Por Eduardo Luis Aguirre
Con el advenimiento del tercer milenio comencé a analizar las nuevas relaciones de fuerza que configuraban el mundo en ese entonces, tras la implosión de la antigua Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y el colapso de las burocracias socialistas en Europa del Este.
A principios de los años 90, el capital financiero hegemónico tenía las manos libres para construir un nuevo sistema económico, al que denominamos neoliberalismo. Este modelo se encargó de definir el perfil del "nuevo mundo libre", donde el Consenso de Washington y la globalización disciplinarían las nuevas lógicas totalizantes del planeta. La nueva nomenclatura, ideada por el economista John Williamson, respondía a los impulsos políticos de figuras como Margaret Thatcher —quien adelantaba que la sociedad “ya no existía”— y Felipe González, así como al gobierno estadounidense, a través de organismos con sede en Washington D.C.: el FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de EE. UU.
La receta de este acervo, no solo económico sino también cultural, concentraba sus principales imposiciones en medidas como la disciplina fiscal, la privatización de empresas estatales, la liberalización del comercio, los recortes presupuestarios, tipos de cambio “competitivos” y un alineamiento con el oleaje unilateralista occidental. Desde el punto de vista cultural, emergió una nueva jerga que incorporaba conceptos y gramáticas tales como gestión, gobernanza, globalización y TICs, entre otros. Este modelo se aplicaría fundamentalmente en los países del Tercer Mundo, mientras que, con el final del segundo milenio, ocurrían otros hechos trascendentales e inéditos a nivel global.
Uno de ellos, acaso el más importante, fue la reconversión de la mayor alianza militar de la historia —la OTAN— de una alianza defensiva a una ofensiva. Una vez desaparecida su contraparte comunista, el Pacto de Varsovia, los países miembros de la alianza atlántica discutieron qué hacer con una organización que había dejado de cumplir la función para la que fue concebida. Algunos países propusieron disolverla; otros, reducirla a una expresión menor para aliviar gastos. Sin embargo, un grupo comprometido con la profundización neoliberal pidió transformarla en una alianza ofensiva. Su debut en esta nueva función fue el bombardeo de 87 días a la antigua Yugoslavia, un país cuyo desarrollo social lo posicionaba en un lugar destacado entre sus pares europeos. El ataque se llevó a cabo prescindiendo del aval de la ONU y terminó en una masacre durante la guerra de los Balcanes.
En el contexto de movilizaciones y tensiones sociales previas, actuó un grupo de estudiantes universitarios que desarrollaron estrategias de “golpes de estado blandos”, replicados posteriormente en múltiples países como Libia, Egipto y Ecuador (con levantamientos policiales), así como en los intentos destituyentes contra Evo Morales en Bolivia, donde, además de fuerzas de seguridad y defensa, intervinieron sectores civiles económicamente muy poderosos.
Como podemos observar, el elevado nivel de coordinación e interacción entre estas partes, articulando un todo con un objetivo común, evidenciaba que al inicio del siglo XXI estos movimientos no eran meramente episodios aislados ni un simple modelo; se trataba de un sistema: un sistema global de control punitivo. En pocos años, este sistema manifestaría su brutalidad mediante violaciones elementales del derecho internacional, masacres y guerras.
Las redes y repositorios académicos documentan estas teorizaciones que, aunque requieren una actualización imprescindible, fueron el germen de una fascistización de las relaciones internacionales que se aceleró y profundizó tras el 11-S. De aquella época quedan rastros premonitorios y ejercicios de anticipación que se intensificaron una década después.
"Estamos ante una crisis global sin precedentes, donde parece resquebrajarse el paradigma más corto de la historia humana. Las dificultades para caracterizar y comprender esta crisis contrastan con la rápida implementación de un conjunto de medidas destinadas a superar una supuesta 'crisis de confianza' de los mercados. Las nuevas inseguridades, sumadas a las múltiples ya existentes en esta 'sociedad global de riesgo', invitan a preguntarse si, también en esta ocasión, el capitalismo internacional intentará superar sus crisis mediante la guerra. Y si las ideologías securitarias impactarán en la región de la mano de una hipertrofia del punitivismo prevencionista y peligrosista, que luego de "reinventar" un enemigo proponga la vigencia de un nuevo sistema de creencias y representación global que implique una obligada desformalización y funcionalización de los sistemas penales internos y del derecho internacional.
La sociología del control global punitivo analiza la expansión del poder punitivo estatal y supraestatal como respuesta a la exclusión social, la globalización y la inseguridad, consolidando un modelo securitista. Autores como Aguirre y Zaffaroni señalan que esto genera una "verticalización social" donde el sistema penal gestiona la pobreza y la exclusión, en lugar de resolver conflictos.
Temas Clave y Recursos en PDF:
Securitización Global (Aguirre, 2008): Analiza nuevas formas de control penal internacional y su respuesta a la crisis sistémica".
El riesgo y el temor a contingencias desconocidas entró en una suerte de caos implacable y sin precedentes. Los golpes suaves se transformaron en masacre y violación de los derechos fundamentales. Los conflictos armados adquirieron el voltaje de una guerra total fragmentada. Reaparición, de manera espectral, la pregunta heideggeriana por la técnica. Es justamente lo que intentaremos abordar en un segundo tramo de este recorrido, que no es otra cosa que completar y actualizar aquel libro escrito en 2012.