No se comprende el supuesto de que nuestra cultura forma parte de la esencia del hombre, y no se recuerda que toda su base es un hombre sin infancia: Adán. Según la narración del Génesis, aquel a quien el Señor crea y coloca en el jardín del Edén es un adulto, al que la Iglesia habla y da órdenes, y para el cual crea una compañía con el fin de que no esté solo. Sólo un adulto, y no un niño, puede dar un nombre a todos los animales del jardín.
No sorprende que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizá el pesimismo que impulsa a Occidente cristiano a alimentar siempre expectativas de futuro y de compensación derive de esta singular carencia, que hace de Adán un ser tradicionalmente privado de infancia. Y quizá sea por esta carencia, más originaria que cualquier pecado, que, por una parte, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de una felicidad imposible y, por otra, en la organización social, una condición defectuosa que debe a toda costa disciplinarse y adiestrarse. Y si el psicoanálisis ve en el niño el sujeto oculto de toda neurosis, tal vez sea precisamente porque en algún lugar actúa en nosotros el paradigma adámico de un hombre sin infancia.
Esto significa que la curación de la enfermedad de Occidente —es decir, de una cultura adulta que, al reprimir la infancia, acaba condenándose a la puerilidad— sólo será posible si logramos restaurar la infancia a Adán.
Giorgio Agamben. 13 de abril de 2026
Enviado por Ignacio Castro Rey.