Por Ignacio Castro Rey (*)
La moda de vaqueros rotos y medias desgarradas va en paralelo a unas vidas en exceso cosidas, también entre los jóvenes. Género de terror, piercing y tatuajes; parque de atracciones y deportes de riesgo; sexo salvaje y música electrónica a todo volumen se generan desde una existencia urbana espantosamente homologada, tanto física como -lo que es peor- psíquicamente. Por instinto, para encontrar algo de tierra por algún lado, el cuerpo y la mente necesitan líneas de resistencia, al menos algún tipo de simulacro de otredad que se nos enfrente. Habría que ver si el prestigio sistémico de lo juvenil y alternativo no tiene relación con un exceso canceroso de positividad en nuestra cultura, como si ésta tuviera que buscar un lábil mecanismo compensatorio de esa cohorte de servicios socio-técnicos que desembarca, no solo “a domicilio”, sino integrada en nuestro orden perceptivo, cerebral y neuronal.


Germanwings no ha caído de un cielo sereno. El avión tiene su efecto secundario, así como el ascensor o el preservativo. Cada avance técnico -o social, que es lo mismo- tiene su accidente potencial específico, una sombra nueva que sigue a ese progreso. Resulta incómodo tan solo imaginarlo, pero algún día habrá que indagar si hasta la llamada “violencia machista”, sobre todo virulenta en los ordenados países norteños, no es también parte -por caminos intrincados que no restan nada de una personal responsabilidad criminal- de un cierto efecto de rebote, como una reaparición letal de la alteridad rechazada en nuestra cultura. Parte, en este caso, de un accidente global asociado a una domesticación antropológica monstruosa.

Para empezar, es imposible entender el negocio planetario de la información, inseparable de lo que se ha llamado espectáculo –Good news, no news-, sin una necesidad de blanqueo anímico que todos sentimos en el orbe desarrollado. Debido ante todo a la religión de la seguridad, nuestra vida es en extremo dudosa. Y no por exceso de riesgo, sino por falta en ella de cualquier peligro real. Nada debe ocurrir entre nosotros; nada ha ocurrido, nada ocurrirá nunca: esta falsa seguridad provoca una lasitud -una depresión- difícilmente disimulable. Pero enseguida, para tranquilizar esa depresión larvada, vemos que a los otros les va peor. Nada más ojear la pantalla cercana comprobamos en qué se ha convertido la vida de la humanidad que no se ha clonado digitalmente. De hecho, para confirmar lo envidiable que es nuestro dudoso bienestar democrático, día a día arriban a nuestras fronteras miles de llorosos y oscuros seres humanos que escapan de la peste del atraso. Les recogemos con mascarillas, mientras sus imágenes se convierten en virales y, por dentro, seguimos pensando que somos los elegidos y es natural que nos envidien. Xenofobia y solidaridad son dos caras, todo lo distintas que se quieran, de un racismo democrático hacia la humanidad atrasada que subsiste en las afueras. Pobre Tercer Mundo si necesitase realmente la ayuda del Primero; de nosotros, que ni siquiera -por falta de relación con los límites- podemos ayudarnos a nosotros mismos.

Dejando al margen muchos otros factores, ¿formará también parte la preocupación ecológica de esta búsqueda, más o menos controlada, de un simulacro de riesgo y alteridad? Hablamos de nuestra necesidad, presentida y a la vez renegada, de otra humanidad, de un referente terrenal que alivie la integración numérica de las poblaciones.

Qué curioso -no lo negarán- que el imperativo planetario del ecologismo y la preocupación mediática del poder por el cambio climático -Al Gore no era exactamente un estadounidense de a pie- coincidan con una humanidad que se retira a una vida ultra-urbana, nativo digital, a la omnipresencia parpadeante de sus pantallas planas. La incansable -y un poco contaminante, hay que decirlo- preocupación verde coincide con el hecho de que cualquier ciudadano normal, para saber el tiempo que va hacer esta misma tarde, mira la imagen última de la información antes que asomarse fuera de la ventana, arriesgarse a oler el viento y o enfriarse escrutando el aspecto rugoso del cielo.

No me negarán también que resulta un poco sospechoso que toda la incesante campaña ecológica, de la que ya ni la derecha europea puede librarse, concluya siempre, indefectiblemente, en la sacralización de una nueva elite de expertos, estrellas elegidas por la transparencia global. Los nuevos sacerdotes han medido la capa de ozono, han estado en los Polos y calculado el adelgazamiento de los hielos, así como la temperatura media del planeta -igual que si de una sala climatizada se tratara- y la evolución de las poblaciones de osos blancos y pingüinos. Así pues, están autorizados a proponernos la solución al problema que -casualmente- ellos mismos se preocupan día a día de realimentar. El resultado es que todos nosotros, para saber cómo nos sientan las lentejas -o qué debemos hacer con el alcohol, las vacaciones y nuestra ida sexual-, debemos tener cada día una pequeña sesión de psicodrama con datos y gurús caídos preferentemente de la universidad de Stanford, modélica en procesos de reciclado.

Naturalmente, este mismo experto ha aterrizado en nuestra provincia bajándose de un asiento Business Class, conduce un automóvil de 85.000 dólares y viste muy bien. Pero, precisamente por eso, la cosa funciona. Igual que en la antigua hipocresía católica o protestante, ellos son los caballeros o damas que nos invita a matar el gusanillo de la mala conciencia. Es la elite que también nos ayuda, entre franja y franja laboral, a entretener la espera. Y todos nosotros esperamos. Aunque ya nadie recuerde qué, de puro interminables que se han vuelto el aplazamiento -de la vida- y la deconstrucción de la memoria. Nadie recuerda qué esperamos ya; aparte, naturalmente, de la próxima entrega en nuestra serie favorita.

Es así que las poblaciones -cada día más xenófobas- de las limpias Holanda, Suiza, Francia, Israel o Alemania, reciclan cuidadosamente su basura. Mientras sus pacíficos ciudadanos siguen histéricos con el peligro musulmán o ruso, al entrar en casa en la penumbra invernal de las 18:00 y levantar los ojos a las pantallas, se pueden volver a indignar antes de servirse una copa. Como ven, para esto es uno de los dogmas de la época, la información, la solidaridad y el ecologismo son compatibles con cualquier cosa.

Una penúltimo pensamiento. ¿No resulta un poco extraño que la correcta preocupación ecológica concluya siempre, como un guante, con la campaña planetaria del miedo? En 15 años el 70% de los españoles padecerá cáncer, la temperatura media del planeta se elevará 1’5 grados y el nivel de las aguas del mar subirá cerca de medio metro. Todo esto aparte del Daesh, el paro, el Évola, la depresión reptante y el mosquito que puede trasmitir el Zika. El resultado es que las poblaciones deben estar atentas a las pantallas donde la nueva vanguardia se expresa, incluso en lenguaje natural. Sobre todo, el mundo entero, también las naciones despóticas y atrasadas, deben permanecer atentas al liderazgo azul y verde de las naciones desarrolladas.

Al menos en Occidente, todos estamos juntos y apretados, permanentemente reunidos -las redes han hecho maravillas para conectar nuestra soledad- frente al terror de la vida mortal al desnudo. Uno de las consecuencias de esta masificación personalizada es que se convierte en fulminante el contagio global, sobre todo del miedo. Sin él no sería nada la cuestión climática.

Y algo que ya se dijo, en algún lugar más o menos clandestino. El anuncio continuo de la catástrofe, externa y futura, es la tapadera ideal para olvidar la catástrofe que ya somos nosotros, con nuestra furia por calcularlo todo. Con nuestra concepción anémica de una naturaleza que se corresponde, pixel a pixel, con el modelo doctrinal de la pantalla plana: árboles en fila, más osos y buitres que bajan a comer a horas fijas, para que la oferta turística se mantenga y se diversifique.

Dos ideas finales, que andan por ahí. Si el calentamiento global es una evidencia, ¿por qué el ambiente entre nosotros es cada día másgélido? Perdonen la alusión teológica y sexual: ¿No será que esta calentura estadística vino del frío carnal? Por cierto, el calificativonegacionista no deja de insinuar otra vez la consistencia dogmático-policial que tiene la cuestión climática. Es como si la nueva inquisición social nos preguntase: ¿Se atreve a negar la vida y muerte del hijo de Dios, la redondez de la Tierra, la preeminencia del Sol, la veracidad de la Información? Pero ante un dogma es un error, civil y militar, declararse hereje. Lo máximo que nuestra pobre intuición puede reclamar es un irónico agnosticismo.

A diferencia de muchos creyentes laicos, somos ecologistas practicantes. Reducimos el humo y el ruido de nuestro vehículo, no arrojamos botellas al río ni papeles al suelo. Simplemente, nos resistimos a unir estos antiguos gestos del sentido común al humo de una nueva religión; ese credo que al final siempre triunfa para mantenernos militarmente unidos, aunque sea bajo sonrisas verdes.
Madrid, 11 de abril de 2016.
(*) Filósofo y crítico de arte.
Por Pablo Guadarrama González (*)

En la época contemporánea, caracterizada por el pragmatismo más tenaz y la visión tecnocrática del desarrollo social, en ocasiones parece prevalecer el criterio de que dedicarse al estudio de la filosofía, no constituye más que una pérdida de tiempo.
    Algunos consideran que ya pasó el momento en que se estudiaba Filosofía y Letras sólo para portar el anillo de graduado e impresionar al visitante con el majestuoso pergamino  ostentador en la pared de dicho título, aunque la actividad del nombrado finalmente no tuviese mucho que ver con las pretensiones acadé­micas de tal documento.
    En el mundo actual saturado de tantas profesiones que a diario pierden su valor por los golpes que le propugna la acele­ración tecnológica, nada tiene de extraño que la dedicación exclusiva a la filosofía sea vista por algunos casi como una extravagancia, o la forma más refinada de ser toda la vida un "muerto de hambre". Por lo que sólo es admisible tal dedicación si está acompañada de una sustentación financiera a través de las más exitosas vías extrafilosóficas.

