Por Eduardo Luis Aguirre

Durante la primera década del tercer milenio los gobiernos iberoamericanos de entonces acuñaron una multiplicidad de conceptos para caracterizar las relaciones de poder y dominación en la región. Las oligarquías, los monopolios, el lawfare, las multinacionales, los poderes fácticos, los grupos de presión, los medios de comunicación dominantes, etcétera. En muchos casos, los gobiernos de esa época intentaron incluso legislar con el objeto de limitar la influencia de esos poderes, con suerte dispar o crearon vacilantes contrapoderes en esos espacios de concentración de indudable gravitación. Después del ocaso de esos intentos populistas, esas potentias capaces de vigilar, controlar, dirigir y establecer agendas siguieron tranquilamente su camino garantizando las continuidades (bajo la idea fuerza del “gran reinicio”) y aventando la posibilidad de ciertas transformaciones que podían operarse a nivel de empoderamiento comunitario.

Cuando los gobiernos conservadores fueron ganando espacio en los distintos estados, nacionales, provinciales o municipales,  las capacidades de lograr la imposición de medidas y planes de gobierno, de leyes y normas de neto corte retardatario e incluso de un avance sostenido de una cultura regresiva sin precedentes ese proceso se profundizó. Quizás todavía estamos en un momento de discusión de la nueva configuración del status quo , una vez que aquellos gobiernos populares no pudieron, no supieron o no comprendieron la forma de acumular la potencia suficiente y renovar la tarea de creación de pueblo como una constante capaz de visualizar lo evidente pero también de indagar en lo que resulta mucho menos obvio.

Mientras tanto, intentemos historizar la idea que motiva este aporte. Desde antes del gobierno de John F. Kennedy, y especialmente a partir de la primera gestión de Donald Trump, los estadounidenses acuñaron el concepto de “Estado profundo” para denominar una serie de pulsiones oscuras, clandestinas, inescrutables que actuaban en forma paralela a las autoridades y las normas establecidas. Ese estado profundo era visto como un peligro para las instituciones estatales y la élite del gobierno americano generalmente lo visualizó como una suerte de amenaza  a la nación. En ese estado profundo convivían sectores  ilustrados de la burocracia estatal, corporaciones armamentísticas, intelectuales,  servicios secretos, espías, operadores, lobbistas, universidades ,sindicatos, jueces y fiscales, y espacios tan sofisticados como Silicon Valley, los grandes patrones de la digitalidad,  sectores de las fuerzas armadas y de seguridad y la banca. El trumpismo en su versión imperial más ostensible encarna en cierta medidas las reacciones que el “estado profundo” genera al interior del país, donde los agonismos y antagonismos parecen profundizarse sin solución de continuidad, en paralelo a lo que acontece en el mundo. Hay que recordar que, ni bien asumió Donald Trump su segundo mandato, el Presidente de la Cámara de Representantes Mike Johnson se encargó de anunciar, como un objetivo prioritario del nuevo gobierno, “el desmantelamiento del estado profundo”.

Pero ese estado profundo no ha sido objeto de ocupación únicamente en los Estados Unidos. Hay una multiplicidad de estados nacionales que depositan su atención en el quehacer opaco de esos poderes “paragubernamentales”. A veces para evitar su influencia, a veces para ratificarlos en su condición de deep state.

Dice Enrico Tomaselli refiriéndose específicamente a la situación europea: “Se ha dicho y escrito mucho sobre el Estado profundo estadounidense –e, inevitablemente, se ha dicho todo y lo contrario de todo sobre él, hasta el punto de perder completamente de vista lo que realmente es–, pero nunca se ha hablado de un Estado profundo europeo.

Este; sin embargo, existe y se manifiesta cada vez con más claridad. Naturalmente, hay una profunda diferencia con el americano, que representa un mundo compuesto, pero todavía centrado en mantener la hegemonía estadounidense sobre el mundo, mientras que el europeo se centra sobre todo en preservarse a sí mismo y a su propio poder.

Este Estado profundo europeo está formado esencialmente por políticos, burócratas, grandes comités y lobistas, en conexión cada vez mayor con soldados de los mandos de la OTAN, y forma efectivamente una especie de masonería europea, fuertemente comprometida con la promoción y defensa de sus miembros, pero sobre todo con al ejercicio de un poder supranacional cada vez más rampante –y cada vez más antidemocrático.

