Por Jorge Alemán (*)

Hasta ahora nunca he coqueteado con la izquierda que veía con buenos ojos a Trump: unos porque por fin iba a desnudar y poner en evidencia a la hipocresía Demócrata; otros porque lo veían un roosveltiano proteccionista antiglobalización; y finalmente estaban aquellos que percibían  en Trump  un nuevo rumbo geopolítico que incluso iba a evitar algunas guerras.



Nunca pensé que fuera “populista ” porque tengo una especial consideración por esa palabra; la veo como una experiencia de izquierda “posmarxista”, donde se debe construir la “clase hegemónica ” más pertinente de acuerdo a cómo se constituyen los antagonismos históricos.

Sin embargo, el unánime horror frente a las declaraciones locas de Trump (y el escándalo del que la prensa se hace cargo) tiene un efecto revelador. Aun cuando todo el mundo ya afirma que vivimos en la época de la “Posverdad”, la verdad siempre “semidicha” se puede leer en el despliegue interno de sus discursos.

En este caso, hay una conclusión absoluta y perfectamente legible: la incompatibilidad cada vez más estructural entre la Democracia y el Capital. Lo que sucede es que el establishment mediático estaba cómodo mostrando ese fenómeno en Latinoamérica, en Asia o en África. Esto delimitaba para la ideología dominante un espacio bien determinado; existía un mundo europeo y norteamericano que se preservaba de las distorsiones producidas en el resto del mundo.

Trump devuelve en el espejo un mensaje invertido que viene a afirmar lo siguiente: “Somos nosotros, los occidentales desarrollados, los que verdaderamente hemos albergado los grandes anhelos del exterminio de la especie; nosotros, los occidentales del primer mundo, fuimos los que hicimos el exterminio de los judíos, de los indígenas de Latinoamérica, la construcción de los campos y las deportaciones, la bomba atómica, la portación de armas generalizada, etc.”. En este aspecto, Europa y Estados Unidos, pueden intercambiarse grandes capítulos de horror sobre cómo dañar a las poblaciones.

Por ello, Trump, que es tratado por la prensa y los medios “sensatos ” como un loco que vino de Marte, es un resumen paródico que ha resurgido en la historia. No no es ninguna novedad, es más bien un retorno del neofascismo que nunca se fue del todo, ni nunca  se diluyó en el juego de la democracia.

Trump no es ninguna ruptura con el “neoliberalismo”, pero sí encarna otro modo de hablar; pretende ser un Amo que no disimule, en su discurso, su condición de Jefe último de la escena mundial. No encubre la cuestión, como se supone que deben hacer los países “desarrollados”.

Señalemos al pasar que la superioridad ética del mundo occidental es un pilar clave en la propia construcción de su imagen histórica, operación que se reparte  entre la derecha conservadora y la socialdemocracia, ambas formaciones dominadas por la concepción  neoliberal.

Trump, con la imagen monstruosa y de guiñol fascista que proyecta, escandaliza a los biempensantes de todos los estilos, que callaron cuando las cosas terribles se hacían con  “buenas formas”.

Tal vez este sea el motivo por el que, si no termina con todo antes, lo baje el propio sistema. El discurso de Trump, si tiene éxito, pone en cuestión el procedimiento habitual del “término medio ilustrado”. Escandalizarse, protestar, victimizarse y justificar el horror continuado como la marcha inevitable del mundo. La estructura que tiene secuestrada la Democracia es la de siempre, sólo han cambiado las formas.

(*) Publicado originariamente en http://blogs.publico.es/dominiopublico/19346/los-disparates-de-trump-y-la-verdad/