Por División Las Heras


El regreso al tutelaje y la intervención devastadora del capitalismo financiero y sus instituciones fundamentales constituye una nueva evidencia de la decisión conservadora de "asaltar" el Estado argentino para recomponer desde lo institucional la tasa de ganancia apetecida por el gran capital diversificado, que convive en un opaco entramado con el mercado mundial en crisis. En esa lógica deben leerse también la "urgente" supresión o baja de retenciones agropecuarias que ha decretado el gobierno, la revisión de aranceles de importación (en un momento en el que el mercado global está ávido de encontrar espacios para inundar de mercancías) y la réplica casi calcada de algunos instrumentos financieros que dieron lugar a la "bicicleta" en los 80/90: aumento de la tasa de interés (ya recordamos la liviandad con la que Prat-Gay lo planteó en la conferencia en la que dio por terminado el denominado "cepo"), avance en los mecanismos de endeudamiento, etcétera. Lo degradado (y "lo bárbaro"), perpetrado a niveles de aceleración fatal, parece caracterizar la etapa actual del sistema capitalista. Y no sólo en la Argentina. 

Mientras tanto, en la expectativa de lo que internamente sobrevendrá, observamos algunos datos estadísticos de la evolución de precios de la canasta básica, que miden  desde noviembre/diciembre de 2015 (justamente cuando el estado de excepción se aceleró). Allí se advierten picos del 60% de aumento de los productos, y casi nada baja del 45%. Si el "nuevo" Indec (custodiado bajo siete llaves como un secreto de estado por el otrora crítico  Todesca) dice que necesita un año para dar información oficial, y Prat-Gay "calcula" una inflación del 20/25% para el año, lo único que está haciendo es advertir "arréglense con algo así en las próximas paritarias", disciplinando con los despidos que vienen en marcha, y habilitando, de hecho y de palabra, para que las empresas empiecen a imitar al estado. Si la resistencia avanza me parece que concebirán una 2da etapa, que supone una vuelta a la manualística brutal de Broda, Espert y Melconian. Por algo Guillermo Moreno insiste en estar atentos a lo que baja desde el Banco de la Nación. Esa vuelta asfixiante de tuerca  solamente se sostiene con mayor represión y control social. El gobierno dispone del más variado menú que en esa materia le ofrecen las instituciones globales del capital. Desde el ajuste, la persecución política, la censura, la colonización del poder judicial y de buena parte de la clase política, la violación sistemática de la Constitución y las leyes y la reposición de un sistema de creencias reaccionario y genocida, hasta la militarización y policización del territorio nacional.
La lucha contra el narcotráfico, la ley de derribos y la amenaza de tomar las villas por asalto son parte de ese entramado y de esas variadas formas que asume el castigo en la modernidad tardía. Detengámonos un momento a analizar este concepto, porque resulta fundamental para los tiempos que vienen en la era del capitalismo bárbaro.

