Por Eduardo Luis Aguirre y Roberto Ottaviano
El gobierno argentino se ha caracterizado por una primigenia habilidad para sostener en escenarios diversos las expectativas de los ciudadanos. Ese estado de ánimo colectivo, desde luego, admitió alzas y bajas en el intangible mercado de las esperanzas colectivas. Este es un momento en el que las ostensibles dificultades económicas de millones de argentinos generan un crecimiento de la disconformidad social. Tampoco sabemos si este malestar logrará ensayar algún tipo de recuperación en esta mixtura de aceleracionismo y caos que ha signado la gestión de Javier Milei. A esos cambios abruptos buena parte de la sociedad responde en las encuestas, comprensiblemente, en función de la preservación de su víscera más sensible. No faltan quienes, ante la inescrutabilidad de los pasos de un gobierno que no logra disimular sus vendavales políticos y económicos ni el primitivismo de sus farragosas internas palaciegas, optan por darle al mileísmo “una oportunidad más”. Una suerte de mantra construido en base a cierto goce sacrificial que en no pocos casos se ampara en el miedo a “que vuelva el pasado”. Menudo llamado de atención para la construcción de una alternativa opositora. Por otro lado, y en lo que aquí importa, este gobierno alocado impide a gran parte de la población advertir hacia dónde se dirige este ensayo anarcocapitalista. Frente a la incertidumbre y el malestar, nos preguntamos, entonces, a qué tipo de sociedad quiere llevarnos este proceso de “reconversión” que, por lo pronto, nos demuestra que amplios sectores poblacionales ya perdieron.
Jubilados y pensionados, trabajadores formales e informales y agentes de la administración estatal sufrieron atrasos en sus ingresos o cesantías por cierres de áreas. Pero la industria nacional no lo ha pasado mejor. Por el contrario, Milei ha producido un peligroso récord de cierre de empresas. Como contrapartida, la Casa Rosada celebra que vivamos un incremento de las exportaciones en algunos sectores que sí han resultado claramente beneficiados, además de los exportadores de productos agropecuarios. Fundamentalmente hidrocarburos y la expectativa futura de un boom minero. El petróleo, el gas y la minería son los nuevos y más elocuentes ejemplos de ese costado del proyecto político conservador: una nueva etapa reformulada de primarización.
En este contexto vertiginoso de profundización del estado de privación, acontecen tres elementos que, casi al mismo tiempo, nos permiten entender hacia dónde pretende dirigirse el gobierno en una reivindicación del desastre logrado. El primero es que ha llegado al país, y piensa quedarse un par de meses para conocer de primera mano el devenir mileísta, el magnate Peter Thiel. Un neofascista, confeso antidemócrata y generoso productor de tecnología para la paz, pero también para la guerra. Un emergente retrógrado de los más fuertes de Silicon Valley, a quien ya nos referimos cuando lo trajimos a colación junto a otro intelectual que predica una ideología análoga, Curtis Yarvin. Ambos referentes de las nuevas derechas tienen en común la abjuración por la democracia y sus instituciones, por la justicia social y la necesidad de preservar el empleo y las industrias. Los dos predican la necesidad del abandono de los gobiernos “blandos” y de las normas que impidan hacer libremente la guerra.
Pero además de esta rutilante visita, hay dos momentos en que altos funcionarios del país y del comercio extranjero dieron pistas concretas de la direccionalidad que auspician desde el gobierno nacional. En el pasado encuentro de AmCham (Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina) uno de sus CEO´S, Alejandro Díaz, manifestó en una nota al diario Clarín que lo que debía discutirse en lo que para ellos es la primera experiencia exitosa en la historia del país, no era tanto la inflación o las demás variables macroeconómicas, sino “cómo iba a ser el desarrollo” argentino de aquí en más. Y aclaró sin pudor alguno: En la visión de los empresarios, esos nuevos “motores del crecimiento” generarán no sólo nuevas modalidades de inversión y desarrollo, sino que podrían llegar a impactar hasta en la distribución de la población. “El desarrollo no va a venir del Conurbano bonaerense, el resultado del crecimiento del país va a ser una consecuencia de la habilidad para desarrollar sectores estratégicos en el Interior de la Argentina que debería tener connotaciones de fuerte migración interna”, afirmó Díaz. “Salvando las distancias, así como en los años ’50 o ’60 la industrialización generó un fuerte movimiento desde las provincias hacia los grandes centros urbanos, en algún momento las áreas de oportunidad van a requerir movimientos migratorios a partir del hecho de que el empleo no va a estar en los grandes centros urbanos sino en los lugares donde esos sectores vayan desarrollando su crecimiento”. Es decir, una suerte de primer peronismo al revés. En este caso, se trata de impulsar una construcción hegemónica destinada a modificar el tejido económico y social del país y hasta su conformación demográfica, un objetico audaz en materia de realpolitik.
El tercer hecho significativo lo constituyen los dichos concomitantes del ministro Luis Caputo, quien en abierta coincidencia con Díaz señaló que la Argentina nunca había sido una potencia industrial, que la industria nacional está subsidiada y que sus productos son caros, de mala calidad y no se alinean con la producción de tecnologías para el conocimiento a la que aspiran. Caputo sabe que los nuevos sectores dominantes que auspicia no son justamente los que crean empleo intensivo. Pero eso está lejos de detenerse.