    Lo peor es que tal común criterio de la conciencia cotidiana se ha trasladado, con la valoración de dicha actividad, a otras épocas y se llega a pensar injustamente que toda la vida los filósofos no han constituido más que un reducido círculo de ociosa carga social, que junto a poetas, artistas, etc.,  no han producido más que preocupaciones por seudoproblemas.
    Afortunadamente no ha sido siempre este el criterio que ha prevalecido. Ha sido más común que desde que la filosofía se constituyó en actividad intelectual específica sus practicantes han gozado de un prestigio especial al considerárseles no sólo sabios, sino personas a las cuales se les debía escuchar o leer a fin de orientar mejor la actitud ante los problemas más trascen­dentales como la vida, la muerte, Dios, la felicidad, el conoci­miento, etc.
    Esto significa que alguna utilidad se apreció en el cultivo de dicha  profesión. De otro modo no se explica la alta estima­ción que filósofos recibieron en muchas cortes y otros círculos de poder, y  que hoy se les aprecia y hasta contrata entre los  think tanks.(1)
    Con el nacimiento de la modernidad  la filosofía fue ampliando su radio de productores y consumidores. Sin embargo, por esa misma razón un mayor número de personas han tenido acceso a un  nivel cultural más elevado y han podido plantearse la sempiterna pregunta ¿ Para qué sirve la filosofía?.
    En ocasión anterior abordamos el asunto del por qué y para qué filosofar en la perspectiva de la producción filosófica que se observa en América Latina, en la cual apreciamos al menos tres tendencias principales:  hermenéutica,  latinoamericanística y dialéctico-materialista (2), que cada una de ella presupone una visión muy distinta del objeto y el sujeto del filosofar en correspondencia con los criterios manejados respecto a lo uni­versal en la cultura (3).     Los filósofos en las distintas épocas se han pronunciado de un modo u otro ante esta pregunta , aunque no haya constituido este de forma un tema particular de su mayor atención, pues como plantea Gustavo Bueno "La consideración de el papel de la filo­sofía no es una cuestión  perifilosófica sino que nos introduce en el centro  mismo de los problemas de la filosofía, los proble­mas en torno a la naturaleza del saber"(4).
   En la actualidad se está en mejores condiciones de hacer un balance reconstructor del papel de la filosofía, pues se tiene muchos más elementos de la producción cultural de distintos  pueblos que filósofos e historiadores de épocas anteriores no siempre contaron con dichas fuentes. Pero  ese análisis se ejecuta no con intenciones eruditas sino  prospectivas a fin de decidir si vale la pena o no seguir cultivando este tipo de saber, independientemente del hecho de que los hombres del futuro tendrán sus razones suficientes para hacerse la misma pregunta de hoy: ¿para qué filosofar?.
   A la filosofía se le pueden atribuir múltiples funciones que explican por qué tantos hombres en distintas épocas y circunstan­cias se han dedicado a su cultivo. Entre ellas se pueden destacar las siguientes con sus consecuentes objetivos:
       Función                                     Objetivos
1. cosmovisiva                                 saber, comprender, pronosticar.
2. lógico-metodológica                     examinar, analizar.
3. axiológica                                     valorar, enjuiciar, apreciar.
4. hegemónica                                  dominar, controlar.
5. práctico-educativa                        transformar, cultivar, superar.
6. emancipatoria                               liberar, desalienar.
7. ética                                             comportar, conducir.
8. ideológica                                     orientar, disponer.
9. estética                                         disfrutar, gustar.
10.humanista                                     perfeccionar, progresar, humanizar.
   La primera de ellas, la funciòn cosmovisiva ha sido una de las que más distinguió a la filosofía  desde sus primeras manifestaciones hasta nuestros días.
   La filosofía surgió como saber diferenciado en el proceso emancipatorio de la conciencia mítico-religiosa, en su delimita­ción paulatina del conocimiento empírico y científico y en su diferenciación  de las restantes formas de la conciencia social.
   También se diferenció radicalmente  de la conciencia coti­diana  de los pueblos por sus marcadas pretensiones  abstractas de conformación de un cuerpo teórico de ideas nucléicas sobre bases racionales que se constituyen en paradigma supremo de referencia para la reflexión y la acción de los hombres en cir­cunstancias históricas de madurez en cuanto   al desarrollo social  y su proceso de diferenciación.
   Algunos de los pueblos del Oriente Antiguo alcanzaron también un nivel de desarrollo tanto en el orden material como espiritual que permiten asegurar la existencia propiamente de filosofía en esas culturas, aunque el término posea una exclusiva procedencia griega y hoy aparezcan incluso como forzadas algunas traducciones a las lenguas modernas del  concepto cuyo contenido se corres­ponde a este tipo de saber en las lenguas orientales.
   Hasta los primeros historiadores de la filosofía como Diógenes Laercio planteaban aunque no aceptaban , ya en aquella época, que para muchos la filosofía había tenido su origen en lo que los griegos denominaban  pueblos  bárbaros. Así con desaprobación este planteaba: "Dicen algunos que la Filosofía excepto el nombre , tuvo su origen entre los bárbaros; pues como dice Aristóteles en su Mágico, y Soción en su libro XXIII De las Sucesiones, fueron los magos sus inventores entre los persas; los caldeos entre los sirios y babilonios; los gimnosofistas entre los in­dios; y entre los celtas y galos los druidas, con los llamados Semnoteos" (5).
    En la actualidad las investigaciones confirman el criterio de que la gestación de las ideas filosóficas no fue un producto exclusivo de los griegos, aunque indudablemente en estos la filosofía logró un status, desarrollo, proliferación y prestigio anteriormente desconocidos.
    Tanto en la  China , como en la India prevaleció la concepción de lo que posteriormente se denominaría filosofía como un tipo de saber que aspiraba a profundizar en los vías  esenciales que permiten el mejor conocimiento del mundo.
    En los Upanischadas ese antiguo documento de la India   sos­tenía Vivekachudamani, entre otros filósofos,  que  "Vano es el estudio de la filosofía si no conduce al conocimiento de la esencia" (6) en tanto que Yogavasishtha por su parte planteaba que "El hombre liberado piensa siempre en el Ser, que es la meta de todo razonamiento filosófico, el conocimiento de todo co­razón, que es el todo  y está por doquiera" (7). (El subrayado es nuestro P.G.). Esta búsqueda de las determinaciones del Ser sobre bases eminentemente lógicas que ya se diferenciaban de cualquier deidad, constituían el salvoconducto principal para la entrada en el reino de la filosofía.
     Similar interés por la totalidad está presente en otras  concepciones filosóficas como el taoísmo. Según opina Granet, "Las ideas conjuntas de Orden, de Total, de Eficacia dominan el pensamiento de los chinos. No se han preocupado de descubrir reinos en la Naturaleza. Toda realidad es en sí total. Todo en el Universo es como el Universo". (8) Sin embargo, la intención omnicomprensiva de los orientales no estaba dirigida a la simple erudicción sino que está articulada a la función práctica del saber filosófico en cuanto instrumento eficaz para lograr una vida más útil y feliz.
     En el mundo griego alcanzó una mayor plenitud el criterio de que el filósofo es aquel que "ama la sabiduría, no en parte, sino en su totalidad",(9) como sostenía Platón. Ese criterio seguiría marcando la especificidad del saber filosófico para todos los tiempos.
     Por su parte Aristóteles concebía a la filosofía como una ciencia, pero con la particularidad de que "no se identifica con ninguna de las que hablan parcialmente del ser, porque ninguna de las demás ciencias se ocupa del ser como ser , con su universalidad" (10). Tal visión totalizadora que implica despo­jar al ser de sus determinaciones particulares se constituyó en característica fundamental del saber filosófico. en la antigüedad  cuando el conocimiento cientìfico no era suficiente para penetrar en las esferas especìficas de la realidad  y en su lugar la filosofìa intentaba abordarla en su totalidad.
    Algunos podrán cuestionarse en qué medida resulta funcional un tipo de conocimiento tan genérico. Precisamente su mayor utilidad radica en que posibilita una orientación de actitudes desde un perspectiva mas amplia que las que pueden ofrecer otras formas del conocimiento humano. Por tal razón el hombre puede tomar en consideración  elementos muy distintos por su nivel de generali­zación y abstración a los empleados    cuando  efectúa su análi­sis desde una parcela más  estrecha del saber o desde otra pers­pectiva como el caso de la religiosa.
   Esto presupone que la filosofía por sí misma tampoco puede lograr todo el conocimiento a que aspira el hombre. Para ello es necesario que se apoye en los resultados de las ciencias y en toda la experiencia humana sistematizada.
   Uno de los momentos de mayor utilidad gnoseológica  de la filosofía fue cuando predominó sobre las restantes formas de la conciencia social como en el caso del el mundo griego. Allí su intención omnicomprensiva  desplegó hasta el máximo posible para la época sus potencialidades y pudo irradiar esclarecedoramente sobre los incipientes conocimientos cientìficos, la política, la moral, el arte, el derecho y hasta sobre la religión, aun cuando esta última no cesase en su empeño permanente de permearla, como no renunciará jamás.
    La prágmatica utilización  que de la filosofía se hizo en la cultura romana puso de manifiesto que sus distintas funciones  no siempre se mantienen equilibradas o en igual proporción. Por el contrario, aunque subsistan de algún modo en épocas y regiones diferentes, unas funciones toman mayor fuerza en correspondencia con las exigencias circunstanciales.
   Durante la Edad Media la función omnicomprensiva de la filo­sofía quedó limitada y subordinada al poder de la religión, que se autoconstituyó en saber aboluto dominante y no posibilitaba autonomía a los elementales conocimientos cientìficos existentes, ni a la filosofía y mucho menos al pensa­miento político y jurídico.
    No había forma del pensamiento que escapara a su tutela. Tal subordinación quedó refrendada en San Buenaventura, para quien "...todo conocimiento viene subordinado y sirve a la teología, ciencia de Dios, por lo cual toma ejemplos y usa términos de todo género de conocimientos"(11), como en Tomás de Aquino quien dejó muy poco margen de libertad en cuanto a la delimitación del objeto de la filosofía al plantear que "las reflexiones de casi toda la filosofía se ordenan al conocimiento de Dios"(El subraya­do es nuestro P.G.) (12)
    Una vez más se le planteó al saber filosófico la tarea de emanciparse  de la tutela religiosa para poder desarrollar plena­mente su función cosmovisiva. Siempre que la filosofía hace algún tipo de concesión en cuanto a su objeto de estudio y los métodos racionales para estudiarlo, pierde parte de su poderío y autonomía.
   En la medida en que el Renacimiento orientó más su preocupa­ción hacia la problemática antropológica en lugar de la teológi­ca, y fue rompiendo las ataduras de la escolástica,  como se apreció en Erasmo, la misión cosmovisiva de la filosofía pudo ser apreciada de manera más evidente y específica.
   Con la modernidad la filosofía incrementó sus pretensiones sistematizadoras del conocimiento de la realidad. Se  articuló cada vez más con la función lógico-metodológica, que aunque ya estaba plenamente enunciada desde la antiguedad adquiriría un perfil más declarado , especialmente a través de lo que se conoce como la confrontación entre el racionalismo y el empirismo.
    La  superación de ambas posiciones intentó alcanzar la filosofía de la ilustración y en especial la filosofía clásica alemana a partir de Kant, quien para elaborar susuigéneris gnoseología partió del presupuesto omnicomprensivo de que "si es verdad que todos nuestros conocimientos comienzan con la experiencia, todos sin embargo no proceden de ella"(13).  De tal modo insistía en el papel activo y decisivo del sujeto en el proceso cognoscitivo que hasta Marx fue  más desarrollado generalmente  por el idealismo filosófico.
    En Hegel, la filosofía llegó a la consumación de su preten­sión cosmovisiva con  la elaboración de sistemas que han pretendido abordar todas las esferas posibles del conocimiento humano. Para el pensador alemán "su contenido no es otro que el que originariamente se ha producido y produce en el dominio del espíritu viviente en el mundo exterior e interior de la concien­cia, esto es, que su contenido es la realidad" (14) Pero la realidad en su conjunto es  como una totalidad que exige ser interpretada conceptualmente y la formas suprema de tal inter­pretación es lógicamente la filosofía.
   La filosofía clásica alemana le rindió culto a la filosofía como forma superior del saber humano, de ahí que cada uno de sus representantes trató a su modo de construir un sistema abarcador de todo el conocimiento humano. No era otra la intención de Fichte con su teoría de la ciencia o de Schelling con sus Sistema del idealismo trascendental.
   Sin embargo sería  un filósofo de menor reconocimiento por la historiografía filosófica mas común, Feuerbach, quien daría las claves desde la perspectiva del materialismo  para demostrar las debilidades de los grandes sistemas filosóficos idealistas y especulativos, sin que esto significase el abandono de la función cosmovisiva de la filosofía.
   A su juicio :"La filosofía es el conocimiento de lo que es. La ley suprema de la filosofía, su más alta misión, consiste en pensar y conocer las cosas y seres (Wesen) tal y como ellos son. Lo que es tal como es, por tanto, lo verdadero expresado verdade­ramente, parece superficial; lo que tal como no es, por tanto, lo verdadero expresado no verdaderamente  e invertidamente, parece ser profundo"(15). La validez de esta tesis se comprueba fácil­mente cuando se está en presencia de algunos de esos oscuros y esotéricos sistemas filosóficos que impresionan al lector des­viándo su atención de las más sencillas verdades.
    En la Antigüedad el intento omicomprensivo de la   filosofía quedó plasmado en lo que se consideró sus tres partes funda­mentales: física, lógica y ética. Posteriormente esta divisón no fue suficiente para determinar su verdadero radio de acción y nuevas complejas subdivisiones se incorporarían de forma cada vez más especializada, como filosofía de la historia, del derecho, del arte, de la religión, etc. Se trataba de dejar  bien establecido que no  existe porción alguna de la realidad que pueda escapar a su mirada escrutadora y su intención de compren­der todos los fenómenos del infinito universo.
   Esa pretensión abarcadora y predictiva se mantiene presente en la filosofía contemporánea, aun cuando sea de un modo diferente, pues algunas, aunque hayan rechazado explícitamente el criterio de considerar a la filosofía como una ciencia de las ciencias, no han renunciado a que su escalpelo metodológico descubra los misterios entraña­bles de  nuevas esferas de la realidad y por tanto del conoci­miento antes ignoradas por el hombre.
   Así aunque la postura de Marx y Engels era crítica frente a los sistemas filosóficos absolutizantes y cerrados  , porque consideraban que "el sistema es, cabalmente , lo efímero en todos los filósofos" (16), sin embargo algunos de sus seguidores en nombre del marxis­mo le construyeron con el materialismo dialéctico  un aparato tan especulativo como aquellos sistemas inamovibles  que aquél había criticado, sin que esto significase renunciar  a la necesaria sistematizaciòn  del saber que demanda toda filosofìa.
   El positivismo de Comte y Spencer no obstante  su oposición a la metafísica tradicional, no escapó a la construcción de siste­mas filosóficos tan abarcadores que intentaban clasificar todo el conocimiento científico, los "estadios" de la evolución de la humanidad, los "primeros principios" sobre los que se rige todo lo existente. Según Comte "la verdadera filosofía se propone sistematizar, en la medida de lo posible, toda la experiencia humana, individual y sobre todo colectiva, contemplada a un tiempo en los tres órdenes de fenómenos  que la caracterizan, pensamientos, sentimientos y actos"(17). (El subrayado es nuestro P.G.). Los discípulos de esa corriente no han renunciado a la explicación de todo lo existente, solo que lo han intentado  a través del prisma de alguna ciencia en distintos momentos  como la biología, la psicología, la física, la linguística, etc.
    En el panorama contemporáneo de la filosofía cada una de las nuevas corrientes de pensamiento que han ido apareciendo han expresado siempre de algún modo, aunque por vías diferentes esa aspiración cosmovisiva del saber filosófico, aun cuando no se revela necesariamente en la construcción de un sistema articula­do para ese fin .
   Pero no es difícil descubrir lo mismo en Nietzsche,  que en Husserl,  Sartre, Heidegger,  Ortega o Vasconcelos y otros pensadores latinoamericanos   elementos que atestiguan tal intención, de la misma forma que se aprecia hoy en día en  Habermas o Appel  a través de la "acción comunicativa" . Para aquel filósofo mexicano, -caracterizado por ser uno de los que más pretendió en esta región conformar un sistema filósofico omnicomprensivo, el del monismo estético, -"el problema de la filosofía contemporánea, más complicado que el de cualquier época anterior, consiste en descubrir sistemas de unidad, sin elimina­ción de factores, unidad sustancial por encima de la disparidad formal y de la diferencia de estados dinámicos. Además un rumbo hacia el cual converjan todas las direcciones dispersas."(18)
    Constantemente afloran nuevas manifestaciones de esa inten­ción cosmovisiva de la filosofía. El día que se abandone tal empresa habrá muerto la filosofía y supuestamente ya no tendrá sentido hacerse la pregunta ¿para qué filosofar?, porque el hombre de forma ilusa pensará que ya posee todas las respuestas posibles a los constantes enigmas del mundo.
   Algo similar ocurre con la función lógico-metodológica que posibilita el ejercicio  del examen detallado que siempre debe conllevar el más genuino  análisis filosófico.
   Desde la antigüedad quedó establecido  que la filosofía cons­tituía ante todo un camino acertado para el logro de la  sabiduría. Para Séneca es "la sabiduría de la perfección del alma humana. La filosofía es el amor y la investigación de la sabiduría"(19). Tal diferencia entre filosofía y sabiduría fue  importante en el mundo grecolatino desde los primeros que comen­zaron a emplear la palabra filosofía como Pitágoras y Heráclito. Para ellos estaba adecuadamente concebida la misión epistemológi­ca de la filosofía en la conformación de una sabiduría (sophia) mucho más efectiva que la simple erudicción.
    En Parménides esa función se expresaba en que el objetivo de la filosofía consiste en contraponer la verdad y la apariencia (20), para lo cual se requiere un acertado empleo de la lógica.
   Sin un escrupuloso manejo de los conceptos era imposible para Sócrates el logro del verdadero conocimiento, por eso Aristóteles reconocía que : "dos cosas son , efectivamente , las que hay que atribuir a Sócrates por propio derecho: el principio de la in­ducción  y el de la definición de valor universal. Ambas cosas son el príncipio de toda ciencia"(21). Tal criterio quedó grabado en su discípulo por excelencia, Platón quien consideraba que "los filósofos son los que perciben lo que mantiene su identidad consigo mismo"(22), tarea para la cual deben estar armados de la lógica más efectiva, como lo hizo Aristóteles en su Organón al sintetizar los alcances de la lógica hasta su época y llevarla a un plano superior a partir del criterio de que saber es demos­trar.
    Más allá de la utilización intencionada de que fue objeto la lógica deductiva aristotélica por parte de la escolástica a fin de ponerla a servicio  de la teología, lo cual indica a su vez para qué puede servir también la filosofía. La lógica aristotélica perdurará por el rico arsenal epistemológico que encierra, a pesar de sus limitaciones que ya desde el Renacimien­to comenzaron a ser criticadas.
   En esa labor se destacó Francis Bacon al enfrentarse al deductivismo aristótélico predominante hasta entonces(23). La modernidad burguesa exigía una aceleración de los conocimientos científicos que posibilitaran avances en la industria, la navega­ción y otras formas de comunicación, etc. Los  avances en los métodos lógicos de obtención del conocimiento posibilitarían salir del marasmo de la autarquía feudal y abrir el mundo a necesario mejor autoconocimiento.
   La función lógico-metodológica de la filosofía se articularía mucho más a la hegemónica, pues se trataba de proporcionar al hombre las armas conceptuales que le permitirían ejercer su dominio no sólo sobre la naturaleza, sino sobre la sociedad, y su control sobre sí mismo.
   El objeto de la lógica fue alcanzando un mayor grado de con­creción y utilidad hasta el punto de revelar las infinitas posi­bilidades de la actual cibernetización del mundo contemporáneo.
   Ese carácter concreto de la reflexión lógica fue muy apreciado por Hegel, a quien se le considera un filósofo muy abstracto. Pero precisamente por haber hecho un uso adecuado de la abstrac­ción comprendió el contenido concreto que exige una formulación filosófica que se fundamenta en una acertada formulación de la lógica. Según él, "es inapropiado decir que la lógica hace abs­tracción de cualquier contenido, que enseña sólo las reglas del pensar, sin penetrar en lo que ha sido pensado, y sin poder considerar su naturaleza."(24) Por la misma razón es insostenible la tesis que formula la validez de métodos de análisis absoluta­mente abstractos.
    Todo método, si aspira a realmente ser efectivo en el conoci­miento de un objeto, debe constituir la síntesis de las determi­naciones del un contenido concreto. De lo contrario se corre el peligro de la siempre acechante especulación, por lo fácil que resulta incursionar en ese terreno y lo difícil que es escapar de sus atascos.
    Si la filosofía aspira verdaderamente a ser útil tiene que argumentar sus formulaciones sobre la más sólida base lógica que siempre revelará el contenido  en última instancia concreto de las formulaciones teóricas más abstractas. Sólo si la abstracción se constituye en camino de tránsito necesario de lo concreto a lo concreto sobre nuevas bases teóricas, se justifica la empresa del filosofar.
    En esta ardua labor la filosofía puede  demostrar su función
práctica, no sólo a través de las mediaciones necesarias del conocimiento científico sino de otras formas de la práctica social. En la medida que lógica despliege su capacidad como disciplina normativa y práctica, como la concebía Husserl, (25) la filosofía podrá apoyarse en tan vital instrumento a fin de demostrar también su utilidad.
     El hecho de que los temas axiológicos hayan tomado fuerza a partir de fines del siglo  XIX  no significa que la  función valorativa de la filosofía exclusivamente deba ser referida a partir de esa época. En todo momento la filosofía ha desempeñado dicha función para poder ser propiamente filosofía.
     La utilidad de la filosofía ha sido apreciada por sus prac­ticantes en la misma medida en que ha colaborado como  instrumen­to efectivo de valoración.
     Para Platón las ideas constituían a la vez valores y en tal sentido cumplían  un significativo papel en las relaciones socia­les por la función paradigmática que desempeñaban  al constituir modelos respecto a los cuales debían ser enjuciadas las acciones humanas, especialmente las morales.
    Por su parte Aristóteles le concedió al valor un sentido más ontológico y vinculado a la fundamentación del ser de las cosas.
    Los estoicos pusieron mayor atención a la cuestión de los valores en el terreno de la moral y fue en este ámbito de la ética en el  que más los desarrollaron.
    Aun cuando durante el Medioevo la preocupación por los pro­blemas de los valores no ocupó un lugar principal por cuanto se presuponía el valor supremo fuese Dios y  a partir de tal consi­deración toda valoración debía supeditarse a tal referente, también en tales circunstancias la filosofía no dejó de desempe­ñar su función valorativa y servir de instrumento a los objetivos teológicos.
    En la filosofía moderna tal función se fue haciendo cada vez más nítida y consciente en la misma medida en que alcanzaba en que era objeto de atención especial como se apreció en Hobbes(26).
    En Kant se produce una ruptura significativa  en la evoluciòn del pensamiento axiològico. El es el anatecedente inmediato de la axiologìa  moderna , al considerar el hombre  coexistiendo en dos mundos : el del ser y el del deber ser . esta separaciòn fue esencial y exigiò, con el tiempo, una  doctrina especializada en el estudio del deber (ley moral): la axiologìa  que en kan fue elaborada en su razon pràctica, diferenciada de la razòn teòrica.
    En Kant se evidenció una identificación entre el bien y el valor y una objetivación de su contenido, cuando expresaba: " Agradable llámase a lo que deleita; bello a lo que solo place; bueno, a lo que es apreciado, aprobado, es decir, cuyo valor objetivo es asentado"(27), que posteriormente fue muy cuestionada por aquellos que se inspiraron en las bases de su  filosofía e impulsarían el incremento de la preocupación axiológica en la filosofía contemporánea.
    A fines del siglo XIX el tema axiológico se convirtió en una de las preocupaciones principales de la filosofía. Ese incremento significativo en la toma de conciencia por esta problemática no era más que una revelación del significativo papel de dicho problema que no se había desplegado en toda su riqueza en la filosofía anterior aunque se encontrase subyacente de algún modo en todas sus manifestaciones.
    Así Windelband planteaba que la filosofía no tiene como objeto los objetos  particulares que componen el contenido del conocimiento empírico del hombre. En su lugar ella se ocupa de las normas  a las cuales el pensamiento debe adecuarse para ser válidos y poseer el valor correspondiente.
   A su juicio la filosofía "Sólo puede seguir viviendo  como teoría de los valores universalmente válidos. (...) Tiene su propio territorio y su peculiar tarea en aquellos valores eternos en sí válidos, que constituyen la piedra de toque de todas las funciones culturales y la espina dorsal de toda  vida particular  valiosa. Pero la filosofía sólo tiene que describirlos y expli­carlos para dar cuenta de su validez: los manipula no cómo hechos sino como normas".(28).En tanto que para Rickert conocer es juzgar, aceptar o rechazar, aprobar o rechazar , en fin reconocer un valor.
    Más allá de la polémica entre objetivistas y subjetivistas en cuanto a la existencia de los valores lo cierto es que toda filosofía cumple una función axiológica y ella misma nos ejercita en el hábito permanente y necesario de la apreciación que siempre posee un carácter histórico condicionado por múltiples factores. Para Nicolai Hartmann, quien dedicó especial atención al asunto " No hay más manera de darse los valores que la conciencia del valor, bajo la forma del sentir el valor. Pero históricamente es mudable este sentir" (29). A lo que se puede  agregar que  es histórico dicha apreciación del contenido de la valoración , porque histórico es también ante todo el sujeto de la valoración. "No hay valores porque hay valoración , sino al revés hay valoración porque hay valores" (30), sostiene acertadamente José Ramón  Fabelo en su crítica a las tesis axiológicas de Risieri Frondizi. 
     De lo anterior se infiere que el hombre es un ser preparado por el desarrollo social para ejercer la valoración y en tal desarrollo la filosofía cada vez más ha desempeñado una creciente función de preparar al hombre para cumplimentar con mayor efectividad las tareas de enjuiciar y  apreciar su entorno y su propio yo.
    Pero resultaría absurdo  pensar que el hombre ejercita el filosofar simplemente por el placer de sentirse simplemente conocedor de  la posibilidad de la elección tras la valoración.
     La filosofía es ante todo instrumento que posibilita al hombre ejercer una  funciòn hegemónica, de dominio y control sobre el mundo natural y social. En nada contradice esta función a la emancipatoria y desalienadora que también debe cumplir  la filosofía en distinto plano, aunque no siempre lo logre y sólo quede como una encomiable intención.
    En el desarrollo del pensamiento filosófico ha prevalecido el marcado deseo de propiciar al hombre mecanismos que incrementen su poderío en todos los órdenes. En cierta forma la filosofía nace también como una necesidad de acrecentar el poderío del hombre, que es puesto a prueba desde sus primeras manifestaciones como ser diferenciado del mundo natural.
    Dondequiera que hubiesen germinado ideas de corte filosófico indicaban que el hombre había llegado a un grado de maduración técnica e intelectual que le posibilitara  abstracciones  más acabadas sobre los constantes problemas objeto de su reflexión.
     En obras como el Tao te King de Lao Tse  en la que se com­pendiaba la sabiduría no simplemente de un pensador aislado sino la acumulada por varias generaciones anteriores que también se cuestionaban similares temas, ya es evidente que una de las misiones esenciales de la filosofía es ofrecer al hombre posibi­lidades superiores de dominación de su entorno y de sí mismo.
    Tal búsqueda de poderío no estuvo exenta de tergiversaciones, pues en ocasiones algunos llegaron a pensar que el dominio del hombre sobre sí mismo, implicaba la renuncia al conjunto de placeres o de hábitos de vida diferenciadores del hombre respecto al mundo animal.
   Ese es el caso de posturas anacoretas que fueron comunes en algunas manifestaciones del pensamiento filosófico de la antigua India, -que después se convirtieron en religiones como el budis­mo,- o en Grecia con los cínicos, que ilusamente consideraban que al llevar  una vida similar a la de los perros podrían encontrar un grado mayor de libertad.
    En realidad tales concepciones y prácticas, al alejar al hombre de su progresiva condición de ser que constantemente debe humanizarse cada vez más, por el contrario lo convertían en un ser mucho más alienado y por tanto menos libre.  Esto ya se aprecia en la crítica de  Hegel a esta escuela del pensamiento griego  (31). Pero se desarrolla mucho más en las consideraciones de Marx sobre la enajenación que produce la falsa imagen en el hombre de sentirse en determinadas circunstancias más humano y libre cuando en verdad ejecuta funciones animales como comer, beber, descansar, procrear, etc, y paradójicamente sentirse más cerca del reino animal cuando realiza el "bestial" trabajo. A juicio de Marx: "El obrero solamente se siente fuera de su trabajo, y en su trabajo se siente fuera de sí mismo. Se siente libre cuando no está trabajando, y cuando está trabajando no se siente libre" (32).
     Afortunadamente ese no fue el criterio que a la larga se impuso en la consideración de la utilidad de la filosofía. Pues en tal caso la pregunta sobre ¿ para qué filosofar? hubiese tenido como respuesta final la paulatina desaparición no sólo de la filosofía sino del hombre mismo.
    Una de las mejores expresiones del criterio de que la filo­sofía constituye un especial instrumento de  hegemonía fue la concepción platónica sobre el poder que debían tener los filosó­fos en su ideal de república o el conocimiento que debían tener de la filosofía los gobernantes para el mejor gobierno posible.
   "Mientras los filósofos -proseguí- no se enseñoreen de las ciudades o los que ahora se llaman reyes y soberanos no practi­quen la filosofía con suficiente autenticidad, de tal modo que vengan a ser una misma cosa el poder político y la filosofía, y mientras no sean recusadas por la fuerza las muchas naturalezas que hoy marchan separadamente hacia uno de estos fines, no habrá reposo, querido Glaucón, para los males de la ciudad, ni siquie­ra, al parecer, para los del linaje humano." (33)
    Esta función hegemónica de la filosofía llevó a Nietzsche  a plantear que : "Hay que tener mucho cuidado con los filósofos: ocultan siempre una vanidad, una satisfacción interior, por ejemplo Kant, Schopenhauer, los indos. O bien una voluntad de dominio, como Platón. (34)
    Pero tal función hegemónica no debe reducirse de ningún modo al poder político o a otra dimensión ideológica, aunque por supuesto  la presupone, sino al nexo de la filosofía con el resto de las formas del saber y en especial al de las ciencias como el que le atribuye Aristóteles a través de la lógica .
    El cultivo más eficiente de la filosofía ha sido concebido en la mayoría de las ocasiones como la posibilidad del incremento del poderío humano sobre la naturaleza. Así para Bacon el hombre era concebido como ministro e intérprete de la naturaleza  en cuanto obrara sobre ella conociéndola a través del uso de la experiencia y la razón, que le salve de las posibles especula­ciones metafísicas  derivadas de artificios silogísticos inade­cuados.
    Todo el ideal de la Ilustración se fundamentó en el poder que podía desplegar el hombre si hacía un uso adecuado del saber equipado de las más acertadas concepciones filosóficas y cientí­ficas. Tarea esta que no siempre fue apreciada por sus consecuencias positivas, como en el caso de Rousseau, para quien las ciencias y las artes han sido engendradas por nuestros vicios y que la "filosofía fecunda siempre en máximas extravangantes" como la equívoca consideración que el lujo hace la grandeza y el esplendor de los estados. (35) Sin embargo, la tendencia prevale­ciente durante la ilustración no fue precisamente esta , sino la contraría que le atribuía una función muy progresiva a las cien­cias, las artes y en especial a la filosofía.
    El materialismo filosófico en Feuerbach aspiraba a sentar al hombre en el trono del dominio no sólo de la naturaleza, sino de las presuposiciones sobrenaturales.
    Marx aspiró a llevar ese dominio a una forma más concreta al tratar de que la filosofía encontrara cuerpo en la clase social más revolucionaria de los nuevos tiempos: la clase obrera."Así como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales,- sostenía en 1843- el proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales" (36). Esa sería una de las vías por las cuales la filosofía podrían lograr su hegemonía.
    En tanto que los positivistas por otros senderos  trataban por todos los medios de que el poder burgués aun avanzara mucho más convencidos de la utopía abstracta que por la entronización del individuo  y con el poder de la ciencia y la técnica los conflictos sociales serían superados por un futuro estado de bienestar generalizado. A tal fin debía servir la filosofía del liberalismo que Stuart Mill preconizó  partiendo del presupuesto de que "la única parte de la conducta de todo hombre  de que es responsable ante la sociedad, es aquella que se relaciona con los demás. En lo que sólo concierne a él mismo, su independencia debe ser absoluta. Todo individuo es soberano sobre sí mismo, así como sobre su cuerpo y su mente"(37). Ideal que aun el capitalismo oferta entre extraordinario mercado de fantasías.
   Ambas utopías, la socialista y la liberal, se pondrían a prueba y aun se mantienen en la mesa de laboratorio en el siglo XX. El fracaso de algunos de sus experimentos , como en el caso de los más genuinos y consagrados hombres de ciencia, no hace que abandonen sus proyectos a quienes están convencidos  que debe aparecer una fórmula salvadora para la enferma sociedad contem­poránea.
    Aquel siglo XIX, tan generador de utopías y antiutopías la filosófía pondría a prueba su condición de generadora de hege­monías, no siempre concebida para las mejores intenciones ni con la confianza suficiente en la capacidad perfeccionadora de  las acciones humanas con en el caso de Nietzsche, quien sostenía: "Y, en fin de cuentas, vuestro orgullo sin límites os hace acariciar también la esperanza demente de poder tiranizar la naturaleza, porque sois capaces de tiranizar vosotros mismos, pues el estoi­cismo es una tiranía inflingida a sí mismo, como si el estoicismo no fuese el mismo un pedazo de la naturaleza...Pero todo eso es un cuento más viejo que la eternidad: lo que sucedió en otro tiempo  con los estoicos se produce hoy mismo  desde el momento en que un filósofo empieza a creer en sí mismo. Crea siempre el mundo a su imagen; no puede hacer otra cosa pues la filosofía es ese instinto tiránico, esa voluntad de dominación , la más inte­lectual de todas: la voluntad de crear el mundo, la voluntad de la causa primera" (38).
   La instrumentalización de algunas de estas ideas por ideolog­ías totalizadoras han ofrecido por resultado amargas experiencias de ensayos políticos en el siglo que se despide. Pero lo peor es que no siempre se extraen las adecuadas experiencias y parece, en ocasiones, como si la humanidad estuviese condenada a volver sobre los mismos pasos.
    En la actualidad han tomado auge nuevas antiutopías como la del fin de la historia preconizado como el trinfo definitivo y eterno de la democracia liberal(39) en la que la función hegemónica de la filosofía nuevamente se expresa porque se pretende establecer una nueva y definitiva hegemonía que "ponga fin" a todas las hegemonías.
   La filosofía no ha tenido como única misión la satisfacción de tareas de exclusivo carácter teórico. Desde que este tipo de saber se constituye, porta en sí una función  práctica-educativa, aun cuando todas las apariencias indiquen lo contrario.
    Tanto las concepciones éticas y gnoseológicas de Confucio  como las de Sócrates tenían un fin eminentemente práctico- educativo. Así lo reconoció hasta el propio Hegel, "Puede, pues,  afirmarse  que, en lo que al contenido se refiere , la filosofía de Sócrates  tenía una orientación totalmente práctica" (40), cuyo sistema filosófico pudiera parecer lo más alejado posible de dicha función práctica y sin embargo resultó todo lo contrario, especialmente en el plano político.
     Platón, quien constituye uno de los paradigmas de vincula­ción de su filosofía con la vida, y lo puso en práctica perso­nalmente, consideraba que quien quisiera ser buen guardian de la ciudad debía ser ante todo buen filósofo, pues de otra forma no podría desarrollar con verdadera libertad y conocimiento tal función.
    Un momento especial en la antigüedad en que se puso de mani­fiesto la articulación entre la filosofía y sus funciones prácticas fue en el período helenístico y en particular en época romana. Tanto estoicos , como epícureos constituyeron muestras evidentes de como la filosofía debía servir a la actuación práctica de cada individuo ante la naturaleza, lo sobrenatural, la vida política, moral, jurídica. etc. , de aquellos tiempos.
    La mayor parte de las concepciones  filosóficas que tomaron auge en este período coincidían en considerar que el sentido principal de la existencia humana era alcanzar la felicidad y la filosofía estaba llamada a ser el instrumento principal para tomar conciencia de esa misión y facilitar su logro.
    Marco Aurelio es uno de los exponentes de esa instrumentación práctica del filosofar cuando planteaba: "Pero aquel que aprecia la inteligencia suprema, la razón que rige el mundo  y al género humano, no se inquieta de lo demás; sólo procura  coordinar todas sus afecciones  y sus movimientos con lo que le imponen esa razón universal  y el interés de la sociedad, y ayuda a sus semejantes  a que obre como el obra." (41)
     Tal vez uno de los momentos en que se puso más a prueba la función práctica-educativo  de la filosofía fue durante la Edad Media , pues en ese período tuvo que justificar su existencia como instrumentos práctico-ideológico del dominio de la religión. Si no le hubiese servido a ese fin, no hubiese tenido la filosofía el cultivo que tuvo durante  la escolástica y no tendría hasta la actualidad el apoyo con que cuenta en las religiones  predominan­tes en el mundo contemporáneo.
     Con el nacimiento de la modernidad la función práctica del filosofar se incrementó, pues la mayor parte de los filosófos comenzaron a generar  utopías y proyectos de transformación social como en Moro,  Locke, Montesquieu,etc. Pero  no solo en el orden político , también en el plano científico técnico comenza­ron a germinar las ideas de la posibilidad de que la ciencia y la técnica se convitieran transformadoras radicales del mundo exis­tente  como en La Nueva Atlántida.
    También en el seno de la producción filosófica latinoamerica­na  tomaron auge tales ideas y se acentuó la función práctica  de la filosofía. Entre los que sobresale en ese plano se encuentra el venezolano Andrés Bello  quien sostenía que "El objeto de la Filosofía es el conocimiento del espíritu humano y la acertada dirección de sus actos" (42), tal modo dejaba expresaba su consi­deración de que la filosofía poseía una función también eminen­temente práctica.
    La ilustración fue uno de los momentos de mayor auge de tales concepciones en que se intentaba una aceleración progresiva del orden social burgués, aunque no se plantearan sustancialmente transformarlo pues aun este constituía una aspiración revolucio­nadora  de las irracionales instituciones monárquicos-feudales que debían ser superadas por las "racionales" relaciones capita­listas de producción.
     Sin embargo,entre los siglos XVI y XVIII proliferó el pensa­miento metafísico y especulativo hasta el punto que varios fi­losófos y no sólo desde posiciones materialistas sino desde el idealismo como Fichte , proclamaron la necesidad de la acción transformadora que debía cumplir la filosofía.
    Ante ese reclamo y en actitud crítico dialéctica de la filo­sofía anterior en la que el espíritu contemplativo parecía impo­nerse , a pesar de las sacudidas ocasionales de que había sido objeto, Marx exigió la filosofía una mayor actitud práctico- crítica con su tesis "los filosofos se han limitado a  interpre­tar  el mundo de distintos modos : de lo que se trata es de transformarlo".(43)
   Aunque era exagerado plantear que todos los filósofos se habían caracterizado por una postura contemplativa y no habían exigido una función más práctica a la filosofía, era cierto que se demandaba acentuar mucho más dicha función prácti­ca, pues más que de una nueva filosofía en el sentido tradicio­nal, o un nuevo sistema filosófico, se propugnaba un nuevo estilo de filosofar que pusiera en primer plano la crítica de todo lo existente para su más acertada transformación en su dimensión social y no exclusivamente etica.
   Los positivistas por su parte trataron de encontrar una "solución " conciliatoria a las exigencias de transformación , necesarias indiscutiblemente , pero a la vez buscando conservadoramente que el "progreso" se produjese dentro del "orden" existente, es decir, la sociedad capitalista que idola­trada por el espíritu del liberalismo se creía haber descubierto el mejor de los mundos posibles.
   Algunas derivaciones de esta escuela de pensamiento han busca­do la función práctica del filosofar por otros derroteros, como la de servir de instrumento metodológico de compresión de la ciencia, o de esclarecimiento lógico de todos los saberes, etc. Esa ha sido la tarea emprendida por el positivismo lógico de Russel, Ayer, Witgenstein. etc.  y por la filosofía analítica. En este caso la preocupación por transformacionres de caracter social y político han estado más ausentes en esta corriente de pensamiento. Lo cual no significa que desconozcan en ese plano la función práctica de la filosofía pero no la han estimulado por no considerar tan necesarias las transformaciones que otros desde la izquierda han demandado y ejecutado.
    También el irracionalismo  en sus diversas manifestaciones acentuó el aspecto práctico del filosofar, aunque por lo regular desde una perspectiva mucho más individual que social. Tanto Kierkegaard como Heidegger dedicaron lo mejor de sus energías intelectuales para proponer nuevos modos de vida el hombre que implicaran , a su juicio, una existencia auténtica.
    Los defensores del postmodernismo contemporáneo están convencidos de que la filosofía debe servir al acomodo del exito­so hombre, fundamentalmente del primer mundo, y aquellos que en el tercero tienen la posibilidad de imitarlos, a los cambios que se han producido en el mundo actual, con la aceleración tecnoló­gica, y los desafíos ecológicos, comunicativos y simbólicos, que traen aparejados.
   Si el hombre  ha encontrado en el filosofar algún placer ha sido porque el cultivo de este tipo de saber le ha posibilitado no solo posibilidades de dominio, acción, transformación, valoración, conocimiento, etc. Ha sido ante todo porque  a través de la filosofía ha podido tomar mayor conciencia de su posible emancipación y ésta le ha permitido incrementar sus grados de desalienación.
    Eso no significa que toda filosofía desempeñe igual papel emancipatorio, pues lo que para algunos pueda constituir alguna forma de liberación no necesariamente debe ser compartido por todos como efectiva forma de conquista de grados de libertad. Uno de los conceptos más difíciles de encontrar consenso entre fi­losófos, políticos, sociológos, y hasta en las personas comunes es el de libertad.
    No obstante , si es posible argumentar porque algunas formas del filosofar han sido más desalienadoras que otras y a través de aquellas que han desempeñado un papel más protagónico se puede comprender el sentido tendencialmente emancipatorio que ha tenido la filosofía desde su aparición hasta nuestros días.
    Si el temor ha constituido en determinados momentos un ingrediente básico en la gestación de supersticiones y de ideas religiosas , el dominio del temor por la vía de la búsqueda de los argumentos más racionales de explicación a los fenómenos desconocidos ha posibilitado que la filosofía cumpla mejor su función emancipatoria.
   El budismo y el epicureísmo se destacaron en la antiguedad por sus respectivas propuestas de actitud a asumir por los hombres para que alcanzasen mayores grados de libertad, al propiciarles fórmulas intelectuales para superar el temor a la muerte, a las enfermedades, el dolor, a los dioses, etc. "Así, como en efecto, -sostenía Epicuro- la medicina no beneficia en nada  si no libera de los males del cuerpo, así tampoco la filosofía si no libera de las pasiones del alma". (44)
   El ideal socrático de conjunción entre ciencia y virtud que posibilitaba una mayor libertad al hombre se mantendría vivo en la filosofía que le sucedió y esta presente hasta nuestros días.
   El fermento desalienador ha sido mucho más eficaz en pensado­res materialistas y ateos como Holbach, porque  ha propiciado una mejor actitud de los hombres ante el temor ante la muerte o ante los dioses. "(...) no hay cosa más útil que la de enseñar a los hombres  a despreciar la muerte, y de apartar de sus entendimientos las falsas ideas que tiene de sus consecuencias. Este temor no constituiría mas que cobardes y sus consecuencias: fanáticos o meláncólicos, piadosos e inútiles para ellos mismos y para la sociedad. La muerte es un recurso que no debemos en ningún modo quitar a la inocencia oprimida, que la injusticia de los hombres reduce muchas veces a la desesperación. Si los hom­bres no la temiesen tanto, serían menos esclavos y supersticio­sos, habría más defensores de la verdad; los derechos del hombre serían mejor sostenidos, se combatirían mejor sus errores, y la tiranía desaparecería para siempre de las naciones: la cobardía la nutre, el miedo la perpetúa, y, en una palabra, los hombres no pueden ni ser dichosos ni estar contentos mientras que sus opi­niones les obliguen a temblar" (45)
  Pero resulta insostenible pensar que todas las filosofía han cumplido cabalmente esa función liberadora como ha sostenido Francisco Miró Quesada. No se puede asegurar lo mismo en relación a la patrística o la escolástica que en el caso del raciona­lismo cartesiano que situó a "la fuerza y evidencia de la razón" como criterio para establecer la mejor creencia.(46)
   Ni es similar el tipo de liberación propugnado por Nietzche que el de Marx y Engels.  El primero con el nihilismo que le caracterizó propugnaba desde una perspectiva profundamente indi­vidualista: "Mi filosofía:! sacar a los hombres  de la aparie­ncia a toda costa! Y no tener temor alguno por el aniquilamiento de la vida"(47). Tampoco es comparable la misión emancipatoria de la filosofía ha estado concebida sobre bases muy diferentes en Salazar Bondy o en Leopoldo Zea.(48) Y en particular por la llamada filosofía latinoamericana de la liberación propugnada por Enrique Dussel.(49)
    Una filosofía auténtica es aquella que contribuya a que el hombre alcance en las circunstancias específicas en que se gesta mayores grados de dominio sobre el mundo que le rodea y sobre sí mismo. No todas las filosofías cumplen cabalmente con esa fun­ción, aunque todas de algún modo se lo planteen. La tarea del investigador consiste precisamente en determinar cuales cumplen propiamente esa función y efectuar el balance necesario que permita finalmente constatar que en sentido general la filosofía a desempeñado tal función emancipatoria en su trayectoria univer­sal.
     Las filosofías son creaciones humanas cultivadas con inten­ciones , por supuesto, humanas, aun cuando los resultados no siempre, como en otras tantas ocasiones, no coincidan con aque­llas. Incluso en aquellos casos en que los elementos misantrópi­cos hayan aflorado en mayor medida, no puede descartarse de antemano la presumida intención de comprensión de la naturaleza y la conducta humana que han servido de base a tales concepciones.
    Toda filosofía se ha concebido así misma como la mejor pro­puesta  para sugerir el comportamiento humano. Si las filosofías renuncian a la intención de intervenir activamente en el perfec­cionamiento de la conducta humana dejan de ser filosofías. Por eso la función ética es tan consustancial a la filosofía como las demás anteriormente esbozadas.
   Y esto se aprecia a lo largo de su historia a través de múlti­ples manifestaciones. Unos filósofos le han dedicado más atención que otros al asunto, pero todos de algún modo ha abordado el problema de las normas que deben regir la moral y el comporta­miento real que el hombre tiene
 en las distintas situaciones.
   Algunas escuelas filosóficas le otorgaron tanta atención al problema de las reglas de conducta moral del hombre que práctica­mente este tema se convirtió en el eje principal de convivencia comunitaria de los seguidores de las doctrinas del maestro que las propugnaba. Los casos de Confucio, Pitagóras y Sócrates se encuentran entre los más  paradigmáticos en la antigüedad, aunque pueden también considerarse a los estoicos y  epicureos.
   Para Confucio la rectitud debía constituir la sustancia del ser humano, la decencia la base de su conducta, la modestia su punto de partida y la honestidad su meta (50). No es extraño que estas máximas  se convirtieran en preceptos éticos cultivados posteriormente por la interpretación religiosa del confucianis­mo, que ha llevado a considerar que el confucianismo como una religión exclusivamente  subestimando el carácter filosófico del contenido de las ideas  de aquel pensador.
   El nexo entre filosofía y virtud se apreció en Grecia desde sus primeras manifestaciones  en Pitagóras, a quien se le consi­dera fue uno de los primeros en autodenominarsefilósofo y esta­bleciendo la comparación entre la vida humana y un concurso festivo  donde acuden todo tipo de gentes dijo "pues así como unos vienen a él a luchar, otros a comprar y vender  y otros, que son los mejores, a ver; también en la vida unos nace esclavos de la gloria, otros cazadores de los hombres, y otros filósofos, amantes de la virtud" (51). Así el cultivo de las virtudes se convertiría en una de las tareas principales que tendría ante sí en orgánica articulación con la misión práctica la filosofía griega.
    A partir de la enseñanza de Sócrates de que el hombre virtuo­so es aquel que sabe calcular y escoger los placeres, para que no se conviertan en su contrario, Platón ponía en boca de su maestro la tesis de  que "todo hombre está obligado a ser virtuoso, para que la sociedad subsista"(52). Y con ese fin deben equilibrarse el placer y la inteligencia para que pueda salir victorioso el bien en el hombre. (53)
    Su discípulo Aristóteles continuaría ese culto a la virtudes, pero convencido de que el logro de la forma superior de vida era la teorética, en la que se pudiesen cultivar la filosofía y la ciencia que posibilitarían la felicidad plena. "Vivir bien y obrar bien  no es otra cosa que la felicidad: luego ser feliz y la felicidad estan en vivir bien. Y vivir bien consiste  en vivir de acuerdo con la virtud. La virtud es por tanto el fin, la felicidad y lo mejor."(54). Esto es, la verdadera felicidad ,- o al menos la toma de conciencia de su significación cabal, -la reservaba el estagirita para el hombre sabio, para el filósofo.
    Tanto los cínicos como los estoicos consideraban a la filoso­fia como ejercicio y estudio de la virtud, aunque los primeros no le dedicaran real atención a la profundización teórica del asun­to, sino solo incorporarlo a su anacoreta  norma de vida en tanto que los estoicos más a tono con el espíritu socrático y al igual que Epicuro, le otorgaban al cultivo de la filosofía y al conocimiento en general un papel primordial para que el hombre pudiese "vivir según la razón"(55), como era su máxima.
    La manifestación de la función ética de la filosofía, al igual que las demás funciones, no ha sido en todas las épocas de la misma magnitud.
    Una época de crisis de valores y de confusión en cuanto a las normas morales  es comprensible que la preocupación filosófica por la ética se haya incrementado por sí misma. Sin embargo, durante la Edad Media esa función estuvo subordinada  a la domi­nación religiosa que impuso un determinado esquema de conducta. Aprisionada  en tan estrechos marcos  la función ética estuvo limitada a estimular una concepción muy estrecha de lo que se consideraba  constituía el paradigma de la beatífica conducta humana.
