Por Ignacio Castro Rey

Hace pocos días un veterano de la aviación española, antes del inesperado giro que tomó más tarde la catástrofe de Germanwings, sugería que los últimos accidentes aéreos obedecía con frecuencia a una misma tipología: la velocidad de crucero del aparato, el abandono del control manual de la aeronave a la implementación tecnológica, y un cambio brusco en las condiciones externas que hace imposible que los pilotos puedan ser capaces de recuperar el control de la aeronave. Este mismo experto reconocía también que la capacidad de control manual de la actual generación de pilotos es preocupantemente baja, fenómeno que nos resulta familiar.

En efecto, tal desactivación de potencias intuitivas y manuales es más que probable si juzgamos por la evolución diaria de nuestro entorno humano. Sin embargo, el desesperado Warum? (¿Por qué?) en Halten de los compañeros de los dieciséis escolares muertos en lo que parecía un fatal accidente tuvo una respuesta que es peor que todas las preguntas que puedan quedar en el aire. En contra de la hipótesis de aquel inteligente y honesto artículo, resultó que la causa de esas ciento cincuenta muertes fue una irrupción brusca de lo que un día se llamó "factor humano". Una decisión humana que podría haber sido lentamente sopesada, como lo indicaría que la respiración del copiloto Andreas Lubitz apenas cambie mientras dirige el A320 contra el macizo de los Alpes que conocía bien, es lo que ha provocado el siniestro que dejó a varias naciones en suspenso.

Si hay que emplear todavía tantos condicionales en lo que rodea a esta tragedia es porque continúan en el aire demasiadas incógnitas y porque, sencillamente, la era de la información es la era de una incertidumbre escandalosamente alta. Además, aparte de la complejidad intrínseca del suceso, son tales las presiones de todo tipo (también por parte del impresionismo informativo) que no es de descartar que esta triste historia vuelva a dar otro giro espectacular en pocos días.



Hasta hoy, demasiados detalles de este suceso son habladurías, guiadas por una mezcla de angustia, estrés y morbo impúdico. Durante días, antes de que todo se olvide, caerá sobre nosotros una catarata todavía mayor. En medio de todo esto no es descartable que las fiscalías de Marsella o Düsserdolf tengan que desdecirse. Tampoco es relevante que una supuesta ex novia de Andreas, aunque debe haber ahora cien candidatas, haya declarado que él pronunció esta frase: "Todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará". Cualquiera puede decirlo, sin que después pase nada relevante.

Mientras tanto, hay demasiadas anomalías en esta tragedia que, según declara la propia Merkel tras el informe de la fiscalía de Marsella, cobró "una dimensión totalmente inconcebible". Aparentemente, la personalidad de Andreas Lubitz es ajena a la de otros personajes tristemente famosos. "Una persona muy agradable, divertida y educada", dijo el director del aeroclub en el que Andreas se formó. Un joven, además, sin conocidas implicaciones religiosas o políticas que pudieran llevar a sospechar de una motivación terrorista en su presunto acto. Un joven amable de clase media que siempre soñó con volar: "Era majísimo, con muchos amigos, totalmente normal". Etcétera.

Todo los que le conocía están de acuerdo en que el deseo de Lubitz siempre fue volar. Cuando no volaba, comenta un joven vecino del barrio elegante de Montabaur donde él vivía con sus padres, siempre estaba corriendo, buscando mantenerse en forma. Su propio pueblo, antaño un rincón apacible de Renania-Palatinado, es hoy conocido en Alemania por la estación de los rápidos trenes intercity. Pero entonces se desliza un primera pregunta: ¿Tanta velocidad no desactiva nuestra capacidad de pararnos a hablar, a escuchar, a atendernos mutuamente? Cuando el filósofo Han habla de la depresión larvada que se extiende tras la multiplicación vertiginosa de nuestra superficie social, seguirá durante mucho tiempo de desgraciada actualidad. Es posible que, mucho antes del choque brutal en las cercanías de Seyne-les-Alpes, se haya producido un choque silencioso en la cabeza y el alma de Lubitz, un drama vital (fracasos sentimentales, soledad, tristeza, temor a la exclusión social) para el cual casi ningún técnico actual está hoy personalmente preparado.