Decimos lejos de detenerse, porque el gobierno nacional ha provocado un contexto extremadamente crítico a la mayoría de los sectores industriales y un drástico empobrecimiento de gran parte de los sectores populares asalariados. Cae la industria, cae el empleo y cae el salario en el proyecto mileísta. Pero esta caracterización necesariamente debe acompañarse con la realidad material de ese desguace de nuestra riqueza. ¿Cuáles son los daños inferidos a la industria? ¿Cómo podemos evaluar el retroceso de sus niveles de capacidad instalada? ¿Cuáles son los índices actuales de producción industrial manufacturera? Estos datos son elementos concretos que nos dan la pauta de la dimensión del desastre en curso.
El pasado 17 de abril, INDEC dio a conocer el Indicador de utilización de la capacidad instalada en la industria manufacturera (UCII) en el país, correspondiente a febrero de 2026: 54,6%. Es un indicador que se construye mediante el relevamiento de información a un panel de algo más de 600 empresas de distintos sectores productivos. Para su estimación se considera que la máxima producción que cada empresa podría alcanzar con la capacidad instalada, sería equivalente al 100%.
El informe plantea un dato global de la industria (“nivel general”) y otro diferenciado por sector: a) Productos alimenticios y bebidas; b) Productos del tabaco; c) Textiles; d) Papel y cartón; e) Edición e impresión; f) Refinación de petróleo; g) Sustancias y productos químicos; h) Productos de caucho y plástico; i) Productos minerales no metálicos; j) Industrias metálicas básicas; k) Industria automotriz; l) Metalmecánica excluida automotriz.
A los fines comparativos, el UCCI, nivel general, por ejemplo, en 2010 fue 77,7%, en 2011 alcanzó 78,8% y en 2012, 74,5%. El último dato del UCCI, previo a la asunción del gobierno de Cambiemos (recordemos que entre sus primeras medidas provocó un “apagón estadístico” al suspender la publicación de indicadores durante varios meses), correspondió a octubre de 2015 y fue 71,4%. En 2019, a la salida del gobierno de Macri, el indicador fue 59,4%. El gobierno de Alberto Fernández, que registró el indicador más bajo durante la pandemia en 2020 (55,7%), finalizó con un UCCI de 65,6%.
Durante el gobierno de Milei, el indicador de utilización de capacidad instalada industrial ha tenido tendencia a la caída. En 2024, 58,1% y en 2025, 57,9%. Enero de 2026 arrojó 53,6%, al que acompaña este último de febrero de 2026 con 54,6%. El sentido de la tendencia también se observa si comparamos el valor del indicador de estos últimos meses respecto a igual mes del año anterior. Enero de 2025 fue 58,6% y febrero de 2025 alcanzó 55,0%. Actualmente el uso de la capacidad instalada industrial está por debajo de los verificados en el período más crítico de la pandemia.
Pero tal vez el problema mayor que exhibe el relevamiento de INDEC es la heterogeneidad entre sectores y la tendencia de algunos de ellos. En última instancia, la reconfiguración productiva que desde el gobierno se está impulsando. Mientras “refinación de petróleo” en la última estimación alcanzó el máximo en la serie histórica de los últimos diez años (88,9%), “productos textiles”, cuyo UCCI anual 2023 fue 54,9%, en enero de 2026 (23,7%) sólo fue superior al peor mes productivo del sector (abril 2020), inmersos en la pandemia. “Industria automotriz”, cuyo indicador 2023 fue 60,9%, en enero 2026 alcanzó 24% y en febrero 2026 38,9%. Por su parte, “Metalmecánica excluida industria automotriz”, sector que en 2023 logró 53,7% de actividad, en enero y febrero de 2026 relevó nivel de actividad de 31,4% y 33,9%, respectivamente.
Similar proceso se puede advertir en el informe referido al Índice de producción industrial manufacturero (IPI) correspondiente a febrero 2026, publicado el 9 de abril de 2026, también por INDEC. Este dato es elaborado a partir de unidades físicas, informadas por más de 5.000 establecimientos industriales de distintas clases o grupos manufactureros. La variación interanual, “nivel general”, refleja una caída de -8,7%. Todas las clases o grupos, también en comparación al año anterior, registran descensos, excepto “refinación de petróleo, químicos, productos de caucho y plástico”, que aumenta 2,7%. Las caídas más significativas se verifican en “Automotores” y en “Otros equipos, aparatos e instrumentos” (-24,0% y -24,6%, respectivamente) y “Textiles, prendas de vestir, cuero y calzado” (-22,6%).
En el día de ayer, 22 de abril, se conoció el Estimador mensual de actividad económica (EMAE), también construido por INDEC, referido a febrero de 2026. Muestra una caída interanual, respecto a igual mes de 2025, “nivel general”, de -2,1%, y una caída respecto a enero 2026 (desestacionalizada), de -2,6%. Por sector de actividad económica, el EMAE permite observar que, mientras aumentan “Explotación de minas y canteras” (9,9%), “Agricultura y ganadería” (8,4%) e “Intermediación financiera” (6%), caen “Industria manufacturera” (-8,7%), “Comercio mayorista, minorista y reparaciones” (-7%) y “Electricidad, gas y agua” (-6%).
Estos datos duros surgidos de informes oficiales de INDEC, permiten percibir qué modelo productivo impulsa el actual gobierno nacional. Cuáles son los sectores ganadores y perdedores de este proceso cuyo principal motor es la política económica diseñada a partir de diciembre de 2023. Son datos con la contundencia suficiente para desmentir rápidamente al actual ministro de economía Luis Caputo, quien en el encuentro de AmCham Argentina afirmó que “la Argentina va a vivir en los próximos 18 meses el mejor proceso de las últimas décadas”. Aquí, en este Sur, sabemos que, si este proyecto avanza, algo cambiará drásticamente en un país que, con aciertos y yerros, fue pionero en la región en materia de justicia social, independencia económica y autodeterminación nacional.
23 de abril de 2026