Por Liliana Ottaviano
Avanzar hacia una política menos omnipotente implica aceptar la vacilación, abrir espacio a lo inesperado y sostener aquello que aún no tiene forma. Hay algo inquietante en el acto de preguntar. Preguntar interrumpe la inercia del sentido y desafía la ilusión de omnipotencia: no todo puede explicarse ni controlarse. No es un gesto cómodo: abre un intervalo entre lo que creemos comprender y aquello que aún no tiene forma. En ese intervalo puede aparecer lo nuevo, pero también lo incómodo.
Pensar comienza allí. No cuando acumulamos respuestas, sino cuando nos detenemos ante lo que no encaja. Pensar es soportar la falta de cierre y resistir la tentación de completar demasiado rápido. En un tiempo saturado de explicaciones inmediatas, el ejercicio de la interrogación se vuelve casi subversivo. Preguntar es sustraerse, aunque sea por un momento, a la lógica de la certeza y de la omnipotencia simbólica.
Si esto vale para la experiencia subjetiva, también vale para la política. Una política que se cree omnipotente corre el riesgo de transformarse en mera administración del sentido. En vez de comprender, delimita; en vez de interrogar, distribuye lugares. Lo que no encaja se convierte en exceso o en peligro. Sostener la pregunta, en ese contexto, es afirmar la dimensión propiamente política de lo común y reconocer los límites de cualquier pretensión de control total.
En un artículo anterior publicado en este mismo sitio bajo el título “¿Qué hace la política con lo que no comprende?” señalaba que la política, como el amor, se enfrenta a lo que no comprende: un exceso que desborda la razón y no puede simbolizarse completamente. Escuchar lo incierto y aceptar la falta compartida en cada sujeto permite abrirse a lo político y evitar que ese exceso retorne como violencia o resentimiento. Cuando la política deja de preguntarse, pierde la capacidad de alojar la singularidad de los sujetos. El apoyo de amplios sectores populares a proyectos que recortan derechos y profundizan la desigualdad no puede leerse únicamente como “error” o “engaño”. Hay allí un malestar que no fue suficientemente escuchado ni tramitado políticamente.
El problema, entonces, no es solo la incapacidad de comprender, sino la incapacidad de sostener lo que no se comprende. Desde el psicoanálisis lacaniano, aquello que irrumpe como incomprensible es lo real: un resto que resiste ser absorbido por el orden simbólico. No hay sistema que logre clausurarlo definitivamente. La política que pretende explicarlo todo o saturar el sentido desde una posición omnipotente tropieza con ese límite. Y cuanto más intenta controlarlo todo, más retorna el malestar.
Hace unos días, en este mismo sitio, Eduardo Aguirre, en su artículo “Las preguntas” (**), sostenía que preguntar no expresa falta de saber, sino un gesto que abre grietas en discursos cerrados. Preguntar no es pedir información, sino admitir el no saber. Allí donde todo parece explicado, la pregunta reintroduce lo inesperado: desacomoda certezas, interrumpe la repetición y obliga a pensar desde aquello que aún no puede simbolizarse.
Insistir en la pregunta no es un recurso retórico, sino una posición estructural. No existe un Otro que garantice el sentido total del orden social. Toda forma de lo común está atravesada por un vacío que ninguna omnipotencia puede colmar.
Pensar no es pasividad ni reacción automática. Es un acto que exige tiempo. Implica sostener aquello que irrumpe sin apresurarlo hacia una solución tranquilizadora. En política, esto significa abrir un tiempo de comprensión real del malestar social en lugar de clausurarlo con diagnósticos rápidos. No se trata de glorificar la incertidumbre, sino de reconocer que sin atravesar la falta no hay reconstrucción del lazo.
Pensar es lo contrario de la saturación de sentido y de la pretensión de omnipotencia. Es interrumpir el mantra que repite respuestas automáticas. Es formular preguntas allí donde el discurso parece cerrado. Cuando la política renuncia a esa dimensión, se vuelve puramente administrativa: gestiona lo dado, pero pierde la capacidad de alojar lo que desborda.
Abrir interrogantes no debilita la política; la vuelve más rigurosa. Porque solo donde hay pregunta puede haber escucha, y solo donde hay escucha puede aparecer aquello que todavía no tenía lugar. La pregunta no elimina el conflicto ni promete armonía; permite trabajarlo sin expulsarlo.
La cuestión no es si disponemos de respuestas definitivas. La cuestión es si estamos dispuestos a sostener las preguntas que incomodan, a escuchar lo que desborda nuestras categorías y a construir lo común desde esa no-relación que nos constituye.
Pero la pregunta no interpela solo a la política. Nos interpela a nosotros. ¿Estamos dispuestos a que la política se haga preguntas? ¿Estamos dispuestos a soportar la vacilación que produce la falta de certezas? ¿A aceptar que las preguntas nos confronten con nuestras propias convicciones, con aquello que creemos saber?
Sostener la pregunta implica renunciar a la omnipotencia del saber total y aceptar que el sentido no está cerrado. Y en esa apertura —inestable, sin garantías— comienza la política.
(**)https://derechoareplica.org/secciones/actualidad/2010-las-preguntas?highlight=WyJsYXMiLCJwcmVndW50YXMiXQ==
Imagen: Todo es posible a condición de que sea lo suficientemente absurdo de Luis Felipe Noé