Por Ignacio Castro Rey (*)

 

 

Al ceder al espectáculo social la dureza de vivir, abandonamos el territorio desde el cual podemos ejercer una fuerza   (Anónimo)



Hemos atravesado también una pandemia de confusión. Tanto a nivel médico, como psicológico y social, tardaremos tiempo en saber lo que hemos pasado en estos últimos meses. Ahora mismo no es descartable ninguna hipótesis, de la más moderada a la más fantástica. Y esto no solo por la dificultad personal en cada uno de nosotros para ordenar tantas sensaciones contrapuestas en días de zozobra y encierro, no solo por las cien transformaciones que hemos atravesado sin quererlo ni saberlo.

También porque este periodo ha sido de una escandalosa incertidumbre en casi todos los órdenes. Sobre las mascarillas, la facilidad del contagio, el número real de muertos, la fiabilidad de los test y el curso mismo de la enfermedad, hemos oído casi todo, a veces en el mismo día. ¿Dónde, cuándo y qué no ha hecho el ridículo si podía hacerlo? No solo los gobiernos, prácticamente todos, y la cúpula de la Unión Europea. También la Ciencia, señalada como guía y disculpa política en estos tiempos de niebla vírica, ha dicho cien cosas distintas durante la misma semana sobre algo crucial que nos afectaba. El principio de incertidumbre se ha mostrado la pulpa de la sociedad del conocimiento, manteniéndonos el día entero en vilo a la espera de la próxima interpretación. No solo B. Gates y M. Zuckerberg se han hecho todavía más multimillonarios. Además, políticos, intelectuales, toda clase de expertos y científicos han viralizado su versión de los hechos en artículos y tertulias. ¿Se llegará también a decir, como se ha dicho del cáncer: Más viven de coronavirus que mueren de él? Al tiempo. Ahora mismo asistimos a otra carrera de la ciencia, prestigio y dinero incluidos, para ver qué empresa y qué nación descubre antes la ansiada vacuna. No es extraño que tantos ciudadanos, simplemente para sobrevivir, hayan decidido dosificar al máximo la información. A la vez que, por fin, hay que decirlo, tenían un tema con el que hablar con todo el mundo, incluida la gente con la que nunca se habla.

1 Clasismo

Este virus lo paramos unidos. Pues no, falso. Es mentira. Cada cual, hasta para buscar hidrogel y mascarillas, tuvo que apañárselas como pudo, recurriendo a sus propias redes sumergidas. Como siempre, las amistades fueron clave, también para forzar una atención médica que a veces era muy difícil. Menos mal que la sociedad civil española, como tantas otras en estados de excepción, ha funcionado de perlas. El gobierno con frecuencia ha estado ausente, ocupado en su imagen y unas diarias ruedas de prensa donde no se contesta ninguna pregunta, ni sobre el número de rastreadores ni sobre los muertos. Incluso en los casos en que lo sanitario y la administración funcionaban, que no ha sido siempre, pocas veces se han destapado tantas desigualdades personales, regionales y locales. Hemos estado juntos en el miedo y la impotencia, a veces en livianas iniciativas simbólicas (aplaudiendo a un personal sanitario que ayer agredíamos), en el silencio de las mascarillas al hacer la compra y ante una desesperante televisión. Poco más. Incluso en la humanista y solidaria España el Covid-19 ha sido una excelente ocasión para que, al lado de gestos de generosidad heroica, se muestre un clasismo que nunca había llegado a irse. Hace falta ser un intelectual, político o periodista, para enterarse ahora de que existen distintas clases de muerte y se recibe un tratamiento o no en función del poder y el nivel de ingresos. Lo que sí descubrimos fue un racismo de la edad que ya estaba en marcha, aunque aquí no llegue al nivel eugenésico del paraíso fiscal holandés.

