Por Eduardo Luis Aguirre
Trump, Vance, Meloni, Milei, Bolsonaro, Netanyahu, Kast. La generosa lista de gobernantes reaccionarios de estos tiempos no se agota en esta mera enunciación.
En líneas generales, se sostiene que estos gobiernos de ultraderecha que desprecian explícitamente las reglas de la democracia llegaron en su momento al poder debido al hartazgo, la frustración y el enojo de los electorados con sus experiencias políticas previas.
Ahora bien, una vez en el poder, los autócratas de turno han intentado siempre gobernar recurriendo a una emoción distinta y pocas veces referida: el temor.
De tal manera tal que en tiempos de incertidumbre se recurre al miedo como estilo y se lo expresa de inmediato como un odio contra enemigos supuestos (inmigrantes, izquierdistas, disidencias) mediante discursos emotivos, moralistas, supremacistas y violentos.
Las nuevas derechas se presentan siempre como “salvadoras” ante situaciones críticas que ellos mismos han engendrado en la matriz de sociedades y comunidades profundamente injustas e inequitativas. El semblante salvífico de estos armados políticos se encarama en un pretendido desorden que prometen superar mediante una restauración de valores, sistemas de creencias y percepciones del mundo que no admiten matices ni divergencias simplemente porque son considerados anomalías. Una amenaza de virilidad patriarcal se utiliza para simplificar las complejidades de una época atravesada por interrogantes echando mano a una verba asertiva donde la violencia se anuncia mediante la coerción, la represión, la drasticidad de los ajustes económicos y la naturalización de la desigualdad. La política se traduce entonces como una hegemonía regresiva donde el machismo auspicia el miedo, acaso la emoción más eficaz para el disciplinamiento y control de las sociedades.
En resumen, la relación entre derechas y temor se basa en la manipulación de emociones potentes destinadas a restaurar un orden político y posibilitar que las preferencias sociales viren hacia esas tendencias radicales dejando de lado cualquier opción que no exprese la necesidad de detestar lo diferente y sumarse a una sensación de inquietud colectiva creada como recurso de construcción de nuevos sentidos retardatario capaces de avasallar los derechos civiles y políticos, pero también los económicos y sociales.
Esa gestión del caos, vertical y autoritaria se vale de la debilidad política, la marginalidad teórica y la dudosa ética de gran parte de los partidos tradicionales. Pasa en la Casa Blanca pero puede acontecer en cualquier sitio. Incluso en las provincias argentinas y por qué no en La Pampa. También en nuestros pueblos y ciudades, que seguramente guardan en su memoria colectiva estas fanfarrias delirantes, empeñadas siempre en imaginar un enemigo interno. Se trata de un enemigo que forma parte, en ese imaginario alocado, de una imagen masculina que quiere alterar un orden establecido. La única reacción popular que no puede admitirse frente a esta sinrazón binaria es la aquiescencia ante el temor. La consigna que nos defienda de este retroceso democrático bien podría enhebrarse descartando cualquier propuesta que provoque el temor de una parte de la población, por pequeña que esta fuera. El verdadero límite es el miedo y los discursos autoritarios que lo inoculan. La acción política concreta, afrontar los comicios con fórmulas integradas por mujeres que no representen la continuidad del maltrato. La alternativa femenina exige postulantes intachables, respetadas en su saber, su conocimiento, su compromiso y su trayectoria. Si del otro lado se ubican los mercaderes del odio, la brújula puede política puede desnivelarse en favor del campo popular si esas mujeres (que no pueden ser ni estilos Thatcher, ni Bullrich, ni Kaja Kalas ni maltratadoras colonizadas en una política de consuetudinario sesgo masculino) responden a una consigna de amorosidad a lo común, de profunda sensibilidad social y respeto por las otredades que la derecha nunca podría emular.