Por Liliana Ottaviano

El investigador Fernando Schapachnik sostiene que la inteligencia artificial no constituye simplemente una innovación tecnológica más, sino un cambio civilizatorio dramático, acelerado e inevitable. La velocidad con la que estas herramientas irrumpieron en la vida cotidiana parece darle la razón. En pocos años, sistemas capaces de producir textos, imágenes, diagnósticos, recomendaciones y conversaciones complejas pasaron de los laboratorios a integrarse en la vida diaria de millones de personas, sin que las sociedades democráticas tuvieran demasiado tiempo para debatir sus consecuencias culturales, políticas o subjetivas.

Pero si la inteligencia artificial representa un cambio civilizatorio, quizás la pregunta más importante no sea tecnológica sino humana.

El psicoanalista Yago Franco propone una hipótesis todavía más radical cuando se pregunta si estamos asistiendo a un verdadero cambio antropológico. Es decir, no solamente a una transformación de nuestras herramientas o de nuestras formas de trabajo, sino a una modificación de aquello que entendemos por experiencia humana. Por primera vez, la tecnología ya no opera únicamente sobre la fuerza física, la memoria o la velocidad de cálculo. Comienza a intervenir en territorios que históricamente consideramos propios de la subjetividad como el lenguaje, la imaginación, la interpretación, la conversación e incluso ciertas formas de construcción de sentido.

Entre la hipótesis de un cambio civilizatorio y la posibilidad de un cambio antropológico emerge una pregunta que quizás todavía no terminamos de formular ¿qué ocurre con el sujeto cuando empieza a delegar en las máquinas operaciones que hasta hace poco formaban parte del trabajo de pensar?

La discusión pública sobre la inteligencia artificial suele oscilar entre dos posiciones previsibles. Por un lado, el entusiasmo tecnológico y por el otro, el temor frente a sus posibles consecuencias. Sin embargo, quizás la pregunta más interesante no sea qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué nos ocurre a nosotros cuando comenzamos a delegar en ella operaciones que hasta hace poco formaban parte de nuestra experiencia cotidiana de pensar, leer, escribir e interpretar.

Porque el cambio que estamos atravesando no parece reducirse a la aparición de una nueva herramienta. Lo que comienza a modificarse es nuestra relación con el saber, con el tiempo y con la experiencia misma de comprender.

Durante siglos, la búsqueda de conocimiento implicó un recorrido. Había que leer, contrastar fuentes, formular hipótesis, equivocarse, volver sobre los propios pasos. El acceso a una respuesta estaba mediado por un trabajo de elaboración. Hoy, en cambio, empezamos a habituarnos a la lógica de la respuesta instantánea.

La diferencia parece menor, pero tal vez no lo sea. Antes buscábamos información. Ahora comenzamos a buscar interpretaciones ya elaboradas.

La inteligencia artificial no sólo organiza datos. Produce textos, resume argumentos, establece relaciones, ofrece explicaciones posibles y, cada vez más, ocupa el lugar de un interlocutor disponible de manera permanente. El problema no es que lo haga bien o mal. El problema es preguntarnos qué sucede cuando ciertas operaciones que formaban parte del trabajo subjetivo son progresivamente tercerizadas.

¿Estamos liberando tiempo para desarrollar otras capacidades o estamos dejando de ejercitar algunas facultades fundamentales?

La pregunta recuerda una inquietud planteada por Miguel Benasayag respecto de la relación contemporánea entre técnica y subjetividad. Históricamente, las tecnologías permitieron descargar esfuerzos físicos y ampliar horizontes de acción. Pero quizás hoy estemos frente a un fenómeno diferente. Ya no se trata solamente de delegar fuerza o memoria. Comenzamos a delegar interpretación, asociación, imaginación y elaboración simbólica.

Leer, recordar, relacionar, esperar, preguntarse. No son únicamente funciones cognitivas. Son prácticas a través de las cuales construimos una relación singular con el mundo.

Por eso el debate sobre la inteligencia artificial excede ampliamente el terreno tecnológico. Lo que está en juego es el tipo de subjetividad que se configura en una cultura cada vez más organizada alrededor de la inmediatez.

La velocidad se ha convertido en un valor en sí mismo. Todo debe resolverse rápido. Todo debe estar disponible de inmediato. Todo retraso aparece como una falla del sistema.

Sin embargo, algunas de las experiencias más decisivas de la vida humana parecen obedecer a otra temporalidad. Comprender lleva tiempo. Amar lleva tiempo. Elaborar una pérdida lleva tiempo. Construir una posición política lleva tiempo.