La propia “distancia social” es, en parte, una idea de ricos. Vale para la España vacía y el barrio de Salamanca. No tal vez en Orcasitas y muchas otras zonas nacionales donde la gente vive hacinada. ¿Que nadie se quede atrás? No, debajo: la preposición no es la adecuada, pues los muertos (nadie sabe todavía cuántos) yacen bajo tierra. En la vida y en la muerte la clase media se ha revelado otra ficción, igual que el bienestar y casi todos nuestros valores. Esos mantras valen en el plano del consumo, la opinión y el entretenimiento, no cuando nuestra supervivencia está en juego. Igual que el valor “Europa”, hacia el cual los españoles seguimos rindiendo pleitesía. Nada en la vida es medio, ni siquiera en el autismo elitista de la casta política que nos gobierna. No hace falta más que ver la cara impecable de los dirigentes europeos para saber que jamás sufrirán en crudo, tampoco Johnson, aquello de lo que dicen querer salvarnos. Una vez más los que prometen sacarnos de la crisis apenas la han vivido en sus carnes.

La verdad es que, viendo la parsimonia de la cúpula europea en esta tragicomedia vírica, por no hablar otra vez del racismo del norte con respecto al sur, se entiende mejor el Brexit. No olvidemos que la élite europea es, al menos en España, el ideal de los poderes nacionales. ¿Es normal que Sánchez, igual que otros políticos, ni se haya tomado la molestia de acercarse a la morgue del Palacio de Hielo para ver las filas de féretros y oler aquel aire higienizado? Es más, ¿verán ellos las noticias hechas con frecuencia por periodistas afines o será su equipo de asesores el que las verá por ellos? La casta de hoy no tiene nada que envidiar a la caspa de ayer. Recordemos que ni han renunciado, en este periodo de inmovilidad, a sus dietas de desplazamiento. Los diez días de luto con corbata negra no parecen costar mucho esfuerzo.

Más que tal o cual defecto concreto del gobierno español, algunos disculpables por lo inédito de la situación, lo más irritante ha sido, aquí como en otras partes, el aire de distancia política que (con honrosas excepciones) corona los trajes bien cortados de la clase dirigente. El aspecto sonriente de la rubia Ursula von der Leyen, en sus pocas visitas a España, era suficiente para comprobar que estamos dirigidos por unos mutantes que saben muy poco de la ley de la gravedad. ¿Es esto precisamente lo que fascina a sus votantes y a los periodistas que les siguen, el aire sideral de nuestros líderes? Con sus amplios equipos de asesores trajeados y sus secretarios siempre listos, el entero arco parlamentario de la clase política, con sueldos desorbitados frente a la media nacional, apenas se ha enterado del sufrimiento común. ¿Las dificultades pintorescas para contar los muertos en España son también resultado también de esta distancia elitista? ¿Se cuenta igual a una vieja, a un vagabundo, a un pobre tipo que muere en su casa que a quien ha tenido la suerte de morir solo, pero asistido y catalogado? Es probable que la cifra de muertos sea el doble que la mejor de las cuentas. Poco importa, pues en América y Europa lo que cuenta es la ficción informativa, la imagen del gobierno y la fotografía económica del país. Más aun que otras veces, la estadística se ha mostrado como la disciplina demagógica por excelencia, la más política y manipulable.

2 Gestión

Entendida como gestión, manejando desde arriba datos servidos por terceros, la política no ha hecho más que dar bandazos. Y esto después de una completa ceguera frente a lo que se acercaba lentamente desde China. Como en todas las catástrofes, el progresismo de la superestructura política (al margen de su ideología, es progresista porque apenas toca la suciedad del suelo) no tiene ojos para lo que aparece fuera de agenda. Así ocurrió en el 11-S y el 11-M, en el Katrina y en todos los tsunamis, naturales o provocados, que han costado miles de muertos. Como hace tantos años que vivimos en la burbuja de una sociedad terciaria sin enemigos, que además pensó haber dejado atrás la naturaleza (la filosofía hizo lo que pudo en esta dirección suicida), esta invasión nos pilló desprevenidos. Es tal la seguridad del bienestar que nadie podía creer, quince días antes, que se desencadenase la tragedia. El coronavirus, en este sentido, semeja una venganza freudiana de lo real reprimido. Asimismo, un regreso colérico de lo pequeño, de esa potencia víricamente local que es sistemáticamente ignorada por el espectáculo del poder.