En primer lugar, admitamos que la noción de castigo se ha vuelto polisémica en el tercer milenio, y  en muchos de sus significantes ha recuperado un prestigio y un consenso sorprendentes. 
Si bien es posible establecer analogías conceptuales con las lógicas legitimantes que respecto del mismo se acuñan desde la más remota antigüedad, nunca como ahora el castigo ha derivado en un fetiche disciplinar aceptado en claves diversas. Que en todos los casos cancelan cualquier tipo de cuestionamiento a una práctica violenta a la que se introyecta en la sociedad globalizada como una categoría con pretendida “ontología propia” y se la reivindica y naturaliza como necesaria y útil. De esa manera, se castiga a los díscolos, a los insumisos, a los diferentes, a los que son portadores de identidades concebidas como negativas o de mercancías o sustancias prohibidas, pero también a los que no comparten los modos de vida hegemónicos ni la axiología sustentada en un unidimensionalismo cultural que galvaniza esa gigantesca aporía a la que denominamos “occidente”.
Los castigos saldan las conflictividades en los núcleos más íntimos y cotidianos (la familia, la escuela, la empresa, la fábrica), en los espacios emblemáticos de reproducción del poder de los estados nacionales (cárceles, hospicios, fuerzas de seguridad, ejercicios del derecho a la protesta social colectiva, etc) e incluso en las relaciones globales (guerras de baja intensidad, intervenciones policiales de alta intensidad, relegitimación del crimen de agresión, intervenciones armadas, desmembramiento territorial de naciones enteras, crímenes contra la humanidad sin precedentes, ejercicios de justicia por mano propia, violaciones sistemáticas de Derechos Humanos, etc). 
Explorar cómo una institución basada exclusivamente en la fuerza y en la capacidad de dominar la voluntad de los más débiles a través de la violencia conserva su prestigio en las lógicas y retóricas mayoritarias constituiría un trabajo que excedería holgadamente los objetivos de esta nota.
Pero es inexorable analizar la relación de fuerzas que mediante todo tipo de punición impone el capital, para entender el tipo de autonomía decisoria que conservan los populismos insumisos en este arduo amanecer del tercer milenio.
La pregunta sigue siendo, entonces, qué hacer.
Las respuestas pueden ser dadas en distintos planos. Táctico, estratégico, político, ideológico.
Elegimos deliberadamente plantearnos estirar el límite de lo posible hasta el horizonte más generoso que han reconocido nuestras transformaciones democráticas.
Todavía resuenan los ecos de los conceptos visionarios de un anciano patriota que planteaba urgencias y necesidades, en las que seguramente, como a lo largo de nuestra historia, el pueblo seguirá confluyendo en salvaguarda de sus intereses colectivos, dada la dramática actualidad de aquel diagnóstico.
"El primer objetivo del Modelo Argentino consiste en ofrecer un amplio ámbito de coincidencia para que, de una vez por todas, los argentinos clausuremos la discusión de aquellos aspectos sobre los cuales ya deberíamos estar de acuerdo. (....)
Es evidente que las "recetas" internacionales que nos han sugerido bajar la demanda para detener la inflación no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener y aumentar la inflación. Por épocas se bajó la demanda pública a través de la contención del gasto -olvidando el sentido social del gasto público-; se bajó la demanda de las empresas a través de la restricción del crédito -olvidando también el papel generador de empleo que desempeña la expansión de las empresas-; y se bajó la demanda de los trabajadores a través de la baja del salario real. (...)
Poco nos dirán los impactantes índices de crecimiento global si no vienen acompañados de una más equitativa distribución personal y funcional de los ingresos que termine definitivamente con su concentración en reducidos núcleos o elites que han sido las causas de costosos conflictos sociales. (...)
Los medios de comunicaciones masivos se incrementaron, sometidos a los intereses de las filosofías dominantes. Así, dichos medios se convirtieron en vehículos para la penetración cultural. No extraña, pues, que una evolución de la escala de valores vigentes hasta el momento incluya el aprecio por "tener" y la "seguridad". (...)
Creo que ha llegado la hora de que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología, y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta marcha, a través de  una acción mancomunada internacional". (*)
Juan Perón, el extraordinario estadista latinoamericano, pronunciaba el 1º de mayo de 1974, ante el Congreso de la Nación, este discurso que marcaba la disyuntiva fundamental de la Patria, a la vez que se constituía en uno de sus legados conceptuales de mayor trascendencia, capaz de abarcar más de cuarenta años de revolución, masacre y contrarrevolución en la Argentina y también de interpelar a extraños y propios. En menos de una página, como una suerte de eterno retorno en la historia de los pueblos sojuzgados,el anciano líder describía el agobio de la situación internacional, las complicidades de las corporaciones externas e internas, lo regresivo -por antinacional- del recetario neoliberal y la necesidad de llevar a cabo una política emancipatoria unitaria, basada en los intereses del campo popular.

(*) Este tramo del histórico mensaje ha sido extraído de la página 240 del libro "La Lealtad", de Aldo Dezdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2015.


Por Nora Merlín

La nueva cultura bárbara presenta sus diferencias intrínsecas.
El poder real “atendido por sus propios dueños”: el gobierno de los gerentes que rechazan la política.
Los ignorantes que se "instruyen"y componen sus certezas con Clarín, El País y la tele.
Los cholulos que se saben perjudicados con esta inédita forma de democracia, pero aún así prefieren la pertenencia al "bloque civilizado" y no alinearse con los comunistas latinoamericanos.
Los esclavos que suponen que si se arrodillan van a ligar algo y pertenecer.
Esta nueva forma de "democracia republicana", como dice ahora la derecha, no quiere pueblo, política ni oposición. Surge como pregunta a partir de esa modalidad: ¿"Ellos"siguen siendo nuestros adversarios de un conflicto político o se transformaron en hostiles, bárbaros y enemigos del pueblo?
Los odiadores que desprecian lo popular, la igualdad y la negrada de esta época, denominada "vagos o ñoquis que no laburan".
Agruparse, re-aprender permanentemente, responder sin odio como enseñaron las Madres, sino con paciencia política, inteligencia colectiva y afectos comunes.


Por División Las Heras

“El nivel más visible de la economía es el nivel de la política”

Milcíades Peña

Lleva un poco más de un mes el gobierno de Macri en funciones y han pasado muchas cosas, no solo en el plano de lo económico, pero que sí tienen a lo económico como eje central. Nada que, de una u otra forma, desde la Alianza Cambiemos (PRO, UCR y Coalición Cívica), desde el macrismo, desde el propio Macri o sus principales asesores, no se haya dicho o deslizado antes. En diferentes etapas de la campaña, estos grandes trazos que comenzaron a aplicarse fueron planteados. Ahora son herramientas de política económica que el nuevo gobierno ha decidido tomar para incidir en un determinado sentido en el proceso económico. Porque esa es la política económica: utilizar instrumentos del Estado para intentar incidir en un determinado sentido en el proceso económico.
Y no hay instrumentos neutros; cada medida de política económica provoca ganadores y perdedores. En esto, esta compleja ciencia social, que es la economía, es dura, y no solo por las consecuencias que es capaz de generar, por los efectos que es capaz de producir. Lo es porque además, en muchos aspectos y variables, se comporta casi como una ingeniería; si un gobierno devalúa su moneda, quita retenciones a la exportación de determinados productos, ajusta tarifas, libera exportaciones e importaciones, provoca despidos a trabajadores y trabajadoras del Estado, no es necesario esperar el supuesto final de la película para poder inferir qué efectos tendrá, con relación al momento del que se arranca. Y menos en la Argentina, que ha sido un laboratorio gigantesco de planes y programas económicos de este tipo, de corte Neoliberal.


