Juan Omar Cofré Lagos (*)
Este trabajo es parte de los resultados generados por el proyecto financiado por el Fondo de Desarrollo Científico y Tecnológico, FONDECYT, Nº 1990726, “La justificación moral del castigo”.
 
Resumen
El castigo o pena es el último extremo al cual recurre el derecho penal para responder institucionalizada, legal y legítimamente a las ofensas que quiebran el orden jurídico de una sociedad. El castigo es, y no puede ser de otra manera, un mal que causa dolor físico, mental y moral y por eso, precisamente, requiere, al menos en el plano teórico, una justificación –es decir, un conjunto de razones moral y racionalmente compatibles– ético-filosófica y, jurídica. En este trabajo se examina la dimensión ético-filosófica de la pena y se expone el clásico debate filosófico moderno entre el retribucionismo y el utilitarismo preventivo; en la discusión se ponen a la vista, fundamentalmente, las doctrinas de Kant y Schopenhauer, dos pensadores que abrazan teorías contrapuestas. El primero, precisamente el retribucionismo y, el segundo, el utilitarismo prevencionista.



I. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
Un problema que desde tiempos inmemoriales ha preocupado a los hombres es el de determinar en qué medida y hasta qué punto es legítimo castigar a quien ha cometido una falta o un delito. El castigo es una forma de sufrimiento físico, psíquico o moral que surge como respuesta natural y espontánea ante la ofensa de quien, a su vez, de manera arbitraria e intencional, daña a un inocente. El ofensor pareciera que de algún modo, brutal o sutil, transgrede cierto orden querido y estimado como bueno o útil por la tradición, las leyes o los valores que la sociedad y la autoridad consideran justo y necesario preservar para la vida buena, el bien común y el bienestar de los hombres.
La respuesta institucionalizada es el castigo o pena. Pero, ¿cómo justificar el castigo? “Justificar” implica ofrecer razones y argumentos racionales que, en último término, legitimen o hagan aceptable racionalmente esta institución. ¿Cómo explicar, en consecuencia, que una comunidad políticojurídica ejerza una violencia programada sobre uno de sus miembros? ¿En qué fundamenta ese poder punitivo o derecho a castigar? ¿Cuál es la última razón del poder punitivo del Estado o de la sociedad? ¿Cómo justificar, por tanto, que a la violencia ilegal representada en el delito se añada esa segunda violencia institucionalizada y motorizada por los órganos punitivos del Estado?
Filósofos y juristas a lo largo de los siglos se han preguntado si por el hecho de que una persona ha cometido una ofensa se le debe infligir un castigo. Este, considerado en sí mismo, es un mal, un daño consciente y deliberado, realizado por hombres dotados de autoridad y financiados por el Estado. Por cierto que esto significa que las respuestas tradicionales emanadas del legalismo, del autoritarismo, del utilitarismo y del retribucionismo, no son suficientes. Los criterios elaborados por estas doctrinas adolecen de deficiencias argumentativas y de racionalidad, lo que las hace sospechosas y no convincentes. Sin una razón justificadora, a nadie se le puede exigir, en rigor, que acepte la institución del castigo, si por falta de ella ésta aparece como arbitraria e irracional. Ello no equivale a sugerir que todas las faltas y los delitos han de quedar impunes; tan sólo se trata de revisar esta institución social y jurídica para, a la luz de nuevas consideraciones, poner en claro su naturaleza, su finalidad y su eventual legitimación.
Se puede percibir que la cuestión de la justificación de la pena conlleva una serie de relaciones e implicaciones que comprometen la existencia misma del Estado y del derecho penal. Esto quiere decir que la legitimidad política y moral del derecho penal, en tanto técnica de control social que constriñe la libertad de los ciudadanos, es en gran medida el problema mismo de la legitimidad del Estado, como monopolio organizado de la fuerza.
En la historia del derecho penal las reformas y giros del derecho han venido siempre precedidos por doctrinas éticas y filosóficas acerca del fin de la pena y de las condiciones racionales que ésta debe satisfacer. Es el sufrimiento implícito en la pena lo que ha movido a filósofos y a penalistas a buscar una justificación moral de ella que sea suficientemente convincente y racional, siendo la pena, como es, y la coacción en general, un elemento esencial del Derecho; la justificación moral de la pena es una condición filosófica necesaria para la legitimación ética del Derecho.
Las consideraciones precedentes demuestran de inmediato que el problema de la justificación moral del castigo, sentido lato, o de la pena, sentido jurídico, da origen a una maraña de problemas de carácter ético, axiológico, metodológico y epistemológico que la ciencia y la filosofía penal no pueden menos que comenzar por distinguir. Hay tres problemas lógicamente implicados que es de rigor separar: el delito, la justificación de las penas o castigos que surgen como consecuencia del delito y los procedimientos de investigación y calificación de éstos. El que a nosotros nos interesa es propiamente el segundo, en tanto y en cuanto implica toda una problemática filosófica y moral.
En efecto, no le compete a la teoría del castigo justificarse a sí misma, como no le corresponde a la matemática, sino a la filosofía de la matemática, la justificación de los saberes positivos. La justificación de los saberes positivos es esencial para un saber fundado, como vio Husserl. Una filosofía penal, en consecuencia, debería aspirar a investigar los alcances y posibilidades de una doctrina de la justificación moral del castigo, con el fin de que ésta pueda desempeñar un papel cimentador en una política criminal, en una teoría penal y, desde luego, en un ordenamiento jurídico. Un enfoque epistemológico –es decir, de las fundamentaciones axiomáticas de la teoría– obliga a hacer una serie de distinciones muchas veces pasadas por alto y causa de numerosas confusiones y extravíos.
Primeramente es necesario distinguir al menos dos niveles de discurso: el extrajurídico y el intrajurídico. El primero versa sobre los fines externos y el deber ser de la pena. El segundo trata del ser de la pena. Aquél es un discurso eminentemente filosófico; éste, esencialmente jurídico. El discurso filosófico se encamina a descubrir el fin que justifica o no justifica el castigo (y, por ende, el derecho penal), trátase de una doctrina normativa referida a valores. El discurso jurídico, en cambio, describe, o cree describir, los fenómenos penales por medio de proposiciones que resultan verdaderas o falsas.
Las normas nada dicen acerca de los hechos, del mismo modo que los hechos nada pueden decir sobre el valor de las normas. Por tanto, la pregunta fundamental “¿Por qué castigar?” ha de ser explicitada en dos sentidos diferentes: ¿Por qué existe la pena o se castiga? y ¿Por qué debe existir la pena o se debe castigar? El primero es, como se ve, un problema de orden empírico; el segundo, por el contrario, es un problema filosófico (axiológico), formulado mediante expresiones normativas de las que sólo cabría decir que son justas o injustas, correctas o incorrectas. La tarea preliminar de una teoría sobre la finalidad de la pena consiste, entonces, en elucidar en un plano metateórico los diversos niveles epistemológicos implicados en la pregunta “¿por qué se debe castigar?”, si es que se debe castigar. La legitimación interna en un sistema penal dado corresponde, pues, de acuerdo a lo dicho, a la teoría penal, mientras que la externa compete a la filosofía del derecho penal. Naturalmente que si sólo se trabaja en el plano interno se podrá, cuanto más, llegar a una legitimación interna de la pena, pero no a una justificación última y final, sin la cual el sistema jurídico penal aparecerá desprovisto de fundamento gnoseológico y de una razón primera o final.
Supóngase que en un colegio hay un sistema normativo, conocido por los alumnos, que prescribe un castigo para los estudiantes que sean sorprendidos fumando en el recinto educacional. Es el caso que X fue sorprendido fumando, el Director lo llamó y lo castigó con pérdida de recreo por una semana. El padre, al enterarse, visita al profesor jefe y le demanda que justifique el sentido del castigo. El profesor argumenta: “Se lo castigó porque infringió las disposiciones del colegio que prohíben fumar”. No conforme, el padre se acerca al Director en busca de una justificación más convincente y éste contesta: “Se lo castigó para que no vuelva a fumar en el colegio”. Obviamente las dos respuestas son no sólo diferentes, sino –según una tradición de más de dos mil años– incluso incompatibles. Ellas reflejan de manera fidedigna las doctrinas retribucionista y utilitarista, respectivamente.
Para el retribucionismo, cuando X fuma en el colegio, X comete una ofensa que en cuanto tal es indebida; como consecuencia de ello –y si ha actuado libre y voluntariamente– se ha hecho culpable y un agente moral portador de una culpa debe expiar su culpa, para lo cual debe recibir de parte de la autoridad lo que a su vez les es debido, es decir, el castigo. A la ofensa se retribuye con castigo (que es un mal) a objeto de borrar o lavar –a ser posible– la ofensa. En definitiva, el sujeto es castigado “porque cometió una ofensa”. Kant y Hegel representan, en los Tiempos Modernos, paradigmática y genuinamente, esta doctrina. Según Kant, un imperativo moral absoluto obliga a castigar al culpable por el mero hecho de haber cometido la falta o delito. “Aun cuando la sociedad civil, escribe, se disolviera con el consentimiento de todos sus miembros, el último asesino que se encontrara en la cárcel debería antes ser juzgado a fin de que la sangre derramada no recaiga sobre el pueblo que no ha reclamado tal punición”. Hegel argumentó de manera semejante, pero no por more a la ética, sino al Derecho. “En esta discusión, sostuvo, lo único que importa es que el delito debe ser eliminado no como el surgimiento de un mal, sino como lesión al derecho como derecho”1.
Para el utilitarismo, lo importante no es la ofensa, porque ya está cometida y “lo que está hecho, como sostuvo Platón, no puede ser deshecho”. De lo que se trata es de que el alumno no vuelva a fumar en el colegio y que sus compañeros se den cuenta que si ellos hacen otro tanto, les ocurrirá lo mismo que a X. El castigo que se inflige a un sujeto humano no puede, pues, justificarse moralmente basándose en el concepto “culpa-ofensa”. Todo castigo, per se, es dañino y malo. Mal se podría intentar alcanzar un bien por intermedio de un mal. Un castigo sólo puede justificarse moralmente cuando se toman en cuenta las consecuencias valiosas que su aplicación puede llegar a producir. El campeón de esta doctrina ha sido Bentham, quien escribió: “La finalidad del Derecho es aumentar la felicidad. El objeto general que todas las leyes tienen, o deben tener, es incrementar la felicidad general de la sociedad y, por lo tanto, deben excluir, tan completamente como sea posible, cualquier cosa que tienda a deteriorar esa felicidad: en otras palabras, excluir lo pernicioso. Y la pena es un mal y es perniciosa. Sobre la base del principio de utilidad, si ella ha de ser admitida, sólo debe serlo en la medida en que promete evitar un mal mayor”2.
Sin embargo, ambas teorías importan consecuencias que, desde el punto de vista de una teoría racional de la moral, son inaceptables. Como vio bien Séneca, las justificaciones del retribucionismo son quia peccatum, es decir, miran hacia el pasado (se castiga al sujeto por lo que hizo), mientras que las utilitaristas son ne peccetur, es decir, miran hacia el futuro, se castiga para que el delito no se vuelva a producir.
El retribucionismo reprocha al utilitarismo varios puntos, entre otros:
i) que permita el castigo de inocentes. Claro, porque si de lo que se trata es de conseguir efectos útiles, entonces no hace falta establecer una estricta proporción entre la ofensa y el castigo. Si lo que interesa es que en la sociedad no se cometan delitos o faltas que atenten contra los fines valiosos, entonces podría estar permitido castigar sin tener en consideración la proporción entre la ofensa y el castigo. En realidad, a mayor castigo, probablemente, mejor advertencia para los posibles infractores y, entonces, de ahí a castigar a un inocente no hay más que un paso. Así pensó Caifás cuando en el Sanedrín argumentó a favor de que era mejor condenar a un inocente que permitir que todo el pueblo perezca. Y nada puede causar más repugnancia moral que el castigo de un inocente.
ii) Tampoco sería el castigo en sí mismo lo que previene, reforma o desalienta ya que estos fines pueden alcanzarse por otros medios tales como la amenaza del castigo, los consejos, el tratamiento psiquiátrico, la educación, etc., medios todos externos al castigo en sí.
Sin embargo, hay que señalar, como han sostenido algunos iusfilósofos de la escuela analítica, que un planteamiento más riguroso en términos lógicos y lingüísticos puede llevar a disipar problemas que en verdad no son tales. En este sentido la pregunta “¿Por qué se castiga?” o mejor, “¿Por qué se debe castigar?” conviene descomponerla en estas dos cuestiones: “¿Por qué (cuestión ontológica) se debe castigar?” y “para qué (cuestión teleológica) se debe castigar?” Como es fácil observar, la primera pregunta es contestable desde un punto de vista retribucionista (“Porque se cometió un delito”) y la segunda, desde un punto de vista utilitarista (“Para que no se vuelva a repetir”). Cualquier intento eclecticista parece fracasar, al menos en el plano teórico, ya que no se pueden conciliar ambas teorías. Porque, ¿qué contestar desde el punto de vista retribucionista a la pregunta ‘¿para qué castigar?’ y, a su vez, qué contestaría el utilitarismo a la pregunta ‘¿por qué castigar?’?
Una buena teoría debe dar respuesta a las dos interrogantes.
II. EL ORIGEN DE LA CONTROVERSIA Y SU PROYECCIÓN MODERNA
Es interesante observar desde el punto de vista filosófico que la disputa moderna y contemporánea sobre los fines de la pena no ha avanzado en lo esencial respecto del planteamiento originalmente habido en la filosofía griega. Entre los filósofos griegos hay una divergencia en lo relativo a la dimensión ontológica y teleológica de la pena. En ésta, como en otras materias, se puede decir que la diferencia que marcaron las dos primeras teorías griegas se mantiene hasta el día de hoy. Ninguna filosofía ni teoría penal ha logrado salvar la decisiva discrepancia entre las teorías absolutas y las relativistas de la pena. Las teorías absolutas, que asumen una filosofía idealista, han agotado todo lo esencial respecto del sentido de la pena, pero no han logrado resolver el aspecto relativo a su dimensión social y psicológica; por el contrario, el relativismo penal, si bien ha podido ofrecer garantías sólidas en este último aspecto, es bien poco lo que ha podido avanzar en la indagación de la esencia de este fenómeno profundamente humano. En todo caso, pareciera ser que la primera noción que surge espontáneamente en una sociedad menos evolucionada filosófica y jurídicamente, es la comprensión de la pena como una suerte de represalia que los particulares ofendidos encargan a la sociedad por medio de las instituciones represivas del Estado. En su sentido más original, y brutal, la pena es concebida por las primeras sociedades como ius talionis. Platón, en cambio, ya se opuso con sólidos argumentos, que la tradición filosófica y jurídica repetirá hasta nuestros días, al planteamiento retribucionista.
“Porque nadie castiga a los malhechores –sostiene en el Protágoras– prestando atención a que hayan delinquido, a no ser que se vengue irracionalmente como un animal. El que intenta castigar, con razón, no se venga a causa del crimen cometido –ya que no se puede lograr que lo hecho sea deshecho–, sino con vistas al futuro, para que no se obre mal nuevamente, ni este mismo ni otro, al ver que éste sufre su castigo. Y el que tiene ese pensamiento piensa que la virtud es enseñable, pues castiga a efectos de disuasión, de modo que tienen semejante opinión cuantos castigan en público o en privado.”
Esta sorprendente y perenne universalidad del genial pensamiento platónico encuentra su contrapartida en la no menos extraordinaria doctrina aristotélica de la pena. Aristóteles, sobre la base de un concepto de justicia más elaborado, se propone superar los atavismos de venganza irracional que subsisten en el retribucionismo al sostener que el fundamento de la pena debe estar en lo que él denomina justicia correctiva, concepto éste que tiene su razón de ser en la igualdad matemática. Según el Estagirita, la vida social exenta de conflictos supone un perfecto estado de equilibrio. En ausencia de ofensas no hay ni puede haber castigo; éste es el orden natural. Pero cuando un agente moral incurre en un ilícito, desestabiliza el equilibrio natural y este desequilibrio dañino para la vida social se mantiene incólume mientras no intervenga una fuerza externa que vuelva a llevar al estado de cosas a su justo natural. En la justicia penal, sostiene:
“La ley atiende únicamente a la diferencia del daño y trata como iguales a las partes, viendo sólo si uno cometió injusticia y el otro la recibió, si uno causó un daño y el otro lo resintió.
En consecuencia, el juez procura igualar esta desigualdad de que resulta la injusticia. Cuando uno es herido y el otro hiere, o cuando uno mata y el otro muere, la pasión y la acción están divididas en partes desiguales, y el juez trata entonces de igualarlas con el castigo, retirando lo que corresponde del provecho del agresor. De estos términos nos servimos de una manera general en semejantes casos (...). Así, siendo lo igual un medio entre lo más y lo menos, el provecho y la pérdida son respectivamente más y menos de manera contraria: más de lo bueno y menos de lo malo son provecho, y lo contrario, pérdida. Y como entre ambas cosas el medio es lo igual, y es lo que llamamos justo, síguese que lo justo correctivo será, por tanto, el medio entre la pérdida y el provecho. Por esta razón, todas las veces que los hombres disputan entre sí recurren al juez. Ir al juez es ir a la justicia, pues el juez ideal es, por así decirlo, la justicia animada” 3.
III. EL DEBATE MODERNO: KANT / SCHOPENHAUER
Al menos para la historia de la filosofía penal, y en el horizonte de los intereses de este trabajo, es pertinente reactualizar el debate en torno al sentido y fin de la pena que se da en el seno del idealismo alemán entre Kant y Schopenhauer. La disputa es bien representativa del mundo filosófico y jurídico moderno –y no tan conocida como se pudiera suponer– y, desde luego, no parece que hasta el día de hoy la ciencia y la filosofía penal se hayan decantado por una de ellas con olvido de la otra; por el contrario, ambas doctrinas siguen vigentes y una y otra dominan en tal o cual escuela jurídica e influyen en la determinación de la política criminal de las sociedades contemporáneas. El examen de este diferendo puede tener la virtud de permitirnos ver con claridad cuáles son los puntos más agudos del conflicto y ponderar las virtudes y los defectos de cada doctrina.
Según Kant, la pena judicial (poena forensis), como él la llama, conforme a su doctrina moral, no puede nunca servir como medio para fomentar otro bien ni aunque este supuesto bien vaya en beneficio del propio delincuente o de la sociedad civil. La pena, en tanto castigo, ha de imponerse al reo única y exclusivamente porque ha delinquido. Este “porque” es antecedente de la consecuencia que es la pena. Kant ha postulado, como se sabe, que el hombre no puede ser manejado como medio para cumplir propósitos de otro, ni ser confundido entre los objetos del derecho real (Sachenrecht). El hombre, incluido el reo, por el mero hecho de ser persona moral es inmune a la pérdida de su dignidad, aunque ciertamente con la pena pueda perder la personalidad civil. Nadie debe pensar en sacar algún provecho de ninguna especie de castigo. Sería tan inmoral pretender sacar un provecho del castigo como escapar a él. Eso es precisamente lo que ocurre en el juicio público que Caifás dirige sobre la supuesta ofensa religiosa que Jesús ha causado a la comunidad judía. No hay motivo ni prueba que justifique la pena. “Aun cuando se disolviera la sociedad civil –sostiene Kant en un conocido pasaje de laMetafísica de las costumbres– con el consentimiento de todos sus miembros (por ejemplo, si decidiera disgregarse y diseminarse por todo el mundo el pueblo que vive en una isla), antes tendría que ser ejecutado hasta el último asesino que se encuentra en prisión, para que cada cual reciba lo que merece según sus actos y el homicidio no recaiga sobre el pueblo que no ha exigido esta punición”4.
¿Cuál es el fundamento moral que se encuentra en el fondo de este planteamiento kantiano? Aparentemente Kant, al invocar el ius talionis, estaría nada menos que reviviendo un concepto de justicia vengativa que, al parecer, a esas alturas de la historia la humanidad ya ha superado. Sin embargo, una lectura más atenta y filosófica demuestra que en el planteamiento kantiano hay un fundamento totalmente compatible con su rigurosa concepción moral de la creatura humana. Lo primero que Kant reclama desde un punto de vista moral, que es lo que obliga al derecho, es que haya justicia. La justicia no puede ni debe ignorar o debilitar el hecho delictuoso. Ese es el dato fundamental. Y si el delito ha sido cometido a plena conciencia por un hombre que tiene total dominio sobre su voluntad y entendimiento, y ha hecho uso pleno de su libre arbitrio, la sociedad tiene que comenzar por devolver mal por mal para que el delincuente encuentre en la pena o castigo la necesaria acción igualadora que emana de las exigencias del cuerpo social. Por eso sostiene, reviviendo a Aristóteles, que en la base del castigo debe estar el principio de igualdad proporcional, en la posición del fiel de la balanza de la justicia que no se inclina más hacia un lado que hacia el otro.
Una breve excursión hacia el fondo de su pensamiento moral podrá poner más en claro la decisión jurídica kantiana, que en un principio puede parecer contraria a las corrientes humanitaristas que ya circulan en esos tiempos. Kant distingue dos tipos de leyes: las leyes de la naturaleza y las leyes morales. Las leyes de la naturaleza se imponen inexorablemente a todos los entes naturales y biológicos que se encuentran en el mundo de la naturaleza. Pero si son leyes de la libertad, entonces pertenecen al reino de la moralidad. Y si afectan tan sólo a las acciones externas y a su conformidad con la ley, se llaman leyes jurídicas. Pero si exigen también que ellas mismas deban ser los fundamentos de determinación de las acciones, entonces son éticas. Cuando el hombre cumple con las primeras se habla de legalidad; cuando cumple con las segundas, se habla de moralidad. La libertad a la que se refieren las primeras leyes sólo puede ser la libertad en el ejercicio externo del arbitrio; pero aquella libertad a la que se refieren las últimas leyes, puede serlo tanto en el ejercicio externo como en el interno del arbitrio, en tanto que queda determinada por las exigencias formales de la razón. La voluntad es, en este cuadro, el fundamento de determinación del arbitrio a la acción. “En la medida que la razón puede determinar la facultad de desear en general, el arbitrio –pero también el simple deseo– puede estar contenido bajo la voluntad. El arbitrio que puede ser determinado por la razón pura se llama libre arbitrio. El que sólo es determinable por la inclinación (impulso sensible, stimulus), sería arbitrio animal (arbitrium brutum). El arbitrio humano, por el contrario, es de tal modo que es afectado ciertamente por los impulsos, pero no determinado; y, por tanto, no es puro por sí, pero puede ser determinado a las acciones por una voluntad pura.” De todo lo cual se sigue, para Kant, que la libertad del arbitrio queda a salvo de su determinación por los impulsos sensibles. Esto, en el sentido negativo de libertad; en el sentido positivo, la facultad de la razón pura puede por sí misma hacerse práctica5.
De suerte tal que la causalidad natural, que se manifiesta mediante las inclinaciones, puede ser, y debe ser, neutralizada por la causalidad moral que no queda determinada en modo alguno por las leyes de la naturaleza, sino que encuentra en la propia razón el principio y fundamento de la acción. El hombre, por tanto, como creatura racional dotada de voluntad y capaz de actuar con entera libertad, precisamente por ser libre y racional, puede con plena conciencia elegir entre cumplir con la ley externa o transgredirla. Pero, al transgredirla, no puede en modo alguno eludir su responsabilidad y lo que eventualmente pueda derivarse de ella, la culpabilidad que acompaña a la acción contraria a la ley.
Kant, como hombre moderno e ilustrado que cree en la autodeterminación de la persona como ser moral y político, consecuentemente concibe al Estado y la relación entre el Estado y el individuo como un vínculo que debe mantener por sobre todo siempre y en toda circunstancia a salvo la libertad personal. El Estado debe respetar al individuo y esto significa concretamente, desde el punto de vista político, que todo hombre tiene derecho a buscar la felicidad y a concebirla a su manera, sin interferencia externa alguna que pueda poner en peligro su autonomía moral. El Estado no puede obligar a nadie a ser feliz, sino que su deber consiste en garantizar las condiciones para que la libertad de cada cual permita al individuo su propia realización. Los sistemas religiosos y morales pueden tener sus ideas de la virtud y construir sus cánones de comportamiento moral e, incluso, pueden, y quizás deben, influir en la conducta de los miembros que asumen sus creencias para que se comporten interna y externamente de acuerdo a un ideal de virtud. Pero ése es un problema moral y no le incumbe al Estado en modo alguno la moralidad de sus ciudadanos sino única y exclusivamente la juridicidad de sus acciones. La moral es cuestión de las personas y cada uno resolverá acudiendo a su condición de ente libre y racional; pero la juridicidad es cuestión del Estado, no para preservar moralidad alguna, sino para permitir el marco externo adecuado para que los individuos busquen de un modo compatible con la ley la felicidad y la realización personal6.
En consecuencia, tampoco la sociedad por intermedio del Estado tiene derecho alguno a intervenir sobre el futuro del reo y no es nadie para indicarle cómo debe conducir su vida, qué valores debe preferir y qué camino debe seguir para reintegrarse a la sociedad como un hombre nuevo que ha sido reconducido de una determinada manera, y bajo una concepción de lo que es el bien y de lo que es el mal, a la vida ciudadana. Kant ve una forma intolerable de tiranía en las doctrinas que minimizan la culpabilidad y ponen toda su atención en la reinserción social o, en términos generales, conciben el derecho penal como un instrumento que debe constreñir a los hombres a ser “buenos” al modo como entiende la bondad el cuerpo social, la autoridad o el Estado. Lo que el Estado debe proteger es la juridicidad y nada más. La moralidad es cosa de los individuos y pertenece al sagrado recinto de la conciencia de cada cual. Incluso si el hombre se rebela contra el Estado, contra la sociedad y todas sus instituciones y declara que no quiere reconvertirse ni asumir los valores jurídicos y morales que comparte su sociedad, está en su perfecto derecho. Pero la ley debe intervenir cuando el perverso intenta pasar, o decididamente pasa, de las intenciones a la acción. Como miembro del cuerpo social no le está permitido en modo alguno dañarlo y si el daño material se produce, debe atenerse a las consecuencias sensibles que implica la respuesta jurídica de la sociedad. Así entiende Kant el rol que le corresponde desempeñar al ciudadano y al derecho en la comunidad.
Esta doctrina jurídico-moral ha sido, en cambio, enérgicamente rechazada por muchos y muy notables pensadores modernos y contemporáneos. Schopenhauer en Alemania –desde la filosofía idealista– y Bentham en Inglaterra –desde el pragmatismo filosófico inglés– mantienen puntos de vista totalmente incompatibles con Kant. “... la teoría de Kant –sostiene Schopenhauer– según la cual la pena se establece únicamente para castigar, es contraria a la razón y carece de sólido fundamento. Lo cual no impide que la reproduzcan en sus obras grandes juristas, envuelta en grandes perífrasis que no son sino palabrería”7.
El punto de partida de Schopenhauer está, naturalmente, en su teoría filosófica explicada en El mundo como voluntad y representación. Desde esa filosofía, el que comete delito despoja a la voluntad objetivada de un individuo de sus fuerzas para aumentar en la misma medida las suyas propias; por consiguiente, al exteriorizar su voluntad traspasa los límites de su cuerpo y niega la voluntad del otro. Esta invasión de los límites de la voluntad ajena ha sido conocida en todos los tiempos y su concepto se designa con el nombre de “injusticia”. De suerte, pues, que el concepto de derecho, como negación de la injusticia, encuentra su principal aplicación en los casos en que por intermedio de la fuerza se impide la comisión de un acto injusto. Como esta coacción ya no es injusta por estar institucionalizada y representar la defensa de los valores sociales, es, sin duda, justa, aunque la coacción misma, si se la considerara aisladamente, no lo sería; pero en el derecho penal se justifica en razón del motivo de defensa y de negación de la voluntad invasora que sin derecho invade los límites de la libertad ajena con peligro para la integridad y la propiedad del individuo. En este sentido, sólo dentro de la sociedad jurídicamente organizada, es decir, el Estado, puede darse propiamente el derecho penal. Todo derecho a castigar está fundado en la ley positiva ya que antes de cometerse el ilícito ha de estar señalada una pena cuya amenaza sirva de contramotivo y esté encaminada a contrarrestar todos los motivos que pueden conducir a la delincuencia. No cabe aquí desconocerla ni le es dado al delincuente hacerlo, ya que el pacto social la ha reconocido y la ha sancionado eventualmente para todos. Pacto que obliga a todos parejamente, sin excepción. Y por eso, precisamente, el Estado, garante del pacto, tiene pleno derecho a exigir su cumplimiento. De aquí deduce Schopenhauer dos consecuencias inmediatas de la ley penal; primero, desencadena o puede desencadenar la ejecución de la ley ya que ello no significa sino poner en marcha el pacto con las consecuencias que desde luego conlleva y, segundo, y quizá lo más importante, el único fin de la ley es impedir, por la intimidación, el menoscabo de los derechos ajenos, para lo cual se han reunido todos bajo un Estado, renunciando precisamente con ello a cometer injusticias y comprometiéndose a reprimirlas de acuerdo con la ley cuando éstas ocurran.
Schopenhauer está consciente que él no está inventando ninguna teoría penal y que, por el contrario, lo que está haciendo es simplemente difundir y reeditar la vieja doctrina platónica –que Séneca repite en estos términos: “Nemo prudens punit, quia peccatum est; sed ne peccetur”– que en los tiempos modernos ha vuelto a ser propugnada por pensadores como Hobbes, Puffendorf, Beccaria, Carrara, Feuerbach y muchos otros juristas y filósofos.
Regresando a Kant, al estudiar su teoría penal en los fundamentos, se verá que domina en ella el interés de una justificación no orientada al futuro. Esto, debido a que, según él, del derecho a castigar del Estado no se deriva ninguna consecuencia que sea legítimo tener en consideración. El poder de castigar, principal y esencialmente, se deriva del poder moral que tiene la sociedad de defender lo que de suyo le pertenece. Si bajo la perspectiva schopenahuereana se encontraba una justificación en la proyección futura de la pena, Kant pretende atribuir la mayor racionalidad posible a la retribución.
La pena debe encontrar fundamentación y sentido solamente cuando se aplica sin tener en cuenta una intención que vaya más allá de sí misma para entrar a considerar al infractor y a la relación que éste guarda con la sociedad y el Estado. Cuando esto ocurre, la persona queda mediatizada, aunque se alegue que la mediatización obedece a fines altruistas y superiores como lo son los queridos y tutelados por el Derecho. La pena “no puede servir simplemente como medio para fomentar otro bien, sea para el delincuente mismo, sea para la sociedad civil, sino que ha de imponerse al autor del delito sólo porque ha delinquido”8. La pena obedece a un imperativo categórico que obliga a castigar y, por ello, ningún hombre de la sociedad civil puede escapar a él. Si eso ocurre, sería degradar la justicia, valor supremo de la vida espiritual y social de una nación. “Porque si perece la justicia –sostiene Kant– carece ya de valor que vivan los hombres sobre la tierra”9.
Aceptada la retribución, de lo que se trata es de establecer o encontrar una especie de igualdad proporcional, de carácter jurídico, entre el acto criminal del ofensor y la retribución institucionalizada del ofendido. Esto quiere decir que el sentido de la pena judicial se dirige, o debe dirigirse, hacia el acto criminoso mismo, no hacia el sujeto criminal, como se deriva de las teorías utilitaristas o prevencionistas. Lo que compete a la justicia legal es, más bien, restituir el orden quebrantado, mediante la proporción jurídica debida, en cierto modo, al estilo aristotélico. “En todo castigo –escribe– como tal, debe haber ante todo justicia, ésta constituye lo esencial en este concepto”10. En efecto, se pregunta Kant: “¿Cuál es el tipo y grado de castigo que la justicia pública adopta como principio y como patrón?”11. Ninguno, sostiene, más que el principio de igualdad. Por tanto, “cualquier daño inmerecido que ocasiones a otro te lo haces a ti mismo; si me injurias, te injurias; si me robas, te robas a ti mismo; si golpeas, te golpeas a ti mismo; si matas a tu prójimo, te matas a ti mismo”12. La clave de la prohibición está, desde el punto de vista lógico, en que todas estas acciones generan una aniquilación social ya que, si estuviera permitido robar, y como consecuencia de ello promulgáramos el principio “se permite a todo el mundo robar”, entonces, evidentemente, todos podrían ser simultáneamente sujetos y objeto del robo, con lo cual desaparece toda seguridad, puesto que se aniquila el concepto mismo de “robo” en su esencia. Es interesante observar que Kant desarrolla consecuentemente su idea de castigo desde sus primeras y hasta sus últimas obras. Así, por ejemplo, en las Leccionesde Etica encontramos la arqueología y cimientos de su pensamiento más tardío. Ahí distingue entre castigos preventivos y castigos restitutorios, entre castigos que atañen a la justicia penal y castigos que atañen a la prudencia del legislador. “Los castigos preventivos –escribe– son aquellos que se declaran con el fin de que no acontezca el mal. Los restitutorios, por el contrario, se declaran por el mal que ha ocurrido. Los castigos, por lo tanto, son medidas para evitar o penar el mal. Todos los castigos provenientes de la autoridad son de tipo preventivo, aleccionadores para el propio infractor o tendientes a aleccionar a otros mediante el ejemplo.”13
Esto es lo que acontece en realidad, y es el modo como comúnmente concibe la autoridad pública su función de castigar. Ciertamente la autoridad no castiga porque se haya delinquido, sino para que no se vuelva a delinquir. Pero después Kant avanza más resueltamente exponiendo su propia concepción retributiva del castigo y explicando por qué, desde un punto de vista moral, falla la concepción prevencionista de la autoridad pública. El retribucionismo de alguna manera recompensa al delincuente al permitirle su reinserción en la vida social. Pero la recompensa –dice Kant– se sigue de una buena acción “y no para que se sigan ejecutando buenas acciones, sino porque se ha obrado bien. Si comparamos los castigos con las recompensas, observaremos que ni los castigos ni las recompensas deben ser considerados como motivo de acciones”14. Si así ocurriese en realidad, entonces la finalidad jurídica de la pena incurriría en la llamada por Kant “índole abyecta”, que se divide en “índole mercenaria” (acciones motivadas por la recompensa) e “índole servil” (la inhibición de cometer mala acción por miedo al castigo), y ambas conductas son contrarias al orden moral. De esta forma, toda acción o toda omisión de cometer un delito por miedo, intimidación o persuasión, queda, según Kant, absolutamente fuera del orden moral, lo cual es perfectamente coherente con su concepción ética que implica que un acto verdaderamente moral no debe ser ejecutado bajo ningún estado de pasión, sea de deseo o de miedo, porque si eso ocurre, la conducta moral humana quedaría motivada por la causalidad natural y con ella escaparía al campo de la libertad y, por lo mismo, a la responsabilidad jurídica y moral. De aquí se sigue, primero, que toda coacción psicológica para evitar y prevenir delitos tal como se deriva de la prevención general negativa, sostenida primero por Schopenhauer y más tarde por Feuerbach en Alemania, carecería de toda justificación moral y, segundo, que toda intimidación o inhibición psicológica supone utilizar la sanción, en incluso al delincuente, como medio y no como fin en sí misma. La acción, en cambio, ha de estar conforme a la voluntad que se da a sí misma su legislación y, por tanto, su propia autonomía y su propia soberanía.
Los motivos subjetivos existirían únicamente para suplir la falta de moralidad. “Quien se ve recompensado a causa de sus buenas acciones, volverá a ejecutar una buena acción, pero no porque sean buenas, sino porque son recompensadas y, quien es castigado a causa de una mala acción no aborrece las malas acciones, sino los castigos, de modo que continuará realizando malas acciones, tratando de eludir los castigos mediante la ‘astucia jesuítica’”15.
Toda la argumentación kantiana en esta materia está ordenada a justificar un retribucionismo que descarta toda posibilidad teórica de aceptar la pena desde una perspectiva teleológica. El fundamento de su ética humanitaria supone el principio según el cual debe tratarse a la humanidad, en la persona del prójimo y en la propia, siempre como fin en sí mismo y jamás como medio. Este principio fundamentalísimo de la cultura ética occidental intenta Kant hacerlo presidir el orden jurídico, toda vez que, en su concepción, el derecho, en definitiva, debe responder a las exigencias de la moralidad por mucho que el derecho en tanto derecho se distinga precisamente de la moralidad. De ahí su insistencia en que la acción de castigar se fundamenta en el delito cometido en sí, en la pura transgresión de la legalidad vigente –como dirá Hegel– y bajo una idea directriz representada por la ley del talión, principio éste que Kant lleva hasta las últimas consecuencias cuando trata de justificar la pena capital. La lex talionis constituye, para el filósofo de Königsberg, la medida y la regla cuando se trata de castigar un crimen. Porque “si alguien ha cometido un asesinato, tiene que morir. No hay ningún equivalente que satisfaga a la justicia más que la muerte del ofensor. No existe ninguna equivalencia entre una vida, por penosa que sea, y la muerte; por tanto, tampoco hay igualdad entre el crimen y la represalia sino matando al culpable por disposición jurídica, aunque ciertamente ha de tratarse de una muerte libre de cualquier ultraje que convierta en un espantajo a la humanidad en la persona de quien la sufre”16.
La reflexión que cabe hacer aquí es si, como sostenía Ulpiano, ¿ha de hacerse justicia siempre, aunque perezca el mundo? O, por el contrario, ¿ha de hacerse justicia, como corregirá Hegel, precisamente, para que no perezca el mundo? Kant es partidario absolutamente del primer modo de concebir la justicia y ello, como se ha recordado, porque hace derivar lógica y ontológicamente la justicia jurídica de la justicia moral y, siendo el orden moral superior al jurídico, este último debe subordinarse a aquél. Porque la grandeza de lo humano no consiste en el comportamiento jurídico, ni político, ni social, sino en el comportamiento conforme al deber, es decir, a la moralidad, lo único no condicionado y bueno en sí mismo. Naturalmente que esto no quiere decir que Kant rechace el orden jurídico, político y social; tan sólo quiere decir que estos órdenes no pueden autolegislar a espaldas de la moralidad ya que el hombre se define como tal por su conducta moral, ni siquiera por la teórica, sino esencialmente por su vida práctica y, dentro de ésta, por la moral.
La doctrina rival, el retribucionismo utilitarista, en cambio, descuida este aspecto teórica y racionalmente tan riguroso y sólido, para minimizarlo en vistas de la seguridad jurídica y de los intereses sociales. Pero los intereses surgen de la necesidad material y tangible que despliega el hombre por el mundo real, en lo cual y con lo cual, en definitiva, no se distingue en el reino de la naturaleza de los demás seres sensibles. Porque también éstos tienen intereses derivados de la prioridad material de sus cuerpos y del medio ambiente. En cambio, al hombre, y sólo al hombre, le ha sido dada la gloria de sobrepasar los intereses en vista de aspiraciones más altas e intangibles, que son los valores. Los valores corresponden y orientan la vida espiritual y por ser ésta muy superior a la material, todo el orden humano debe subordinarse a ella.
Desde la otra perspectiva, fundamentalmente pragmática, romana y empirista, el hombre es eminentemente un ser social y su realización en orden a conseguir la felicidad depende de la interacción social. Desde este ángulo de visión, la eliminación del delincuente no solamente sería inmoral –ya que la moral es un resultado de la vida social y no una consecuencia nouménica de leyes a priori independientes de la causalidad natural– sino también improductiva. De lo que se trata, entonces, es de otorgarle la posibilidad de retornar al orden perdido como consecuencia de la caída. El delincuente que reconoce su delito, recibe una pena y se rehabilita, ya ha “saldado” su deuda con la sociedad y, por tanto, ésta debe volver a admitirlo en su seno para la plena integración y realización humana y social.
Lo contrario sería brutalidad e injusticia y así lo entienden los filósofos penalistas de todos los tiempos. Schopenhauer intentará rebatir la esencia del argumento kantiano del hombre como finalidad absoluta, y Beccaria hará un llamado humanitario en la defensa de los derechos del condenado apelando a la sensibilidad social. Para el filósofo alemán, el concepto del castigo se reduce a lo siguiente: “La emisión de un mal como secuela de una acción, ocasiona que dicha acción quede amenazada por la ley a fin de prevenir aquel mal”17. Este concepto schopenahuereano supone que el castigo vale contra una acción malvada que está prohibida por la legalidad mediante otra disposición jurídica que anula la ilegalidad y, de esta forma, la finalidad propia de la ley consiste en la intimidación del menoscabo del derecho ajeno ya que, precisamente, para quedar protegido ante injusticias o violaciones de la ley es por lo que cada cual se adhiere al Estado y renuncia a cometer injusticias, a la vez que asume las cargas para la conservación del Estado y el orden social. Ahí estaría el fundamento de la reserva teleológica de Schopenhauer y, a su vez, el punto de quiebre con el retribucionismo kantiano. De ahí que Schopenhauer deba fundamentar su rotundo rechazo al principio moral kantiano según el cual el hombre nunca debe valer como medio, sino siempre como fin. La vindicatio, que mira al pasado, sólo tendría razón de ser en el estado de naturaleza, pero dentro del Estado pierde toda significación y todo valor de justicia ya que al acordarse por contrato social las leyes que regirán el Estado, éste, a nombre del individuo ofendido, hará recaer todo su peso legal contra el individuo ofensor y, de este modo, los tribunales de la sociedad civil cumplirán el propósito para el cual fueron creados, esto es, dirimir y restablecer el orden jurídico cuando alguno de sus integrantes lo ha quebrantado. En este punto Hegel concuerda con Schopenhauer –o quizá Schopenhauer con Hegel. El filósofo idealista escribe: “El derecho que ha llegado a la existencia en forma de ley, es para sí, y se pone como independiente frente al particular y la opinión del derecho alcanza valor como universal. Este conocimiento y realización del derecho en los casos particulares que deja de lado el sentimiento subjetivo del interés particular, concierne a un poder público, los tribunales de justicia”18.
También Locke, antes que Hegel, valora y legitima la función punitiva que le cabe al Estado cuando señala en su Ensayo sobre el gobierno civil, “Vemos, pues, que al quedar excluido el juicio particular (la posibilidad de venganza) de cada uno de los miembros, la comunidad viene a convertirse en árbitro y, interpretando las reglas generales por intermedio de ciertos hombres autorizados por la comunidad, resuelve todas las diferencias que puedan surgir entre los miembros de dicha sociedad en asuntos de derecho, y castiga las culpas que cualquiera haya cometido contra la sociedad, aplicándole los castigos que la ley tiene establecidos”19.
De este modo, al parecer, el ius talionis kantiano queda rechazado por estos pensadores, con lo cual se desecha el principio último, de carácter oral, que debe sustentar el derecho penal, según Kant. Lo que no puede aceptar Schopenhauer es que el derecho castigue única y exclusivamente las acciones en sí mismas; eso lo considera contrario a la razón y, precisamente por ello, “inmoral”.
Como se observa, el ataque de los prevencionistas a la concepción jurídico-penal del retribucionismo radica en el concepto de sociedad civil y, muy especialmente, en la idea del “pacto social”. Pareciera ser, en la doctrina prevencionista, que el pacto implica, desde luego, la potencial consecuencia indeseada del castigo para los hombres que concurrieron a su aceptación. Este es, también, el punto del jurista italiano Cesare Beccaria, quien, en 1764, dio a la luz su famoso y breve tratado De los delitos y de laspenas en donde echa los fundamentos del derecho penal prevencionista de la Ilustración. Beccaria asume una teoría netamente utilitarista e intimidatoria de la pena; el fin de la pena no es otro que impedir al reo realizar nuevos daños a los ciudadanos y desanimar a los demás a hacer cosas semejantes. No es necesario, piensa Beccaria, que las penas sean crueles, como lo es la pena capital, para ser intimidatorias. En su defecto, basta la cadena perpetua, la que sería más intimidatoria y, desde luego, más humana que la propia pena de muerte porque le obliga a representarse al potencial ofensor una larga vida cargada de sufrimiento y no sólo un momento amargo y pasajero, que es el de la ejecución.
Kant rechaza conscientemente la argumentación de Beccaria y, por tanto, podríamos suponer, la argumentación de Locke y de Schopenhauer, y todo el retribucionismo, cuando escribe precisamente lo siguiente. “El Marqués de Beccaria, por un sentimentalismo compasivo de un humanitarismo afectado, ha sostenido que toda pena de muerte es ilegítima, porque no puede estar contenida en el contrato civil originario pues en ese caso cada uno en el pueblo hubiera tenido que estar de acuerdo en perder su vida si mata a otro; pero este consentimiento es imposible porque nadie estaría dispuesto a dejar que otros dispongan a su arbitrio de su propia vida.”20
Contra este argumento (de que en el contrato originario sería imposible que el individuo aceptara poner en riesgo su propia vida en el caso hipotético y contrafáctico de cometer él un homicidio, sobreviniéndole por ello la lex talionis –argumento en el cual se hacen fuerte todos los prevencionistas contrarios a la pena de muerte y, en general, a la pena compensatoria– se dirige el formidable pensamiento kantiano. En efecto, nadie –explica– en el contrato civil originario pondría su vida en peligro al acordar la pena máxima para un asesino. No es el pueblo, es decir, cada individuo en sí mismo, quien dicta la condena de muerte, sino el tribunal, es decir, la justicia pública, por tanto, otro distinto del criminal. En el contrato social no está contenida, en modo alguno, la promesa de ser castigado, disponiendo así el contratante de sí mismo y de su propia vida. El punto clave de este sofisma, dice Kant, es el de considerar que el propio juicio del criminal de tener que perder la vida se considere como decisión de su voluntad y, de este modo, se representen como unidos en una y la misma persona el que exige la sanción y el que la decreta, porque si así fuera estarían en una misma posición el delincuente y el juez que sanciona al criminal. Y puesto que, para Kant, la legislación externa al sujeto moral se correlaciona con el Derecho, corresponde precisamente a éste la coacción y la sanción exterior de los actos antijurídicos. Tal legislación penal y, en especial, la sentencia condenatoria del tribunal, le sobreviene al individuo mediante una causa externa, ajena a la autonomía de su voluntad. Bajo ésta, las disposiciones y condiciones internas y subjetivas del individuo quedan superadas y supeditadas al poder de las instituciones jurídicas llamadas a calificar y a sancionar las conductas criminales. Mal podría ser, entonces, la supuesta contribución voluntaria de la representación individual de males jurídicos futuros, en el pacto, el origen de la legitimidad de los castigos judiciales porque, racionalmente, nadie firmaría un pacto en el cual somete a riesgo su persona y la deja como rehén de las vicisitudes de la vida.
IV. CONCLUSIONES
En este trabajo, orientado específicamente a examinar las consecuencias de la pena desde una perspectiva filosófica, hemos asistido al debate entre el retribucionismo y el utilitarismo prevencionista penales. No se puede decir que, moralmente hablando, el retribucionismo haya cedido ante el utilitarismo, ni lo contrario. Estas dos posiciones constituyen una antinomia aparentemente insoluble en el terreno de la filosofía penal y, desde luego, ponen a la vista las dificultades filosóficas y morales que surgen en una y otra postura.
El debate, en todo caso, nos aclara y nos lleva a exigir a todo sistema penal el cumplimiento de algunos principios éticos fundamentales sin los cuales la sociedad que castiga mediante el derecho penal no puede mantener ni conservar una buena conciencia. Y estos principios son, según se desprende de este debate, al menos los siguientes: “Hacer el bien y evitar el mal”, “Tratar al prójimo siempre como fin y nunca como medio”, “No castigar jamás a un inocente por muy buenas razones de carácter social y preventivo que se puedan aducir”, “Darle a cada cual lo suyo según el mérito de sus actos y sólo por el mérito de sus actos, lo que equivale a decir que nadie debe ser castigado con más ni menos que lo que realmente sus hechos delictivos valen”.
A estos hay que sumar los principios consagrados por el liberalismo a partir de las doctrinas iusnaturalistas e ilustradas de la modernidad, que conocemos como derechos humanos o fundamentales y que han pasado a constituir el soporte y la verdadera legitimación del moderno estado social y democrático de derecho.
Estos principios morales no deberían ser sometidos a regateo por ninguna política criminal y, por el contrario, deberían presidir y orientar todo el ordenamiento jurídico penal de una nación civilizada.
NOTAS
1 G.W.F. HEGEL: Principios de la filosofía del Derecho o Derecho natural o Ciencia Política. Edit. Edhasa, Barcelona, 1988, pp. 160-161.
2 J. BENTHAM: Tratado de legislación civil y penal. Librería de Lecointe y Lasserre, Madrid, 1938. Los utilitaristas, a su vez, consideran que los retribucionistas incurren en varios errores:
i) Al considerar la pena como una respuesta proporcional a la ofensa no están sino sublimando la venganza que manda devolver mal por mal, lo cual es irracional e injusto. ¿Cómo se puede pretender que de la suma de dos males (la ofensa y el castigo), resulte un bien?
ii) No es posible alcanzar un bien –la supuesta justicia retributiva y reparativa– mediante un mal, cual es el castigo.
3 ARISTÓTELES: Etica Nicomaquea, Libro V, Gredos, Madrid, 1993.
4 Cfr. Metafísica de las costumbres. Tecnos, Madrid, 1994, pp.168-169.
5 Ibídopcit., p. 17.
6 La escuela italiana, al decir de Carrara, comparte esencialmente este planteamiento moral y sus consecuencias jurídicas. “No se puede, pues, dice Carrara, aceptar como principio absoluto el derecho a la represión, la fórmula derecho a la corrección, porque si la consideramos respecto a la corrección interna, no da una razón absoluta de sí misma, y si la miramos por el lado de la corrección externa, se confunde y unifica con la tutela jurídica. Si declaramos a un perverso el derecho de corregirlo, empleando la expresión quiero que seas bueno, él negará obediencia a ese deseo, respondiendo que quiere ser perverso a su antojo y desear el mal como le dé la gana, sin que otro pueda –a no ser que incida en tiranía– entrometerse en ello mientras no se haya visto ofendido en el goce de sus libertades.” Programa de derecho criminal. Vol. I. Editorial Torres S.A., Bogotá, 1988, p. 15.
7 A. SCHOPENHAUER: El mundo como voluntad y representación. Porrúa, México D.F., 1992.
8 Metafísica de las costumbres, p. 116.
9 Ibíd., p. 167.
10 Ibíd., p. 167.
11 Ibíd., p. 166.
12 Ibíd., p. 167.
13 Lecciones de ética, Siglo XXI, Madrid, 1994, p. 95.
14 Ibíd. p. 95.
15 Ibíd. p. 127.
16 Metafísica de las Costumbres, p. 168.
17 Ibíd. p. 110.
18 Opcit., p. 209.
19 Ensayos sobre el Gobierno Civil, Edit. Aguilar, 1963, p. 109.
20 Metafísica de las Costumbres, p. 171.