Esto aparte de que vivimos en una perpetua alarma social, un continuo estado de excepción provocado por el negocio de los medios. Negocio que se nutre de la necesidad política de entretener, para que la gran masa de trabajadores consumistas no vea, ni sienta ni piense en su cruda realidad. Al llevar décadas en este tiovivo, cuando por fin llega el lobo nadie da crédito al peligro. Es más o menos la imagen de la orquesta del Titanic, tocando hasta casi el final, sin que nadie pudiera creer que la catástrofe ya estaba en marcha en aquel trasatlántico orgulloso de su tamaño y potencia. Y seguimos en un trasatlántico pilotado por el norte (más en España que en Italia), por lo que aquel sordo engreimiento nos sigue haciendo muy vulnerables. En esta sociedad de los medios, donde el mensaje es siempre el miedo, no hay un fácil término medio. De manera que enseguida oscilando entre una indiferencia pasmosa y una ola de pánico que paraliza la vida. Ola que continúa. Los anuncios continuos de posibles rebrotes deben prolongar el estado de excepción tanto como sea posible, pues favorece a los expertos. Al fin y al cabo, para los políticos es comodísimo tener a la población asustada.

Sin embargo, no tiene mucho sentido compensar una inicial alegría latina, un tanto irresponsable, con una posterior hipocondría global también irresponsable. Ya basta. Prou, dicen los catalanes. Es hora de cortar un miedo que le hace la cama a la misma gobernanza que fue irresponsable ante la catástrofe. No es cierto que el coronavirus haya venido para quedarse y que haya que habituarse a cambiar radicalmente de vida. A veces los expertos parecen encantados con la idea de aumentar la parálisis, al fin y al cabo la gestión se ejerce sobre un público cautivo, sobre corderos obedientes. Como dijo hace pocos días un joven ministro español sin inmutarse, se trata de “cambiar la vida de la gente”. No, gracias. Por múltiples razones, el virus perderá fuerza y efectividad. Es la muerte la que, hace mucho tiempo, ha venido para quedarse. Y a la vez, es la condición mortal lo que hace a la vida imparable, lo que nos hace fuertes frente a los nuevos mandarines.

3 Restos de muerte

Teóricamente, una experiencia así nos obliga a encarar la muerte en una sociedad americanizada en la que no estar feliz y sonriente, ya no digamos finar, es un gesto de mal gusto. ¿Mejorará nuestra relación con la muerte este acontecimiento? Sería lo deseable. Pero hay que recordar que se pondrán todos los obstáculos para que precisamente eso no ocurra. De hecho, estos meses nos han habituado a una muerte secreta, silenciosa y vergonzante. Cubierta por un manto más oscurantista todavía que el de antes. La incineración sin testigos es la muerte ideal, pues no queda ni rastro del cadáver. De hecho, técnicamente, puedes recibir igual las cenizas de tu abuelita que unas de diseño, higiénicas y aromatizadas. Igual que ocurre con el fondo sombrío de cada vida, día a día más hermético, hacemos de la muerte algo cada vez clandestino. Se da la paradoja, no obstante, de que los afortunados han muerto asistidos, pero solos y numerados. Mientras que los otros han muerto sin estadística, pero en casa y acompañados. En un caso y en otro, si ya la muerte era tabú en nuestra sociedad, ahora se ha duplicado la mampara de higiénico cristal que nos separa del fantasma.

