Por Eduardo Luis Aguirre

Si mal no recuerdo, fue Edgar Morisoli quien dijo alguna vez que la cuestión del corte unilateral del Atuel era "la causa máxima de La Pampa". Cuando el gran referente de nuestra cultura e inclaudicable militante de nuestras luchas pronunció esas palabras, pocos eran los que sabían que, por designio de oscuros intereses de clase asentados en una provincia arribeña apetencias se estaba gestando una segunda huella comportamental de análogas proyecciones, que impactarían directamente sobre un territorio que, desde los años 40 del siglo pasado fue sometido a un proceso de desertificación que actualmente agobia a las dos terceras partes de la Provincia. Esa segunda intentona fue la decisión unilateral de levantar Portezuelo del Viento, también en este caso por parte del estado mendocino. El tercer golpe que se asesta a un recurso imprescindible para la vida y el ambiente pampeano lo está dando el Congreso Nacional al modificar modificar la Ley de Glaciares y, a favor de un espíritu discutible de la Constitución del 94, dejar a cargo de cada una de las provincias la administración de sus los mismos. Como provincia abajeña, nada bueno podemos esperar para La Pampa, cuando los 16000 glaciares argentinos queden en manos de empresas y actividades extractivistas que desnaturalicen claramente el principio de unidad de cuenca. Otra vez el capital, ahora en su fase de barbarie neoliberal, pondrá en vilo la supervivencia de lo que queda en pie en el agobiado oeste pampeano. Antes debimos soportar sequedades, pérdidas de humedales, de fauna autóctona, de pequeños emprendimientos rurales y una diáspora gigantesca que algunos estiman en 80.000 personas. Qué deberíamos afrontar ahora, cuando hemos llegado al tecnoceno y arrecian las guerras por el agua, cuando entre las modernas formas de belicismo asimétrico aparecen conductas tales como la destrucción de recursos estratégicos tales como las plantas de desalinización, esos recursos que desesperadamente brindan agua potable a los porcentajes mayoritarios de los estados del medio oriente. Llegamos a un contexto epocal donde el capitalismo ha decidido que existan miles de millones de homo sacer, de nuda vidas, de vidas desnudas con las cuáles es posible llevar a cabo cualquier tipo de sometimiento sin que ellas puedan encontrar una sola institución, de las tantas y pomposas que existen en el mundo, que acudan en su ayuda.

No debe asombrarnos la actitud del gobierno libertario, para quienes los estados deben reducirse a su mínima expresión o directamente no existir y dejar la totalidad de los bienes y servicios librados al libre juego de la oferta y la demanda en el brutal hegemon sobreviniente del mercado. Si la justicia social es una aberración y los cambios sociales -como vemos- se producen por vía de los conflictos está claro que la solidaridad habrá de ser una quimera desterrada en un marasmo de egoísmo, desigualdad y nuevas y horrendas formas de subjetivación.

Los oueblo, en cambio, sí tienen en cuenta la enorme incidencia de que la superficie territorial de un país esté surcada en su centro por un enorme desierto. Desde el punto de vista geopolítica, esa anomalía provocada por el capitaloceno es una condición de probabilidad de fragmentación del terrotorio nacional, que será mucho más vulnerable e indefenso en tiempos donde la fragmentación acecha. No nos estamos afiliando a las tesis de planes incomorobables del tipo "Andinia", pero sí denunciamos el peligro de la subsistencia de otra afrenta a la soberanía nacional. Y en eso han intervenido capitales potentes y concentrados, antes y ahora.

Las clases sociales podrán haberse reformulado, criticado, desdeñado, pero no han desaparecido. Hay pocos ricos cada vez más ricos y una muchedumbre de desposeídos de lo más elemental. El agua es un elemento vital, insustituible. Lo que va a ensayar el Congreso argentino es un proceso que, volviendo a nuestra condición pampeana, habrá de implicar un nuevo episodio de devastación. Justo en la región donde vivieron aquellos que creían que la tierra no era de ellos, sino que ellos eran de la tierra, y que el universo en equilibrio y el ambiente eran el corazón y el sentido del buen vivir. Pero, para mal de todos, hemos retrocedido demasiado en nuestra percepción de la naturaleza.