(*) Fac. de Ciencias Jurídicas Universidad Austral de Chile.
Rev. derecho (Valdivia). [online]. dic. 2001, vol.12, no.2 [citado 31 Diciembre 2015], p.123-135. Disponible en la World Wide Web: . ISSN 0718-0950. 








Un artículo de Humberto Piñera Llera (*)

Si se me pidiera una definición de la diferencia esencial entre el animal y el hombre, diría con absoluta convicción que ella consiste en que el hombre aparece caracterizado por el afán de perfección. Pues, en efecto, tal diferencia es la única que de veras separa al animal del hombre, y cuantos otros detalles pueden también consignarse como notas diferenciativas, están implicados en la ya aludida. En lo restante, sean características somáticas, séanlo psíquicas, la semejanza y el paralelismo de estructura y funciones se muestran asaz visibles en ambas formas de vida la humana y la animal.
Pero, precisemos: ¿en qué consiste intrínsecamente este afán de perfección que filia exclusivamente al hombre? Consiste, para presentarlo esquemáticamente, en: 1) la capacidad que tiene el hombre de separarse de su contorno, de sustraerse a él, no físicamente lo cual no tiene ninguna importancia, sino inespacialmente (para no comprometernos por ahora con ningún vocablo tales como mente, espíritu, &c.); 2) la puesta de una conciencia, que adviene de la separación antealudida, y que, por una parte, implica el darse cuenta de; y por otra hace patente al hombre la indigencia de esa separación, o sea que sin que le sea posible independizarse totalmente de ese contorno, ha de hacerlo parcialmente, padeciendo con ello el ser y no ser simultáneos y recíprocos en que se resuelve en última instancia la vida humana. Finalmente, 3) la escindencia hombre-contorno se funda definitivamente en la trascendencia, que a su vez, y como en dos gradaciones sucesivas e intrastrocables, constitúyense en conciencia teórica y conciencia moral.