   La modernidad abrió las puertas  a una pluralidad de modelos de hombre, aunque partiese del endeble presupuesto de la igualdad entre ellos. El culto a la libertad favoreció que la función ética retomara su capacidad autónoma con el carácter laico que le propugnó la ilustración. A partir de ese momento se perfilaron tendencias contrapuestas respecto a la naturaleza humana, que incidieron directamente en la nueva función ética que se le demanda a la filosofía. Aquellas consideraciones de que el hombre es el lobo del hombre (Hobbes) o que es un egoista e individua­lista  por naturaleza, no podían estimular la misma función ética que propugnaban aquellas que confiaban o en su bondad natural , o en su capacidad perfectible que lo podían conducir  hasta los criterios comunistas de alcanzar el paraíso terrenal.
   En la actualidad cuando se han puesto en crisis los presu­puestos de la modernidad y son cuestionados tanto los fundamen­tos del liberalismo, en sus nuevas modalidades, como los de ciertas interpretaciones del ideal comunista, han fructificado las creencias postmodernistas que de manera ilusoria aspiran a "solucionar" el problema renunciando al empeño del cultivo de la función ética y al humanismo.  
   Las funciones axiológica, hegemónica, práctico-educativa, emancipatoria, ética y estética quedan subsumidas en la función axiológica y articuladas a la función ideológica, si se entiende esta última no como falsa conciencia o simple imagen pretensiosa de la realidad social, sino como conjunto de ideas que conforman la concepción de una clase o grupo social y estan dirigidas al sostenimiento o realización de su poder respecto a toda la socie­dad o al menos a nombre de ellas.
   Ninguna filosofía se puede reducir a que sea considerada exclusivamente como una ideología. Pero tampoco ninguna filosofía ha podido escapar a su función ideológica. Múltiples son los ejemplos que atestiguan desde la antigüedad que los filósofos siempre han pensado y actuado sin desatender los móviles ideoló­gicos.
    En definitiva toda filosofía ha aspirado a conformar una modelo social superior y a hacer todo lo posible para que se realice. En ocasiones el fermento ideológico  ha podido afectar el grado de objetividad de las consideraciones  teóricas de los pensadores. Nadie ha podido escapar de aquellos impulsos que inducen a considerar el proyecto propio de restauración social  como el mejor de todos los tiempos.
   Cuando la carga ideológica ha sido desproporcionada el efecto de dicha función lejos de favorecer la ha entorpecido y en oca­siones hasta produce el efecto contrario al deseado por el filó­sofo-ideólogo.
   A su vez aquellos que han pretendido escapar de las ideologías  y refugiarse en una esfera absolutamente desideologizada, tambien por lo común, han producido un efecto opuesto y sus lectores han detectado fácilmente el doblez del disfraz.
   Ha sido más efectivo cuando los filósofos han expresado de un modo más diáfano las propuestas ideológicas que se derivan de sus formulaciones teóricas como en el caso de Maquiavelo, Rousseau, Marx o Nietzche, que cuando han pretendido escamotearlas.
   En ocasion de que Juan Bautista Alberdi (56) reclamaba que la filosofía en América debía poseer un contenido eminentemente político, no lo hacía para producir  aceptación entre apetitosos consumidores de ideología, sino porque interpretaba cabalmente las demandas de sus circunstancias.
   De la misma forma que Augusto Salazar Bondy deseaba dignificar el estatus académico de la producción filosófica en América Latina, pero no dejaba de reconocer la necesaria carga política  que poseía la filosofía en esta región, como en otras latitudes, aunque no de un modo tan manifiesto.
   Cuando los filósofos han ejercitado su intelecto no solo para interpretar sino para modelar la realidad lo han hecho también con marco referencial de criterios estéticos, que han tratado de trasladar  a su objeto de análisis, aun cuando no fuese el arte su terreno de análisis.
   Algún criterio de belleza y de satisfacción  del gusto han estado presente en la articulación de las ideas filosóficas más exigentes.
    El filósofo se ha sentido responsable de ofrecer criterios de valoración estética que presupone deben ser asumidos por todos para la mayor satisfacción de toda la sociedad. La pretensión de universalidad se revela tanto en las producciones artísticas como en los criterios  de que la filosofía desea apertrechar al hombre para que se sienta también acreedor  de esta forma de placeres.
   Unos han buscado la belleza en las ideas mismas , como Platon en su Fedro,  otros en el orden y la simetría que se percibe como Aristóteles, tomando como referencia presupuestos eminentemente humanos. Por su parte la escolástica establecería el origen divino de los criterios de lo bello y el pensamiento moderno se encargaría de quebrantar su nexo con Dios, para establecerlo con la naturaleza. (57).
   En tanto los ilustrados latinoamericanos como Benito Díaz de Gamarra dejaron plasmados sus consideraciones de la función estética de la filosofía cuando a mediados del siglo XVII sostuvo que "la filosofía (...), es el conocimiento de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello, adquirido con la sola luz de la naturaleza y con el raciocinio de ahí derivado" (58)
    Lo cierto es que por doquier el hombre busca criterios de belleza y trata producir y pensar tomando como criterio el gusto por la belleza y no sólo el criterio de necesidad .
   En un espacio terráqueo en que cada vez el entorno natural se reduce y se comienzan a apreciar los efectos negativos del antro­pocentrismo desequilibrado frente al medio ambiente, y la ación humana se expande incluso más allá de este planeta, es lógico que junto a los criterios ecológicos y humanistas, los criterios estéticos se expandan también progresivamente y con ellos las consideraciones filosóficos que ellos demandan.
   Pero resulta paradójico que mientras la comunidad internacio­nal ha discutido en la actualidad arduamente si debe crear o no un alto comisionado para enjuiciar las violaciones de los dere­chos humanos que se cometen en el mundo,  algunas filosofías,  hayan querido inaugurar y despedir el siglo XX poniendo en la picota el humanismo.
   Desde que la filosofía se constituye en actividad intelectual específica la función humanista ha estado presente como elemento consustancial a toda reflexión cosmovisiva. Aunque no han faltado momentos en el devenir de aquella en los que el lugar de la problemática antropológica ha sido desplazada, como en el medioevo, o en que la condición humana ha sido cuestionada ante evidencias de imperfección, etcétera., ha prevalecido como tendencia regular la confianza en la perfectibilidad humana y en el papel enriquecedor de la moral.
    Nietzsche abrió los ataques contra aquellas concepciones que conciben la existencia de una progresiva trayectoria del género humano. A su juicio constituía un gran error "considerar al hombre actual (Europa) como el tipo superior humano" (59), ya que para él los griegos y los hombres del Renacimiento eran hombres superiores a los actuales  y el incremento de la moralidad en lugar de enaltecer al hombre había marcado su decadencia.
    Tal concepción del desarrollo humano estaba dirigida contra cualquier intento de elevar al hombre a niveles más dignos de existencia, que no fuese el  cultivo del arrogante afán de poder, especialmente del hombre europeo, para quien, según su criterio, debía construirse la historia.  Por el hecho de partir de una postura marcadamente misantrópica su filosofía constituye la antítesis de todo humanismo. No en balde inspiró y aún inspira a tantos movimientos fascistas y xenofóbicos.
     No resulta casual tampoco que Heidegger, quien contribuyó notablemente en su célebre carta "Sobre el humanismo" a la divulgación de la idea de la crisis de éste , al vincularlo al ocaso de la metafísica, haya coqueteado con el régimen nazi, dando pruebas también de que este debate no se circunscribe al mundo de la teoría.
     En la actualidad cuando el fracaso del "socialismo real" se identifica como la consumación de la inutilidad del humanismo, la filosofía postmodernista busca innumerables argumentos para acentuar la tesis sobre la presumida causa perdida del humanismo.
     La renuncia a esta concepción está unida a la conformista concepción que presupone abandonar cualquier proyecto que se proponga niveles superiores de desalienación humana. Pues, como asegura Lyotard: "El recurso a los grandes relatos está excluido; no se podría pues, recurrir ni a la dialéctica del Espíritu ni tampoco a la emancipación de la humanidad para dar validez al discurso científico postmoderno" (60). Queda claro que ser "científico" entonces presupone aceptar el mundo tal y como está y no proponerse mejorarlo en un ápice, como índice de la mejor forma de contemplativa interpretación teórica del mundo.
     La cuestión no sólo trasciende a los planos sociopolíticos donde indudablemente siempre resulta más comprometida y riesgosa, sino que llega a todos los órdenes de la sociedad contemporánea, pues a juicio de Vattimo la crisis del humanismo está relacionada "con el crecimiento del mundo técnico y de la sociedad racionalizada..."(61). Siguiendo esta lógica la humanidad estar­ía condenada fatalmente al ocaso de los valores humanistas, a menos que esté dispuesta a renunciar  a seguir cultivando la ciencia, la técnica y el racional aprovechamiento y ordenamiento de la vida social, conquistas estas que la humanidad no estará nunca en disposición de echar por la borda.
    Por otro lado resulta más preocupante  que la resignada aceptación de un deterioro del humanismo, concebido en su sentido académico más genérico,  pueda servir de justificación a prácticas que alejen al hombre del humanitarismo, de la filantropía , que usualmente han acompañado al primero. Nikolai Berdiaeff  planteaba que: "El fin de humanismo señala también el fin del humanitarismo"(62). Esto último es lo que puede resultar más preocupante en las actuales circunstancias cuando las brechas de desarrollo económico entre los países del Norte y el Sur , y entre los sectores sociales dominantes y las amplias masas popu­lares dentro de unos y otros,   se acrecienta con la oleada neoliberal.
    El humanismo entendido en su formulación más amplia ha encontrado innumerables definiciones. Usualmente se maneja en su expresión clásica histórica  como  ese movimiento cultural  que se despliega en la época renacentista entre  aquellos intelectuales , profundos admiradores de la cultura grecolatina, que intentaban rescatar la dignidad humana tan atrofiada por siglos de servidumbre y teocentrismo. En tal caso se presenta como un nuevo tipo de  "fe en los valores humanos hechos para el hombre, y por tanto trascendencia del logos"(63). Por lo que no se diferenciaría mucho de otro tipo de religiosidad, en tal sentido antropocéntrica, lo cual no deja de implicar algunos riesgos.
     Algo más apropiado sería concebirlo en sentido general , según Gaspar Jorge García Galló como " un conjunto de ideas que destacan la dignidad de la persona, la preocupación por su des­arrollo armónico y la lucha por crear condiciones favorables al logro de tales fines"(64). En este caso se acentúa mucho más el carácter activo del hombre como sujeto transformador de sus condiciones de existencia en correspondencia con ideales de vida dignos.
     El humanismo no contituye una corriente filosófica o cultural homogénea. En verdad se caracteriza en lo fundamental por propuestas que sitúan al hombre como valor principal en todo lo existente y partir de esa consideración, subordina toda actividad a propiciarle mejores condiciones de vida material y espiritual, de manera tal que pueda desplegar sus potencialidades siempre limitadas históricamente.
   La toma de conciencia de estas limitaciones no se constituyen en obstáculo insalvable, sino en pivote que moviliza los elemen­tos para que el hombre siempre sea concebido como fin y nunca como medio. Sus propuestas están dirigidas a reafirmar al hombre en el mundo, a ofrecerle mayores grados de libertad y a debilitar todas las fuerzas que de algún modo puedan alienarlo.
     Todo poder supuesto a fuerzas aparentemente incontroladas por el hombre , que son expresión histórica de incapacidad de dominio relativo sobre sus condiciones de existencia y engendradas consciente o inconscientemente por el hombre, limitando sus grados de libertad, se inscriben en el complejo fenómeno de la enajenación.
     Desde el mundo antiguo aparecen manifestaciones precoces que indican la preocupación humanista y desalienadora del hombre, aun cuando no hayan sido formuladas en tales términos. Tanto en la China y en la India , donde la ética alcanzó niveles impresionantes desde la antigüedad, como en las culturas amerin­dias (65), - y de otras latitudes hay evidencias del privilegia­do lugar que se le otorgó siempre al hombre, aun cuando se subordinara su existencia a la creación divina.
    Confucio y sus discípulos preferían rechazar toda especulación sobre el universo para "hacer del hombre el objeto propio del saber"(66), a tenor con las ideas humanistas que profesaban. En la India prevaleció una concepción eminentemente  dinámica del hombre , opuesta  a la pasividad que se observaba por lo regular en otras culturas (67). Sin embargo, el desmedido elogio de los indiscutibles valores de la cultura  griega conduce en ocasiones a hiperbolizaciones tales, como la de considerar que estos fueron los primeros en preocuparse por los problemas emi­nentemente humanos(68), desconociendo de esa manera los extraor­dinarios aportes de otras culturas antiguas, tanto orientales como "occidentales", a la conformación del pensamiento humanista.
    Es evidente que también fueron  comunes al humanismo antiguo determinados rasgos pesimistas (69) y lamentaciones que refleja­ban cierto malestar  de algunos    sectores sociales por las relaciones esclavistas prevalecientes y las formas humillantes que estas presuponían para gran parte de la población. Sin embargo, la mayoría parte de la intelectualidad que profesaba ideas humanistas se encontraba en una ventajosa situación socioe­conómica que le permitía apreciar la situación del hombre en el mundo desde una perspectiva optimista, aun cuando filantrópica­mente llegasen algunos hasta manifestar sus deseos por mejorar la situación de los más sufridos.
     No es menos cierto que fue en la cultura griega donde el humanismo alcanza en aquella época ribetes descollantes. Este hecho se evidencia desde el mismo momento en que la preocupación cosmogónica y cosmológica fue cediendo terreno a la antropológi­ca, a través del giro llevado a cabo por los sofistas y en parti­cular por Protágoras con su sentencia: "El hombre es la medida de todas las cosas" (70).
    Pero junto al pensamiento humanista en la antiguedad se fueron conformando paulatinamente a su vez los gérmenes de lo que hoy en día denominaríamos  elementos desalienadores. La alienación humana siempre presupone antes de su despliegue pleno  la constatación de temores, indecisiones, incapacidad, impotencia por ignorancia, etcétera, factores estos que empequeñecen y limitan al hombre. El pensamiento humanista por su naturaleza emancipatoria es la antítesis de esas actitudes, sin embargo en su devenir no puede evadirse de ir acompañado de tales rasgos debilitadores que atentan contra el carácter afirmativo del hombre en el mundo.
    La simple toma de conciencia de esas manifestaciones de obstáculos al amplio desarrollo de la libertad humana, no constituye la actitud decisiva para su superación, pero al menos se convierte en factor propiciante para que otros pensadores, y lo que es más importante,  líderes, políticos, funcionarios, etcétera. se esfuercen por realizarla en sus respectivos radios de acción.
   Así por ejemplo, la inconmensurabilidad de la actividad consciente siempre ha preocupado a los filósofos desde la antiguedad hasta nuestros días y aunque muchos de ellos, como Heráclito (71),  Berkeley, Spencer, etcétera. hayan puesto lími­tes a la posibilidad del hombre de conocer el mundo y a sí mismo, ninguno paralizó su labor intelectual dirigida en última instan­cia a ofrecerle herramientas epistémicas y éticas para conformar una vida superior.
    La filosofía se ha ido construyendo en su historia universal como un permanente proceso de aportación parcial por parte de sus cultivadores de distintos instrumentos desalienadores que contribuyen en diferente grado a la consolidación del lugar del hombre en el mundo. Cuando han constatado los distintos peligros enajenantes, que en circunstancias diversas afloran en la vida humana, han aportado en la mayor parte de los casos las vías para superarlos.
   No es menos cierto que no han faltado quienes se han limitado a constatar o a poner de manifiesto formas enajenantes, como la subordinación al poder de los dioses, de los gobernantes, de las fuerzas ocultas de la naturaleza, etcétera. sin contribuir mucho a encontrar los mecanismos para evadirlos, porque han partido de la fatal consideración de que estos son consustanciales a la condición humana. Pero de haber prevalecido estos criterios fatalistas en la historia de la civilización, hoy difícilmente podrían las nuevas generaciones humanas enorgullecerse de los avances alcanzados en todos los órdenes de perfeccionamiento social.
    Pero aun aquellos pensadores que se limitaron a plantear algunas de las modalidades que adquirían las distintas formas de enajenación y no dieron otros pasos  para    superarlas, al menos prepararon el camino y sirvieron de premisa a  sucesores más audaces que avanzaron algo más en el proceso desalienatorio del hombre.
   Cuando Jenófanes evidenciaba que los hombres de las distintas culturas han imaginado a sus dioses con los rasgos antropomórfi­cos de los habitantes de las regiones que habitan (72), preparaba el camino a Epicuro,y en especial a Feuerbach y a Marx, para análisis superiores sobre la enajenación religiosa. Pero su labor no fue de simple constatación, sino también de sugerencia para que la acción humana no cesara en su incansable búsqueda.
   El criterio de que el hombre debe ser el principal artífice de su autoperfeccionamiento impregnó todo el pensamiento griego y estuvo presente hasta en filósofos antagonistas como Platón y Demócrito. Este último sostenía con acierto que :" La primera y mejor de todas las victorias es vencerse a sí mismo"(73)
   Consecuente con ese criterio fue Epicuro al desear emancipar al hombre de su propensión hacia el vicio de los placeres. También quiso otorgarle al hombre un digno lugar en su relación con  los dioses al mantener a estos alejados de las vicisitudes terrenales(74). Similar actitud potencializadora y dignificadora del hombre, que no es otra cosa que contribución desalienante, asumió también en su cuadrifármaco ante el temor a la muerte, el dolor, las enfermedades, etcétera. No fue simple casualidad que Marx, quien hurgó en planos más profundos de la enajenación , eligiera a ambos  pensadores para su tesis doctoral en filosofía.(75)
    El tema de la superación de la enajenación que producen los placeres mundanos en el hombre estuvo presente también  en los representantes del idealismo, como es el caso de Platón(76). Pero no es posible considerar en un mismo grado los elementos desalienantes que se dan en pensadores idealistas, que los que se dan en materialistas como Demócrito o Epicuro, por el grado de trascendecia y objetivación  que aquellos le otorgan a las ideas, entidades e instituciones, razón la cual, no obstante coincidir en  la creencia en los dioses, difieren sustancialmente en cuanto al lugar que ocupan por sus concepciones  religiosas. Sin embargo, sus puntos de coincidencia en  determinados aspectos humanistas y desalienadores son innegables.
   Platón , por ejemplo, aspiraba también a que el hombre lograse al máximo un equilibrio armónico entre las distintas partes de su alma para que se hiciese "dueño de sí mismo"(77). Aun cuando pudieran diferenciarse los grados de dependencia del hombre que éste establecía,   con las distintas entidades, especialmente las divinas.
   Unos y otros han concebido al hombre como un eterno insatisfecho con sus conocimientos,razón por la cual se ha planteado siempre enriquecerlos , aunque presuponga que jamás podrá alcanzar la sabiduría perfecta. Aristóteles inicia su Metafísica, partiendo del criterio de que :"Todo hombre, por naturaleza, apetece el saber"(78). Su colosal obra enciclopédica es una muestra de proyecto humanista, porque está dirigido a ofrecerle al hombre el mayor conocimiento posible alcanzado en su época sobre las más diversas esferas del saber humano.
   Su intención desalienadora por la vía epistémica es marcada, pero también lo es cuando propone formas superiores de gobierno político que superen las enajenantes modalidades de oligarquías y tiranías. A pesar de que  en otros planos como el cosmológico y el antropológico  quede atrapado en ocasiones por su rígida imagen del universo y por su "naturalista", teleológica y enaje­nante  concepción de la esclavitud (79),  su máxima aspiración, como queda plasmada a través de toda su ética es lograr un hombre virtuoso y digno (80), que se enaltezca permanentemente. El cultivo de la dignidad humana -más allá de limitaciones clasis­tas-, constituyó un elemento sustancial en su pensamiento social que le hace ocupar un sitio destacado en la trayectoria del humanismo antiguo.
   La lucha del humanismo frente a las tendencias enajenantes opositoras fue adquiriendo en la filosofía romana nuevos ribetes. El primero trataba de mantener viva  la tradición desalienante de pensadores como Tito Lucrecio Caro(81)
    Mientras que los elementos enajenantes afloraban de  manera temprana en la era cristiana en varios pensadores, entre ellos un esclavo-filósofo , como Epicteto(82).  Ese sería el nuevo sesgo  que irían tomando las reflexiones  antropológicas durante varios siglos.
      La visión humanista del mundo y con ella tal función de la filosofía sufrió una fuerte sacudida durante el medioevo cuando la concepción teocéntrica del mundo desplaza a todo criterio que pretendiera otorgarle al hombre un lugar más allá del concebido por la interpretación unilateral de las sagradas escrituras.
    Una de las supremas expresiones de ese criterio que inculcaba la subordinación total del hombre respecto a Dios se alcanza en Tomás de Aquino, para quien " en sólo Dios  consiste la beatitud del hombre"(83).  A su juicio " para el conocimiento  de cual­quiera verdad necesita el hombre del divino auxilio, de manera que el entendimiento sea movido por Dios a sus actos"(84).
  Superar esa concepción empequeñecedora del hombre sería el largo empeño de la filosofía de los nuevos tiempos. Lograr el retorno del hombre a sí mismo  constituyó  la esencia del movi­miento  renacentista (85), pero sus objetivos parecían ser incluso más ambiciosos, pues se trataba, como plantea Windel­band, de otorgarle  también un puesto en  el cosmos (86).
   El reconocimiento de las potencialidades    humanas se convir­tió en tarea fundamental de los principales humanistas de esa época, que encontraron un paradigma en el mundo grecolatino donde el hombre había alcanzado extraordinarios éxitos en la conquista de su condición de Ser por excelencia, al menos en esta planeta.
   Los logros alcanzados en el desarrollo científico y técnico en ese período expansivo de la historia humana cuando la sociedad burguesa  se resistía a seguirse conservando en los estrechos límites de los muros citadinos, posibilitaron cada vez una mejor comprensión del valor de lo humano, aun cuando no haya sido cotizado igualmente en aquellos nacientes países del capitalismo que en las colonias que los amamantarían hasta nuestros días.
   A partir de ese momento el saber humano recobró la dignidad perdida, por cuanto se identificó con las nuevas formas de poder. Las audaces teorías cosmovisivas como las de Copérnico,(87) Kepler o Bruno se hicieron peligrosas no sólo para las creencias religiosas hasta entonces dominantes, sino también para los intereses socioeconómicos feudales que resguardaban frente a la ofensiva de las  fuerzas sociales emergentes.
   La tesis de Francis Bacon en su Nuevo órgano de que " en el hombre ciencia y poder coinciden en un mismo punto, porque el desconocimiento de la causa hace imposible la obtención del efecto correspondiente"(88), sintetiza la labor que emprendería el hombre moderno por ocupar paulatinamente niveles superiores de vida y dejar atrás aquellos elementos extraños a su naturaleza emancipatoria. El afán por lograr una aceleración en el conoci­miento científico que le posibilitara al hombre crear mejores condiciones de existencia, y la superación del oscurantismo y la superstición, hacían parecer que se aproximaba el fin de toda  alienación humana y el triunfo definitivo del humanismo.
   Sin embargo, muy pronto algunos de aquellos titanes del pensamiento  que emprendieron esa colosal empresa, indudablemente humanista y desaliendora, se percataron de que cual pesada rémora otros factores como la injusta distribución social de la riqueza frenaban el avance hacia el humanismo real.
   Los utopistas del Renacimiento fueron los abanderados en denunciar los hasta entonces soslayados ingredientes enajenantes, y que a partir de entonces se irían constituyendo en blanco preferido de los nuevos portavoces del humanismo (89).
   A partir de entonces la lucha contra las distintas formas de enajenación traerá aparejada de un modo u otro cada vez en mayor grado la definición ante la problemática socioeconómica. El estudio de las demás formas de alienación no se abandonará, por el contrario, incluso se irán esclareciendo progresivamente con la ilustración, la filosofía clásica alemana , el marxismo y algunas filosofías del siglo XX. Pero precisamente, al irse delimitando el decisivo significado  de la enajenación en las relaciones económicas, se fueron haciendo más comprensibles sus múltiples modalidades, especialmente las surgidas en las novedo­sas condiciones del mundo contemporáneo.
       Las ideas humanistas alcanzaron un esplendor extraordina­rio en la ilustración porque los avances de las ciencias, los retrocesos del oscurantismo y el fanatismo religioso, las con­quistas del incipiente desarrollo industrial, el florecimiento de las ciudades, la aparición de legislaciones y de documentos que encontraron consenso universal como la Declaración de los dere­chos del hombre y el ciudadano, la secularización de la vida y sobre todo del arte, ofrecían al hombre amplias perspectivas de lograr niveles superiores de dominio y de entronizarse como verdadero señor del mundo con una visión  más cosmopolita.
    La función humanista de la filosofía tiene como punto de partida la consideración de la capacidad humana para la permanente per­fección del hombre por encima de las diferencia étnicas y nacio­nales existentes entre los hombres. Este hecho no ha sido siempre debidamente atendido. 
     Pero en el caso del  jesuita mexicano Pedro José Márquez, quien fuera expulsado de América a mediados del siglo XVIII junto a tantos otros,  se aprecia la confianza cosmopolita en el hombre que trata de superar todo tipo de nacionalismo  estrecho o incluso racismo cuando sostiene. "De tantas naciones que cubren nuestro globo, no hay una sola que no se crea mejor que las otras, así como no hay cosa más ordinaria entre los habitantes de la tierra que el burlarse uno del otro cuando lo oye hablar un lenguaje que no es el suyo nativo: efecto de ignorancia que se observa aun en muchos que se tiene por doctos y discretos.
   Pero el verdadero filósofo, así como no siente a tales opiniones, así tampoco acusa inmediatamente de error a todos en un solo haz. Es cosmopolita( o sea ciudadano del mundo) tiene por compatriota a todos los hombres y sabe que cualquier lengua, por exótica que parezca, puede en virtud de la cultura ser tan sabia como la griega, y que cualquier pueblo puede por medio de la educación puede llegar a ser tan culto como el que crea serlo en mayor grado. Con respecto a la cultura la verdadera filosofía no reconoce incapacidad en el hombre, o porque haya nacido blanco o negro, o porque haya sido educado en los polos o en la zona tórrida. Dada la conveniente instrucción -enseña la filosofía-, en todo clima es hombre es capaz de todo"(90). Esta es una de las mejores evidencias de la pujante fortaleza humanista y universa­lizadora en que se fue gestando el más auténtico pensamiento filosófico en América Latina.
    Sin embargo, los  acechos de nuevas formas de enajenación que ha generado modernidad y que podían atentar contra el tan anhela­do y cultivado humanismo, ha preocupado a filósofos, artistas, escritores, científicos, etcétera. y se plasmarían a través de  diversas manifestaciones culturales y desde distintas perspecti­vas ideológicas. A todas ellas les era común la preocupación por mostrarle al hombre de los nuevos tiempos , que la modernidad estaba preñada de encantos, pero también de conjuros. Y que las próximas batallas,  -que por supuesto no se reducirían a simples polémicas teóricas,-  como hijo ya adulto de la civilización, el hombre debía emprenderlas sin esperar por otros que no fueran sino hombres similares a él, y sin más ni menos poderes extraor­dinarios para batir los nuevos demonios alienantes que no fueran sus propias y "naturales" fuerzas humanas.
    Otras funciones podrían ser estudiadas con mayor detalle en el filosofar y de seguro el balance final siempre resultara muy positivo y a favor de que esta forma de saber humano  no desaparezca. Pero serìa iluso pensar que los filosòfos no han dudado tambièn de la utilidad de su actividad. No siempre han confiado en que las eneregias gastadas  en tal empresa intelectual  han teni do adecuado eco o plena justificaciòn.
    Algunos, al efectuar un anàlisis de su profesiòn, se la han cuestionado autocrìticamente, como el caso de Voltaire  quein planteaba: " No creo que haya existido jamàs filòsofo  que haya propuesto un nuevo sistema , que no haya confesado al final de su vida que haya perdido el tiempo . Hay que confesar que los inventores de las artes mecànicas  han sido màs ùtiles a la humanidad  que los inventores de los silogismos ; el que inventò la lanzadera, fue màs util que el  que adivinò las ideas innatas" (91).
     Noes menos cierto que tales dudas y vacilaciones  aparecen en epocas de crisis, como la presente,  en la cabeza de algunos que han llegado a consagrar  su vida al filosofar , mientras no han hecho de la filosofìa màs que un simple medio de vida. hasta aprecen cvasos en que algunos menos enamorados  de la filosofìa cortan sus lazos con ella y lanzan sus libros al basurero, donde por extraña suerte , al final, siempre encuentran  alguna curiosa mano recolectora.
     Todo parece indicar que el sofisticado mundo tecnológico y del consumo "postmoderno" modificará sustancialmente tantos mecanismos usuales de la cultura, que la filosofía no puede escapar de ellos. Y las nuevas vías informáticas parecen acomodar al atiborrado consumidor, que cree tener cada vez mejores crite­rios para seleccionar los mejores enlatados, el mejor deporte, el más agradable entretenimiento , etc. aunque no siempre se percate de no haber hecho la mejor elección.  En su permanente  pase de cuentas con lo inservible del pasado, el hombre puede llegar incluso hasta aborrecer todas las filosofías realmente existentes , pero -tal vez sin perca­tarse- que jamás podrá vivir en un mundo en el que no se practi­que  el ejercicio del filosofar.
    A partir de entonces la lucha contra las distintas formas de enajenación traerá aparejada de un modo u otro cada vez en mayor grado la definición ante la problemática socioeconómica. El estudio de las demás formas de alienación no se abandonará, por el contrario, incluso se irán esclareciendo progresivamente con la ilustración, la filosofía clásica alemana , el marxismo y algunas filosofías del siglo XX. Pero precisamente, al irse delimitando el decisivo significado  de la enajenación en las relaciones económicas, se fueron haciendo más comprensibles sus múltiples modalidades, especialmente las surgidas en las novedo­sas condiciones del mundo contemporáneo.
       Las ideas humanistas alcanzaron un esplendor extraordina­rio en la ilustración porque los avances de las ciencias, los retrocesos del oscurantismo y el fana
tisas con su sentencia: "El hombre es la medida de todas las cosas" (70).
    Pero junto al pensamiento humanista en la antiguedad se fueron conformando paulatinamente a su vez los gérmenes de lo que hoy en día denominaríamos  elementos desalienadores. La alienación humana siempre presupone antes de su despliegue pleno  la constatación de temores, indecisiones, incapacidad, impotencia por ignorancia, etcétera, factores estos que empequeñecen y limitan al hombre. El pensamiento humanista por su naturaleza emancipatoria es la antítesis de esas actitudes, sin embargo en su devenir no puede evadirse de ir acompañado de tales rasgos debilitadores que atentan contra el carácter afirmativo del hombre en el mundo.
    La simple toma de conciencia de esas manifestaciones de obstáculos al amplio desarrollo de la libertad humana, no constituye la actitud decisiva para su superación, pero al menos se convierte en factor propiciante para que otros pensadores, y lo que es más importante,  líderes, políticos, funcionarios, etcétera. se esfuercen por realizarla en sus respectivos radios de acción.
   Así por ejemplo, la inconmensurabilidad de la actividad consciente siempre ha preocupado a los filósofos desde la antiguedad hasta nuestros días y aunque muchos de ellos, como Heráclito (71),  Berkeley, Spencer, etcétera. hayan puesto lími­tes a la posibilidad del hombre de conocer el mundo y a sí mismo, ninguno paralizó su labor intelectual dirigida en última instan­cia a ofrecerle herramientas epistémicas y éticas para conformar una vida superior.
    La filosofía se ha ido construyendo en su historia universal como un permanente proceso de aportación parcial por parte de sus cultivadores de distintos instrumentos desalienadores que contribuyen en diferente grado a la consolidación del lugar del hombre en el mundo. Cuando han constatado los distintos peligros enajenantes, que en circunstancias diversas afloran en la vida humana, han aportado en la mayor parte de los casos las vías para superarlos.
   No es menos cierto que no han faltado quienes se han limitado a constatar o a poner de manifiesto formas enajenantes, como la subordinación al poder de los dioses, de los gobernantes, de las fuerzas ocultas de la naturaleza, etcétera. sin contribuir mucho a encontrar los mecanismos para evadirlos, porque han partido de la fatal consideración de que estos son consustanciales a la condición humana. Pero de haber prevalecido estos criterios fatalistas en la historia de la civilización, hoy difícilmente podrían las nuevas generaciones humanas enorgullecerse de los avances alcanzados en todos los órdenes de perfeccionamiento social.
    Pero aun aquellos pensadores que se limitaron a plantear algunas de las modalidades que adquirían las distintas formas de enajenación y no dieron otros pasos  para    superarlas, al menos prepararon el camino y sirvieron de premisa a  sucesores más audaces que avanzaron algo más en el proceso desalienatorio del hombre.
  Cuando Jenófanes evidenciaba que los hombres de las distintas culturas han imaginado a sus dioses con los rasgos antropomórfi­cos de los habitantes de las regiones que habitan (72),
Referencias:
1. Los llamados tanques pensantes (think tanks) son una evidente muestra de que los filósofos han adquirido en la actualidad cierta reputación en determinadas esferas como consultores de algunas instituciones de ciertos aparatos estatales. No es de extrañar en en ocasiones se les contrate al igual que astrólogos, magos, hechiceros, etc. y otros supuestos poseedores de poderes esotéricos.
2. Véase: Guadarrama, Pablo. "Por qué y para qué filosofar en América Latina?" Congreso Internacional Extraordinario de Filo­sofía. Universidad Nacional de Cordoba.           Cordoba. Argentina. T. III. 1988.
3.  Véase: Guadarrama, Pablo y Nicolai Pereliguin. Lo universal y lo específico en la cultura. Universidad INCCA de Colombia. Bo­gotá. 1988; Editorial Ciencias Sociales. 1989.
4. Bueno, Gustavo. ¿Qué es la filosofía? Pentalfa. Oviedo. 1995. p. 82.
5. Laercio, Diógenes. Vida de los filósofos más ilustres. La Habana.  Editorial Ciencias Sociales. 1990. p.9
6. Miscellaneous. El espíritu de los Upanischadas. Ediciones Caballero. Buenos Aires. 1944.p. 58
7. Idem. p. 126
8. Granet, M. El pensamiento chino. UTEHA. México. 1959. p. 23.
9. Platón. La República. Aguilar. Madrid. 1968. p.372.
10. Aristóteles. Metafísica. Política. Editorial Estudios. La Habana. 1968.p. 95
11.  Buenaventura, San. "Reducción de las ciencias a la teolog­ía" en. Torres, Eduardo. Antología del pensamiento medieval. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1975. p. 510.
12.  Aquino, Tomás. "Suma contra gentiles". Torres, Eduardo. obra cit. p. 322).
13.  Kant.E. Crítica de la razón pura. Editorial Ciencias Socia­les. La Habana. 1973. p. 33.
14.  Hegel, G.F. Enciclopedia de las ciencias filosóficas. Editorial Estudios. La Habana. 1968.p. 22.
15.  Feuerbach, L. "Tesis provisionales para la reforma de la filosofía" en  Dominic. E. y otros .  Antologías de la Filosofía Clásica Alemana. Universidad de La Habana. 1985. p. 60.
16. " (...), y lo es precisamente porque brota de una necesidad imperecedera del espíritu humano: la necesidad de superar todas las contradicciones. Pero superadas todas las contradicciones  de una vez y para siempre , hemos llegado a la llamada verdad abso­luta , la historia del mundo se ha terminado, y, sin embargo, tiene que seguir existiendo, aunque ya no tenga nada que hacer, ,lo que representa como se ve , una nueva e insoluble  contra­dicción. Tan pronto como descubrimos  - y en fin de cuentas nadie nos ha ayudado más que Hegel a descubrirlo- que planteada a así la tarea de la filosofía, no significa otra cosa que pretender  que un solo filósofo nos de lo que sólo puede darnos  la humani­dad entera en su trayectoria de progreso; tan pronto como descu­brimos esto, se acaba toda  filosofía, en el sentido tradicional de esta palabra. La 'verdad absoluta', imposible de alcanzar por este camino  e inasequible  para un solo individuo, ya no intere­sa, y lo que se persigue son las verdades relativas, asequibles por el camino de las ciencias positivas y de la generalización de sus resultados mediante el pensamiento dialéctico." Engels, F. "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosófía clásica alemana". Marx, C. y F. Engels. Obras Escogidas. Ediciones en lenguas extranjeras. Moscú. 1955. 384-385.
17. Comte, A. "Sistema de política positiva". Lecturas sobre historia de la filosofía. Universidad de La Habana. La Habana. 1973. p. 271.
18. Vasconcelos, J. Metafísica. Editorial México joven. México. 1929. p. 161.
19.  Séneca. "De la vida bienaventurada".en Marías, Julían. La filosofía en sus textos. Editorial Labor. Madrid. 1963. p. 192.
20. Abbagnano, N. Historia de la filosofía. Editorial Estudios. La Habana. 1967. t.I.  p. 28.
21.  Aristóteles. Métafísica. Política. Editorial Estdios. La Habana. 1968. p. 323.
22. Platón. La República. Edic. cit. p.387.
23. "Dos son, y no más, los caminos a través de los cuales se puede buscar y encontrar la verdad: el uno arrancando de la sensación y de las cosas particulares, elévase inmediatamente a los axiomas (Principios) más generales, y ,luego partiendo de estos mismos principios y de su inconmovible verdad, descubre los axiomas intermedios; este es el método que hoy se practica. El otro camino es el que remontando la sensación y de las cosas singulares provoca la aparición de los Axiomas, ascendiendo continua y gradualmente hasta llegar, por fin a los Principios de máxima generalidad. Este es el verdadero camino; pero no ha sido todavía puesto en práctica". Bacon, F. "Nuevo Organo." en J. Marías. La filosofía en sus textos. Editorial Labor. Barcelona. 1963. p.  848.
24. Hegel, G.F. Ciencia de la lógica. Solar-Hachete. Buenos Aires. 1968.p. 42.
25. Husserl,E. Investigaciones lógicas. Revista de Occidente. Madrid. 1967.p. 41.
26. "El valor o estimación de un hombre  es como el de todas las demás cosas su precio , es decir, tanto como sería dado por el uso del poder . Por consiguiente no es absoluto , sino una consecuencia de la necesidad  y del juicio de otro." Hobbes, T. Leiviatan, I. & 10 . 
27.  Kant, E.  Critica del juicio. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1990. p. 90.
28.  Windelband, W.Historia de la filosofía. Antigua Libreria Robredo. México. 1943. p. 154.
29.  Hartman , N. "Ontología". Marías, J. La filosofía en sus textos. T. III. edi. cit. p. 442
30.  Fabelo, J. R. "Epì logo" en Risieri Frondizi.  Pensamiento axiológico. (Antologìa.). Instituto Cubano del Li bro-Universi­dad del Valle. Cali,  1993.  p. 173.
31. "La independencia  de que los cínicos se jactaban tanto era, más bien, dependencia, pues mientras que toda otra esfera de la vida activa entraña el momento afirmativo de la libre espiri­tualidad, aquello equivale volver la espalda a la esfera en que puede disfrutarse del elemento de la libertad" Hegel. G.F. Lec­ciones sobre la historia de la filosofía. T. II. Fondo de Cultura Económica. México. 1955.p. 135. 32. Marx.C. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. La Habana. Editora política. 1965.p. 74.
33. Platón. La República Editorial Aguilar. Madrid. 1968. p. 368-369
34.  Nietzsche, F. Filosofía general. Obras completas de Federico Nietzche. Aguilar. Buenos Aires. 1957.  p. 28.
35. Rousseau, J.J. ."Sobre si el descubrimiento de las ciencias y de las artes han contribuido al mejoramiento de las costumbres". Obras. Editorial Ciuencias Sociales. La Habana. 1973.p. 507.
36. Marx.C.Crítica del derecho político hegeliano.  Editora Política. La Habana. 1976.p. 30.
37. Stuart Mill, J.  Sobre la libertad. Universidad Autónoma de centroamérica. San José. 1987. p. 32.
38.  Nietzsche,F. p. 34. Más allá del bien y el mal. Obras Com­pletas de Federico Nietzsche. Aguilar. Buenos Aires.1951. p. 34.
39.  Fukuyama, F. El fin de la historia y el último hombre. Editorial Planeta. Bogotá. 1993. p. 387.
40. Hegel. G.F. Lecciones sobre historia de la filosofía. Fondo de Cultura Económica. México. 1955. T. II.p. 51.
41.  Marcio Aurelio. Los doce libros Ediciones TOR. Buenos Aires. p. 62.
42. Bello, A. Filosofía del entendimiento humano. Fondo del Cultura económica. México. 1948.  p. 3.
43.  Marx, C. "Tesis sobre Feuerbach". La ideología alemana. Edición Revolucionaria. La Habana. 1965,p. 635.
44. Mondolfo R. El pensamiento antiguo. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1971. T. II. p. 91.
45.  Holbach. Sistema de la naturaleza. Editorial Ciencias Socia­les. La Habana. 1989. p. 204-205.
46. Descartes, R. "Los principios de la filosofía".   Obras de Renato Descartes. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1971. p. 226.
47.  Nietzsche, F. "Tratados filosóficos". Obras completas de Federico Nietzsche  Aguilar. Buenos Aires. 1957.p. 96.
48. "Se perfila una nueva actitud filosófica, preocupada más por la acción que por la teoría.". Zea.L.La filoaofía americana como filosofía sin más. Siglo XXI. Editores. México.1969. p. 159.
49. "Liberación no es simplemente estar en contra del centro, ni siquiera significa romper la dependencia. Es mucho más que esou: es tener la creatividad de ser realmente capaces de construir la novedad, un nuevo momento histórico desde la positiva exteriori­dad cultural de nuestro pueblo". Dussel, E. Introducción a la filosofía de la liberación. Editorial Nueva América. Bogotá. 1988. p. 128.
50. Brehier, E. Historia de la filosofía. Editorial Sudamerica­na. Buenos Aires. 1962. T. I. p. 201-211.
51. Diogenes Laercio- Filostrato Vida de los filósofos más ilus­tres. Vida de los sofistas  Editorial Ciencias Sociales. 1990. p. 206.
52.  Platón. "Protágoras o de los sofistas" Obras Completas. edi. cit. T.I. p. 304.
53. "Sócrates .- Hemos concedido la victoria a la vida mezclada de placer y sabiduría." Platón. "Filebo." Obras Completas. Edi. cit. t. I. p. 596.
54.  Aristóteles. Gran ética. Aguilar. Madrid. 1964.p. 42. 55."- Por ello debe dominar la razón, que es presencia del logos universal en el alma individual. Ella debe impedir las perturba­ciones  de los impulsos irracionales (pasiones): el ideal del sabio, o sea la virtud es la extirpación de las pasiones (apatía) y la imperturbabilidad (ataraxia); porque las pasiones, en su irracionalidad, son todas errores y enfermedades del alma . o sea vicios; no sólo aquella que condena la opinión común (ira, temor, avidez,etc), sino también aquellas que ella juzga impulsos loa­bles, como la piedad , los afectos individuales, las ansias y afliciones  por calamidades privadas o públicas. Su error e irracionalidad está en el asilamiento del fin particular del universal, mientras que el sabio debe considerar las cosas siem­pre no en su particularidad, sino en el orden y la armonía del universo, en el cual las valoraciones de lo incipiente pueden transmuterse, o aquellos que para él son valores, pueden resultar indiferentes (vida y muerte, salud y enfermedad, placer y dolor, riqueza y pobreza, etc.); mientras que bien y mal no permanecen siendo nino la virtud y el vicio". Mondolfo, R. obra cit. T. II. p. 313.
56. "Nuestra filosofía, pues, ha de salir de nuestras necesida­des. Pues según estas necesidades, ¿cuáles son los problemas que la América está llamada a establecer y resolver en estos momen­tos?.- Son los de la libertad, de los derechos y goces sociales de que el hombre puede disfrutar en el más alto grado en el orden social y político; son los de la organización pública más adecuada a las exigencias  de la naturaleza perfectible del hombre , en el suelo americano. de aqueí es que la filosofía americana  debe ser esencialmente política y social en su objeto; ardiente y profética en sus instintos; sintética y orgánica en su método; positiva y realista en sus procederes; republicana en su espíritu y destinos." Albaerdi, J.B. "Ideas para un curso de filosofía contemporánea". Ideas en torno de latinoamérica . UNAM. México. 1986. p. 150.
57. Kant, E. "El arte bello es arte en cuanto , al mismo tiempo, parece ser naturaleza" Crítica del juicio Editorial Ciencias Sociales. 1990. p. 166.
58. Díaz de Gammarra, Benito. Elementos de filosofía moderna UNAM. México. 1963. T. I. p. 25.
59. Nietzsche, F. Obras Completas.  Aguilar, Buenos Aires. T. XIII. p. 292.
60. Lyotard,F. La condición posmoderna Ediciones Rei México. 1989.p.109.
61.  Vattimo. G. El fin de la modernidad. Gedisa. Barcelona. 1990. p.36.
62. Berdiaeff,N Il destino dell' uomo nel mondo contemporaneo. Bombiani. l947. p25.
63. Toffannin,G. Historia del humanismo desde el siglo XIII hasta nuestros dias. Ediciones Nova. Buenos Aires. 1953.p.514.
64. García Galló, G.J. "El humanismo martiano" en Simposio Internacional Pensamiento Político y Antimperialismo. Memorias. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1989.p.118.
65. Guadarrama, P. "Humanismo y desalienación en el pensamiento amerindio". Señales abiertas. Bogot+a. Marzo-mayo. 1994. p. 28- 44.
66. "Para ellos , el principio de este saber,único  interesamnte y el único eficaz, era la vida en sociedad, el trabajo del cono­cimiento, de vigilancia, de perfeccionamiento proseguido en común, la cultura humanista, gracias a la cual el hombre se constituye en dignidad". Granet, Michel. El pensamiento chino.UTEHA. México. 1959. p.338.
67. Masson-Oursel,P y otros, La India antigua y su civilización. UTEHA. México. 1957. p. 192.
68. "Probablemente el común denominador  de los aportes de los griegos a la alta tradición intelectual de occidente fue el descubrimiento del hombre." Turner, Ralph. Las grandes culturas de la humanidad. Ediciones Revolucionaria. La Habana. 1979.p. 563.
69. Klaus G. Buhr,M. Philosophisches Wörterbuch VEB Bibliograp­hisches Institut, Leipzig. 1970. T. I. p. 484.
70. Platon. Obras Completas de Platon. Ediciones Anaconda. Buenos Aires. 1946. t. I. p.660.
71. "No podrás descubrir los límites del alma, aunque la recorras en todas direcciones, tan profunda es su medida". Marías, Julian. La filosofía en sus textos. Editorial Labor. 1963. T.I. p.27.
72. "Pero los mortales creen que los dioses tienen un nacimiento y vestiduras, voces y cuerpo similar al de ellos. Y los etíopes representan a sus dioses chatos y negros, y los tracios dicen que tienen ojos azules y los cabellos rojos. Pero si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos y con ellas pudiesen dibujar y realizar obras copmo los hombres, los caballos dibujarían figuras de dioses semejantes a los caballos, y los bueyes a los bueyes, y formarían sus cuerpos a imitación del propio". Mondol­fo, R. El pensamiento antiguo. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. l971. p.,189.
73. Idem.p.138.
74."A la perfección de los dioses, que realiza el supremo ideal del sabio, debe ser dirigido un culto desinteresado de admira­ción, no el culto servil de la imploración y de los conjuros, constituido por el interés y el temor". Idem. T.II.p.308.
75. En la fundamentación de su elección Marx argumenta que : "Puesto que  todos los filósofos antiguos partieron de la con­ciencia, como de presupuesto- sin exceptuar a los escépticos- siempre les hizo falta un punto seguro de apoyo; tal función la cumplen las representaciones, tal como se hallan en el saber general. Epicuro , en cuanto filósofo de la representación es, en este punto, el más riguroso,y define por eso, mejores tales condiciones de fundamento. Es, además el más consecuente, llevan­do así, como los escépticos, por otra parte , a su perfección a la filosofía antigua" Marx, C. Tesis doctoral . en Marx,C. y Engels,F. Categorías fundamentales:I (1836-1844).Ediciones del Rectorado de la Universidad Central de Venzuela. 1991.p.121.
76. " la sabiduría, la inteligencia, la memoria y todo lo que es de la misma naturaleza, la justa opinión y los razonamientos  verdaderos son, para todos los que lo poseen, mejores y más apreciables que el placer a la par más ventajoso a todos los seres presentes y futuros , capaces de participar de ellos" Platón. Obra citada. t.I.p.573.
77. Idem.t. III.p.217.
78. Aristóteles. Metafísica. Política. Estudios. La Habana.l 968. p.33. 79. Según él: "el que por naturaleza no pertence a sí mismo, sino a otro, siendo hombre, ese es naturalmente esclavo." Idem. p 375. Mas que naturalista esta visión aristótélica es teleológica y fatalista como toda su filosofía.
80. "La dignidad ocupa una posición intermedia entre la autosuficiencia y la cortesía servil. Su campo es el de las relaciones e intercambios de la vida social. El hombre suficiente es el que evita todo intercambio y conversación con sus semejan­tes o compañeros; su verdadero nombre parece haberle sido dado  por esta carácterística, porque el autosuficiente es el que se basta a sí mismo. Por otra parte, el hombre servilmente cortés u obsequioso quisiera tratar y frecuentar a todos los hombres  de cualquier manera y en cualquier circunstancia. Ninguno de ellos merece encomio.Pero si la merece el hombre digno, que guarda una posición intermedia entre ambos. Este, en efecto, ni trata con todos los hombres, ni huye el trato de todos: trata con los que tienen un mérito o son dignos de ello, y tan solo con ellos"Aristóteles. Gran ética. Aguilar. Madrid. 1964. p.100.
81." !Oh raza de los hombres sin ventura!.!Cuando a los dioses concedió existencia y los armó de cólera inflexible, cuántos gemidos asimismo entonces, qué heridas y qué llantos a nuestra descendencia ocasionaron!" Caro, Tito Lucrecio. De la naturaleza de las cosas. Madrid. l968.p.273.
82."Lo principal has de saberlo, es tener creencias sólidas,pensar que existen y gobiernan el mundo con bondad y con justicia y que te pusieron sobre la tierra para que los obedezcas y para que te doblegues a todo acontecer y lo aceptes de una manera voluntaria..." Epicteto. "Enquiridion. Manual" en Julían Marías. Obra citada. p.206.
83. Aquino, Tomás de "Suma teológica" en Eduardo Torres, Antolog­ía del pensamiento medieval. La Habana. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1975. p. 426.
84. Idem. p. 477.
85. Abbagnano, N. Historia de la Filosofía. Estudios. La Habana. 1967. p.24.
86. "De ahí que tome la filosofía natural del Renacimiento, como punto  de partida de su problemática, el puesto del hombre en el cosmos, y la metamorfosis de las ideas que se lleva a cabo en este aspecto bajo el influjo de las invenciones  y descubrimien­tos  así como del cambiante estado cultural por ellas provocado, llegó a ser decisivo para la nueva imagen de la cabal concepción del mundo." Windelband, W. Historia de la Filosofía. Antigua librería Robredo. México. 1943. p.47.
87. "Copérnico y el significado histórico de su obra, en el siglo XVI, nos parece que traduce la dialéctica del poder y el saber en sus interrelaciones y dominios, al ser un símbolo de toda una tradición y contradicción de la místca y de la razón del Renaci­miento, traducido como su osadía y su temor a la grandeza y la miseria de la raza humana mediante un mundo que perdía su fini­tud." Moraes García, Elena. "Poder e saber, saber e poder no seculo XVI. Uma análise sobre o caso Copérnico." en Uma história da filosofía. Razáo e mística na ideade media.. Universidade Federal do Rio de Janeiro-Universita Universidade aberta. Rio de Janeiro. 1988.p. 165.
88. Bacon,F. "Nuevo órgano" en Marías, J.  La filosofía en sus textos. edi. cit. 846.
89.  Tomás Moro al respecto escribía que _"estimo que donde­quiera que exista la propiedad privada y se mida todo por el dinero, será difícil lograr que el Estado  obre justa y acer­tadamente, a no ser que pienses que es obrar con justicia el permitir que lo mejor vaya a parar a manos de los peores, y que se vive felizmente allí donde todo se haya repartido entre unos pocos que, mientras los demás perecen de miseria, disfrutan de la mayor prosperidad." Moro,T, Campanella, T, Utopías del Renaci­miento" Fondo de Cultura Económica. México. 1956. p.35.
90. Márquez, Pedro José.  "El filósofo, ciudadano del mundo". en Humanistas del siglo XVIII. Introducción y selección Gabriel Méndez Plancarte. UNAM. 1962. p. 133.
91.  Voltaire, F. M. Diccionario filosóficoAntología de Histo­ria de la Filosofía. Universidad de La Habana. Tomo III. Segunda Parte. La Habana. 1986. p. 239.

