Por Eduardo Luis Aguirre
Acaba de fallecer, a los 96 años de edad, el intelectual alemán Jürgen Habermas, un pensador que fue central en los debates filosóficos, sociales y políticos posteriores a la IIGM. El autor de la “Teoría de la acción comunicativa” se puso al hombro la necesidad de poner en crisis y advertir sobre las circunstancias mundiales que sobrevendrían después de la caída del Muro de Berlín, de la implosión de la antigua Unión Soviética y de los denominados “socialismos reales”. Sin cuestionar el capitalismo, asumiéndolo como inevitable, el viejo integrante de la Escuela de Frankfurt advirtió sin embargo sobre las consecuencias sobrevinientes del neoliberalismo y la globalización. Y lo hizo desde una teoría del discurso por demás original. El gran pensador alemán ha sido premiado en innumerables ocasiones, incluyendo el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003 o el John J. Kluge de 2015, considerado el Nobel oficioso de Filosofía. Dos años antes, al ser galardonado en su país con la denominada Copa de la Sensatez o Premio Cívico de Kassel, el gran filósofo y sociólogo crítico que había participado en las refriegas del 68, como Sartre, alertó sobre la obligación de todo estado de derecho democrático de obrar con la máxima transparencia, incluido en el trabajo de los servicios secretos. Aludía con ello al escándalo desatado entonces por las labores de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad, la NSA en Estados Unidos, pero la exigencia no admite pisos ni máximos. La transparencia es un requisito inexorable del estado de derecho.
De hecho, cuando analiza el alcance de las normas morales, el pensador crítico que nos acaba de dejar salda diferencias discursivas con Kant. Recuerden que en las máximas kantianas la moral obligaba a actuar solamente “según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”. En la ética del discurso de Habermas, en cambio, la idea de la generalización de máximas implica que las normas válidas son aquellas que son reconocidas por todos los afectados. Por ende, las normas válidas son aquellas que son reconocidas por todos los afectados Las que se basan en el interés común de todos los ciudadanos, que desde luego deben aceptarlas. Lo que equivale a afirmar que debemos actuar de tal manera que nuestro accionar pueda ser valorado y querido como universal.
La desaparición física del gran filósofo y sociólogo se abate con precisa contundencia en los debates locales. Podría fácilmente inscribirse en la eventual o probable defección ética y la violación normativa del denominado “vuelo (o vuelos, en puridad) de Adorni” y sus circunstancias aledañas, que todos conocen y la mayoría de la población rechaza. Es decir, ni valora ni quiere. Las rechaza mayoritariamente.
Sin embargo, nuevamente la extraña lógica relacional de nuestro diputado libertario pampeano sale al cruce de ese quiebre moral (en el mejor de los casos) con una nueva intervención donde vuelve a atentar contra la inteligencia.Dice entonces el señor Ravier que “Si el avión presidencial ya tenía que volar, ya tenía tripulación, ya tenía combustible cargado para ese trayecto, y ya estaba autorizado para despegar, entonces agregar un pasajero más no cambia prácticamente nada del costo del vuelo”. E intenta desenfundar lo que en el debate de la teoría de los discursos le resulta más aledaño. Recurre al “costo marginal”, que sería “El costo marginal es el costo adicional de sumar una unidad más a algo que ya está ocurriendo”. Vale decir, Ravier apela a “la teoría de la insignificancia, que también abordan las teorías jurídicas” y que es mucho más compleja que la banalidad del costo marginal.
Ahora bien, “agregar una unidad más a algo que ya está ocurriendo” también podría ser, desde esta perspectiva, llevarse algo adicional a lo que se adquiere en un supermercado. Pero esa actitud también tendría un significante normativo y encarnaría un rechazo ético del conjunto. En el caso Adorni, vale recordarlo, ni los delitos de bagatela ni la insignificancia podrían razonablemente operar como cobertura razonable, querida o aceptada por el conjunto social. El perdón tiene diferentes significados para cada persona. En general, implica una decisión intencional de dejar atrás el resentimiento y la ira, pero esa finalidad no parece ser justamente la adecuadapara un funcionario en una sociedad harta y frustrada por la corrupción política. Ninguno de ellos podría razonablemente recurrir al estado de necesidad. Por eso se recurre al ”costo marginal”, todo un hallazgo en materia de intersubjetividad, Porque el debate no es económico ni académico. Es puramente ético. Aunque en esa oscuridad de procederes, puede ser tanto o más grave lo que fueron a hacer a Estados Unidos que el reprochable viaje.
Habermas, los vuelos de Adorni y la asombrosa concepción del diputado
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