En medio de nuestra aceleración sin pausa, late una dificultad para pararse y hacer una confesión primitiva. "Era apto al cien por cien y su actitud era impecable", dice de su piloto un alto cargo de Lufthansa. Aunque no se descubrieran muchos más datos, ya en esta frase (cien por cien,impecable) puede haber un problema. Fijémonos en la foto del perfil de Andreas en Facebook: un joven sonriendo ante un famoso puente colgante estadounidense. Cielo y agua azules, gigantesco puente rojo sobre un horizonte radiante. Es todo demasiado iluminado para no encerrar potencialmente un drama. El ansia volátil de Lubitz no deja de ser un epítome de nuestra consigna central: volar, emigrar de continuo, mantener la velocidad de crucero como mejor y casi única forma de evitar algunas preguntas que hoy tal vez resultan temibles, casi tan "inimaginables" (Merkel) como la tragedia del vuelo AU9525 de Lufthansa, entre Barcelona y Düsseldorf.

Tardaremos en olvidar a los familiares de las víctimas, mientras lloraban, huyendo a la carrera de la prensa en el aeropuerto de El Prat. Se habla mucho del cambio climático, pero no del cambio en la temperatura psíquica que ha impuesto la celeridad que es capital en nuestro orden colectivo. Una incesante deconstrucción de todo humanismo es el reverso de nuestra aceleración media. Una masiva y automatizada velocidad de crucero que hace que, en nuestro Titanic social, sea casi inconcebible, al menos un poro raro, que alguien necesite detenerse. ¿Sabría de algún modo pararse Andreas Lubitz? ¿Poseía una tecnología analógica para detenerse a escuchar, a explicarse, a reconocer sus límites?

La velocidad de recambio de todas nuestras estructuras es tal que hoy no hace falta un iceberg para provocar un desastre. Basta la punta de una aguja para provocar un colapso descomunal en marcha masiva. Un simple pájaro que choque con un aparato que despega a 350 Km/h puede resultar letal. Igual que un mosquito que entre en los circuitos de una avión militar o una caricia intentada desde un tren en marcha. O una novia que te deja entre vuelo y vuelo. Así en las mentes. Es lo que podríamos llamar catástrofe en red, una versión negativa y demoníaca de nuestra obsesión por la velocidad, el tamaño espectacular y los efectos virales.

Con todo, el caso Lubitz dista mucho, a primera vista, de otros trstemente conocidos. No era un melancólico marginal y un "fracasado" como Richard Durn (33 años), autor en 2002 del asesinato en masa de Nanterre. No era tampoco una fanático ideologizado, como Anders Breivik (32 años), que perpetra la matanza de Noruega en el 2011. Fíjense en las edades, como si en todos estos casos estuviésemos hablando de varones a los que les cuesta dramáticamente pasar a la edad adulta, según al menos nuestra media estadística. Otra pregunta al paso, aunque todos nos ocultemos ejemplos demasiado cercanos: ¿qué hemos hecho del mundo adulto para dejar atrás a tantos niños que no pueden ser hombres?

En Lubitz se mantiene un patrón de conducta normópata que ahora deja perplejos a sus vecinos y conocidos. Un joven en apariencia encantador, de alto nivel de vida, rodeado de un universo tan radiante, entre Arizona, Düsseldorf y Mauntbaten, que nadie podía sospechar ninguna tragedia. Igual no la hay. Joven, probablemente un poco melancólico o depresivo, Lubitz sigue viviendo con sus padres y es, tal vez, no muy afortunado en amores... Sin embargo, ¿quién no ha pasado por algo así? Sus padres, sus amigos, sus ex-novias serán acribillados a preguntas, por la policía y la prensa, mientras se sigue trabajando en las cajas negras. Tardaremos días en tener una versión fiable, si es que esto se produce algún día.

Se ocultan dolencias y bajas médicas. Pero, ¿y quién no lo ha hecho? Aparte del problema laboral y el temor a perder la licencia de vuelo, ¿quién se atreve hoy a confesarse triste en un orbe aeronáutico de elite? Si un cuadro depresivo así se da en un joven granjero alemán es muy probable que la vida de pueblo, los amores, la cerveza, el tiempo y las relaciones afectivas acaben reabsorbiendo ese conflicto anímico. Pero si, en una país puntero, eres el rey de la alta velocidad, ¿cómo pararse a hacer una confesión primitiva de debilidad? Sea lo que resulte de las investigaciones, la verdad es que saber que con un simple botón puedes acabar con esta pesadilla a cámara lenta, inexplicable en un entorno fulgurante, se convierte en una tentación grande. Se recordaba en estos días que ha habido bastantes casos de suicidio ampliado de similares características. Naturalmente, se tomarán medidas, pero ¿cómo cambiar el material humano con el que trabajamos, un material que hoy ha de ser flexible y adelgazado, ágil, libre de preguntas existenciales?