Una de las primeras medidas anunciadas fue la eliminación de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, excepto soja y derivados, que se redujeron en un 5%. Esto significó una transferencia de ingresos enorme a estos sectores, agigantado por la nueva cotización del dólar. Implica además un aumento de precios internos, pues las retenciones tienen una doble función: El Estado captura ingresos con fines redistributivos, y a su vez utiliza las retenciones para regular el precio interno. En otras palabras, las retenciones desalientan la opción de exportar a quien produce bienes exportables.
Unos días después, en conferencia de prensa, el ministro de Hacienda y Finanzas, Prat-Gay, anunció la liberación del tipo de cambio y la devaluación de la moneda con relación al dólar. Con tono edulcorado, maquillado, descontracturado, enfatizando en lo que dio en llamar el “fin del cepo”, destacó especialmente la recuperación de una supuesta libertad individual, que algunos sectores parecieran medirla en términos de acceso a la compra y venta de dólares. Pero en lo profundo, lo que se anunció fue un severo ajuste. El objetivo central de esta medida, como las anunciadas unos días antes con relación a las retenciones, fue definir una nueva distribución del ingreso en la Argentina, de carácter regresivo. Es decir, de lo que se produce en la Argentina, de la riqueza que es capaz de generar la economía argentina, a partir de ese momento, quienes tienen sus ingresos fijos, sufren una importante pérdida, una reducción de sus ingresos en términos reales. Se afecta, vía suba de precios, el ingreso de trabajadores y jubilados, asignaciones, transferencias sociales. Como contrapartida, los sectores agropecuarios obtienen una transferencia de ingresos de doble vía: el Estado deja de retenerles y, a su vez, a través de la devaluación reciben mayores ingresos en pesos.
Otro eje del plan económico es la apertura comercial, ir dando pasos para desregular exportaciones industriales y liberando importaciones. Lo primero, por lo que ya apuntábamos, presiona sobre la inflación. Si quienes exportan reciben mejores ingresos por quita de regulaciones y retenciones, pondrán en línea los precios internos. La consecuencia es el aumento de precios. Las importaciones pueden provocar un proceso inverso, pueden evitar que los precios de ciertos productos de origen local no aumenten o lo hagan a otro ritmo, pero a costa de destrucción de fuentes de trabajo. Esto ya se vivió en la Argentina, sin ninguna duda. Y las que tienen menos espacio para protegerse son las pequeñas y medianas empresas. En este punto es necesario señalar que en un contexto mundial en el que muchas economías (por ejemplo varios países europeos) no logran salir de la recesión, u otras (nada menos que China, por ejemplo), han ingresado en una desaceleración en su crecimiento, lo que están buscando, justamente, es mercado, espacios para inundar con sus mercancías. Si el Estado renuncia a instrumentos de administración de estos ingresos de productos, las consecuencias para el aparato productivo y para la generación de fuentes de trabajo pueden ser enormes.
Otra herramienta de política económica que comenzó a operar a partir de la asunción del actual gobierno fue la liberación de restricciones a la entrada y salida de capitales, acompañada de un fuerte aumento de la tasa de interés como mecanismo para atenuar la fuga de fondos hacia el dólar. El nivel de la tasa de interés es clave en la economía y el uso de tasas altas es una pócima que la Argentina ha probado durante demasiado tiempo. En una etapa de grandes dificultades económicas internacionales para que los excedentes encuentren canales en la producción, se abre paso a la reaparición del dólar financiero, a la financiarización. La secuencia, ya experimentada por la Argentina: ingreso de capitales, captación de grandes ganancias con tasas de interés altas a nivel local, posterior fuga de capitales. Es uno de los mecanismos que mejor explica el endeudamiento externo argentino desde la dictadura en adelante. Y por otro lado, las tasas altas suponen que especialmente las pequeñas y medianas empresas tendrán mayores dificultades para fondearse y lograr sostener rentabilidad. Por lo general las grandes empresas tienen otros mecanismos de financiamiento: toma de deuda en el exterior, obligaciones negociables, etc.
Prat-Gay a su vez desde los primeros días en la gestión habló de avances en la toma de deuda con bancos extranjeros para hacer más sólido el colchón de reservas del Banco Central. Por estas horas se lleva a cabo en Davos el Foro Económico Mundial y desde allí el Ministro de Hacienda y Finanzas ha declarado su interés en que la Argentina retome su vínculo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), o sea con una de las instituciones representativas del gran capital financiero internacional.
El Foro Económico Mundial está siendo utilizado por el flamante gobierno para reafirmar los ejes sobre los que intentará pivotear su programa económico: recortes del Gasto Público, apertura económica y regreso al sendero del endeudamiento externo. Resulta por demás interesante observar con algún detalle la agenda oficial del presidente argentino, más allá de lo que se difundió con grandes títulos en los medios afines al gobierno: la reunión con el Primer Ministro Británico, con el Vice-Presidente de los EEUU, con el Primer Ministro Holandés, por ejemplo. Macri, que llegó acompañado del jefe de Gabinete Marcos Peña y de Sergio Massa, lleva adelante en Davos reuniones individuales con los CEO de grandes empresas y fondos de inversión: TANTO Capital Partners, Dow Chemical, Shell, Facebook, Coca-Cola, Total, Google, Mitshubishi, Dreyfus, GEMS Education, Banco Japonés de Inversión, entre otros. A estas empresas “a las que les interesa el país” (como publicitaban en los Noventa en aquel programa televisivo de Neustdat y Mariano Grondona) el gobierno le quiere mostrar una “nueva” Argentina.
En síntesis, de la serie de medidas de política económica llevadas adelante en este intenso primer mes de gobierno, hay una especie de “asalto” al Estado para recomponer desde lo institucional, la tasa de ganancia del gran capital diversificado, con conexiones con el mercado mundial. Esto está impactando en el poder de compra de salarios, jubilaciones y pensiones, asignaciones y transferencias sociales. Por lo tanto va a provocar caída del consumo interno y un aumento en los niveles de pobreza.
Como dice Cerati en una de las canciones de lo que (lamentablemente) fue su último disco, “siento un dèjá vu”. Con nuevas caras, con otros modos, con personajes que aparecen más descontracturados, que se llaman por sus nombres de pila, (Mauricio, Alfonso, Marcos, Gabriela, María Eugenia, Sergio…) “vuelve la misma sensación, esta canción ya se escribió…”.
Pero felizmente, esto está en el campo de la política, y lo político es siempre terreno en ebullición, en disputa. La Argentina es una sociedad compleja, y rápidamente se han abierto tensiones y luchas que se afirman en lo que se percibe como única alternativa real: enfrentar y resistir este ajuste.