Hay pues, en el hombre, en primer término una capacidad dualificante, por la cual la totalidad de su ser se escinde en dos polos o subregiones, a saber: el hombre y el mundo, o como quería Fichte (aunque no sea posible admitirlo por razones que ahora no cabe exponer) el yo y el no-yo. Esa capacidad dualificante es la que justamente, al decir de Max Scheler, diferencia al hombre del animal en cuanto que éste sólo tiene medio, mientras aquél posee un mundo; o sea que sí es capaz de separarse de su contorno y objetivarlo, de tornarle en algo extraño a él, incomprensible y azorante. El hombre dementiza el contorno en que se halla indisolublemente situado, se niega a aceptarlo como algo suyo de hecho y de derecho, admitiendo en principio que lo sea de hecho, mas no de derecho, y es justamente por ello que se lanza a la aventura que consiste en preguntarse desde sí mismo por la razón de ser de ese contorno del cual se escinde inespacialmente y en cuya virtud se torna extraño y extrañante. El mundo es, pues, el resultado de un desglosamiento del hombre y su contorno, que torna a eso que así queda como la otra parte de la dualidad resultante en algo hostil al hombre, que le acosa y asedia al situarlo en la insoslayable necesidad de preguntarse por la razón de ser de eso que no es propiamente él, pero que, además, da razón del ser del hombre, para que pueda éste realizar cabalmente el destino propio. Al hombre le importa el mundo, tiene que importarle, pues la indiferencia (absoluta, como en el ser inerte, vbg., la piedra; o relativa, la vida instintiva del animal) no es posible en el hombre. Pero, con esto último, con el concepto de indiferencia, caemos en la segunda de las cuestiones apuntadas ab initio.
Que al hombre no le es indiferente el contorno, puesto que inicialmente se separa de él, convirtiéndolo en mundo, quiere decir que ha de dominarlo, de vencerlo, al menos en algún sentido. Este dominio del hombre respecto del mundo proviene del hecho específico de la conciencia, que, como señalábamos hace un momento, supone a la par que un darse cuenta de, la patencia de una indigencia. El hombre se da cuenta, advierte que está separado del mundo, necesariamente, por virtud de su naturaleza humana; pero que es esta una separación no de carácter espacial ni tampoco de simple naturaleza mental, como la que puede hacerse por vía de la abstracción. Separado, quiere decir en este caso que se sitúa en un cierto modo respecto del contorno, sin desligarse totalmente de él, porque ni el hombre incluye absolutamente ese contorno, al punto de que le pertenezca íntegramente, ni tampoco ese contorno es totalmente independiente de él. Por eso, como lo expresa acertadamente Heidegger: la puesta de la conciencia implica el mundo, y recíprocamente, este supone la puesta de la conciencia. Por esto es que puede el hombre tener conciencia de su presencia frente al mundo y a la vez padecer la radical indigencia y menesterosidad de ese mundo al cual se encuentra religado, en el sentido de un doble nexo: el del hombre respecto al mundo y el de éste respecto al hombre.
Es precisamente ahora cuando entra en juego el concepto de trascendencia, a todas luces delicado, aun muy impreciso y de gravísimas implicaciones filosóficas. Pero de modo aproximado podemos decir que la trascendencia es a la par la razón de ser primera y última de la existencia humana. El hombre se pone como tal, como existencia de una conciencia, en el hecho primario de su dualificación respecto del contorno, [21] o sea de la mundificación de éste; pero, además, y como remate de su puesta como hombre, ha de manifestarse como conciencia de una existencia, o sea como advertencia de ese mundo y su correspondiente patencia de la separabilidad nunca absoluta, y por lo mismo causante de la extrañeza por un lado y del sentimiento de menesterosidad por otro. Pero tanto en el comienzo como en el final de este juego, uno y el mismo en cada instante de la naturaleza humana, encontramos como fundamento, como ratio essendi de esos principios y fin que se repiten infinitamente en número y sucesión, a la trascendencia. Al trascenderse funda el hombre el mundo y en la trascendencia de éste encuentra el hombre la razón de su ser como humano. Por eso decíamos hace un instante que el hombre se pone como existencia de una conciencia (lo que equivale en cierto modo a la mundificación del contorno, a la escisión dualificante), y culmina en la conciencia de una existencia (la siempre relativa explicación de su ser como constante referencia a ese mundo a la vez propio y ajeno, a la vez amable y hostil).
La trascendencia dota, pues, al hombre de su ser como tal y del ser del mundo. Y ya esto advierte de su fundamental importancia respecto de todo modo de existir. Si el hombre no se trasciende en el mundo, para fundar éste, no hay humanidad posible; pero tampoco hay mundicidad que valga si el mundo no se trasciende en el hombre. Mas la trascendencia, que así justifica la existencia de hombre y mundo, requiere a su vez una propia justificación. Y esta ha de residir, como toda justificación, en la razón que le asiste para ser lo que es. En su caso, su razón de ser dimana no tanto de lo que podría ser, no importa el modo en que fuere, en su comienzo, sino en su culminación, al cabo de su acción operante. Y esta culminación está dada por lo que la trascendencia tiene que ver con la conciencia teórica y la conciencia moral respectivamente.
La conciencia, que sólo se da en el hombre, no es una cosa, al modo como solemos entender lo de cosa habitualmente. Ni tampoco un acto ni una acción, pese al sentido dinámico que les diferencia de la cosa. De donde la suspicacia con que el filósofo tiene que acoger la noción psicológica de conciencia, al menos por lo que dicha noción ofrece de construcción. La conciencia, al menos filosóficamente, como también en el sentido de una nueva interpretación de la antropología, hay que entenderla como efectivamente la puesta del hombre en cuanto tal, como su advenimiento en cuanto ser que se ofrece íntegramente desde su exclusiva e intransferible condición de tal, en la triple connotación de su capacidad objetificante, de la patencia de su indigencia y de la posibilidad de su trascendencia, que implica, según se ha dicho ya, la de él respecto del mundo y la de éste respecto de él.
Esta conciencia, que así implica las ya aludidas capacidad objetificante y patencia de la indigencia, es pues, condición y resultado de la trascendencia. El hombre, por consiguiente, adviene a la hombredad y se asienta cada vez más en ésta, según la conciencia se afirma en su modo de ser como tal. La extrañeza desazonante en que se resuelve el mundo (el contorno mundificado) requiere, inevitablemente, pues, de otro modo la extrañeza no tendría razón de ser, que el hombre encuentre ocultas y como veladas por la incomprensión y la contradicción las cosas y los sucesos. Y en el afán de adivinar qué es lo que de veras late bajo esa costra de lo incomprensible y contradictorio, se funda la conciencia teórica, rectamente dirigida al qué son las cosas, los sucesos, es decir, cuál es su verdadero modo de ser; pues, lo que advertimos de inmediato no es sino lo aparente, lo mudable, lo efímero y tornadizo, ya se trate de cosas o de acontecimientos. Pero por detrás de lo mudable y contradictorio, algo parece subsistir y proyectarse con perfiles de eternidad, sin altibajos ni mudanzas en su fondo o en su forma. Realidad que trasciende, cualquiera que sea el tipo de conocimiento empleado, y que va ofreciéndose de modo cada vez más preciso, según el modo de conocer se depura; que va del mero conocimiento empírico al científico, y de éste al filosófico. Pero, también en la intuición de los valores eternos la verdad, la justicia, la belleza, el bien, &c. hallamos una comprobación de esa realidad que trasciende al hic et nunc del cotidiano modo de existir. Todo acto justo, o todo cuadro bello, &c., son relativamente justos o bellos. Algo, sin embargo, nos advierte que estamos religados a un otro modo de ser absolutamente justo, bello, verdadero, &c., que sólo en la trascendencia podemos alcanzar.
Finalmente, la conciencia moral sobrepasa a la teórica en cuanto que es la culminación de la trascendencia. El conocimiento empírico requiere del científico, ya que sin este último carece de toda justificación, pues lo empírico es la advertencia más diluida que puede hacer el hombre de la realidad por él mundificada. Pero a su vez el conocimiento científico carece de real fundamento si no se apoya en el filosófico, de donde la insoslayable necesidad de una metafísica tras toda física. Mas, a su vez, el propio conocimiento filosófico no puede quedar como mera justificación teórica, pues todo conocimiento rectamente fundado ha de estar además noblemente dirigido hacia el fin de los fines para el ser humano: un fin que se estructura doblemente como hazaña de libertad y salvación para el hombre. El hombre tiene que aspirar a la realización de estos dos propósitos, y todo empeño cognoscitivo, si ha de ser realmente válido, tiene que fundarse en su consecución. [22] Por eso, al cabo de toda metafísica, se encuentra una ética. No otro es el sentido del Sumo Bien platónico, de la charitas agustiniana y de la Razón Práctica de Kant.
Y ello porque el hombre aspira, ante todo, a ser libre. Más advierte, según se interna en el conocimiento de esa dualidad de que forman parte él mismo y el mundo, la diferencia entre lo que aparece y lo que es, entre lo mudable y lo persistente, o, como decía el viejo Platón, entre la doxa y el episteme. Al menos desde el comienzo de la filosofía el hombre establece una clara distinción entre las esencias y las existencias. A partir de aquí comienza la batalla que aún no ha terminado por llegar a una clara y si fuera posible terminante distinción entre ambos modos de la realidad. Mas, ¿qué ha pasado a este respecto? Lo veremos a continuación.
II
Nuestra civilización y nuestra cultura provienen de Grecia. Casi que no valía la pena decirlo, si no fuera por lo que hemos de exponer a continuación. Que provienen de Grecia significa, en este caso, que el módulo de nuestra concepción de la vida sigue siendo, en lo esencial de sí mismo, exactamente igual al de aquella. Igual, por cuanto a través de la historia de la cultura de occidente vemos cómo predomina inalterablemente la tesis helénica de una contraposición de esencias y existencias, que es el eje sobre el que giran tanto el conocimiento cuanto la acción. La cultura griega se inicia, al menos en lo que muestra de tesis influyente a través de los tiempos, con esa distinción entre lo aparente y lo real, entre el ser y el existir. Y como por ella estamos aún regidos y determinados, es por lo que todavía asistimos a una pugna, hoy ostensible en sumo grado, entre ambas calidades de realidad. Y, aún más importante: la libertad y la salvación han estado siempre y hasta ahora fundadas en esa distinción, y en el predominio de una u otra de ambas realidades.
Como es sabido, la historia de esa hazaña de siglos que es el filosofar, comienza cuando unos hombres, azorados por la extrañeza que producen las cosas y los sucesos, se preguntan qué son y por qué son. Pues advierte el hombre que él no es idéntico a esos sucesos y cosas, de donde la posibilidad de advertirlo, pero que sin embargo hay mucho de común entre él y ellos. Se encuentra en el mundo y frente a éste, en una insoslayable relación de mutua dependencia. Ni una absoluta soledad ni tampoco una plenitud absoluta, sino más bien un cierto intermedio. Y ¿cómo explicárselo?
Para el griego el hombre es una cosa más entre las demás cosas que le circundan, le maravillan y le azoran. Una cosa, claro está, que sabe de las otras y de sí misma, pero en una cabal exterioridad respecto de esas otras cosas que no son él, tanto como de sí. Por eso, y a diferencia de lo que luego va a ocurrir con el cristianismo, el tránsito en esa relación aludida es del mundo al hombre, no de éste a aquél. Es lo que se conoce de consuno como la falta de interiorización de la vida griega en la totalidad de su historia, de donde las tesis extrasubjetivas del trasmundo platónico, la entelequia aristotélica y la emanación plotiniana. Toda razón de ser del mundo y del hombre hay que buscarla afuera, exteriormente. Y esto explica la predominancia del intelectualismo y el esteticismo helénicos: el cosmos el hombre incluso, corno inevitable parte de aquél es logos y armonía. No en balde a la tríada platónica del Bien, la Verdad y la Belleza se arriba por teoría, por puro desfile intelectual.
Con el cristianismo, tiene lugar una completa inversión, que se sintetiza en el dual predominio de una radical interiorización y de una heterogeneidad raigal del hombre respecto del mundo. El hombre y el mundo proceden de la Nada, por un designio de Dios todopoderoso. Para llegar al conocimiento de lo que sea la realidad, hay que interiorizarse, volverse hacia sí mismo; mas no para quedarse aislado en sí, sino para a través de esta interiorización, en la que el mundo se aleja del hombre, acercarse a Dios, de donde dimana la sabiduría que permite saber de las cosas y de uno mismo. No es posible volverse en principio al mundo, porque, radicalmente, el ser humano es absolutamente heterogéneo a aquél, y para llegar a él ha previamente de pasar por Dios, a través de su propia interioridad. Además, el sentido y la significación del cosmos, posibles de hallar en Dios, no se obtienen puramente como un acto intelectual y estético (logos y armonía), sino por la caridad, como lo expresa San Agustín: non intratar in veritatem nisi per charitatem. Somos, y es el mundo, por el amor de Dios toda creatura.
Hasta el Renacimiento el mundo occidental vive suspendido en la mano de Dios. Esto se comprueba sin más en la tácita admisión, por acendrada fe, de una estructura piramidal de sobra conocida, que remata en Dios. Lo cual se traduce en una configuración universal de carácter teocrático y teocéntrico. Al través del amor se llega a Dios, que es la Verdad, y en esta está contenida la razón de ser de cuanto es o existe. El hombre medieval, pues, mira al cielo, y a su través contempla el suelo en que se asienta. Toda verdad, todo ser, todo destino tienen su raíz y su remate en Dios.
El Renacimiento es la señal más ostensible de un estado de quiebra de las convicciones medievales. Desde Santo Tomás y su sutil distinción entre razón y revelación, hasta Ockam y Cusano, pasando por Duns Scoto, la brecha es cada vez más pronunciada. Progresivamente, va quedando la razón como cuestión de puertas adentro del hombre y la revelación vase acentuando como actitud mística. La razón es atributo puramente humano, puesto que, como expresa Ockam, [23] la voluntad divina ha de estar más allá de toda limitación de la razón. Y como que Dios no es la razón, el hombre ha de retrotraerse a sí mismo, y permanecer en sí, y desde esta autopermanencia, hacer de su propio ser y del ser del mundo dos grandes temas. Hombre y mundo, humanismo y física, van a ser ahora y durante siglos los temas capitales de la cultura occidental.
Esto explica por qué adquiere, a partir del Renacimiento, tan extraordinario auge el tema de la ética, que en el medievo, o no existe, o es subsidiario del teológico. Se advierte ahora, al comienzo, en el afán de las utopías: Moro, Campanella, Bacon, como igualmente en los Ensayos: Montaigne, Petrus Ramus, Enrique Estienne, Erasmo. Y luego en los fundadores del idealismo subjetivo: Vives. Sánchez, Descartes; para hacerse finalmente decisivo en filósofos del jaez de Spinoza, Leibniz, Locke, Berkeley, Hume, la escuela escocesa, Kant, &c. La pérdida de Dios conduce al planteamiento de las dos grandes cuestiones que a partir del Renacimiento sofocan a la cultura occidental, a saber : la autosubsistencia del hombre y el problema de la libertad.
Porque estas no fueron cuestiones radicalmente decisivas para el medieval, y para el griego relativamente. Pues éste subsistía en la relación cosificante de hombre y mundo, y el problema de la libertad se reducía a encontrar una vía de escape en el conocimiento de la estructura armónica del cosmos, para traducirla en una actitud de vida. Y el medieval subsistía en Dios y era libre en él y en la medida en que Dios decretaba esa libertad. Pero desde el Renacimiento, como ha de depender de sí mismo, tiene que hallar en su propia autopermanencia la solución de ambas intrincadas cuestiones.
III
A partir del Renacimiento y en ininterrumpido proceso que alcanza a nuestros días, se opera una transformación que consiste esencialmente en transitar, primero, de la más acendrada creencia en Dios a otra no menos acendrada en el mundo; y luego de la creencia en este mismo, entendido como el correlato de la razón humana, a la conciencia. Y la historia de la filosofía comprueba cuán cabalmente cierta es esa afirmación. Especialmente desde Descartes queda el hombre constituido en punto de partida de toda realidad. Cada vez se reduce más y más a una pura conciencia el ego cogito (Descartes), el hombre como legislador de la naturaleza (Kant), el yo soy aquello que me hago (Fichte), el mundo como voluntad y representación (Schopenhauer). En conclusión, que cada vez queda más y más librado el hombre a su propia y exclusiva razón de ser, que no sólo ha de responder de sí mismo, sino que también del mundo.
Esta convicción cada vez más arraigada de que el hombre surge de sí mismo y para sí mismo,concluye inevitablemente en una correlación hombre-naturaleza que se resuelve definitivamente en un esquema de pura esencia teórica fundada a su vez en la más ingenua de las construcciones a que pudo haber llegado jamás el hombre de occidente. Todo es, tiene que ser, pura construcción mental, diseño de una correlación constituida por dos entidades hombre y mundo en que ser y pensar, conocimiento y acción se implican y resultan una y la misma cosa. De donde el psicologismo que rige y determina toda filosofía y toda ciencia en las postrimerías del pasado siglo. El conocimiento y la acción se implican doblemente: por otra parte, sin la segunda el primero no tiene sentido. Así se instaura el reinado positivista del cientificismo y la técnica, que a su vez resultan basamentos de la noción de progreso, entendido como un proceso de inexorable avance en todos los órdenes. El progreso es el fatum de la humanidad.
Cuando sobreviene tras la guerra de 1914-18, y para señalar alguna fecha la triple crisis de la ciencia, la creencia y la acción, el mundo occidental está suficientemente saturado de la utopía progresista como para sumergirse en el caos en que actualmente vive. Al resquebrajarse con gran estrépito la ingenua concepción progresista del positivismo, vuelve a plantearse, quizá si con mayor fuerza que nunca, la vieja cuestión de las esencias y las existencias. Y esto ¿por qué? Trataremos de exponerlo sucintamente.
La virtud fundamental del conciencialismo que ha determinado la vida occidental desde Descartes hasta ahora, es en mi concepto la de haber aparejado hasta hacerlo imponerse triunfalmente el concepto, muy contemporáneo, de lo histórico como conditio sine qua non de lo humano. Y ¿por qué? El racionalismo es por esencia antihistórico, como se prueba con el mismo Descartes, quien en el Discurso del Método, no importa la excesiva cautela que despliega, nos hace ver que está resuelto a barrer con todo lo establecido leyes, costumbres, tradiciones, incluso la vieja fe para reestructurar el mundo sobre nuevas bases. Así lo histórico y su ingrediente capital, el tiempo, quedan casi abolidos durante cuatro siglos, y en su lugar se instala una concepción especial del cosmos asaz totalizadora. Pero ya desde comienzos del pasado siglo empiezan a manifestarse las primeras señales de una reconsideración del proscrito elemento temporal. Primero es Kierkegaard, luego Nietzsche, a continuación Dilthey, más tarde Bergson, &c. El perenne abismo entre alma y cuerpo, entre lo esencialmente humano y lo esencialmente mundo, que el positivismo no logra salvar, conducen a una reconsideración de ambas esencialidades, en la que vuelve a salir a flote el tiempo. Lo básico y fundamental en el hombre no es lo espacial, sino la dimensión temporal. El hombre difiere sensu stricto de lo demás en esa su temporalidad, su historicidad, [24] en ese su no ser totalmente de una vez y para siempre. Individual y colectivamente el hombre es devenible. Ese es, pues, su real modo de ser: en su existencia lleva, pues, su auténtica esencia. La vida humana es historia, porque el hombre comienza siempre siendo ya parte de una historia (personal, familiar, local, nacional, &c.) y sigue siendo después y no sólo en tanto que vive, sino aún después, historia (no ya de, sino en los que le subsiguen).
Creo que habrá de comprenderse ahora cuál es el real fundamento en que se basan los existencialistas, sea cual fuere su peculiar matiz. Ante todo, la historicidad a radice de lo humano. Pero veamos cómo enlaza esta historicidad con la tesis existencialista en general.
Desde Grecia hasta casi nuestros días, hemos tenido siempre una versión intelectualizada del hombre. Esta tesis intelectualista ha tenido la virtud de hacer siempre del hombre un concepto, o si se prefiere, un esquema fundado en un concepto filiado, como todo concepto, por una serie de notas fijas y determinadas. Entre esas notas se destacan, principalmente, las del espacio y el tiempo. El hombre es pues el ser que habita en cierto espacio y dura determinado tiempo, y que resulta, en virtud de tal modo de concebírsele, una pieza intercambiable, exactamente como ocurre con las de un tablero de ajedrez o con las partes de una máquina. Tenemos, pues, tres elementos, siempre indistintos respectivamente, por lo mismo, siempre constantes: tiempo, espacio y hombre. Lo demás peculiaridades físicas, ambientales, sociológicas, morales, &c. son meras matizaciones muy secundarias. Así, hombre es el nominativo al que corrige o modifica un adjetivo: antiguo, medieval, renacentista, &c. Y en esta simplista abstracción hemos venido chapoteando durante siglos. Pero no, el hombre es, unas veces, hombre medieval, y otras hombre helénico. Es decir, no helénico en cuanto hombre, sino hombre por cuanto ha sido precisamente helénico y no otra denominación.
Tal es, pues, el sentido de la expresión muy cara a los existencialistas: la esencia del hombre es su existencia, o como gustaba decir Dilthey: el hombre no tiene un determinado modo de ser. Si no se la entiende de modo preciso y sin que queden márgenes a la duda, poco o nada podrá avanzarse en el camino de una inteligencia del existencialismo.
Y esto además explica la marcada preferencia que exhiben los existencialistas por el dato al detalle, por la pormenorización de lo contingente y, en apariencias, carente de importancia. De acuerdo a esta postura se expresa Antonio Roquentin, el protagonista de La Náusea, en los siguientes términos: Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.
Es por lo dicho anteriormente por lo que la filosofía de Martín Heidegger la más poderosa mentalidad existencialista de todos los tiempos ha comenzado por preguntarse acerca del ser del hombre. Aunque su obra capital Sein und Zeit pretende esclarecer la fundamental relación de ser y tiempo, luego de precisar en lo posible la respectiva naturaleza de ambos términos, Heidegger confiesa que sólo desde la naturaleza humana como tal es que puede hacerse tal clase de preguntas, porque, además, sólo al hombre le interesa y le urge por cuanto aún no lo sabe esclarecer en qué consiste él mismo, ese su ser que corre y ha corrido siempre en el tiempo, sin que jamás haya sido posible apresar la esencia que le determina como tal.
Y todos los existencialistas convienen, por lo menos, en esa tesis fundamental de la esencia existencial del hombre, sean ateos o cristianos, admitan la razón o la rechacen resueltamente. Y entre los que rechazan resueltamente la razón y además se oponen a toda referencia a un tipo de trascendencia Dios, la Nada, &c. que en algún sentido pueda implicar el nexo de lo humano con lo estrictamente existencial, se encuentra Juan Pablo Sartre.
Es por esto que la filosofía existencial en su totalidad puede ser subdividida en dos grandes acápites, según que se postule una contingencialidad humana absoluta o restringida. En el primer caso, estamos en presencia del existencialismo ateo. En el segundo se trata del cristiano. Y es claro que a su vez, dentro de cada una de estas dos principales ramificaciones, es posible hallar múltiples matices y peculiaridades que escapan inevitablemente a la brevedad de estas notas.
Para situar debidamente a Juan Pablo Sartre como existencialista, habremos de referirnos previa y sucintamente a dos grandes figuras de la filosofía existencial de todos los tiempos, y de las cuales beneficia Sartre directa y abundantemente. Estas dos figuras son el danés Soeren Kierkegaard y el alemán Martín Heidegger.
Empero y por estimarlo oportuno, haremos ahora una breve especificación de la obra sartriana en general. Esta es posible agruparla en tres fundamentales acápites. 1) Obras propiamente filosóficas: El ser y la nada y El existencialismo es un humanismo. Aquella condensa el pensamiento del autor en torno a las dos cuestiones capitales, entre las cuales y en amplísimo trecho se mueven las restantes ideas subsidiarias de su actitud existencial. La segunda es un recuento y sin duda una adaptación asaz original en ocasiones de la temática existencialista de Martín Heidegger. 2) Novelas: La Náusea y El Muro (colección de novelas cortas). La primera sirve a Sartre para mostrar al aguafuerte [25] los dos puntos de vista que parecen resultarle más caros: el afianzamiento de la sinrazón (la náusea que asedia hasta vencer a Antonio Roquentin) y la tesis de la inevitable naturaleza devenible del ser humano. 3) Teatro. Aquí la obra de Sartre se muestra mucho más próvida. Comienza con la tetralogía Los caminos del mar, que incluye en principio La edad de la razón y El aplazamiento, y continúa con La ramera respetuosa y A puertas cerradas. En general, el teatro sartriano es la parte más difundida, comentada y discutida de toda su producción, ya que ha sido, sin duda, la que ha servido mejor a Sartre para exagerar sus tesis de la irracionalidad, del amoralismo y de la contingencialidad de la vida humana.
Y volvamos ahora a Kierkegaard y a Heidegger. En aquél encontramos dos cuestiones capitales, que son sin duda la médula de toda su filosofía. Por una parte la tesis de un nihilismo absoluto y terminante, que se endereza contra la patente vulgaridad del hombre común, que según Kierkegaard es la fermentante levadura de esa abrumadora anonimidad y perenne desmentida de la auténtica condición personal, que es el individuo en cuanto parte alícuota de la masa. Sólo retrayéndose cada vez más, hasta alcanzar en dicha contracción un escape decisivo a la vulgar anonimidad, puede el hombre sentir la esencial miseria de su realidad como hombre, y padecerla en su integridad, a fin de sentirse entonces y sólo así como tal hombre. Nihilismo que implica el reconocimiento, mejor la patencia, de la miserable condición humana y por ende, además, la constatación de que existencialmente, es decir, en su itinerario terrenal, el hombre es pura contingencialidad librada a sí propia exclusivamente. Pero es ahora cuando aparece la segunda de sus cuestiones capitales, o sea lo que Kierkegaard ha llamado el salto, es decir, que al hombre le cabe la posibilidad de refugiarse en Dios el tránsito al Infinito amable, al seno de Dios; pero, eso sí, siempre que se aparte de la creencia ad usum gregis, y se resuelva en la pureza absoluta del cristianismo primitivo.
Tal es, en apretada síntesis, el pensamiento kierkegaardiano. Veamos ahora el de Heidegger. Este toma de su predecesor la tesis del nihilismo y la desarrolla de manera profunda y asaz sobrecogedora. El hombre surge de la Nada para volver inexorablemente a ella, a través de dos modos de existencia, que aunque parecen, cada, uno a su modo, facilitar el escape de esa Nada (que es para Heidegger la Muerte), lo que en realidad consiguen es hacerla más amable al hombre, si cabe la expresión. Veamos cómo.
La nada no es una negación, sino más bien, como expresa Heidegger, la patencia del existir. Quiere decir con ello que, en primer lugar, no hay una creatio ex nihilo de acuerdo al dogma cristiano. La condición esencial del hombre es ser-en-el-mundo (In-der-Welt-Sein), ¿desde cuándo? Desde ya valga la expresión bárbara. Y ¿cómo? Pues, declara Heidegger, por el hecho de una puesta de la conciencia, de eso que al comienzo llamábamos existencia de una conciencia, y que implica y culmina en la conciencia de una existencia. O sea que el hombre sabe que existe, y existe porque lo sabe (que existe).
Ahora bien, que la Nada existe quiere decir que al hablar de Nada no estamos expresando lo mismo que cuando, preguntados por la situación o presencia temporal de algo o de alguien, contestamos: no está ahí, se fue, &c. Surgimos de la Nada, porque ella es precisamente la posibilidad de nuestro existir, pero no surgimiento por creación o por aparición (tal cual surge en escena un actor), sino que surgir en este caso significa hacerse inteligible el Mundo y con él a nosotros mismos. Es por eso que la Nada, la posibilidad de desinteligibilizar el mundo y a nosotros mismos, nos agobia constantemente. El mundo es, pues, a modo de inmensa tembladera en la que tratamos afanosamente de asentarnos valiéndonos de los interrogantes qué y para qué. Y en este afán, el hombre ha construido o tiene dos salidas, una inauténtica, a la que lo lleva el miedo y que es la existencia banal (Alltag); y otra la auténtica, producida por la angustia (legítima patencia de la nada), y esta es la existencia genuina (Eigentliche Existenz). Con aquélla caemos en la vida vulgar del hombre de masa (das Man); con ésta nos situamos en la actitud del que sabe que todo es vanidad de vanidades, y que, pura y nuda contingencialidad, el hombre ha de desembocar en la Muerte, el otro extremo de la Nada. Y es aquí donde, como vemos, Heidegger se separa de Kierkegaard. Por eso es su existencialismo ateo.
Sartre utiliza la concepción nihilista de Kierkegaard prescindiendo, eso sí, de la tesis del salto. O sea que se queda con lo que refiere a la pura contingencialidad de la vida humana. Y aprovecha de Heidegger la tesis de la Nada como fundamento de esa contingencialidad, pero no admite la distinción heideggeriana de las dos formas de existencia (auténtica y banal) y la inevitable liquidación de ambas en la Muerte (Sein zum Tode). En cambio, insiste excesivamente en la determinación que la nada ejerce en la estructura de la naturaleza humana y en la del mundo, que en Heidegger no aparece así; pues el pensador alemán, aunque rechaza de plano que ab initio la puesta de la conciencia como tal y el conocimiento implícito en ella sean de naturaleza teórica, no niega la gradual inteligibilización del cosmos, siempre posible al hombre, aunque tan posible resulte igualmente su desinteligibilización, o sea la sumersión absoluta en la Nada. Y este es el flanco acusadamente irracionalista que muestra, como su aspecto más destacado, la filosofía existencial de Sartre. Podría decirse que Sartre se complace en llevar al extremo la tesis heideggeriana [26] de la posible y constante capacidad (llamémosle así) de anulación de lo inteligible humano y cósmico, tanto como la inicial y esencial en Heidegger de la puesta del hombre como pura actitud práctica, el hombre del útil, del instrumento, del para qué, previo al del qué y el por qué.
En La Náusea ha logrado plasmar Sartre de modo preciso lo que para él significa y constituye esa su tesis de la irracionalidad como el ingrediente primordial de la existencia humana y en general de todo existir. La palabra Absurdo dice Antonio Roquentin nace ahora de mi pluma; hace un rato, en el jardín, no la encontré, pero tampoco la buscaba, no tenía necesidad de ella; pensaba sin palabras, en las cosas, con las cosas. El absurdo no era una idea en mi cabeza, ni un hálito de voz... Y más adelante escribe: Pero yo, hace un rato, tuve la experiencia de lo absoluto: lo absoluto o lo absurdo. No había nada con respecto a lo cual aquella raíz no fuera absurda...
Empero esta tesis es compartida, y es pues oportuno consignarlo ahora, por la mayoría de los existencialistas contemporáneos, como sucede, para citar sólo un caso más, con el también escritor francés Albert Camús, entre cuyas obras es posible citar L'Etranger, Caligula, Le malentendu, La Peste, Le mythe de Sisyphe. En esta última nos dice: Se trataba antes de saber si la vida debía tener un sentido para ser vivida. Aquí aparece, al contrario, que será tanto mejor vivida mientras no tenga sentido. Y poco después añade: Vivir es hacer vivir el absurdo.
Para concluir, ensayaremos una brevísima recapitulación de lo que es posible considerar como puntos fundamentales de la filosofía de Sartre. En primer lugar, como Heidegger y en general los existencialistas, afirma que no es posible hablar de una naturaleza humana, pues el hombre es lo que se hace. Empero este hacerse implica según Sartre una decisión colectiva, con lo cual difiere de Heidegger, ya que tal decisión colectiva supone una causa física, real, respecto de la angustia. Para Sartre la angustia es el resultado del sentimiento individual de responsabilidad colectiva. Lo cual se explica si atendemos a la condición sociológica de la obra de Sartre.
En segundo lugar, se opone a la idea de Dios porque ésta, según Sartre, implica inevitablemente la admisión de lo esencial en términos de la naturaleza humana como arquetipo (la esencia hombre), ya que la idea de Dios presupone la prefiguración de esa naturaleza humana arquetípica. Y toda prefiguración, toda arquetipicidad significa un eludimiento de la verdadera responsabilidad humana por el hecho de existir como tal. La libertad sólo puede provenir de una absoluta espontaneidad.
Esto supone, en tercer lugar, la negación de valores, normas, &c. El hombre está condenado a ser libre. Nada de prefiguraciones ni teologismos capaces de determinar su conducta. Puede a lo sumo atender el consejo ajeno, pero hasta cierto punto, pues incluso ya en su selección de tal o cual consejero, va implicada la decisión al respecto. Y así, de acuerdo a lo expresado, no cabe hablar de una naturaleza humana, pero sí de una condición humana, o sea la ineludible realidad del hombre de hallarse en un mundo, lo que equivale a decir que forzosamente ha de trabajar, de luchar en contra o a favor de otros, de morir, &c. Factores que exhiben dos caras: una objetiva, por cuanto son igualmente vividos por todos; subjetiva la otra, ya que cada quien los vive de acuerdo a sus peculiaridades intransferiblemente personales.
El hombre, en conclusión, dice Sartre, se inventa a sí mismo. Su relación con el mundo es indisoluble e inevitable, y su vida es programa que comienza y alcanza hasta donde la propia decisión humana puede o quiere hacer que llegue. De esta suerte, el hombre se halla connotado en su verdadera naturaleza por dos factores: la espontaneidad y la responsabilidad. El hombre ha forzosamente de escoger, de seleccionar entre hombres y cosas, pero si en esto no cabe la libertad, sí en cambio en lo que toca a la selección, ya sea ésta por espontánea decisión o por asesoramiento, aunque en este último caso, y como ya se dijo, hay una decisión previa a la selección.
Si se me exigiera una escueta definición de la actitud filosófica de Sartre descontada la peligrosa sumariedad de tal definición diría que es la filosofía de la irracionalidad llevada hasta el extremo de una construcción sistemática de la sinrazón. En este sentido cabe infligirle una durísima crítica. Pero si atendemos a lo que ella representa como fiel trasunto de una realidad universal, y en cuanto acabada expresión de una gravísima crisis, como es la que actualmente exhibe la vida occidental, diría que es admirable. Lo admisible no es precisamente lo que Sartre, al menos aparentemente, quiere que sea esa realidad proyectada como futuro, sino lo que él genialmente ha logrado plasmar como lo que, pese a todo, es contemporáneamente. En fin de cuentas, es como si retrocediendo fugazmente a través de los siglos, cediera la palabra al sabio de Efeso, y volviéramos a oír su admonitoria voz: la estancia segura es para el hombre lo abierto para la presencia de Dios.
Parece, en efecto, como que de nuevo hayamos cerrado esa puerta. Cuando vuelva a abrirse, Juan Pablo Sartre será entonces como una saludable advertencia en la Historia.