Es posible que un joven griego en condiciones parecidas, rodeado por un ambiente y una formación humanista, tuviese tecnologías anímicas para afrontar un drama personal creciente. Por el contrario, en la Alemania de Merkel, en la Texas de Obama, es probable que un Lubitz cualquiera ni siquiera pueda entender esta frase que en su día pronunció Marilyn: "Hasta que leía las Cartas a un joven poeta de Rilke pensé que me estaba volviendo loca".

A quien está decidido acabar con su vida, después de una larga andadura (27 años son muchos si llevas siete de pesadillas que vuelven) no tiene porqué importarle mucho el dolor que causa, suponiendo que ese no sea un motivo más, añadido, para vengarse de un mundo que no te ha comprendido ni te garantiza un lugar efectivo.

Esta última catástrofe resucita el viejo temor de un retorno freudiano de la naturaleza, en forma de tornado o de un drama psíquico para el que, en nuestro universo radiante, no tenemos ya ninguna tecnología. Antes de decidir cerrar la puerta de la cabina y pulsar el piloto automático de descenso, Lubitz ya había decidido romper sistemáticamente los partes de baja y las recetas de un mal que volvía, que se repetía angustiosamente en la pantalla de nuestro radar siempre encendido. Quizás, y esto es otra hipótesis, el macizo montañoso contra el cual decidió estrellar su aparato se le apareció de pronto como la mole que simbolizaba su propio drama personal, esa impotencia anímica para la que le faltaban palabras. De ahí que la respiración se mantuviera impasible mientras el avión avanzaba a una velocidad voluntariamente acelerada hacia un choque que, en cierto modo, ya se había producido. Pero seguirá siendo escandaloso que, también en este punto, sea difícil distinguir la ficción de los datos contrastados.

Todo esto sin contar con otro fenómeno que pocos expertos han analizado. El escenario de conexiones virtuales en el que vivimos, igual que hace de nuestra exitosa guerra tecnológica algo parecido a un videojuego, también puede hacer que esa hipotética decisión de la mañana del 24 de marzo sea algo parecido a otra simulación más. Una vez perdido el suelo elemental de la gravedad, on land, para la cual este joven sonriente de clase media podría tener muy pocos instrumentos de navegación, confundir la realidad con un sueño puede ser algo más que un efecto óptico o una crisis psicótica pasajera. Puede ser un último y casi único deseo.

Se dijo hace tiempo, pero casi nadie estaba escuchando, que el hombre desarrollado es un marginal en el mundo de los sentidos. El trato diario es el mejor test sobre la "salud mental" de una persona, se ha comentado estos días. Pero esa frase apenas tiene sentido si la ocupaciónanímica en las conexiones, en la empresa en que se ha convertido el Yo, implica que estamos rodeados de personas tan estresadas por el triunfo que con ellas no se puede hablar de soledad, de tristeza, de fracaso ni de temores íntimos.

Hoy nadie echa de menos a alguien que no es instantáneamente visible. Lo prueba el recuerdo de una joven y atractiva londinense que pudo morir accidentalmente en su casa, viendo la televisión, sin que nadie le echase en falta durante meses. Y este panorama antropológico medio, de ceguera cristalizada por la iluminación, no se pueda compensar con la existencia eventual de buenos especialistas, pues al día siguiente de la consulta vuelves al infierno de la incomunicación.

Durn, Lubitz... y mucho otros. Puede ser importante en estos hipotéticos ejemplos, tan distintos, la posibilidad de masacrar a cualquiera, pues cualquiera es todo un signo de lo que uno ya es, el Don Nadie que representa lo que uno ha sido para la sociedad. El cualquiera que los otros son para el aislamiento mudo de uno mismo. Y no aislamiento con respecto a los otros, sino primeramente con respecto a la otredad que aparece por dentro, reclamando una palabra que falta.

Nadie, cualquiera. Imagínense que un día, después de diez crisis y diez recaídas, se despiertan con el interior convertido en pulpa. Enajenación repentina, se dirá. Trastorno de personalidad, esquizofrenia, depresión severa, enfermedad psíquica, trastorno psicótico: se hará todo lo posible para ocultar el simple hecho de que un ser humano perfectamente dueño de sus actos (en algún caso, ha sido incluso preparado sólo para controlar) se hace responsable de su muerte y de la muerte de decenas de personas que ni conoce. De cualquiera, un alguien que tal vez represente el cualquiera en el que, en versión siniestra, se ha convertido uno mismo, una común condición mortal que (imitando el modelo de la fluidez "americana") nos hemos prohibido atender.

