Por Eduardo Luis Aguirre
Es imposible comprender el ataque a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa si no se conoce el diseño reciente de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional diseñada recientemente por el gobierno de Donald Trump.
Se trata de un documento de 33 páginas rubricado por el propio presidente, que data del mes de noviembre pasado. Vale decir, es la inauguración de un nuevo diseño estratégico absolutamente innovador que observa críticamente a un mundo globalizado y ubica de una manera absolutamente distinta a los Estados Unidos en el mundo que viene. Este mundo que no es otro que el de las naciones, donde los hemisferios dividen intereses y los mares, como ya lo hemos dicho, adquieren una trascendencia singular. La globalización habría sucumbido definitivamente. El paradigma más corto de la historia humana estaría llegando a su fin. Sobre este tema nos hemos ocupado en numerosas oportunidades en este mismo portal.
Hoy nos interesa comprender el comportamiento actual de Washington a partir de las coordenadas que establece este documento fundamental, que no parece del todo conocido por los actores que se ocupan de la política, la diplomacia y la geoestrategia internacional. Mucho menos por los juristas que rindieron tributo al becerro de oro de los derechos humanos en las escuelas de derecho sin advertir su sentido groseramente colonial. Todo eso ha terminado.
La (nueva) estrategia estadounidense, la que según el documento en cuestión “se desvió en el camino” intenta convertirse en un conjunto de propuestas tendientes a garantizar que Estados Unidos siga siendo el país más fuerte, rico, poderoso y exitoso del mundo durante las próximas décadas.En ese sentido destaca, no sin razón, vista desde su interés nacional, que “tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente de Estados Unidos sobre el mundo entero redundaba en beneficio de nuestro país. Sin embargo, los asuntos de otros países solo nos incumben si sus actividades amenazan directamente nuestros intereses”. Ese accionar que duró un cuarto de siglo, es lo que denominamos un “sistema de control global punitivo” que, una vez reconvertido el rol de la OTAN, perpetró inicialmente un bombardeo impiadoso de 87 días en la Antigua Yugoslavia que se replicó luego en otros continentes, hemisferios y geografías.
La nueva estrategia consigna diferencias notables con el desempeño estadounidense durante el Consenso de Washington y la globalización, destacándolas textualmente: “Nuestras élites calcularon erróneamente la disposición de Estados Unidos a asumir eternamente cargas globales que el pueblo estadounidense no veía en el interés nacional. Sobreestimaron la capacidad de Estados Unidos para financiar, simultáneamente, un enorme estado de bienestar, regulación y administración, junto con un complejo militar, diplomático, de inteligencia y de ayuda exterior masivo. Apostaron de forma enormemente equivocada y destructiva por la globalización y el llamado "libre comercio", lo que vació a la clase media y la base industrial de las que depende la preeminencia económica y militar estadounidense. Permitieron que aliados y socios descargaran el costo de su defensa sobre el pueblo estadounidense, y en ocasiones, nos arrastraran a conflictos y controversias centrales para sus intereses, pero periféricas o irrelevantes para los nuestros. Y vincularon la política estadounidense a una red de instituciones internacionales, algunas de las cuales se ven impulsadas por un antiamericanismo manifiesto y muchas por un transnacionalismo que busca explícitamente disolver la soberanía estatal individual. En resumen, nuestras élites no solo persiguieron un objetivo fundamentalmente indeseable e imposible, sino que al hacerlo socavaron los medios necesarios para alcanzarlo: el carácter de nuestra nación, sobre el cual se construyeron su poder, riqueza y decencia”.
Ahora bien: ¿qué es lo que ha cambiado? ¿qué es lo que se propone ahora Estados Unidos? Como veremos más adelante, el interés nacional, el nacionalismo de la potencia más importante de la tierra desplazará cualquier engendro como la globalización y demás hallazgos culturales de neto cuño europeo, mientras sus acciones e intervenciones habrán de limitarse a espacios y circunstancias específicas que atiendan o conciernan a su específico interés nacional. Dicho en otro términos, hay un cambio en la Doctrina Monroe, una reinterpretación de las formas de convivencia en nuestro hemisferio porque la seguridad y los intereses de Estados Unidos serán prioritarios y a ellos deberán someterse los demás países. Es la hora del nacionalismo, pero en ese nuevo nacionalismo habrán de convivir naciones opresoras y naciones oprimidas. Venezuela es un episodio inaugural del desdén por la globalización de otrora, protagonizada por una nación creada por designio divino.
Dicho más claramente, “queremos la supervivencia y la seguridad continuas de Estados Unidos como una república independiente y soberana cuyo gobierno garantice los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos y priorice su bienestar e intereses. Queremos proteger a este país, su gente, su territorio, su economía y su forma de vida de ataques militares y de influencias extranjeras hostiles, ya sea espionaje, prácticas comerciales depredadoras, tráfico de drogas y de personas, propaganda destructiva y operaciones de influencia, subversión cultural o cualquier otra amenaza a nuestra nación. Queremos control total sobre nuestras fronteras, nuestro sistema migratorio y las redes de transporte a través de las cuales las personas entran a nuestro país, tanto legal como ilegalmente. Queremos un mundo donde la migración no sea simplemente "ordenada", sino donde los países soberanos colaboren para detener, en lugar de facilitar, los flujos de población desestabilizadores, y tengan control total sobre a quién admiten y a quién no”. Aquí comienza a hacer agua la teoría de Guillermo Moreno, y no será la única vez. No habrá un país hegemónico de “manos abiertas” sino un pueblo elegido “de puños cerrados” ni tampoco un hegemón que construya puentes sino muros. Venezuela está muy cerca todavía. Tanto, como la peor cara que puede asumir el nacionalismo de un hegemón. Sobre este punto, necesariamente, habremos de volver.
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