Por Ignacio Castro Rey (*)

 

 

Al ceder al espectáculo social la dureza de vivir, abandonamos el territorio desde el cual podemos ejercer una fuerza   (Anónimo)



Hemos atravesado también una pandemia de confusión. Tanto a nivel médico, como psicológico y social, tardaremos tiempo en saber lo que hemos pasado en estos últimos meses. Ahora mismo no es descartable ninguna hipótesis, de la más moderada a la más fantástica. Y esto no solo por la dificultad personal en cada uno de nosotros para ordenar tantas sensaciones contrapuestas en días de zozobra y encierro, no solo por las cien transformaciones que hemos atravesado sin quererlo ni saberlo.

Por Eduardo Luis Aguirre

 

Hace algunas horas, Jorge Alemán escribió un artículo en un diario porteño, en el que sintetiza una línea de pensamiento que viene desarrollando desde hace tiempo. La idea del Entusiasmo como categoría de análisis es aplicada en ese texto como una de las formas de comprender las motivaciones de un acto masivo, ruidoso, pacífico, prolífico en la reiteración de las liturgias históricas que caracterizaron al pueblo argentino en momentos convocantes de su vida en común.

 

Por Eduardo Luis Aguirre

Acabo de leer en P12 un análisis de Nicolás Mavrakis (“Adiós a las cosas: el smarthfone se devora el mundo”). Hace tiempo que atendemos a los esfuerzos que el sistema mundo destina a hacer creer que hay una uniformización tecnológica que aplana las diferencias y que el mundo se deshace de lo tangible. 

El problema de la técnica desvelaba a Heidegger hace 80 años, más o menos. Es una continua estratagema del capitalismo neoliberal pensar y hacer pensar con citas de autoridad que la materialidad de lo corpóreo se desvanece en los dispositivos. Ahora se añade a esa forma de colonialidad la “inteligencia artificial”, el nuevo mantra de la dominación que habrán de intentar agudizando las contradicciones y profundizando las desigualdades.

Por Lidia Ferrari (*)

 

 

¿Quién dirá que los que inculcan la mentira han de saber exponerla con brevedad, claridad, verosimilitud, y los otros que cuentan las verdades de tal modo lo han de hacer que produzca hastío el escucharlas, trabajo el entenderlas y por fin repugnancia el adoptarlas?

San Agustín1

Este texto iba a tener por título “una cultura de la mentira”. En su escritura se impuso otro título: “una cultura del fraude”. El cambio expone la transformación de las hipótesis de partida pero no la intención que las animaba.

Por Eduardo Luis Aguirre



Nuestro porvenir de mercados comunes encontrará su balanza en una extensión cada vez más dura de los procesos de segregación, denunciando así que la particularidad tendería a restituirse en el seno de lo universal bajo la forma de la segregación y de las segregaciones múltiples” (Lacan, 1967).

«El asunto es encontrar una verdad que sea cierta para mí, encontrar la idea por la cual yo sea capaz de vivir y de morir» (Kierkegaard, 1835).

La indagación por el sentido de la vida, por la esencia del Ser y por la angustia son cuestiones filosóficas de antigua data que ocuparon e interpelaron a los pensadores clásicos durante la Grecia antigua.

Por Modesto Guerrero (*)

 

El 14 de noviembre el profesor José Pablo Feinmann publicó un artículo para peguntarse ¿Qué viene después de Weimar? Su interés no era historiográfico, sino actual y político, sobre la Argentina que va de Alberto a lo que viene. Fue calificado en algunas redes de “derrotista” y adjetivos similares.

Por Eduardo Luis Aguirre

 

 


Los pliegues de la política internacional actual son infinitos e inescrutables. El sistema de control global punitivo hace años que ha admitido de manera explícita que el neoliberalismo como dispositivo es incompatible con la democracia decimonónica. Ahora sabemos que esta modalidad de acumulación tampoco se compadece con la paz, con la subsistencia de millones de seres humanos y con la supervivencia del planeta. Aparecen como por arte de magia ultraderechas delirantes en todos los lugares del mundo, con un sentido común que se sintetiza en el odio al otro y se expresa mediante una violencia criminal. El capital afronta sin pudores ni remordimientos una catástrofe humanitaria compuesta por un variado menú apocalíptico.

Por Ignacio Castro Rey (*)

 

 

No revelamos nada nuevo al decir que nuestro orden social climatizado funciona con la circulación perpetua. Nada debe detenerse para que no se vea su inanidad, su absurdo, su falsedad. En tal sentido, dándole una anchura de capital a cada antiguo cruce, las rotondas son un símbolo de nuestra fluidez espectacular, esta velocidad inyectada que permite que nadie se tenga que hacer cargo de un destino propio e intransferible.