No hace falta ser premio Nobel en psicología para intuir que la inmersión profunda en el automatismo de las nuevas tecnologías no ha dejado de acentuar una ceguera y sordera masivamente inducidas, un racismo sordo hacia lo raro que está inscrito en el primado mundial de la economía. El peso de lo macro nos hace incapaces para lo micro. Pero todo lo importante en las vidas es de una pequeñez prácticamente indetectable en los grandes aparatos de captura. Lo que ocurre un día cualquiera en una esquina cualquiera es imperceptible para el gran angular de lo social, de su espectáculo planetario. Y el problema es que hoy ese gran angular ha colonizado el sistema nervioso del individuo. Nuevas manifestaciones de esta impotencia antropológica volverán, un infierno del cual nunca hemos visto la última versión.

Hagamos lo que hagamos, vivamos como vivamos, siempre habrá en nuestro entorno personas inteligentes capaces de lo peor, al borde mismo de lo inimaginable. El caso es que además, y esto es algo que le debemos al giro social y cultural de las últimas décadas, hemos hecho todo lo posible para estresar hasta el límite al prójimo, dificultando en él toda relación con la zona de sombra, infinitamente lenta, sin la cual el hombre no es nada. Nada más que un monstruo, pues ha perdido cualquier relación con lo que hay de indelegable en la médula elemental de lo que se dice existir

Achacar el mal a la locura es una tentación comprensible, sea en Casteldefels o en Berlín. Ahora bien, todo lo que no sea encarar el hecho de que el reverso de nuestra exitosa movilidad, y la veloz transparencia informativa, es un pantano anímico, una feroz  e inexpresable prohibición de tener alma, no hace más que preparar nuevas tragedias. Aunque no tomen casi nunca, esperemos, estas dimensiones dantescas.


Ignacio Castro Rey. Madrid, 5 de abril de 2015

Por Ignacio Castro Rey
La Ley se hace para un conjunto de hombres iguales ante la letra de unas tablas, un articulado o unos mandamientos. Teóricamente, en el mundo moderno y no tan moderno, las leyes están ahí como garantía de igualdad entre los ciudadanos. Incluso cuando una dictadura se dota de leyes es un paso, pues da una apariencia de que el simple arbitrio no gobierna, ni el nepotismo, ni el capricho de un solo monarca o una casta.
 De algún modo, parece mentira que hoy tengamos que plantear de nuevo la cuestión de la igualdad ante la ley. Casi debería ser una vergüenza que entre nosotros tengamos que volver a discutir que una mujer y un hombre deben ganar el mismo dinero en idéntico trabajo, que un político importante debe pagar como un hombre cualquiera una infracción de tráfico, etc. Pero es evidente que todas las sociedades, incluidas las más democráticas, son una forma de poder y buscan la manera de encontrar su masa útil de desigualdad.


En todo caso, las leyes se hacen para el campo social e histórico, y nunca pretendieron (salvo en los totalitarismos modernos), invadir la vida entera de los hombres, haciéndose cargo de su existencia al completo. Es una vieja distinción de la que muchos juristas y pensadores modernos (de Locke a Arendt) se ocuparon: una cosa es la vida política, otra la existencia privada; una cosa es la historia y otra el devenir (Deleuze). Comunidad y sociedad, diría Tönnies. Dios y el César, en otro lenguaje: la justicia que es negada con frecuencia en el segundo reino puede encontrar en el primero su reparación. O acaso lo contrario, diría un ilustrado.

Es difícil en todo caso, pensando precisamente en la justicia o en la “igualdad”, escapar a algún tipo de dualidad que deje para un horizonte por venir la consumación de las aspiraciones.

Los hombres no son iguales unos a otros en esta vida. Incluso entre hermanos puede haber diferencias (de modo de ser, de carácter, de ideario) irreconciliables. Es justamente esta brutal diferencia cotidiana, siempre a un paso de la lucha de “todos contra todos” (Hobbes), la que fuerza que muy distintos gobiernos tengan que tomar medidas en el campo de las leyes para que encontremos un terreno común de contención y encuentro. En este punto, la amenaza de la ley es garantía también de un espacio de mínimos para el acuerdo, dentro de una comunidad de humanos profundamente dividida por factores religiosos, étnicos, culturales, ideológicos, etc. El Estado es la Ley y el Estado de derecho es el imperio de una ley consensuada, con vocación igualitaria.

