Por Eduardo Luis Aguirre
“Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”. “Se manifiesta, por tanto, la urgencia de un doble compromiso: por una parte, una profundización de la investigación científica; por otra, un ejercicio de discernimiento moral y espiritual”. (Papa León XIV, Encíclica Magnífica Humanitas).
“Todo estriba en manejar la técnica, en cuanto medio, de la manera adecuada. Se quiere, como se suele decir, "tener espiritualmente en el puño" a la técnica. Se la quiere dominar. El querer dominarla se hace tanto más urgente, cuanto más amenaza la técnica con escapar al control del hombre”. (Heidegger, Martin: “La pregunta por la técnica”).
Casi todas las voces que, ahora de manera aluvional, se expresan sobre la IA artificial, coinciden en reconocer y destacar la importancia de ciertos cambios relevantes y plausibles en campos tan sensibles como la medicina, la biología, la robótica, la ciencia, los conocimientos y la cultura, pero muchas de esas opiniones muestran su preocupación por los riesgos ciertos y los peligros que este aceleracionismo tecnológico puede llegar a ocasionar en el mundo. Muchos de esos señalamientos, que a veces resultan difíciles de conciliar entre sí, se efectúan incluso durante una misma caracterización de este avance tecnológico crucial
Entre esas expresiones podemos rescatar la del presidente colombiano Gustavo Petro, que en el Forum 2025, convocado justamente para debatir entre los gobiernos los riesgos de la IA advirtió “Si la inteligencia artificial usa combustibles fósiles como fuentes de energía, tendríamos como dijo Stephen Hawking un Armagedón, el final”. “Un mundo así solo nos daría políticamente la destrucción de la democracia y la barbarie generalizada que ya empezamos a ver en Gaza como un ejemplo. Un control de la humanidad a partir de la inteligencia artificial, confundirá a la humanidad entre lo que es real y no real” y sería también la culpable de la crisis climática en el mundo ya que “incrementa la productividad, es altamente consumidora de energía. Al usar enormes cantidades de energía se articula con la crisis climática”. A continuación, y en el mismo discurso, el mandatario expuso la necesidad de un mecanismo para controlar la IA a través de un poder público mundial y “evitar así un colapso social, económico y ambiental en los próximos años”.
Pedro Prada, doctor en Ciencias de la Comunicación y embajador de Cuba en la Argentina señaló: “Cuba está bloqueada por el país dueño de los principales cables de redes, servidores, plataformas, bases de datos y sistemas informáticos a nivel global. Baste citar como ejemplo que durante los gobiernos de Donald Trump se revirtieron los acuerdos suscritos por el Ministerio de Comunicaciones de Cuba y Google durante el gobierno de Barack Obama para el acceso y empleo de la Internet y sus bondades en la isla. Por ello, resulta imprescindible hallar caminos propios, soberanos, para acceder a la información que le es negada, está disponible para el resto de habitantes del planeta y es necesaria para impulsar su desarrollo económico y humano.
“Generalmente, y debido a ese bloqueo, nuestros estudiantes ven limitada su formación y entrenamiento al empleo de plataformas libres de IA como Sage, Chat GPT y Bing Image Creator que, si bien son útiles y muy populares, tienen un alcance restringido, con lo cual se limita su desarrollo. Ello incide en el riesgo de reproducir los sesgos del mundo real, alimentar las brechas sociales y amenazar el ejercicio de los derechos humanos, tanto como propiciar el llamado fraude digital, en que incurren algunos jóvenes para resolver tareas educacionales mediante el uso exclusivo de la IA, por lo cual prestamos tanta importancia a la formación profesional”. No obstante, después de esa advertencia introductoria, el mismo diplomático le abrió un generoso espacio a lo que parece ser la contracara de la IA: “Debemos fomentar mayor creatividad, impulsar espacios para desarrollar las carreras profesionales, mejorar la percepción de necesidad y demanda de empleo de los recursos digitales para la toma de decisiones, y crear espacios comunitarios gratuitos para una democratización efectiva de la IA en el país.
Y trabajar mejor las interconexiones de la Inteligencia Artificial con el sector productivo de bienes y servicios, con el ámbito de la administración pública, y también con los territorios; superar la organización de datos, la estructura de datos, la gestión de datos y abordar con integralidad y visión de país los temas de infraestructura.
Los resultados logrados a costa de enormes esfuerzos y la férrea voluntad política evidenciada en ellos, derriban el mito acerca de un supuesto rechazo gubernamental a la informatización de la sociedad cubana, de su acceso a Internet, a la IA y de su censura”.
Pareciera que las reservas, advertencias y precauciones sobre la IA no se vinculan tanto con los avances tecnológicos sino con las derivaciones de todo tipo con las que amenaza el tecnocapitalismo. Algunos lo dicen, otros no. En estos últimos casos, la negación o el silencio se debe a las singularidades ideológicas que caracterizan a los tecnomagnates de ultraderecha y las corporaciones que auspician ilimitadamente la necesidad de recurrir en las formas más extremas a los nuevos adelantos sobrevinientes.