Por División Las Heras

“Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y en general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, «Sociedad de beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora" (1).
"Ya conocemos el concepto de lumpen proletariado, pero no así el de lumpen burguesía, una noción que se introdujo mucho después, haciendo una cierta analogía a la idea de lumpen proletariado. Originalmente, el concepto de lumpen burguesía fue usado en Austria por parte de algunos ideólogos socialistas en los años 20, sin embargo fue André Gunder Frank, conocido por su teoría de la dependencia, quien en 1972 utilizó el término de lumpen burguesía en referencia a las clases dominantes de América Latina que, incapaces de implementar un proyecto nacional autónomo y de articular una conciencia de clase propia, como lo habían hecho las burguesías de las potencias europeas y de Estados Unidos, devenían meras sirvientes de los intereses de las potencias dominantes, principalmente de Estados Unidos y sus grandes corporaciones transnacionales, a quienes servían como abogados, supervisores y administradores políticos”(2) .
Nuestros últimos artículos intentaban expresar  la sorpresa generalizada del pueblo ante la ofensiva brutal del denominado CEOfascismo. Pese al daño ocasionado, que no solamente no da tregua sino que continúa con una contumacia febril ascendente,  tal vez deberíamos empezar a marcar ahora lo positivo de algunas certidumbres que vemos después de la sorpresa inicial y las ruinas que va dejando a su paso el estigma neocolonial, ejecutado por una nueva especie de hordas bárbaras que llevan adelante el saqueo y la venganza sobre los supuestos vencidos: el pueblo argentino.