Ahora bien, a este repaso escolar del dominio de la Ley se le pueden hacer algunas observaciones importantes, especialmente en el mundo contemporáneo. La primera es, otra vez, el peligro de que la ley acabe invadiendo el espacio entero de la vida real de los individuos y se produzca una normalización, una nivelación que acabe con las imprescindibles diferencias vitales, psicológicas y culturales. Parte de la literatura de comienzos del siglo XX y de la crítica filosófica (de Rousseau a Nietzsche, y a Kafka), alertó contra este peligro de una extensión infinita del campo de la Ley, acabando en un mundo mecanizado donde la alienación personalizada llega a ser la norma. Se puede decir que los Estados y las sociedades tienden naturalmente (si un pueblo no está atento) a este abuso tendencial de la totalización, sobre todo bajo la absolutización moderna de lo histórico.

El fin de la Historia y el gran relato ha devenido en un poder inusitado de la historia sobre la vida, y esto a través del poder microfísico del pequeño relato. Biopolítica, psicopolítica. Se puede decir también que la critica moderna alerta contra la tendencia psicológica del individuo a descansar en una nueva servidumbre voluntaria que le libra del peso de su responsabilidad personal en lograr una forma de vida propia, sin posible transferencia.

No hay, por lo demás, ninguna sociedad que deje de ser potencialmente represiva. Ninguna, por lo tanto, que no busque súbditos en vez de ciudadanos y que, al menos durante un tiempo, no utilice el miedo al exterior (los judíos, los comunistas, los musulmanes, los inmigrantes, los rusos) como disculpa para apretar la cuerda de la seguridad, estrechando el margen de las libertades cívicas y cotidianas. En este punto la corriente norteamericana de los “trascendentalistas” (Emerson, Thoreau y otros) siempre alertó de que la libertad civil, en el espacio de una nación, debe subordinase a la libertad natural.

En otras palabras, la democracia institucional debe depender de la democracia real y popular como invención constante, irrupción y fuerza libre de los hombres. Esto último también quiere decir que las leyes deben ser constantemente forzadas para adaptarlas a los tiempos y las necesidades populares. Por definición, la vida va por delante de la Ley… Y una mentalidad preventiva, tan de moda hoy día, siempre fue una carta blanca para el despotismo de Estado.

Nunca tendremos la garantía de que la Ley se haga cargo de una distribución normativa o “automática” de la justicia. Esta es algo que se logra en cada caso por la fuerza de los hombres, de los movimientos de compromiso y lucha de comunidades distintas. A veces, es una mujer o un hombre en solitario los que se enfrentan al cuerpo inerte de una ley cristalizada. ¿Quiere esto decir que debemos resistir la tendencia a confiar ciegamente en las leyes y en la neutralización anímica y muscular que la vida moderna imprime en los hombres? Aproximadamente, así es.

Paradójicamente, como hace cientos de años, todo depende de la relación que cada quien mantenga con la desigualdad interna que le constituye. En el terreno de la vida cívica, el uso real de la ley depende de la fuerza de una forma de vida (Benjamin) que no tiene otra ley que sus decisiones secretas, no consensuadas.

Por incómodo que nos resulte reconocerlo, es un estado de excepción moral el que permite que se generen nuevas leyes y el que impone el cumplimiento de algunas antiguas que siguen vigentes. Sobre todo, es el absoluto vital de una decisión, un estado de excepción moral lo que permite infringir inteligentemente una ley, inteligencia que algún día conseguirá derribarla.

¿Supone esta verdad el retorno a la “ley de la selva”? No, sólo nos recuerda que la democracia y la historia no son un nuevo Dios al que debamos ofrecer el sacrificio de nuestra radical autonomía, moral y práctica. Pensar otra cosa es un resultado del poder despótico de la historia actual. En otras palabras, un resultado del mito de la transparencia mundial y su mala literatura.


