Por Eduardo Luis Aguirre
Yakutsk es una ciudad de poco menos de 400.000 habitantes. Se trata de uno de los parajes siberianos más extremos, donde las temperaturas, que están entre las más bajas del mundo, llegan a los 70 grados bajo cero. Famosa por su riqueza en piedras preciosas (de allí se extrae el 20 por ciento de la producción mundial de diamantes), se encuentra ubicada a casi 5000 kilómetros de Moscú y es la capital de la Provincia de Sajá, también denominada Yakutia. Ocurre que los yakutios fueron el pueblo que ocupó y formateó esta ciudad de intensa vida cultural en el siglo XVII. En este enclave del oriente extremo ruso se encuentran la Universidad Estatal de Yakutsk , una de las diez universidades federales de Rusia,fundada en 1956, Existe allí también una sede de la la Academia de Ciencias de Rusia, que alberga, entre otras instituciones, el Instituto de Investigación Cosmofísicas, que observa, investiga y atiende las particularidades del cielo de Yakutsk ( y es uno de los más grandes conjuntos de detectores de rayos cósmicos en el mundo), y el Instituto de Investigación del Permafrost, que se desarrolló con el objetivo de resolver los graves y costosos problemas asociados a la forzosa construcción de edificaciones en suelo congelado.
La ciudad también es sede del Instituto de Investigación Humanitaria y de los Pueblos Indígenas del Norte (IGR y PMN), el Instituto de Diamantes y Metales Preciosos (IGABM), la Academia Estatal de Agricultura de Yakutsk, la Universidad Federal del Noreste (YSU), la Academia Pedagógica Estatal de Yakutsk, la Universidad Estatal de Ingeniería y Tecnología de Yakutsk, el Instituto Estatal de Arte y Cultura del Ártico o el Instituto de Derecho y Economía de Yakutsk (rama de la Academia de Relaciones Laborales y Sociales de Moscú).
Entre las instituciones culturales más importantes de la ciudad se encuentran el Teatro de Sajá, la Academia Estatal de Teatro Dramático Ruso Pushkin, la Ópera y Ballet de la República de Sajá, la Danza de Teatro Nacional de la República de Sajá y la Unión de Escritores de la República de Sajá.
En Yakutsk hay numerosos museos entre los que sobresalen el Museo del Mamut, el Museo Nacional de Arte de Sajá), el Museo Yaroslavsky de Historia y Cultura de los Pueblos Unidos del Norte, el Museo Universitario Estatal de Numismática, el Museo Literario Oiunskii, la Casa-Museo "Historia del exilio político en Yakutia", el Museo de Arqueología, Etnografía y escuela secundaria, el Museo de Historia de las Comunicaciones de Yakutia, el Museo del Folklore y Música de Yakutia o la paradójica Galería de Arte de Europa Occidental.
La ciudad celebra en febrero el Festival Internacional de Cine de Yakutsk, un evento emergente que reúne a personalidades del cine de todo el mundo. Como se observa, esta ciudad es una de las tantas que conserva en Siberia lo mejor de la cultura rusa plural, abierta, mestiza, con muchos de sus habitantes que proceden de distintas latitudes y matices étnicos que, sin dificultad alguna, conservan y preservan lo que conocemos como el alma rusa.
Ahora bien, podríamos preguntarnos por qué detenernos en esta ciudad singular, helada, cuyos habitantes resisten las inclemencias naturales aferrados a la ciencia, la cultura, la historia, las tradiciones, las creencias trascendentes y el tesón como obligada actitud de vida colectiva. Sobre todo porque la región siberiana tiene ciudades mucho más importantes y con mucha mayor cantidad de habitantes que la alejada Yakutsk. Digmos que esta síntesis pretende inaugurar una breve referencia de las tesis del historiador y geopolítico Serguei Karaganov, un pensador que ha asesorado y escrito los discursos de cuatro presidentes de su país: Leonid Brézhnev, Mijail Gorbachov, Boris Yeltsin y Vladimir Putin ("sólo algunos párrafos", aclara el intelectual con modesta cortesía). Karaganov es el impulsor de una nueva tesis que está ganando adeptos en la nación más extensa de la tierra. Se trata de provocar el crecimiento exponencial de la economía y la demografía siberiana y hacer un corrimiento de la proyección de la nación hacia el Oriente. La idea implica llevar adelante la denominada "Siberización" del país y en ese impulso se conjugan razones espirituales, culturales, históricas, económicas y estratégicas, tal como ocurre con Yakutsk, que al final no es más que un ejemplo.
Karaganov desconfía de una Europa cultural y espiritualmente agotada (algo que lo asemeja al pensamientol de su compatriota, el filósofo Alexander Dugin, devoto militante de la conservación de la cultura y el espíritu de una nación en su libro “La cuarta teoría política), extraviada por el posthumanismo y el relativismo y gobernada por “hienas enloquecidas”, líderes en su mayoría rusofóbicos perdidos en medio de un clima de enemistad manifiesta.
Karaganov reconoce que durante un sigo el acercamiento a Europa significó un giro saludable para Rusia, pero que la involución del viejo continente lleva a su país a emprender una larga marcha para repoblar y desarrollar Siberia, un enorme territorio donde cree hallar el yacimiento cultural y espiritual ruso más acendrado. Aquel siglo en el que Pedro El Grande emuló la cultura europea moderna creando sobre el pantanos la maravillosa San Petersburgo ha caducado. Más aún, Karaganov cree que es necesario emular al gran Zar crando una nueva capital geostratégica en la Siberia, para consolidar una larga marcha al este, en búsqueda de una acentuación de los vínculos asiáticos y una preservación de la indemnidad y la integridad territorial de una nueva Gran Rusia. Karaganov sabe que un estado en cuyo centro geográfico, rodeado de potencialidades hay un virtual desierto habilita una debilidad geopolítica. Eso pasa con Siberia en Rusia y con el desierto pampeano en medio de la geografía argentina. Es una ley demográfica y defensiva inexorable. Un mandato que vale para todos los escenarios. Karaganov abjura de la guerra, pero cree que Europa es capaz de protagonizar el mayor error de su historia. El pensador caracteriza a un holocausto nuclear como un “pecado moral”, pero lamenta la deriva de un occidente espiritualmente vacío. Por eso impulsa la marcha hacia el oriente, revirtiendo en lo inmediato la inconveniente demografía rusa y afianzando sus creencias y su cultura como único y genuino refugio. Pensando el futuro y comprendiendo la gravedad del mundo, el influyente intelectual delinea nuevas coordenadas, acaso como muy pocos lo hagan. Vale la pena leerlo, escucharlo y sacar sus propias conclusiones. Pariendo de la base que, como ya hemos dicho, conservar lo que todavía no ha sido capturado por el dispositivo neoliberal puede ser un ademán paradójicamente revolucionario.