Por Eduardo Luis AguirreDonald Trump asumió el 20 de enero pasado su segunda presidencia. Entre sus principales promesas, el republicano se comprometió entonces a protagonizar una cruzada de pacificación tendiente a poner fin a las guerras en los lugares más álgidos de un mundo en conflicto. Hoy consumó su séptima intervención armada. Venezuela, proveedora de petróleo barato y suficiente a China fue la última víctima propiciatoria. Las excusas, como siempre, invocan valores y motivos indiscutibles y abstractos tales como el narcotráfico, la dictadura, la preservación de la democracia y las libertades individuales. Nada que no hayamos conocido en la actuación internacional de los Estados Unidos. El motivo real de la agresión respeta las materialidades en juego en medio de una disputa con China, que se ha convertido en una confrontación por la condición de primera potencia mundial pero que también apunta a un cambio de regimen político en Caracas. Una decisión cuyas consecuencias son imprevisibles al interior del país iberoamericano.Todos los diarios del mundo afirman que la operación llevada a cabo por fuerzas especiales consiguió secuestrar al presidente Maduro y a su esposa, en lo que el Ministro de Defensa venezolano calificó como “el mayor ultraje sufrido por Venezuela en toda su historia”. La vicepresidente Delcy Rodríguez exigió una prueba de vida del líder capturado y Diosdado Cabello llamó a los venezolanos a la calma. Rodríguez tenía la entrada prohibida a los países europeos (no hay más que recordar el último episodio acontecido en Barajas y sus indescifrables vaivenes) y Cabello cuenta con una larga y consecuente campaña de desprestigio por parte de la oposición interna, fortalecida por la prédica de los grandes medios de occidente y la extravagante concesión del Premio Nobel de la paz a la referente opositora Corina Machado, que -vale recordarlo- en su momento reclamó una intervención de Washington en su propio país.
La gravedad del hecho es de una magnitud inusitada y da la pauta inequívoca de cómo Estados Unidos interpreta la Doctrina Monroe. En un momento histórico en que la globalización trastabilla y resurgen los nacionalismos, se hace mucho más evidente la vieja dicotomía y las diferencias del nacionalismo en los países opresores y en los países oprimidos. La actitud de Washington es jurídica y políticamente insostenible. Se trata de una de las violaciones al derecho internacional más rotundas perpetradas en la región, pero además acontece en un marco especial donde se conjugan factores diversos.En primer lugar, el ataque confirma la debilidad creciente de Estados Unidos, tanto en el plano tecnológico como geopolítico, en su propio contexto político interno y en la incapacidad para sostener una hegemonía otrora indiscutible si no apela a una intrusión brutal.Con una Europa en estado de objetiva debilidad, Rusia ha abierto otro frente inesperado para la inteligencia otanista. Moscú decidió incursionar estratégicamente en la región caucásica, en lo que significaría un reordenamiento hasta ahora inesperado del orden mundial en su conjunto. hasta obligar a Turquía a definirse en su rol pendular de vecino estratégico de Azrbaijan, Georgia, Armenia e Irán. Durante mucho tiempo, Europa presumió que su influencia en esas latitudes permanecía incólume. Para ilustrarlo mejor, digamos que la región habilita una ruta vital entre Rusia y Teherán. Se trata de un cambio trascendental que correría de la escena a la OTAN. Si Rusia completa lo que parece inexorable, ya no habrá control posible de occidente en esa geografía y la derrota de la que fuera la mayor alianza militar de la historia devendría inevitable. En ese mismo momento, Estados Unidos decide invadir Venezuela, en una decisión que entrama a su complejo militar industrial, su estado profundo y la vocación imperial desmañada de su propio gobierno. El error no puede ser más garrafal. El trumpismo ha dejado de ser confiable para Europa occidental y acaba de justificar la aprehensión que genera su vocación hegemónica en el Sur de América. Acaba de comprobarse en nuestra América que no son sólo los demócratas los que llevan a cabo estas intervenciones “humanitarias”. El ataque llega en el preciso momento en que China aparece sacando la mayor ventaja tecnológica, financiera y comercial, a diferencia de las dificultades económicas y financieras de la Casa Blanca y las pulsiones fragmentarias que se viven al interior de los Estados Unidos. No hay más que recordar la intervención del gobierno federal en estados vitales como California. Las fuerzas federales en un estado crucial que tiene una población similar a la de Argentina. Si China logra proveerse de energía barata en otros países, es probable que el mejor exponente de la “teoría del loco” quiera emular la intervención militar que perpetró en Venezuela. Salvo que quien proveyera ese petróleo fuera Rusia. Esta posibilidad, que ha habilitado la propia invasión contra Venezuela, puede desatar un Armagedón apocalíptico.Y esa posibilidad depende de una cantidad de factores muy difíciles de entrever en un contexto mundial de cambios vertiginosos, nuevos actores, bloques diversos y cambios en las relaciones de poder.
Recibí todas las novedades de Derecho a Réplica