(*) 1911-1986. Conferencia pronunciada en la Sociedad Lyceum el 28 de septiembre de 1947.
Publicada en Revista Cubana de Filosofía (1946 - 1958). La Habana. 1948. Nro. 3, 1948. págs. 20-26.  
(Impresiones dudosas de un viajero en México) Por Ignacio Castro Rey.
“Ella sacudió la cabeza como si se despertara de un sueño. Por el techo abierto vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, unas cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día”. Juan Rulfo, Pedro Páramo

El aire silvestre de algunas comidas parece aliado al cromatismo mortal de las paredes. Ocres, azul noche, oro viejo, aguamarina. Las incendiadas fachadas mexicanas son un monumento a la magia de las estancias, de un habitar entre ecos. Los colores hacen una morada con la pobreza terrenal de cada sitio. Invitan a quedarse, a demorar los sentidos, como aquel camión rosa que encandilaba a un visitante anglo en Porto. Ya sólo por esto, como tal vez ocurre en ese medio mundo que los pendejos del norte llaman atrasado, los colores indican que estamos en un universo cuya cultura de los sentidos es ajena a lo que nosotros llamamos desarrollo. La velocidad exige otros tonos, tan anémicos como nuestra sangre, esos espacios y colores suaves propios de la pecera de lujo que es el barrio de Santa Fe.


1
Y después nos encontramos en esa percepción flotante del viajero. Fuera de los hábitos que te encauzan en el lugar natal, lejos de casa y del trabajo, oyes, miras y atiendes de otro modo, con todo el cuerpo. De ahí la hiperacusia que se siente en algunos lugares de estrépito, la fatiga que producen algunos masificados centros turísticos. Si te liberas del estereotipo que condena el entorno mexicano a la pobreza, no es fácil huir después de una mirada que será calificada de romántica. No es fácil, si vives exiliado en el desierto occidental, dejar de amar toda esta mezcla fulgurante de colores, voces musicales y cuerpos lentos, un poco como en los personajes insomnes de Rulfo. Y no precisamente en los espantosos colores de una televisión completamente ajena a la realidad bizarra del país, como no podía ser menos, sino en los mercados, en las fachadas y calles, en las cantinas y comidas, en el recargado barroco criollo de mil preciosas iglesias. También en la silueta tímida de dos jóvenes de Villa Hidalgo Yalálag, Yaniza y Camilo. Hijos de un dios menor: mera porcelana oscura.
2
Lo que el occidental de Australia a Francia llamaría rápidamente desigualdad, o violencia, es un magma complejo que viene de muy atrás. Existe, naturalmente, la pobreza; a veces, estimulada o inyectada por el propio Estado. Pero también mil formas de supervivencia y dignidad que los europeos y gringos, casi siempre protegidos por el filtro de sus cámaras y sus prejuicios cosmopolitas, no entienden en absoluto. Con frecuencia se vive en México una dulzura, también masculina, que no es frecuente en medio de lo que llamamos desarrollo. En El laberinto de la soledad se menciona incluso que una mujer casi siempre impone un poco de respeto en México, modula el trato y frena algunos peligros. Es posible que este aspecto del machismo mexicano le haya pasado por alto a algunas feministas del puritano norte wasp. Pero bajo los rituales del respeto, de una educación esmerada que a veces puede rozar lo oriental, se esconden también formas insólitas de evasión, incluso de desprecio hacia nuestra soberbia. Ellos están llenos de vida, por eso la irregularidad preside todas las relaciones y todavía puede ocurrir algo. Nosotros estamos neutralizados, de ahí la multiplicación de pantallas y prótesis tecnológicas. Hemos conquistado el orden (incluso nuestras protestas, y también las relaciones amorosas, son espantosamente cívicas), pero hemos perdido la vida, cualquier gota de sangre en las venas. Hasta el flamenco español se resiente de una clonación que deja para el turismo y el espectáculo la vitalidad que no cabe en el automatismo de la macroeconomía.
3
Para empezar, nos confunde el mito occidental de la elección. Bajo su esplendor en realidad seleccionamos, y consideramos bueno o malo, dentro del círculo vicioso de lo que hemos mamado y heredado. Ninguna cultura es capaz de ver los prejuicios que le permiten ver y estar en el mundo. Así pues, cuando un niño con la boca herida, las manos juntas en una súplica muda, se acerca llorando a nuestro coche parado ante el semáforo en rojo, son posibles muchos efectos distintos entre la indiferencia, el gesto de fastidio y la piedad casi llorosa. ¿Morirá ese chico, pronto? Por el contrario, ¿posee su propia y soberana forma de vida, desde la que no nos envidia y en la que jamás entraremos? Quién sabe, pues eso es exactamente indecidible cuando el coche arranca otra vez con el semáforo en verde. Donde quiera que vayamos debemos llevar con nosotros un interrogante abierto. Si no, además, ¿para qué viajar? Solamente el racismo mundial de la información, con su división esquemática de papeles, tiene claro el significado del mundo, su reconfortante división de riqueza y pobreza, de víctimas y verdugos.
4
Se puede, en aquel momento empapado, dar una limosna para quitarnos la molestia y la culpa de encima, pasando otra vez al verde de la fluidez. Deja atrás el dolor, reinicia el día, pasa a la pista de baile. Pero también podemos atrevernos a detener la tarde, dejando que el rojo que para la circulación se convierta en un signo y permita una bifurcación memorable. Al menos por un instante, que volverá, podemos sentirnos hermanos de ese ser lacerado, tomándolo como icono de nuestra dudosa condición. El niño que implora en el semáforo se convierte entonces, incluso en su imagen sacrificial, en algo más radiante que esas paredes incendiadas bajo los cielos crepusculares de México. De hecho, no fueron solamente Artaud, Malcolm Lowry o Ivan Illich en Cuernavaca. A despecho de su fama de tierra peligrosa, toda la nación está salpicada por miles de visitantes (no sólo estadounidenses) que han decidido quedarse, hechizados por la hospitalidad, la riqueza antropológica, las posibilidades de negocio o la vitalidad híbrida del país. Es posible que todo México nos recuerde sencillamente que es peligroso y difícil vivir, algo que en el implacable primer mundo, allí donde la religión numérica hace su agosto, hay que aprender por caminos mucho más torcidos.
5
La violencia tranquila de los colores. Se podría volver ahora, sin más, a la manida cuestión de las drogas. No hemos tenido la suerte de otros, conociendo a una chamana que nos guíe por las sendas escarpadas de otra percepción. A decir verdad, tampoco hace falta, por eso tampoco recordamos con detalle las revelaciones de Don Juan a Castaneda. Es posible que la Revolución, que para algunos era ante todo una subversión de lo inmediato, nos librase entonces de la urgencia de paraísos artificiales. Pero la forma en que entendimos la revolución se prolonga ahora en estas percepciones mexicanas. No necesitamos ninguna droga distinta al espesor de estos amarillos alucinógenos en las paredes ardientes, de esos cielos que parecen palpitar con un anuncio bíblico, como si las colinas y las propias nubes fuesen otro personaje, no menos animado que las personas. A pesar de muchas precauciones con el agua, durante quince días revivimos el mito de una ebriedad que apenas necesita otra cosa que un vaso de agua. La irrupción triunfal de la planta en nosotros se consigue también dejándose llevar por la marea de lo visible, por ese eco de sombras que arrastra el entorno. Como en la pequeña iglesia de San Agustín Etla, donde mi compañera y yo enmudecimos de emoción ante aquella anarquía coronada. El perro adormilado en la escalinata del pórtico, el viejecito doblado y sordo que barría, los santos policromados en gestos dolientes. Tan cerca de Dios entonces, diría otro Juárez, tan lejos de Estados Unidos.
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Si alguien pudiera rezar todavía, sin haber olvidado a qué dios, en qué altar, diría: Señor de todos los hombres, hazte tierra, desciende a la alquimia lenta de estos colores. Incluso la casa azul de nuestra anfitriona, esos amplios espacios con fotos de ayer, su silencioso verde vítreo transitado por empleados discretos, están lejos de una fría distancia norteña que hace necesarios los estupefacientes para sentirnos vivos. Nuestras categorías críticas jamás pueden abandonar la oposición y la dialéctica: el mundo y la tierra, la ciudad y la selva, el individuo y la comunidad, el concepto y los sentidos. Pero todas las distinciones (y a veces son muy tiernas, como el Studium y el Punctum de Barthes) quedan atrás de esta energía del hormiguero mexicano, donde la distancia crítica es el hábito cultural para exiliarse en un mundo laminado. Todavía hoy el impresionante barroco de origen español sigue mostrando una fulgor fenoménico inalcanzable para Kant, esperemos que no para Lacan.
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Por hacer un chiste fácil, ni siquiera lo nouménico está a la altura de esta intensidad en duermevela de la apariencia mexicana, aunque no sea de origen náhuatl, mixe o zapoteco. Lo nouménico kantiano, tal vez lo real lacaniano, respira en Oaxaca en la inmediata viveza del símbolo, del lenguaje y las costumbres, de mil caras de lugares mágicos apenas entrevistos. Toda nuestra mitología moderna, incluso la de corte radical, se queda a las puertas de este templo telúrico y humano que pocos como Rulfo han sabido revivir… y en el que Paz es poco más que un turista inteligente y atento. Hasta Heidegger, con o sin Malick, parece más apto para compensar la planicie protestante de Texas que para el abrupto relieve antropológico del pueblo Díaz Ordaz, de los barrios de Condesa o Coyoacán. Aquí las plantas, las casas y la pintura, son ya otro personaje, cargado de murmullos y voces. La mera figura de Pedro Páramo está prensada con mil estratos, no sólo con el recuerdo suspendido de Susana y sus ojos aguamarina. Aunque es cierto que muchos mexicanos no necesitan leer Pedro Páramo. Sería incluso una redundancia. Están demasiado cerca de ese abrazo de la vida en la muerte y es comprensible que quieran librarse de él. Los otros, los intelectuales que flotan en un parque temático cultural o universitario, viven demasiado lejos de un México profundo que tal vez, por puro y simple desconocimiento, ni puedan despreciar.
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Cuando por fin llega a nuestros lares, lo que llamamos nivel de vida define, selecciona, dibuja un campo más o menos concentrado de enseres y seres. Expulsa al exterior de la tierra, a esa masa parda de humanos ajenos (o al interior de las almas, en ese misterioso prójimo del ascensor) todo lo que sea atraso, peligro o miseria. Frente a esto, el magma mexicano sigue enseñando la importancia estética, vital y ética de mantenerse en la indecisión, en la duda, en la inseguridad. De mantenerse en un pragmatismo complejo que utiliza constantemente una tecnología punta, acoplada al cuerpo y a los sentidos, para regresar una y otra vez a un territorio inestable. Lo nuestro, en Europa y sus satélites, es la pobreza de la riqueza, ese silencio oscurantista de los ambientes climatizados. Lo propio del México real es esta lujuria de la pobreza, una expresión multicolor y ambigua, a veces muy silenciosa, que brota del borde del mundo. La depresión, en el universo desarrollado, es el efecto de rebote de una lucha por la supervivencia que nosotros creemos haber dejado atrás. Como si esa tristeza que se siente en nuestros escenarios diseñados (confort, consumo, tecnología y geometría urbana) fuera un castigo divino por haber pretendido esquivar lo obligación moral de la escasez, de sentir los límites de la tierra.
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Extra grande para tapar el silencio de las raíces, la ausencia de sustancia. El tamaño es el sucedáneo pueril de una cualidad real para la cual muchos humanos ya no tenemos ninguna tecnología intuitiva. Esas habitaciones king size de los hoteles de Santa Fe, por ejemplo, donde la cama es tan grande que puede producir pesadillas. Mamíferos de costumbres, nos resulta un poco difícil dormir en esos espacios abstractos, ya que en ellos apenas encontramos un hueco. Solamente un primario sentido del humor, a veces del amor, y un sextante para la provocación, para la sorpresa o la tristeza, logran eventualmente un poco de relieve en esos escenarios aplanados por el lujo. Todos los que en México o en España huyen del relieve, de una misteriosa cualidad real que asocian con el atraso y la pobreza, entienden la vida como una planificación detallada, una oferta constante que debe amurallarnos y protegernos de la mugre. Hasta en los restaurantes caros de Oaxaca se nota (en el diseño de los platos, en las prisas del servicio) una pérdida de amabilidad, de paciencia y sorpresa, a manos del automatismo global. Igual que pronto ocurrirá en Madrid, en los locales caros mexicanos la medida calculada del whisky ofende no sólo por lo exiguo, sino sobre todo porque sea exactamente calculada. Así es nuestro paraíso, lo contrario del maravilloso pierdealmas que se encarna en el mezcal: un orbe ligero y rápido, regulado por el reemplazo y el halo de seguridad que éste genera. El estrés nos libera de la gravedad. Pensando en nuestra metafísica del control, que siempre expulsa a la humanidad y a la tierra fuera, alguien ha dicho que la esencia de la economía nunca es económica. Se trata de un álgebra de oposiciones que deja la comunidad del encuentro, y el riesgo de la alteridad, para mañana. Nuestro problema es que sin riesgo no hay vida, ni común ni singular, sólo la interactividad compartida de esta presencia narcisista.
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Querido Karl, ¿dónde estabas mientras se producía esta jibarización de la economía política, esta distribución masiva y voluntaria de la alienación, esta democratización mundial de la auto-explotación? Se da una curiosa paradoja. Nos conocemos, a los demás y a nosotros mismos, en la medida en que estamos encerrados, presionados y apretados, más o menos como en El ángel exterminador. Al decir de un viejo refrán, a los amigos se les conoce en las dificultades. Afortunadamente, en el fondo siempre estamos rodeados (prejuicios, lengua, cultura natal), aunque nuestro entorno climatizado simule justamente lo contrario. Basta una broma un poco provocativa para que se precipite la presión de una escena, un encierro que muestra quién es quién. Así pues, convocando un mundo elemental, la provocación es necesaria para desenmascarar la aburrida hipocresía urbana. En tal aspecto, en el bufón de la corte (¿también en Cantinflas?) siempre se esconde un dramaturgo, una ironía sin la cual no hay ningún parto. Es necesario, una y otra vez, resucitar el indígena que llevamos dentro para romper los protocolos policiales del día y que el fin programado del mundo (sea en forma de consumo, turismo, cultura o entretenimiento) no se convierta en un menú total, sin escapatoria.
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Diáfano campus universitario en el DF. Vigilancia integrada, sin necesidad de vigilantes. Árboles alineados y desinsectados, con una franja blanca que los inmuniza de la tierra. Y en la juventud estudiante lo mismo, con un tránsito incesante que conduce en cien direcciones posibles y protege de la incertidumbre. Aunque Mauricio insiste en que la UNAM es otra historia, parece que en el campus el pacto de las especialidades, el estrés y la competencia nos libran del espectro de lo real. El caso es que es muy fácil simular esta simulación, disfrazarse en esta actividad múltiple. Siempre se podrá decir: En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis (Jn 1, 26). De ahí algunos de nuestros terrores durmientes, a veces en mitad de la mañana. Incluso en los más climatizados escenarios, para bien o para mal, late siempre un inescrutable factor humano. La humanidad de algunos guardias, taxistas y vigilantes. El humor discreto de algunos empleados y jardineros. Incluso algunos estudiantes que sonríen, algunos profesores que hacen afirmaciones irónicas y hasta preguntas reales. Más tarde una chica deficiente, en mitad de un pasillo de la Ibero, emite sin pudor sonidos guturales, aunque nadie parece hacer mucho caso. Poor little thing. ¿Quién la acariciará antes del anochecer? ¿También allí habrá dioses? Esperemos que sí, aunque a veces parece que el Lager estadounidense alienta cerca de estos decorados y sus murales postmodernos. Si repasamos el comienzo de Elephant (Gus van Sant, 2003), con aquella violencia afelpada y minimalista, recordaremos también que todo lo rechazado como mortal volverá como letal. ¿Hay ya una versión mexicana de esta intrincada ley del péndulo?
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Sí, la hay. Si al estadounidense medio, digamos, corresponde un exterior espectacular que prácticamente carece de alma, a veces el mexicano podría parecer un alma que no logra ningún exterior. Salvo tal vez en las bromas íntimas del trabajo, en la canción, en la comida y la conversación, en el amor y las lágrimas que derrama el mezcal. La timidez del público autóctono, su encantadora educación con el extranjero, tiene sin embargo el contrapunto de esa pillería que ocasionalmente puede atrapar al turista. O bien unos inesperados brotes de violencia que resultan fulminantes. En todo caso, como una de las peores herencias hispanas, el virus del auto-odio, del auto-desprecio, campa por la mitad de México, haciendo a su habitantes potencialmente esclavos de mitologías extranjeras. El problema, en España o en Latinoamérica, no es que se hable mal inglés, sino que se habla mal español, yaqui o gallego. Aunque Mario el taxista, desde su privilegiado puesto de observación, nos dice: “Mire, no es que no estemos orgullosos de ser mexicanos, es más bien que eso se lleva por dentro”. Y quizás aquí radica un problema: la potencia mexicana discurre demasiado adentro, como dice a veces Paz. Por el contrario, si tomáramos en serio a Luis Villoro, a las fotografías de Rulfo -incluso a Buñuel-, la modernidad mexicana partiría de asumir hacia afuera cierto esplendor de la pobreza. Una profundidad convertida en bandera, en riqueza antropológica, literaria, cultural y económica.
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Es posible que a tal salida política, desde nuestra Europa tan ordenada, le siguiéramos llamando populismo. Pero no sería imprescindible en este punto imitar al Norte, esa religión de la alta definición que ignora el atraso de la tierra, su reino de sombras. Los latinos podemos mantener, en el extremo de nuestra tecnología punta, una alta indefinición, una buena relación con la duda. Podemos ser capaces de sentir, pensar y vivir con lo más atrasado de nosotros mismos. El dilema podría ser: ¿cómo ser contemporáneos, y desenvolverse bien en inglés, sin caer en la anomiacultural del norte? Es posible que entre Rulfo y Paz, entre Villoro y Krauze, esté latiendo una polémica parecida a la que había entre Ortega y Unamuno acerca de lo que significa ser modernos. En España ha ganado claramente Ortega, pero esto nos ha convertido en patéticos habitantes de una nación que ha desmantelado todas sus formas de vida autóctonas a cambio del bienestar normalizado, de la religión del consenso y el turismo. ¿Seguirá el mismo camino México? No parece probable, pues esta nación tiene lo que los españoles parecemos haber perdido, una buena relación con lo trágico y lo no reconocible por la historia. Según Carlos Fuentes, todo el continente hispano mantiene un viejo orgullo enterrado.
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Imagina que odias el turismo, también como forma de venderse. Órale, dice Araceli. Odias por tanto la nube de vendedores fijos y ambulantes que te asalta cada tres metros en las pirámides de Teotihuacán para venderte algo, reflejos oscuros de obsidiana o gritos de jaguar enlatados. Ahora bien, ¿cómo vas a condenar ese mercado, o la picardía de los guías, si en principio eres un pendejo europeo que vas allí a coleccionarsouvenirs de lo que para ellos es su vida? La fotografía es potencialmente ofensiva, pues convierte en pintoresco lo que para los habitantes locales es una forma de vida. Es normal entonces que el autóctono, si acepta prostituirse, ponga un precio. Igual que aquel paragüero de Santiago que cobraba por cada fotografía que le hacían los turistas, razonando: “¿Me encuentran encantador mientras yo lucho por vivir? Muy bien, paguen”. Pero el turista tiene aquí la ventaja de que la modernidad mexicana no quieren ser perdedora, ni identificarse con los indios vencidos. De ahí la mala relación del Estado con el orbe indígena. Un amigo judío del DF, un poco atormentado, piensa que su país padece una freudiana “doble identificación con el padre agresor, conquistador, y con la madre indígena violada”. Si fuera simplemente así, poco se podría hacer con esa mezcla. Afortunadamente, nuestro amigo también lo sabe, no es del todo así.
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Detrás de esta complejidad late una certeza que hoy es posible confirmar en el Reino Unido, en Austria, en España y Rusia: no hay clase peor que la de los nuevos ricos, esa ferocidad ex-rural por negar las raíces, todo lo que huela a lentitud y atraso, para subirse a toda marcha a una opulencia obscena. De tal auto-odio proviene la voluntad provinciana de ostentación, tan vulgar en Madrid como en el DF o en Miami: retirarse a una pantalla, o a una mesa abarrotada todo el día, atendida por una nube de sirvientes, ofertas, preguntas, camareros y música. Hacer ruido, compartir, beber, bromear y saltar bajo un espectáculo a todo volumen. La pornografía de Facebook casi está hoy empotrada en nuestras calles. Igual que en España, Colombia o Italia, pero si cabe con más énfasis todavía aquí, pues la versión mexicana de la aldea global debe rellenar el pánico campesino, casi ex-indígena, a que vuelva la grieta local. Nuestro mundo, con el ideal de una única clase media, está dirigido sin ninguna clase por una laya de expertos que quiere escapar a toda costa de la naturaleza. El pánico al vacío preside esta enorme clase media que no quiere saber nada de la pobreza. Y para ello aparenta, endeudándose con camionetas cuasi militares y pantallas gigantes. Un encantador líder campesino de Yalálag hablaba de volver a la tierra y a la sencillez. Pero la consigna de moda en nuestras megápolis, sean París, Los Ángeles o el DF, parece ser: Antes muertos que sencillos. La complejidad consumista, su velocidad de reemplazo, es el nuevo Dios que, también en el campo de los afectos, nos salvará de lo elemental. Es como si el uno de la represión patriarcal hubiera sido sustituido por lo múltiple de una represión matriarcal mucho más eficaz. Un joven campesino gallego, hablando de la economía europea, decía: Vivimos bajo una dictadura, pero todo el mundo finge estar contento.
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Si lo ético es mantener una profunda relación con la indecisión y la duda, ya que eso es sencillamente el ethos común de los mortales, el estruendo del consumo, tanto en el DF como en Ámsterdam, debe sellar ese vacío. Si lo humano es mantener una buena relación moral con lo inhumano, decía el poeta Gary Snyder, nuestra tardomodernidad acelerada debe censurar y rellenar toda esa falta. Y esto, que la angustia no sea palpable por ninguna grieta, no deja de ser el colmo de nihilismo. En algunas urbanizaciones, en algunos hoteles y campus universitarios, la angustia puede entonces consistir en que nadie la siente ni la atiende. Como tantas veces ha insistido Baudrillard, y después Tiqqun o Han, una de las cosas más características de la opulencia occidental es la tristeza inexpresable de su confort, la depresión anímica que es el reverso de su automatismo. Exactamente igual que el lujoso hotel donde vives en Santa Fe, un encantador y terrible desierto amueblado. Una pecera ingrávida, sólo coloreada por el encanto oscuro de algunos empleados. También, hay que decirlo, en aquella inolvidable terraza nocturna del último piso, colgando sobre una riada de luces que parpadeaba hasta el horizonte.
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En muchos escenarios populares, no sólo en los mercados de Oaxaca, la pobreza juega por todas las esquinas con los destellos de su secreta riqueza, con una felicidad que sólo puede brotar de los bordes, del roce con la mugre y lo incierto de los límites. La ausencia de tierra y traumas nos anula y neutraliza… de paso que nos convierte en indiferentes al prójimo y amos de un nuevo esclavismo legal. Se dirá que es fácil hablar así, viniendo de la confortable Europa, desde la moqueta del confort. Pero no, no es tan fácil. Ya sólo hablar así corroe parte de nuestra moqueta, pues obliga a buscar una línea material de choque, de roce con los límites. Nadie elige el nivel social y material en el que ha nacido, que además tiene múltiples facetas, pero sí es responsable de las decisiones morales destinadas a hacerlo humano. Tanto si vives en un barrio destartalado de Jalisco como en una privada de San Sebastián Tutla, la tarea ética y estética es siempre la misma: allí donde estés, perfora la costra de las situaciones, busca dialogar con la vida mortal. Aunque sea haciéndole a los desconocidos preguntas forzadas. Solamente un puente con el demonio, con el mal de lo real, puede salvarnos de ese infierno radiante de lo igual. Salvarnos de esa violencia sorda del confort que Borges asociaba a un abuso metafísico de la democracia. Pasolini diría: Os odio, hijos autistas de la opulencia. Nosotros, hijos de su cristianismo roto, estamos obligados a jugar con otras posibilidades. Una mano en Teresa de Calcuta y otra en Marilyn Manson. Es de suponer que esto, precisamente en México, se puede entender muy bien. Hubo un tiempo en que cierto noroeste español lo dijo así: “Dios es bueno. Y el diablo no es malo”.
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Es cierto, de nuevo, que esto resuena fácilmente a romanticismo de clase, al diseño de una moda que busca, desde la altura de su lujo, completarse con un gesto de alternativo de vanguardia. ¿Indies y hipsters de alta definición?: Los pantalones rasgados deben compensar una vida excesivamente cosida, arreglada. Lejos de esta tontería urbana, para compensar política, ética e incluso médicamente nuestro grado de bienestar, se debe buscar vivir, pensar y sentir con lo más atrasado de nosotros mismos. Lo otro, jugar a ser moderno de la cabeza a los pies, es perpetuar la imperial ilusión de lo homogéneo, en los cuerpos y en las mentes, en la vida propia y en la de los otros. Es necesario, para seguir vivos, romper los protocolos del día, esa distribución policial de la visibilidad. Para empezar, no debemos mendigar reconocimiento: ¿Quieres vivir? Arma una modulación de tu fuerza, convierte tu miedo en un cuerpo. Tal vez esto nos exige ser extranjeros siempre, forzando las confidencias que hace (y se le hacen) solamente el que está de paso. Cada nación merece una antropología en crudo. Es más, sólo puede salvarse de los estereotipos por ella, liberándose del impresionismo de la información. Así, entre Oaxaca y el DF, a veces platicas con tu compañera de viaje como se platica antes de dormir, como si fuera a acabarse el día o ese minuto fuera el último. ¿En un tiempo que remata en cada aliento? Sí, pero no es tanto que el tiempo se detenga, como que el tiempo mismo vive sin tiempo, fuera de toda cuenta. Tal vez la puntualidad mexicana es aproximada (aunque también sobre esto hay también estereotipos), y casi nunca se llega demasiado tarde a las citas, en virtud de este tiempo maleable. El orden urbano tiene el reloj. La vida popular tiene el tiempo, grietas y espacios de vida en el tiempo.
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Millones de mexicanos se pasan el día comiendo en la calle. Así no hay forma, claro, de mantener la línea, la del progreso. En conjunto, en México se come demasiado bien para que el país abandone el relativo “retraso” propio de una país en vías de desarrollo. Para ser una nación avanzada hace falta comer basura, de la misma manera que es necesario tener una vida triste, y eso por ahora no parece que en México vaya a ocurrir. Huachinango con hierba santa. Tortas y mole negro con guajolote. Chapulines (grillos) y sal de gusanitos de maguey para acompañar la copa de mezcal. Incluso sopas enchiladas a horas tardías. Los deliciosos sabores mexicanos son a la comida lo que los matices hispanos son a la vida. En un caso y en otro, si hay riqueza popular, todo se juega en los detalles, las especias, los picantes y las salsas. Riqueza, vital y gastronómica, que se estropea con su estandarización turística, aunque sea de un supuesto alto nivel. Y se estropea también con esta ansiedad típicamente industrial que lleva a comer todo el día y a pasarse el día entero hablando de comida. Rodeando además los alimentos de una patética ilustración especializada y su pretendido alto vuelo. A veces, sencillamente, no sabemos cómo tapar el vacío. El metalenguaje culinario es ridículo, un triste sucedáneo de nuestra pobre relación con la potencia de los materiales terrenales. En este aspecto, los mejores restaurantes de Oaxaca son con frecuencia los más populares, fuera casi siempre de las guías. Y en el DF, hay que decirlo, no es menos atractivo el Salón Victoria que el Nicos, aunque la fama se la lleve casi siempre el segundo.
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Es fundamental en la comida, igual que en el sexo, no pasarse el día pensando en ello, ni rodear los elementos rituales con una cultura masiva y homogénea. Como la libertad o el erotismo, la buena comida nace de la necesidad, de una relación con los límites. Los alimentos se preparan en una cocina, y ésta (la de Teresa y Juana en Yalálag) condimenta sustancias que antes, en estado crudo, han rodeado al hombre y se han sudado en la suciedad de la tierra. Por paradójico que parezca, no hay buena mesa (la de Yira y Jonathan en San Francisco Tutla) sin una referencia de pobreza, sin trabajo, sudor y contacto terrenal. El sabor y el olor tienen que ver con materiales finitos, sustancias de equilibrio inestable que se pueden estropear. Convertir la comida en un espectáculo televisivo, con esos selfies en el caro restaurante de moda, es la señal de que entramos en la vía de la extinción. Extinción por imagen, podríamos decir, por sobreabundancia escénica. Muerte por alta exposición y maquillaje. La comida transgénica es, en este sentido, el equivalente gastronómico de tantas estrellas de cine estropeadas por el esplendor de lo idéntico, bajo el diseño exitoso de todos sus detalles. Bajo el dictado empresarial de lo homogéneo, como esas mazorcas de maíz iguales, al poco tiempo los humanos no tienen literalmente nada que decir, nada que vivir. ¿Qué emoción van a transmitir en las pantallas si ya no saben nada del infierno? A nuestra cultura urbana le cuesta entender que el choque con los límites, el fracaso, nos adelgaza y nos arma, manteniéndonos jóvenes. El éxito, por el contrario, encarna un peligro mórbido, la miseria de un envejecimiento por obesidad. El cáncer sólo concluye después una metástasis que ha empezado antes, en la expansión anómala de los estilos radiantes de vida. También en esos platos cuyo perfil queda tan fotogénico en Facebook como el de los humanos casados con su propia imagen.
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Si el capitalismo es un gigantesco globo hinchado por la huida, lleno exactamente de la expansión de la nada (preferimos el nihilismo de una nube abstracta a la suciedad de la tierra), su norma es mantener el pánico a cualquier singularidad exterior, que será sentida como un potencial pinchazo. De ahí que todo el mundo, en un orbe de opulencia, se blinde. Es cierto, como recuerda un vivaz profesor español, que lo real siempre vuelve, que los espectros siempre regresarán. Es así que también el extra grande mexicano se defiende como puede del magma popular de la nación, de su mezcla y peligrosidad, del pequeño detalle indígena. El desarrollo exige separación, una distancia y desarraigo que es el combustible del despegue. De ahí que cada institución privada que se precie (urbanizaciones, universidades, empresas) levante un muro de barreras y guardias armados por todas partes, casi siempre con chalecos anti-bala. Como contrapartida, el gobierno, al menos en Oaxaca, ha hecho casi imposible la tenencia legal de armas, excepto un pequeño calibre que apenas sirve para cazar.
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Calle Madero, La Alameda, el Zócalo. Fuera de la amplia zona del centro, el crecimiento inorgánico de la capital ha integrado como barrios lo que antes eran pueblos: Condesa, Coyoacán, Roma, Polanco, Santa Fe. Esto por no hablar de los miles de casas de colores, en condiciones inciertas, que se extienden en las afueras. Todo es tan apasionante para el extranjero, sobre todo la obra en marcha que es la vida en las calles, que apenas se tiene que recurrir a la agobiante oferta programada, al turi-terrorismo de la visita guiada. Hasta buena parte de los museos pueden dejarse para los tiempos muertos, que casi nunca llegan. Ya el tráfico del DF es una expresión del peso de lo informal en México, de un empuje americano que difícilmente puede tener regulación al estilo europeo. Al volver, ya desde el avión, la geografía nocturna española (con luces geométricas incluso en los pueblos) señala que regresamos al imperio europeo del orden y la seguridad. Las serpientes luminosas indican que estamos muy lejos del brasero desparramado que es América. ¿La madre patria reniega entonces de sus hijos naturales, como si vinieran de fuera de cualquier matrimonio? Mientras tanto, en México los imponentes carros de potencia estadounidense corroen el espacio de los peatones en los pasos cebra. Incluso los peatones de primera clase, en las zonas caras, deben esquivar la presión con cuidado. Por no hablar de esos topes, sin señales visibles, que te pueden reventar el coche si circulas a 60 kilómetros por hora. Dan idea de lo salvaje que ha sido aquí la circulación, y del número de atropellos, antes de que los vecinos o las autoridades hayan decidido esa medida drástica. Topes tan terroristas como una circulación que, sencillamente, te puede impedir cruzar durante media hora interminable. La agresividad de la grúa, literalmente persiguiendo a los coches mal aparcados para engancharlos por debajo, recuerda otra vez que no estamos en la dulce e hipócrita Europa.
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La globalidad sigue siendo inmoral y una inmensa falacia. Bajo su retórica mundial, que impone una homogeneidad que ha venido de la niebla del norte, los hábitos locales continúan siendo escandalosamente persistentes. Los microcosmos mexicanos, y un magma social explosivo, continúan ajenos a la capital, y también unos a otros. Por eso todos los centros estratégicos, de los restaurantes caros a los aeropuertos y las universidades privadas, se blindan con barreras y guardas de seguridad. Tal vez cada nación es una relación con el mito, el mito que le da forma al enigma de vivir en “este valle de lágrimas” (Rulfo). Y México llena como puede ese vacío, las dificultades que tiene para apoyarse en los pueblos tan distintos de su tierra: la comida y el trabajo incesantes, el tamaño extra en tantas cosas, de la hamburguesa a los carros… La música atronadora o el aullido del fútbol llega hasta los mismos sanitarios, donde casi tienes que concentrarte para poder orinar en paz. En efecto, para algunas almas sensibles, la angustia podría consistir, en este orden espectacular de la gran urbe, en que la tristeza parece prohibida.
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Ya solamente el enjambre antropológico que se extiende a los pies de Monte Albán indica que, aun suponiendo una clase política normal (“¿Qué podría significar eso?”, dice con sorna Gibrán, uno de mis interlocutores en el DF), esta nación es muy difícil de gobernar. En Estados Unidos existió desde el comienzo, por el tipo de conquista y civilización, si no unas clases sociales homogéneas, sí una élite política implacable (que no se mezclaba) y una organización moderna que facilitaron el gobierno. En México, a pesar de ser desde el comienzo la joya de la corona española, el caso es muy distinto. Toda la historia mexicana está llena de tirones, de pronunciamientos, de contragolpes e inestabilidad. Cuando por fin se alcanza una estabilidad institucional, con el PRI (Partido Revolucionario Institucional) u otros, es al precio de una degeneración burocrática que alcanza el esperpento. Un poco como en España, la competencia entre la autoridad estatal y la federal, superpuesta a los distintos estados, es fuente de mil corrupciones. Mientras tanto, la enormidad del país, sus mil tensiones internas, la cercanía explosiva y un poco humillante de Estados Unidos, separa a México del conjunto de Latinoamérica. Dentro de ella, tal vez solamente Colombia o Brasil pueden compararse a México en cuanto a potencia geográfica, humana e industrial; en cuanto a tensiones internas y peso del liberalismo.
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Luchas y activismo en el estado de Guerrero, en Oaxaca y en Chiapas… Es normal que los militantes anómalos de Comité Invisible, prácticamente desconocidos en México, estén fascinados por casi todos los experimentos de revuelta que se incuban en el país. No sólo se debe a la dimisión o torpezas del Estado Federal tal proliferación subversiva. Aunque los líderes campesinos de Yalálag sugieren, tal vez con razón, que parte de la contestación (también la de los maestros) se limita a reproducir, en el plano gremial y sindical, la sordera sectaria de todo lo político. Es como si los narcos solamente llevasen al extremo el sectarismo gremial o regional que caracteriza a la globalización mexicana. Tlacolula arriba, la carretera que parte de Oaxaca hacia los barrios de Yalálag, pasando por los pueblos mancomunados de Sierra Juárez, por Cuajimoloyas y Llano Grande, da idea de un abandono estatal que casi deja en pañales al nepotismo español. Sólo por ese índice no es extraña la desconfianza mexicana hacia todo lo que viene del Estado. Es como si ese maltrato estatal sistemático, que ninguna de las revoluciones supo arreglar, explicase tanto el poder de los narcos en algunos estados del norte como el poder magnético de ese otro super-narco que es, para medio universo mexicano, la elitista democracia estadounidense.
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Más aún que en España, en México todo lo que venga del estado (incluido a veces Octavio Paz) es visto con una lógica desconfianza. Es posible además que las dificultades para un enemigo exterior (Estados Unidos es demasiado fuerte; Centroamérica, débil; el sur del continente y España, lejanos) haya contribuido a mantener esta parcelación localista que recuerda un poco a la algarabía regional y local española, en parte de origen árabe. Aun suponiendo que, como en todas partes, los políticos no fuesen tan endogámicamente ineptos, la complejidad de la antigua Nueva España es muy difícil de gobernar. Haría falta el estado fuerte de los vecinos del Norte, de Europa o el Este, para sobreponerse a esa explosiva energía centrífuga mexicana. En todo caso, ¿permitiría la gran democracia del Norte que México se hiciera realmente independiente, de alguna manera nacionalista, con un gobierno fuerte? La respuesta es más que dudosa. La hipótesis de una guerrilla narco alimentada por el mercado estadounidense, como un mini estado que le disputa permanente el poder al Estado Federal, es un ejemplo de que Washington está poco interesado en la fortaleza mexicana. Ni siquiera en la limitada medida que lo sea un Canadá, que además no tiene 20 millones de pobres dentro del imperio. Con Obama o con Donald Trump, Estados Unidos hará lo posible por estresar y endeudar a México, como lo ha hecho con medio mundo que no es angloparlante. ¿Por qué engañarnos, hoy, en cuanto a este aspecto terrible de la modernidad? Naturalmente, esto no le quita a los mexicanos, en los aciertos y en los errores, su propia responsabilidad.
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Es sabido que conforme crece el crimen organizado, casi automáticamente descienden los delitos menores. Cada mafia, sea estatal o antiestatal, reclama sus privilegios. En la medida en que crece el poder de los pequeños estados narco, decrece la delincuencia común. Y viceversa, pues no tiene sentido asaltar a viejecitas al anochecer cuando eso perturba un negocio mucho mayor. A diferencia de la apacible Suecia (engañosamente apacible), todo el mapa mexicano, desde la historia a la geografía, facilita lo que un europeo llama inseguridad. Pero hay que decir quizás, a pesar de unas estadísticas pavorosas, que el problema en México, la primera línea de la violencia, igual que en España o Francia, no es la muerte violenta, con cadáveres descuartizados en primer plano. El drama moderno de la normalización, para el cual no existe nunca una suficiente definición fotográfica, es el final a plazos, la muerte lenta sin cadáver. No hace falta leer a Foucault o a Baudrillard para admitir que por cada cuerpo destrozado, de mujer o de hombre, hay mil seres humanos vencidos en silencio. Este es un aspecto de la modernidad en el que algún día tendremos que entrar y, sobre el cual, el imperio informativo que nos sirve los cadáveres del desayuno diario no tiene nada que decir, pues tal imperio se mueve (en plena época digital) por esquemas groseramente analógicos. Esquema análogos al espectáculo mundial que blanquea nuestro malestar. Ese tipo de condena democrática e industrial que tiene que ver con el desánimo gradual, con la sobreexplotación laboral privada y pública, y una depresión reptante que no tiene fácil diagnóstico. Tenemos constantemente en pantalla las muertes violentas, el cambio climático y el negocio del apocalipsis, para ocultar un arrasamiento de las interioridades que no tiene precedentes. El espectáculo del fin del mundo seguirá tapando, en México y en Canadá, la normalidad numérica de la extinción.
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Además, buena parte de la clase media mexicana, por no hablar de los 80 millones de pobres, ni se enteran de los horrores que escandalizan al mundo de los medios. Ya la vida de esa población depauperada es suficientemente espectacular. Con frecuencia el mexicano medio, también los guanabí (I wanna be) que quieren medrar, están demasiado inundados de trabajo, de sol a luna, para ocuparse de las noticias. La información es una cosa de ricos, materia prima exterior, manipulada espectacularmente para llenar vidas vaciadas por el nihilismo de la velocidad. Lo trágico es que la misma sociedad que necesita esa información facilita también los sucesos y las mafias que los producen. ¿Las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez, que tanto juego han dado en nuestra literatura de consumo, no tienen algo que ver con una forma elitista de diversión? Se decía en Bowling for Columbine: la información, desde el punto de vista objetivo y subjetivo, no sería nada sin una gobernanza basada en el entretenimiento. La humanidad elegida como esclava de la globalización, sea en Sevilla o en Puebla, ha de ver cada día a gentes a las que todavía les va mucho peor. También la violencia está en esa espantosa televisión que retransmite obscenidades sin fin, a espaldas del país real. También la violencia proviene del Estado; y no en sus ocasionales demostraciones de fuerza, sino en la soberana indiferencia con la que trata a gran parte de la población. Si no fuese por eso, el poder expandido de los narcos (que a veces hacen el papel criminal, benéfico o justiciero del Estado) sería inexplicable.
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Un profesor de la Universidad Iberoamericana sugiere, medio en serio medio en broma, que la especulación de un contacto extraterrestre en las culturas precolombinas puede tener un trasfondo racista. A falta del radiante Estados Unidos, argumenta Francisco, tuvo que haber una ayuda externa: ¿cómo si no pudieron esos pueblos atrasados lograr una cultura y unas construcciones tan refinadas y monumentales? El caso es que, como tal vez ocurra en Perú y Bolivia, el peso de las comunidades indígenas es sentido con frecuencia como un lastre en el resto del México mestizo y más desarrollado, aunque esto no se formule explícitamente así. A veces el físico de algunos campesinos podía ser directamente asiático, indonesio o japonés. Incluso podrían darse similitudes con la India en esta multitud oscura vestida con colores vivos, en sus minitaxis de tres ruedas, en las inmensas cuestas que llevan a algunos núcleos apartados. No sólo el Estado ignora mientras puede la diferencia cultural y los derechos de mixes, otomí y zapotecos, sino que probablemente subsiste un racismo multidireccional en la sociedad civil, no sólo de los mestizos blancos contra la gente de color. Esto se junta a la justa queja moral de algunos líderes indígenas, conscientes del abandono creciente de la tierra, la voracidad del consumo en el mundo exterior, la caída de la natalidad entre ellos y la huida de los jóvenes.
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Solamente por el estado de algunas carreteras, a veces parece que los antiguos conquistadores españoles, con toda su crueldad, se tomaron algunas molestias que hoy el Estado mexicano se ahorra. Como ocurre en otros lugares de Latinoamérica, hay sitios remotos a donde sólo llega la lluvia y el sol, la televisión y algunos misioneros. Aún así, algunas culturas mesoamericanas subsisten muy bien organizadas, manteniendo un grado de independencia y dignidad incomparable al de otros núcleos indígenas en el mundo anglo. En diminutas parcelas castigadas por la sequía de este año, la cultura del maíz produce en el microcosmos de las milpas casi todo lo que necesita una familia: frijoles, calabaza, chile…. La gente ha aprendido a organizarse al margen del Estado, aparte incluso de los casos extremos. Por decirlo del todo, en las comunidades zapotecas de Yalálag se mantiene incluso el horario tradicional, una hora menos de lo que dicta el resto del Estado.
 Por  Pablo Guadarrama González (*)