4 Nueva normalidad

Es la gran solución final. Aunque la pasión por lo nuevo ya es vieja, pues hace tiempo que vivimos del remozamiento perpetuo. Además, ¿puede ser nuevo algo normal? En resumidas cuentas, ¿qué vamos a decir de esta vieja pasión? Llevamos décadas normalizándonos más y más, otra vez a imitación del norte, de ahí nuestro aire más bien marciano. Más de lo mismo, en suma: más tecnología, más expertos, más obediencia y prudencia ciudadana. Más desarme personal del individuo, a imitación de Suiza, Holanda o Estados Unidos. ¿Distancia social? Claro, hay que parecerse al puritanismo calvinista que nos sodomiza. ¿Todavía más? Sí, en una masiva obediencia conductista, casi soviética, pero avalada ahora por la medicina democrática. En este socialismo a ultranza del Estado-mercado, la Salud es una figura clave para alcanzar la seguridad. La salud es hoy el alma del cuerpo. Como dice Han, la terapia ha ocupado el lugar de la teología.

Información, consumo, actualidad política. ¿Adiós a la singularidad personal? Es la época de la interdependencia, dice cualquier político con aspiraciones globales. Llevamos años viviendo del contagio masivo, el bueno, que además últimamente se ha personalizado. Ahora se trata de hacer del contagio malo, de la excepción maléfica (el cáncer, la depresión, el coronavirus), algo también crónico. Cronificar el miedo: cuanto más asustado e inválido, más flexible es el ciudadano. El bienestar también significa que solo en el fondo, en sus vicios privados, pueda alguien ser realmente distinto. A primera vista solo queremos diferencias comercializables, minorías reconocibles. Digitalización, ecología, vida sana. Distancia social y teletrabajo. Cita previa hasta para vivir, ya no digamos follar. Pronto Tinder se quedará corto y habrá protocolos de consentimiento hasta para hablar con tu propia madre. Para bien y para mal, muchos olvidaremos pronto este trauma. Houellebecq, que en sus últimas novelas ha convertido el apocalipsis en chiringuito de playa, tiene posiblemente razón en este punto. Lo malo se olvida pronto, dice el refrán. Y en cierto modo así debe ser. La gente necesita volver cuanto antes a hacer su vida, cosa hoy dificultada por todas partes.

Sin duda, sería deseable que la sociedad sacase de estos meses una cierta lección de humanismo, pero es muy dudoso que esto ocurra en una autodenominada “sociedad del conocimiento” que, en realidad, es sociedad de la auto-vigilancia. Frente a ella, quien quiera ser libre ha de redoblar sus armas, ya que el Amo no es hoy nadie en concreto: el poder se basa en el consenso (tras una élite horizontal que simula imitar a los ciudadanos) y el miedo a romperlo, a quedarse atrás. Desgraciada o afortunadamente, por debajo las cosas son muy distintas. A partir de ahora quien quiera sobrevivir habrá de limitar su pacifismo cívico, sin entregarse como ganado al mandato estatal. Es un poco preocupante que la progresía, a veces también la de corte “lacaniano”, diga en este punto lo que dice todo el mundo, impartiendo consejos de mansedumbre bovina.

5 ¿Lo que viene?

Como por arte de encantamiento, parte de la agenda política de vanguardia (las cuestiones de género, el maltrato animal, la crueldad de los toros, la penúltima minoría-sexual-todavía-no-reconocida) ha desaparecido en estos meses de cierta elementalidad. Lo común volvió un tiempo, borrando nuestra histeria minoritaria y las identificaciones que nos separan. Mujer u hombre, de izquierda o derecha, la enfermedad y la muerte podían tocarle a cualquiera, incluso a los influencer. Es curioso, parece que no lo sabíamos. Se produjo entonces el milagro de que, en el balcanizado universo global, la existencia común y mortal existe. Lo que Teresa Aranguren llama “identidad de especie”, ¿durará mucho tiempo? No, ya verán cómo la nueva normalidad incluye otra forma de difuminar la existencia cualquiera. ¿Recordaremos el nombre del vecino que hablaba con nosotros desde el otro lado de la calle?

