Por Eduardo Luis Aguirre

 

 

Noam Chomsky ha alertado recientemente sobre los límites explícitos y la amenaza sutil que implica la multiplicación de los “emprendedores” en un este mundo en el que la hegemonía de última generación es caracterizada por algunos pensadores, tal el caso de Yannis Varoufakis, de tecnofeudalismo. Es decir, un retorno a la edad media, un ciclo histórico que existió solamente en Europa y que no obstante logró que los procesos de dominación cultural eurocéntricos introdujeran por la ventana de la teoría política al feudalismo en los países de este margen. Incluso, con el concurso de un sector para nada desdeñable de las izquierdas nativas. Esta es una primera salvedad.

La segunda, es que tanto el lingüista americano como Jorge Alemán, por mencionar a uno de los más reputados pensadores de habla hispana no alertan sobre el emprendedurismo metiendo en el mismo saco al cooperativismo o las numerosas experiencias de economía social que atraviesan el continente.

La tercera reserva es que Chomsky alude con esa categoría a aquellos trabajadores que “no tienen patrones pero tampoco poseen derechos”. Este es un tema por demás discutible e incómodo, porque en la Argentina previa a los uber y los rapis existía un sector creciente de ciudadanos sin derechos cuya presencia no pudieron iluminar los sectores populares que luego se asombraron por la irrupción de fenómenos regresivos como el mileísmo.

Es cierto que el neoliberalismo ha creado nuevas subjetividades, que incluye la influencia decisiva de la economía de las plataformas y la libertad de consentir la propia explotación, con sus fenómenos radiales de fortalecimiento del individualismo, de una meritocracia sacrificial y de una anti sindicalización y desregulación de las relaciones laborales sin precedentes. Una formulación a la que nos aproximamos con el cuidado que demanda toda conjetura, que parte en este caso de la creación de nuevas formas de dominación mediante la utilización del conocimiento, según plantea el propio profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Pero a estos sujeto hay que comprenderlos. Es imprescindible entender la angustia y la frustración que los ha venido perforando. Han debido declinar las herramientas que activaban las resistencias colectivas durante el siglo XX y atomizarse, fragmentarse y especular en una supervivencia protagonizada por su propio esfuerzo. Estos sujetos, muchos de ellos, son lo que votan a las derechas extremas. Esta masa anónima, el Hombre Nuevo que deberían haber creado lo experimentos revolucionarios del siglo pasado han perdido la confianza en las democracias de occidente. La confianza se transforma en fe y eso no necesariamente es un sinónimo de despolitización o simplificación. La confianza, la creencia y la fe son conceptos que se repiten en las Escrituras. Si la política y lo político no pueden generar tendencias verosímiles que se arraiguen en las masas (consenso) aparecen los pastores y es natural que ello acontezca y eso explica a Guebel. Quienes los siguen son sectores populares que, acaso sin necesidad de informarse o de urdir certidumbres epistémicas no erran al descreer de las democracias formales de un occidente que no sabe cómo reconstruir las propias tecnologías que ellos mismos han creado. Esto vale para Europa Occidental y para nuestra América. En todos esos hay un descreimiento que avanza de manera exponencial, indetenible. El futuro de las democracias pende de un hilo con este nivel de descrédito, un estado de ánimo colectivo que, paradójicamente, no se repite con la misma virulencia en estados que llamamos autocráticos. Ese presente perpetuo de “pasiones tristes” parece ser un patrimonio exclusivo de occidente. A pesar de que Atilio Borón crea que la armonía de las clases es insuficiente, nada indica que no sea una alianza de clases y sectores populares empoderados en la confianza ética de una nueva política la que renazca en términos colectivos como única forma justa de recuperar lo justicia social, la independencia económica y la libertad política. Para que esa confianza en los representantes deje de degradarse en una nueva fe a oscuros pastores no solamente hay que cumplir los básicos mandamientos de las religiones monoteístas. Hay que lograr que los estados puedan desentrañar lo complejo y articular nuevas formas asociativas superadoras. Eso no puede acopiarse por fuera de la razón que constituye la doctrina. Supone, en última instancia, la alternativa entre una férrea ética política y una razón teórica que vuelva a hacer la revolución con los valores que inspiraron al mayor movimiento de liberación americano.