Resumen  
Los regímenes políticos y  jurídicos, y hasta las normas éticas imperantes en las formaciones económico sociales precapitalistas no permitían un amplio despliegue de libertades individuales que la ideología burguesa  se encargarían después de enaltecer con el objetivo de fundamentar la supuesta eternidad de una sociedad  supuestamente perfecta  y justificada por la razón, -entiéndase la presunta racionalidad del mercado- que constantemente pone de manifiesto la irracionalidad de su comportamiento y consecuencias. El espíritu moderno se forjó bajo los paradigmas de la igualdad, la fraternidad, la libertad: el postmodernismo es la crítica a las insuficiencias de esos paradogmas. El derecho en la modernidad se suponía que estaba apuntalado por la racionalidad de los argumentos propiciada por una supuesta vida democrática,  de igualdad y  justicia social que comenzó a resquebrajarse desde muy temprano cuando la sociedad capitalista  fue revelando cada vez más su naturaleza irracional  Las consecuencias del discurso irracionalista han sido muy fuertes y sus manifestaciones se han plasmado en esferas de la espiritualidad contemporánea  y por supuesto el  derecho en diferentes planos.
Palabras clave: modernidad, racionalidad, postmodernidad, derecho, discurso.



  1. El paulatino ascenso al poder irracional universal del capitalismo.
   Uno de los grandes dilemas teóricos de finales del pasado siglo XX fue el supuesto agotamiento  de la modernidad, -y con ella del humanismo, el racionalismo, el socialismo y hasta del cristianismo- (Lyotard,1990:11), a partir del controvertido  criterio según el cual esta no había cumplido plenamente sus funciones. Inexorablemente la modernidad sería  sustituida por una sociedad, sino superior al menos distinta en sus principios donde el derecho y la política  tendrían andamiajes muy diferentes e incluso contrarios a los que hasta ese momento se consideraba el paradigma de la sociedad liberal  y democrática.
   Con ese objetivo se reclamarían  nuevos análisis teóricos sobre aquellos trascendentales cambios, por lo que aparecieron innumerables estudios con variedad de enfoques justificativos o críticos de la convocada postmodernidad. De inmediato comenzaron a aparecer propuestas de instrumentar nuevos elementos estructurales para apuntalar una presuntamente ya existente  sociedad posmoderna.
A fines de los ochenta e inicios de los noventa del pasado siglo XX con el desastre del socialismo real se desató un triunfalismo neoliberal que auguraba buenos destinos el discurso voluntarista e irracionalista, revelado en su más común raigambre ideológica reaccionaria (1) y  cuyas raíces habían aparecido desde mediados del siglo XIX en Schelling,  Schopenhauer, Kierkergaard y finalmente Nietzsche. Precisamente este último fue uno de los precursores junto con Marx de la crítica a las insuficiencias de la filosofía moderna (Guadarrama:2005) y de la propia modernidad (Guadarrama, 2002:103),  aunque por supuesto con posturas muy distantes entre si.
     El discurso irracionalista  recobró nueva vitalidad pues parecía corresponderse muy bien con el discurso neoliberal que tomaba auge por entonces en aparente lucha contra los totalitarismos y reivindicando aparentemente la democracia, cuando en verdad esta es manipulada atenta contra las conquistas de la  modernidad por la propia naturaleza del capitalismo salvaje, donde se considera que el  valor supremo que debe regir las relaciones sociales es el mercado y por tanto el ser superior es aquel que lo controle. De manera que en el conflicto entre el plano económico y el político en el capitalismo globalizado y neoliberal se hace mucho más evidente que en los tiempos premonopolistas.
Para el economista español Juan Francisco Martín Seco “Todo el proyecto neoliberal puede reducirse al intento del poder económico por quitarse el yugo impuesto  por el poder político democrático”. Su credo, si así se puede llamar podemos sintetizarlo en siete puntos:
1)     Mundialización de la economía y aceptación del libre cambio.
2)     Mercados desregulados. En especial el mercado de trabajo.
3)     Política monetaria intensa restrictiva.
4)     Odio a lo público.
5)     Políticas fiscales regresivas.
6)     Destrucción de los mecanismos de protección social.
7)     Pretensión de hegemonía en el pensamiento económico” (Díaz Seco,1996:154).
Es evidente que para esas propuestas de desregulación de los mercados especialmente el de trabajo, las posturas racionales pueden resultar contraproducentes o adversas a sus intereses,  pues lo que se trata  de estimular es el caos, el desorden, la inseguridad, la incertidumbre al menos para los sectores  cuya subsistencia depende de buenas ofertas en el mercado laboral pues quienes tiene atesoradas sus ganancias no les preocupa mucho de manera inmediata sus posibles vaivenes.
Un estado de desequilibro permanente propicia que los obreros acepten cualquier oferta salarial o condiciones de trabajo indignas al menos para poder subsistir al día siguiente y  seguir buscando alternativas mejores. Por eso la metáfora de que en el capitalismo prevalecen las leyes de la selva no es una simple imagen poética, del mismo modo que no lo fue para José Martí la referencia al tigre voraz que acecha constantemente a los pueblos de Nuestra América para dar sus zarpazos (Martí, 1974).
La sociedad burguesa aunque desde su consolidación invocó el orden y progreso  entre sus consignas liberales fundamentada ideológicamente en el liberalismo y filosóficamente en el positivismo, (Guadarrama: 2004) especialmente en América Latina.
 Si algo debe diferenciar al socialismo del capitalismo es que frente a la espontaneidad  fundamentada en la validez de lo irracional el socialismo debe proponer el control racional de los recursos naturales y sociales en beneficio de la sociedad por medio de la planificación y tomando en cuenta las necesidades reales de los diferentes sectores sociales económicamente desiguales. Por esa razón el irracionalismo como filosofía es hostil al intento de construir racionalmente una sociedad mas humana y mas justa.
 Evidentemente en los últimos tiempos, especialmente  a principios de este no menos convulso sigo XXI tras la vorágine  de la globalización y los desastres causados por la implementación de  políticas neoliberales  se ha ido poniendo en desuso el discurso posmodernista.  Pero el hecho de su atenuación no significa en modo alguno que no sea procedente detenerse en el análisis teórico de sus implicaciones pues aunque tal vez no ocupe la atención principal de los círculos  intelectuales contemporáneos muchas de sus propuestas subyacen y se justificaron por determinados contenidos que poseían argumentos válidos y núcleos racionales suficientes
 La sociedad burguesa desde su gestación tuvo necesidad de desarrollar nuevas bases filosóficas y jurídicas, pero sobre todo para apuntalar teóricamente  un aparato jurídico y político como los derechos humanos o  elEstado de derecho que ni  la antigüedad ni el  medioevo le podían proporcionar plenamente a la sociedad, aun cuando pudiesen tomarse de manera aislada algunas conquistas anteriores.
 Estos derechos pareciera en ocasiones que tuvieran una determinación ultraterrena aunque no necesariamente divina pero dan apariencia de haber descendido del cielo a la tierra (2) o de presentarse como la línea del horizonte oceánico que mientras más se avanza hacia ella más distante parece  situarse, aunque en verdad siempre  se avance en el recorrido realizado.
 Si algo ha caracterizado a la sociedad burguesa es la capacidad de presentar como hechos favorables al progreso humano un conjunto de acciones que tras la fachada de derechos ciudadanos, derechos individuales o genéricamente como derechos humanos se han presentado  como conquistas extraordinarias de la humanidad. En verdad lo son  siempre y cuando estén acompañados del derecho a la salud, a la educación, al trabajo, a la seguridad social, a la alimentación, la vivienda, etc., en fin los derechos mas elementales de la vida que le permitan a una persona al menos el mínimo de una existencia digna, y una vez resueltos esos problemas vitales, entonces es deseable también tener  derecho al voto, a la palabra, a la protesta, a la reunión, el libre movimiento, etc.
 En los últimos tiempos de predominio de la ideología neoliberal  se han dado algunos pasos atrás en relación a la mayoría de las conquistas alcanzadas en cuanto a muchos de estos derechos (3) y especialmente después de la derrota del socialismo soviético y de los países socialistas de Europa Oriental tomó fuerza la idea de que muchos de esas conquistas sociales no podían ser sustentadas pues iban a contracorriente de las utilitaristas concepciones prevalecientes.
  Por esa razón Pablo Salvat considera que: “Por cierto, la reimplantación de la democracia ha sido positiva  y ha significado un retroceso  en el irrespeto a los derechos humanos de las personas. Sin embargo esta nueva situación  no puede considerarse  como la realización plena de esos derechos. Aún tenemos analfabetismo, miseria, exclusiones de todo tipo, entre nosotros. Por tanto hay que ampliar la noción  de los derechos humanos.  Y los campos que pueden irradiar  en el presente. Ello obliga a tener y producir una noción más amplia  de los derechos humanos, no remitida solamente a derechos cívico-individuales, sino también a todo aquel conjunto de derechos  que aparecen como condición de posibilidad para la misma realización de aquellas prerrogativas individuales” (Salvat Boloña,2005:136)
Lo cual resulta paradójico e  irracional pues es de suponer que el desarrollo de la democracia propiciara esos derechos y lamentablemente al menos en los últimos tiempos no ha sido así pues la democracia se ha limitado al plano de la política en lugar de ampliarse al plano social como oportunamente denunciara Antonio García Nosa, al considera que el despliegue de la democracia es   “un problema total que no puede ser retaceado ni resuelto por partes” (García,1951:5) Máxime cuando a su  juicio existe una marcada contradicción entre el capitalismo, el liberalismo (4) y el logro pleno de la democracia, la cual solo sería posible según su criterio en lo que debía ser propiamente el socialismo, que no era precisamente el modelo soviético.
  A la par la burguesía tuvo necesidad de desarrollar un instrumento más eficaz para salvaguardar sus intereses, esto es,  el llamado Estado de Derecho, aunque este también desplegara una fachada de universalidad representativa. Y con ese fin gestó bases filosóficas más acordes con las nuevas exigencias y hasta quizás en mayor consonancia con la tesis de Marx según la cual la realidad no puede ascender de los libros sino al revés los libros deben ascender de la realidad, lo cual no significa minimizar el papel de los pensadores en la formulación de modelos de sociedad, de sus leyes, rasgos, etc. Pero en verdad, una vez constituido el nuevo proyecto político y social es cuando más los analistas despliegan su actividad teórica para su apuntalamiento o crítica superadora. Siempre ha sucedió así en la historia y parece que el futuro no ha de ser muy distinto. Por tal motivo lo mismo hiperbolizar el papel de filósofos e ideólogos de los nuevos proyectos de reorganización sociopolítica resulta tan erróneo como minimizarlos. De ahí que los gobernantes históricamente desde reyes, presidentes o dictadores han tenido siempre necesidad de tener a su alcance inmediato algún prestigioso intelectual auténtico que pueda ayudarle a interpretar el mundo si desea conservarlo o transformarlo.
  Lo mismo Aristóteles en su asesoría al imperio macedónico, que Voltaire al zarismo o Fukuyama, Hungtinton, Brezezinsky o Toffler a los gobernantes estadounidenses no han hecho más que confirmar que la solidez de un imperio se puede también vaticinar no solo por las armas y el poderío económico, sino por la organicidad de los sistemas teóricos que lo sustenten.
En una dialéctica correlación las teorías se han apoderado de la realidad y esta se ha aferrado a ellas en tanto faciliten su desarrollo, pero cuando lo han obstaculizado han demandado nuevas formulaciones teóricas y casi siempre las han conseguido.
     La concepción de un Estado de Derecho no es una excepción fue una exigencia práctica de la consumación de la modernidad y ha tenido su consecuente  conformación teórica, pues según plantea Elías Díaz: “El Estado de Derecho es, así, una invención, una construcción, un resultado histórico, una conquista mas bien lenta y gradual (también dual, bifronte), hecha por gentes e individuos, sectores sociales, que frente a poderes despóticos o ajenos, buscaban seguridad para sus personas sus bienes y sus propiedades y que, a su vez, al ampliar el espectro, exigen garantías y protección efectiva para otras manifestaciones de su libertad; y ello, en forma tanto de positiva intervención en los asuntos públicos como de negativa no interferencia de los demás”. (Díaz:64)
 Ya hoy en día le resulta a la burguesía muy difícil presumir que sus intereses representan los de toda la ciudadanía  en general pues el ciclo de la revoluciones socialistas con sus éxitos y fracasos, puso en evidencia claramente que el capitalismo no era el mejor de los mundos posibles como auguraban los pensadores de la ilustración.
En verdad las transformaciones que se iban produciendo tanto en la esfera económica, productiva, comercial, financiera, etc., exigían grandes cambios en los aparatos ideológicos que justificaran las decisivas transformaciones que se demandaban  en el plano político y jurídico para instalar una sociedad con mayor nivel de desarrollo y progreso en todos los órdenes de la vida material y espiritual.
  La superioridad de un sociedad sobre otra nunca ha podido medirse en términos absolutamente cuantitativos por simples dimensiones concretas de producción o productividad, rentabilidad o capacidad de ahorro y consumo de la población, etc., sino por infinidad de elementos cualitativamente mas desarrollados tanto en el plano material como espiritual de una sociedad determinada, que desde los elementos sometidos al rigor de las leyes mercantiles hasta los más espiritualmente fecundos.
 Si algo ha caracterizado y diferenciado al capitalismo de  las sociedades que le precedieron, -incluso en algunos aspectos hasta en relación con algunas experiencias  del   socialismo real,-  ha sido la capacidad de soñar en la posibilidad del infinito enriquecimiento de aquellas personas consideradas exitosas, aunque su presunta suerte implique la destrucción de las posibilidades de dignificación de otras.
Los regímenes políticos y  jurídicos, y hasta las normas éticas imperantes en las formaciones económico sociales precapitalistas no permitían un amplio despliegue de libertades individuales que la ideología burguesa  se encargarían después de enaltecer con el objetivo de fundamentar la supuesta eternidad de una sociedad  supuestamente perfecta  y justificada por la razón, -entiéndase la presunta racionalidad del mercado- que constantemente pone de manifiesto la irracionalidad de su comportamiento y consecuencias.
 Con ese objetivo la sociedad burguesa fue conformando un aparato ideológico especialmente en el liberalismo, bien fundamentado filosóficamente que justificase sus propuestas y decisiones políticas y jurídicas. De tal modo ha ido gestando sus filósofos e ideólogos que se han encargado de conformar el aparato ideológico, político y jurídico de los nuevos sistemas sociales. Ahora bien como plantea Julio Fernandez Bulte: “no siempre los pensadores connotados representan las ideas políticas y jurídicas de su época, ni tan siquiera las de una clase o un estrato social”. (Fernández Bulte, 1977:3)
 La secularización de la política, como se evidencia en Maquiavelo, del mismo modo que se apreció en el Derecho, constituyó una necesidad inexorable para el despliegue de las nuevas relaciones de producción en la que de una forma u otra no podía ignorarse o excluirse los derechos de los reales productores de los bienes: la clase obrera. Bajo el manto de una igualdad jurídica formal  expresada en la condición de ciudadano se encubrió de manera sutil la justificación de nuevas formas de dominación aparentemente muy adecuadas y formuladas sobre la base de un humanismo abstracto.
 La modernidad en cierto modo se presentaba como la consumación de las propuestas humanistas gestadas en el proceso renacentista y de descomposición del  régimen feudal en el que la condición humana estaba supeditada a las voluntades de reyes, nobles y del aparato eclesiástico.
 La burguesía desde su gestación hasta nuestros días ha tratado por todos los medios de presentarse a sí  misma como la que más ha luchado por la conquista y ejercicios de  los derechos humanos al considerar que estos de un modo u otro a la larga siempre se han revertido favorablemente en su despliegue omnilateral que le ha posibilitado ir conquistando paulatinamente espacios inimaginables anteriormente.
 Si su ambición de poder al inicio de la modernidad se circunscribía básicamente al dominio económico y luego al político, a fin de poder asegurar ambas esferas se vio precisada a controlar la producción y el ejercicio jurídico de manera que el derecho no se convirtiera en un boomerang que afectara sus propios  intereses. Por último, no satisfecha con haber alcanzado conquistas extraordinarias en la industria, el comercio, la ciencia y la tecnología ya reconocidas en el siglo XIX, y a la vez en el control de las esferas básicas de la sociedad en el plano político y jurídico, se lanzó con fuerza extraordinaria en el pasado siglo XX al  dominio ideológico, cultural y espiritual  como nunca antes había sido posible gracias al manejo de medios masivos  de comunicación y a conocimientos cada vez mas profundos y precisos de la psicología, la sociología, la politología, etc., que le han permitido hasta la manipulación de las conciencias, con efectos desastrosos en ocasiones para la humanidad como fue permitir que Hitler o Busch hayan llegado al poder.
 A la burguesía no le ha bastado  con aprovechar al máximo las fuerzas encantadoras que desataban las ciencias naturales, discriminadas antes de la Revolución Industrial y posteriormente pragmáticamente impulsadas en beneficio del capital. También se ha dedicado a manipular los resultados de las ciencias sociales, las  humanidades- y hasta  la religión-   también en provecho propio.
 No existe esfera de la vida contemporánea lo mismo en campo económico, que en la sociedad política y la sociedad civil, desde las manifestaciones mas sutiles de la moralidad, la religiosidad, o las concepciones de la justicia donde los criterios de validez estén al margen de las formas de dominación burguesas contemporáneas. Sin embargo, seria superfluo presuponer que no ha habido cambios no solo en cuanto a la forma sino en cuanto a algunos contenidos básicos de la fundamentación filosófica  del capitalismo contemporáneo.
 A todo este fermento ideológico de triunfalismo contribuyó considerablemente  las crisis del socialismo  con las profundas antinomias (Guadarrama:2003) que planteó  generando  múltiples falacias entre ella que la historia había concluido y que comenzaría la época del sempiterno imperio del capitalismo y su ideología liberal renovada. 
 “Suponer que las instituciones burguesas –plantea Heinz Dieterich Steffan- no son pasajeras, sino que representan el fin de la evolución humana (Fukuyama) significa caer en el absurdo de afirmar que la sociedad burguesa está exenta de las leyes ontológicas del universo” (Steffan,2001:16). Argumento este que indudablemente resulta válido para aquellos que consideraban al comunismo como el unísono  derrotero final de la historia  que devendría en una aburrida sociedad de bienestar absoluto donde no habría nada que hacer pues todos los problemas estarían resueltos y superadas todas las posibles contradicciones, lo cual implicaba una rotunda contravención de toda concepción  dialéctica de la historia.
     En realidad y como considera  Wallerstein:“ La destrucción del Muro de Berlín y la subsecuente disolución de la URSS han sido celebradas como la caída de los comunismos y el derrumbe del marxismo-leninismo como fuerza ideológica del mundo moderno. Sin dudas eso es correcto. Además han sido celebradas como el triunfo definitivo del liberalismo como ideología. Esto es una percepción totalmente equivocada  de la realidad. Por el contrario, esos acontecimientos marcaron aun más el derrumbe del liberalismo y nuestra entrada definitiva  en el mundo posterior del liberalismo.” (Wallerstein,  2001:107)
 El destacado sociólogo norteamericano  al plantear a su vez las causas de lo que llama el colapso de la legitimidad (Ibid:37) que se vive en la actualidad considera con razón que “nuestra primera necesidad es tener claro que es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, que es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial  se encuentre encolerizada  con él o que, al menos, mantenga un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales” (Ibid:40).
 No resulta difícil observar cotidianamente sin necesidad de  dedicarse a profundas investigaciones de jurisprudencia, sino simplemente ante la pantalla del televisor observar tal colapso de legitimidad marcada porque las decisiones del gobierno del imperio mayor que ha existido en este planeta maneja la Organización de Naciones Unidas a su antojo cuando desea otorgarle alguna muestra de formalidad o simplemente la ignora totalmente para invadir pueblos y masacrarlos inventándose los pretextos como la existencia de armas químicas, biológicas, nucleares, etc., ya que presupone arbitrariamente que él y sus aliados son los únicos  que deben poseerlas para utilizarlas a su antojo. Jamás pudo imaginar Francisco de Vitoria a donde irían a parar sus valiosas contribuciones al derecho internacional y al derecho de los pueblos.
 Pareciera que el boleto de entrada de la modernidad a la postmodernidad tuviera como costo el abandono de la racionalidad y el predominio de la  arbitrariedad jurídica  en la relación entre los países capitalistas desarrollados y el mundo excolonial.
 La exacerbación de los fundamentalismos ideológicos, religiosos y políticos ha sido un favorable caldo de cultivo para estimular el irracionalismo como base filosófica de actitudes irracionales en la política y el derecho en este mundo globalizado y presuntamente postmoderno. (Guadarrama:1998)  
2.  El conflicto modernidad vs. Postmodernidad.
Ser moderno siempre ha exigido una actitud renovadora ante lo establecido y comúnmente aceptado como normal o adecuado. Una actitud moderna es cuestionadora de lo existente por considerar que no ha cumplido con las exigencias de los tiempos nuevos.  La postmodernidad pareció ser  la insatisfacción con la satisfacción de la modernidad. La modernidad puede, entre otras definiciones,  ser entendida como la etapa de la historia en que la civilización alcanza un grado de madurez tal que rinde culto a la autonomía de la razón y se cree fervientemente en su poder, propiciando así una confianza desmedida en la ciencia y en la capacidad humana por conocer el mundo y dominar todas sus fuerzas más recónditas, a partir del supuesto da que con el cultivo del conocimiento se logra la plena realización humana. De esa creencia se deriva otra aún más nefasta: considerar que el desarrollo de la técnica por sí solo producirá la infinita satisfacción humana de sus crecientes necesidades. La postmodernidad pone en entredicho tanto estas creencias, como que la historia transcurra es un proceso lineal y permanentemente progresivo y  ascendente. Una reconstrucción objetiva de la historia presupone necesariamente  reconocer los momentos zigzagueantes, los retrocesos parciales y totales, los altibajos en el progreso humano que conducen al discurso postmodernista a cuestionarse la validez de este todo tipo de progreso incluyendo el de los sistemas sociales, políticos y jurídicos. El mundo de la modernidad exigió la secularización de la educación,  la política y el derecho. Se pensó que al poner cada cosa en su sitio a partir de criterios humanistas y racionales se permitiría un mejor despliegue al hombre civilizado y laico. Pero la postmodernidad le ha  jugado una  mala pasada al hombre al atiborrarlo de sectas religiosas y cuasirreligiosas como para que no olvide su ancestral impotencia ante la incertidumbre y lo inconmensurable. El espíritu moderno se forjó bajo los paradigmas de la igualdad, la fraternidad, la libertad: el postmodernismo es la crítica a las insuficiencias de esos paradogmas. El canon de la igualdad jurídica ante la ley se deshizo ante la agudeza, tal vez posmodernista, del campesino que me comentaba en Morelia: "Aquí todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros". El igualitarismo del fracasado "socialismo real" reveló  lo que Nietzsche con sus irracionales desequilibrios auguraba al considerar que con la Comuna de Paris y las pronosticadas guerras y revoluciones del siglo XX  los pilares de la modernidad quedarían resquebrajados. La fraternidad preconizada por la modernidad se puso a prueba desde la Revolución Francesa y se atisbaron sus límites con los fracasos de los movimientos revolu­cionarios del siglo XIX. Empezó a revelarse que aquella sólo era más facti­ble de encontrar en los elementos, sectores sociales o clases cercanos  entre sí, en lugar de apreciarse entre los más distantes. La postmodernidad no sólo puso freno a la idea de la posible igualdad, sino a que la fraternidad incre­mentase sus posibilidades de vida. La libertad se ha constituido en emblema de la modernidad. La ancestral aspiración del hombre es realizarse en todos los planos de su vida material y espiritual y parecía que encontraría definitivamente su consumación en la vida política. La postmodernidad puso de manifiesto no sólo los límites de la política experimentada hasta el presente, sino también de toda posible políti­ca. La sociedad civil se ha convertido paulatinamente en fuerza desbordante de fronteras que amenaza ahogar la esfera de la política, aún cuando ésta re­verdezca por doquier en actitud desafiante. No hay modo de ser moderno sin ser democrático, aún cuando se olviden las taras griegas de esta conquista del género humano. La burguesía en su as­censo vertiginoso tuvo que enarbolar las banderas de la democracia y desa­rrollar ideas y prácticas novedosas para que éstas posibilitasen echar a andar la maquinaria del capitalismo. La postmodernidad demuestra que la demo­cracia es una utopía concreta que hay que seguir cultivando. Compartir la modernidad es sentir encanto por esos pilares de la civili­zación que Occidente ha querido monopolizar patrimonialmente. Con la postmoderidad crece el desencanto y se hace apología a veces a lo intras­cendente, porque hay aburrimiento de la trascendencia. Se pretende tras­cender a través de lo intrascendente, aunque no se renuncien en modo alguno a las conquistas de la modernidad, porque renunciar a la moderni­dad será siempre un injustificado suicidio del proceso civilizatorio. La mo­dernidad es una conquista del hombre sobre sí mismo, sobre sus defectos e insuficiencias. Es una victoria del logos sobre el ego. La postmoderni­dad parece ser el triunfo del ego sobre el logos. Pero no de un ego simple­mente individual, sino del ego de élites de consumo e intelectuales sobre las masas periféricas. El equilibrio, la racionalidad, la armonía, el sosiego, la iluminación, se han articulado en la visión estética del hombre moderno. El arte postmoderno tiene que asimilar aquellos valores pero como si los descalificara. Renuncia a ellos y bajo cuerda los reanima, como si fuera imposible dejar alguna vez de ser modernos.
La racionalidad moderna quería asfixiar los mitos como expresión de la infancia de la civilización humana que debía ser superada, pero en su lugar fueron constituyéndose nuevos mitos que ahora toman nuevos aires postmo­dernos. El hombre no podía jamás renunciar a los sueños, utopías, y a la construcción de mitos. La entrada a la postmodernidad parece ser el más grande en los últimos tiempos.
El efecto del derrumbe del "socialismo real" en Europa fue el  caldo de cultivo favorable para entrever que algún tipo nuevo de sociedad debía con­formarse para  entresacar al hombre del marasmo de los conformismos. La modernidad, contraproducentemente a su espíritu originario, ha frenado en ocasiones la renovación que siempre exige el espíritu revolucionario y que anteriormente la caracterizaba. Algunos discursos postmodernistas -y se hace necesario diferenciarlos porque no constituyen una masa uniforme­ estimulan la transformación radical, pero al tenerse presente la procedencia primer mundista de la mayor parte de los gestores del discurso postmodernista. se puede entrever mejor las pretensiones conservadoras de muchas de sus for­mulaciones.
La modernidad ha convertido el equilibrio armónico en presupuesto indispensable para conformar y resguardar el orden existente. La postmodernidad induce al desenfreno, justifica la esquizofrenia social, siempre y cuando ésta no conduzca a que la trastocación de valores ponga en peligro las principales conquistas de la modernidad.
Para ser postmoderno, consecuentemente, hay que pararse de manera ade­cuada sobre los cimientos bien encofrados de la modernidad. De lo contrario se corre el riesgo que tanto la modernidad como la postmodernidad vayan a parar al basurero de la historia, y eso no lo perdonarán los nuevos actores modernos que ya el futuro anuncia, al menos para estas tierras latinoamerica­nas, en medio de la bruma postmodernista.
En América Latina la postmodernidad aún tiene muchas cuentas pendien­tes, cuando quizás ya en el mundo desarrollado parecen sobrar chequeras para pagar las cuentas que exige la postmodernidad. Sin embargo, dentro de ese mundo de despedidas de la modernidad, hay grandes sectores sociales que reclaman el complemento dé ésta.
El espíritu de la modernidad se embriagaba en la conformación de una cultura superior para que el hombre se sintiera también superior y lograse mayores niveles de identidad. El espíritu del discurso postmoderno puso en peligro la identidad cultural de los pueblos, porque ha pretendido homogenizar a través de los mass media la vida de los más recónditos rincones del orbe imponiendo los valores sin frenos de las sociedades primermundistas.
Es hora ya de asumir una actitud moderna ante la postmodernidad.
3. Fundamentos filosóficos e ideológicos del neoliberalismo
Aunque las ideas de libertad y justicia aparecen  entre las mas ancestrales expresiones de la civilización humana, del mismo modo que existen pruebas del antiquísimo conflicto desde las primeras reflexiones filosóficas  que surgieron en diversas culturas del mundo entre las concepciones humanistas y las  alienantes, no hay dudas,  que la elaboración teórica mas profunda de los  concepto de libertad y justicia sus mayores pretensiones de realización práctica han sido  una conquista de la modernidad.
Del mismo modo también que las conquistas democráticas  han sido paulatinamente alcanzadas desde las primeras manifestaciones de la civilización hasta nuestros días,  y en distintas regiones del orbe, nadie puede negar que la aceleración que le imprime la cultura occidental al proceso civilizatorio ha sido tan significativa que  en ocasiones se le hiperboliza (Mignolo:54) y se ha  llegado también a considerar incorrectamente que la  democracia, lo mismo  en su realización  práctica que en su desarrollo teórico, ha sido  patrimonio exclusivo del capitalismo y de la sociedad burguesa.
En verdad,  cuando se  pretende circunscribir el ejercicio de la democracia y de las libertades político-sociales a la modernidad y fundamentalmente  a la época de las luchas de la burguesía frente al feudalismo,  se es injusto con algunas  expresiones  culturales de otras épocas y regiones del mundo, que también desarrollaron prácticas e ideas democráticas.
 Tales interpretaciones maniqueas de la historia  han pretendido concebir el triunfo del capitalismo  respecto a las sociedades anteriores en términos  de blanco y negro, sin prestar debida atención a  las distintas  tonalidades de  grises que median entre esta sociedad  y las formaciones socioeconómicas anteriores. Se  ignora o subestima que la proclamada sociedad “moderna” y “civilizada” restableció las formas mas crueles de  esclavitud, y discriminación racial,  y  de ese modo puso en entredicho  la proclamada democracia y libertades burguesas, para una considerable parte de la población esclavizada, que incluso en algunos países y momentos llegó a constituir peligrosamente  mayoría. También usualmente se opaca que en el feudalismo, con relación a la sociedad esclavista anterior,  se  alcanzaron algunas prerrogativas  para los campesinos, siervos,  artesanos, funcionarios, etc. 
La burguesía en su ascenso vertiginoso necesitaba forjar con solidez las bases ideológicas de sus transformaciones y posteriormente de su  triunfo  revolucionario  y muchos pensadores de la nueva época se dedicaron a lograr la consolidación del aparato teórico  y filosófico del liberalismo que debía sustentarle. Algo muy distinto sucede en la actualidad respecto al papel de la filosofía en tiempos de globalización posmoderna. A juicio de Paul Ravelo: ¨Así las cosas en la media en que la densa y  plural red del capitalismo contemporáneo se  autoafirma como historicidad del desastre, de ella se dice que no es ya pensable por la filosofía pues ya no funciona ni con capacidad  de argumentación de cognición, ni con criterio regulativo de prescripción ética. Hay ya factibilidad pero no criterios universales  de validez de tipo cognitivo-moral.¨(1995:47)
Ahora bien, la filosofía moderna había ido gestando en el plano epistemológico y ético una serie de concepciones que facilitarían  el posterior desarrollo de los criterios sociopolíticos e ideológicos del liberalismo.
Si no se hubiera producido con antelación los descubrimientos de la trascendencia de la subjetividad, de la capacidad racional humana, de la relativa igualdad entre los hombres, del culto a la libertad en todos los planos de la actividad humana incluyendo lógicamente hasta la libertad de creencias religiosas, etc.,  difícilmente hubiese podido el liberalismo cristalizar en un coherente aparato de sustentación ideológica a las bases económicas y políticas de la sociedad capitalista.
Cuando Descartes  sostenía que “nunca he creído que mi espíritu es más perfecto que el del vulgo y con frecuencia he llegado a desear para mi espíritu cualidades que en otros he observado: rapidez en el pensamiento, imaginación clara y distinta, memoria firme y extensa”(1971:4) Estaba sentando en el siglo XVII  algunas de las bases para la consideración, en algún modo, de la igualdad humana y de las posibilidades que debían otorgárseles a todos, especialmente a través de la educación,  para el libre desarrollo de sus potencialidades personales.
En esa misma temprana época de la sociedad burguesa los fundamentos políticos y jurídicos  del liberalismo encontrarían un fuerte antecedente en la concepción sobre los fines del Estado de Spinoza (6). Era lógico que sus ideas tan precoces en una época tan temprana del desarrollo del capitalismo resultarían para el poder dominante muy peligrosas y por tal consideración  fueron  censuradas.
Del mismo modo al  Rousseau plantear que “no es, pues, tanto el entendimiento lo que establece entre los animales y el hombre la distinción específica, sino su calidad de agente libre”,( Rousseau, 1983: 538)  establecía la condición de la libertad como condición básica de la existencia humana. Aunque en otro momento se lamentaba de que “el hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás” (Ibid:605). Con esta declaración el liberalismo podría posteriormente alimentarse, sin percatarse del doble filo de la  misma. Por esa razón en el se alimentó el espíritu revolucionario jacobino y el ilustrado se tornó ideológicamente revoltoso.
Las bases  filosóficas e ideológicas del neoliberalismo lógicamente descansan sobre  los pilares del liberalismo, según las cuales el eje central y primordial de la
sociedad es el individuo el cual debe salvaguardarse por encima de cualquier otra entidad, aun cuando esta presuma representarlo como Estado, partido, clase social, Iglesia, etc.  Se parte del presupuesto que la libertad individual debe ser protegida esencialmente para salvaguardar el derecho a la propiedad privada y que esta pueda someterse a las “libres” relaciones de la economía de mercado.