Por lo pronto, se ha redoblado la pantalla discriminadora de la resurrección social. Después de someternos a una limpieza étnica personalizada, que pasa por el control médico a distancia y normas de higiene y distanciamiento, también dentro de cada uno de nosotros (más que nunca, habrá que mantener a raya los grumos oscuros del cuerpo), despertaremos en una Nueva Normalidad. Con su lúcida crueldad, Agamben comenta: millones de ciudadanos, para integrarse, aceptarán sentirse apestados. En otro sentido ya lo eran, dice el filósofo, pues estaban contaminados hasta el tuétano por la sociodependencia que se realimenta del miedo. El resultado es esta comunicación sin comunidad sobre la que algunos nos han alertado. Rituales de distanciamiento, incluso en los entierros, en vez de la antigua aproximación. Distanciamiento disfrazado bajo un ritual clínico. Es la sociedad de la cuarentena, que ha de normalizar como algo crónico, más todavía de lo que era, hasta la depresión. Corona blues, dicen en Corea.

¿Saldremos más fuertes? Sí, pero en nuestra voluntad de debilitar nuestra personalidad al máximo. La pandemia inaugura una vigilancia biopolítica interactiva. Hace décadas que, a imitación de la Democracia más grande del mundo (el tamaño importa), somos empujados a dejar atrás cuanto antes la vida espontánea de los afectos. ¿Nueva normalidad? Enfundado en su frialdad trajeada, epítome de lo más granado de la clase dirigente europea, Sánchez solo le ha dado el enésimo nombre a una vieja aspiración política. Cronificar es lograr una pandemia y un miedo sostenibles, a imitación de otras mutilaciones también sostenibles. Clonación sostenible, por qué no. Al fin y al cabo, como inválidos bien equipados, se trata de aprender a convivir con la servidumbre voluntaria hacia el nuevo dios social. No tan nuevo, pues lleva décadas debilitando nuestra independencia.

6 Bendito prójimo

Por debajo quedan los pueblos, claro. Una vez más el ingenio popular, desde el último empleado hasta algún empresario, ha sido clave para que el desastre no fuese completo. Si dependiese de los expertos, los científicos y los políticos, ni sabemos dónde estaríamos. Pero ellos solo son la patética minoría que pretende cortar el bacalao. Lejos de ellos, la gente que nos ha quitado las castañas del fuego, el personal médico y un amplio abanico de trabajadores, saben muy poco, por fortuna, de la posverdad y la deconstrucción. Cuanto más progresista y político es el humano, cuanto más “experto” y empoderado, menos conciencia tiene del mal. Menos ojos, oídos y manos para ayudar, para el coraje y la generosidad que requiere afrontar el peligro y brindar protección.

Igual que el sida, este nuevo mal es propio de la promiscuidad metropolitana. Es posible que los vagabundos sean quienes mejor hayan llevado la lenta hecatombe. Quizá apenas se enteraron. Cuando guardaban la “distancia social” lo hacían compartiendo a morro la misma botella de cerveza. En general los pobres, que en España y en Italia viven sin distancia social, también parecen los más preparados para sobrellevar mejor, psíquica y corporalmente, la pandemia. Como saben más bien poco de la llamada sociedad del bienestar, siguen teniendo armas primarias para afrontar la crudeza de los reveses, mientras ignoran a la información y a los políticos. Tal vez esto compense que los hospitales no les atiendan fácilmente. Por la misma razón, es posible que en Colombia o México la gran mayoría alejada de las élites vaya a sufrir menos angustia que en España o Italia. Y la angustia baja las defensas.

Hay razones incluso para pensar que la desproporción psicológica de esta pandemia se debe a que por fin nos ha tocado a nosotros, en definitiva, una estirpe hipocondríaca, apoltronada en la religión de la seguridad. Es posible que en Perú, en Marruecos o en Gaza, donde la vida es más real y más difícil (allí las vidas valen menos, dice nuestro racismo democrático), se tomen esto con una menor histeria y un grado más alto de empatía comunitaria.