(*) Profesor de Mérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas (2013); Doctor en Filosofía Universidad de Leipzig (1980) y Doctor en Ciencias. (UCLV, 1995). Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba (1998-2012)
Por División Las Heras

"Ninguna sociedad podría vivir durante un período cualquiera sin poseer una economía de cierta clase. Pero antes de nuestra época no ha existido ninguna economía que estuviese controlada por los mercados."
"El Hombre no actúa para salvaguardar sus intereses individuales en la posesión de bienes materiales, sino para salvaguardar su condición social, su posición social, sus derechos sociales, sus activos sociales. El Hombre valoriza los bienes materiales en la medida que sirvan a este fin." (Karl Polanyi)

El affaire de los Panamá Papers acaba de reposicionar a  la cuestión de la corrupción en el centro de los debates y en las portadas de los periódicos de todo el mundo, con excepción de los de mayor tirada en nuestro país.
En los últimos años, debe reconocérselo, el tema de la corrupción pública y privada ha resonado fuertemente en países tales como Estados Unidos, Rusia, Francia, España, Italia, Alemania, China, Inglaterra y Suiza, por mencionar solamente algunos. Y nunca ha dejado de ser un ordenador de la política –interna y externa- en regiones tales como Asia, África y América Latina, con las honrosas excepciones que confirman la regla.
El consorcio periodístico internacional convocado a completar y administrar con pudoroso esmero y evidente selectividad  los miles y miles de datos colectados, han logrado un efecto quizás no deseado.
Que implica poner en cuestión la definitiva gravitación de la corrupción como forma de hacer política, pero también de convertirse en un fabuloso instrumento revelador de  las verdaderas formas que asume el  poder en un capitalismo predatorio financiero y postindustrial, e, incluso, de debilitar gobiernos díscolos invocando el mismo recurso mundializado de la falta de transparencia. Tres aspectos que es menester analizar.
Respecto del primero de los puntos enunciados, pareciera a esta altura que corrupción y construcción política van de la mano, de manera indivisible, en las democracias delegativas occidentales, pertenezcan éstas al  selecto club del primer mundo o a los estados nacionales piadosamente denominados “en vías de desarrollo”.

Es bueno, a esta altura, preguntarse por qué. Las respuestas no son sencillas. La ortodoxia marxista optaría por asimilar la corrupción al sistema capitalista. Pero este razonamiento dejaría afuera del análisis los múltiples casos de corrupción detectados en los socialismos reales, a lo largo de décadas.
Prescindiendo de una mirada kantiana, de la que abreva la moral burguesa  coloquial y dominante, en términos de un deber ser hipotético,  hay algunas reflexiones que hacer en torno a este tema.
La primera de ellas, es que es perfectamente posible construir políticas populares, progresistas y profundamente transformadoras, sin apelar a las consabidas prácticas que embarran las conquistas emancipatorias logradas a costa de duras experiencias autonómicas. Parece claro, a esta altura de la historia, que la corrupción precipita las derrotas morales que el imperio busca asestar a todo tipo de proyecto político alternativo, inmediatamente a continuación  de haber logrado desbaratar el entramado de derechos sociales, civiles y políticos alcanzados por los populismos. A la derrota política, le suceden retrocesos  económicas, geopolíticas, culturales y “morales”. En ese tramo se encuentran muchos países de América Latina. Las grandes cadenas comunicacionales buscaron  homologar en la conciencia colectiva a la política con hechos policiales o judiciales. Y lo lograron, finalmente.
Consiguieron asociar, además, en una percepción que permea la conciencia de las sociedades de estos países,  que la corrupción es una pandemia sistémica, fatalmente asociada a las experiencias populistas. No existiría, de tal suerte, diferencia sino pura analogía entre las corruptelas estatales y la “fiesta” de la profunda e inédita profundización de la inversión social. Todo es parte de una orgía de derroche de fondos públicos que las almas esbeltas y racionales de la derecha brutal deben ahora corregir. Lo que se ha popularizado, en la jerga conservadora, como la “pesada herencia”.
Menuda tarea para las experiencias emancipatorias que se intenten en el futuro, en términos de remontar esta derrota cultural (y moral). Muy difícil, aunque no imposible.
Para eso es necesario completar las tareas inconclusas, que son tareas revolucionarias. Sólo un programa revolucionario, que transforme  al campo popular en la vanguardia de una definitiva liberación nacional y social, pondrá a los pueblos a cubierto de este nuevo caballo de Troya. Si esto no ocurriera, sobrevendrían  fatalmente infinidad de reiteradas frustraciones colectivas. Poder (concebido en clave burguesa) y dinero son las claves para entender el fango de la corrupción política, aunque no necesariamente pública. Dicho en otros términos, el dinero como factor asegurativo del mantenimiento y la reproducción y ampliación del poder.
Luego, el escándalo de Panamá da cuenta de las lógicas y prácticas del capitalismo financiero global. Un sistema predatorio de control social y dominación del que participan, transgrediendo descontroladamente las propias reglas impuestas por el sistema jurídico (capitalista) mundial, instituciones y personajes públicos y privados. La corrupción, vista en este contexto, no es una anomalía, ni un hecho policial, sino una nueva forma de acumulación de capital. Sin límites ni reglas. Eso diferencia a Jaime de Macri, y a un empresario inescrupuloso de un gobierno neoliberal. No da todo lo mismo y hay diferencias conceptuales profundas entre esas conductas, por más que la prensa afín al gobierno quiera asimilarlas a toda costa. El neoliberalismo es un sistema completo. Un imperio destinado a reproducir las relaciones de explotación de la humanidad. Va de suyo que eso incluye a lúmpenes. Lúmpenes burgueses. Muchos de los cuales ocupan importantes cargos en el gobierno argentino. Y también recluta marginales que no participan de un sistema de control global. Entendamos esto. Para sacarlo del contexto actual y evitar las posturas binarias e irreductibles, pongamos un ejemplo elocuente de nuestra historia reciente. El contrabando de armas a Croacia, durante el gobierno de Menem, fue un hecho de corrupción indudable. Pero además, esas 6500 toneladas de armamento influyeron decisivamente para garantizar el resultado de la guerra. Por supuesto, inclinándola para el lado que EEUU y la OTAN lo demandaban, porque era imposible soportar una experiencia socialista autogestionaria en medio de Europa. Y así estalló en pedazos la experiencia titista. Algo difícil de lograr por el dueño de una cueva financiera porteña.
Pero esa guerra –la de los Balcanes, decimos- marcó la asunción de un nuevo rol de la mayor alianza militar de la historia. No fue un hecho menor, sino que fue la instancia histórica de reconfiguración estratégica del sistema de control global punitivo del capitalismo mundial.
Por supuesto que, también en ese caso, el objetivo fue debilitar un gobierno díscolo (aunque también errático) invocando, como ocurre ha venido ocurriendo hasta la fecha en cada un de las intervenciones imperiales, valores tales como la transparencia, la democracia y la libertad. En todos los casos es necesario contar con una prensa hegemónica complaciente que, ni en aquel momento mencionó a Otpor como mascarón de proa de la caída de Milosevic, ni menciona ahora las múltiples estrategias de golpes blandos utilizadas por el imperio, entre las cuales la corrupción integra el menú predilecto de los prejuicios pequeño burgueses.



           Por Stanley Milgram (*)
Traducción: Susan Sxhocolnik   


              La destrucción de los judíos europeos en 1933-45 no tuvo lugar como resultado de los actos de un único hombre que actuará por sí solo. Ninguna persona es omnipotente en este sentido directo. Al contrario, el poder, incluso el poder de destruir a individuos, surge a través del control de las organizaciones sociales en las cuales participan numerosos individuales. Entre estas organizaciones están el partido político, la burocracia administrativa, y la policía y las ramas militares del gobierno.
             Lo que suelda cada una de estas unidades en una fuerza monolítica capaz de ejecutar las directivas emitidas de “arriba” es la obediencia pronosticable de los participantes. La obediencia vincula los individuos a los sistemas de autoridad, y así vincula la acción individual a la intención política.
          Y es al fenómeno de la obediencia que varios comentadores han dirigido su atención, buscando explicar el holocausto nazi. Miles de alemanes comunes, notan, participaron en el trabajo del diablo, y muchos de ellos lo hicieron por un sentido apremiante del deber. La propensión a obedecer a la autoridad sin límites ni preguntas, afirma William Shirer, es la falla caracterológica básica del pueblo alemán, y es la principal responsable de la complicidad de grandes números de ellos en el terror de Auschwitz y Belsen. C.P. Snow afirma que se han cometido los crímenes más horribles en nombre de la obediencia, más que por cualquier otra causa o ideología.
           La exterminación nazi de los judíos europeos es la instancia más extrema de la perpetración de actos inmorales aborrecibles por miles de personas en nombre de la obediencia. Es el caso más extremo por: 1) el número de víctimas involucradas; 2) el status de no-combatientes de las víctimas; 3) la inclusión de mujeres, niños y ancianos en la matanza; 4) la naturaleza inocente de las víctimas conforme a cualquier norma aceptada por la justicia; 5) la naturaleza prolongada y calculada del programa: no fue una masacre impulsiva, sino un programa sólidamente concebido, que requirió una organización y el empleo de muchas personas inteligentes, provistas de habilidades técnicas y administrativas, y 6) el nivel generalizado de brutalidad y de insensibilidad demostrado hacia las víctimas.



