Por Eduardo Luis Aguirre
Milei no conoce el lenguaje delicadamente críptico de la diplomacia ni entiende de metáforas. Eligió justamente el 2 de abril para repetir su vocación de sujeción colonial para con el Reino Unido de la Gran Bretaña, rompiendo con sus irresponsables expresiones una posición histórica de la Argentina. El presidente transgredió todos los límites imaginables señalando de manera expresa la posibilidad de que los kelpers puedan ser consultados en una futura compulsa para que elijan si quieren ser argentinos o súbditos del imperio inglés. Esa postura no solamente contraría una tradición jurídico política de la diplomacia de nuestro país, sino que convalida explícitamente la postura de quienes usurpan nuestras islas australes.
Milei y la cancillería argentina no comprenden tampoco la extrema sensibilidad del mundo en el que les toca conducir los destinos de este país. Ninguno advierte que estamos en una guerra, por ahora comercial y tecnológica, y que los contendientes de esa posible puja no pueden identificarse con nitidez todavía.
Las medidas adoptadas por Trump en términos arancelarios causaron un cimbronazo que carece de precedentes en el último siglo. Hace 100 años, vale recordarlo, acontecía el crash bursátil mundial, una bisagra en el capitalismo de la época. Un día después de las decisiones de la Casa Blanca, China decidió, como réplica esperable, aplicar las mismas cargas a Estados Unidos y reivindicó su capacidad para enfrentar el diferendo “en cualquier terreno” (en esa vastedad debe incluirse el militar, desde luego). Mientras el magma de un mundo de inédita volatilidad todavía no se ha consolidado, las potencias hace tiempo que tienen estrategias antedatadas frente a los nuevos agonismos y antagonismos mundiales.
Estados Unidos tiene muy claro que la guerra comercial va a adquirir una obligada orientación norte-sur. Por eso Trump va por Groenlandia, la isla más grande del mundo. Siempre en la misma dirección norte- sur, hay dos territorios insulares sucesivos que adquieren una relevancia geopolítica indudable. Uno es el de las Islas Canarias, cuya población nativa es en este momento menos numerosa que la de los migrantes marroquíes. El conflicto irresuelto entre España y Marruecos encierra una particularidad. El reino de Mohamed VI no está solo frente a Madrid. Cuenta con el apoyo de Francia, Israel y Estados Unidos. Estas dos últimas potencias nucleares son las que Milei ha elegido (sin contraprestación en contrario) como sus aliados extremos.
Mencionemos también en esa línea de sutura a la Isla Ascensión, un territorio británico de ultramar ubicada ya en el Atlántico sur, aquella en la que se reaprovisionó la flota inglesa en su marcha hacia Malvinas en 1982, vale decir, un enclave más de la OTAN. En el extremo sur del atlántico, encontramos las Malvinas y las demás islas del Atlántico Sur. Otro enclave colonial que opera como base estratégica de la OTAN. Entre los hielos groenlandeses y Malvinas hay una línea recta rodeada por una masa de agua oceánica. Estados Unidos, principal potencia militar del mundo, posee una enorme flota compuesta por portaaviones, submarinos, cruceros y destructores. Un detalle no menor: el país del norte no tiene fragatas, sencillamente porque no le sirven: su gigantesca flota está diseñada para actuar en mar abierto, en enormes superficies oceánicas. Todo hace presumir que el Atlántico y la región del indo pacífico van a ser epicentros cruciales de cara a cualquier contingencia político militar. Una guerra comercial vendría de la mano de una guerra ecológica donde el agua y los recursos naturales serán fundamentales. Atiéndase a algunos detalles. En primer lugar, la creación del Aukus constituye una nueva alianza militar entre el Reino Unido, Estados Unidos y Australia. Este país de Oceanía, ahora armado hasta los dientes, tiene una ubicación dominante con respecto al Oriente, más precisamente a China. En segundo lugar, Malvinas no solamente es una puerta de acceso a la Antártida, sino que también constituye un punto neurálgico en la conjunción bioceánica, en momentos que el Estrecho de Magallanes puede recuperar su antigua relevancia en caso de que se profundice el diferendo en Panamá o la discusión por el canal se agrave. Por último, en el polo norte, Estados Unidos tiene la misma preeminencia y además la relación entre Washington y Moscú, o entre Putin y Trump podría tender a un nuevo acercamiento. Para Trump, China es el gran enemigo mundial. Por eso es que, en el primer y elocuente gesto imperial, le exige a la Argentina devolver el swap chino como condición de brindarle alguna ayuda. El problema es que esos yuanes constituyen alrededor del 70% de nuestras raídas reservas y que una transacción de ese tipo pondrá de rodillas al país gobernado por el irresponsable danzarín de.Mar-a-Lago.
Todo esto no ocurrió en dos días. Pero fue hace dos días que Milei se habló encima y colocó a la Argentina en la peor situación geopolítica y económica. Está claro. La ignorancia no guarda una relación amigable con la política internacional.