Por Eduardo Luis Aguirre
Las preguntas adquieren sentido en la medida en que se inscriban en la realidad social que nos habita. No siempre, más bien casi nunca, las preguntas adquieren su valor en base a su pretendida originalidad. Tiendo a pensar, por el contrario, que en un mundo cuyos cambios vertiginosos nos contrapone a transformaciones holísticas y muchas veces incomprensibles, la elección de las preguntas es un arte tan exquisito como exagerado resulta aspirar a la obtención de respuestas asertivas.
La pregunta, entonces, pasa a ocupar un lugar tanto o más importante que la obtención de las respuestas. La mayoría de los sujetos formulamos preguntas que, en general, abren interrogantes cuyo mayor mérito no es el acercamiento a las conclusiones sino la posibilidad de no cejar en la obstinación de identificar lo incógnito.
Los últimos años son elocuentes en las complejidades que la realidad nos depara. No lograr articular no ya respuestas sino preguntas sobre los temas que acucian a la humanidad nos frustran porque nuestro esfuerzo aspira, en el mejor de los casos, al acierto en la formulación de interrogantes antes que en un nuevo eureka frente a semejantes cambios, producidos ellos de manera siempre frenética y a veces drástica. Desde hace un cuarto de siglo, nociones como gobernanza, redes sociales, democracia, guerras en sus diversas manifestaciones, desigualdad, comunidad, soledad, nuevas subjetividades, populismos, minorías, imperio, amor, solidaridad, libertad, libertarismo, hegemonía, individualismo, lawfare, geopolítica, medio ambiente, extractivismo, decolonialidad, inteligencia artificial, religiones, tierras raras, deseo, familia, patria, patriarcado, nacionalismo o globalismo son términos verdaderamente difíciles de definir, entendiendo por definición solamente el intento módico de acercarnos a un objeto del conocimiento, sin pretender delinearlo con certidumbre absoluta. Imaginemos por un momento el juego de articular solamente tres de algunas de las palabras enunciadas solamente a guisa de ejemplo y veremos si tenemos poco o mucho para preguntar y para intentar responder. Veremos que las certezas se acotan, incluso en la acepción de cada uno de los conceptos con los que ejemplificamos, muchas veces porque cada uno de ellos se lee de una manera distinta según el sitio en el que hagamos pie.
Pero si estas preguntas son inescrutables, mucho más desafiantes son aquellas que nos hacemos cuando tratamos de entender cómo piensan los sujetos, incluso  nuestros adversarios políticos. ¿Qué mapa político imaginan para el futuro, qué clases sociales integran desde su imaginario el país que deberíamos habitar, qué dimensión de no futuro son capaces de tolerar, qué grado de horrorosa injusticia pueden soportar, cuánto les importan los otros y hasta qué punto afrentan con satisfactoria resolución el desafío cada vez más azaroso de convertirse en empresarios de sí mismos,? O ¿qué los lleva a negar o rechazar la política y lo político, sabiendo que cada una de las decisiones que tomamos a cada momento significan resoluciones de naturaleza inexorablemente política, desde el comercio que elegimos hasta los vínculo que construimos, desde el rechazo al flechazo, desde nuestro equipo favorito hasta la carrera que elegimos? Claro que podemos transcurrir nuestros días sin enredarnos en estos acertijos. Pero quizás, en ese caso, inauguremos una nueva pregunta: ¿cuánto de nuestra humanidad se vacía en esa negación?
Ir hacia la gente, auscultar sus intuiciones, sus percepciones, sus inquietudes y preocupaciones es una actividad que a esta altura resulta imprescindible en la política.Generar entrevistas, conocer  y reivindicar rutinas, recopilar datos son tareas que competen a nueva militancia que debe asumirse como un trabajo de campo político. La vigencia de lo cualitativo, el conocimiento de una sociedad donde las subjetividades son materia de indagación específica demandan nuevas lógicas y nuevas prácticas políticas. Lo que a veces parecen fenómenos inesperados casi siempre nos proporcionan pautas para anticiparnos a los cambios que acontecen y que “no vimos venir”. Quizás no lo vimos venir porque nuestras herramientas no estuvieron a la altura de las nuevas rupturas y construcciones. Cuando se trastocan las adhesiones y las fidelidades históricas, en momentos en que crujen los cimientos de una democracia que, en todo occidente, no puede dar respuestas a las demandas inmediatas hay que hacer un esfuerzo para transformar la militancia tradicional en nuevas cruzadas dialógicas y fundamentalmente políticas, a partir de las cuales los encuentros y las entrevistas nos permitan ponderar urgencias, faltas y reclamos. También expectativas y valores, aspiraciones y logros. Valorizaciones y rechazos. Es la única manera que se nos ocurre para evitar que los acontecimientos que se configuran en la fragua de las nuevas comunicaciones nos vuelvan a sorprender.