          Sin embargo, en menor grado, este tipo de cosa ocurre constantemente: los ciudadanos comunes son mandados a destruir a otra gente, y lo hacen porque lo consideran su deber obedecer a las ordenes. De esta manera, la obediencia a la autoridad, una característica tradicionalmente alabada como virtud, toma un aspecto nuevo cuando sirve una causa malévola: lejos de quedar como virtud, es transformada en un pecado atroz. ¿O no?
La cuestión moral de obedecer o no cuando las órdenes chocan con la conciencia, fue discutida por Platón, dramatizado en Antígona, y tratado por análisis filosófico en cada época histórica. Los filósofos conservadores sostienen que la desobediencia amenaza al mismo edificio de la sociedad, y que inclusive cuando el acto prescripto por una autoridad es malo, es mejor ejecutar la orden que quebrar a la estructura de la autoridad. Hobbs afirmó más: que un acto así ejecutado no es de ninguna manera la responsabilidad de la persona que lo ejecuta, sino solamente de la autoridad que la ordena. Pero los humanistas sostienen la primacía de la conciencia individual en tales cuestiones, insistiendo que los juicios morales del individuo deben supeditar a la autoridad cuando los dos están en conflictos.
          Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia importan enormemente, pero un científico empírico llega al punto eventualmente de querer pasar del reino del discurso abstracto a la observación cuidadosa circunstancias concretas. Para poder estudiar más de cerca el acto de obedecer, instaló un experimento sencillo en la Universidad de Yale. Eventualmente, el experimento involucró más de mil participantes y fue repartido en varias universidades, pero al principio, la concepción era sencilla.
Una persona viene a un laboratorio de psicología y le dicen que ejecute una serie de actos que entran cada vez más en conflicto con su conciencia. La pregunta principal es, ¿hasta dónde el participante cumplirá con las instrucciones del experimentados antes de negarse a ejecutar las acciones que se le exigen?
          Pero el lector necesita saber algún detalle más acerca del experimento. En esta situación dos personas vienen al laboratorio de psicología para participar en un estudio de memoria y aprendizaje. Uno de ellos está designado como “maestro” y el otro como “alumno”. El experimentado explica que el estudio se trata de los efectos del “refuerzo negativo”, sobre el aprendizaje. Al “alumno” se lo llevan dentro a un cuarto, lo sientan en un sillón, se le sujetan los brazos para evitar el movimiento excesivo, y se le fija un electrodo a la muñeca. Se le dice que debe aprender una lista de pares de palabras, cada vez que comete un error recibe un “refuerzo negativo”. La cualidad civilizada del lenguaje enmascara el hecho sencillo de que el hombre va a recibir unos choques eléctricos dolorosos. El foco verdadero del experimento es el “maestro”. Después de observar mientras el “alumno” lo atan al sillón, ése es llevado al cuarto de experimentos principal y lo sientan delante de un generador de choques impresionante. Lo más notable de este aparato es una línea horizontal de treinta llaves que varían desde 15 voltios hasta 450 voltios, con incrementos de 15 voltios.
Hay también títulos que varían desde “choque leve” hasta “peligro choque severo”. Al “maestro” se le dice que debe administrar el test de aprendizaje al hombre que está en el otro cuarto, leyendo la primera palabra de cada conjunto de pares de palabras.
Cuando el alumno responde correctamente con la segunda palabra del par, el maestro sigue con el próximo ítem, cuando el otro hombre da una respuesta incorrecta, el maestro le debe dar un choque eléctrico. Debe empezar el nivel más bajo de choques (15 voltios) y aumentar el nivel cada vez que el hombre comete un error, pasando por 30 voltios, 45 voltios y así sucesivamente.
          El “maestro” es un sujeto verdaderamente ingenuo que ha venido al laboratorio para participar de un experimento. El alumno, o víctima, es un actor que en realidad no recibe ningún choque. El objetivo del experimento es simplemente averiguar ¿hasta dónde procederá una persona en una situación concreta y mensurable en la cual le ordenan que infringe cada vez más dolor a una víctima al experimentador?
          El conflicto surge cuando el hombre que recibe el choque empieza a indicar que experimenta desagrado. Hasta el choque de 75 voltios no hay respuesta de protesta; a los 75 voltios, el alumno gruñe. A los 120 voltios, se queja verbalmente, a los 150 exige que lo saquen del experimento. Sus protestas continúan a medida que los choques se elevan, llegando a ser cada vez más intensivas y emocionales. A los 285 voltios su respuesta puede describirse únicamente como un grito de agonía.
          Los observadores concuerdan que la cualidad angustiosa del experimento se oscurece bastante en las palabras escritas. Para el sujeto, la situación no es un juego; el conflicto es intenso y manifiesto. Por un lado, el sufrimiento patente del alumno lo presiona para que desista. Por otro lado, el experimentador, una autoridad legítima con quien el sujeto se siente algo comprometido, le ordena que siga. Cada vez que el maestro vacila en administrar un choque, el experimentador aplica, sucesivamente, cuatro estímulos verbales: “Siga, por favor”; “El experimento requiere que usted siga”; “Es absolutamente necesario que usted siga”, o finalmente, “Usted no tiene otra alternativa que seguir”.
          Para desprenderse de la situación, el sujeto debe hacer una rotura clara con la autoridad. El objetivo de esta investigación era encontrar cuándo y cómo la gente desafiaría a la autoridad frente a un imperativo moral claro.
          Es verdad que entre ejecutar las órdenes de un oficial superior en tiempo de guerra y ejecutar las órdenes de un experimentador, hay diferencias enormes. Sin embargo queda la esencia de una determinada relación, porque uno puede preguntar de modo general: ¿Cómo se comporta un hombre cuando le dice una autoridad legítima que actúe en contra de un tercer individuo? En todo caso, podríamos postular que el poder del experimentador sería bastante menor que el del general, dado que ese no tiene ningún poder para reforzar sus imperativos, y porque la participación en un experimento psicológico ciertamente no evoca el sentimiento de urgencia y de dedicación que se engendra en la guerra. A pesar de estas limitaciones, pensé que sería valioso empezar una observación cuidadosa de la obediencia en esta situación modesta, a la espera de que estimulara algunos “insights” y rindiera unas proposiciones generales que se pudiera aplicar a una variedad de circunstancias.
            La reacción inicial de un lector a este experimento podría ser: ¿Para qué se molestaría una persona cuerda en administrar los primeros choques? ¿Por qué no se pararía simplemente, para luego salir caminando del laboratorio? Pero el hecho es que nadie jamás lo hace. Como el sujeto ha venido al laboratorio para ayudar al experimentador, está muy dispuesto a iniciar el procedimiento. Esto no es nada extraordinario, especialmente porque la persona que va a recibir los choques parece ser cooperativo inicialmente, aunque algo nervioso. Lo que sorprende es hasta dónde llegarán los individuos normales para cumplir con las instrucciones del experimentador. Verdaderamente, los resultados del experimento fueron a la vez sorprendentes y desalentadores. A pesar de que muchos sujetos experimentan stress, a pesar de que muchos de ellos le protestan al experimentador, una proporción considerable sigue hasta el último choque del generador.
          Muchos sujetos obedecerán al experimentador por más vehementes o insistentes que sean las demandas de la persona choqueada, por más dolorosos que le sean los choques, y por más que ruegue, grite o implore que lo suelten. Esto se vio repetidamente en nuestros estudios y ha sido observado en varias universidades donde se ha repetido el experimento. Es esta complacencia extrema de los adultos para hacer casi cualquier cosa bajo órdenes de una autoridad que constituye el hallazgo principal del estudio, y es el hecho que demanda más urgentemente una explicación.
          Una explicación ofrecida comúnmente es que los que choquearon a la víctima en el nivel más severo eran monstruos, el margen sádico de la sociedad. Pero si uno considera que casi dos tercios de los participantes están en la categoría de sujetos “obedientes” y que representan a la gente común de las clases trabajadoras administrativas y profesionales, entonces el argumento se torna muy difícil. Por cierto, recuerda mucho la polémica que surgió a raíz del libro Hannah Arendt Eichmann in Jerusalem. Arendt mantuvo que el esfuerzo de parte del acusador para pintarlo a Eichmann como monstruo sádico era fundamentalmente equívoco, que éste se aproxima más a un burócrata sin imaginación que simplemente se sentaba en su escritorio y hacía su tarea.
          Por adelantar estas ideas, Arendt llegó a ser objeto de bastante desdén, e incluso de difamación. De alguna manera, se consideraba que los actos monstruosos ejecutados por Eichmann exigía una personalidad brutal, perversa y sádica, el mal personificado. Después de ver cómo cientos de personas comunes se someten a la autoridad en nuestros propios experimentos, debo llegar a la conclusión de que la idea de Arendt de la trivialidad del mal se acerca más a la verdad de lo que uno se atreve a imaginarse. La persona común que le aplicó los choques a la víctima lo hizo por un sentimiento de obligación, una concepción de sus deberes como sujeto, y no por tendencias especialmente agresivas.
          Esta es, quizás, la lección más fundamental de nuestro estudio: que la gente común, simplemente haciendo sus tareas y sin ninguna hostilidad especial de su parte, puede llegar a ser agente de un proceso destructivo terrible. Además, aún cuando los efectos destructivos de su trabajo se les hacen patentes, y se les pide ejecutar acciones que son incompatibles con las pautas fundamentales de la moral, entonces son relativamente pocas las personas que tienen los recursos necesarios para resistir a la autoridad. Entra en juego una gama mayor de inhibiciones en contra de desobedecer a la autoridad, las cuales consiguen mantener a la persona en su lugar.
Sentados cómodamente en nuestros sillones, nos resulta fácil condenar las acciones de los sujetos obedientes. El que condena a los sujetos los compara con su propia capacidad para formular dictámenes morales ideales. Pero esta comparación es injusta. Muchos sujetos, en el nivel de la opinión declarada, están tan convencidos que cualquiera de nosotros del dictamen moral de no acción contra una víctima indefensa. Ellos también saben, en términos generales, lo que se debe hacer, y pueden declarar sus valores cuando surge la ocasión. Tiene poco y nada que ver con el verdadero comportamiento bajo la presión de las circunstancias.
          Si se le pide a una persona su juicio moral acerca del comportamiento adecuado en esta situación, verá siempre la necesidad de desobedecer. Pero no son los valores las únicas fuerzas que entran en juego en la situación real. No son más que una banda estrecha de causas en todo el espectro de las fuerzas que se ejercen sobre una persona. Muchas personas son incapaces de realizar sus valores en acciones y se encuentran en la posición de seguir con el experimento aunque protesten sobre lo que están haciendo.
          La fuerza causal que ejerce el sentido moral del individuo es menos efectiva que lo que nos hiciera el mito social.
Aunque tales prescripciones como “no matarás” ocupan un lugar preeminente en el orden moral, no ocupan una posición firme correspondiente en la estructura psíquica humana. Algunos cambios en los titulares de los diarios, un llamado a la conscripción, las órdenes de un hombre con charreteras, llevan fácilmente a que los hombres maten. Incluso las fuerzas reunidas en un experimento de psicología irán lejos en el proceso de apartar al individuo de los controles morales. Se puede poner de lado los factores morales con bastante facilidad a través de una reestructuración calcada del campo informacional y social.
          ¿Qué entonces, hace que la persona siga obedeciendo al experimentador? La respuesta consta de dos partes. Primero, hay un conjunto de “factores de enlazamiento” que encierra al sujeto en la situación. Incluyen factores tales como cortesía de su parte, su deseo de mantener su promesa inicial de ayudar al experimentador, y la dificultad implicada en retirarse. Segundo, ocurren una cantidad de reajustes en el pensamiento del sujeto que sabotean su resolución de romper con la autoridad. Los reajustes ayudan al sujeto a mantener su relación con el experimentador y a la vez reducen el stress que se debe al conflicto experimental.
          Estos reajustes son típicos del pensamiento que surge en las personas obedientes cuando una autoridad les instruyó que actúen en contra de individuos indefensos.
            Uno de los mecanismos es la tendencia del individuo a quedarse tan absorto en la mera ejecución técnica de la tarea que pierde de vista las consecuencias más amplias de su acción. La película “Dr. Strangelone” satiriza brillantemente la absorción de los tripulantes de un avión de bombardeo en el procedimiento técnico preciso y exigente para bombardear un país con armas atómicas. Análogamente, en este experimento, los sujetos queda inmersos en el aparato, leyendo los pares de palabras con una dicción exquisita y apretando las llaves con gran cuidado. Quieren producir una ejecución competente, pero muestran una preocupación moral correspondientemente más estrecha. El técnico es la persona que tiene la competencia y la habilidad necesarias para ejecutar exitosamente una acción, pero que no se preocupa por las consecuencias humanas más amplias. Análogamente, el sujeto asigna las tareas más amplias de fijar metas y evaluar la moralidad, a la autoridad experimental que sirve.
          El reajuste de pensamiento más común en el sujeto obediente es simplemente percibirse como no-responsable de sus acciones. Se deshace de la responsabilidad en cuanto atribuye toda iniciativa al experimentador, a una autoridad legítima. No se percibe como una persona que actúa de manera moralmente responsable, sino como el agente de una autoridad externa. En la entrevista post-experimental, cuando se les pregunta por qué siguieron, los sujetos responden típicamente: “no lo hubiera hecho por mi cuenta. Yo hacía simplemente lo que me dijeron que hiciera”.
Incapaces de desafiar la autoridad del experimentador, le atribuyen a él toda la responsabilidad. Es la vieja historia de “simplemente hacía mi deber” que se escuchó repetidamente en la declaración de defensa en Nuremberg. Pero sería una equivocación considerarla una disculpa formulada para la ocasión. Al contrario, es el modo de pensar fundamental de una gran cantidad de gente, una vez que esté encerrada en una posición subordinada en una estructura de autoridad. La desaparición de un sentido de responsabilidad es la consecuencia de más alcance del sometimiento a un sistema de autoridad.
          Las personas que están debajo de una autoridad ejecutan acciones que parecen violar las pautas de conciencia, pero no sería verdad declarar que el sentido moral ha verdaderamente desaparecido. En vez, adquiere un foco radicalmente diferente. Una vez que ha entrado en un sistema de autoridad, la persona no responde con un sentido moral a las acciones que ejecuta. Al contrario, su preocupación moral se cambia ahora para una consideración por cuanto satisface las expectativas que tiene de él la autoridad. En época de guerra, un soldado no se pregunta si es bueno o malo bombardear un pueblito; no experimenta ni vergüenza ni culpa cuando destruye una aldea; en cambio, siente orgullo o vergüenza en función del grado de eficacidad de su ejecución de la misión que le fue asignada.
            Otra fuerza psicológica que actúa en esta situación puede llamarse “contra-antropomorfismo”. Desde hace unas décadas, los psicólogos han tratado la tendencia primitiva entre los hombres a atribuir las cualidades de la especie humana a los objetos y fuerzas inanimadas. Una tendencia contravalente, sin embargo, es la de atribuir una cualidad impersonal a las fuerzas que son esencialmente humanas en su origen y su conservación. Algunos individuos tratan a los sistemas de origen humano como si existieran arriba y más allá de cualquier agente humano, más allá del control del capricho o del sentimiento humano. Se niega el elemento humano detrás de las agencias e instituciones. Entonces, cuando el experimentador dice: “El experimento requiere que usted siga”, el sujeto siente un imperativo que pasa más allá del deseo humano. No hace la pregunta que parecería ser tan obvia:“¿De quién es el experimento?” ¿Por qué se debe servir al diseñador mientras sufre la víctima’
Los deseos de un hombre –el diseñador del experimento- llegan a incorporarse en un esquema que ejerce una fuerza sobre la mente del sujeto que trasciende lo personal. “Debe seguir. Debe seguir”, se repite uno de los sujetos. No se da cuenta que es un hombre tal como él quien quiere que siga. Para él agente humano se ha borrado del cuadro y “El Experimento” adquiere un ímpetu propio.
          El contexto domina a la significación. Ninguna acción tiene por sí sola una cualidad psicológica inalterable. La significación de cualquier acto puede alterarse al colocarlo en el contexto apropiado. Un diario norteamericano citó recientemente a un piloto quien concedió que los norteamericanos estaban bombardeando a los hombres, mujeres y niños vietnamitas pero quien sentía que el bombardeo era por una “causa noble y que de esta manera se justificaba. Análogamente, la mayoría de los sujetos del experimento ven a su comportamiento dentro de un contexto más grande que es benévolo, y útil a ña sociedad, o sea, la búsqueda de verdad científica. A través de su articulación con la sociedad más grande, el laboratorio psicológico tiene un fuerte título la legitimación, y evoca la fe y la confianza de los que viven allí para actuar. Una acción, tal como choquear a una víctima que aisladamente parece maligno, adquiere una significación totalmente diferente cuando se lo coloca en este marco. Pero permitir que un acto sea dominado por el contexto, sin considerar debidamente las cualidades esenciales del acto que uno esté ejecutando, puede ser peligroso en extremo.
          Finalmente, un rasgo esencial de la situación en Alemania no se estudió aquí, eso es, la intensa desvalorización de la víctima antes de la acción en contra de ella. Durante más de una década, una propaganda antisemita violenta preparó sistemáticamente a la población alemana para que aceptara la destrucción de los judíos. Paso por paso, los judíos fueron excluidos de la categoría de ciudadano nacional, y finalmente se les negó el status de seres humanos. La desvalorización sistemática de la víctima provee en alguna medida una justificación psicológica para el trato brutal de la víctima, y esa ha sido el acompañamiento constante de las masacres, programas y guerras. Con toda seguridad, nuestros sujetos hubieran experimentado mayor facilidad en choquear a la víctima si ésta hubiera sido representada como vil criminal, perverso.
          Es bastante interesante, sin embargo, el hecho de que muchos sujetos desvalorizan duramente a la víctima como consecuencia de haber actuado en contra de la víctima. Comentarios tales como: “Era tan estúpido y cabeza dura que mereció ser choqueado”, fueron comunes. Una vez que habían actuado en contra de la víctima muchas personas aparentemente tenían necesidad de considerarla un individuo indigno, cuyo castigo fue inevitable a razón de sus propias deficiencias de intelecto y de carácter.
            Muchas personas que fueron estudiadas en el experimento estaban, en algún sentido, en contra de lo que le hacían al “alumno” y muchos protestaban incluso mientras obedecían. Pero entre los pensamientos, las palabras y el  paso crítico de desobedecer a una autoridad malévola, se interpone otro ingrediente, esto es, la capacidad para transformar a las creencias y valores en una acción. Algunos sujetos estaban totalmente convencidos de la maldad de lo que hacían, pero no podían llegar a una rotura abierta con la autoridad. Algunos estaban satisfechos con sus pensamientos y sintieron que, por lo menos dentro suyo, habían estado del lado de los ángeles. Lo de que no se dieron cuenta es que los sentimientos subjetivos son mayormente irrelevantes mientras no se transformen en acción. El control político se efectúa a través de la acción. Las actitudes de los guardias en un campo de concentración no tiene ninguna consecuencia cuando de hecho están permitiendo la matanza de personas inocentes delante de ellos. Análogamente, la llamada “resistencia intelectual” en Europa ocupada –en la cual personas por un giro de pensamiento sintieron que habían desafiado al invasor- era meramente entregarse a un mecanismo psicológico consolador. Las tiranías se perpetúan por hombres tímidos que no poseen el coraje para actuar de acuerdo con sus creencias. Reiteradas veces en el experimento, la gente desvalorizaba lo que hacía pero no podía juntar los recursos internos para traducir sus valores en acción.
          Otra situación experimental representa a un dilema que es más común que la que expusimos anteriormente: en esta condición hay tres “maestros” delante del generador de choques que le dan choques a la víctima que protesta. Dos de los “maestros” son aliados del experimentador. El sujeto ingenuo no llega a apretar el gatillo que manda el choque a la víctima; ejecuta el acto subsidiario de cerrar una llave maestra antes de que uno de los demás entrega el choque. En esta situación, treinta y siete de cuarenta adultos de la zona de New Haven siguieron hasta el nivel de choque más alto del generador. Tal como habíamos pronosticado, los sujetos disculparon su procedimiento diciendo que la responsabilidad era del hombre que realmente apretaba el gatillo. Esto ilustraría una situación peligrosamente típica en la sociedad compleja: es psicológicamente fácil desconocer la responsabilidad cuando uno está involucrado en una cadena de acción malévola, pero al mismo tiempo está lejos de las consecuencias finales de la acción. Aun Eichmann se sintió enfermo cuando visitó los campos de concentración, pero para participar en el homicidio en masa no tenía que hacer nada más que sentarse en un escritorio y manipular papeles. Al mismo tiempo el hombre en el campo que tiraba el Cyclon-B a las cámaras de gas puede justificar su comportamiento con la razón de que está solamente cumpliendo las órdenes de arriba. De esta manera, hay una fragmentación del acto humano total; ningún hombre solo decide llevar a cabo el acto malévolo y es enfrentado con sus consecuencias.
Quizás sea ésta la característica más común de la maldad socialmente organizada en la sociedad moderna.
            El problema de la obediencia, entonces, no es enteramente psicológico. El tipo y la forma de la sociedad y la manera de que se está desarrollando tienen mucho que ver con ello. Hubo una época, quizás, cuando los hombres podían dar una respuesta plenamente humana a cualquier situación, porque estaban plenamente absorbidos en ella como seres humanos. Pero en cuanto hubo una división del trabajo entre los hombres, las cosas cambiaron. Mas allá de un determinado punto, la fragmentación de la sociedad en personas que cumplen tareas limitadas y muy especiales quita parte de la cualidad humana del trabajo y de la vida. Una persona no tiene la posibilidad de ver la situación entera, sino que conoce sólo una pequeña parte de ella, y por esto, no le es posible actuar sin alguna especie de dirección global. Sin embargo, para las elecciones morales importantes, creo, el individuo debe insistir en reservarse el derecho final de decisión.
          Por supuesto, el ejército es un área donde se espera la obediencia. Sin embargo, hay cada vez más índices de que la obediencia no puede ser la regla suprema de la vida. Hay dos ejércitos en el mundo en los cuales un soldado tiene la obligación legal de desobedecer a las órdenes inmorales. Son los ejércitos de Alemania Occidental y de Israel. Quizás los judíos y los alemanes, más que nadie, han tenido la oportunidad de aprender que los hombres están perdidos si actúan solamente dentro de las alternativas que les son transmitidas desde arriba.
(*) Publicado originariamente en www.psicoanalisisfreud1.com.ar/downloads/obedienciacriminales.doc


  
Por Concepción Nieves Ayús (*)

Desde su surgimiento, como expresión de un proceso histórico de concentración del poder político, aproximadamente seis siglos atrás; la soberanía de las naciones constituye para las fuerzas progresistas de la humanidad un asunto de importancia estratégica.  Sin embargo, son poderosas las fuerzas que, desde finales del siglo XX ven en la soberanía un obstáculo para la realización de sus proyectos neoliberales. El nuevo milenio no ha traído un cambio en este sentido, por lo que la defensa de la soberanía se presenta como un problema de supervivencia nacional, asociado a la conservación y desarrollo de una identidad propia, fundada en una cultura de profundas raíces históricas.  
Para los pueblos del llamado tercer mundo se hace cada vez más sentida la pérdida de la soberanía y el estado de crisis en que ésta se encuentra como resultado de la galopante globalización neoliberal a que están sometidos. Baste señalar los procesos de privatización y dolarización ante los que sucumbe la soberanía sobre la política económica, monetaria, financiera y comercial. En México, el capital foráneo, después de la compra del grupo Banemex por el poderoso consorcio norteamericano Citigroup, controla el 80% de los activos financieros del país[2] y en julio del 2001 los gobiernos de Ecuador, Panamá, El Salvador y Guatemala asistieron a la llamada Cumbre de la Dolarización, después de adoptar al dólar como moneda de cambio. [3] .  



Acontecimientos de igual signo a los mencionados colocan sobre el tapete una interrogante medular: ¿Globalización[4] y Soberanía son fenómenos excluyentes?.  
La historia del desarrollo de estos conceptos muestra que, desde un inicio, el fundamento material de la soberanía lo constituyó precisamente la ampliación y reproducción de las relaciones capitalistas de producción. En el siglo XV, la pujanza económica alcanzada por la burguesía hace saltar la fragmentación política feudal y surgen los primeros Estados-nación en Francia (1461), Inglaterra (1485) y España (1485). Si intentáramos sintetizar lo ocurrido entonces obtendríamos tres elementos derivados y concatenados DESARROLLO ECONÓMICO      AMPLIACIÓN DE LA SOBERANÍA            SURGIMIENTO DE LOS ESTADOS-NACIONALES. La soberanía emergió como el instrumento de integración más apropiado, que la burguesía tenía a su alcance, para fusionar territorios, antes independientes, bajo un mismo interés nacional de clase.  
Este fue el preámbulo de la internacionalización del capitalismo como sistema económico-social. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels describen una de las primeras oleadas de globalización que acompañó al capitalismo en su etapa inicial de desarrollo: “La burguesía, -señalan- al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios, quita a la industria su base nacional. ... Brotan necesidades nuevas, que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras y climas remotos. Hoy, en vez de aquel aislamiento local y nacional, donde cada uno se bastaba a sí mismo, las relaciones son universales y la interdependencia de las naciones es universal. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu...”[5] (el subrayado es nuestro).  
En el siglo XVIII, el liberalismo económico, que sustituyó al mercantilismo (cuerpo de medidas prácticas y regulaciones adoptadas en la dirección de la economía por la naciente burguesía) postuló la libertad de tráfico, de cambio y de competencia; propiciando así un amplio proceso de intervinculación de las economías nacionales. Hasta bien entrado el siglo XIX la globalización transcurre (no obstante las características de las diferentes oleadas[6]) sobre la base de la interdependencia de las naciones y no como negación de éstas y de su soberanía.  
En la actualidad, los actores que impulsan la globalización poseen un carácter supra y trans nacional: OMC, BM, transnacionales y la realización de sus intereses entra en abierto conflicto con la soberanía de los estados-nacionales[7].  
La tendencia objetiva del desarrollo de la humanidad es hacia la interrelación económica y política cada vez más creciente entre los diferentes países. Para los marxistas este es un proceso no excluyente, prolongado en el tiempo, que se sustenta en la soberanía como autodeterminación de los pueblos y transita gradualmente hacia la extinción del Estado, pasando por el autogobierno, hasta alcanzar la completa y plena fusión de las naciones. Es casi una evolución natural que requiere de una maduración de las condiciones materiales y espirituales, en las que el hombre juega un papel fundamental, por lo que de ser forzada, como está ocurriendo con la globalización neoliberal, irremediablemente desembocaría en una crisis.  
Un enfoque economicista de la relación globalización-soberanía, en los términos actuales, abogaría por la ulterior ampliación de la soberanía como ocurrió con la del señor feudal. Pero, ¿cuáles serían los límites de esta ampliación?, ¿hacia dónde nos conduciría?. En las condiciones que impone la globalización neoliberal es evidente que hacia la desaparición[8] de la soberanía de las naciones y el establecimiento de un poder supra hegemónico del imperialismo.  
Para comprender el estado actual y las tendencias de desarrollo de la soberanía a escala mundial no bastan las determinaciones económicas sino que debemos analizar, con una perspectiva histórica, otros aspectos de su realidad ontológica y sus premisas subjetivas, tanto hacia el exterior como hacia el interior de las naciones.  
En teoría política el concepto de soberanía surge estrechamente vinculado al de Estado y al de derecho. En un estricto sentido político la soberanía es entendida como el poder supremo[9] para dictar leyes y adoptar decisiones sustantivas; es la relación impersonal de sujeción entre los gobernantes y gobernados, entre los que dirigen y los dirigidos.  
El debate sobre la soberanía, durante los siglos XVI al XVIII, giró en torno a un elemento medular: el titular del poder. Los partidarios del absolutismo político, entre ellos Jean Bodino, Tomas Hobbes, Hugo Grocio, Samuel Pufendorf, Roberto Filmer consideraban que el poder es único e indivisible y descansa en el rey, por tanto la soberanía en la persona del monarca es absoluta e irrestricta.  
Del otro lado estaban los simpatizantes de la institucionalización constitucional del poder. Para pensadores como Juan Altusio, John Milton, John Locke, J.J.Rousseau la soberanía reside en el pueblo y el gobernante es sólo un mandatario designado para el desempeño de una función pública de servicio a la comunidad[10]. J.J. Rousseau se distingue, además, por proponer una forma de asociación que haga posible la participación directa del pueblo en la vida política. Sus ideas al respecto lo acreditan como el iniciador de la vertiente democrática en el pensamiento político.  
Esta polémica centra su atención en aspectos vitales referentes a la soberanía “hacia dentro”, es decir al interior del Estado-nación, como son: la forma de gobierno más apropiada para ejercer la soberanía, los principios que regulan la relación entre los gobernantes y los gobernados, los derechos del soberano, etc.  
La burguesía revolucionaria en su enfrentamiento al sistema feudal asume una postura progresista en la interpretación de la soberanía. Los principios formulados en aquella época por la clase que representaba los intereses de la nación, en la actualidad continúan siendo válidos. Pero, en la medida que la burguesía adoptó posiciones cada vez más conservadoras y reaccionarias éstos fueron enarbolados por otros sujetos sociales que le imprimieron un contenido nuevo.  
Estos principios básicos en su forma primigenia son los siguientes:
·      La soberanía radica en el pueblo y no en el monarca.
Ø      El pueblo conserva su soberanía aunque haya instituido gobierno, pues éste sólo actúa en representación del pueblo para cumplir con el mandato de servicio a la comunidad.
Ø      El pueblo, que siempre retiene la soberanía, tiene la facultad de destituir a los gobiernos que no cumplen con el mandato de servicio popular.
Ø      Los gobiernos han de responder ante el conjunto de ciudadanos que, en virtud de conservar su soberanía, tiene la facultad de juzgarlos por sus actos.
Ø      La soberanía descansa en el pueblo y es intransferible e irrenunciable.[11]  
Es decir, hacia el interior, la soberanía no es nunca un poder ilimitado, sino que está regulado por la ley, cada pueblo es el que determina a quién (persona o institución) le concede la condición de depositario de la soberanía. La existencia de regímenes no democráticos, arbitrarios, dictatoriales puede ser muy condenable desde el exterior, pero son los grupos sociales progresistas, las organizaciones políticas de avanzada las que deben conducir a sus pueblos hacia el alcance de una soberanía plena y ningún otro Estado tiene el derecho de interferir en esta decisión, de ahí el principio del respeto a los asuntos internos de cada país, refrendado por el derecho internacional.  
La soberanía “hacia afuera” comprende la condición de iguales entre los Estados en la arena internacional, son los atributos de autoridad, independencia y autonomía que posee esta institución como representante de la nación, que lo hace incompatible con la intervención en su territorio de fuerzas foráneas, ajenas a los intereses de su pueblo.  
Estos dos planos de la soberanía: “hacia adentro” y “hacia afuera” deben funcionar de manera integrativa. Un Estado que se autoproclame democrático no andaría por el mundo haciendo concesiones a la soberanía a espaldas de su pueblo. Al igual que la soberanía con respecto a otros Estados no sería completa si al interior del país el pueblo no gozara de soberanía política y jurídica verdadera.  
El ideal de soberanía se fijó en el imaginario social de los pueblos porque es fruto de la lucha de hombres y mujeres concretas por la libertad, la independencia nacional y la dignificación de la persona. La historia de la mundialización capitalista ha sido en gran medida la historia de la defensa de la soberanía de las naciones oprimidas. Esa mundialización ha transcurrido regida por una contradicción insalvable entre la tendencia objetiva de convergencia y unión de las economías nacionales en un sistema internacional y el modo forzado, violento y rapaz en que ésta se ha consumado. A este proceso le ha sido consustancial la colonización como política de dominación de las naciones débiles por las más fuertes y el reparto del mundo, por los diferentes bloques imperialistas.[12]  
La globalización neoliberal desarma a los pueblos de la periferia capitalista, y de los que transitan hacia ella y convierte a la soberanía en un espejismo. En la práctica, se subvierten sus valores más preciados y la humanidad es rebajada a la condición de cliente y proveedor barato de un mercado neoliberal.  
El Nuevo Orden Mundial que preconizan consiste en una masiva recolonización del planeta, que descansa en la consolidación de una estructura de dependencia económica con el propósito de despojar a los Estados-nacionales de la dirección de sus economías y el control de sus recursos. Un elemento consustancial a ese nuevo orden lo constituyen las estrategias anexionistas, como el ALCA[13], que aplican los diferentes bloques hegemónicos para “proteger” sus áreas de influencia.  
Un reforzamiento de esta política lo encontramos en la teoría de la “soberanía limitada” que no es otra cosa que la negación del poder del otro y la imposición de la dominación imperialista. La restricción de los atributos de la soberanía ocurre no solo en el terreno económico, sino también en otras esferas vitales del funcionamiento del Estado como son las relaciones políticas y jurídicas. Bajo el manto de la soberanía limitada se propaga y ejecuta la idea de la intervención “humanitaria” en defensa de los derechos humanos[14], y la adopción de leyes extraterritoriales que permitan encarcelar y juzgar a figuras políticas, calificadas, por los gobernantes del imperio, de tiranos y violadores de los derechos humanos.[15].  
Otra de las dimensiones significativas a considerar en el análisis de la relación globalización-soberanía en el mundo actual es la de la cultura. Lo que trata de imponer la globalización neoliberal es la nivelación cultural de los pueblos, sustentada en el american way of life, alterar los valores nacionales y subvertir la espiritualidad del sujeto, su orden interno, fomentando patrones igualitarios de producción y consumo de las artes, la literatura, la ciencia, etc. Esta tendencia coloca a las naciones en un estado de empobrecimiento cultural, que se agudiza aún más con los recortes de los recursos destinados a la educación y al desarrollo de las industrias nacionales del arte (cine, televisión, literatura), todo lo cual es una forma más de atentar contra la soberanía de los pueblos.  
En resumen, podemos afirmar, que los conceptos más afectados por los conflictos que generan los procesos de integración y desintegración en los marcos de la globalización neoliberal son los de Estado-nación y soberanía nacional. De hecho se está produciendo una redefinición de la noción tradicional de soberanía[16], hasta hace poco centrada en el poder del Estado y en la defensa de un territorio específico.  
La resistencia de los pueblos a los intentos de limitar la soberanía hasta hacerla desaparecer se expresa, no solo en la defensa de los principios de integridad territorial y no intromisión en los asuntos internos de su país, sino que cada vez adquiere un mayor peso lo concerniente a la preservación y desarrollo de los principales atributos que distinguen entre sí a las comunidades humanas en cuanto a historia, cultura, tradiciones, religión, costumbres, música, baile, hábitos de consumo, alimentación, etc.
La Habana, 2002

[1] Ponencia presentada al VI Seminario Internacional Paz, Recursos Naturales, Soberanía y Sociedad, organizado por el Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, 2002
[2] Granma, La Habana, p.8, 19 de mayo, 2001
[3] Granma, La Habana, p.4, 17 de mayo, 2001
[4]  El término globalización, asociado al proyecto neoliberal, es lanzado por el FMI a principios de los años 90. En nuestro caso lo empleamos en el sentido de mundialización, como el proceso de internacionalización de las relaciones entre diferentes Estados, pueblos, naciones.
[5] Marx, Carlos y Federico Engels. “Manifiesto Comunista”. Ediciones Sociales, La Habana, 1960, p.21-22.
[6] Entendemos por oleadas de globalización aquellos períodos históricos en los que el capitalismo, por influencia de factores estructurales, tecnológicos, científicos, políticos, etc. amplía su sistema de dominación incorporando a su órbita nuevos territorios como ocurrió en los siglos XV, XVIII-XIX y finales del XX. Las características de estas oleadas se sintetiza en un cuadro contenido en el artículo Globalización, regionalización: buscando el fondo y su razón de los autores Raúl Fernández y Alberto Abello (ver: Documento 12 del Centro de Estudios regionales de la Universidad del Norte de Barranquilla, p. 17).
 
Siglo XV
Siglos XVII-XIXFinales del XX
Desarrollo del conoci-miento
Contacto con el Oriente.
Renacimiento.
Revolución científicaInformática
Desarrollo tecnológicoNavegación.
Imprenta.
Industria.
Transporte.
Comunicación.
Transporte.
Telecomunicaciones.
Estrategia globalColonización mercantilistaColonización de libre comercio.Recolonización.
[7] Entre los principios que postula el neoliberalismo se encuentran: la libertad total del mercado, apertura de las economías nacionales al mercado mundial, privatización de bienes y servicios, reducción del Estado al papel de juez y gendarme, desideologización del sistema económico y social.
[8] Uno de los basamentos de la “muerte” de la soberanía es que, como señalan Habermas y otros autores, sólo los órdenes políticos requieren legitimación, no así las corporaciones multinacionales o el mercado mundial.
[9] Sovrain, antecedente etimológico de la palabra soberanía tuvo, desde sus primeros momentos, un sentido superlativo, es decir el de poder supremo. Jean Bodino, primero en definir el concepto de soberanía, la consideraba el poder absoluto y perpetuo de una república... (ver: Bodino Jean. Los seis libros de la república. Ed. Aguilar, 1973, 1era edición: 1576, p.46).
[10] Los antecedentes de esta línea de pensamiento lo encontramos en Tomás de Aquino y Marsilio de Padua, quienes en los inicios de la decadencia del modo de vida medieval plantean la idea de la soberanía inmanente al pueblo. Según la doctrina tomista, la soberanía procede de Dios, pero cosa interesante, éste la deposita en la comunidad social, quien la transfiere a alguien que gobierne, pero siempre en bien de la comunidad. El servicio a la comunidad es la condición esencial de esta delegación de la soberanía, así lo postula en la Cuestión 97 del “Tratado de leyes”, contenido en su obra “Summa Theológica” cuando escribe: “El principe conserva su autoridad sólo en la medida en que represente a la voluntad de la comunidad”. Marsilio de Padua, por su parte, desarrolla una concepción de la soberanía sumamente avanzada y radical para su época, lo que se explica por sus proyecciones como representante de los mercaderes, embrión de la burguesía que se enfrenta al feudalismo reinante.
[11] Estos principios fueron formulados por Marsilio de Padua en su obra Defensor pacis.
[12] En el libro “Los Vencedores. Una ironía de la historia”, sus autores: Noam Chomsky y Heinz Dieterich, muestran documentalmente cómo la lucha hegemónica de los principales bloques imperialistas por la dominación del mercado mundial y el control del “tercer mundo” fueron las razones, tanto de la 1era como de la 2da guerra mundial; así como la coincidencia entre las estrategias expansionistas del nacionalsocialismo alemán, el militarismo japonés y el liberalismo norteamericano, expresadas en los conceptos de Espacio Vital, La esfera mayor de Co-prosperidad de Asia del Este y La Gran Área (ver: Chomsky, Noam y Heinz Dieterich. Los Vencedores. Una ironía de la historia. Txalaparta, 1992).
[13] Asociación de Libre Comercio para las Américas (ALCA), propuesta por los EE.UU. a los representantes de los gobiernos de América Latina presentes en la última Cumbre de las Américas con el propósito de implementarla a partir del 2005. Sobre la verdadera esencia del ALCA ver intervención de Fidel Castro “Sembremos conciencia del peligro y de lo que significa el ALCA”, el 1ro de mayo del 2001. Granma, 2 de mayo, 2001.
[14] El 5 de abril de 1991, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 688 que estipulaba el derecho de injerencia por motivos humanitarios; este paso, vinculado a la situación de la población kurda cuandola Guerra en el Golfo Arábigo-Pérsico, sentó un precedente violatorio de la noción de soberanía, al hacer caso omiso del principio de la no injerencia en los asuntos internos de un Estado miembro de la ONU. A partir de entonces la excepción se ha hecho regla como lo corroboran los sucesos de los Balcanes, donde los EE.UU. han buscado en las Naciones Unidas el amparo legal a su política exterior.
[15] El caso Pinochet, no obstante su historial criminal, no dejó de ser un procedimiento ilegal desde el punto de vista del derecho internacional. La aceptación de esta práctica constituye una flagrante violación de la soberanía de los pueblos y un intento del imperialismo norteamericano de legalizar el pase de cuentas a los que considera sus enemigos, como está haciendo ahora con Slodovan Milosevic (el 11 de febrero del 2002, enLa Haya se inició contra Milosevic un juicio, que muchos califican de histórico por la politización a que ha estado sometido; se han recogido más de 100 000 firmas que demandan su excarcelación) y trataron cínicamente de insinuar, a través de declaraciones del juez Garzón, con relación a Fidel Castro.
[16]  En esto coincidimos con Edgar Montiel cuando señala que la redefinición del concepto de soberanía es una consecuencia de la globalización. (ver: Globalización y geopolítica de las culturas. Temas Nº 20-21, Enero-Junio, 2000, p.14 ).

(*) Conferencista en cuestiones internacionales (1984). “Master of Arts” en Filosofía 1985. Universidad “V.I. Ulianov -Lenin”. (Kazán, Rusia). Profesora de idioma ruso, como asignatura facultativa (1985) y Dra. en Ciencias Filosóficas (1989) por la Universidad “V.I. Ulianov -Lenin” de Kazán, Rusia. Profesora Auxiliar Adjunto (1996). Instituto Superior Pedagógico “E.J. Varona”. La Habana, Cuba. Investigadora Titular (2010). 
Atualemente forma parte del proyecto de investigación Cuba en el siglo XXI: hacia un nuevo modelo de desarrollo socialista (2011-2014). Presidenta del Consejo Científico del Instituto de Filosofía. Integra el Tribunal Nacional de Grados Científicos en Ciencias Filosóficas.
Por Ignacio Castro Rey (*)
Primero el capital desencanta (Weber) la vida. Después, en un despliegue inusitado de fuerza, la re-encanta con toda clase de simulacros. ¿Es casual que todo, de la comida a la música, de las tecnologías al sexo, adopte el formato de la fusión? A través de una nueva promiscuidad obligada el Norte consigue una victoria total, pues logra la apariencia de descender al Sur y hacerse cachondo, interactivo. La furiosa separación puritana (del hombre con la tierra, y entre los hombres mismos) consigue adoptar el semblante de una interactividad sexy. El fetichismo de la mercancía ocupa entonces el horizonte entero de lo social y adquiere un rostro humano.

I
El hombre mismo es mercancía, lo cual incluye a buena parte de sus opciones alternativas: ser simpatizante de Varoufakis, leer a Crary o escuchar a Comet Gain. Hoy, el carácter de mercancía proviene de la tendencia genérica de las minorías y las distintas tribus urbanas al reconocimiento y, si es posible, a la hegemonía. En otras palabras, el capitalismo se alimenta de nuestra incapacidad ontológica para soportar lo trágico de lo real, la clandestinidad irremediable al hecho de existir.

Aunque Deleuze no lo hace expresamente en el Post-Scriptum (Conversaciones), y sí en otros textos, es fácil relacionar la potencia del “poder-juego” (Foucault) que ahí se denuncia con la fascinación que ejerce la imagen en nuestro orbe simplificado. La imagen es en sí misma un genial simulacro de fusión, integrando aquello que fue previamente fragmentado en la revolución industrial que tanto fascinaba a Marx… y menos a Stirner. Multiplicando y haciendo ubicuas las paredes, la corriente de imágenes nos protege de lo real. Nos salva de aquello inimaginable que resiste, aquellas zonas de sombra desde la cual podríamos ejercer todavía una fuerza atávica. Para desactivar esa posibilidad, vivimos envueltos por una cadena sin fin donde una noticia o una imagen -es lo mismo- llevan a otra, en una cinta transportadora en la que cada anuncio hace guiños a otros mil. Estamos insertos en sucesivos instantes decisivos de una publicidad que, en el fondo, sólo publicita la velocidad de escape que es nuestro pequeño gran relato.

