Por Eduardo Luis Aguirre
El fallecido pensador británico Tony Judt (imagen) sostenía en la década de los noventa que las democracias sociales de Europa occidental que emergieron en la segunda posguerra fueron los experimentos sociales más democráticos, pacíficos y equitativos que haya conocido la modernidad. Esa mirada no resultaba contrastable a la luz de los estados de bienestar que se desarrollaron en el viejo continente y perduraron sin sobresaltos durante casi medio siglo. Solamente habría que añadir a las especulaciones de Judt que las causas del denominado milagro europeo eran, en gran medida, parte de las nuevas relaciones de fuerzas surgidas después de la IIGM y, en particular, del acuerdo y la ayuda mediante el cual, Estados Unidos, como nueva potencia hegemónica, asistió a Europa con el objetivo de frenar el avance de los denominados socialismos reales que se habían desarrollado en el este europeo, en ´particular la URSS. El Plan Marshall, por ejemplo, fue determinante para trastocar drásticamente una Europa destruida en un confortable sitio que albergaba a los países que intervinieron en la gran contienda, incluida Alemania occidental. Sin esa ayuda seguramente esa meta no se habría alcanzado y la misma resultó suficiente para convertir al viejo mundo en un lugar en pleno desarrollo, con democracias robustas y sociedades de altos niveles de bienestar. Ese lapso histórico, como señalamos, le daba toda la razón al “primer” Judt. El segundo advertía el retroceso de la Europa neoliberal y escribía por eso su recordado libro “Algo va mal”.
Como contrapartida a este pasado de concordia, la guerra entre Rusia y Ucrania ve empantanarse una y otra vez los posibles acuerdos de paz, aquellos que Donald Trump, recién asumido en su segunda presidencia, vociferaba que iba a lograr en 48 horas. Está claro que no pudo, y es bueno ensayar algunas glosas alrededor de ese fracaso que lleva un año de dramática espera. Ni las grandes instituciones globales ni los líderes ni los bloques han podido dar una solución a un conflicto bélico. En los últimos días, diversos proyectos que circulan con 20 o con 28 puntos son rechazados, por la Unión Europea, por el complejo militar industrial estadounidense o por la misma Rusia, que tiene muy en claro que las condiciones que les imponen esos borradores puede superarlas sin demasiada dificultad en el campo de batalla. Ucrania está virtualmente destrozada, ya no hay apoyos posibles que puedan salvaguardar una suerte que parece echada. El gobierno, además de los recelos de una población sacrificada durante tres años está acosado por hechos de corrupción que llegan hasta lo más alto del poder. Sólo la histórica rusofobia británica parece comprometida con su causa y por estricta conveniencia de la corona. Así como Trump ha logrado incrementar la fortaleza económica de su país a través de la imposición unilateral de aranceles a diversas naciones, su política internacional, al menos en la cuestión euroasiática, parece estar regida por empresas norteamericanas expectantes en acceder a los minerales raros de Ucrania. El panorama es incierto en Europa. Los rusos seguramente ocuparán los territorios en disputa mientras los países que otrora y mediante los tratados del siglo pasado alcanzaron la socialdemocracia como techo de una convivencia democrática se resquebrajan inexorablemente. Las crisis sucesivas impuestas por el dispositivo neoliberal sobreviniente los sometieron a un retroceso que se advierte claramente en los indicadores económico sociales de España, Francia, Italia, Portugal y Alemania. La guerra no ha sido gratuita para los europeos.
Aquel acuerdo presentado en 1947 por el secretario de Estado, George Marshall, y aunque su nombre oficial era European Recovery Plan (‘Plan Europeo de Recuperación’), parece haberse diluido en su bonanza. Es un acuerdo en crisis respecto del cual nadie se anima a asegurar su vigencia futura. Los intentos de acuerdos en Ucrania impactan contra la materialidad implacable de la guerra y es probable que sea ésta quien salde las cuestiones que la originaron. Este es el cuadro de situación: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.