Por Eduardo Luis AguirreDesde hace décadas se viene repitiendo como un mantra una verdad difícil de refutar en eso que llamamos occidente. En la mayoría de las naciones no mandan ni toman las decisiones más significativas los sujetos elegidos para gobernar ni tampoco los representantes de las democracias deliberativas, envejecidas y carentes de absoluta credibilidad. Un número incalculable de corporaciones, megamillonarios, fondos de inversión, servicios de inteligencia, lobbystas, fabricantes de armas e intelectuales orgánicos de los distintos regímenes parecen ser quienes saldan -a veces arduamente- sus diferencias y terminan expresando la “voluntad de las naciones”, lo que se ha convertido en una expresión ficticia, una escandalosa simplificación de la época que engloba a países de mediana gravitación, como el nuestro, o incluso a las más grandes potencias. La muestra muestra más palmaria la Constituyen los Estados Unidos, donde un empresario inmobiliario, octogenario él, actúa en algunas oportunidades de manera cambiante, a veces ininteligible y muchas otras contradictorias en los temas más urgentes y dramáticos que acucian al mundo. Las marchas y contramarchas, el comportamiento neoimperial, al decir de Jorge Alemán, se caracteriza por el uso unilateral e innecesario de la fuerza. Al punto de que no faltan quienes sospecha que es Israel quien lleva a la rastra de sus intereses estratégicos a la Casa Blanca. No hay duda de que detrás de Trump se encuentran factores de presión y grupos de poder de todo color y tamaño. El Movimiento MAGA no es monolítico, las diferencias con el vicepresidente Vance (un cruzado eminente), Sillicon Valley, el denominado “estado profundo”,, el comolejo militar industrial, los milonarios y estrategas que azuzan a Sillicon Valley, como Peter Thiel o Elon Musk (hoy corrido de ese escenario por propia decisión). Como escribió James Petras, “Los cambios de poder pueden reflejar las dinámicas internas de una economía o las posiciones cambiantes de sectores económicos dentro de la economía mundial, sobre todo el ascenso y ocaso de los competidores económicos”(*). Ahora bien, lo grave de esta fragmentación en lo que concierne nada menos que a la conducción de las guerras sume a todo el mundo en un verdadero tembladeral. Los analistas de las derechas consecuentes con la Casa Blanca presumen que Trump tiene una gran facilidad y un “raro” talento para la conducción táctica pero que su visión estratégica resulta en cambio mucho más difícil de escrutar. Si esto es así, estamos ante un menudo problema, al que se suman las disputas por el poder interno y la opacidad de sus negociadores más cercanos, que prácticamente han desplazado al Departamento de Estado. Es allí cuando parece crecer la figura del vicepresidente Vance, a quien los observadores señalan como el próximo y verdadero encargado de las negociaciones futuras ante el empantanamiento de Estados Unidos en el Medio Oriente y los costos de una guerra que parece hecha a medida de los intereses estratégicos israelíes. Esa conducción errático coloca a Washington en un lugar de dudoso privilegio, que se expresa en las multitudinarias protestas ciudadanas que acontecen actualmente en decenas de ciudades de la primera potencia mundial. Además del rechazo a la guerra, hay un clamor popular sostenido contra lo que es intuido (y no caprichosamente) como el avance hacia formas antidemocráticas y “monárquicas”. Para eso no hay que hacer demasiada memoria. Basta con recordar las manifestaciones de uno de los intelectuales reaccionarios más reputados e influyentes de Estados Unidos, Curtis Yarvey, quien ha dicho que después de la pandemia estaban finalmente dadas las condiciones para que el mundo fuera gobernado por una élite de CEO´s, porque cualquier empresa dirigida por estos personajes siempre funciona mejor que los estados democráticos, a los que cree incompatibles con la libertad. Con retóricas parecidas al conservador Peter Thiel, Yarvey es una de las principales espadas intelectuales del ascendente vice de Ohio . Pasaron 30 días del ataque a Irán. En un mundo que ha ratificado categóricamente en los hechos la inutilidad orgánica de los organismos supuestamente creados para sostener la armonía y los derechos humanos planetarios, el futuro no puede ser más desolador.
(*)) Omegalfa.es
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