En una fluidez continuamente subtitulada, la imagen soporta el entretenimiento abierto de lo que Deleuze, siguiendo a Burroughs, llama control. Se trata de un sueño de separación laminar, teñido de emanaciones de cercanía, que ahorra todas las paredes clásicas y derriba cualquier muro. Sería divertido analizar en detalle cómo esta lava proteica de la imagen, la sonrisa autoritaria del espectáculo, derritió en su momento todos los muros del Este

Entretanto, la rivalidad interminable de la in-formación implica también que uno sea rival de sí mismo, pues la competencia -para huir de cualquier zona ártica- atraviesa al propio sujeto. De ahí nuestra cómica labilidad: en el imperio de los medios, próxima a los extremos del niño y el viejo. El hombre podría ver, si aún tuviera ojos con fondo sombrío, cómo su identidad se aparta cada vez más del atraso espectral de su existencia. De manera que este poder-surf casi invisible, reforzado con la ayuda inestimable de la izquierda y el feminismo, consigue la cuadratura del círculo: hacer del individuo, en principio indivisible, algo espectralmente dividual.

La metamorfosis que Kafka temía se habría cumplido, pues ya no podemos localizar el insecto que somos en esta malla de finas retículas. Si la telaraña www es mundial, ¿quién hace de mosca? Todos y ninguno: cada cual tendrá sus diez minutos de fama -al día- dentro de una existencia condenada a vivir, a una muerte lenta en vida. De ahí procede la furia espasmódica del consumidor ante lo elemental que le recuerde aquello que pervive en él en estado larvario, sin posible realización. De ahí también el lugar ambiguo del extranjero, en un planeta donde ya todos los somos, pues hemos sido desarraigados de cualquier humus terrenal para poder estar permanentemente en antena, insertos en una ondulación interminable. Cuando el poder se hace cargo de la misma vida, y la materia prima del sistema productivo es la propia humanidad, la vida se divide. El afuera pasa adentro, también al interior de cada hombre: de donde esta cohorte de nuevos terrores, incluso cuando todo va bien, y las actuales dolencias que pueden y deben hacerse crónicas.

De donde también esta oscilación actual entre una lasitud catatónica y eventuales estallidos de euforia o de furia. Corrección laboral y delitos sexuales; paro mortecino y horas extra; comunitarismo político -o fama mundial- y soledad monstruosa… Una vez más, en medio de la religión consensual y del despotismo de los medios, apenas existe un término medio. Para eso nos falta una tierra, la relación con lo real no elegido, algo que hoy se parece al diablo.

La neurosis de la vida sana es nuestra enfermedad social preventiva. Hemos cambiado la teología or la terapia. En la nueva medicina, recuerda Deleuze en el Postscriptum, ya no hay médicos de un lado y enfermos de otro, sino que todos somos enfermos potenciales localizados en distintos grupos de riesgo. Es significativo que padezcamos las enfermedades -alergias, cáncer, sida- que expresan laepisteme de la época, un temor generalizado a un fallo de los sistemas internos de defensa. O a una interpretación errónea de las intenciones del exterior demonizado. Debemos en todo caso convivir con dolencias crónicas que las estadísticas adelantan, eliminando cualquier relación intuitiva con el cuerpo en medio de un orden social de auto-alejamiento, que tiende a cubrirnos durante las veinticuatro horas. La relación entre la infinitud numérica y la clausura real (Badiou) también cumple aquí una función política crucial. Función doblemente religiosa porque, por supuesto, adquiere un aspecto laico.

Por lo demás, dado que la interacción de un control continuamente deformable no nos permite ninguna distancia con el cuerpo acéfalo de la sociedad -igual que el rizoma deleuziano, el CsO mantiene actualmente una variante perversa al servicio del mercado-, por ninguna parte rozamos un referente real. Todo es superestructura, de ahí que las ideologías cuenten poco: se multiplican y cambian de pareja, igual que la fusión de la oferta de moda en primavera. La base de nuestra convergencia centrista, por la derecha y por la izquierda, es la potencia móvil de una aversión metafísica al afuera que hoy abraza los cuerpos, de una alienación que -con su dosis de racismo incluida- se convierte en espectáculo y genera efectos virales y múltiples seguidores.

Al menos en el Postscriptum, Deleuze no llega tan lejos, pero insinúa que los sindicatos no sólo estarían obsoletos por la dispersión terciaria y la disolución de los grandes encuadramientos de clase, sino también por el colaboracionismo de los trabajadores con las ilusiones de clase media, esta mediación sin fin que divide a cada sujeto. En resumen, se trata de la magia blanca de la neutralización económica, con su simbiosis entre aislamiento y conexión, entre desarraigo y circulación.

Gilles Deleuze, El hombre que un día decidió morir por su propia mano, aprovechando la ley física de la gravedad y sin esperar a la muerte socialmente asistida, defendió antes la necesidad de pensar con lo más atrasado de nosotros mismos. Aunque él jamás lo diría así, en este maravilloso documento de nuestra actual zozobra diaria, Deleuze se muestra muy próximo a Nietzsche y muy alejado de Marx. En el Postscriptum ni se habla de democracia, es cierto. Pero tampoco de economía, como si la clave de la gobernanza contemporánea fuese el simple fetichismo de la movilidad, una religión circulatoria que, sin doctrina ni ideario alguno, sólo necesita que abandonemos la existencia, el compromiso moral con nuestra raíz no elegida.

Oscilando del viejo valle de lágrimas a esta radiante cumbre de risas, el control no es peor ni mejor que la anterior disciplina. Cada época tiene una plaga que vierte sobre las espaldas del hombre, una violencia que intenta encauzar a los pueblos. No hay lugar para el pesimismo o el optimismo, dice Deleuze, y apenas tenemos tiempo para buscar otras armas. ¿Cuáles? Sólo se nos dan pistas. No hay en este documento ninguna referencia a la lucha de clases, tampoco a ninguna clase elegida. Más bien al contrario, Deleuze no deja de insistir en que el capitalismo -y la resistencia- de concentración ha muerto a manos de la dispersión, un poder que es abiertoporque se cierra en cada punto donde la vida palpita.

II
La lucha contra la “raza descarada de nuestros dueños” estaría deprimida a manos de una mediación infinita que divide a cada uno por dentro, segregando en nosotros todo lo que hubiera de sombra terrenal, de Dasein que todavía guarda una relación con la pobreza. El odio inyectado contra esa zona de sombra sería hoy la apoyatura metafísica de este capitalismo interclasista, prolongando la labor “revolucionaria” que la burguesía llevó a cabo, esa liquidación mundial que tanto fascinaba a Marx. Cuando el primer círculo de Lainsurrección que viene vuelve a esta cuestión del apartheid en cada existencia, una huida de a existencia que consuma la salud y la identificación del sujeto, no se están más que desarrollando las geniales intuiciones de este control deleuziano, intuiciones que después regresan en Agamben y Badiou.

¿Cómo liberarse del control, de un poder social que nos sigue como una sombra de cobertura, que desea tus ondas y que seas feliz? Un poder que quiere ser fan de ti y que tiende a confundirse con tu piel y tu estilo de vida. “I am what I am”: mi música, mi ropa, mis estudios, mi corte de pelo, mi perfil en Facebook, mi piso, mis historias de amor… Las conexiones, la expresión constante se adelantan a cualquier habitar; se adelantan a la percepción y la desactiva, liberándonos de la necesidad de pararse y pensar, de escuchar y sentir. Vivimos casados con nuestra propia imagen, acoplados a una identidad móvil que nos separa minuto a minuto de la existencia, soltando el lastre de todo lo que haya de difícil, raro, no elegido y antiguo en ella.

Esta universal invitación a movilizarnos, que comienza ya en el plano perceptivo, es una constante orden de alejamiento de cualquier cercanía, de una ambigüedad real que es incomprensible en nuestra alta vocación de definición. Se trata de una racismo perfectamente democrático que se ha incrustado en los cuerpos. Definirse, reciclarse, actualizarse es enviar constantemente al horno crematorio todo aquello que quede en nosotros de atraso. Así es la ideología integrada en las tecnologías, la gran oferta política que las hace arrolladoras. El entorno vibrante nos obliga a una constante respuesta, a una frenética emisión de mensajes que mima la empresa compartida del inter-narcisismo y ahorra el peso de vivir. La propia obsesión monotemática por lo político, que lleva a no entender nada de obras como Youth, expresa esta huida radiante -masiva y personalizada- de un día que no quiere saber nada de la noche. Por eso el arco entero del progresismo mantiene la vigilancia sobre las culturas exteriores, supuestamente atrasadas.

Expresarse, impactar, ser divertido, marcar tendencia, estar al día, ser popular. Nadie echa de menos a un desconocido, repite Deleuze por boca de Lindon. Por tal razón, en una cultura basada en el fascismo sonriente de la visibilidad, ser desconocido no es hoy fácilmente soportable. Nos haría falta una tecnología para el comunismo de la soledad, para encontrar lo común en lo que no tiene forma. Somos demasiado oscurantistas para esto. De este terror a la común soledad proviene la actual histerización del contacto, un constante simulacro de acumulación que debe librarnos del vacío, una finitud real que hoy vivimos como si fuera el diablo.

Nihilismo e interactividad. La euforia social es la cara externa del pesimismo vital, sugiere una y otra vez Baudrillard, ese pensador despreciado en bloque por el conductismo hegemónico en la izquierda. Si este mundo está enfermo de conciencia (Tiqqun) lo está porque se trata de una enfermedad que nos hace cien por cien sociales. La conciencia misma es una huida de todo lo que de inconsciente hay en las cosas, en la tierra, en nuestro propio cuerpo y en las situaciones. Probad a ser invisibles. Es hoy, en medio de esta multiplicación viral de las normas, lo más fácil del mundo. Por eso precisamente nos da pánico. En medio de nuestros ambientes cambiantes debemos correr para no quedarnos atrás en la carrera mundial de la iluminación, perpetuamente alternativa.

Si hay salida, comenzaría por aceptar el mapa gigantesco de la trampa en la cual todos estamos implicados, esta trampa tan multiforme y extensa como el horizonte en el que queremos ser felices. La única salida pasaría por -al menos con un ojo, con una mano- ver, desde la vida mortal, esta prisión de paredes móviles que llamamos sociedad. No estaríamos entonces lejos, con Deleuze, de aquella idea de Heidegger de practicar un  y un no simultáneos ante el orden de la técnica. Simultáneos, el sí y el no, porque laserenidad y la cólera son pronunciados en distintos planos, aunque coexistan: el devenir y la historia, el acontecimiento y la situación, el tiempo secreto de las vidas y la cronología social que se multiplica en las pantallas.

Es necesario ingresar en el corazón de las situaciones para preparar algo parecido a lo que estaba en la estrategia estoica, una especie de subversión por aceptación. Cada una de nuestras diarias escenas de sumisión está separada por una delgada lámina de una posible liberación. Todo depende de cómo asumamos nuestro decorado, cómo nos atrevamos a habitarlo, pues una pequeña variación tonal en el cómo puede convertir lo que parece el infierno en un limbo respirable. Ello exige que logremos dentro de nosotros, un adentro que hoy es lo más lejano, un peligro superior a la amenaza política y visible del exterior. Sólo así la pesadilla que es la historia será un juguete en manos de la primera propiedad de cualquiera, el peligro de vivir.

Esto no implica refugiarse en el individualismo, sino lograr una individuación que subvierta -una y otra vez- nuestra tendencia crónica al fascismo de grupo. Subversión forzosamente contingente y necesitada de la presión externa, pero capaz de potenciar en lo que surge nuevas formas de comunidad. Formas necesariamente provisionales, tan inestables como lo es un encuentro. Tenemos dosmanos, dos hemisferios cerebrales. Con un lado es inevitable pactar con las tonterías de la época, el canon de la visibilidad y el reconocimiento. Con el otro lado, si queremos sobrevivir a esta multiplicación cancerígena, debemos volver a ser invisibles, aprender el silencio y la desaparición, el hecho inevitable de que en los momentos cruciales no podremos ser reconocidos, ni tendremos derecho a mendigarlo.

24 horas al día, 7 días a la semana. Hasta en los momentos de descanso, hoy se nos empuja a movilizarnos por todas partes. La cuestión es cómo encontrar una velocidad que conecte con la lentitud de la que hemos sido expropiados. Se trata de buscar una rapidez que sea más alta que la de este idiota entorno automatizado y nos permita regresar a una forma de vida que sea análoga de su más atávica indefinición. Una velocidad que vuelva al ser lento que somos, un atletismo de los afectos, del habitar y sus secretos. Peregrina sin camino, la existencia es nómada porque se aferra a una región central que no tiene cabida en ningún sitio.

Frente a las viejas formas de resistencia, la serpiente es ágil. Ante todo, ha de ser capaz del sigilo, de estar quieta o desaparecer por su simple manera de estar ahí, camuflada con los colores de una escena. A diferencia de la tabla de surf que constantemente se nos sirve, la serpiente puede ser ágil y brillante, pero también camuflarse y desaparecer, sumergiéndose bajo las superficies. “Helada serpientenoche” –a cold nightsnake-, se puede leer en Giacomo Joyce. Sabemos por algunas técnicas orientales que existe un cierto tipo de reposo y concentración capaz de la más alta velocidad. No en vano Nietzsche ponía en el anillo del águila, el animal más audaz, y la serpiente, el más sigiloso, la figura más alta del conocimiento. Otra vez resucitar la alianza prohibida de le femenino y lo masculino, lo subterráneo y lo aéreo, lo frío y lo caliente. Sería actualizar la jovialidad del mediodía nietzscheano, inventar un nuevo modo de humor -a veces tendrá que ser negro– que renace del corazón analógico de la tragedia: “caminar al sol por una carretera que tenía la libertad del mediodía”, escribe Handke.

También: un  nuevo modo de descaro que nace de la vergüenza. La serpiente nietzscheana, el más frío y nocturno de los animales, debe aliarse con el águila más visible, más audaz y diurna. Todo ello para lograr una comprensión afirmativa del eterno retorno, una genial imbecilidad que re-sacralice las cosas y vierta la noche en el mediodía de esta pantalla total. Puede así decirse que el dios de Nietzsche, al no tener ninguna esencia distinta a la existencia, debe ser operativo en cualquier situación. Se alimenta de su propia sustancia, el desierto.

Es como si debiéramos saber que, en medio de esta luminosa organización de la ceguera, nunca ha sido más fácil ser invisible. La dificultad estriba en que hoy, más que nunca, nos dan miedo las sombras, las habitaciones y los campos vacíos, la soledad de los márgenes. Todo lo que es durmiente o está sumergido es para nosotros potencialmente terrorífico, pues nuestro nihilismo -que es la única ideología del capitalismo como cultura- nos impide ver las vías de conexión que parten del silencio. Somos así prisioneros de esta malla proteica que nos mata lentamente a la vez que nos mima, pues preferimos una consensuada neutralización a la soledad de unos márgenes en los que no vemos nada más que el triste atraso de no estar salvados por el espectáculo de la cobertura. El espectáculo, la información, es, no lo olvidemos, la versión inmanente y postmoderna del culto religioso a la historia.

Y todo ello en medio de este culto típicamente capitalista a la Juventud, una juventud que -no lo olvidemos- siempre ha sido implacable. Los nazis empezaron, con mucha fuerza, siendo rabiosamente jóvenes. Bajo este perpetuo verano de la juventud publicitaria, es necesario reinventar una forma impertinente y provocadora de ser viejos. El poder de la desconexión, la aventura de no ser nadie. Reinventar, en esta época de transparencia total y espectáculo continuo, una nueva clandestinidad. Tal vez la mujer -mejor, aquellos que devienen mujer- tiene esta sabiduría dentro, la humildad para desdoblarse y actuar -amar y odiar- a tres bandas. El drama del varón, siempre casado con su imagen narcisista, es que le falta -sobre todo si ejerce de nativo digital- esa tecnología punta, analógica del espectro real.

Sin el desdoblamiento de una hipocresía femenina, sin ser agentes dobles del otro tiempo que palpita dentro de esta imperial cronología, ¿cómo escapar de un poder social que es tan fluido como nuestras vidas? El autoritarismo de los clásicos espacios disciplinarios -la derecha- nos ponía la rebelión relativamente fácil. Cuando es un dinámico y sonriente progresismo el que comanda la clonación de la especie y el control de las poblaciones, recemos, reinventemos una relación con el diablo. Esta envoltura maternal y radiante del Estado-mercado amenaza con convertirnos en un nudo de la red de redes, simples consumidores de la movilidad y sus alternativas. Logo tras logo, marca tras marca, somos prisioneros de la multiplicación sin tierra, por radicales que sean nuestras alternativas de culto. La clave, la salvación, no estará en tal o cual minoría, sino en atrevernos a vivir sin imagen: a la comunidad cualsea, que es minoritaria incluso entre los nuestros.

No hay ninguna posibilidad para la serpiente, un ser más ágil que el deslizamiento obligatorio que nos ha colonizado, si al mismo tiempo no somos más lentos. Debemos ser capaces de regresar y permanecer inmóviles en un espacio sin tiempo ni imagen. Desaparecer, camuflarse, devenir imperceptibles. Ser capaces de estar a solas con una penumbra que es anterior al cuerpo, con el veneno de la una diferencia “sin papeles” y los miedos que ella genera. Ser serpiente, quizás el único modo actual de ser creyente, exige mudar de piel, apartarnos del afán de reconocimiento y de los clichés que pretenden protegernos.

Debemos aprender a camuflarnos en un poder que se ha confundido con nuestra piel. Una vieja sabiduría, de Platón a Agamben, nos recuerda que para ser libres hay que atarse, dejarse atravesar, saber caer. Pensamos y somos libres desde nuestro atraso, desde un irremediable fondo de subdesarrollo. Si cedemos esa fatal zona de sombra -no elegida, pero crucial en  nuestra existencia- al maniqueísmo de la gestión global, abandonamos también el único territorio montañoso desde el que podemos ejercer una fuerza. Necesitamos ser héroes, volver a ser guerreros, solamente para obedecer a una heteronomía anterior a toda autonomía.

Necesitamos la agilidad de un platonismo de lo múltiple, una religión del “uno a uno”. Lograr tal ascesis en cada escena saturada, en la global dispersión que nos transporta y nos expropia, requiere un taoísmo de la violencia, una fortaleza infraleve. Solamente una espiritualidad inmanente será capaz de ingresar en la médula de las situaciones y despertar lo intempestivo del devenir bajo cualquier historia, el acontecimiento que está aprisionado en cada situación.

Las serpientes reinventan un mar abierto en cada puerto, una velocidad que puede descansar y concentrarse en cada punto de este móvil sedentarismo que nos asedia. Pero esto exige resucitar algo que nos da miedo. No una espiritualidad interior y privada, sino una espiritualidad política, una sabiduría que sea capaz otra vez de ironizar sobre lo político y contaminar los escenarios públicos.

No obstante, es posible que Foucault y Deleuze sólo barruntaran este viraje de la lucha y del guerrero, este paso del león al niño. ¿Eran todavía demasiado “marxistas” para aceptar este giro, esta orientación práctica e infranalógica del pensamiento? ¿Eran todavía demasiado occidentales para el oriente que espera bajo nuestra enorme urbanización? Quizás los dos amigos estuvieron todavía demasiado ilusionados con la política y su metafísica de las oposiciones. En resumen, excesivamente fieles a la modernidad y a lo que Simone Weil llama la superstición de la cronología. Si es cierto que Foucault, al decir de Deleuze, “odiaba los retornos”, también lo es que los dos tuvieron un problema con la vida elemental que no cambia, un límite que nosotros, que venimos de ellos, debemos traspasar.

Lo que nos puede volver a otorgar independencia es otra relación -no desértica ni nihilista- con el desierto, con la protección que brinda saber atravesar la intemperie. Solamente un fondo estoico de disciplina, una potencia de sigilo que recupere la violencia de la que hemos sido expropiados, puede contrarrestar el mundial hedonismo obligatorio, esta violencia flexible de la que somos sujetos. Es necesario aliar entonces un epicureísmo de los sentidos con un estoicismo del pensamiento. Sumar una piedad afectiva a una dureza intelectual, a un arte de las distancias.

El amor se ha vuelto difícil en tiempos de contactos multiplicados. Es casi imposible si no podemos amar esa sombra central que no es de nadie, sino impersonal y sin rostro. Pero sin ella ni siquiera podremos experimentar nuestra propia vida, única y mortal.
(*) Filósofo y crítico de arte.
Por Jorge Luis Acanda (*) (**)


Ya se ha convertido en un lugar común la aceptación de la relación entre cultura y política. Aunque todavía falta por lograrse un consenso en la comprensión de esa relación. No voy a dedicarme aquí a analizar este tema, que tiene demasiadas aristas como para poder ser tratadas en el espacio que un artículo permite. Quiero referirme a una cuestión muy vinculada a la cuestión “cultura y política”, y que tiene que ver con los que se supone sean los representantes de la primera: los intelectuales, su lugar y su papel en los procesos políticos.
La así llamada “cuestión de los intelectuales” ha estado presente a todo lo largo del movimiento obrero, del movimiento comunista y del movimiento revolucionario (tres cosas que no son idénticas, y que a veces han coincidido, pero otras no). Tiene por lo tanto bastante más de siglo y medio de existencia. A lo largo de ese período, de “cuestión de los intelectuales” pasó a denotarse como “problema de los intelectuales”, y en algunos lugares y épocas llegó a constituirse en lo que, parafraseando a Freud, podemos llamar “el malestar de los intelectuales”. ¿Por qué “problema”? Puede avanzarse una primera respuesta que parece obvia: la persistencia del tema se debe a una razón de carácter ontológico-social: dadas las características específicas del modo de producción capitalista, la clase obrera no puede producir natural o espontáneamente sus propios intelectuales. 