Incluso el psicoanálisis pensó la comprensión como una experiencia que requiere tiempo. En su célebre formulación sobre los tiempos lógicos, Lacan distinguía un tiempo de ver, un tiempo para comprender y un momento de concluir. No se trata simplemente de una secuencia cronológica, sino de una advertencia sobre la complejidad de todo proceso de elaboración subjetiva.

La cultura digital parece tender cada vez más hacia la supresión de ese tiempo para comprender. Entre la percepción y la conclusión, entre la pregunta y la respuesta, las nuevas tecnologías prometen eliminar la demora, la vacilación y la incertidumbre. Sin embargo, es precisamente en ese intervalo donde muchas veces se produce el trabajo del pensamiento.

Comprender no es acceder a una respuesta. Comprender implica atravesar un tiempo de elaboración, relacionar elementos dispersos, construir una lectura propia. Tal vez una de las preguntas más importantes que abre la inteligencia artificial sea qué sucede con ese tiempo cuando la conclusión aparece antes de que hayamos transitado el recorrido necesario para comprender.

La inteligencia artificial parece tener respuestas para casi todo. La pregunta es si nosotros seguimos formulando las preguntas necesarias. ¿Qué tipo de sujeto produce una cultura donde todo debe resolverse inmediatamente? ¿La delegación cognitiva es solo comodidad o también transformación antropológica? ¿Qué queda del deseo cuando el saber parece estar disponible de forma instantánea? ¿La inteligencia artificial amplía capacidades o atrofia zonas enteras de elaboración subjetiva? ¿Qué sucede con el tiempo para comprender en una época dominada por la velocidad de respuesta?

No se trata de una defensa romántica de la ignorancia ni de un rechazo nostálgico a la tecnología. Se trata de advertir que el sujeto no se constituye por acumulación de información. Se constituye en una relación singular con aquello que no sabe.

Toda búsqueda genuina nace de un no saber. Toda lectura supone una pregunta previa. Todo deseo se organiza alrededor de algo que no está completamente disponible.

Desde esta perspectiva, la promesa contemporánea de eliminar la incertidumbre merece ser observada con cautela. Porque aquello que vuelve fecunda la experiencia humana no es únicamente la eficacia de las respuestas, sino la posibilidad de sostener abiertas las preguntas.

El psicoanálisis aporta aquí una mirada singular. Frente a la ilusión de un saber total, recuerda que existe una dimensión de la experiencia que nunca puede ser completamente capturada. El inconsciente, el deseo, el síntoma e incluso la equivocación señalan un límite irreductible a toda pretensión de transparencia absoluta.

La inteligencia artificial puede producir textos, imágenes y conversaciones cada vez más sofisticadas. Puede simular escucha. Puede organizar información con una eficacia inédita. Pero no habita la incertidumbre. No desea. No sostiene la mirada. No se le eriza la piel. No vacila.

Y acaso sea precisamente allí donde todavía se juega algo de lo humano, en esa extraña facultad de demorarse frente a lo que no comprende, de insistir sobre una pregunta, de construir una lectura allí donde no existe una interpretación previamente dada. Y toda lectura supone una posición singular frente al mundo.

Pero quizás lo más difícil de capturar no se encuentre siquiera en esas operaciones de interpretación. Lo verdaderamente inapropiable del sujeto es aquello que nunca termina de hacerse plenamente disponible, esa dimensión donde el deseo no termina de explicarse, donde el síntoma insiste y donde algo de la experiencia permanece opaco incluso para uno mismo.

El sentido nunca está dado de una vez y para siempre. Se construye, se disputa, se transforma. Pero también encuentra un límite. Siempre hay algo de la experiencia que no termina de dejarse capturar por nuestras interpretaciones.

El psicoanálisis ha insistido precisamente en esa dimensión irreductible, recordándonos que ni el conocimiento, ni la técnica, ni los discursos más sofisticados logran agotar completamente aquello que constituye a un sujeto.

Por eso, si la inteligencia artificial inaugura un cambio civilizatorio y acaso también antropológico, la cuestión decisiva no será únicamente qué nuevas capacidades técnicas desarrollaremos, sino qué lugar seguiremos otorgando a aquellas experiencias que hacen posible la lectura, la interpretación y la elaboración subjetiva.

Quizás el desafío de nuestra época no consista solamente en preservar nuestra capacidad de comprender el mundo, sino también en sostener una relación con aquello que ninguna respuesta automática puede cancelar: la falta, la incertidumbre y esa zona irreductible de la experiencia que resiste toda captura completa.