Una interpretación forzada de los fundamentos filosóficos  tanto del liberalismo como de su renovación contemporánea podría llevar a pensar que su proclamado individualismo implica necesariamente desatender cualquier tipo de compromiso y obligación social o colectiva. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Los mas preclaros pensadores de todos los tiempos, desde Aristóteles con su consideración del hombre como zoon politikon,  hasta los ilustrados modernos, han insistido siempre en que el hombre no es un ser aislado o absolutamente independiente de los demás seres humanos (Marx, 1966:635) y de las distintas formas de organización social que existen en la historia.
Ya desde el siglo XVIII,  en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”  proclamados por la Asamblea Nacional de Francia  se expresaba claramente la preocupación porque la realización de tales derechos no implicara  una absolutización de lo individual y por tanto algún tipo de indiferencia por las consecuencias sociales de los mismos. Así se plantea en su epígrafe IV. “La libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites  que aquellos necesarios para garantir a cualquier otro hombre el libre ejercicio de los mismos derechos; y estos límites sólo pueden ser determinados por la ley.”( 1986: 104). El excesivo individualismo preconizado por el neoliberalismo contemporáneo  si bien tiene vasos comunicantes con la defensa de la individualidad planteada por el pensamiento liberal anterior, constituye en verdad una extralimitación peligrosa  que atenta ideológicamente contra la necesaria cohesión social que exige cualquier sociedad civilizada.
Posteriormente uno de los padres del liberalismo decimonónico,  John Stuart Mill, declaraba que “La única parte  de la conducta de todo hombre de que es responsable ante la sociedad, es aquella que se relaciona con los demás. En lo que sólo concierne  a él mismo, su independencia debe ser absoluta. Todo individuo es soberano sobre sí mismo, así como su cuerpo y su mente”(1995:32). O sea que si bien por un lado establece una soberanía sobre la persona, toma precauciones en que la realización de la misma no implique en modo alguno la afectación de otros. La preocupación por lo social es permanente en este y otros ideólogos  del liberalismo (Ibid).  
Tal vez uno de los rasgos que diferencian al neoliberalismo de su precursor es brindar mucha menos atención a la interdependencia social de los individuos, al pensar de manera ilusoria que la resultante de la lucha aislada por la supervivencia de los individuos de manera espontánea siempre redundaría en beneficio social, algo que la experiencia histórica en lugar de confirmar ha desmentido y ha sido reconocido por muchos investigadores.
Debe destacarse que incluso ideólogos del liberalismo  decimonónico y cultivadores del socialdarwinismo como Spencer trataron de encontrar en el meliorismo  una fórmula que contribuyera a conformar confianza en la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida de los más infortunados a través de la educación, de la atención de las empresas a sus obreros y de los gobiernos a los ciudadanos, aun  cuando el filósofo inglés fuese un defensor de las prerrogativas del individuo frente al Estado.
 Spencer consideraba que en los primeros estadios de la evolución humana se justificaba el enfrentamiento por la supervivencia entre los  individuos, tanto animales como humanos. Pero este hecho era solo comprensible durante una primera etapa de la evolución social, pero no de manera permanente en la evolución
social, y  mucho menos lógico resultaría  que debía tender a incrementarse en el futuro. En su lugar consideraba que la solidaridad y la cooperación caracterizarían el rumbo del progreso humano (7).  Todo lo contrario parecen propugnar los ideólogos actuales del neoliberalismo, quienes vaticinan la futura guerra de todos contra todos en la que el cavernícola principio irracionalista de “sálvese quien pueda” debe  encabezar las nuevas constituciones neoliberales.
Sin embargo, la historia es testaruda y la trayectoria universal del pensamiento desde la antigüedad hasta nuestros días, pone de manifiesto que ha habido una mayor tendencia hacia el humanismo y el racionalismo que hacia las concepciones misantrópicas e irracionalistas. La mayoría de las  ideologías políticas, religiosas, concepciones filosóficas, éticas, jurídicas, han incrementado más su proyección hacia la consideración de lo humano y lo racional  como lo  supremo, en lugar de denigrar de tales condiciones. Por supuesto  no dejan de existir excepciones que confirman la regla y no simplemente en el plano de las ideas, pues los campos de concentración nazis constituyeron una prueba muy práctica y real de hasta donde puede llegar la barbarie de algunas irracionales ideologías elitistas y racistas, como las que en la actualidad parecen reanimarse.
El espíritu de la modernidad tendió mucho más hacia la concepción  de que el hombre debe ser considerado como un fin en sí mismo y a la vez debía ser merecedor de todos las  libertades y los derechos posibles, hasta el punto que su enfoque unilateral  condujo a un antropocentrismo cerrado y hostil a la naturaleza, amenazada hoy por la posibilidad de la hecatombe del ecocidio brutal, que la puede  conducir al irracional suicidio universal. 
El pensamiento ilustrado que sirvió de base al liberalismo se caracterizó, además de su racionalismo,  por su versatilidad y pluralismo en cuanto corrientes de pensamiento y posiciones ideológicas. Por tal motivo el liberalismo también propugnó a tono con ese ideal el culto a la individualidad, a la libertad personal, a la creatividad, la diversidad y la riqueza de ideas políticas, jurídicas, y especialmente la confianza en el progreso humano (8), etc.
  Durante mucho tiempo se esgrimió la acusación de que los regímenes socialistas habían aniquilado esa creatividad y  pluralismo ideológico e implantaban  de forma totalitaria, del mismo modo que los regímenes fascista una ideología única y oficial. Ahora lo contraproducente es que los ideólogos del neoliberalismo  se asusten ante el pluralismo ideológico e intentan establecer de forma universal un “pensamiento único”, que no admita la posibilidad de la construcción de un pensamiento alternativo.
El pensamiento clásico del liberalismo intentó fundamentarse  en los racionales principios de los derechos humanos, considerados conquistas de la modernidad. Estos derechos además de su carácter político como libertad de reunión, de palabra, elección, etc, implicaban también otros de carácter económico y social como el respeto a la propiedad privada, así como el derecho a la educación, a la salud, la seguridad, etc.
En este último aspecto se les presentó a los ideólogos del neoliberalismo un serio conflicto. Si por una parte, el Estado benefactor había intentado después de las experiencias del socialismo del siglo XX  en que se dieron pasos significativos en la realización de los principales derechos sociales, aun cuando no siempre fuesen debidamente acompañados por múltiples circunstancias del desarrollo mayor de derechos civiles y políticos, ya desde mucho antes de que comenzara a resquebrajarse  el Muro de Berlín, algunos ideólogos del neoliberalismo comenzaron a cuestionarse la pertinencia  de  los derechos sociales.
Donde mayor impacto han tenido los efectos de las oleadas privatizadora en  los servicios públicos y por tanto en los derechos de los trabajadores ha sido en los países de menor desarrollo, como en de América Latina, con cifras impactantes de deterioro de la calidad de vida de la mayoría de la población, (Fisk, 2000) así como  en el incremento en el grado de explotación de sectores marginales y usualmente discriminados como mujeres, niños e inmigrantes.  “Las consecuencias de la globalización – en el marco de la ideología neoliberal- y la flexibilización o de relaciones laborales que, con el desmantelamiento  progresivo de la estructura jurídica protectora del trabajo, como derecho individual y bien social, pretende la mercantilización –sin maquillaje  de ningún tipo-  de la mano de obra, y afectan tanto la entrada(sistemas de contratación) como a la estancia (precariedad, desregulación, movilidad, pérdida de derechos colectivos) y a la salida (sistemas de protección), del llamado –nunca más apropiado- mercado de trabajo” (López,2001:171)
A la hora de analizar el por qué de tales  giros tan significativos y no solo en cuanto a los derechos y conquistas sociales de los trabajadores entre el liberalismo decimonónico y el neoliberalismo contemporáneo no se puede desconocer las transformaciones operadas en el capitalismo en los dos últimos siglos.
Era lógico que en tiempos del capitalismo premonopolista la mayor parte de las concepciones filosóficas e ideológicas gestadas durante la gestación, nacimiento y desarrollo inicial de la sociedad burguesa se correspondieran con criterios de libertad, igualdad y  hasta  fraternidad, proclamados, independientemente  de su carácter formal, desde el siglo XVIII. De tal forma  en una época en  que los grandes monopolios industriales, financieros y comerciales no habían desplegado aún su praxis totalitaria se podían seguir cultivando las utopías abstractas (Bloch) proclamadas por el liberalismo en aquella etapa premonopolista.
 Muy distinta sería la situación cuando apareció el imperialismo y todas sus consecuencias monopólicas que pusieron en crisis incluso a muchos pensadores forjados en el espíritu liberal anterior como Bertrand Russel  o Enrique José Varona, para solo nombrar un relevante filósofo latinoamericano que transitó por similar  crisis ideológica a la del pensador inglés y a muchos otros.
Las tesis ideológicas   que se acoplaban a las transformaciones operadas en el capitalismo a principios del siglo XX ya no podían nutrirse fácilmente del racionalismo, ni del positivismo porque chocaban violentamente con la  realidad socioeconómica y político social que se iba tornando cada vez mas irracional y totalitaria. 
El espíritu laico, y en ocasiones hasta ateo, que se había desarrollado desde la Ilustración comenzó a entrar en desuso y nuevas formas de fideísmo comenzaron a tomar fuerza, al punto que algunas han fortalecido el fundamentalismo religioso. Pareciera que la historia diera marcha atrás y a principios del tercer milenio cristiano
y el presunto triunfo de la postmodernidad resulta contraproducente que se escuchen convocatorias a “cruzadas” y a “guerras santas”.
 Es algo así como que  la humanidad de pronto cultivara una amnesia total de algunas de las conquistas  básicas de la modernidad, entre ellas, la secularización de política, el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, el derecho a ser juzgado debidamente con todas las garantías procesales, etc. y se  regresara a la cavernícola época  en que las normas  de vida o muerte las imponía el mas fuerte como a diario muestran las noticias.
El carácter demagógico de los postulados de las constituciones burguesas fue revelado con “honestidad” increíble por los propios propulsores del nuevo orden neoliberal que se iría imponiendo.
Asi Friedrich von Hayek, desde un presunto liberalismo radical, que se distingue por ser muy radical  en su pretensión de eliminar algunas de las conquistas de la sociedad burguesa en cuanto a derechos que benefician  a amplios sectores de la población, se planteó el cuestionamiento de la validez de los “derechos auténticos” que se reducirían a los políticos y jurídicos y lo que el considera como “derechos falsos”, es decir los económicos y sociales que erróneamente, a su juicio, la Declaración Universal de la ONU sobre los derechos humanos acogió. Esto pone de manifiesto los niveles de cinismo que está manifiestamente expresada en la ideología neoliberal, que llega a renegar hasta de propuestas elaboradas en épocas anteriores por la propia sociedad burguesa (9).
Indudablemente si no se hubieran producido las revoluciones socialistas del siglo XX y el logro de algunas de las conquistas sociales (10) que obligaron a gobiernos socialdemócratas y hasta algunos conservadores a tomar algunas medidas de beneficio social, a ensayar el keynesianismo y el Estado benefactor,  ante el inminente peligro de que la llama roja de se extendiera mas allá de la “cortina
de hierro”, seguramente el cinismo neoliberal se hubiera manifestado mucho antes y la historia del siglo XX hubiese sido mucho mas cruel de lo que fue, al menos para grandes sectores de la población en los países desarrollados y peor para la más atrasados.
Sin embargo, siempre resulta algo paradójico que muchos de los propugnadores del neoliberalismo y de la reducción al máximo de los beneficios sociales propiciados por el Estado,  muy frecuentemente envían a sus hijos a estudiar a universidades públicas europeas, o en sus propios países  y tampoco dudan de  recibir los beneficios de hospitales y otros servicios de salud para sus familiares, cuando estos aseguran la calidad requerida. Pero la inconsecuencia entre el discurso público y la vida privada de estos ejecutivos del neoliberalismo, no constituye un obstáculo para que continúen su apología de la omniprivatización.
A juicio de Angelo Papachini: “los derechos sociales son cuestionados por los exponentes de la corriente neo-liberal con base en estos argumentos: a) carecen de justificación racional; b) presuponen de manera equivocada  que el poder estatal tiene en sus manos la posibilidad de adecuar el orden del mercado a las necesidades de los miembros del cuerpo social; c) acaban por producir el efecto opuesto al que se proponen, porque obstaculizan el crecimiento armónico de la economía, que es el único instrumento eficaz para aumentar los recursos y disminuir la miseria; d) los fracasos o limitaciones con las que se enfrentan  quienes reivindican los derechos sociales y económicos hacen que se difunda la convicción de que los derechos humanos, incluyendo los relativos a las libertades básicas, no son nada serio y que se reducen a mera retórica, a simple aspiración poética; e) las demandas ligadas con la satisfacción de necesidades abonan el terreno para el despotismo y el terror” (Papacchini, 1994: 88).
  De todo lo anterior se puede extraer la conclusión de que los derechos humanos se han convertido en un boomerang que golpea en la actualidad a la ideología neoliberal emanada de las ideas liberales de la burguesía.
Bien es sabido que la burguesía es demócrata en tanto  le conviene para mantener un status quo favorable a sus intereses, pero cuando la democracia se convierte en un peligro  para estos, entonces rápidamente se convierte en pinochetista e  intenta golpes de estados.
La historia ha demostrado que aunque el neoliberalismo se nutrió filosófica e ideológicamente del liberalismo, finalmente se ha visto precisado a renunciar a muchas de sus fundamentos y formulaciones por el carácter “revolucionario” de sus propuestas.  La confusión de términos  es tal, que  ahora los  neoliberales resultan, en verdad, neoconservadores.
  1. Derechos, irracionalidad y  postmodernidad.
 El derecho en la modernidad se suponía que estaba apuntalado por la racionalidad de los argumentos propiciada por una supuesta vida democrática,  de igualdad y  justicia social que comenzó a resquebrajarse desde muy temprano cuando la sociedad capitalista  fue revelando cada vez más su naturaleza irracional  la cual  se expresa en muchos planos: los que más trabajan menos disfrutan de la riqueza social; los que menos necesitan  reciben proporcionalmente la mayoría de los recursos materiales que ni siquiera son capaces de consumir; las mercancías son echadas al mar antes que cumplir una función social;  lo social se extingue devorado por lo privado y sin embargo los propietarios de lo privado no escatiman en aprovechar al máximo los beneficios sociales cuando les conviene; la soberanía del Estado constantemente se ve amenazada por las empresas transnacionales y sin embargo ellas tampoco pueden prescindir de el; y el Derecho aunque ya no se le reconoce raigambre sacrosanta parece tener más poder alienante en relación a legisladores, jueces, fiscales, etc., que en el mismo medioevo.
 La irracionalidad se fue poniendo a la orden del día evidenciando desde temprano el agotamiento de una utopía abstracta: la sociedad absolutamente subordinada y manejada por el mercado. Y aunque este aparentemente se subordina a leyes en verdad no existe nada más irracional que el mercado mismo,  pues siempre resulta manejado en última instancia por innumerables mecanismos extraeconómicos que ponen en tela de juicio la validez absoluta de las presuntas leyes mercantiles inexorables.
     El anunciado triunfo de la irracionalidad sobre el logos de la modernidad se plasmó especialmente también en la vida jurídica contemporánea, pues como plantea Arthur Kaufmann, en su discurso crítico del postmodernismo en el plano jurídico, en que  a la vez justifica algunas de las causales de su apogeo: “El cambio paradigmático  (¡Horrible dictu!)  se ha anunciado ya desde hace mucho tiempo en el campo del derecho. Que hoy se encuentre otra vez el sentimiento jurídico  irracional altamente cotizado no es en verdad a causa  de la hermeneútica  supuestamente irracional. El fundamento principal reside, completamente al contrario, en insuficiencia de las teorías jurídicas puramente formal-racionales.”(Kaufmann, 1992:14-15). Una actitud como esta pretende encontrar una solución a las insuficiencias de ambos discursos tanto el moderno como el posmoderno por sus respectivas hiperbolizaciones de lo racional o lo irracional.
     En ese mismo sentido el destacado filósofo peruano Francisco Miró-Quesada, quien ha transitado por la fenomenología, la filosofía analítica y la filosofía latinoamericana de la liberación,  en uno de sus libros más recientes, dedicado desde la perspectiva filosófica a la hermenéutica jurídica, se detiene a analizar las negativas consecuencias ideológicas que puede tener un discurso irracionalista en esta esfera cuando sostiene: “Desde luego el enfoque histórico tiene una gran importancia porque nos lleva, querrámoslo o no, a enfrentarnos con el problema fundamental y eterno del pensamiento filosófico la lucha a muerte entre el racionalismo y el escepticismo. El sentido de la historia depende, en último término de nosotros. La vida, para una persona tiene sentido que esta le quiera dar. Si adopta el escepticismo, estaría aceptando que la ética y derecho no tienen la mayor validez. Todo dependería de la voluntad de poder de los más fuertes, que sojuzgan a los más débiles, que siempre serán la inmensa mayoría. En cambio, si de adopta el racionalismo, la historia tendrá un sentido: disminuir hasta donde se pueda la arbitrariedad reinante en las sociedades reales” (Miró-Quesada Cantuarias, 2003:163.)
 No sólo los obreros deberían estar interesados en que la filosofía del racionalismo vaya tomando cada vez mas fuerza  y poder de argumentación porque el irracionalismo que ha minado el pensamiento posmoderno puede ser nefasto y no solo para el mundo del trabajo, incluso para el poder del capital y terminar nefastamente con unos y con otros.
Cuando el empresario capitalista  piensa solo en sí y para sí puede a la larga revertirse negativamente en detrimento de sus propios intereses el resultado de sus actuaciones irracionales. Por  otra parte parece que aquellas ideas de Marx y Engels de  La ideología alemana según las cuales:“El burgués adopta  ante las instituciones de su régimen la misma actitud que el judío ante  la Ley, las viola cuantas veces puede, como este la Ley, pero quiere que todos los demás las acaten” (Marx, K y Engels, F., 1966:182.) mantienen plenamente su vigencia, lo único que no solo referido a individuos aislados sino a grupos empresariales completos y en los últimos tiempos a gobiernos enteros como el de Estados Unidos de América en su proclamada lucha contra el terrorismo.
Ya el pasado siglo XX  puso de manifiesto el posible nefasto impacto de ideologías que llegan a corporizarse en estados, gobiernos, partidos, guerras, intervenciones, ingerencias, etc., germinadas sobre la base de filosofías de corte irracionalistas.
Incluso el ecocidio universal paulatino que se esta produciendo ante la mirada culpable de muchos gobiernos e instituciones internacionales puede alimentarse también por esa  actitud indiferente  ante la estimulación del irracionalismo.
 Son muchas las esferas de la sociedad tanto de la vida pública como incluso  de la vida privada en los que las posibles influencias de las posturas irracionalistas se revierten contra el ser humano.
Si para algunos ha sido beneficioso estimular la idea de la crisis de humanismo para sentir cierta justificación ante sus actitudes explotadoras y misantrópicas, no toman conciencia que el cultivo de tales ideas se convierte en un poderoso boomerang que puede poner en peligro su propia tranquilidad al estimular los actos delictivos, el terrorismo y la violencia como “vía”  de solución de conflictos.
   Las consecuencias del discurso irracionalista han sido muy fuertes y sus manifestaciones se han plasmado en múltiples esferas de la espiritualidad contemporánea desde el arte (Jameson),  la educación, la política y por supuesto el  derecho en diferentes planos. Desde el derecho privado al derecho público pero especialmente al derecho internacional.
Nadie en ningún país del mundo puede sentirse seguro ante posturas  tan irracionales  como las que resultan de las políticas de dominación de los países del privilegiado  Grupo de los  7 u 8. Sin embargo, la población de estos países tampoco se siente ni segura ni satisfecha con el nivel  de vida de las mayorías y mucho menos con la práctica y los resultados de sus derechos  primordiales a una vida digna. Pero por supuesto  donde más se sienten estos efectos nocivos es en los países otrora llamados del Tercer Mundo. Algunos, en burlesco eufemismo, consideran que este último ha desaparecido pues al extinguirse la Unión Soviética y los países socialistas del Europa Oriental, considerados anteriormente el Segundo Mundo,  ordinalmente ocuparían su lugar y  del tercero pasarían al segundo.
Del mismo modo algunos ilusos en México ante la firma del Tratado de Libre Comercio de ese país con Estados Unidos llegaron a imaginarse que entrarían  en el primer Mundo. Tales ilusiones se desvanecieron rápidamente  pues además de explotar  la insurrección zapatista en Chiapas, como expresión de la grave situación  socioeconómica de esa región y en general de los indígenas,   se  produjo la enorme crisis financiera ante la cual Estados Unidos rápidamente le  aplico paños tibios de acelerados empréstitos y así evitar correr el mismo peligro que asfixió  la economía mexicana.
 Es indudable que tanto la modernidad como la pretendida postmodernidad –porque en definitiva  ambas parecen constituir etapas y actitudes de la misma sociedad capitalista pero mediante  diversas expresiones- han contribuido notoriamente  a abrir la brecha entre el nivel de vida de los pueblos de los pueblos antes colonizados y el de sus metrópolis así como en la actualidad entre los de los países dependientes y la de los centrales países  desarrollados.
     Esta brecha ha motivado que se considere con ciertas razones que en alguna medida los obreros de los países desarrollados han participado  indirectamente de la explotación a que son sometidos los de los países atrasados. Al respecto el Ernesto (Che) Guevara puntualizaba: “…es necesario enfatizar una vez más, que el oportunismo ha ganado una inmensa capa de la clase obrera de los países imperialistas en lo que respecta  a sus relaciones con los países dependientes. Hoy podríamos calificar de aristocracia obrera a las masas trabajadoras de los países fuertes con respecto a los débiles” (Guevara, 2006:86)
 Nadie puede negar que en alguna medida esta situación  es un hecho real del mismo modo que algunas de las conquistas laborales en materia de derechos han sido mas fácilmente conquistadas tras largas luchas en los países desarrollados que en los atrasados. Resulta fácil demostrar que muchos derechos a pensión por accidente, enfermedad, edad, vacaciones, etc., fueron conquistados mucho antes en Europa, y no precisamente en época de gobiernos de izquierda, como los de Bismarck en Alemania, Churchill en Inglaterra o Franlklin Delano Roosevelt en Estados Unidos con el solo objetivo de evitar explosiones sociales o revoluciones de carácter socialista. Y por supuesto estas conquistas laborales y sociales se alcanzaron mucho antes  que en América Latina, África o Asia.
 Del mismo modo que  algunos derechos que son  muy comunes en los países desarrollados, como por ejemplo el de información de los representantes de los
trabajadores –imbuido del criterio de la codirección empresarial-sindical en pos de la conciliación en lugar de la confrontación (11) - en algunos casos se desconocen por los obreros latinoamericanos  o son manipulados  de formas muy diversas por las directivas empresariales mucho mas fácilmente en los países dependientes que en los desarrollados.
 Sin embargo, tampoco se puede llegar a pensar que la clase obrera en los países desarrollados goza de exagerados privilegios o está al margen de las luchas por mejorar sus condiciones socioeconómicas y sus derechos como sostiene Jack Barnes, Secretario Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores de Estados Unidos de América, cuando sostiene: “En este mundo de acelerado desorden capitalista, donde todos vamos asimilando  gradualmente en nuestros músculos y huesos, el significado de la polarización de clases, los gobernantes acaudalados nos ofrecen más ejecuciones, mas ataques militares imperialistas, más tropas de asalto    (como las bandas privadas de seguridad), más brutalidad, más descalabros sociales, más intentos de negarles derechos a los trabajadores que están decididos a resistir” (Barnes,2000:38).  Aquellos que sueñan idílicamente que la lucha de clases ha desaparecido  y que creen vivir en la panacea  de los países capitalistas desarrollados  se despiertan atormentados por las protestas y manifestaciones no solo de obreros, sino de los inmigrantes y todos los sectores sociales afectados por la voracidad apátrida de las empresas trasnacionales que no solo observan  por la pantalla del televisor mediante las noticias de algún país distante sino simplemente basta asomarse al balcón de su propia céntrica casa en cualquier ciudad.
Si algo ha preocupado precisamente a los gobernantes del  estos países es que en las ultimas manifestaciones contra la globalización y las políticas neoliberales ya no participan  solamente estudiantes o jóvenes revoltosos, hippies, lumpens, gays, etc, como era más común décadas atrás especialmente en las marchas y protestas de los sesenta. Incluso en ocasiones la derecha norteamericana llego a utilizar a determinados sindicatos y grupos de obreros para enfrentarse a aquellas manifestaciones. Hoy la situación no es así y se producen
alianzas estratégicas entre distintos sectores sociales marginados por la explotación capitalista de las cuales no pueden ser excluidos los obreros y empleados de los países desarrollados  o los que potencialmente de un modo inmediato lo serán como lo demostraron las recientes protestas contra les pretendidas nuevas leyes de empleo que intento en Francia la derecha neoliberal implantar y encontró  la protesta de la juventud de ese país con tanta tradición de lucha.
 5. Conclusiones
Evidentemente la postmodernidad ha traído algunos cambios en las relaciones sociales y en las concepciones que las fundamentan así como en las expresiones estéticas, éticas y  espirituales en general. Y lógicamente las bases filosóficas sobre que se ha asentado esta nueva etapa del desarrollo de la sociedad contemporánea han exigido transformarse en pos de fundamentar los significativos cambios que el capitalismo globalizado ha planteado con los desafíos correspondientes.
Cuando algunos al final del pasado siglo XX creyeron que estaban presenciado los funerales de la historia, de la lucha de clases, de las ideologías, del humanismo, del socialismo, de la modernidad, del racionalismo, del progreso humano, y de infinidad de otras conquistas del generó humano en su infinito proceso desalienador no imaginaron que el nuevo siglo se iniciaría revitalizando los derechos de los sectores menos favorecidos que foros sociales mundiales reivindicado los derechos de todos los trabajadores, de  grupos étnicos, mujeres,  homosexuales,  etc..
   Quienes se acostaban satisfechos porque el péndulo de la historia se había inclinado significativamente hacia la derecha, ahora se  despiertan  sobresaltados al ver las nuevas fuerzas y movimientos sociales que inclinan el péndulo hacia la izquierda en algunos lugares más que en otros como sucede en el ámbito latinoamericano. Y en medio de esas luchas los pueblos reclaman nuevas elaboraciones teóricas y prácticas para en estos nuevos tiempos al irracional derecho de la fuerza se le anteponga viril y definitivamente la racional fuerza del derecho.
Notas
(1)     “(…) allí donde levanta cabeza el irracionalismo, en filosofía, lleva implícita ya, por lo menos, la posibilidad de una ideología fascista, agresivamente reaccionaria. Cuándo, dónde y cómo  esta posibilidad –en apariencia inocente- llegue a convertirse en una pavorosa realidad fascista, no puede decirlo ya la filosofía” Lukacs, p. 27.
(2)     Los derechos humanos son como la democracia: solo puede avistarse si subsiste el ideal, son como la realidad sólo puede enunciarse si se mantiene la ilusión; son como el rayo: cae con la tempestad a tierra pero se forma bien arriba. Este es el espacio de la utopía, de lo que ha permitido que la humanidad transite por sobre las miserias cazando las grandezas” Ver Orejuela, en su obra, Derechos humanos. La tragedia desde una lectura amable p. 351.
(3)     Desde hace muchos lustros se viene insistiendo en una ofensiva reaccionaria contra el Estado social y democrático de derecho, el cual se quiere reducir al mínimo. Se pretende recuperar falsamente la sociedad civil, mediante las consignas: más mercado, menos Estado, más privatizaciones, menos servicios públicos, más justicia particular, menos derecho oficial. Esta tendencia neoconservadora resucita en el fondo, el viejo capitalismo liberal, con otra consigna: ¡Carlos Marx ha muerto, Viva Adam Smith!.”  Ver, Ortiz, en su obra Derechos humanos,cit., p. 60 .
(4)     “Pero el que la lucha –sostenía Spencer, con su optimismo característico - haya sido necesaria, incluso en los seres dotados de sentimiento, no significa que deba existir en todos los tiempos y entre todos los seres.(...) Pero podemos suponer que una vez producidas  estas sociedades, (la de las cavernas P.G.) la brutalidad, condición necesaria para su producción desaparecerá y la lucha intersocial, factor indispensable  de la evolución de las sociedades, no desempeñará en el porvenir un papel semejante al que tuvo en el pasado”. Ver  Spencer, en su trabajo   Principios de sociología, op. cit., p. 11.
(5)     Aquí el problema radica en que el liberalismo persiste en montar la democracia sobre un piso de economía capitalista, considerando el capitalismo como el sistema económico de la democracia y a la democracia como el sistema político de del capitalismo  el problema es nada más que formal y político”(García, A, Dialéctica de la Democracia, op.cit., p. 5.
(6)     De los fundamentos del Estado, anteriormente explicados se sigue, con toda evidencia, que su fin último no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, liberarlos a todos  del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad; esto es, para que conserven al máximo este derecho suyo natural  de existir y de obrar sin daño suyo ni ajeno. El fin del Estado, repito,  no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr mas bien que su alma (mens) y su cuerpo desempeñen  sus funciones con seguridad, y que ellos se sirvan de su razón libre y que no se combatan con odios, iras o engaños, ni se ataquen con perversas intenciones. El verdadero fin del estado es, pues, la libertad”. Spinoza,  Tratado teológico político, op.cit., pp. 410-411.
(7)     Pero el que la lucha –sostenía Spencer, con su optimismo característico - haya sido necesaria, incluso en los seres dotados de sentimiento, no significa que deba existir en todos los tiempos y entre todos los seres.(...) Pero podemos suponer que una vez producidas  estas sociedades, (la de las cavernas P.G.) la brutalidad, condición necesaria para su producción desaparecerá y la lucha intersocial, factor indispensable  de la evolución de las sociedades, no desempeñará en el porvenir un papel semejante al que tuvo en el pasado”. Véase Spencer, Principios de Sociología, op.cit., p. 11.
(8)     “…hay otro aspecto del liberalismo que afianzó mucho la doctrina de la evolución: la creencia en el progreso. Mientras el estado del mundo permitía el optimismo, la evolución fue acogida con entusiasmo por los liberales, tanto por ese motivo como porque daba nuevos argumentos contra la teología ortodoxa. El mismo Marx aunque sus doctrinas son en algunos aspectos predarwinianas deseaba dedicar su libro a Darwin”.  Russell, Historia de la filosofía occidental, op.cit., p .344
(9)     “Si bien el neoliberalismo toma algunos de los principios de la tradición liberal, las formulaciones de Hayek y la especificad de las propuestas actuales  se distancian significativamente de algunos ideales del liberalismo y se acercan más a perspectivas conservaduristas¨.  Véase, Botero, en su obra La falacia Neoliberal crítica y alternativas, p. 286.
(10)  “El neoliberalismo es una ofensiva contra todas las conquistas que aun dentro del capitalismo habían logrado las masas, la clase obrera, los trabajadores, y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, porque existían países socialistas y tenían miedo, estaban en una lucha  desesperada contra los cambios revolucionarios. Cuando desaparecieron  el campo socialista y la URSS, ellos perdieron su miedo, ¡y de que manera lo han perdido! Quieren arrasar con cuantas conquistas sociales habían logrado los pueblos”. Castro, en  Globalización neoliberal y crisis económica global,         p.  22.
(11)  El problema de los derechos de información y consulta no hace sino relanzar el debate sobre el problema de la participación  y de la democracia industrial, en un momento en el que muy pocos son los que dudan de la necesidad de superar el modelo de la <> y de buscar una relación  más equilibrada entre la acción sindical propiamente reivindicativa y la de colaboración en las decisiones de gestión económica  y social de la empresa”. Véase, Monereo, Los derechos de información de los representantes de los trabajadores, op.cit., p.32.
Lista de Referencias
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(*) Profesor de Mérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas (2013); Doctor en Filosofía Universidad de Leipzig (1980) y Doctor en Ciencias. (UCLV, 1995). Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba (1998-2012)
América Latina amanece con la noticia de la categórica derrota electoral del chavismo y la imposición de Le Pen en los comicios franceses. Cuando todavía no se había recuperado del colapso del kirchnerismo en la Argentina y no se sabe a ciencia cierta cuál será el futuro de Brasil de cara a un posible impeachment contra la Presidenta Dilma Rousseff. Demasiados datos duros de la realidad como para no intentar un análisis conglobante. Vayamos de lo particular a lo general. Empecemos por casa.
Aceptemos que las usinas de campaña del kirchnerismo no escatimaron yerros antes del histórico balotaje argentino. Una de las esmirriadas banderas que la derecha calificó como formando parte de la "campaña del miedo", fue la repetición sistemática de que el eventual triunfo de Macri significaría un retorno a los 90, al neoliberalismo tradicional que asoló a la Argentina y culminó con la crisis del 2001. La prédica puso de manifiesto las enormes dificultades del gobierno para caracterizar correctamente ciertos conceptos y categorías políticas que se supone debería haber conocido. A pocos días de conocerse el ajustado resultado electoral, saltaron a la vista algunas evidencias que le estallaron en las manos al campo popular.




