Por Eduardo Luis Aguirre

He llegado a los setenta años. En la mayoría de las civilizaciones de occidente, esa edad, concebida de manera cuantitativa y utilitaria, debería rubricar mi actualidad de ser un viejo. Uno de esos sujetos que se desechan porque seguramente debieron haber vivido al ritmo que se encarga de acelerar exponencialmente un sistema de vida que, salvo pausas ocasionales, admite que nos conduce al desastre. Occidente, y especialmente su cuna en la historia eurocéntrica, se adentra en un desastre existencial, en un vacío posthumanista y una debacle espiritual. La vida concebida como un tránsito es subsidiaria de la evidencia que el capitalismo es completo pero dista de ser justo y sabio. Al contrario, ha sido capaz de evitar que nos reconociéramos como seres humanos y como comunidad. Como dice Santiago Alba, vivimos en un mundo desconocido. Ese desconocimiento consiste, ni más ni menos, que en no poder reconocer al Otro. No poder imaginar cómo siente y cómo piensa. Cuando los grandes paradigmas conglobantes de una comunidad retrocedieron frente al salvajismo neoliberal todo se volvió una incógnita imprevisible y brumosa. El presente es un planisferio desordenado de luchas defensivas donde los pueblos claman por acciones reflejas o, de lo contrario se frustran y abaten frente a lo que intuyen como una derrota. Los más maduros saben que muy probablemente habitarán en estos años sabios un mundo peor que el que soñaron cambiar.

Ahora bien, si dejamos de lado esa trampa cultural de asumir el tiempo en eras, como también acontece en la historia clásica conforme la aprendimos, y logramos pensar el transcurso de los años como un patrimonio de amorosa y común sabiduría, ningún sistema podrá descartarnos. Mejor que no se les ocurra. La madurez ayuda a encontrar la salida a las problemáticas laberínticas de Borges, del Minotauro o de esta pesadilla mundial. Entonces, y porque podemos, lo vamos a seguir haciendo. Habremos de adecuar las utopías y matizar los sueños, pero nunca dejaremos las luchas colectivas. Que ni se les ocurra. Nos sobra energía para seguir siendo. Estamos plenos de sentires y de pensares. Nada nos puede impedir seguir siendo incómodos. Que ni se les ocurra.

Los grandes referentes y líderes, y los militantes más humildes, alzamos las voces y resistimos hasta el final. Estas luchas se sufren y se disfrutan siempre con intensidad patriótica. Es un deber ético asumirlas desde donde se nos reclame. Lo contrario si, sería una imperdonable sumisión a la senectud. Pero seguimos íntegros y felizmente de pie. Entonces, que ni se les ocurra