Por Eduardo Luis Aguirre
Estados Unidos, según su nueva doctrina estratégica, pretende conservar una estructura “que le permita resistir desastres naturales, resistir y frustrar amenazas extranjeras, y prevenir o mitigar cualquier evento que pueda perjudicar al pueblo estadounidense o perturbar la economía estadounidense. Ningún adversario ni peligro debería poder poner en riesgo a Estados Unidos”. La colocación en riesgo de la nación debe y puede ser unilateralmente decidida por ésta. Existe, incluso, una doctrina que la habilita para secuestrar personas en el exterior y juzgarlas en territorio norteamericano. El caso de Nicolás Maduro no constituye una novedad ni una anomalía histórica. La jurisprudencia de la corte estadounidense, viene habilitando esta posibilidad desde el caso 'Ker-Frisbie'.
Estados Unidos quiere también “reclutar, entrenar, equipar y desplegar las fuerzas armadas más poderosas, letales y tecnológicamente avanzadas del mundo para proteger sus intereses, disuadir guerras y, de ser necesario, ganarlas con rapidez y contundencia, con el menor número posible de bajas, así como la disuasión nuclear más robusta, creíble y moderna del mundo, además de defensas de misiles de última generación (incluido un Domo Dorado para el territorio estadounidense) para proteger al pueblo estadounidense, los activos estadounidenses en el exterior y los aliados estadounidenses”
Estados Unidos se propone además constituir “la base industrial más robusta del mundo, capaz de satisfacer las demandas de producción tanto en tiempos de paz como de guerra. Esto requiere no solo capacidad de producción industrial directa para la defensa, sino también capacidad de producción relacionada con la defensa. Cultivar la fortaleza industrial estadounidense debe convertirse en la máxima prioridad de la política económica nacional”. Hay aquí una explicación que grafica la intensidad de la guerra comercial, económica, industrial y tecnológica con China. Es la disputa por una nueva primacía unipolar.
De hecho, proclama que quiere “seguir siendo el país más avanzado e innovador del mundo en ciencia y tecnología, y aprovechar estas fortalezas. Y queremos proteger nuestra propiedad intelectual del robo extranjero. El espíritu pionero de Estados Unidos es un pilar fundamental de nuestro continuo dominio económico y superioridad militar; debe preservarse. Queremos mantener el inigualable "poder blando" de Estados Unidos, mediante el cual ejercemos una influencia positiva en todo el mundo que promueve nuestros intereses. Al hacerlo, no nos disculparemos por el pasado y el presente de nuestro país, a la vez que respetaremos las diferentes religiones, culturas y sistemas de gobierno de otros países. El "poder blando" que sirve al verdadero interés nacional de Estados Unidos solo es eficaz si creemos en la grandeza y la decencia inherentes a nuestro país. Finalmente, queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense, sin la cual la seguridad a largo plazo es imposible. Queremos una América que atesore sus glorias pasadas y a sus héroes, y que anhele una nueva era dorada”. La era dorada, para Estados Unidos, es la época de la segunda posguerra. La IIGM posicionó a los americanos como la primera potencia del mundo y el dólar el dólar es, desde entonces, la moneda dominante en las transacciones internacionales y en los mercados financieros. Pero ha transcurrido mucho tiempo entre los Acuerdos de Bretton Woods y la realidad contemporánea. Si bien hasta la actualidad los bancos centrales de las distintas naciones mantienen alrededor del 60% de sus reservas en dólares, no deja de ser preocupante que el dólar como reserva haya bajado desde el 71% en 1990 al 60% en 2022. El país del norte toma nota de ese retroceso y recurre a la prepotencia de su poder comparativo. Una nueva era imperial, unilateral, sin límites, sin instituciones jurídicas que los impongan y sin espacio para intentar formas de supervivencia alternativas parece dibujarse como la nueva realidad que adviene. Y Venezuela es una prueba palpable de ese resurgimiento imperialista.
Ahora bien, para que todo eso ocurra, Estados Unidos también ha previsto qué pretende en el mundo y del mundo. Y el documento lo dice taxativamente.
“Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe. Queremos detener y revertir el daño continuo que los actores extranjeros infligen a la economía estadounidense, manteniendo al mismo tiempo el Indo-Pacífico libre y abierto, preservando la libertad de navegación en todas las rutas marítimas cruciales y manteniendo cadenas de suministro seguras y confiables y el acceso a materiales críticos. Queremos apoyar a nuestros aliados en la preservación de la libertad y la seguridad de Europa, al tiempo que restauramos la confianza en sí misma como civilización y la identidad occidental de Europa; Queremos impedir que una potencia adversaria domine el Medio Oriente, sus suministros de petróleo y gas y los puntos de estrangulamiento por donde pasan, al tiempo que evitamos las “guerras eternas” que nos empantanaron en esa región a un gran costo; y Queremos garantizar que la tecnología estadounidense y los estándares estadounidenses —particularmente en inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica— impulsen al mundo hacia adelante”.
El ”corolario Trump” de la Doctrina Monroe la reconvierte, la desinterpreta, la transforma en algo sustancialmente diferente a lo que fue su formulación histórica. La disputa que se plantea es hemisférica, pero será Estados Unidos habrá de identificar los riesgos y peligros contra el “nuevo occidente”, sobre todo los que ocasionen los adversarios extranjeros y la inmigración desbocada. También habrán de preservar a sus aliados europeos en la conservación de la libertad y la seguridad. “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos.Llegamos aquí a un punto crucial. Si lo que habrá de prevalecer ante cualquier disputa entre la civilización y la identidad eurocéntrica y los países periféricos que “no impulsen el mundo hacia adelante” se saldará en favor de aquellas ¿qué podría hacernos pensar razonablemente que los estadounidenses puedan llegar a expulsar al Reino Unido de Malvinas y nuestro mar argentino? ¿De dónde sale esa utopía dogmática que sobrevalora el control del comercio por parte de una potencia sin límites a la que mendigamos como una identidad que socave las bases de la histórica política exterior norteamericana? Si bien es cierto que el documento se propone “negar a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”, está claro que Gran Bretaña no es un competidor sino un aliado histórico, fundamental, inseparable y estratégico. De hecho, la relación entre ambas potencias es definida como una special relationship. Las dos naciones, socias en la OTAN, han estado siempre juntas en las grandes confrontaciones del siglo pasado,y están unidas por una historia compartida, una superposición en la religión y un lenguaje y un sistema legal comunes, y lazos de parentesco que se remontan a cientos de años, incluidas las líneas familiares y ancestrales entre pobladores estadounidenses y del Reino Unido. El ejemplo más vívido es la Guerra de Malvinas. Evidentemente, en la nueva doctrina Monroe no hay réplicas ni represalias posibles contra Londres. Nunca las hubo. Mucho menos cuando la mayoría de los espacios insulares del Atlántico actual preservan ese trato especial de cercanía estratégica.