7 Reinventar el día

En Madrid al menos, incluso los que presumimos de un humanismo primario, pasamos una seria zozobra durante semanas. Calles desiertas, palomas desorientadas y sin alimento, miradas de desconfianza al bajar a la calle. Todo esto después de militar, unos y otros, en la típica despreocupación española. Más tarde, para combatir el encierro tuvimos que reinventarnos. Trabajar, trabajar y trabajar, como método de cura. Por cierto, no está claro que éste sea un país de trabajadores. Ni los trabajadores de supermercado, ni los maestros y profesores, ni el personal médico era muy apreciado hasta ayer. Faltando la barata mano de obra magrebí, la dificultad en esta primavera para encontrar temporeros para la fresa, la cereza o las patatas, indica que falta entre nosotros una cultura del sudor. De hecho, la España vacía es la del duro trabajo manual.  ¿Todo el mundo quiere, en esta nación que desea ser salvada de sí misma por Europa, estar en pantalla, on line? Curiosa mutación. Estos meses descubrimos que, volcados en la facilidad de los servicios terciarios, habíamos descuidado la producción de bienes indispensables, no solo los vitales respiradores. ¿Es este un país de señoritos, por eso elegimos y soportamos a los señoritos de los sucesivos gobiernos?

Sea como sea, no existe el teletrabajo. Es otro eufemismo. Se trabaja o no. Y sí se trabaja en el ordenador, como lo han hecho tantos empleados y profesores, uno no nota corporalmente el prefijo tele*. Solo nota el esfuerzo, los quebraderos de cabeza y el bendito cansancio, que fue indispensable para dormir. También hacíamos llamadas diarias de enfermería a los amigos, paseábamos un poquito hacia la farmacia. Ir a la compra, beber, fomentar la convivencia casera. Incluso ver la tele en común. Todo esto con las consabidas dificultades en la concentración propias de la ausencia de aventura exterior y sus contrastes.

Nos faltó durante mucho tiempo el suelo y una musculatura terrenal. Por tanto, nos faltó poder de introspección, de independencia. ¿Era eso, en el fondo, lo que la Sociedad buscaba? A cámara lenta, cada día te daba tiempo a repasar tu vida entera. ¿Estábamos preparados para esto, mientras el entretenimiento y el espectáculo llevaban años separándonos de la fuerza muscular de nuestra alma? Pobre de aquel que en esos días no tuviese buena relación con sus más arcaicos fantasmas. El regreso del dolor personal, del peligro sin red, es explosivo en una humanidad que ha delegado casi todas sus armas corporales y mentales en el mito del poder social. En cualquier momento de peligro real nos salvan solamente las pequeñas comunidades: los cien personajes de uno mismo, la familia, los amigos, los vecinos. Incluso nuevas estrategias de vecindario, donde algún músico desconocido aparece, aunque sea con temas de sentimentalidad un poco pegajosa. Pero no importa, todos estábamos más comprensivos. Restablecer lazos, reinventar juegos, inventar rutinas y rituales de conjuro. También, sobre todo, acortar el día. De repente apareció otra vez el tiempo muerto bajo la crisis de nuestras formas habituales de matar el tiempo. Adiós al alivio del empleo exterior. Tuvimos que poner a prueba la “cohesión familiar”. Incluso re-aprender a convivir con uno mismo.

8 Cogobernanza

Siguiendo un instinto de poder y distancia, a los gobiernos les encanta poder emitir decretos y medidas de excepción. Por encima de todo, les encanta que la población obedezca en masa, conducida por el miedo. En medio de una deseada inmunidad de rebaño es incluso dudoso que nosotros, ciudadanos terciarios perpetuamente conectados, nos sintamos vivos si no ocurre alguna pequeña catástrofe. ¿No es lo que buscamos con el exitoso género de terror, con los efectos especiales, con los deportes de riesgo? Dentro de un panorama biopolítico donde la medicina y la ciencia son la autoridad competente, el reiterado llamamiento a la responsabilidad de cada uno es en realidad el llamamiento a obedecer, a interactuar con el poder acéfalo, a gestionar bien el miedo. A hacerse responsable, en suma, de la desactivación personal. Cada uno debe hacerse cargo de una interactividad basada en una previa interpasividad. De ahí nuestra flexibilidad cadavérica. La ficción social del poder compartido continúa, mucho más poderosa que en la hipocresía de antaño.

