Por Eduardo Luis Aguirre
La endogamia universitaria es una debilidad histórica, no solamente en la Argentina sino en los demás países de habla hispánica que conocemos. Como una suerte de oficio, naturalizado y repetido hasta el hartazgo a través de siglos y décadas sin provocar escarnio alguno. Es como una opacidad que transita libre de toda mácula y reproche, como si la práctica consuetudinaria se legitimara a partir de su sola reiteración. Mientras la situación política de las sociedades pendula entre los extremos siempre cercanos de una democracia académica calificada, la propensión a la injusticia de preservar una institución fundamental hacia adentro no luce como un gravamen significativo. Mientras un país es capaz de conservar la condición de nación como categoría histórica, esos vicios prohijados por pequeños filibusteros de la reiteración de contenidos en un mar incógnito donde navegan peces acostumbrados a oleajes y temperaturas diferentes pueden orientarse por el mar de estrellas que siempre miraron sin ver. La reproducción de la realidad consigue, de esta manera, sostenerse como guía en las noches oscuras que se atraviesan en las negociaciones también opacas de los “gestores”.
La endogamia académica generalmente se refiere a el mantenimiento en cargos, puestos y funciones significativas de aquellos que lograron u obtendrán su titulación en las mismas instituciones. Esa delimitación coincide, en más o en menos, con la delimitación que intentamos anteriormente con exigua fundamentación. La cuestión de la endogamia, una licencia costumbrista capaz de cobijar y aunar (sólo) a los más cercanos, se complica cuando las instituciones dedicadas a confrontar conocimientos e investigar el cúmulo de preguntas que depara una circunstancia capaz de acelerar los tiempos colectivos, de obturar en su complejidad la creatividad del pensamiento ante la amenaza aceitada de nuevos antagonismos desnuda sus debilidades. Cuando un desastre se consuma y adquiere condición común, la endogamia revela además acuciantes peligros en las academias. Que ya no puede sostenerse hacia adentro ni siquiera comprender las nuevas perplejidades. Las universidades se vuelven rígidas, burocráticas, siguen recurriendo a su praxis favorita de transformar en administrativas las decisiones políticas más discutibles, se vuelve grosera e inhumanamente injusta. Tansita con la única brújula del oportunismo y se rinde en cuclillas frente al avance colonial. Es muy poco lo que pueden ofrecer nuestras universidades frente a un estado de excepción. No hay más que contemplar el paisaje aciago de la patria para reivindicar la pedagogía de la liberación, la originalidad del pensamiento, la fortaleza militante de muchos docentes y trabajadores. El problema es que las direcciones políticas no pueden hacerlo, aunque lo verbalicen con llamativo desparpajo. Las universidades, en definitiva, se convierten en profundamente injustas.
Recurren a la románica institución de la muerte civil para los incómodos, desdeñan a los grandes pensadores e intentan enterrarlos a pesar que sus prédicas sigan impactando en la comunidad como antes, o quizás más sonoramente aún. ¿Cuántos pensadores fueron destratados o no reconocidos por las universidades? En nuestra región, los últimos tiempos han sido pródigos en la recurrencia a ubicarse en la cara oculta de la endogamia.
“Somos indios, españoles, negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa”, escribía Manuel Ugarte, pensador, militante, ensayista y uno de los principales teóricos del socialismo criollo que se opuso a las vertientes más recalcitrantes y antinacionales de la iconografía de la izquierda nordeurocéntrica en la Argentina. Ugarte permanece en el más oprobioso de los olvidos y raramente las aulas asumen su legado, que por otra parte mantiene una incólume vigencia.
Carlos Cullen es un filósofo extraordinario que ha dedicado su vida a problematizar la academia y las formas en que se imparten los conocimientos, impulsando la idea de que el pensamiento real es aquel donde pisamos. No hablemos de Rodolfo Kusch, el pensador inmortal, el gran articulador de la filosofía de Nuestra América, o de Enrique Dussel, Arturo Enrique Sampay, Carlos María Vilas o Frantz Fanon, por citar solamente algunos de los pensadores "olvidados". Pensadores malditos a quienes no solamente se le extienden cocardas coloniales, sino que ni siquiera integran los programas de estudio.
Nuestra carrera de Derecho en la UNLPam constituye una muestra inequívoca de ese proceso de adormecimiento epistémico.
En nuestros programas de sociología están los consabidos “padres fundadores” (europeos), pero no hay un solo pensador de la sociología de la liberación americana, ni tampoco africanos como Ibn Jaldún. Ni uno.
En Filosofía, donde habita la alquimia que enorgullece a las autoridades. los pensadores decoloniales siempre fueron relegados. Por supuesto, ni Laclau ni Jorge Alemán ocupan esos espacios cedidos a un empecinado proceso de colonialidad.
Lo propio acontece en Derecho Constitucional. Aparecen los mismos autores conservadores de hace más de medio siglo, pero Vilas o Sampay brillan por su ausencia.
Con la misma honestidad intelectual rescato programas como el de Derecho Político, pero no alcanzo a imaginarme cómo es posible abordar un problema crucial como el racismo en una Facultad de Derecho si no se lee a autores como Fanon o Grosfoguel.
El Derecho Internacional termina por absolver posiciones y confiesa su definitiva caducidad. Trump lo hizo. Pero lo interesante del caso es que esos derechos humanos tibios, melifluos, imaginarios y perversos de la segunda posguerra tocan a su fin. Es el caso de un nonato histórico, una creación inexistente destinada a garantizar la hegemonía capitalista en todo el mundo, una verdadera vergüenza jurídica que llega a su fin echado a puntapies por la nueva relación de fuerzas mundiales. Una tentadora agencia de viajes se desmorona, y con ella los méritos reiterativos de sus cultores. Para entender lo que puede llegar a venir en el mundo no alcanza con leer los textos que son iguales por dentro y por fuera y que describen banalidades que ocultan la mayor expresión del derecho como sistema de control global.