Balbuceando las consabidas  incoherencias de un sentido común atávico, compatible con el infra desarrollo del pensamiento abstracto de una derecha violenta, destruyen todo lo logrado, saquean lo que tiene valor para ellos e intentan escarmentar a aquellas figuras que les  representan simbolismos refractarios. Los que pueden seguir pensando en clave colectiva o crítica, los luchadores sociales, los militantes políticos, los que -a diferencia  de las escasas  frases que es capaz de repetir  de corrido el presidente, sin haber tenido que memorizarlas previamente- siguen aferrados a la reposición de argumento como forma de hacer política y, sobre todo,  plantan cara a todo intento de retroceso en materia de derechos humanos, insoportables para la nueva cultura bárbara.
Pero esta embestida predatoria está siendo llevada a cabo por personeros locales, managers o CEOs (para respetar la caracterización dominante) que representarían sus propios intereses y sus percepciones e intuiciones del mundo, además de la decadencia del capitalismo global.
Es cierto que en la práctica están sirviendo a otros sectores más poderosos y transnacionales donde el interés principal es la maximización de la ganancia y el mantenimiento del poder.
Pero la pregunta es si son necesariamente lo mismo. El pasado de rapiña de los principales funcionarios, que en algunos casos (no muchos) quizás no perpetraron los actos de corruptela convencional que erizan la piel de la clase media local, sino que directamente apoyaron los intereses imperiales en contra del pueblo argentino (vuelvo a la diferenciación categórica – y vigente- de Jauretche entre moral y moralina doméstica y a la imposibilidad de esta burguesía nacional de enhebrar un proyecto capitalista nacional), así parece confirmarlo. Estos gerentes no forman parte del pueblo, ni tampoco son, ellos mismos, la oligarquía, el capital financiero global ni el imperialismo. Es más, este último ha apelado, en sus cruzadas reciente de control global punitivo a otro tipo de lúmpenes. Barras bravas en los Balcanes, mercenarios en medio oriente, por citar sólo algunos ejemplos.
Pero aquellos dos factores, la maximización de ganancias y el mantenimiento del poder, son definitorios, porque son los que están en crisis en el actual sistema capitalista mundial.
Y el avance realizado sobre ellos durante el gobierno anterior (al igual que en otros países de América Latina) encendieron todas las luces de alarma y provocaron semejante reacción imperial, cuya tarea sucia realizan las fuerzas de choque de la lumpen burguesía.
Eso explicaría nuestra pregunta y daría cuenta de por qué el macrismo no construye política y, en cambio, avanza brutalmente sobre derechos humanos, civiles, políticos, sociales, económicos y hasta embiste contra denominadores comunes de la nacionalidad,  asentados en el propio artículo 1º de la Constitución de 1853-60 (la forma federal de gobierno, agraviada con el aumento de la coparticipación de la CABA por decreto).
Es que, precisamente, la situación del capitalismo a nivel internacional es muy frágil y los grupos financieros dominantes han decidido resolverlo yendo por todo, concentrando aún más aceleradamente la riqueza y provocando sucesivas intervenciones extranjeras que provocaron la ruina de muchos países no afines.
La acumulación de fuerzas de los pueblos, en cambio, ha sido ir lentamente conquistando espacios y derechos sin llegar a transformaciones estructurales. Si por estructurales seguimos concibiendo la propiedad de los medios de producción y comunicación.
Este trabajo político colectivo ha derivado en el “empoderamiento” de sectores cada vez mas importantes, empezando por los propios trabajadores, que sin haberse puesto a la cabeza de la lucha han ido desarrollando una conciencia importante de sus derechos y su lugar en la sociedad.
La insólita ofensiva bárbara, ha provocado una rápida reacción del pueblo en general y de los trabajadores en particular, que con su organización espontánea y sin una dirección  de los partidos y grupos políticos tradicionales, ha comenzado a llenar las plazas de una manera tan urgente, pacífica y masiva que tal vez no reconozca precedentes en otro lugar del mundo.

La tarea inmediata es profundizar el empoderamiento tratando de entender cada ofensiva neoliberal, generalizando la discusión en lo profundo del pueblo.

La táctica general de los bárbaros ha sido menospreciar el desarrollo cultural y político del pueblo argentino. Por eso intentan pararlo destruyendo los derechos conquistados. El argumento es que han vivido por encima de sus posibilidades reales y por lo tanto ahora el ajuste, la renuncia, el sacrificio y la penuria son inexorables.
Pero, paradójicamente, ya es tarde para eso. El pueblo argentino tiene 70 años de memoria histórica y sabe que la pobreza no tiene ontología propia y es contingente. Y, por su conciencia y grado de politización, no va a permitir los retrocesos que programan las nuevas fuerzas atilanas. Que a su vez no comprenden este grado de conciencia y creen que el intento desestabilizador de la democracia y la república es viable mediante estos métodos.
Justamente en esta debilidad tenemos que trabajar todos, aumentando la comprensión del conjunto para facilitar y profundizar lo que, por su cuenta y sin deberle nada a nadie, empezó a realizar el pueblo argentino. En definitiva, se trata de organizar la resistencia porque el avance del pueblo no se hará esperar.
(1)     Marx: el 18 Brumario.
(2)     file:///C:/Users/Eduardo/Downloads/Agencia_Venezolana_de_Noticias_-_Lumpen_Burguesa_-_2014-03-26.pdf).





16 enero 2016
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La Argentina vive horas de intensidad sin precedentes. El gobierno de las grandes corporaciones del capital transnacional, la embajada y sus socios locales, huyen hacia el pasado reciente por un camino no del todo conocido.



Es que los dueños actuales de la empresa del Plata hacen que Macri (nominalmente) ejecute sobrepasando incluso los límites que se había autoimpuesto la propia dictadura militar. A la pérdida de los derechos sociales y económicos conquistados por el kirchnerismo, la derecha autoritaria añade la agresión sistemática y acelerada de derechos y garantías políticas y civiles que se expresa de las maneras más variadas. La pregunta es por qué el gobierno de Cambiemos ha renunciado a la utopía de una construcción política y quiere “ir por todo” haciendo frente a las máximas canónicas de los estados democráticos burgueses.

