Por Eduardo Luis Aguirre
Noventa millones de iraníes y miles de millones de seres humanos de todo el mundo estaban atentos a que se cumplieran las 20 horas de la costa Este de Estados Unidos ese inolvidable 7 de junio de 2026. A esa hora, Trump había prometido "volver a la Edad de Piedra" a Irán y terminar con una de las civilizaciones más antiguas y espectaculares de la historia humana. Mientras las horas transcurrían de manera pesada y el aire se enrarecía frente a un genocidio anunciado con anticipación por todos los medios de comunicación, una providencial y sugestiva propuesta proveniente de Pakistán lograba un alto el fuego y una prórroga para el martirio en ciernes. Casi nadie se preguntó por qué esa propuesta no llegó de las Naciones Unidas o de otra potencia con peso propio sino del único país musulmán poseedor de armas nucleares. Pero la intervención de Islamabad era, como mínimo, extraña. En 2004 Estados Unidos había irrumpido sin autorización en territorio pakistaní con drones y aviones de combate buscando terroristas que venía persiguiendo desde Afganistán, un país que había atacado previamente. De allí en más, las relaciones bilaterales mejoraron, pero hasta ahí. Después se develó la extrañeza: no habían sido los pakistaníes los que protagonizaron la mediación de ayer, sino que fue el gobierno de Trump quien les acercó una propuesta de 15 puntos que debía ser llevada a las autoridades de Teherán. Los persas devolvieron un nuevo documento que contaba con 10 condiciones, obviamente distintas. Las que ahora Trump consideró, en una nueva y absurda contradicción, “viables” para una negociación de paz. Sobre esos 10 puntos, una vez logrado un alto el fuego de quince días, comenzarán las discusiones de paz entre estadounidenses e iraníes el próximo viernes en la capital de Pakistán. Israel no ha sido,invitado a participar de las conversaciones, en lo que su gobierno calificó como la mayor humillación diplomática de su historia.
Para descubrir lo intrincado del proceder de los atacantes, no hay más que leer algunos de esos famosos diez puntos capaces de inspirar la finalización de una guerra insensata y horrorosa.
1. El acuerdo debería preserva el control del Estrecho de Ormuz (que, vale recordarlo, ya estaba liberado antes del ataque de Estados Unidos e Israel) en manos de Irán y Oman. Según la agencia France 24, se trata de una ventajosa situación política, económica y estratégica para Irán. Todo hace suponer que de aquí en más Irán y Oman cobrarán tasas a los buques como forma de resarcimiento paulatino de los daños ocasionados por los agresores.
2. Una declaración formal del fin de la guerra contra todo el “eje de la Resistencia”, incluyendo a Hezbolá en el Líbano, Kataek Hezbolá en Irak, los hutíes en Yemen, y de aplicarse en sentido estricto, todas las milicias que apoyan a Irán incluyendo a Hamás en Gaza.
3. El retiro de todas las bases de Estados Unidos desplegadas en la región. La Casa Blanca espera que la exigencia abarque únicamente a las fuerzas enviadas a la zona de conflicto durante la guerra.
4. si se extendiera a todas las bases que los estadounidenses tienen en la zona eso significaría sumir en la mayor desprotección a los aliados de Washington. Un verdadero desastre.
5. Compensación de los daños sufridos. En toda guerra, como sabemos, las compensaciones las pagan los vencidos. Curiosa viabilidad la del pomposo multimillonario y una increíble capacidad de mistificación para transformar la derrota en victoria.
6. Eliminación de sanciones y liberación de los activos congelados durante el conflicto. Muchas de esas sanciones fueron aplicadas a Irán para lograr que admitiera la supervisión y limitación de su desarrollo nuclear, con las inspecciones periódicas del Organismo Internacional de Energía atómica.
7. La “base viable para negociar” debería incluir la absoluta libertad para proseguir con el enriquecimiento de uranio por parte de Irán. Ni más ni menos.
8. Garantías de que no se repetirán los ataques. Este último punto plantea un futuro incierto para Israel, y seguramente Trump, el sinuoso, deberá responder en su país a las exigencias de los lobbyes sionistas.
Está claro que Irán formula estas demandas porque se sabe fortalecido pese a las pérdidas de todo tipo que sufrió. Pero aún así, fue el país capaz de responder al hegemón con tácticas, patriotismo y estrategias que resultaron demasiado para Washington. No hay resultados análogos en los ataques americanos a Medio Oriente. Y no porque los estadounidenses no pudieran haber ocasionado daños más graves todavía a Irán, sino porque, desde hace mucho tiempo, no encuentra una oposición que, como en este caso, no pudiera resolver y superar. Ni militar, ni política, ni económica, ni estratégica ni tecnológicamente.
El New York Times había adelantado que la brutal amenaza de Trump había desgastado la posición estadounidense. Ahora habría que analizar la gravedad y la firmeza de los puntos exigidos por Irán, en un momento especial para la política de Trump, repudiado y desconfiado en el mundo entero (una sensación que compromete también a su país), desapegado de sus votantes más conspicuos que se percataron que la guerra comprometería sus economías particulares, desacreditado en el estado profundo, fulminado por parte de una partidocracia que no se acostumbre a una retórica presidencial irracional que hace gala de la amenaza de perpetrar crímenes de guerra como forma de intentar liderar un mundo que le es más esquivo que nunca. Trump no será recordado como un presidente más sino como la expresión más rústica y criminal de un neomperador fallido que, como sus pensadores de ultraderecha, creyó que había llegado la hora de las monarquías y del mundo de los CEO´s.