Por Eduardo Luis Aguirre
Hace 53 años, un joven e invicto Bobby Fischer le arrebataba el título mundial de ajedrez al soviético Boris Spassky, cancelando de esa manera 24 años de primacía ininterrumpida de la potencia comunista en esta disciplina Fue la partida de ajedrez más convocante de todos los tiempos. Entre otras cosas, porque hizo las veces de uno de los tantos territorios en los que se saldaba en esa época la guerra fría. La maratónica disputa se llevó a cabo en Reikiavik, la capital de Islandia, uno de los países occidentales menos conocidos en nuestra región, lo que despertó entonces una súbita curiosidad que convocó a miles de personas de este margen a leer e interesarse respecto de ese pequeño país insular, que se ubica en el océano Atlántico entre Groenlandia y el norte de Europa. Una tierra de hielo (así puede traducirse su nombre), organizada como una democracia parlamentaria que gobierna a los menos de 400 mil habitantes que pueblan una nación montañosa, volcánica, protestante, cuyas actividades económicas principales son la pesca, la industria, la producción de energía y el turismo, que acude en buen número no sólo para apreciar las aureolas boreales sino para conocer sus espléndidos paisajes, sus ricas tradiciones y algunas peculiaridades tales como su alto nivel de vida, la felicidad de sus habitantes, la convivencia armónica y un estupendo sistema educativo.
Ya hemos ahondado en más de una oportunidad sobre la importancia singular que las potencias atribuyen a los mares. Occidente, y en particular Estados Unidos, fija sus expectativas anexionistas en el ártico, amenaza a Groenlandia, puja de manera cada vez más explícita en Canarias, acompaña una base estratégica de la OTAN en Malvinas, ensancha el AUKUS en los mares del sur y presiona sobre la Antártida, aunque por distintos.
Hubo un momento en que las potencias occidentales hicieron un pedido formal a las autoridades islandesas para que sus barcos pescaran en los alrededores de la isla. Reikiavik emitió una rotunda negativa. Tiempo después, fue China, con su particular y admirable diplomacia quien ofreció comprar a los isleños la totalidad de la pesca susceptible de ser exportada. La respuesta positiva afianzó los lazos comerciales entre ambos países, que terminaron suscribiendo un inesperado acuerdo bilateral de libre comercio.
Hoy Estados Unidos pretende anexar a Islandia y transformarla en ssu estado número 52. Más allá de la reiteradas y frenéticas pulsiones imperialistas. la situación se agrava en este caso porque la existencia de un acuerdo previo establece una disputa casi inevitable en la medida de que Washington insista en su nueva tentativa de violación inaceptable del derecho internacional. El desbocamiento de la política internacional estadounidense provoca una punto inusual e histórico en materia de convivencia mundial, al punto de imposibilitar las últimas consecuencias de su extravío, que quizás tampoco conozca en verdadera magnitud la Casa Blanca, su Estado profundo (que se ha caracterizado durante años por una direccionalidad difícil de escrutar), sus instituciones organismos y, por supuesto, su propio presidente. Tal vez este desaguisado nos permita hacernos, seria, meditada y conceptualmente. Si este es el procedimiento de un imperio que se afianza en su poder mundial o si, por el contrario, Estados Unidos ha perdido un terreno difícil de recuperar. Después de la IIGM, su PIB bruto equivalía al del 50% del resto de las naciones del mundo. Ahora, ese guarismo alcanza, según algunos analistas calificados, apenas el 25%. No son pocos los que piensan que los estadounidenses son un imperio en retroceso. En ese dilema tal vez radique la mejor forma de comprender la nueva realidad mundial y el futuro que viene.
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