Primera cuestión. El macrismo expresa un populismo de derecha y no un revival del neoliberalismo noventista (lo propio ocurre con la derecha venezolana y con varios de los grupos que quieren tumbar al gobierno de Brasil desde posiciones abierta y violentamente reaccionarias. Como la llamada “bancada de la bala”, compuesta por policías y militares, que defienden la justicia por mano propia contra la delincuencia). Varios indicios permitían colegir esta posibilidad. La gobernadora electa de la Provincia de Buenos Aires hizo públicos y urgentes esfuerzos para congraciarse con la policía y el servicio penitenciario del primer estado argentino. Dos fuerzas de ocupación cuya filiación ideológica no demanda demasiadas cavilaciones.
Segunda cuestión. La presencia de Cristiano Rattazzi como fiscal de mesa en las pasadas elecciones permitía inferir que, como nunca antes, el gran capital se comprometió explícitamente con un gobierno que iba a ser inmediatamente engrosado por los CEO´S de empresas que poseen intereses antagónicos con las grandes mayorías populares. El capital concentrado jugaba más fuerte que nunca y producía una suerte de privatización no ya de las empresas estatales, como pregonaban las advertencias kirchneristas, sino de áreas vitales del propio Estado.
El desapoderamiento popular era, según consignan algunas agencias, custodiado por la IV Flota de los Estados Unidos, estratégicamente ubicada en el Estrecho de Magallanes (1), un hallazgo superlativo de estas elecciones, que tampoco fue capaz de movilizar la reflexión del voto bobo empeñado en un "cambio" naif que terminó, como parodian los Simpsons, "arruinando todo". Todo lo hecho con el esfuerzo del pueblo argentino durante más de doce años.
En ese contexto debe medirse el exabrupto del mediocre escritor Marcos Aguinis (convertido en una suerte de musa inspiradora de los sectores reaccionarios urbanos del eje sojero), el brutal editorial del diario La Nación, y la presión para apurar la salida de funcionarios que tienen un mandato legal y constitucional establecido, en especial la Procuradora General de la Nación.
La designación de Alonso (la de la Plaza del Maidán, recuerdan?) y Bullrich, con sus oscuros antecedentes y los trascendidos de sus inquietantes vínculos a nivel internacional (todos ellos disponibles en la red), la intención cavernícola y jurídicamente disparatada de intentar inicialmente la expulsión de Venezuela del Mercosur y la denuncia del memorándum con Irán, daban la pauta de que lo que venía era una restauración de derecha claramente autoritaria.
En esa clave se debieron leer las amenazas respecto respecto de la vigencia futura de Derechos Humanos, civiles y políticos que se multiplican diariamente sin solución de continuidad con el aporte complaciente de los grandes medios de comunicación. También, la emergencia de una suerte de cadena equivalencial de la derecha dura, formateada en el estilo "think thank" que pretende ir por las grandes conquistas populares y por la mayor transferencia de riquezas en favor de los sectores dominantes del que se tenga memoria.
Es cierto que Macri, cuya legitimidad en la victoria a nadie se le ocurriría cuestionar, pone de manifiesto la lucidez de algunas consignas de Jorge Alemán. A esta altura, parece evidente que parte de la sociedad (clasemedieros proclives a ser inoculados con la "aguja hipodérmica" de la comunicación festiva y las obviedades  políticas más elementales, aunque también laburantes, cuentapropistas, monotributistas, e incluso sectores vulnerables) han votado en contra de sus intereses de clase. Eso no prueba tanto la alienación del capital (que por supuesto no nos atreveríamos a negar), como la emergencia de una masa anónima en cuya agenda no aparece como prioritaria la tarea de la emancipación, sino, paradójicamente, la reproducción de la lógica y el discurso del amo. Hay algo que -como lo explica Chantal Mouffe- el populismo de derecha maneja a la perfección: las identidades colectivas y las pasiones. Eso se lo hemos cedido a la derecha y aquí están los resultados. Ahora bien, esa derecha no ignora que su base social es lábil, extremadamente heterogénea, sin capacidad de movilización y organización y adolece absolutamente de desarrollo político con excepción de los núcleos duros del PRO que carecen de incidencia social y mucho menos gravitan electoralmente. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con la otra mitad del país que rechaza la restauración conservadora. Pero esto lo sabe la derecha dura. Y, si bien conoce conoce perfectamente sus limitaciones objetivas y subjetivas, está segura de sus apoyos corporativos y de los inequívocos guiños imperiales que intuyen capaces de disciplinar mediante las más variadas expresiones de violencia institucional. El FMI acaba de avalar explícitamente las primeras medidas económicas de Alfonso Prat Gay.
La victoria de la derecha venezolana da cuenta de la permeabilidad de un modelo agobiado, atravesado por la corrupción y el estancamiento político, que también apostó a la exacerbación del consumo como una medida pretendidamente inclusiva. Aunque allí las medidas del Estado fueron menos dubitativas que en Brasil y la Argentina y modificaron drásticamente el mapa social del país, los errores propios y la sistemática conspiración económica y mediática terminaron sintetizando un hartazgo social respecto de algunas privaciones tales como la hiperinflación y el desabastecimiento. El resto lo hizo el gobierno de Maduro, tratando de justificar el encarcelamiento de opositores, más allá de la gravedad de las conductas perpetradas por éstos. No había duda que a la medida le sobrevendría la prédica mediática hegemónica sobre la violación de derechos y la existencia de "presos políticos". De hecho, a las pocas horas de conocerse el resultado de los comicios la oposición vencedora ha anunciado que se apresta de inmediato a promulgar leyes para liberar a los denominados “presos políticos” y permitir el regreso de los “exiliados” (2). Las explicaciones oficiales respecto de este tema nunca sintonizaron con la necesidad de aventar toda duda sobre el funcionamiento republicano y democrático de las instituciones del país, que posee, entre otros datos para nada desdeñables, uno de los sistemas electorales más transparentes del mundo y formas de participación popular de avanzada. Tampoco eso resultó suficiente. Como lo señala Aram Aharonian, la campaña orquestada contra el gobierno "contó con el descontento acumulado en la población acostumbrada a hacer largas colas para conseguir alimentos y medicinas, donde destacan la  inflación, el desabastecimiento, la escasez y la disparada de precios. La oposición y los oportunistas, acusaron al gobierno de la situación, como si fuera éste el único participante en esta confrontación.
Buena parte de la culpa del desastre económico, sin duda, la tiene el gobierno que, aun cuando se mostró firme en la defensa de programas sociales e inversiones estratégicas, no ha tomado decisiones para enfrentar la guerra económica, ante un escenario de grave restricción externa (caída del precio petrolero) como la actual. “Un militar con calculadora no es ministro de economía”, decía Hugo Chávez.
Pero la crisis económica es también en gran parte responsabilidad de los grupos económicos que están detrás de la oposición, especialmente el capital financiero y el bancario, que desde 2004 establecieron una estrategia para desmontar el control cambiario y retomar el control de la fijación del tipo de cambio y la privatización de las divisas, señala el economista Simón Andrés Zúñiga" (3).
En Brasil, el gobierno intenta sortear lo que parece la coyuntura más delicada del PT. Con una fuerte crisis económica, escandalosos casos de corrupción, un espacio político con escasa capacidad de organización y movilización y un modelo basado en el consumo que experimenta el ocaso de otro ensayo de capitalismo "bueno", donde las palancas fundamentales de la economía, las finanzas y la información estuvieron siempre en manos de las burguesías locales afines al imperialismo, el panorama se complica,
Párrafo aparte para estos modelos que crecieron en base al consumo interno desenfrenado mientras las condiciones externas lo permitían. La creación de una masa gigantesca de consumidores fue inversamente proporcional al crecimiento de la conciencia social y el fortalecimiento de los lazos de solidaridad de ese nuevo sujeto. Como dice Raúl Zibechi, "el consumismo despolitiza, genera conformismo, apatía, dependencia e insatisfacción permanente, entonces ojo con el consumismo, yo creo que es uno de los peores escenarios políticos en el que nos metemos”. Y, además, "el consumismo genera un conjunto de comportamientos de muy corto plazo: “búsqueda de satisfacción inmediata y sobre todo de despolitización, de no participación. Pasolini (Pier Paolo) llamaba al consumismo una mutación antropológica, esto quiere decir que el comportamiento del ser humano se ha modificado, la antropología, la cultura humana es algo que evoluciona muy lentamente en el tiempo. Ya Pasolini lo veía en los años ’70 que fue cuando él planteó esto en una recopilación de artículos que se llama ‘Escritos Corsarios’. Él veía cómo el consumismo aplana las diferencias culturales, aplana las diferencias entre una cultura popular y una cultura burguesa, aplana las diferencias entre lo que quiere un joven y un anciano, todo el mundo va detrás del consumo, entonces me parece que aquí hay una situación en la humanidad grave, por la cual estamos llegando a un nivel de comportamiento francamente problemático” (4).
 Mientras tanto, en Francia, el Frente Nacional de Marine Le Pen pulverizó en las urnas a las formaciones derechistas de Hollande y Sarkozy en las elecciones regionales. También, en este caso, la emergencia de un populismo de ultraderecha sumó una gran cantidad de votos provenientes de sectores populares, inmediatamente después de los sangrientos atentados terroristas sufridos por el país galo, cuando la crisis de los refugiados no ha dejado de conmocionar a Europa. Es probable que, también en este caso, la violencia se exhiba con los intentos de exterminar a los enemigos y acallar a los diferentes.
(1) http://argentinatoday.org/2015/11/19/por-que-se-encuentra-la-cuarta-flota-de-la-otan-en-el-estrecho-de-magallanes/