El denominado Plan de Trabajo y Capacitación Docente implica, en la UNLPam, y particularmente en la Facultad en la que me desenvuelvo, un requisito burocrático que sustituye las instancias concursales y de oposición que deberían revalidar periódicamente los posicionamientos docentes. La actualización real de esas proyecciones, se subsana con una declaración unilateral, casi anodina, cuyo incumplimiento o demora en la presentación depara (con la convalidación de las autoridades internas y de oscuras instancias judiciales de temible pasado) consecuencias irreparables: la expulsión del docente. Aunque esto parezca mentira. Por lo tanto, puesto en la obligación de confeccionar cada tres años este "Plan de Trabajo y Capacitación docente", siento que es posible, y hasta necesario, darle una connotación diagnóstica, provocativa, acaso infrecuente. Que el mencionado plan se transforme en un recorrido crítico previo del Programa y los contenidos de la asignatura, destinado a evaluar e interpelar permanentemente los contenidos de dicha proposición pedagógica con las dinámicas que proponen las profundas transformaciones de las sociedades tardomodernas en materia de control social punitivo, y por ende, de los sistemas penales internos e internacionales. Apuntamos a tener una mirada y un recorrido holístico de los contenidos curriculares, a profundizar sobre los tipos penales que aborda nuestro catálogo discontinuo de ilicitudes, comprendiendo al mismo como un todo orgánico que debe resistir los exámenes de método y sistemática.
La forma en que esos contenidos sean impartidos adquieren una relevancia académica y social trascendental, excluyente, dada la mentada incidencia colectiva de la cuestión penal en las sociedades de la información y el conocimiento. Esa incidencia social creciente, fabulosamente alimentada desde los medios de comunicación de masas, transforma al derecho penal en un ordenador de la vida cotidiana. Un punto de encuentro en las tertulias y las gramáticas cotidianas. Un objeto de estudio que, por lo tanto, debe ser analizado con un contenido crítico que desarrolle en el estudiante los mecanismos epistemológicos de advertencia frente a un proceso sistemático de alienación y colonización de las opiniones.
En esa inédita disputa cultural, atravesada por subjetividades y perspectivas ideológicas como nunca antes en la historia, subyace buena parte de las conjeturas que intenta poner en cuestión nuestro mentado plan de actividades.
Por lo tanto, resulta particularmente trascendente la forma en que los contenidos se imparten desde una universidad pública, socializando conocimientos dogmáticos y político criminales, desde una perspectiva democrática compatible con el paradigma de la Constitución y la vigencia plena del Estado Constitucional de Derecho.
En la pax imperial de las escuelas de derecho, es moneda corriente que un alumno crea que es prioritario conocer si se está ante un robo simple o agravado en función de la altura que el delincuente de calle o de subsistencia ha debido sortear, o cuál es el encuadre “correcto” de un ataque sexual que no conlleve penetración. Eso, para muchos estudiantes (claro que no para todos), es lo importante de la parte especial del código penal. Menudo problema para la democracia si esos alumnos no observan como urgente la necesidad de distinguir los genocidio de los poderosos del mundo de los crímenes de lesa humanidad o de guerra, o reconocer regularidades de hecho entre el sistema penal internacional y los ordenamientos internos, entrelazados en un único sistema de control global punitivo. O si no intuyen la gravedad de los delitos ecológicos o medioambientales, o la importancia de conocer las nuevas formas de atentado contra la vida democrática. Peor aún, muchos de los alumnos creen que esto “no es derecho penal”. Su mirada no trasciende, en general, el dogmatismo aséptico y pretendidamente normal, en el que su bagaje de conocimientos debería ser un cócktel brutal que se compone de elementos del saber esquemáticos como la diferencia entre el  robo y el hurto, las "bondades" de la OEA o la ONU, o de qué se trata el libramiento de cheques sin provisión de fondos. Si seguimos generando esa clase de profesionales, estaremos traicionando el espíritu inicial de creación de la carrera, pero, lo que es más grave aún, estaremos arrojando al"mercado" abogados de sentido común complaciente, fácilmente anexables por el establishment. No entender, en ese caso, los procesos de dominación y control, las argucias imperiales en las trazas de colonización cultural lleva a reproducir el discurso afín a las fuerzas (ya ni siquiera ocultas, sino elocuentemente desembozadas) de la reacción, implica ser funcional a un pensamiento conservador.
Por lo tanto, y como ya lo hemos dicho, sostenemos que, si bien el derecho penal es un instrumento superestructural, brutal, en manos de las clase dominantes para reproducir los procesos de explotación social contemporáneos, apuntamos también, con de Souza Santos, a que el derecho (penal) asuma un rol emancipatorio a partir de una concepción diferente, alternativa, profundamente comprometida con los intereses de las grandes mayorías y, sobre todo, reducido a su mínima expresión.

No resulta sencillo, ni existen vías rectas para aproximarnos a las perspectivas de Jean Paul Sartre respecto del poder punitivo y al castigo. En efecto, el marxismo sartreano no se ha ocupado expresamente de abordar un fenómeno, que, ya en su época, atravesaba la realidad mundial como pocos. 