Nuestra primera pandemia es la hipocondría, un miedo de rebaño que no cree más que en la cobertura, en un pacto masivo que nos aparte del diablo de vivir, de un exterior que tememos. Los rusos, los musulmanes, China: la ansiada interdependencia no puede existir sin enemigos ficticios. De repente, ante un enemigo más o menos real (tampoco lo sabemos a ciencia cierta), nos quedamos inermes. Y además un enemigo endiabladamente interior, no externo. Y, además, un enemigo invisible en medio de la doctrina eclesiástica de la visibilidad. De ahí el pánico. El recurso al lenguaje bélico quiso ocultar el hecho de que el enemigo, en el fondo, éramos nosotros mismos. Si padecemos, cosa harto probable, una seria desactivación del músculo de luchar, de la potencia mental y corporal para el conflicto, eso no se arregla sumando impotencias a la manera del “todos juntos”. Llevamos décadas desactivando la independencia personal: ¿qué sentido tiene pedir ahora una especie de heroísmo individual? Solo éste: colaboren, ayúdennos a gobernarlos. En las mascarillas y en los desplazamientos, salvo raras excepciones, todo el mundo obedeció a las amenazas morales acompañadas de multas. Incluso hubo ciudadanos que se erigieron en vigilantes de la playa democrática para increpar a otros que se saltaban las normas.

Por fin la democracia de la igualdad. Perfecto oxímoron, pero al fin realizado. La sociedad como policía, se dijo. Que nadie se salga del gran angular de lo social, de su estatismo continuo, establecido en Fases hacia la vuelta a lo que debería ser una eterna Fase X. Nueva normalidad: permanezcan atentos a la pantalla, el altavoz de la de las órdenes y los posibles rebrotes. A partir de ahora hay que estar de continuo en guardia. Parece que la moraleja es que habíamos sido demasiado humanos, demasiado espontáneos, excesivamente hedonistas y libertinos. Vamos entonces a clonarnos, todavía más. Por eso la policía apenas ha tenido ni tendrá que actuar. Se limitó, de vez en cuando, a hacer acto de presencia y aplaudir con nosotros. Malas noticias para la Revolución: tampoco va a ser mañana. Menos mal que, en el fondo, nadie la quería. Era solo, en mil anuncios publicitarios, un recurso retórico para que la normalización en curso no fuese en exceso aburrida. Tal como están las cosas, usando a fondo la violencia política del deseo algunos nos empeñaremos en que la vieja anormalidad sea posible todavía.

*Un amigo, Manuel Pérez, añade: “Si tienes la suerte de ser de la ciudad en la que trabajas, el prefijo tele significa ceder parte de tu hogar y de tu ‘refugio’ al mercado. Tanto en recursos como en la invasión de tu espacio. Tu habitación es tu puesto de trabajo, tu lugar de descanso es tu oficina. Tu electricidad pertenece a la empresa, un mínimo de 40 horas a la semana. Igual que tu conexión a internet. A cualquier hora estás disponible. La oficina al completo se ha mudado y tus familiares, cuando no los niños, son los nuevos responsables de que cumplas con tu jornada. La familia pasa a formar parte de la corporación ‘industria’, si es que en España queda industria. Pero si eres de fuera de la metrópoli, has descubierto con el prefijo tele que pagas para trabajar: tus recursos y tu habitación, que con algo de suerte verán la luz del sol. Se puede estropear tu ordenador y estás obligado a comprarte otro para no ser potencialmente despedido”.

(*) Filósofo y crítico de arte.