Se trata de los filósofos que han adherido a la corriente que conocemos como transhumanismo. Son los custodios de una técnica que impulsan de manera ilimitada y sin atender a los aspectos oscuros de la tecnología que se ciernen sobre la humanidad en su conjunto. Hasta donde dé lugar la evolución humana, hasta allí se plantean llegar.
Las expectativas transhumanistas se proponen fortalecer y desarrollar todas las capacidades humanas, se trate de su desarrollo intelectual o cognitivo como en los aspectos físicos vitales, aspirando a prorrogar la muerte hasta límites desconocidos. Algunos expertos se animan a especular con la idea de que ya ha nacido el primer hombre que vivirá 150 años y los propios transhumanistas deslizan el objetivo de la evitación de la propia muerte. Estas expectativas no son nuevas. Viven en las tradiciones, los mitos y la literatura novelesca desde hace siglos. Pero es ahora la primera vez en la historia en las que se asumen como objetivos realizables.
El acuñamiento del término se atribuye al biólogo Julián Huxley, que en 1957 escribió un artículo que especulaba con un nuevo paradigma vital que superara una vida breve y sufriente. En 1998 se funda la Asociación Transhumanista mundial y en los últimos años se desata en los países más desarrollados una carrera científica y una nueva construcción filosófica que aborda de manera disruptiva la vida y la muerte de los seres humanos.
Pero el transhumanismo, con abstracción de las finalidades que exterioriza genera a su vez nuevos peligros para toda la humanidad.
En primer lugar, el desarrollo tecnológico dejará al descubierto la más brutal desigualdad en materia de desarrollo tecnológico entre las corporaciones de mega ricos y las almas desnudas, los miles de millones de seres humanos que jamás tendrán acceso a las bondades de la técnica.
El mejoramiento para cerradas élites (las que piensan en vivir en ciudades cerradas e incluso en la luna) de CEO’S, millonarios y corporaciones peligrosas que, así como no trepidan en proporcionar armas digitales a los estados más poderosos no trepidarían en utilizar la eugenesia en un mundo con sobrenumerarios. Con una población que no podrá ser satisfecha en sus necesidades básicas.
Esta corriente plantea dilemas éticos por doquier -empezando por un exacerbado control y disciplinamiento de personas e ideas- y riesgos ambientales de consecuencias imprevisibles. Porque la búsqueda de la inmortalidad no será inocua para los recursos naturales ni el resto de los experimentos en los que piensan no exigirán la utilización incalculable de energía. Esos costos deberán asumirlos los países pobres que cuentan con esos recursos naturales y no se trata de daños menores, sino del cambio climático y la escasez de agua potable.
El pensador Yuval Noah Harari previno que "En el siglo XXI, aquellos que no se mejoren a sí mismos mediante la tecnología podrían convertirse en una clase inútil. No explotados, sino simplemente innecesarios" ("Homo Deus", 2016).
Es la consecuencia lógica de las consignas del reciente Manifiesto Palantir, denominado “La República tecnológica en examen”, el documento ideado por Alex Karp y Nicholas Zamiska, que en 22 puntos fatales que está disponible en las redes, complementa los principales elementos de una ideología reaccionaria y temible. Desde la afirmación de que Silicon Valley tiene la obligación de participar en la defensa de la nación (incluyendo la “lucha contra la delincuencia”) hasta la opción de “poderes duros” basados en el software que sustituyan la “ineficiencia” de las democracias. Desde la necesidad de ganar la carrera de construcción de armamento complejo hasta asumir que sobrevendrá una era de disuasión basada en la IA dado que la era atómica” ha terminado”.
Así como en el siglo XIX tallaron disciplinas legitimantes del colonialismo, como la sociología y durante el siglo pasado el psicoanálisis apareció como una epifanía indispensable para reconocer su época, convirtiéndose en un apasionante avance que nos proveyó de nuevos significantes y novedosas actualizaciones terapéuticas, es muy probable que durante nuestra era le esté reservado a los juristas el rol de valladares frente al avance de estos experimentos vertiginosos que no trepidarán en violentar sistemáticamente los derechos humanos fundamentales. Pobres de aquellos -y de nosotros- si el mundo no es capaz de coaligar a los juristas y operadores de la jurisdicción como contrafuegos de urgencia frente al avance salvaje de hegemonías diabólicas capaces de conducirnos a un horror sin precedentes. Como dice la especialista mexicano-ecuatoriana Paola Ricaurte, las corporaciones tecnológicas son siempre aliadas de los gobiernos autoritarios. Si no se reconstituye un derecho y una cultura jurídica democrática en la urgencia, es probable que mucho se habrá perdido en un futuro no demasiado lejano.
En definitiva, sin juristas que tengan un pensamiento crítico, comprendan el mundo, cuestionen, limiten y regulen, el avance tecnológico en manos de unos pocos poderosos puede derivar en un feudalismo digital. Su importancia actual no es la de aplicar leyes viejas, sino la de ser los guardianes de la libertad humana y la equidad en un mundo dominado por los datos y la técnica. Se trata, quizás, del más grande desafío histórico de las escuelas de derecho.