(2) http://www.correodelorinoco.gob.ve/politica/ramos-allup-primera-medida-an-sera-promulgar-leyes-a-favor-presos-politicos-y-exiliados/

(3) http://www.nodal.am/2015/12/venezuela-ejemplo-civico-y-ahora-que-por-aram-aharonian/

(4) http://www.rnma.org.ar/noticias/19-internacionales/2877-raul-zibechi-el-consumismo-es-uno-de-los-peores-escenarios-politicos-en-el-que-nos-metemos

“Paisaje creador: ¿por qué permanecemos en la Provincia?”
(7 de marzo de 1934)

En una abrupta cuesta de un amplio y alto valle de la Selva Negra se levanta un pequeño refugio de esquiadores (“kleine Skihutte”) a 1.150 metros de altura sobre el nivel del mar. Su planta mide de 6 a 7 metros. El bajo techo recubre tres cuartos: la cocina, el dormitorio y un gabinete de estudio. En el estrecho fondo del valle y en la ladera opuesta, igualmente abrupta, yacen dispersas las granjas de los campesinos, ampliamente emplazadas, con el gran techo que pende sobre ellas. Cuesta arriba se extienden las praderas y las tierras destinadas a pastos, las dehesas, hasta el bosque con sus viejos, enhiestos y negros abetos. Todo lo domina un claro cielo soleado en cuyo resplandeciente espacio dos azores se elevan trazando círculos.



Este es mi mundo de trabajo (“Arbeitswelt”) visto con los ojos contemplativos del huésped o el veraneante. Yo mismo nunca miro realmente el paisaje. Siento su transformación continua, de día y de noche, en el gran ir y venir de las estaciones. La pesadez de la montaña y la dureza de la roca primitiva y ancestral, el crecimiento contenido de los abetos, el lujo luminoso y sencillo de los prados florecientes, el murmullo del arroyo de la montaña, la austera simplicidad de los llanos totalmente recubiertos de nieve; todo esto se agolpa y vibra allá arriba a través de la existencia diaria (“das tägliche Dasein”). Y, nuevamente, esto no ocurre en los instantes deseados de un sumergimiento gozoso o de una compenetración artificial, sino solamente cuando la propia Existencia (“das eigene Dasein”) se encuentra en su propio trabajo (“Arbeit”). Sólo el trabajo abre el ámbito de la realidad de la montaña. La marcha del trabajo (“Der Gang der Arbeit”) permanece hundida en el acontecer del paisaje.

Cuando en la profunda noche del invierno una furiosa tormenta de nieve brama sacudiéndose en torno al refugio (“die Hütte”) y oscurece y oculta todo, entonces es la hora propicia de la Filosofía. Su preguntar debe tornarse entonces sencillo y esencial. La elaboración de cada pensamiento no puede ser sino ardua y severa. El esfuerzo por acuñar las palabras se parece a la resistencia de los erguidos abetos contra la tormenta.
Y es así que el trabajo filosófico no transcurre como una especie de ocupación apartada de un extraño, sino que tiene una íntima relación con el trabajo del campesino (“die Arbeit der Bauern”). Mi trabajo se asemeja al del joven campesino cuando sube la pendiente remolcando el trineo de montaña y luego, una vez bien cargado con leños de aya, lo dirige a su granja en peligroso descenso; al pastor cuando con su andar lento y meditabundo arrea su ganado pendiente arriba; al del campesino cuando en su granja dispone en forma adecuada las innumerables tablillas para su techo. Allí arraiga su inmediata pertenencia (“unmittelbare Zugehörigkeit”) a los campesinos.
El hombre de la ciudad (“Städter”) piensa que se ‘mezcla con el Pueblo’ (“unter das Volk”) tan pronto condesciende a entablar una larga conversación con un campesino. Por las tardes, cuando durante la pausa del trabajo me siento con los campesinos en torno de la estufa o en la mesa junto al rincón donde está la imagen del Señor, casi nunca hablamos. Fumamos nuestras pipas en silencio. Que el trabajo se termina en el bosque, que en la noche anterior se metió una marta en el gallinero, que posiblemente mañana una vaca parirá, que el campesino Oehmi ha tenido un ataque, que el tiempo pronto ‘cambiará’. La íntima pertenencia (“innere Zugehörigkeit”) del propio trabajo a la Selva Negra y sus hombres viene de un centenario arraigo Suabo-Alemán (“alemannisch-schwäbischen Bodenständigkeit”) al suelo, a la tierra que nada puede reemplazar.
Al hombre de la ciudad una estadía en el campo, como se dice, a lo más lo ‘estimula’ (“angeret”). Pero la totalidad de mi trabajo está sostenida y guiada por el mundo de estas montañas y sus campesinos. Ahora, mi trabajo allá arriba se ve interrumpido a menudo por largas pérdidas de tiempo debido a gestiones, viajes para dictar conferencias, discusiones y la actividad docente de aquí abajo. Pero tan pronto retorno arriba se aglomera, ya desde las primeras horas de estadía en mi refugio, todo el mundo de las antiguas preguntas y, por cierto, en la misma huella con que las dejé. Sencillamente soy trasladado al ritmo propio del trabajo y, en el fondo, no domino en ningún caso su ley oculta (“inneres Gesetz”). Los hombres de la ciudad se maravillan a menudo de este quedarme sólo tan largo y monótono entre los campesinos y las montañas. Sin embargo, esto no es ningún mero y simple quedarme sólo: pero sí soledad. En verdad en las grandes ciudades el hombre puede quedarse sólo como en ningún otro lugar es posible. Pero allí nunca puede estar a solas. Pues la auténtica soledad tiene la fuerza primigenia (“ureigene Macht”) que no nos aísla, sino que arroja a la totalidad de la Existencia (“Dasein”) del hombre en la extensa vecindad de la Esencia de todas las cosas (“des Wessens aller Dinge”).
Es posible convertirse fuera de allí en una ‘estrella de cine’ (“Berühmtheit”) en un instante mediante los periódicos y las revistas. Este es siempre, por cierto, el camino más seguro por el que el sentimiento más auténtico sucumbe al malentendido y llega al olvido profunda y rápidamente.
Por el contrario, la memoria campesina (“bäuerliche Gedenken”) tiene su fidelidad (“Treue”) sencilla, segura, oculta e inaccesible. Hace poco le llegó la hora de su muerte a una campesina allá arriba. Ella conversaba conmigo a menudo y de buena gana, y me enseñaba viejas historias del pueblo. En su lenguaje enérgico y lleno de imágenes conservaba todavía muchas palabras viejas y diversas sentencias que habían llegado a ser ininteligibles para los actuales jóvenes de nuestro Pueblo y, así, han desaparecido del lenguaje vivo. Todavía el año pasado, cuando yo vivía semanas enteras en mi refugio, esta campesina, con sus 83 años, subía a menudo la abrupta cuesta que conduce a él. Quería ver, como decía, si yo todavía estaba allí y si no me había robado de improviso algún duende. La noche que murió la pasó conversando con sus parientes y, hora y media antes de su fin, envió todavía un saludo al ‘Señor Profesor’ (“Herrn Profesor”). Tal recuerdo vale incomparablemente más que el más hábil ‘reportaje’ de un periódico de circulación mundial (“Weltblatt”) sobre mi pretendida filosofía.
El mundo de la ciudad (“städtische Welt”) está en peligro de sucumbir ante una falsa creencia (“Irrglauben”) corruptora. Una impertinencia muy ruidosa y muy activa y muy estetizante parece, a menudo, preocuparse por el mundo de los campesinos y su Existencia (“Dasein”). Pero con ello se niega precisamente lo que ahora sólo hace falta: mantener la distancia de la existencia del campesino (“bäuerlichen Dasein”); abandonar, ahora más que nunca, a la existencia del campesino a su ley interna; ¡fuera las manos!… para no arrastrar a la Existencia en una falsa habladuría de literatos sobre lo popular-racial (“Volkstum”) y el amor al suelo (“Bodenständigkeit”). El campesino ni quiere ni necesita en ningún caso esta exagerada amabilidad del hombre de la Ciudad. Lo que ciertamente necesita y quiere es el tacto reservado respecto a su propia esencia y a su propio modo de estar (“Eigenständigkeit”). Pero muchos de los procedentes de la gran ciudad y de los turistas, y no en último término los esquiadores, se comportan a menudo en la aldea o en la granja del campesino como si se ‘divirtieran’ en sus salones de entretenimiento y diversión de la gran ciudad. Tal ajetreo destruye en una sola noche más de lo que puede fomentar jamás un adoctrinamiento científico de varios decenios sobre lo popular-racial (“Volkstum”) y las costumbres del Pueblo (“Volkskunde”).
Abandonemos toda intimación condescendiente y todo falso culto de lo popular-racial (“Volkstümelei”); aprendamos a tomar en serio allá arriba aquella existencia sencilla y dura. Sólo entonces nos podrá decir algo.
Hace poco recibí la segunda llamada a la Universidad de Berlín. En una ocasión semejante me retiro de la ciudad a mi refugio. Escucho lo que dicen las montañas, los bosques y las granjas. Voy a lo de mi viejo amigo, un campesino de 75 años. En los periódicos ha leído sobre el llamado a Berlín. ¿Qué irá a decir?.. Lentamente desliza la segura mirada de sus ojos claros en los míos, mantiene los labios fuertemente apretados, me coloca su mano fielmente circunspecta sobre mi hombro y sacude su cabeza en forma apenas perceptible. Esto quiere decir: ¡irrevocablemente no! (“unerbittlich nein!”).
Traducción: del original alemán por Nicolás González Varela


Hace algún tiempo, en este mismo espacio, aventuramos una conjetura respecto de la interminable sucesión de golpes blandos que con suerte diversa se intentaron en la última década en América Latina.
Especulábamos en aquel momento, que la derecha iba a intentar inferir a los gobiernos autonómicos de la región una derrota política, económica, geoestratégica, cultural, pero también moral.

En este último caso, señalábamos que las tentativas de desestabilización intentarían cancelar de cara al futuro todo tipo de experiencia antiimperialista en base a una supuesta inviabilidad histórica y a la imposibilidad de apartarse de un orden global establecido.

En el extremo austral del Continente, la aparición por vía electoral de una alternativa  conservadora (que muchos sectores del campo popular se apresuraron a tildar de neoliberal, y respecto de la cual nos hemos permitido disentir, arriesgando la hipótesis de que el sismo político hubiera gestado en realidad una expresión populista de derecha radical) abroqueló al gobierno y amplios sectores sociales detrás de una visible pulsión militante frente a la certidumbre del peligro que acecha y sus previsibles consecuencias. Esa campaña, motorizada por un alerta de la conciencia colectiva, hizo eje casi exclusivamente en la puesta en riesgo de los derechos conseguidos a lo largo de más de una década, en materia política, económica y social. Fue adoptando consignas cortas, compatibles con la vertiginosidad de un plazo sobreviniente inexorable. La derecha extrema contrastó esos enunciados con sofismas y argumentaciones amañadas igualmente prietas.
Lamentablemente, casi ninguna de esas consignas recaló en un aspecto que el candidato del imperio deslizó durante el meneado debate televisivo, consistente en la promesa de pedir una sanción a Venezuela en caso de un ascenso al poder del populismo regresivo, a pesar que los medios tomaron nota de ese contrapunto nodal. ”Durante el debate, Macri afirmó que "en caso de ser electo presidente, voy a pedir por los abusos con la democracia de Venezuela, la cláusula democrática a Venezuela" en el bloque regional, y le preguntó a su rival por el kirchnerismo, Daniel Scioli, su postura respecto este tema.
Además, propuso "derogar el memorándum con Irán" por el atentado a la AMIA, al tiempo que Scioli le preguntó al jefe de gobierno porteño "si sostiene que la política de Derechos Humanos es una etapa de la Argentina o tiene el compromiso con la Memoria, la Verdad y la Justicia o tiene otros tipos de compromisos" y apuntó: "Hay funcionarios procesados por haber escuchado a los familiares del atentado" a la mutual judía”1.

La cuestión internacional dividía aguas como ningún otro tema y permitía advertir clara e incontrovertiblemente las diferencias entre ambos discursos y, fundamentalmente, entre  las coordenadas ideológicas y las bases sociales de las que se nutren ambas expresiones políticas antagónicas.
El candidato de los grupos concentrados locales, los medios hegemónicos y el capital transnacional no solamente no había reconvertido de apuro sus consignas –como lo había hecho con muchos temas en materia de política doméstica- sino que se había mantenido firme en sus posiciones ideológicas en materia de relaciones internacionales.
Los ejemplos son elocuentes y numerosos. Mencionemos solamente algunos.
El Subsecretario de Relaciones Internacionales e Institucionales del Gobierno de la Ciudad Autónoma, Fulvio Pompeo, a quienes muchos analistas sindican como un eventual canciller argentino en caso de una imposición derechista, desnudaba en una nota escrita en el diario Clarín la línea política a seguir en materia internacional. Consideraba necesario “diversificar y equilibrar las vinculaciones externas. Esto supone construir agendas comunes y dinámicas con países con los que nos une una historia de valores y tradición compartida”, que –por supuesto- no son otros que Estados Unidos y Europa Occidental. Esa política de “diversificación” promueve acuerdos estratégicos en materia de “democracia” (con el particular significante colonial que para la derecha adquiere esta categoría política) y terrorismo 2.
En diciembre del año pasado, el diario La Nación, histórico medio aliado a la oligarquía argentina, relataba los principales aspectos de un viaje del candidato por los principales países europeos. Y lo hacía sin eufemismos. “La Argentina no debe ser parte del eje bolivariano y debe reinsertarse en el mundo. Con ese guión básico, Mauricio Macri abordó hace una semana el avión que lo llevó a Alemania, primero, y luego a Bélgica y a Gran Bretaña. ¿El objetivo? Doble: mostrar en esos escenarios su propuesta de cambio para la Argentina poskirchnerista y plantear hacia adentro un contrapunto con la relación que el Gobierno estableció con el mundo. También con la política exterior se hace campaña”. “El giro que propone el jefe de gobierno porteño y candidato a presidente es de 180 grados. Buscar mejores vínculos con los países centrales de Occidente, no entrar en peleas inútiles, generar credibilidad en los mercados internacionales y reforzar la relación con otros bloques económicos a partir de un Mercosur potenciado”. “Macri cree que la Argentina equivocó el rumbo durante la última década y no esconde el mapa de relaciones internacionales que imagina en caso de llegar a la Casa Rosada en 2015, muy distinto del actual. No ve con buenos ojos la relación del país con la Venezuela del presidente Nicolás Maduro y sostiene que el país debe priorizar la relación con Estados Unidos y la Unión Europea antes que recostarse cada vez más sobre países como China o la Rusia de Vladimir Putin, a los que el gobierno de Cristina Kirchner convirtió en socios estratégicos”.
Ese mensaje le transmitió en la ciudad alemana de Colonia a la canciller Angela Merkel, que, según relató luego el jefe de gobierno porteño, vio "con buenos ojos" la propuesta de avanzar hacia una mejor relación bilateral después de 2015”3.
Según Andrés Oppenheimer, nada menos, “Macri ha prometido tomar distancia del régimen populista radical de Venezuela, y acercarse al bloque de la Alianza del Pacífico, integrado por México, Colombia, Perú y Chile”.
“Cuando le pregunté a Macri en una entrevista hace unos meses qué cosas cambiaría en la política exterior de Argentina si gana las elecciones, el candidato opositor comenzó respondiendo: “¡Todo!” A juzgar por sus declaraciones de los últimos días, esto podría resultar cierto”.
“En materia de Venezuela, Macri ha dicho que terminaría la estrecha alianza política de la Argentina con Venezuela. Durante el debate presidencial del 15 de noviembre con el candidato oficialista Daniel Scioli, Macri dijo que si es electo propondrá la suspensión de Venezuela del Mercosur –el bloque económico del Cono Sur compuesto por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Venezuela– por no cumplir con la cláusula democrática de ese organismo. Esta requiere que los países miembros respeten principios democráticos”.
“Macri no dio más detalles, pero uno de sus principales asesores en política exterior, Diego Guelar, me dijo que si Macri es electo podría pedir la suspensión de Venezuela del Mercosur poco después de su investidura el 10 de diciembre, durante una cumbre de Mercosur que se celebrará el 21 de diciembre en Paraguay”.
“Según Guelar, Macri exigiría la suspensión de Venezuela en esa cumbre si hay fraude en las elecciones del 6 de diciembre en Venezuela, y si los presos políticos de Venezuela –incluyendo el líder opositor Leopoldo López– no son liberados para ese entonces. “Si esas dos cosas no son corregidas para ese entonces, a nuestro juicio Venezuela no estará cumpliendo con la cláusula democrática del Mercosur”, me dijo Guelar”.
“Sobre Irán, Macri ha dicho que él anularía el reciente acuerdo  de Argentina con Irán para supuestamente investigar conjuntamente el ataque de 1994 al centro comunitario judío AMIA en Buenos Aires”.
“En materia de relaciones con Estados Unidos, Macri ha dicho que renovaría el vínculo bilateral, y que la prioridad con Washington sería coordinar esfuerzos conjuntos en la lucha contra las drogas”4.
Estos anticipos configuran datos objetivos, expresiones propias no sometidas a la gimnasia lábil de la desmentida inmediata, y permiten prefigurar ciertos ejes de nuevos alineamientos en materia de política internacional.
La vuelta a las relaciones prioritarias con Estados Unidos y Europa Occidental, la predisposición para aceptar hipótesis de conflictos sobre las cuales se montan gigantescas operaciones de control y dominación continental, la adscripción a alianzas regionales conservadoras que marcan un abrupto retroceso de diez años en la materia, el debilitamiento de los vínculos con los países hermanos indóciles de América Latina, hasta llegar incluso a la denuncia lisa y llana en algunos casos (la presencia de la esposa del líder opositor venezolano festejando en el bunker macrista tiene una potencia simbólica difícil de emular), y el punto de ruptura con bloques emergentes y potencias económicas no occidentales parecen formar parte de la agenda prioritaria de la nueva derecha en el poder. En esta clave deben entenderse las señales favorables al aluvión conservador que los kelpers han dado luego de conocerse el apretadísimo resultado del balotaje.
Una lástima que estos temas no hubieran formado parte de los debates previos. Porque hubieran puesto como ningún otro en evidencia la matriz ideológica del gobierno que llega y los verdaderos intereses que encarna.