Pero los necesita, porque sin intelectuales no hay ni movimiento obrero, ni comunista ni revolucionario. Marx, Lenin, Stalin, Mao, Fidel, los grandes organizadores y propulsores de la revolución comunista, no han sido otra cosa que intelectuales. Intelectuales son los que han organizado y dirigido a la clase obrera y a la revolución.  Se crea así una dificultad para esa clase obrera, dificultad que tiene permanentemente que superar. Pero esa respuesta inicial no nos aclara mucho, pues la historia nos dice que la relación de contradicción no se ha dado, como pudiera pensarse superficialmente, entre la clase obrera y la intelectualidad, sino que se produce y se reproduce, permanentemente, en el seno de la propia intelectualidad vinculada a la revolución, enfrentando a una parte de ella con otra. Es algo cuando menos curioso, para no decir verdaderamente trágico, que la situación de los intelectuales en ese movimiento haya sido rica en conflictos, y más aún, en rechazos y antagonismos. ¿Para quién son los intelectuales un problema, y más aun, un malestar? Podemos decir que no se trata de la contradicción entre clase obrera e intelectuales, sino entre intelectuales e intelectuales. Más exactamente, entre un grupo de intelectuales situados en la posición de poder político dentro del movimiento comunista, y otro grupo intelectual carente de ese poder. Estos han constituido, permanentemente, un problema para aquellos. Si ya sabemos para quién son un problema, tenemos entonces que plantearnos esta otra pregunta: ¿por qué lo son?
No sería cierto afirmar que todo se reduce a la contradicción entre la intelectualidad conservadora y la intelectualidad revolucionaria. La cuestión de los intelectuales, que no es otra cosa que la de sus funciones y papel en el movimiento comunista, ha sido planteada por los propios intelectuales que estaban activos en las filas de este o colocados en la dirección del mismo. Y muy a menudo ha tomado la forma de debates cargados de conflictos entre los miembros del primer grupo y los del segundo. De ahí que la “cuestión de los intelectuales” haya sido presentada, a lo largo de la historia del movimiento comunista, como el conflicto entre intelectuales y partido, entre intelectuales y políticos. ¿Es legítimo presentarla de esta forma? Para poder responder a esta interrogante, tenemos primero que plantearnos esta otra: ¿qué debemos entender por intelectuales, y qué por “políticos”?
Ya desde fines del siglo XIX, con el desarrollo del capitalismo monopolista y la expansión de los mecanismos de la racionalización capitalista, los más avisados representantes de la teoría social burguesa comprendieron la necesidad de estudiar las nuevas e importantes funciones que asumían los sectores sociales vinculados a la producción, reproducción y circulación del conocimiento. La teoría de Weber sobre el papel creciente de la burocracia, las reflexiones de otros autores sobre lo que se dio en llamar “la nueva clase”, etc., son ejemplos de esto. Aquí, como en otros campos, el marxismo tradicional se quedó rezagado. Podemos decir que en él existió un vacío con respecto a este tema. Su concepción sobre la intelectualidad la recordamos todos aquellos que tuvimos que lidiar con los manuales soviéticos. Se la interpretaba exclusivamente desde un punto de vista muy economicista, teniendo en cuenta sólo su tipo de actividad laboral y su relación de propiedad con los medios de producción, y se la presentaba como un sector o grupo social intermedio y ambivalente, que oscila entre la burguesía y la clase obrera. Explotada por la primera, se inclinaba a aliarse con el proletariado, pero condenada al individualismo por la propia característica del trabajo que realizan, es portadora de vicios e inclinaciones pequeñoburgueses. En conclusión, no es digna de fiar, y debe ser sometida a vigilancia permanente por la clase obrera, incluso cuando el nuevo estado socialista ya ha creado una intelectualidad nueva, proveniente de las filas de los obreros y campesinos. Y se concluía haciendo una diferenciación entre la intelectualidad científico-técnica, responsabilizada con el desarrollo de las fuerzas productivas, y por ende muy importante para la construcción de un socialismo que se entendía desde una visión cosificada, y que supuestamente realiza una actividad sin contenido ideológico, y la intelectualidad humanista, que no contribuye al desarrollo de las fuerzas productivas, por lo que es menos importante que los ingenieros y los químicos, y que, para justificar su existencia en el socialismo, ha de devenir en propagandista de la línea del partido, reflejando en sus poemas, novelas, pinturas y esculturas, los ideales del realismo socialista, y apoyando las directivas del partido con sus investigaciones y monografías
En este alborear del siglo XXI no solo sabemos ya que esta concepción era simplista, sino también que se utilizó como justificación de políticas represivas con respecto a ciertos sectores de la intelectualidad en más de un país del así llamado “socialismo real”. Pero ella no encierra, en exclusiva, todo lo que el marxismo puede decirnos sobre la cuestión de la intelectualidad y su papel en la revolución. En la obra de Antonio Gramsci encontramos abundantes y profundas reflexiones sobre el tema.
La teoría gramsciana sobre los intelectuales cumple un conjunto de tareas: En primer lugar, está dirigida contra la falta de comprensión en el movimiento socialista del papel y la importancia de la intelectualidad en las sociedades tardocapitalistas y para la realización de la revolución socialista. En segundo lugar, también critica la visión común, de carácter idealista, que concibe a los intelectuales como un grupo que existe encima y por fuera de las relaciones de producción, y destaca la profunda inserción de este grupo social en la reproducción del sistema de las relaciones sociales, sobre todo en la modernidad capitalista. Y, por último, busca establecer las características esenciales de la actividad intelectual en su relación con la existencia y reproducción del todo social.
Es cierto que la sola mención del término “intelectual orgánico” levanta muchas ronchas, y no es para menos. Muchas veces se le ha utilizado en un sentido muy estrecho y bastante alejado del que le diera Gramsci. En un sentido en el que organicidad se identificaba con disciplina, encuadramiento, subordinación. El intelectual orgánico sería aquel que subordinaba su pensar y su acción a la disciplina debida al acatamiento de las directivas emanadas de la dirección del organismo político al que pertenecía. Esta acepción se personificaba en la lamentable historia de las sucesivas claudicaciones de una figura como Georg Lukacs, y se expresaba a las mil maravillas en aquella famosa frase que tengo entendido se le adjudica a Louis Aragon: “no hay verdad fuera de mi partido” Es comprensible, y del todo legítimo, que muchos intelectuales se opongan a esta interpretación, en la que la organicidad no significaba más que la cortapisa al ejercicio del criterio.
Comencemos entonces por aclarar lo que significaba, en el pensamiento gramsciano, tanto el concepto de intelectual como el concepto de organicidad. En el vocabulario cotidiano se ha fijado la identificación del término intelectual con el creador artístico. Intelectuales serían sólo los escritores, poetas, actores, artistas plásticos, etc. Pero en Gramsci vamos a encontrar una concepción distinta. A diferencia del marxismo ramplón, buscó la identidad definitoria de éstos no en su actividad intrínseca, sino en el conjunto de relaciones sociales en el que desarrollan su función. “¿Cuáles son los límites que admite el término intelectual? ¿Se puede encontrar un criterio unitario para caracterizar igualmente todas las diversas y variadas actividades intelectuales y para distinguir a éstas al mismo tiempo y de modo esencial de las actividades de las otras agrupaciones sociales? El error metódico más difundido, en mi opinión, es el de haber buscado este criterio de distinción en el conjunto del sistema de relaciones que esas actividades mantienen (y por lo tanto los grupos que representan) en su situación dentro del complejo general de las relaciones sociales”. [1] Este es un principio importante, pues fue el que le permitió establecer un concepto ampliado, expandido, de intelectual. Por cierto, que lo de expandido no lo digo por gusto. En los Cuadernos de la Cárcel encontramos una concepción expandida de fenómenos tan complejos como el Estado, la política, etc. Con ello, Gramsci cumplía un principio metodológico, que caracteriza toda su obra y le proporciona profundidad y radicalidad (en el sentido de develamiento de las raíces) a su construcción teórica: investigar los fenómenos sociales desde la comprensión del carácter difuso, molecular, capilar, del poder y de las relaciones de poder. De ahí que para Gramsci - y esta es una precisión que debemos hacer desde el inicio - por intelectuales ha de entenderse a todos aquellos que desarrollan funciones organizativas en la producción, la política, la administración, la cultura, etc. No sólo los escritores y artistas, sino también los maestros de escuela, los políticos profesionales, los administradores, los técnicos, los arquitectos, etc., en tanto participan en la labor de producción, reproducción y difusión de valores, modos de vida, modos de actividad, principios de organización del espacio, etc., son intelectuales. En tanto el poder se estructura, existe y se ejerce en todos estos intersticios de lo social, y la hegemonía de la clase dominante se enraíza en ellos, intelectuales serán los encargados del funcionamiento del aparato hegemónico, o aquellos que con su actividad contribuyen a la construcción de espacios de contrahegemonía.
Pero además, debemos destacar que son las mismas características del modo de producción capitalista las que llevan a Gramsci a la ampliación del concepto de intelectual. Como señalara Weber, el desarrollo del capitalismo implica la expansión de la racionalidad formal o instrumental. Todos los espacios de la vida social quedan sometidos a los dictados de esa racionalidad. Ello está muy vinculado a lo que Marx denominó como mercantilización creciente de toda relación social en el capitalismo. En el capitalismo el mercado pasa a jugar un papel central. Pero, en el capitalismo, “el mercado no es compra; es la generalización de un modo de representar sujetos, procesos y objetos regido por la lógica del fetichismo”. [2] Los sectores sociales encargados de la organización y funcionamiento de ese proceso de mercantilización expansiva son, por lo tanto, también grupos objetivamente encargados del funcionamiento de importantísimos procesos de producción de representaciones. En el capitalismo toda actividad y todo producto sociales devienen mercancía. La mercancía es un fenómeno muy complejo, pues a diferencia de lo que consideran la mayoría de los profesores de economía, la mercancía no se crea para satisfacer necesidades, sino para crear necesidades. Más específicamente, para producir un ser humano que sólo pueda satisfacer sus necesidades convirtiéndose en un consumidor ampliado de mercancías. El objetivo de la producción mercantil no es la producción material, sino la producción de una subjetividad social específica. Como afirmara Gramsci en los Cuadernos, la necesidad de“profundizar y dilatar la de cada individuo” como condición necesaria de existencia del capitalismo, determina “la importancia que han alcanzado en el mundo moderno las categorías y las funciones intelectuales”. [3]   Por ello en el capitalismo lo cultural adquiere una importancia extraordinaria para la reproducción del sistema de relaciones sociales, importancia que no tenía en los modos de producción anteriores. Lo cultural deviene parte integrante del proceso de producción, y del proceso de reproducción ampliada del valor, es decir, del proceso de producción de plusvalía, que es la esencia del capitalismo. Ello condiciona el surgimiento de un grupo social con un peso relativo importante en el capitalismo, encargado de realizar una actividad intelectual que ya no es simplemente de legitimación ideológica del orden existente, o de difusión de alta cultura, sino sobre todo de aseguramiento de la reproducción material del modo de producción existente. “El modo de ser del nuevo intelectual ya no puede consistir en la elocuencia motora, exterior y momentánea, de los afectos y de las pasiones, sino que el intelectual aparece insertado activamente en la vida práctica, como constructor, organizador, , no como simple orador ...”. [4] Un grupo que está vinculado a la hegemonía de la nueva clase dominante - en este caso la burguesía - de una forma mucho más profunda y compleja que sus antecesores. Es por ello que Gramsci va a acuñar el concepto de intelectual orgánico. Y también el de “intelectual de masa”, para indicar la aparición y expansión de este grupo social heterogéneo, masivo y multiforme.  
¿Qué significa organicidad? Es un concepto que no inventó Gramsci, sino que existe en el pensamiento teórico-social, sobre todo en el pensamiento crítico, desde fines del siglo XVIII, y que es desarrollado por la teoría crítica precisamente a partir de las exigencias de su lucha contra el positivismo. La idea de organicidad tiene como objetivo establecer la relación de dependencia interna entre dos o más objetos. Dos fenómenos son orgánicos entre si cuando uno es la condición de existencia, funcionamiento y reproducción del otro.
Por lo tanto, debemos rechazar la falsa idea de que sólo la clase obrera tiene intelectuales orgánicos, o que un intelectual orgánico es tan sólo aquel que, conscientemente, se enrola en una organización política o se decide a actuar en defensa de determinados intereses clasistas. La organicidad de un intelectual viene dada por la funcionalidad intrínseca a su actividad, en tanto ella tienda a la reproducción de la hegemonía existente o, por el contrario, a la subversión de la misma. El carácter orgánico o no de la actividad del intelectual se determina a partir del análisis de la función que ejerce en el seno de la superestructura. Toda clase necesita intelectuales. Siempre existe un vínculo orgánico entre los intelectuales y las distintas clases sociales. Sean conscientes o no de ello, los intelectuales son funcionarios de una lógica macropolítica de carácter incluyente, sea del Estado, del capital, de la clase obrera, de la nacionalidad, etc. El intelectual, en la sociedad moderna, es orgánico a la hegemonía o a la contrahegemonía, más allá de que milite o no en algún organismo político. De hecho, puede ser más orgánico un intelectual sin militancia política que otro que si la tenga, simplemente porque la actividad intelectual del primero está más vinculada orgánicamente a la reproducción de una cierta hegemonía que la del segundo. Ochenta años de distintas experiencias en el intento de construcción del socialismo permiten afirmar que la nomenklatura, la burocracia enquistada en las estructuras partidistas y estatales y devenida aparato de poder, no constituye en modo alguno un sector cuya actividad intelectual sea orgánica al desarrollo de una revolución comunista. El carácter de clase de la organicidad de un intelectual no depende de su voluntad, de sus inclinaciones o preferencias políticas, sino de la dimensión intrínseca de su actividad intelectual. Se puede militar en el partido comunista y no ser un intelectual orgánico del proletariado, y viceversa.
Observemos que, para Gramsci, la categoría de intelectual incluye también a los políticos. No hay cabida entonces, desde la interpretación expuesta en los Cuadernos de la Cárcel, para referirse a los intelectuales y a los políticos como dos grupos necesaria y esencialmente antitéticos. Gramsci afirmó que la así llamada clase política “no es otra cosa que la categoría  intelectual del grupo social dominante”. Todos los intelectuales ejercen una función “política”. En los países del comunismo estatalista, un grupo de intelectuales logró monopolizar las funciones de dirección tanto de las instituciones públicas coercitivas (el Estado, en el sentido estrecho del término) como del aparato de dirección partidista, e intentó presentarse como la única fuerza capaz de dirigir la actividad política de las masas. Ellos, en tanto “políticos” o “dirigentes”, serían los encargados de articular y lograr la realización de la práctica política, y a los “intelectuales” (entendidos aquí en el sentido estrecho) quedaría la creación de las formas discursivas que legitimaran y facilitaran la difusión de esas formas y direcciones de la práctica política previamente establecidas. Así, la teoría pasó a entenderse como un momento secundario y posterior con respecto a la práctica. Esta maniquea interpretación alcanzó carta de ciudadanía, hasta el punto de que, en muchos círculos, la expresión “intelectualizar un problema” pasó a ser sinónimo de inútil y vacío rejuego de palabras, cuando, si tomamos los conceptos en su verdadero sentido, la percepción de la existencia de un problema, y su comprensión, son en si mismos resultados de una actividad intelectual.
Pero frente a estas deformaciones, se alza la propia historia del movimiento comunista. Lenin dijo alguna vez que sin teoría revolucionaria no puede haber práctica revolucionaria. Y Gramsci, desde su experiencia como fundador y líder del partido comunista italiano, destacó que la conciencia política de una clase es, en primer lugar, autoconciencia o conciencia de sí, “comprensión crítica de si mismo”. [5]Representa una etapa superior, pues solo en ella se alcanza la unión de teoría y práctica. Y a continuación hizo la siguiente advertencia: “en los más recientes desarrollos de la filosofía de la praxis la profundización del concepto de unidad entre la teoría y la práctica se halla aún en su fase inicial; quedan todavía residuos de mecanicismo, puesto que se habla de la teoría como , como de la práctica, de la teoría como sierva de la práctica. Parece correcto que también este problema deba ser ubicado históricamente, es decir, como un aspecto del problema práctico de los intelectuales. Autoconciencia crítica significa, histórica y políticamente, la creación de una élite de intelectuales; una masa humana no se y no se torna independiente  sin organizarse (en sentido lato), y no hay organización sin intelectuales, o sea, sin organizadores y dirigentes, es decir, sin que el aspecto teórico del nexo teoría-práctica se distinga concretamente en una capa de personas en la elaboración conceptual y filosófica”. [6]
La organicidad de la relación entre los intelectuales y la clase que éstos representan no es mecánica: el intelectual goza de una relativa autonomía respecto a la estructura socioeconómica, y no es su reflejo pasivo. Esta autonomía es, en primer lugar, consecuencia del origen social de los intelectuales. Si bien una parte de ellos, en especial los grandes intelectuales, surge directamente de la clase que representan, la gran mayoría proviene de las clases auxiliares aliadas a la clase dirigente.
A esta autonomía estructural se suma la autonomía debida a la función misma de los intelectuales como agentes de la superestructura: el intelectual no es el agente pasivo de la clase que representa, así como la superestructura no es el reflejo puro y simple de la estructura. La autonomía es, por otra parte, indispensable para el ejercicio total de la dirección cultural y política. A este respecto resultan de gran interés algunas notas escritas en los Cuadernos a propósito de la lectura por Gramsci de la novela Babbit de Sinclair Lewis. En ellas se afirma que la existencia de una “corriente literaria realista” que realice“la crítica de las costumbres es un hecho cultural muy importante”, pues la expansión de la autocrítica significa el nacimiento de “una nueva civilización ... consciente de sus fuerzas y de sus debilidades”. Esa autocrítica, por supuesto, han de realizarla los intelectuales orgánicos del sistema, que “se distancian de la clase dominante para unirse luego a ellas más íntimamente, para ser una verdadera superestructura y no sólo un elemento inorgánico e indiferenciado de la estructura-corporación” Estos intelectuales orgánicos constituyen “la autoconciencia cultural” de ese sistema hegemónico precisamente porque representan “la autocrítica de la clase dominante”. [7] La incapacidad de un Estado para garantizar esta función de (auto)crítica por parte de su intelectualidad orgánica, y el intento de convertir a estos intelectuales en “agentes inmediatos de la clase dominante”, representan para Gramsci un signo inequívoco de que ese Estado no ha logrado rebasar la fase económico-corporativa y arribar a la fase ético-política. Es decir, que ese estructura estatal no ha logrado alcanzar el grado de madurez necesario para representar los intereses esenciales de las clases revolucionarias, y para poder constituirse en agente de la “reforma cultural”, en fuerza que promueva la construcción de una hegemonía de un signo inverso, subvertido, liberador y desenajenante.
La actividad crítica de la intelectualidad (entendiendo por tal, como ya hemos visto, a los escritores, maestros, dirigentes técnicos, dirigentes políticos, artistas, etc.) con respecto a las nuevas relaciones sociales que se van erigiendo, es una labor de autocrítica, pues esas nuevas relaciones son estructuradas y puestas a funcionar por ella. Y es una labor necesaria, pues sólo así la revolución logra ser una empresa colectiva y consciente, y por tanto verdadera. La labor crítica de la intelectualidad es condición orgánica, y por tanto imprescindible, del desarrollo de la revolución.
Es preciso detenerse a reflexionar en la contraposición que estableció Gramsci entre el intelectual orgánico y lo que llamó el “intelectual tradicional”. Algunos interpretan esto como que el intelectual tradicional es el que resiste políticamente al cambio, en el feudalismo o el capitalismo, y el orgánico el que actúa a favor del socialismo. Pero es una deformación del sentido en que se usaron estas categorías en los Cuadernos. Muy por el contrario de lo que muchos piensan, Gramsci creó el concepto de “intelectual orgánico” teniendo en cuenta precisamente el papel de la intelectualidad en el modo de producción capitalista, para destacar lo específico de las funciones de la intelectualidad de la burguesía a diferencia de las tareas de la intelectualidad en las sociedades precapitalistas.
En aquellas sociedades precapitalistas existió lo que Gramsci denominó el “intelectual tradicional”: los sacerdotes, escribas, funcionarios del gobierno, etc., que cumplían funciones intermediarias entre las masas y los distintos aparatos del Estado, y que legitimaban el status quo. El intelectual tradicional es un retórico, que crea y disemina la alta cultura. No desapareció con el advenimiento del capitalismo, y Gramsci consideraba a Benedetto Croce un ejemplo de intelectual tradicional. El intelectual orgánico es un nuevo tipo de intelectual, un producto del proceso capitalista y del cambio industrial, un intelectual que deviene “organizador técnico, un especialista en ciencias aplicadas”. Se trata del nuevo intelectual de la racionalización y la tecnologización. A los abogados, maestros, sacerdotes y doctores, que siempre han sido incluidos en las filas de los intelectuales, Gramsci añadió ahora también a los farmacéuticos, científicos naturales, investigadores, arquitectos, ingenieros y personal técnico en general, al personal militar, a los jueces y el personal de la policía. Tal vez todos ellos no produzcan formas de conocimiento, pero juegan un papel clave en la diseminación de información al servicio de la tarea de disciplinar el cuerpo y la mente para los poderes existentes. Propagan una “estructura de sentimientos”, una racionalidad instrumental. Se trata de los nuevos intelectuales de la racionalización capitalista. Así como los aparatos coercitivos del Estado, en la sociedad política, son movilizados cuando se les necesita para asegurar el status quo, los aparatos de la sociedad civil promueven el “consenso espontáneo”.
Debo alertar sobre algo: las distintas nociones de intelectual que presenta Gramsci en sus Cuadernos no se excluyen entre si, ni uno cancela al otro. La distinción entre intelectual tradicional e intelectual orgánico es una distinción compleja. En la historia de los intelectuales italianos, Gramsci encontró que todo grupo social crea orgánicamente uno o más estratos de intelectuales, que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico, sino también en el social y el político. En este sentido, los intelectuales tradicionales de las sociedades precapitalistas fueron también intelectuales orgánicos, pues propagaban y legitimaban, estuvieran conscientes de ello o no, la concepción del mundo de la clase social que poseía el poder económico y político. A su vez, algunos de los intelectuales orgánicos del capitalismo son también intelectuales tradicionales, por su forma de actividad, que realizan en el campo de la alta cultura, desempeñando el papel de árbitros del gusto filosófico y literario, difundiendo hacia abajo, hacia el común de los mortales, las normas del buen gusto y del buen hacer. Como ya dije, Gramsci señaló el ejemplo de Croce como una figura en la que ambas caracterizaciones se integraban.
Cuando Gramsci estudió la comunidad intelectual del capitalismo, la describió como una comunidad intelectual que es tanto orgánica como tradicional a la vez. Es orgánica en tanto los empresarios capitalistas la han creado orgánicamente junto con ellos, y como condición necesaria de su reproducción como clase dominante, no sólo en el campo de la legitimación espiritual, sino también en el de su reproducción económica. Es tradicional en tanto este grupo humano, como toda intelectualidad encargada de la legitimación de la dominación, incorpora los valores predominantes y modos de ver de la clase económica dominante y produce una alta cultura acorde con estos valores. Esta comunidad intelectual, surgida orgánicamente del modo de producción capitalista, contiene tanto al filósofo y al escritor, a los organizadores de la nueva alta cultura, como también al técnico industrial, al especialista en economía política, al diseñador de los espacios urbanos, al administrador del nuevo sistema legal, en tanto ellos propagan las normas de la cultura cotidiana. Tanto aquellos como estos difunden la concepción del mundo propia del modo de producción capitalista, caracterizada por la idolatría del progreso tecnológico, la visión tecnocrática-funcionalista del progreso, y la racionalidad instrumental.
Debe hacerse notar que Gramsci diferenció una serie de comunidades intelectuales orgánicas dentro de los escalones superiores del capitalismo. Mientras que los empresarios capitalistas pueden crear una elite administrativa de economistas, ingenieros, abogados y políticos culturales para cumplir complejas tareas de organización de alto nivel, los empresarios mismos representan una especie de comunidad intelectual, en tanto ellos organizan la administración de esto niveles superiores de organizaciones sociales. Esto presupone de su parte una combinación de cualidades de liderazgo, conocimiento del comportamiento y la psicología individuales y colectivas, conocimiento técnico y capacidad económica. En los Cuadernos, Gramsci escribió que el modo de ser del nuevo intelectual no puede seguir consistiendo en la elocuencia, sino en la participación activa en la vida práctica, como constructor, organizador, persuadidor permanente, y no simplemente como orador.
Esta concepción compleja sobre la composición de la intelectualidad orgánica tiene mucho que ver con la interpretación gramsciana sobre la hegemonía. La intelectualidad es el agente social de afianzamiento de la hegemonía, pero para Gramsci la hegemonía no es un fenómeno exclusivamente ideológico. No utilizó este concepto como idea que justificara la subvaloración o el olvido de la importancia de los procesos estructurales en la articulación de la hegemonía burguesa, ni mucho menos en la conformación de la hegemonía comunista. Resaltar el componente ético-cultural de la hegemonía no significó nunca, para Gramsci, desconocer el necesario componente económico de la misma. En un momento cenital de la lucha revolucionaria, en junio de 1919, escribió lo siguiente: “... el que funda la acción misma sobre pura fraseología ampulosa, sobre el frenesí de las palabras, sobre el entusiasmo semántico, no es más que un demagogo, no un revolucionario. Lo que hace falta para la revolución son hombres de espíritu sobrio, hombres que no hagan faltar el pan en las panaderías, que hacer rodar los trenes, que proporcionan materias primas a las fábricas y saben cambiar en productos industriales los productos agrícolas, que aseguran la integridad y la libertad de las personas contra las agresiones de los malhechores, que hacen funcionar el complejo de los servicios sociales y no reducen el pueblo a la desesperanza y a una horrible carnicería” [8] Años más tarde, en los Cuadernos de la Cárcel, insistió en que “si la hegemonía es ético política no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica”. [9] De ahí la importancia de los grupos que realizan su actividad intelectual en la organización del proceso económico, pues con ello ejercen una influencia decisiva sobre la conformación de la subjetividad socialmente establecida. Ello se reafirma en este otro fragmento: “La base económica del hombre colectivo: grandes fábricas, taylorización, racionalización, etc. Pero en el pasado, ¿existía o no el hombre colectivo? Existía bajo la forma de dirección carismática, ... es decir, se obtenía una voluntad colectiva bajo el impulso y la sugestión inmediata de un “héroe”, de un hombre representativo; pero esta voluntad colectiva se debía a factores extrínsecos y se componía y descomponía continuamente. El hombre-colectivo moderno, en cambio, se forma esencialmente desde abajo hacia arriba, sobre la base de la posición ocupada por la colectividad en el mundo de la producción”. [10] Es ahí precisamente donde reside la importancia de la intelectualidad orgánica revolucionaria, y de su labor crítica: sólo ella permite la estructuración, incesante y progresiva de la “voluntad colectiva” y del nuevo tipo de subjetividad social en el que se encarna.      
Veamos ahora la interpretación que hizo Gramsci sobre el intelectual orgánico de la clase obrera.
Como afirmó Hobsbawn, Gramsci no consideró que “las clases subalternas sean una especie de bella durmiente del bosque, destinada por la magia de la historia a despertar en el momento justo”, [11] ni que le tocaba al intelectual orgánico revolucionario jugar el papel del príncipe azul que despierta a la bella durmiente.  La clase obrera ha surgido como resultado del modo de producción capitalista, ha sido creada por la burguesía, y ha existido en el seno de la hegemonía cultural de esta clase. Su “subalternidad” es resultado de ese condicionamiento social. Los grupos revolucionarios no pueden aspirar a “encontrarlo todo hecho”, a construir la nueva hegemonía cultural simplemente tomando los productos y formas de conciencia colectiva de esas clases subalternas, generalizándolos a toda la sociedad. Ya en El Manifiesto Comunista se había lanzado la siguiente advertencia: “Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales sino aboliendo su propio modo de apropiación en vigor”. [12] No existe algo que pudiera llamarse “un modo proletario” de apropiación de la realidad. En la sociedad capitalista, el modo burgués de apropiación es el predominante y hegemónico, pues lo ha expandido a todas las demás clases sociales. Por eso debe ser abolido, para crear uno nuevo, todavía no existente plenamente en la sociedad capitalista, presente sólo como posibilidad, como potencialidad, como conjunto de momentos específicos y aislados actuantes en el conjunto de la producción espiritual de los grupos subalternos, la cual está funcionalizada por la hegemonía burguesa. La destrucción de esa hegemonía implica la destrucción y superación de la cultura de las clases sociales explotadas. Es siguiendo esta línea de razonamiento que deben leerse las numerosas páginas dedicadas en los Cuadernos al tema de la cultura revolucionaria, páginas que ha sido muchas veces objeto de interpretaciones erróneas.
Una vez más es preciso alertar contra las interpretaciones simplistas y deformadas del legado gramsciano. Gramsci no es un “populista”. No consideraba que “el pueblo”, por alguna razón milagrosa, ha logrado crear una cultura que, por “popular”, es antitéticamente diferente a la cultura de la clase en el poder, una cultura libre de toda influencia hegemónica de la cultura dominante. Sería un error pensar que la clase dominante ejerce su hegemonía sólo a través de la cultura “oficial” o “alta cultura”, y entender a la cultura popular exclusivamente como cultura de la resistencia. Esta es una concepción que, desde el punto de vista gnoseológico, repite los esquemas dicotómicos y mecanicistas, y que, desde una perspectiva política, lleva a dispensar, injustificadamente, a las fuerzas revolucionarias de la tarea, larga y sumamente compleja, de tener que construir una nueva cultura, pues conduce a la creencia de que basta con tomar algo ya dado con anterioridad a la propia revolución, entregando a la cultura popular a su dinámica interna de desarrollo, y que con ello aparecería espontáneamente la cultura revolucionaria. Esta concepción, además de establecer una coartada para las posiciones de subvaloración de lo cultural  y del papel de los intelectuales (posiciones que caracterizaron a las élites dirigentes de muchos países que intentaron la construcción del socialismo), implica una posición antidialéctica, pues ignora el carácter internamente contradictorio de la cultura popular, en tanto producto social, y por ende resultado del entrecruzamiento de relaciones de fuerza de signo muy diverso, y portadora, en consecuencia, no sólo de elementos de oposición y resistencia de las clases subordinadas al poder, sino también de elementos de la hegemonía de la clase dominante. Es preciso descubrir la presencia de relaciones hegemónicas de dominación en el seno de la propia cultura de los “simples”. La noción de hegemonía implica un elemento de consenso, no reductible al efecto ideológico del engaño o la ocultación. La concepción gramsciana rompe con los esquemas verticalistas, y establece que el poder no se impone desde arriba, sino que su éxito depende del consentimiento de los de abajo. El poder se produce y reproduce en los intersticios de la vida cotidiana. Es, por ende, ubicuo, y se halla presente en cualquier producto o relación sociales.
La cultura es siempre políticamente funcional a los intereses de las distintas clases. La clase dominante es hegemónica precisamente por su control de la producción cultural. Este es el punto de anclaje fundamental de la dominación. Es por ello que la emancipación político-económica de las clases subalternas es imposible sin su emancipación cultural. Emancipación que es también liberación de su sujeción a la cultura popular, a la cultura que ha creado bajo las condiciones de la hegemonía burguesa. De ahí que desde el punto de vista de su capacidad liberadora, Gramsci juzgue negativamente a la cultura popular, pues la considera incapaz de, por sí sola, liberar a las masas populares. Por lo tanto, éstas, para emanciparse, deben trasmutarse y abandonar los contenidos de su identidad cultural, avanzando hacia la constitución de una nueva identidad que supere a la anterior. Un elemento característico de las propuestas gramscianas consiste precisamente en que ellas marcan más el momento de la escisión que el de la continuidad entre la cultura popular y la cultura revolucionaria. [13]
Para Gramsci es necesario crear y difundir entre los individuos una nueva concepción del mundo. Hay que liberar a las masas de su cultura y llevarlas a una visión del mundo diferente en tanto coherente, crítica y totalizadora. La cultura popular no es concebida como un punto de llegada, sino como un punto de partida para el desarrollo de una nueva conciencia política, cuyas raíces estén echadas en la cultura popular, pero para modificarla y superarla. Esta operación exige una pedagogía adecuada y un saber apropiarse de los elementos progresivos de la cultura y del espíritu popular creativo. La nueva cultura no nace y se desarrolla por sí misma, sino que es menester organizarla y tomar medidas que la desarrollen. Es a la intelectualidad orgánicamente revolucionaria, a través de su labor de difusión de un pensamiento crítico y de una “estructura de sentimiento” acorde a ello, a quien toca tomar esas medidas.
Las reflexiones sobre el sentido común contenidas en los Cuadernos son de gran importancia para aprehender la esencia de la teoría de la hegemonía. El sentido común es un instrumento de dominación de clase. De ahí que en los Cuadernos se afirme que la nueva concepción revolucionaria del mundo “sólo puede presentarse inicialmente en actitud polémica y crítica, como superación del modo de pensar precedente y del pensamiento concreto existente (o del mundo cultural existente). Es decir, sobre todo, como crítica del ”. [14]
Gramsci distingue entre sentido común y “buen sentido”, o núcleo sano de la concepción del mundo espontánea de las masas. Al hablar de “buen sentido” se refiere a la presencia, en el sentido común, de elementos de humanización y racionalidad, de elementos de un pensamiento crítico y verdaderamente contrahegemónico. El buen sentido ejerce una función crítica con respecto a las cristalizaciones y dogmatizaciones presentes en el sentido común. Es en este núcleo sano en el que deben apoyarse los intelectuales orgánicos de la revolución a los efectos de proveer de una base real para la construcción de la nueva hegemonía. La tarea no es la de aceptar la cosmovisión popular y las normas prácticas de conducta de las masas, sino la de construir un nuevo sentido común, pues el ya existente en la sociedad capitalista es incapaz de crear libremente una conciencia individual y colectiva coherente, crítica y orgánica. “La filosofía de la praxis no tiende a mantener a los en su filosofía primitiva de sentido común, sino al contrario, a conducirlos hacia una concepción superior de la vida ... para construir un bloque intelectual-moral que haga posible un progreso intelectual de masas” [15]
Está claro que, para Gramsci, la producción de la hegemonía liberadora significa un proceso pedagógico inédito en la historia de la humanidad. Y ello por dos razones: por los contenidos a ser enseñados, y por la relación pedagógica entre educador y educado.
Como ya apunté anteriormente, en los Cuadernos encontramos un replanteamiento del socialismo en términos éticos-culturales. La nueva sociedad se ve como aquella que crea las condiciones para que las masas se apropien y produzcan un modo de pensar diferente al que ha predominado históricamente. La dominación y la explotación han marcado las características de todas las formaciones sociales existentes hasta el presente. Como premisa y resultado, a la vez, se ha universalizado un tipo de producción espiritual que reproduce la jerarquización asimétrica y la reificación, y que se caracteriza por la subordinación cognoscitiva, la asimilación acrítica, la cosificación, la enajenación, la naturalización de las relaciones sociales, la interpretación instrumental del saber, los métodos pedagógicos verticalistas y repetitivos, la persistencia del mesianismo y la modelación unilateral de los procesos del pensamiento. El socialismo estadolátrico no desestructuró esa armazón epistémica, ni se propuso la producción de un modo de pensamiento diferente, cuestionador, abierto, iconoclasta, desafiante de la autoridad y las falsas certezas, sino que intentó utilizar los viejos mecanismos de producción espiritual para crear, a marchas forzadas, la nueva sociedad. Aquí. Los resultados son bien conocidos.
La construcción de la hegemonía revolucionaria es un acto pedagógico. “Cada relación de hegemonía es una relación pedagógica”. Pero esa relación pedagógica “no puede ser reducida a relaciones específicamente escolares”. [16] Por ello Gramsci enfatiza en que la idea de que “no se trata de una educación , esto es, de una , de una acumulación de nociones, sino de educación , de la difusión de una concepción del mundo convertida en norma de vida” [17] No se trata de difundir un conocimiento instrumental entre las masas, sino de universalizar la capacidad de pensamiento crítico.
Si el contenido de esa educación es diferente, también lo es su modo de realizarse. El objetivo de los grupos dirigentes de la revolución no puede ser el de mantener a los “simples” en su posición intelectualmente subalterna. “La filosofía de la praxis ... no es el instrumento de gobierno de grupos dominantes para tener el consentimiento y ejercitar la hegemonía sobre clases subalternas, sino que es expresión de estas clases subalternas, que desean educarse a sí mismas en el arte de gobierno”. [18] Si la revolución socialista ha de ser la subversión de la hegemonía capitalista, y la construcción de una hegemonía de signo radicalmente diferente, en tanto humanista y liberadora, entonces la relación a establecer entre los “simples” y los grupos dirigentes de esa revolución ha de estar marcada por la siguiente pregunta: “¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes, o por el contrario, se desean crear las condiciones bajo las cuales desaparezca la necesidad de la existencia de esta división?. O sea, ¿se parte de la premisa de la perpetua división del género humano o se cree que tal división es sólo un hecho histórico, que responde a determinadas condiciones?” [19] La construcción de la hegemonía socialista no es sólo un proceso político, sino también gnoseológico, y es ello lo que torna el cambio político verdaderamente radical. No es posible transformar las relaciones sociales de producción capitalistas y eliminar la dominación, si las nuevas relaciones de poder siguen repitiendo los esquemas asimétricos. Es por ello que en los Cuadernos se establece una contraposición entre aquellas elites revolucionarias animadas de la voluntad de romper el patrón objetualizante de las relaciones intersubjetivas, y aquellas que, aunque animadas de los mejores deseos, no tienen en cuenta este importante factor, y conciben la función de la organizaciones políticas de lucha exclusivamente como la de búsqueda de una “fidelidad genérica de tipo militar a un centro político”. [20] La continuación de este fragmento es concluyente: “La masa es simplemente de y se la mantiene con prédicas morales, con estímulos sentimentales, con mesiánicos mitos de espera de épocas fabulosas, en las cuales todas las contradicciones y miserias presentes serán automáticamente resueltas y curadas” [21]
A la luz de las experiencias históricas que condujeron al ominoso final de los experimentos anti-capitalistas en los países de Europa del Este, las ideas planteadas por Gramsci cobran un carácter admonitorio. Es imposible la construcción y mantenimiento de la hegemonía socialista si se mantienen los esquemas verticalistas y el carácter pastoral del poder. La subversión política es, en su sentido más amplio y profundo, pero también más estricto, revolución cultural. Implica la conformación de una política para el desarrollo por primera vez libre y multilateral de la subjetividad humana, que, por lo tanto, tiene que superar los “unanimismos” impuestos y la interpretación de la unidad como excluyente de la diferencia y la discusión. Gramsci presentó de un modo nuevo el problema, vital y permanente para el marxismo, de la relación entre un centro organizador del proceso político y la espontaneidad, creatividad y autonomía de las clases implicadas en la subversión del modo de apropiación capitalista. La cuestión cardinal de producir un ensamblaje entre ese centro y las formas de asociatividad revolucionarias surgidas en las propias masas en la lucha permanente por el desarrollo de la nueva hegemonía. Por ello distinguió entre el centralismo democrático y lo que llamó “centralismo burocrático”, en el que el aparato organizativo se autonomiza con respecto a las clases en lucha y pasa a defender sus intereses de autoconservación, y no los de aquellas. “La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosas; si ella termina por constituir un cuerpo solidario y aparte y se siente de la masa, el partido termina por convertirse en anacrónico y en los momentos de crisis aguda desaparece su contenido social y queda como en las nubes”. [22] Por el contrario, el centralismo democrático “ofrece una fórmula elástica, que se presta a muchas encarnaciones, dicha fórmula vive en cuanto es interpretada y adaptada continuamente a las necesidades. Consiste en la búsqueda crítica de lo que es igual en la aparente disformidad, y en cambio distinto y aún opuesto en la aparente uniformidad” [23]
De ahí la importancia que Gramsci le concedió a la obtención del consenso “activo” como pieza clave de la hegemonía revolucionaria. La burguesía logra su hegemonía porque hace pasar sus intereses como intereses generales, de toda la sociedad. Obtiene un consenso que puede considerarse pasivo, pues es sólo ella, como sujeto excluyente de la reproducción social, quien fija el orden cultural existente en consonancia con lo que le sea de provecho. Pero la hegemonía liberadora sólo puede construirse si todas las clases y grupos empeñados en la subversión del modo de apropiación capitalista poseen las capacidades materiales y espirituales necesarias para plantear sus propios intereses y, en conjunto, establecer los puntos de encuentro. Para el socialismo, “... es cuestión vital el logro de un consenso no pasivo e indirecto, sino activo y directo, es decir, la participación de los individuos aunque esto provoque la apariencia de disgregación y de tumulto. Una conciencia colectiva y un organismo viviente se forman sólo después que la multiplicidad se ha unificado a través de la fricción de los individuos y no se puede afirmar que el no sea multiplicidad. Una orquesta que ensaya cada instrumento por su cuenta, da la impresión de la más horrible cacofonía; estas pruebas, sin embargo, son la condición necesaria para que la orquesta actúe como un solo ”. [24]
La importancia del consenso activo, y por ende de la conformación de un sustrato cultural que permita la independencia intelectual de cada individuo, confirma la idea gramsciana del papel esencial a jugar por la intelectualidad revolucionaria orgánica en la estructuración de la nueva hegemonía.
Gramsci diferenció entre “pequeña política” y “gran política”, [25] por lo que me parece que es legítimo distinguir entre grandes políticos revolucionarios, o verdaderos políticos revolucionarios, en el sentido orgánico, y “pequeños políticos”. El verdadero político revolucionario concibe el poder que detenta como un instrumento en función de la realización de un proyecto ético-cultural que trasciende mezquinos intereses de grupo; el “pequeño político” no llega ni siquiera a ser un “pequeño político revolucionario”, pues no logra entender la dimensión desenajenante que necesariamente ha de tener la nueva hegemonía comunista, y agota su esfuerzo en el manejo de la coyuntura. Un estadista es un gran político revolucionario, pero también lo es un maestro de escuela, o un director de programas de televisión, o un arquitecto, en tanto colocan su actividad intelectual en función del desarrollo de una “conciencia de si” crítica y coherente entre el pueblo. Ellos serán siempre la piedra en el zapato de los politiquillos, el verdadero malestar en su existencia, por cuanto estos últimos, pese a su posición consagrada en un calificador de cargos, no han sido, ni serán nunca, orgánicamente revolucionarios. Y no se puede ser un revolucionario inorgánico.

[1] A. Gramsci, Los Intelectuales y la Organización de la Cultura, Buenos Aires, Lautaro, 1960, p. 14.
[2] José Miguel Marinas, “La verdad de las cosas (en la cultura del consumo)”, revista Agora, Universidad de Santiago de Compostela, 1997, volumen 16, nr. 1, p. 92.
[3] A. Gramsci, Los Intelectuales y la Organización de la Cultura, edición citada, p. 16.
[4] Ibidem, p. 15.
[5] A. Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, La Habana, Edición Revolucionaria, 1966, p. 20.
[6] Ibidem, p. 20-21.
[7] Notas sobre Maquiavelo, sobre Políticia y sobre el Estado Moderno, Buenos Aires, Lautaro, 1962, p. 325.
[8] Citado en: AA. VV., Revolución y Democracia en Gramsci, Barcelona, Editorial Fontamara, 1981, p. 148.

(*) Profesor Titular de Filosofía de la Universidad de La Habana.
Un artículo de Jean Paul Sartre.

Querría poneros en guardia contra lo que podría llamarse la "mixtificación neocolonialista".
Los neocolonialistas piensan que hay buenos colonos y colonos muy malos. Éstos tienen la culpa de que se haya degradado la situación de las colonias.
La mixtificación consiste en esto: lo pasean a uno por Argelia, le muestran complacientemente la miseria del pueblo, que es terrible, le cuentan las humillaciones que los malos colonos hacen sufrir a los musulmanes. Y luego, cuando uno está muy indignado, añaden: "Por esta razón los argelinos mejores han tomado las armas: no podían por menos". Si se hace con maña, volveremos convencidos:
1. De que el problema argelino es primeramente económico. Se trata, mediante prudentes reformas, de dar pan a nueve millones de personas.
2. Que, a continuación, es social; hay que multiplicar los médicos y las escuelas.
3. Que, por fin, es psicológico: recordemos a De Man con su "complejo de inferioridad" de la clase obrera. Halló, a la vez, la clave del "carácter indígena": mal tratado, mal nutrido, iletrado, el argelino tiene un complejo de inferioridad con respecto de sus amos. Actuando sobre estos tres factores se le tranquilizará: si come lo necesario, si tiene trabajo y sabe leer, ya no tendrá la vergüenza de ser un hombre inferior y recobraremos la vieja fraternidad franco-musulmana.
Pero, sobre todo, no mezclamos esto con la política. La política es abstracta: ¿de qué sirve votar si uno se muere de hambre? Los que vienen a hablarnos de elecciones libres, de una Constituyente, de la independencia argelina, son provocadores o embrollones que no hacen más que complicar la cuestión.