Una de las respuestas podría estar dada por la necesidad de generar condiciones diferentes en el país y la región, de cara a la agudización de la conflictividad que enfrenta al imperialismo con potencias antagónicas emergentes, aceptando que América Latina pueda transformarse en un nuevo campo de Marte. Esto explica la forma en que se aplica actualmente la doctrina del shock (y el "capitalismo del desastre") que describía Naomi Klein. Se trata de una doctrina creada al influjo del referente de la Escuela de Chicago, Milton Friedman, que plantea la necesidad de desarticular todo vestigio del Estado de Bienestar y promover una globalización neoliberal sin anestesia con formato de blitzkrieg. Esta tesis implica, por supuesto, la supresión del rol social del Estado, la más plena discrecionalidad de las empresas y una preocupación social nula. Un verdadero genocidio que pretende "encontrar oportunidades" para el capital en los más terribles escenarios de desastres y masacres.

Para eso, para perpetrar el capítulo argento del nuevo escenario de control global punitivo, Macri ( o, mejor dicho, los verdaderos gestores del poder plutocrático) necesitan coaligarse con los sectores más reaccionarios del país, y buscar auxilio especialmente en los pliegues más conservadores del peronismo -de hecho lo están haciendo- (1) y valerse de las limitaciones ideológicas y las prácticas políticas del kirchnerismo que, a diferencia de los gobiernos de Bolivia y Ecuador, por ejemplo, resignó los antagonismos fundamentales y dejó demasiados resortes vitales de la economía y la batalla cultural en manos adversarias. El gobierno intenta, en consonancia con ese objetivo, profundizar el aislamiento de los sectores populares a partir de una campaña de silenciamiento de las voces opositoras, que también alcanza niveles escandalosos. Como dice Michell Collon, en las guerras (el mundo lo está, y la Argentina no está al margen de esa conflictividad) llegan antes las mentiras que las bombas. Pero todo llega, y de las peores maneras que pudiéramos imaginar. Lo que cambia es el formato de los instrumentos de aniquilamiento de las experiencias emancipatorias reformistas.

Desde el golpe de Pinochet hasta las intervenciones en África, la antigua Yugoslavia o América Latina surca el escenario de las nuevas formas de dominación una multiplicidad de denominadores comunes. El verdadero rol del estado, aquel de quien durante más de doce años esperamos transformaciones estructurales, reaparece en su forma más althusseriana. He aquí el nuevo estado de los CEOs que anticipaba Zizek. En breve, es posible que tengamos la evidencia explícita de la ligazón internacional de las políticas del macrismo. El TPP bien podría encarnar el tramo más duro de la pérdida de soberanía política y jurídica y la concreción definitiva de la consigna “todo el poder a las multinacionales”. Estemos atentos, por exhibir sólo un dato, con lo que puede ocurrir con los medicamentos. Esa es una clave de barbarie ya expresada por Lagarde. Los sectores vulnerables son un “problema” del que, sin embargo, es posible sacar provecho en el estrago del shock.

(1) Aclara Morales Solá, en su columna habitual en el diario La Nación. “A Macri le quedan los gobernadores peronistas, los intendentes del conurbano y los sindicatos para enhebrar un diálogo político. Ese peronismo también sabe que su peor receta sería aferrarse al revanchismo del cristinismo. Mucho más cuando descubrió que hay un Presidente dispuesto a disputarle el poder a Cristina, palmo a palmo”.
Por Ignacio Castro Rey (*)

Borges habló en su momento de una adorable quietud hispana, así como de un calor y una amistad que son difíciles de encontrar en culturas occidentales distintas a aquellas donde se habla la lengua de Machado o Rulfo. Sin embargo, un reverso existencial, cultural y político, de ese atractiva calidez podría recorrer las latitudes de nuestra cultura. En casi todas las naciones del universo hispano encontraremos un constante déficit en la modernización, sobre todo en lo que atañe a la simple conciencia nacional, al orgullo y la firmeza universales de ser así, como somos, bolivianos, chilenos o colombianos. Hay entre nosotros un complejo de inferioridad, una timidez cuasi ontológica que implica que el término medio de las naciones hispanas tengan una débil consistencia, una conciencia temblorosa de su identidad en la arena internacional. Y no sólo eso, pues la debilidad, a la fuerza, opera primeramente hacia dentro.

