Por Eduardo Luis Aguirre
En una entrega anterior intentamos compartir con nuestros lectores la importancia y las singularidades de las experiencias cualitativas previas a las compulsas electorales. Allí señalábamos la relevancia del ejercicio militante de "ir hacia la gente" y obtener un espacio dialógico con los ciudadanos y vecinos. Esa práctica demandaba un enorme respeto por el Otro ''en tanto otro". Un dejo fraterno de cercanía y una tertulia política enhebrada por la calidez imprescindible de la condición humana. Pensar el otro a través de su perspectiva del mundo, sus intuiciones y percepciones superan en mucho la entrega impersonal de una boleta. El militante popular tiene las herramientas para llevar a cabo esta expresión de ética política.  Es lo que Baruch Spinoza, el filósofo que atravesó cinco siglos con su invicta vigencia denominaba "pasiones alegres". El pensador resuena con su primaria contraposición. Existen también las "pasiones tristes", como la violencia, , el odio, la discriminación, el desprecio por el otro, la imposibilidad de comprender sus diferencias y sus profundos dolores. Esa polarización sigue demarcando las contradicciones fundamentales de las sociedades. Las épocas transcurren y sigue en pie la dicotomía entre justicia e injusticia. Entre la lógica de la mezquina ruindad y el altruismo. Entre el individualismo y la comunidad. En ese marco de tensión dinámica, el ir hacia la gente no solamente requiere un mínimo bagaje instrumental. Reclama un profundo sentido humanitario. Partamos de la base de que todos abjuramos de la violencia, y no caigamos en el entretenimiento de detenernos en una piedra o un vegetal, da lo mismo. Esa violencia no se justifica, aunque sea la respuesta a una forma de intrusión altanera, colonizadora, racista, clasista y profundamente explotadora como las que la derecha entrega y agita la repulsa. Que esto quede en claro: estar en contra de la violencia también es una reflexión profundamente política. En este mundo, los más débiles saldrán dañados de toda confrontación que no soporte los límites de las democracias sociales. Ese es nuestro contexto de acción posible en esta relación de fuerzas. Ello no quita que tengamos en claro que siempre la violencia comienza en las palabras, la barbarie y la gestualidad de los poderosos. En su insensibilidad profunda y su naturalización explícita de un mundo injusto. Por eso los militantes del pueblo deben ir hacia la gente con una amplitud casi dogmática,  con una profunda confianza y una fe inclaudicable en la reacción de los pueblos, como pontificaba Levinas. No hay otra salida de cara a este desastre. Y si nos acercamos a los nuestros sabiendo que esos otros serán portadores de una mirada que debemos atender y comprender en su diversidad. En lo parecido que en definitiva somos. Porque son nuestros hermanos y así debemos asumirlos. Como a todo sufriente.