Este Estado profundo se ha ido coagulando, especialmente en los últimos 10 o 15 años, y ha vaciado progresivamente de todo poder real a los distintos gobiernos nacionales, los únicos que tienen alguna representación democrática” (1)

Como vemos, las naciones europeas tendrían su propio estado profundo pero con finalidades diferentes a las de EEUU atendiendo justamente a  su situación política, histórica, económica y  geopolítica. En la gran potencia mundial  el estado profundo es un instrumento destinado a mantener y reproducir su condición hegemónica, mientras que en Europa puja por mantener una influencia que precisamente en este tiempo se ha visto amenazada y debilitada.

Por supuesto que en la historia argentina seguramente ha existido un estado profundo, con poderes operando entre bambalinas, gravitando en los sucesivos gobiernos y determinando continuidades y rupturas. Los golpes de estado y las facciones que intervinieron en esos quiebres institucionales son una muestra inequívoca de esa presencia. En la actualidad, la influencia es más decisiva todavía, con una tendencia al  empoderamiento creciente que es mucho más sutil e influyente, dado que, con la neutralización del poder militar, aparecieron factores estatales o privados (una división que debe leerse con una imprescindible provisoriedad) con capacidad para influir sobre las decisiones del estado. Un estado y una sociedad cada vez más complejas y nuevos medios tecnológicos capaces de irrumpir con una enorme influencia en la vida de un país.

Si se acepta la existencia del estado profundo en el estado federal (cosa que algunos analistas  ponen en duda)  convendría preguntarse si también al interior de las provincias argentinas existen determinados modos de “estado profundo” insularizado, por denominarlo de alguna manera.

La gran diferencia en ambos casos es que el estado nacional tiene en sus manos elementos de control social formal o aparatos represivos con los que las provincias no cuentan. Desde las fuerzas federales (servicios de inteligencia, policía, gendarmería, fuerzas armadas, servicio penitenciario), los grandes medios de comunicación, etcétera) hasta embajadas, fuertes actores económicos y financieros, universidades,  emblemáticos estamentos del poder judicial e incluso la propia Corte Suprema de Justicia. Una intrincada red de actores imposible de ser ignorada se mueve con lógica propia en el gran puerto.

El federalismo absolutamente acotado que caracteriza a la Argentina no alcanza para poner en cuestión la existencia de estados profundos locales, donde existen singularidades propias de cada lugar adecuadas a las distintas dinámicas locales. Las provincias conservan, además de instituciones de poder religioso, corporativo, económico, financiero, académico, cultural, mediático y tecnológico, otros medios control. Medios que históricamente fueron cambiando y transformando en función de las regulaciones diferentes del poder institucional y las peculiaridades sociales que acontecen en cada lugar. En otros términos, creemos que es interesante y oportuno relevar el funcionamiento de las élites y operadores con capacidad de presionar o apoyar el rumbo de los gobiernos. Esos estados profundos lugareños tienen a mano la influencia indudable de aparatos ideológicos tales como el rumor, la prensa y la cercanía al poder, a lo institucional y lo orgánico. Por eso el espionaje y las operaciones se intuyen incluso desde el quehacer sugerente de personas o grupos de sujetos con acceso a los medios de prensa y con capacidad para instalar operaciones o tramas.

 Es natural que las democracias indirectas, debilitadas al extremo por el nuevo imperialismo que quiere imponer explícitamente Donald Trump, más que al derecho y la convivencia, intenten recurrir a “la coerción y la fuerza para seguir siendo libres” (2) según palabras del presidente francés en la reciente cumbre de Davos. En el interior de un mundo donde rige la ley del más fuerte, es lógico que las sociedades en conflicto se transformen en espacios donde no solamente gobierna el más fuerte sino que se reproducen y refuerzan los instrumentos que garantizan las relaciones de explotación. La oscuridad de la política y lo político tienen que ver con esta era, con esta nueva realidad. Sociedades donde resulta muy difícil deslindar lo falso de lo verdadero, donde se entraman y articulan una multiplicidad de disputas intestinas, lo más efectivo suele ser lo ideológico. Donde se naturalizan las cercanías y las amenazas. Donde se articulan vínculos y poderes siempre difíciles de ordenar. El resto lo hace la tecnología. Los aparatos ideológicos de Althusser en clave de tercer milenio operan entonces en cualquier geografía, sea ésta continental, nacional, regional o local. A los estados -a todos ellos- les resulta mucho más difícil arbitrar la multiplicidad de poderes o armonizar la gobernanza (qué lejos quedan las retóricas de aquella globalización en crisis). No solamente por la cantidad de actores que protagonizan el estado profundo y hacen que el ejercicio del poder duela como nunca antes, sino porque lo que se gobierna es un mundo donde imperan la desconfianza, el miedo al distinto, la repulsa al extraño, la disolución de los lazos comunitarios y otras amenazas de distinta índole, desde una pandemia hasta la revalorización del mal.