Sus definiciones, su teoría, su práctica y su perfil multifacético, por otra parte, lo convierten en un sujeto inasible, difícil de escrutar, casi insondable respecto de problemas que, actualmente, ocupan de manera urgente y agónica a las izquierdas.
Sus propias especulaciones, por lo demás, conducen a los lectores desprevenidos a apasionantes aporías u obligan a verdaderos acertijos tendientes a dilucidar sus posturas sobre estos temas.
¿Qué Sartre podría proporcionarnos pistas más o menos ciertas sobre su propio pensamiento -he aquí la primera perplejidad- respecto del castigo? ¿El militante social? ¿el escritor? ¿el dramaturgo? ¿el pensador capaz de legitimar la violencia armada en cuanto la misma suponga la búsqueda de un ideal emancipador? ¿el creador de un tribunal de opinión que, lejos de valorizar el castigo y el poder punitivo, confió en la potencia de la opinión y la capacidad de la denuncia, único en lograr la condena de EEUU por sus crímenes en Vietnam? ¿el que cuestionan pensadores como Onfray por su (supuesto) pasado durante la ocupación de Francia por parte de los nazis? ¿el que discrepa con Camus respecto de la naturaleza humana y el ser? ¿ Cuál de ellos?
Frente a estos dilemas, el observador no tiene demasiadas salidas. Hace un ejercicio, arbitrario, de recorte. Recorre algún texto y escoge, sintetiza y sincretiza. Duda y se espanta por el margen de error abismal del ejercicio que él mismo propone.


De todas maneras, algunas de sus reflexiones nos permiten la reconstrucción, falible, pero reconstrucción al fin, de sus reflexiones sobre las modernas formas de castigo y el ejercicio del poder punitivo.
La obra de Sartre se nos representa así, como una maravillosa caja de herramientas.
Elijamos, recurriendo a esta endeble sistemática, algunos párrafos que escribiera sobre la libertad en "El ser y la nada", para comprender sus puntos de vista con relación al concepto de la libertad y, como contrapartida de la misma, a ciertas formas de alienación capaz de conculcarla o desnaturalizarla.
Dice Sartre: "Es necesario, además, precisar, contra el sentido común, que la fórmula "ser libre" no significa "obtener lo que se ha querido" sino "determinarse a querer (en el sentido lato de elegir) por sí mismo". En otros términos, el éxito no importa en absoluto a la libertad. La discusión que el sentido común opone a los filósofos proviene en este caso de un malentendido: el concepto empírico y popular de "libertad", producto de circunstancias históricas, políticas y morales, equivale a "facultad de obtener los fines elegidos". El concepto técnico y filosófico de libertad, único que aquí consideramos, significa sólo: autonomía de la elección. Ha de advertirse, empero, que la elección, siendo idéntica al hacer, supone, para distinguirse del sueño y del deseo, un comienzo de realización. Así, no diremos que un cautivo es siempre libre de salir de la prisión, lo que sería absurdo, ni tampoco que es siempre libre de desear la liberación, lo que sería una perogrullada sin alcance, sino que es siempre libre de tratar de evadirse (o de hacerse liberar), es decir, que cualquiera que fuera su condición, puede pro-yectar su evasión y enseñarse a sí mismo el valor de su proyecto por medio de un comienzo de acción" (El ser y la nada, Ed. Losada, Buenos Aires, 2005, p. 657). Pero como también señala que "la libertad es libertad de elegir, pero no libertad de no elegir" (p. 655), y que "el sadismo es un esfuerzo por encarnar al Prójimo por la violencia y esa encarnación "a la fuerza" debe ser ya apropiación y utilización del otro (p. 545), algunas puntas con relación a su perspectiva sobre el castigo, y en especial sobre la violencia estatal (de la cual la cárcel es, modernamente, una de sus máxima expresiones), comienzan a aparecer trabajosamente. Las ideas de libertad, de autonomía de elección, de liberación, de perogrullo, de evasión, de sadismo y de apropiación del otro nos permite unir en un arduo pero apasionante tramo una visión inaugural del fenomenal existencialista respecto del poder punitivo y la violencia. Esta mirada introductoria no pretende encontrar respuestas sino organizar preguntas. Problematizar acerca de la visión que uno de los más grandes pensadores del siglo XX no explica, pero tal vez implica, con relación al castigo, la violencia y el poder punitivo. Una tarea integradora del investigador, destinada nada más y nada menos, que a re-posicionar al argumento como práctica política.