Ser cosmopolitas exige encontrar un lugar en la desprotección, ser capaces de navegar en el vértigo y la soledad de lo universal. Pero hace tiempo que la sentimentalidad hispana encuentra excesivamente fría y desolada la planicie de lo mundial. A diferencia de Italia, nos hemos refugiado en una cálida bonhomía que enrojece un poco ante la incertidumbre de cualquier gesta histórica, como si tuviéramos algo muy peculiar de lo avergonzarnos, algo más que cualquier otra cultura o nación. Esta ingenua retirada se produce en nosotros -hay que recordarlo- casi al margen del tamaño, la riqueza económica, la potencia natural o la población de los distintos países. Y si falla esta cuestión de la resolución exterior, y su correlato de poder estatal, todos los otros elementos de una modernización, sean el cine, la ciencia o la economía, quedan sueltos, descabezados, sin suelo.



Es lo que decía el penúltimo embajador estadounidense, poco antes de hacer las maletas: "Lo único que no me gusta de España es lo poco que se quiere sí misma". Pero un parecido síndrome lo podemos encontrar en todos nuestros parajes hispanos. El caso de México, una nación que actualmente tiene 120 millones de personas, con casi 20 millones más en Estados Unidos, es bastante rotundo. Para empezar, mantiene con el poderoso vecino del norte una actitud ingenua, un poco mendicante y acomplejada que resulta parecida a la que España, gobernando la derecha o la izquierda, mantiene con la Comunidad Europea. Dentro de su vigorosa pujanza, hay pocas dificultades mexicanas -la desigualdad social y la pobreza, la educación, la indolencia estatal y el nivel de delincuencia, el racismo interno que castiga a distintas minorías- cuyos signos no tengan una relación más o menos directa con una dubitativa conciencia nacional y la consiguiente fragilidad de las instituciones estatales, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

En cuanto a la hispanidad es posible que Unamuno sea más rotundo, pero encontramos ya que el particularismo que Ortega denuncia en Españainvertebrada -un fenómeno que él sitúa, más que en Cataluña o el País Vasco, en el Poder central- se debe a una especie de ingenuidad, de dimisión histórica. Según lo describe Ortega en el Capítulo V de ese extraño y todavía vigente libro, el problema de España no son los secesionismos periféricos, sino, por así decirlo, el separatismo de Madrid con respecto a lo que sería la audacia mínima que necesita una nación moderna para mantenerse y proyectarse en el mundo. Cuando falla esa audacia externa, falla también la cohesión interna. "Será casualidad -comenta el autor de Meditaciones del Quijote-, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular". Igual que en todo cuerpo orgánico, la debilidad hacia afuera parece revertir casi automáticamente contra el adentro. "Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho".

En el particularismo de cuño hispano cada empresario, cada policía, cada político, cada ciudad y cada gremio -tal vez maestros mexicanos incluidos- camina por su lado. Quizás de remota herencia árabe, este localismo tribal se ha acentuado por la debilidad de todas las revoluciones burguesas en el orbe hispano, que apenas han constituido naciones unificadas estatalmente y volcadas sobre el mundo, con la hilera de aliados, rivales y enemigos que sean de rigor. Es esta debilidad en la proyección histórica, con el inevitable resultado de amistades y enemistades, lo que hace que una nación se desgarre en luchas intestinas. La guerra civil española, que de manera democrática parece que aún seguir en estado larvario, es sólo un ejemplo histórico. "En tiempos de paz el hombre belicoso se lanza contra sí mismo", nos recordaba Nietzsche. Ahora bien, ¿qué hombre, qué nación no es en su raíz belicosa, obligada a luchar por mantener su singularidad, sin mendigar reconocimiento?

Y esta ingenuidad histórica no es un problema de tamaño o potencia económica, sino de convicción, de decisión  y conciencia política en el vértigo de lo mundial. Aparte de la Argentina de Perón, aparte de algunas otras variantes histriónicas actuales, el ejemplo de Cuba -con todos sus defectos- sigue siendo una excepción significativa. Con cien mil errores del régimen, una pequeña isla de doce millones de habitantes resiste el acoso de una de las mayores potencias del mundo gracias a la inteligencia y resolución de su patriotismo. Si la derecha española puede hoy hacer burla de esto es solamente porque ella también ha dimitido de todo lo que sea coraje político en la arena mundial. Más importante que el marxismo -y sus errores- ha sido entre los cubanos una moderna conciencia nacional, como lo prueba el hecho de que después de Castro y de la Unión Soviética, hasta hoy mismo, persista la audacia nacional y estatal, aliada ahora con el fondo de sincretismo católico que siempre latió en la isla. Es esta resolución -política e impolítica- la que falta dramáticamente en España, donde parece que hemos conquistado la democracia al precio de perder casi toda noción de lo que sea ejercer un uso legítimo y moderno de la decisión y la fuerza.