He aquí el argumento. A él los dirigentes del F.L.N. han respondido: "Aun siendo dichosos bajo las bayonetas francesas, nos batiríamos". Tienen razón. Y sobre todo hay que ir más lejos que ellos: bajo las bayonetas francesas sólo se puede ser desgraciados. Es cierto que la mayoría de los argelinos sufre una miseria insoportable; pero es cierto también que las reformas necesarias no pueden ser hechas ni por los buenos colonos ni por la "Metrópoli" misma, mientras pretenda conservar su soberanía en Argelia. Esas reformas serán de la incumbencia del pueblo argelino, cuando haya conquistado su libertad.
Porque la colonización no es un conjunto de azares, ni el resultado estadístico de miles de empresas individuales. Es un sistema puesto en ejecución hacia mediados del siglo XIX, que comenzó a dar sus frutos hacia 1880, entró en decadencia después de la Primera Guerra Mundial, y en la actualidad se vuelve contra la nación colonizadora.
He aquí lo que yo querría mostraros acerca de Argelia, que es, desgraciadamente, el ejemplo más claro y legible del sistema colonial. Querría haceros ver el rigor del colonialismo, su necesidad interna, cómo debía conducirnos directamente a donde estamos y cómo la intención más pura, si nace dentro de ese círculo infernal, se pudre inmediatamente.
Porque no es cierto que hay colonos buenos y malos: hay colonos y eso basta 2. Cuando hayamos comprendido eso, comprenderemos por qué los argelinos tienen razón de atacar políticamente en primer lugar ese sistema económico, social y político y por qué su liberación y la de Francia, sólo puede ser resultado del fin de la colonización.
El sistema no se puso solo en ejecución. A decir verdad, ni la monarquía de julio, ni la Segunda República, no sabían qué hacer de la Argelia conquistada.
Se pensó en transformarla en colonia de población. Bugeaud concebía la colonización "a la romana". Se entregarían vastos dominios a los soldados licenciados del Ejército de África. Su tentativa no tuvo resultado.
Se quiso derramar sobre África el excedente de los países europeos, los campesinos más pobres de Francia y de España; se creó, para aquella "chusma", algunos pueblos en torno de Argel, de Constantina, de Orán. La mayoría fueron diezmados por las enfermedades.
Después de junio de 1848, se trató de instalar allí -mejor sería decir “de agregar”- a los obreros sin trabajo cuya presencia inquietaba a "las fuerzas del orden". De 20.000 obreros transportados a Argelia, la mayor parte pereció de fiebre y de cólera; los sobrevivientes consiguieron ser repatriados.
Bajo esta forma, la empresa colonial seguía vacilante; se precisó bajo el Segundo Imperio, en función de expansión industrial y comercial.
Una tras otra, se crearon las grandes compañías.
1863: Sociedad de Crédito Territorial Colonial y Bancario.
1865: Sociedad Marsellesa de Crédito;
Compañía de los Minerales de Hierro de Mokta;
Sociedad General de los Transportes Marítimos a Vapor.
Esta vez, es el capitalismo el que se hace colonialista. El teórico de ese nuevo colonialismo será Jules Ferry: "Francia, que ha rebosado siempre de capitales y los ha exportado en cantidad considerable al extranjero, tiene interés en considerar, bajo este ángulo, la cuestión colonial. Para los países dedicados como el nuestro, por la naturaleza misma de su industria, a una gran exportación, está la cuestión de los mercados... Allí donde está el predominio político, está el predominio de los productos, el predominio económico".
Como se verá, no fue Lenin quien definió primero el imperialismo colonial: fue Jules Ferry, esa "gran figura" de la Tercera República.
Y se ve también que ese ministro está de acuerdo con los felás de 1956; proclama la "¡política en primer lugar!", que emprenderán contra los colonos tres cuartos de siglo después.
Primero vencer las resistencias, romper los cuadros, someter, aterrorizar.
En seguida, solo, se pondrá en ejecución el sistema colonial.
¿Y de qué se trata? ¿De crear industrias en el país conquistado? Nada de eso: los capitales de que Francia "rebosa", no se van a invertir en los países subdesarrollados; la utilidad sería insegura, los beneficios a un plazo muy largo; habría que construir todo, que equipar todo. E incluso, aunque eso pudiera hacerse, ¿por qué crear de pies a cabeza una competencia a la producción metropolitana? Ferry es muy claro; se invertirán sencillamente en las industrias nuevas, que venderán sus productos manufacturados al país colonizado. El resultado inmediato fue el establecimiento de la Unión aduanera (1884). Esta Unión dura aún: asegura el monopolio del mercado argelino a una industria francesa que lleva la desventaja en el mercado internacional por sus precios demasiado altos.
¿Pero a quién, pues, esta industria nueva pensaba vender sus productos? ¿A los argelinos? Imposible: ¿de dónde iban a sacar el dinero para pagar? La contrapartida de ese imperialismo colonial es que hay que crear un poder adquisitivo en las colonias. Y entiéndase bien, los colonos son los que han de beneficiarse de todas las ventajas y los que se van a transformar en compradores eventuales. El colono es, en primer lugar, un comprador artificial, creado de pies a cabeza, más allá de los mares, por un capitalismo que busca nuevos mercados.
Desde 1900, Peyerimhoff insistía acerca de ese carácter nuevo de la colonización "oficial": "Directamente o no, la propiedad del colono le viene del Estado gratuitamente, o bien ha visto todos los días otorgar concesiones en torno de él; bajo sus ojos, el gobierno ha hecho por los intereses individuales sacrificios sensiblemente mayores de los que consentiría en países más antiguos y completamente explotados".
Aquí se marca con claridad la segunda cara del díptico colonial: para ser comprador, el colono tiene que ser vendedor. ¿Y a quién venderá? A los franceses de la Metrópoli. ¿Y qué va a vender sin industria? Productos alimenticios y materias primas. Esta vez, bajo la égida del ministro Ferry y del teórico Leroy-Beaulieu, se constituye el estatuto colonial.
¿Y cuáles son los "sacrificios" que el Estado consiente al colono, a ese hombre amado de los dioses y de los exportadores? La respuesta es sencilla: le sacrifica la propiedad musulmana.
Porque ocurre que, en efecto, los productos naturales del país colonizado crecen en la tierra y esta tierra pertenece a las poblaciones "indígenas". En ciertas comarcas poco pobladas, con grandes espacios incultos, el robo de la tierra es menos manifiesto: lo que se ve es la ocupación militar, es el trabajo forzado. Pero en Argelia, a la llegada de las tropas francesas, todas las tierras buenas estaban cultivadas. La pretendida "explotación" está, pues, apoyada en una expoliación de los habitantes que se ha mantenido durante un siglo: la historia de Argelia es la concentración progresiva de la propiedad territorial europea a expensas de la propiedad argelina.
Todos los medios han sido buenos.
Al principio, se aprovecha el menor indicio de resistencia para confiscar o secuestrar. Bugeaud decía: Es necesario que la tierra sea buena; importa poco a quién pertenece.
La revuelta de 1871 sirvió de mucho: se quitó cientos de miles de hectáreas a los vencidos.
Pero esto podría no ser bastante. Entonces decidimos hacer un hermoso regalo a los musulmanes: les dimos nuestros Código Civil.
¿Y por qué tanta generosidad? Porque la propiedad tribal era colectiva en la mayoría de los casos, y se quería desmenuzarla para permitir a los especuladores comprarla de nuevo poco a poco.
En 1873, se encargó a los funcionarios judiciales que transformasen las grandes propiedades indivisas en un rompecabezas de bienes individuales. En cada herencia, constituían lotes que entregaban a cada uno. Algunos de esos lotes eran ficticios: en el aduar de Harrar, para 8 hectáreas, el funcionario judicial había descubierto 55 legatarios.
Bastaba con corromper a uno de esos legatarios: reclamaba su parte. El procedimiento francés, complicado y confuso, arruinaba a todos los copropietarios; los mercaderes de bienes europeos compraban el total por un pedazo de pan.
Hemos visto, sin duda, en nuestras regiones, campesinos pobres, arruinados por la concentración de tierras y la mecanización, vender sus campos y unirse al proletariado urbano; al menos, esta ley inexorable del capitalismo no iba acompañada del robo propiamente dicho. Aquí, con premeditación, con cinismo, se ha impuesto un código extranjero a los musulmanes, porque se sabía que ese código no podía aplicarse a ellos y no tendría más efecto que el de anonadar las estructuras internas de la, sociedad argelina. Si la operación se ha continuado hasta el siglo XX con la ciega necesidad de una ley económica, es porque el Estado francés había creado, brutal y artificialmente, las condiciones del liberalismo capitalista en un país agrícola y feudal. Eso no ha impedido que, recientemente, los oradores, en la Asamblea, alabasen la adopción forzada de nuestro código por Argelia como "uno de los beneficios de la civilización francesa".
He aquí los resultados de esta operación:
En 1850, el dominio de los colonos era de 115.000 hectáreas. En 1900, de 1.600.000; en 1950, de 2.703.000.
En la actualidad, 2.703.000 hectáreas pertenecen a los propietarios europeos; el Estado francés posee 11 millones de hectáreas bajo el nombre de "tierras patrimoniales"; se han dejado 7 millones de hectáreas a los argelinos. En resumen, ha bastado un siglo para desposeerlos de dos tercios de su suelo. La ley de concentración ha ido además en contra de los pequeños colonos. En el día de hoy, 6.000 propietarios tienen una renta agrícola, neta de más de 12 millones; algunos alcanzan los mil millones. El sistema colonial está en funciones: el Estado francés entrega la tierra árabe a los colonos para crear un poder adquisitivo que permita a las industrias metropolitanas venderles sus productos; los colonos venden a los mercados de la Metrópoli los frutos de esta tierra robada.
A partir de ahí, el sistema se refuerza por sí solo; gira en total; vamos a seguirlo en todas sus consecuencias y ver cómo se hace cada vez más riguroso.
  1. Al afrancesar y dividir la propiedad se ha roto la armazón de la vieja sociedad tribal sin poner nada en lugar suyo. Esta destrucción de los cuadros ha sido sistemáticamente alentada: primero porque suprimía las fuerzas de resistencia, y substituía las fuerzas colectivas por una polvareda de individuos; luego, porque creaba la mano de obra (al menos en cuanto el cultivo no estaba mecanizado): sólo esta mano de obra permite compensar los gastos de transporte, sólo ella preserva los márgenes de beneficios de las empresas coloniales frente a las economías metropolitanas cuyo costo de producción baja incesantemente. De este modo, la colonización ha transformado la población argelina en un inmenso proletariado agrícola. Se ha podido decir de los argelinos: son los mismos hombres que en 1830 y trabajan las mismas tierras; pero, en lugar de poseerlas, son los esclavos de los que las poseen.
  1. Si, al menos, el robo inicial no fuese del tipo colonial, se podría esperar, quizás, que una producción agrícola mecanizada permitiese a los argelinos mismos comprar los productos de -su suelo a un precio mejor. Pero los argelinos no son, ni pueden ser, los clientes de los colonos. El colono debe exportar para pagar, sus importaciones: produce para el mercado francés. Se ve llevado, por la lógica del sistema, a sacrificar las necesidades de los indígenas a las de los franceses de Francia.
Entre 1927 y 1932, la viticultura ha ganado 173.000 hectáreas, de las cuales más de la mitad ha sido arrancada a los musulmanes. Ahora bien, los musulmanes no beben vino. En las tierras que les han robado cultivaban cereales para el mercado argelino. Esta vez, no sólo se les quita la tierra; se plantan en ella viñas, se priva a la población argelina de su alimento principal. Medio millón de hectáreas, tomadas de las mejores tierras y consagradas enteramente a la viticultura, están reducidas a la improductividad y como anuladas para las masas musulmanas.
Y qué decir de los agrios que se hallan en todas las tiendas de comestibles musulmanas. ¿Creéis que los felás comen naranjas en el postre?
En consecuencia, la producción de cereales retrocede de año en año hacia el sur presahariano. Se han encontrado gentes, sin duda, para probar que era un beneficio de Francia: si los cultivos se desplazan es porque nuestros ingenieros han irrigado el país hasta los confines del desierto. Esas mentiras pueden engañar a los habitantes crédulos o indiferentes de la Metrópoli; pero el felá sabe muy bien que el sur no está irrigado; si se ve obligado a vivir en él, es sencillamente porque Francia, su bienhechora, le ha expulsado del norte; las tierras buenas están en la llanura, en torno de las ciudades; se ha dejado el desierto a los colonizados.
El resultado es una degradación continua de la situación: el cultivo de los cereales no ha progresado desde hace setenta años. Durante ese tiempo, la población argelina se ha triplicado. Y si se quiere contar ese exceso de natalidad entre los beneficios de Francia, recordemos que las poblaciones más miserables son las que tienen mayor natalidad. ¿Vamos a pedir a los argelinos que den las gracias a nuestro país por haber permitido que sus hijos nazcan en la miseria, vivan esclavos y mueran de hambre? Para los que duden de la demostración, he aquí las cifras oficiales:
En 1871, cada habitante disponía de 5 quintales de cereales.
En 1901, de 4 quintales.
En 1940, de 2 y medio.
En 1945, de 2.
Al mismo tiempo, la reducción de las propiedades individuales tenía por efecto el suprimir los terrenos de pasto y los derechos de peaje. En el sur presahariano, donde se acantona a los ganaderos musulmanes, el ganado se mantiene poco más o menos. En el norte, ha desaparecido.
Antes de 1914, Argelia disponía de 9 millones de cabezas de ganado.
En 1950, sólo tiene 4 millones.
Actualmente la producción agrícola se estima del modo siguiente:
Los musulmanes producen por 48 miles de millones de francos.
Los europeos, por 92 miles de millones.
Nueve millones de hombres suministran el tercio de la producción agrícola. Y no hay que olvidar que ellos sólo consumen ese tercio; el resto va a Francia. Tienen, pues, con sus instrumentos primitivos y sus tierras malas, la obligación de nutrirse ellos mismos. En la parte de los musulmanes –reduciendo el consumo de cereales a 2 quintales por persona- hay que rebajar 29 mil millones para el autoconsumo. Eso se traduce en los presupuestos familiares por la imposibilidad –de la mayor parte de las familias- de limitar sus gastos alimentarios. La comida absorbe todo su dinero; no queda nada para vestirse, para alojarse, para comprar grano o instrumentos.
Y la única razón de este pauperismo progresivo, es que la bella agricultura colonial se ha instalado como un cáncer en el centro del país y roe todo.
  1. La concentración de las propiedades supone la mecanización de la agricultura. La Metrópoli está encantada de vender sus tractores a los colonos. Mientras la productividad del musulmán, acantonado en tierras malas, ha disminuido en una quinta parte, la de los colonos se acrecienta cada día para su solo provecho: los viñedos de 1 a 3 hectáreas, donde la modernización del cultivo es difícil, ya que no imposible, dan 44 hectólitros por hectárea. Los viñedos de más de 100 hectáreas producen 60 hectólitros por hectárea.
Ahora bien, la mecanización engendra el desempleo tecnológico: los obreros agrícolas son reemplazados por la máquina. Eso sería de una importancia considerable pero limitada, si Argelia poseyese una industria. Pero el sistema colonial se lo prohíbe. Los desempleados afluyen a las ciudades, donde se les ocupa unos días en trabajos de instalación, y luego se quedan allí, por no saber adónde ir: ese subproletariado desesperado crece de año en año. En 1953, no había más que 143.000 jornaleros registrados oficialmente como habiendo trabajado más de noventa días, o sea un día de cada cuatro. Nada muestra mejor el rigor creciente del sistema colonial: se comienza por ocupar el país, luego se toman las tierras y se explota a los antiguos propietarios con salarios de hambre. Y después, con la mecanización, esta mano de obra barata se hace aún demasiado cara: se termina por quitar a los indígenas hasta el derecho de trabajar. Al argelino, en su casa, en un país en plena prosperidad, no le queda más que morir de hambre.
Los que, entre nosotros, se atreven a quejarse de que los argelinos vengan a ocupar el lugar de los trabajadores franceses, ¿saben que el 80 % de ellos envían la mitad del salario a su familia y que millón y medio de personas que han quedado en los aduares viven exclusivamente de lo que les envían esto 400.000 exiliados voluntarios? Y esto también es la consecuencia rigurosa del sistema: los argelinos se ven obligados a buscar en Francia los empleos que Francia les niega en Argelia.
Para el 90% de los argelinos, la explotación colonial es metódica y rigurosa: expulsados de sus tierras, acantonados en suelos improductivos, obligados a trabajar por salarios irrisorios, el temor al desempleo desalienta sus revueltas; los huelguistas temen que se utilicen como esquiroles a los desempleados. En realidad, el colono es rey, no concede nada de lo que la presión de las masas ha podido arrancar a los patronos de Francia: no hay escala móvil, no hay convenios colectivos, no hay subsidios familiares, no hay cantinas, no hay viviendas obreras. Cuatro muros de barro seco, pan, higos, diez horas de trabajo diario: aquí el salario es verdadera y ostensiblemente el mínimo necesario para el mantenimiento de las fuerzas laborales.
He aquí el cuadro. ¿Se puede al menos hallar una compensación a esta miseria sistemáticamente creada por los usurpadores europeos en lo que se llama los bienes no directamente mensurables, instalaciones y trabajos públicos, higiene, instrucción? Si tuviésemos ese consuelo quizás podríamos conservar alguna esperanza: quizás reformas juiciosamente elegidas... Pero no; el sistema es implacable. Ya que Francia, desde el primer día, ha desposeído y rechazado a los argelinos, ya que los ha tratado como un bloque inasimilable, toda la obra francesa en Argelia se ha realizado en beneficio de los colonos.
No hablo siquiera de los aeródromos y los puertos: ¿le sirven de algo al felá como no sea para ir a morir de miseria y de frío en los barrios bajos de París?
¿Y las carreteras? Unen las grandes ciudades con las propiedades europeas y los sectores militarizados. Sólo que no han sido hechas para permitir que se llegue a las casas de los argelinos.
¿La prueba?
En la noche del 8 al 9 de septiembre de 1954, un sismo devasta Orleansville y la región del Bas-Chelif.
Los periódicos anuncian: 39 muertos europeos, 1.370 franceses musulmanes.
Ahora bien, entre esos muertos, 400 fueron descubiertos tres días después del cataclismo. Ciertos aduares recibieron los primeros auxilios con seis días de retraso. La excusa de los equipos de los salvadores es la condenación de la obra francesa: "¡Qué íbamos a hacer! ¡Estaban demasiado lejos de las carreteras!"
¿La higiene al menos? ¿La salud pública?
Después del sismo de Orleansville, la administración quiso indagar acerca de la condición de los aduares. Los que eligió, al azar, se hallaban a 30 ó 40 kilómetros de la ciudad y eran visitados únicamente dos veces por año por el médico encargado de la asistencia médica.
En cuanto a nuestra famosa cultura, ¿quién sabe si los argelinos tenían tantos deseos de adquirirla? Pero lo que es seguro es que nosotros se la hemos negado. No diré que hemos sido tan cínicos como en el Estado del Sur de los Estados Unidos, donde una ley, conservada hasta comienzos del siglo XIX, prohibía, bajo pena de multa, enseñar a leer a los esclavos negros. Pero en fin, nosotros hemos querido hacer de nuestros "hermanos musulmanes" una población de analfabetos. En la actualidad, todavía hay un 80 % de iletrados en Argelia. Pase todavía el que no les hubiésemos prohibido más que el uso de nuestro idioma. Pero en el sistema colonialista entra necesariamente el cerrar el camino de la historia a los colonizados; como en Europa las reivindicaciones nacionales se han apoyado siempre en la unidad de la lengua, se ha negado a los musulmanes el uso de su propio idioma. Desde 1830, la lengua árabe se considera en Argelia como una lengua extranjera; se habla aún, pero es sólo virtualmente una lengua escrita. Eso no es todo: para mantener a los árabes desmenuzados, la administración francesa les ha confiscado su religión; recluta los sacerdotes del culto islámico entre sus asalariados. Ha mantenido las supersticiones más bajas, porque desunen. La separación de la Iglesia y el Estado es un privilegio republicano, un lujo bueno para la Metrópoli. En Argelia, la República Francesa no puede permitirse el ser republicana. Mantiene la incultura y las creencias del feudalismo, pero suprime las estructuras y las costumbres que permiten a un feudalismo vivo ser, a pesar de todo, una sociedad humana; impone un código individualista para arruinar los cuadros y la libertad de espíritu de la colectividad argelina, pero mantiene reyezuelos, que reciben de ella su poder y gobiernan para ella. En una palabra, fabrica los "indígenas", por un doble movimiento que los separa de la colectividad arcaica dándoles o conservándoles, en la soledad del individualismo liberal, una mentalidad en la cual el arcaísmo sólo se puede perpetuar en relación con el arcaísmo de la sociedad. Crea las masas, pero impide que se conviertan en un proletariado consciente, mistificándolas mediante la caricatura de su propia ideología.
Aquí vuelvo a nuestro interlocutor del principio, a nuestro realista de corazón tierno que nos proponía reformas masivas diciendo: "¡La economía primero!" Yo le respondo: sí, el felá, se muere de hambre; sí, carece de todo, de tierras de trabajo y de instrucción; sí, le abruman las enfermedades; sí, el estado actual de Argelia es comparable a las peores miserias del Extremo Oriente. Y sin embargo, es imposible comenzar por las transformaciones económicas porque la miseria y la desesperación de los argelinos son el efecto directo y necesario del colonialismo, y no se suprimirán mientras el colonialismo dure. Eso lo saben todos los argelinos conscientes. Y todos están de acuerdo con esa palabra de un musulmán: "Un paso hacia adelante, dos pasos hacia atrás. Ésa es la reforma colonial".
Porque el sistema aniquila por sí solo y sin esfuerzo, todas las tentativas de arreglo: sólo puede mantenerse haciéndose cada día más duro, más inhumano.
Admitamos que la Metrópoli propone una reforma. Hay tres casos posibles:
  1. La reforma es automáticamente ventajosa para el colono, y sólo para el colono.
Para aumentar el rendimiento de las tierras se han construido diques y todo un sistema de irrigación. Pero se comprenderá que el agua sólo puede alimentar las tierras de los valles. Ahora bien, esas tierras han sido siempre las mejores de Argelia, y los europeos las han acaparado. La ley Martin, en sus considerandos, reconoce que las tres cuartas partes de las tierras irrigadas pertenecen a los colonos. ¡Id, pues, a irrigar el sur presahariano!
  1. Se la ha desnaturalizado hasta el punto de hacerla ineficaz. El estatuto de Argelia es monstruoso por sí solo. El gobierno francés, ¿esperaba mixtificar a las poblaciones musulmanas concediendo esta Asamblea de dos colegios? Lo que es seguro es que no se le ha dejado siquiera la oportunidad de llevar a cabo esta mixtificación. Los colonos no han querido siquiera dar al indígena la ocasión de ser mixtificado. Eso era ya demasiado para ellos: han hallado más sencillo falsear públicamente las elecciones. Y, desde su punto de vista, tenían una perfecta, razón: cuando se asesina a las gentes, es mejor amordazarlas antes. El colonialismo se vuelve, en persona, contra el neocolonialismo para suprimir sus consecuencias peligrosas.
  2. Se la ha dejado dormitar con la complicidad de la administración.
La ley Martin preveía que los colonos, en compensación a la plusvalía dada a sus tierras por la irrigación, cederían algunas parcelas de suelo al Estado. El Estado habría vendido esas parcelas a los argelinos, que habrían podido pagar sus deudas en veinticinco años. Como se verá, la reforma era modesta: se trataba sencillamente de revender a varios indígenas elegidos una ínfima parte de las tierras que se les habían robado a sus padres. Los colonos no perdían nada con ello. Pero para ellos no se trataba de no perder nada: hay que ganar siempre más. Habituados desde cien años a los "sacrificios" que la Metrópoli hace por ellos, no podían reconocer que aquellos sacrificios pudiesen aprovechar a los indígenas. Resultado: se dejó dormir la ley Martin.
Se comprenderá la actitud colonialista si se reflexiona acerca de la suerte reservada a las "oficinas agrícolas para la instrucción técnica del campesino musulmán". Esta institución, creada en el papel y en París, no tenía otro objeto que elevar ligeramente la productividad del felá: lo suficiente para impedirle morir de hambre. Pero los neocolonialistas de la Metrópoli no se daban cuenta de que iba directamente contra el sistema: para que la  mano de obra argelina fuese abundante, era necesario que el felá continuase produciendo poco y a precios altos. Si se propagaba la instrucción técnica ¿los obreros agrícolas no serían más escasos, más exigentes? ¿La competencia del propietario musulmán no sería temible? Y luego, sobre todo, la instrucción, cualquiera que sea y de donde venga, es un instrumento de emancipación. El gobierno, cuando es de derechas, lo sabe tan bien que se niega a instruir, en Francia, a nuestros propios campesinos. ¡De todos modos no es para difundir el conocimiento técnico entre los indígenas! Mal vistas, atacadas por todas partes -insidiosamente en Argelia, violentamente en Marruecos- esas oficinas son inoperantes.
A partir de ahí, todas las reformas son ineficaces. En particular, cuestan caras. Son demasiado pesadas para la Metrópoli, y los colonos de Argelia no tienen los medios ni la voluntad para financiarlas. La escolarización total -reforma que se ha propuesto con frecuencia- costaría 500 mil millones de francos antiguos (calculando en 32.000 francos el costo anual de un escolar). Ahora bien, la renta total de Argelia es de 300 mil millones. La reforma de la enseñanza no se puede realizar más que por una Argelia industrializada que hubiese triplicado al menos sus ingresos. Pero, como hemos visto, el sistema colonial se opone a la industrialización. Francia puede disipar millones en grandes obras: se sabe perfectamente que no quedará nada de ellas.
Y cuando hablamos de "sistema colonial" hay que entendemos: no se trata de un mecanismo abstracto. El sistema existe y funciona; el círculo infernal del colonialismo es una realidad. Pero esta realidad se encarna en un millón de colonos, hijos y nietos de colonos, que han sido formados por el colonialismo, y que piensan, hablan y actúan de acuerdo a los principios mismos del sistema colonial.
Porque el colono está fabricado como el indígena: es creación de su función y de sus intereses.
Unido a la Metrópoli por el pacto colonial, ha venido a comercializar para ella, a cambio de un importante beneficio, los productos del país colonizado. Ha creado incluso nuevos cultivos que reflejan las necesidades de la Metrópoli mucho más que las de los indígenas. Es, pues, doble y contradictorio: tiene su "patria", Francia; y su "país", Argelia. En Argelia representa a Francia, y no quiere tener más relaciones que con ella. Pero sus intereses económicos le llevan a enfrentarse con las instituciones políticas de su patria. Las instituciones francesas son las de una democracia burguesa fundada en el capitalismo liberal. Suponen el derecho de voto, el de asociación y la libertad de prensa.
Pero el colono, cuyos intereses son directamente contrarios a los de los argelinos, y que sólo puede fundar la superexplotación en la opresión pura y simple, únicamente puede reconocer esos derechos para él y para gozar en Francia, en medio de los franceses. En esta medida, detesta la universalidad -al menos formal- de las instituciones metropolitanas. Precisamente porque se aplican a todo el mundo, el argelino podría reivindicarlas. Uno de los fundamentos del racismo es compensar la universalidad latente del liberalismo burgués: ya que todos los hombres tienen los mismos derechos se hará del argelino un subhombre. Y ese rechazo de las instituciones de su patria, cuando sus conciudadanos quieren extenderlas a "su" país, determina en todo colono una tendencia secesionista. ¿Acaso el presidente de los alcaldes de Argelia no dijo, hace algunos meses: "Si Francia desfallece, nosotros la reemplazaremos"?
Pero la contradicción adquiere todo su sentido cuando el colono explica que los europeos están aislados en medio de los musulmanes, y que la relación de fuerzas es de nueve contra uno. Precisamente porque están aislados, rechazan todo estatuto que otorgue el poder a una mayoría. Y, por la misma razón, no les queda más recurso que el mantenerse por la fuerza. Pero precisamente por causa de eso -y porque las relaciones de fuerzas en sí sólo pueden volverse contra ellos- necesitan la potencia metropolitana, es decir, el ejército francés. De suerte que estos separatistas son también hiperpatriotas. Republicanos en Francia -en la medida en que nuestras instituciones les permitan constituir entre nosotros un poder político- son en Argelia fascistas que odian la República y aman apasionadamente el ejército republicano.
¿Pueden ser de otro modo? No. Mientras sean colonos. Ha ocurrido que los invasores, instalados en un país, se mezclan con la población autóctona y terminan constituyendo una nación: entonces es cuando se ve nacer -al menos para ciertas clases, intereses nacionales comunes. Pero los colonos son invasores separados completamente de los invadidos por el pacto colonial: desde hace más de un siglo que ocupamos Argelia, no se señalan apenas matrimonios mixtos ni amistades franco-musulmanas. Como colonos tienen interés en arruinar Argelia en beneficio de Francia. Como argelinos estarían obligados de una manera o de otra y por sus propios intereses, a interesarse en el desarrollo económico -y por consecuencia cultural- del país.
Durante ese tiempo, la Metrópoli está presa en la trampa del colonialismo. Mientras afirme su soberanía en Argelia, está comprometida por el sistema, es decir, por los colonos que niegan sus instituciones; y el colonialismo obliga a la Metrópoli a enviar a los demócratas franceses a la muerte para proteger la tiranía que los colonos antidemócratas ejercen sobre los argelinos. Pero ahí todavía, la trampa funciona y el círculo se estrecha: la represión que ejercemos en provecho suyo los hace cada día más odiosos; en la misma medida en que los protegen, nuestras tropas aumentan el peligro que corren, lo cual hace tanto más indispensable la presencia del ejército. La guerra costará este año, si se continúa, más de 300 mil millones, lo que corresponde al total de las rentas argelinas.
Llegamos al punto en que el sistema se destruye a sí mismo: las colonias cuestan más de lo que producen.
Al destruir la comunidad musulmana, al rechazar la asimilación de los musulmanes, los colonos eran lógicos consigo mismos; la asimilación suponía que se garantizase a los argelinos todos los derechos fundamentales, que se les beneficiara de nuestras instituciones de seguridad y de asistencia, que se les diese lugar en la Asamblea metropolitana, que se asegurase a los musulmanes un nivel de vida igual al de los franceses, realizando una reforma agraria e industrializando el país. La asimilación llevada al extremo era sencillamente la supresión del colonialismo; ¿cómo se quería obtenerla del propio colonialismo? Pero ya que los colonos sólo tienen que ofrecer la miseria a los colonizados, ya que los mantienen a distancia, ya que hacen de ellos un bloque inasimilable, esta actitud radicalmente negativa tiene que tener como contrapartida necesaria una nueva conciencia de las masas. La liquidación de las estructuras feudales, después de haber debilitado la resistencia árabe, tiene como efecto facilitar esta nueva conciencia colectiva: nacen estructuras nuevas. Como reacción a la segregación y en la lucha cotidiana se ha descubierto y forjado la personalidad argelina. El nacionalismo argelino no es la simple reviviscencia de antiguas tradiciones, de antiguos apegos: es la única salida de que disponen los argelinos para hacer cesar su explotación. Hemos visto a Jules Ferry declarar en la Cámara: "Allí donde está el predominio político está el predominio económico..." Los argelinos mueren de nuestro predominio económico, pero han aprovechado esta enseñanza: para suprimirlo, han decidido atacar nuestro predominio político. De este modo, los colonos han formado ellos mismos sus adversarios; han mostrado a los vacilantes que no había ninguna solución posible, aparte de una solución de fuerza.
El único beneficio del colonialismo, es que debe mostrarse intransigente para durar y que, prepara su pérdida por su intransigencia.
Nosotros, franceses de la Metrópoli, sólo podemos sacar una lección de esos hechos: el colonialismo está en camino de destruirse a sí mismo. Pero aún envenena la atmósfera: es nuestra vergüenza, se burla de nuestras leyes o las caricaturiza; nos infecta de su racismo, como lo ha probado el otro día el episodio de Montpellier, obliga a los jóvenes a morir a pesar suyo, por los principios nazis que combatíamos hace diez años; trata de defenderse suscitando un fascismo incluso entre nosotros, en Francia. Nuestro papel es ayudarle a morir. No sólo en Argelia, sino en todos los lugares donde existe. Las gentes que hablan de abandono son imbéciles: no se puede abandonar lo que no se ha poseído nunca. Se trata, por el contrario, de construir con los argelinos relaciones nuevas entre una Francia libre y una Argelia liberada. Pero no vayamos, sobre todo, a dejarnos apartar de nuestra tarea por la mixtificación reformista. El neocolonialista es un necio que cree aún que se puede arreglar el sistema colonial, o un maligno que propone reformas porque sabe que son ineficaces. Esas reformas vendrán a su tiempo: el que las hará será el pueblo argelino. La única cosa que podríamos y deberíamos intentar -que es esencial hoy en día- es luchar junto a ellos para librar a la vez a los argelinos y a los franceses de la tiranía colonial.

Fuente: Les Temps Modernes, Nº 123, marzo-abril de 1956. Intervención en un mitin "por la paz de Argelia"; en Jean-Paul Sartre, Colonialismo y neocolonialismo, Situations V, Editorial Losada, Buenos Aires, 1968, págs. 20-37. Reproducido en http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/miscelaneas/sartre_contra_el_colonialismo.php, de donde fuera reproducido.