El existencialismo es un humanismo complejo. En esa complejidad, la noción de libertad se parece, siempre siguiendo las máximas sartreanas, a lo que somos capaces de hacer con lo que hicieron de nosotros. Una de las herramientas que nos permite ejercer la libertad, concebida en esos términos, es el conocimiento comprensivo de los procesos totales. Debo admitir que creo, todavía, en la totalidad, en la construcción de un relato holístico alternativo capaz de soñar con un mundo más justo, entre otras cosas, porque la muerte de las ideologías y el fin de la historia fueron los paradigmas más efímeros y embusteros de la historia de la humanidad. Pero esta perspectiva no se contradice ni impide la posibilidad de estar atentos a los procesos microfísicos subyacentes, sobre todo en lo que tiene que ver con la historia y el poder. Veinticinco años es mucho tiempo en el ejercicio de la docencia. Demasiado como para obturar la emergencia de cuadros que nosotros mismos hemos contribuido a formar a lo largo de un prolongado trajinar en el grado. Y el trasvasamiento generacional, en mi modesta opinión, es imprescindible en la academia para poder deconstruir relaciones históricas y arcaicas de poder y profundizar la horizontalización del conocimiento y el pensamiento crítico. El primer cuatrimestre de 2015 será, seguramente (al menos, eso espero) mi último año al frente de la cátedra de Derecho Penal II en la UNLPam. Como 2013 lo fue respecto de Adaptación Profesional en Procedimientos Penales. En ambas asignaturas, existen los recursos humanos más prestigiosos, una camada de nuevos exponentes jóvenes por demás capacitados. Me parece un sano ejercicio de alteridad propiciar y facilitar los espacios institucionales a las nuevas generaciones. Una práctica imposible de desagregar del rol del docente. La docencia es eso. Un proceso de construcción colectivo, silencioso, profundamente transformador y democrático. Ejercido pensando en los otros, en el conjunto social y en la potencialidad creadora y revolucionaria del pensamiento. En la articulación de relaciones sociales y la permanente provisión de significados.Lo que había anunciado hace un año (por eso el video), parece aproximarse aceleradamente, en el marco de una historia mínima más, respecto de la cual -también en este caso- somos a la vez producto y sujetos creadores. 
 Llegando a mis 25 años como docente de la UNLPam, advierto, no sin agobio, que algunas de las cosas que -inspirado en maestros como Paulo Freire- pensaba en épocas de mi bautismo académico, las he convertido, por imperio de mis propios límites, en una saga de reiteraciones infinitas. Algunos podrían confundir esta opacidad con coherencia. No es lo mismo, al menos para mí. Sigo pensando, como el filósofo de Recife, no obstante, que enseñar es un acto de amor. Ese amor, uno de los más insondables sentimientos que puede llegar construir arduamente el ser humano, impone una pedagogía ejercida como un medio para llegar a la emancipación. Para eso, debe la enseñanza convertirse en una dinámica deconstructiva de los ejercicios cotidianos de poder. La deconstrucción de las relaciones de poder, por lo tanto, no solamente iguala a los sujetos implicados en este proceso dialéctico, sino que también ajusta cuentas con los fetiches sobre los que se sostienen las brutales escenas verticales de un docente que "enseña" a través de respuestas eruditas y un estudiante que, se supone, "aprehende" de esa manera. Este ejercicio clásico y recurrente de sometimiento es groseramente incompatible con la horizontalidad de una pedagogía liberadora. Que no otro debe ser el objetivo del docente. Plantear preguntas, ayudar a pensar sobre lo gravísimo, como enseñaba Heidegger, sobre aquello que nos está escamoteado pensar. Para mí, modestamente, eso es el pensamiento crítico. Y no hay otra forma de transmitirlo que no sea la generación de las condiciones más democráticas posibles y los espacios dialógicos más abiertos, para poder cuestionar los dogmas totalizantes que provienen de discursos que se erigen como absolutos (Foucault, 1970: 51). Esto es fundamental en una escuela de derecho, donde el dogmatismo y el binarismo constituyen los pilares más resistentes del pensamiento jurídico dominante. Una forma contrahegemónica de pedagogía, en estos ámbitos, es particularmente dificultosa. No es fácil problematizar sobre la condición humana, el poder, la dominación, la violencia, la desigualdad y los derechos fundamentales en contextos culturales plagados de dogmatismo formalista. No siempre lo logramos, y por ende es posible que sigamos generando mayorías de "profesionales liberales". Pero si lo conseguimos, en cambio, habremos de lograr militantes. Y esa sola posibilidad redime de las reiteraciones seriales.