
TRAVERSO, E. (2003). La Violencia Nazi. Una genealogía europea. Buenos Aires: FCE.
VERBITSKY, H. (2003a). “Usted no puede fusilar 7.000 personas. Diaz Bessone admite miles de torturados y ejecutados en la clandestinidad”, en Página/12, Buenos Aires, 31 de agosto.- (2003b). “Pecados y delitos. Torturas y desapariciones según Harguindeguy”, en Página/12, Buenos Aires, 2 de septiembre.- (2006a). Ezeiza. Buenos Aires: Sudamericana-Página/12.- (2006b). Civiles y militares. Memoria secreta de la transición. Buenos Aires: Sudamericana-Página/12.
VEZZETTI, H. (2003). Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.Esto saldra en la pagina al pulsar leer mas