Por Eduardo Luis Aguirre

Víktor Orbán fue el primer ministro más joven que tuvo Hungría en toda su historia. Con apenas 35 años fue elegido por primera vez en 1998 y cumplió su mandato hasta 2002. Curiosidades de la historia, este ex futbolista, abogado y especialista en filosofía política, logró durante su gobierno la inclusión de su país en la OTAN y perfiló un universo de proyección neoconservador durante lo que fue su primer acceso a la máxima jerarquía.  Finalizado su gobierno, se convirtió en el máximo referente de la oposición, hasta 2010. En ese año fue ungido nuevamente primer ministro y se mantuvo en ese cargo hasta hace apenas unos días, cuando fue derrotado ampliamente por el liberal europeísta Peter Magyar. Durante esos largos 16 años, Orbán fue un protagonista gravitante en la política europea. Su notoriedad y reconocimiento comenzó a afianzarse el 16 de junio de 1989 con un recordado discurso que pronunció durante una ceremonia en la Plaza de los Héroes en Budapest, dedicada a rendir homenaje a varios líderes de la Revolución húngara de 1956. En él, exigió elecciones libres y la retirada de las tropas soviéticas. Justo en una plaza atravesada por una monumental avenida por donde desfilaba el ejército rojo.

Orbán fue reelecto ya como primer ministro en 2014, 2018 y 2022, pese a que antes de cada uno de estos comicios la gran prensa auguraba infaltablemente su derrota. Una vez producida ésta, conviene igualmente analizar el porqué de la larga vigencia de un espacio que el mismo Orbán concibió como una «democracia cristiana iliberal», encarnada siempre por el partido Fidesz, que él mismo creó. En la práctica, Orbán militó un fuerte euroescepticismo, se opuso las democracias liberales europeas, fortaleciendo los vínculos con China y Rusia desde una perspectiva independiente y conservadora que incluía un recorte marcado de derechos civiles y políticos. Esa intolerancia que abarcaba desde la libertad de prensa, hasta la inmigración y las diversidades bien puede definirse, en este caso, como el colapso de un largo tránsito magyar por experiencias liberales fallidas. Se trata de una aproximación de contenido siempre negativo que se comienza a dar sobre el iliberalismo desde el siglo XVIII, asociándoselo a la falta de generosidad, la obstinación y la propensión al autoritarismo o la autocracia de ciertos gobernantes.

Conocí Budapest en 2007, durante una estancia académica. Dialogué con profesores, con políticos que ocupaban altos cargos durante el gobierno del socialista Ferenc Gyurcsány, 29 de septiembre de 2004-14 de abril de 2009. A orillas del Danubio, asistí a una de las conmemoraciones del genocidio de los gitanos húngaros durante el nazismo. El gobierno se caracterizaba por un permanente esfuerzo de reivindicación gestual de su purismo y sensibilidad. En la espectacular ciudad, mientras tanto, coexistían la tolerancia irrestricta respecto de las minorías y diversidades y un marcado respeto por las formas democráticas junto con una imposibilidad material del gobierno de hacerse cargo de las materialidades acuciantes y las crecientes privaciones de la sociedad. Casualidad o no, la principal curiosidad de nuestros anfitriones era entender hasta donde les fuera posible, qué era el peronismo. Debí dedicar, en la medida que me fue posible, una larga cena a esa explicación. Estaba claro que el progresismo no era -tampoco para ellos- algo comparable al peronismo y su doctrina, que no obstante eso terminó atrapándolos y sumiéndoles en una larguísima sobremesa.

El experimento “socialista” húngaro colapsó dos años después, en 2009. Gyurcsány anunció en ese momento que dejaría el cargo de primer ministro a un nuevo líder que obtuviera un mayor consenso parlamentario luego de que el primer ministro debiera allanarse a una moción de censura. Sobrevinieron largas negociaciones entre el Partido Socialista Húngaro de Gyurcsány, que no lograba ponerse de acuerdo con su socio de gobierno, la Alianza de los Demócratas Libres (el partido de Orbán) y el Partido Liberal Húngaro. Finalmente, el 30 de marzo de ese año el Partido Socialista y la Alianza de los Demócratas Libres se pusieron de acuerdo para nombrar a Gordon Bajnai nuevo primer ministro. Bajnai era la carta” independiente” de un sistema político que intentaba contentar a una sociedad frustrada por las acuciantes penurias sociales y económicas.

El nuevo y efímero primer ministro no pertenecía oficialmente a ningún partido político, era considerado un tecnócrata, y esa fue, paradójicamente, una de las razones de su elección en ese marco de grave crisis económica.

El 29 de mayo de 2010 Bajnai dejó el cargo al ganador de las elecciones, que no era otro que Viktor Orbán. Interesante semblanza que para entender la inconsistencia fatal del retorno a los progresismos fallidos.

Dicho con el mayor de los respetos, en el preciso momento en el que quien se perfila como la alternativa de la oposición argentina se presenta en sociedad acudiendo justamente a un cónclave progresista internacional en Madrid. Si esta línea política se profundizara podríamos estar ante una situación cismática en el movimiento nacional y popular. No son pocos los que se sienten desconcertados por estas maniobras innecesarias de un país que también ha sufrido los desatinos del iluminismo y sus yerros en el gobierno.

Orbán fue el mandatario que gobernó durante más tiempo un país de la Unión Europea. Después de gobernar acaparando y dominando más del 80% de los medios de prensa, su consenso comenzó a desgastarse, sobre todo durante su último tramo. Allí si apareció una oposición que terminó derrotándolo y que es hasta ahora una verdadera incógnita para algunos mientras augura un regreso a las fuentes liberales europeas para otros. Estos últimos esperan que el país se integre plenamente a la Unión, dejando de lado su conocida posición pro Rusa en el conflicto euroasiático. Orbán es un amigo personal de Putin y, como él, osciló desde su temprana militancia en la Liga Juvenil Comunista Húngara (KISZ) hacia un nacionalismo dedicado justamente a profundizar y homogeneizar a la sociedad húngara. Con sus decisiones y vetos, Orbán fue un verdadero dolor de cabeza para Bruselas, le impuso límites a una creciente rusofobia y a un armamentismo europeo que involucró a muchos países de la Unión. Ese vallado ya no existe y la guerra continúa. El líder iliberal se oponía de manera acérrima al gobierno de Zelensky y escatimaba la ayuda a Kiev en la medida que le resultaba posible. Pero, fundamentalmente, actuaba a la manera de un algodón entre dos cristales, a la usanza del Uruguay de hace poco más de dos siglos en la tensión entre el Brasil y las Provincias Unidas del Río de La Plata. Era, de alguna manera, un obstáculo del aceleracionismo belicista de algunas potencias europeas. La incertidumbre que comienza debe ser seguida atentamente. Si bien algunos países como España o Italia comenzaron a tomar distancia de los aprestos armamentistas, otros todavía se preparan para una posible confrontación futura con Rusia. La incógnita es qué hará Magyar en el futuro inmediato. Dicho de otra manera, si habrá ”nuevas canciones” y “nuevas rapsodias” en Budapest. Si bien todo hace pensar que el acercamiento a Europa es inevitable, no sabemos cuál será su posición respecto de los países que orbitaba el anterior premier recientemente derrotado.