Por Eduardo Luis Aguirre
Un fantasma recorre occidente. Un espectro fatal, inadvertido hasta entonces, pone blanco sobre negro y delata el colapso del pomposo sistema internacional de los derechos humanos. Una multitud de juristas colonizados, formados en la fragua misma del imperio al que decidieron ignorar se enfrentan a la irreversibilidad de lo real. Durante décadas, ese derecho colonial tuvo el dudoso mérito de conservar una suerte de invicta subliminalidad, pese a la violación sistemática de los derechos fundamentales de los excluidos del mundo.
La monumentalidad de la ONU, la verborrea insustancial de la OEA y la hegemonía cultural de las socialdemocracias barrieron sistemáticamente bajo el subsuelo de las condiciones materiales su rol regresivo y conservador tendiente a garantizar la reproducción de las relaciones de explotación en todo el mundo. Hasta los más notorios integrantes de las organizaciones encargadas de preservar "la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas", hoy ponen en cuestión la existencia misma del derecho, de esas instituciones en las que abrevaron y solamente alcanzan a visualizar que algo indeterminado se ha roto. El viejo hegemón, reconvertido en un nacionalismo exacerbado y siempre brutal -como ocurre inexorablemente con las naciones opresoras- los ha dejado literalmente de a pie y sin posibilidad alguna de entrever lo que ocurre en el mundo. Los personajes más notorios del orden político de la segunda posguerra salen tardíamente a criticar el actual seguidismo europeo a los Estados Unidos y hasta a la propia OTAN. Ese es el caso de Josep Borrell, por ejemplo. Premio europeo Carlos V, el español antinacionalista, globalista a ultranza y estandarte de aquel occidente es considerado todavía "la voz de Europa". Lleva más de medio siglo dedicado a las instituciones del viejo orden y a cuestionar cualquier expresión decolonial. Europa talló su vida política. Fue ministro de Relaciones Exteriores, eurodiputado, presidente del Parlamento Europeo y alto representante Asuntos Exteriores. Este conspicuo dirigente del PSOE, hoy advierte que hay que poner en duda la genuina condición de aliado estratégico de Estados Unidos y da cuenta de la crisis terminal de la alianza militar más poderosa de la historia. Otro europeísta destacado, prohombre de aquel derecho internacional es Javier Solanas. El 23 de marzo de 1999, el entonces secretario general de la OTAN, fue Solanas, también español y socialista quien instruyó al general estadounidense Wesley Clark para iniciar el ataque sobre la Antigua Yugoslavia, provocando una verdadera masacre. No hubo intervención alguna del Consejo de Seguridad de la ONU ni de ninguna otra organización internacional, pese a que la guerra de los Balcanes marcó un hito histórico y creó una nueva forma de beligerancia donde intervinieron nuevos factores y grupos de presión como la gran prensa internacional, los discursos de los analistas, tan tendenciosos como los de ahora, mientras se devastaba al último experimento socialista vigente en Europa. Después siguieron una larga lista de operaciones humanitarias en Irán, Irak, África y Medio Oriente. La crisis de la globalización coincidió no casualmente con el nacionalismo trumpista, una cruzada disruptiva el Estados Unidos primero y la reconfiguración de la doctrina Monroe propició el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente y la amenaza de apropiarse de Groenlandia. Todo en nombre de una suerte de soberanía hemisférica basada en la superioridad moral, económica, tecnológica y militar estadounidense. Su nueva Estrategia de Seguridad Nacional no puede detenerse frente a los antagonismos que acechan al imperio en un marco de conformación de nuevos bloques de poder todavía indeterminado. Derecho y geopolítica recorren así un mismo camino. Cuando en los albores del tercer milenio se descerrajó una escalada colonial del saber jurídico que nos impactó de lleno, los agonismos internos en la sociedad americana habilitaban la expectativa del nacimiento de una nueva fuerza que viniera a disputar el poder al interior de la sociedad y el estado profundo. Lo dice claramente el citado documento que delinea la nueva estrategia de Trump. Su planificación hegemónica no se ocupa únicamente de sus clases dominantes sino también de sus trabajadores y obreros, entre los que seguramente debe conservar un consenso más que apreciable, pese a haber intervenido militarmente en siete países distintos en menos de un año de gobierno, sin que ninguna norma, organización o institución se lo impidiera. Está claro que el derecho internacional, tal como lo conocimos, se muestra exhausto e inútil. Mucho más difícil resulta afirmar que esa condición de repliegue comenzara recién con el ascenso del magnate. Hace 25 años, unos pocos profesores en el mundo ya advertíamos sobre los verdaderos riesgos y consecuencias de la imposición de una nueva tecnología jurídica sobre nuestra América. La OEA creó al CEJA en medio del furor globalizador mundial y ese avance fue imparable, causando un saldo de violencia institucional inédita en la región actuando como un Caballo de Troya del Siglo XXI. No en vano hasta la USAID financió a quienes en teoría solo querían implementar reformas modernizantes de los sistemas de justicia y cursos supuestamente inocuos de capacitación profesional. Esa transformación abarca más de 20 países del cono Sur. Un continente que por si esto fuera poco, sufre ahora una derrota cultural y epistémica a cuyo alrededor orbitan las doctrinas, retóricas y creencias más retardatarias.