Por Ignacio Castro Rey
Sobre el primer texto de Agamben, "La infancia de Adán", se podría añadir que el nihilismo capitalista es esencialmente la prohibición de esa infancia acronológica, el rechazo de cualquier espacio ahistórico que pueda latir como horizonte. Todo atisbo de inocencia entre nosotros ha de ser profanado para cerrar todas salidas, para que triunfe la alegría tétrica del totalitarismo liberal. El llamado "régimen de Epstein" es solamente la punta estadística de esa violación sin límites con la que el Occidente moderno siempre ha soñado. En tal sentido, quizá la rendición de la izquierda occidental es ante todo anímica, pues el capitalismo conecta con la fantasía progresista de que no haya nunca más afuera, ningún exterior, ninguna común experiencia terrenal que sirva de referente intocable.
Sobre el segundo texto de ayer, "La gramática de Occidente", se puede recordar la antigua posibilidad, al menos puntual, de vivir sin gramática, sin un código preexistente o un marco normativo al que obedecer. No solamente la mística y la poesía occidentales (a veces la matemática y el pensamiento filosófico) se han acercado a la posibilidad de mantener una relación directa con el vacío que vibra, con una indeterminación generatriz. Tal vez los pocos momentos cruciales de nuestras banal existencia contemporánea respiran todavía cerca del misterio instantáneo de la finitud. Cerca en suma de la fábula de una "caducidad incorruptible" que se precipita en una epifanía, en una contemplación que no necesita ninguna categoría conceptual (o gramatical) que la enmarque. Como se dijo durante siglos, la contemplación no se opone a la acción, sino que la condensa y la realiza en un breve lapso: en una escucha que de pronto se erige en el culmen de cualquier posible acción. En tal caso tendríamos todavía a mano la posibilidad de un dios menor, una serenidad que envuelva la cólera intermitente a la que estamos abocados.