Nuestra invertebración estructural, anímica e institucional, con sus secuelas de tensiones regionales centrífugas, se duplica otra vez en el sectarismo partidario entre derecha e izquierda, entre izquierda y derecha. No sólo en la actual España, también en Argentina y Venezuela, el fanatismo ideológico es el sucedáneo de una totalidad nacional flotante, con una conciencia de comunidad moderna que ha sido adelgazada al máximo. Es cierto que la idiotez sectaria es el abecé de la vida política en todas partes, pero el nivel al que se llega en los países latinos, España incluida, no tiene una fácil comparación. Tal vez la causa sea muy simple y siga teniendo relación con el diagnóstico de Ortega: no existe una mínima conciencia de proyecto en la complejidad universal, un mínimo "orgullo" nacional ante los otros, que tampoco son perfectos. De manera que la hostilidad media que atraviesa toda sociedad civil -acentuada por la competencia capitalista- no encuentra diques de contención. Ni estatales ni morales, ni políticos ni patrióticos.

Lo que, forzando el lenguaje, podríamos llamar auto-odio es una de las herencias más perniciosas, más todavía que la debilidad de las estructuras políticas y las instituciones, que la madre patria ha legado a las antiguas colonias. Es palpable en México, pero también en Galicia y Andalucía. Es palpable en Argentina, pero también en Asturias y en Extremadura o Valencia. Privada y pública, la corrupción es uno de los signos de ese odio a sí mismo y ese despedazamiento interno. Ni que decir tiene -dicho sea de paso- que cuando la corrupción es hacia el exterior y se vuelca en empresas extranjeras, ya no se llama corrupción, sino potencia económica.

Madrid ha cometido a la vez dos errores antagónicos con la "periferia", tanto española como latinoamericana. Por un lado, es cierto que ha sidocentralista, poco atenta a los matices y las diferencias. Por otro, más grave todavía, ha sido centralista -a diferencia de Francia- con muy poca audacia a la hora de unir esas serias diferencias internas con un redoblado proyecto exterior. Y hay que insistir en que, igual que en un individuo o una familia, solamente la fuerza exterior restaña las heridas internas. Hasta en una pareja, para mantenerse, se habla de "salir juntos".

Es muy posible que el famoso espíritu de la Transición no haya dado, en su letra, más que respuestas pasajeras a la vertebración española. El Estado de las autonomías, con un "café con leche para todos", probablemente se limitó a arbitrar soluciones de compromiso entre los distintos particularismos e "idiotismos" locales. De algún modo, quizás el ejemplo nuestro debió de ser, desde hace mucho, más el Reino Unido que Francia.

Pero no, ni uno ni otra. Una nación como la española, que tiene un himno mudo, sin letra, es posible que viva demasiado pendiente de las versiones -Leyenda Negra incluida- que los otros dan de ella misma. Nuestra adorada Francia no puede dejar de asombrarse ante esta diferenciaespañola. El signo de tal débil alma común puede que no se vea tanto, por poner un ejemplo tópico, en nuestra escasa soltura con los idiomas extranjeros como en la escasa soltura que mantenemos en el uso de la cultura y la lengua propia, con sus mil matices.

El norte, sea Inglaterra, Alemania o EEUU, vive desde hace siglos en la lógica de la separación, de una insularidad individualista que no es nuestra. De este puritanismo de la separación proviene su poder militar y su potencia económica. Los hispanos del sur que les seguimos estamos condenados a servir de camareros -o limpiabotas- en esa opulencia que los norteños dirigen. La simple entrega compulsiva al turismo, en detrimento de otros sectores menos serviles -sea la investigación agrícola, industrial, tecnológica o científica-, es propia de una nación que acaba de llegar a la modernidad y quiere ser más postmoderna que ninguna, tapando el vacío y las inseguridades a toda prisa.

La Ilustración española, un poco de segunda mano y con la furia propia de los recién llegados, nos ha llevado a odiar todo lo que sean elementosprimarios de una nación, desde el propio sentimiento nacional al cuidado de una agricultura propia. Pero sin todo eso una nación no pervive, aunque no tenga claros enemigos externos. Podíamos resumir el manido problema de la "cohesión territorial" española en una frase que los catalanes y vascos le han dicho de mil modos al resto del Estado: "Si ustedes no quieren ser una nación, ni se aprecian a sí mismos como distintos, nosotros sí". Y este mensaje está cargado con la obligación de cuidar los propio, empezando por ese sector primario que España ha despreciado en los últimos cuarenta años. De ser esto así, Ortega seguiría teniendo bastante razón al decir que el problema no está en Barcelona o en Bilbao, sino en Madrid.

En China, Rusia y Cuba -quizás hasta en la misma Grecia- el marxismo ha tenido el efecto nacional que la religión ha tenido en otros países. Curiosamente, la religión y el marxismo se han relevado en muy distintas potencias nacionales. Es significativo que la modernidad española no quiera saber nada de eso y achaque cualquier nacionalismo o populismo a un retraso cultural, más o menos propio de culturas despóticas o tercermundistas. Olvidamos así que todas nuestras adoradas instituciones globales, de la Comunidad Europea y la OTAN al FMI, están dirigidas por unas pocas naciones fuertes que, a veces, carecen incluso de los más mínimos modales.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 16 de enero de 2016
(*) Filósofo y crítico de arte.

Por Nora Merlín (*)
Partiendo de las categorías psicoanalíticas y poniéndolas en diálogo con la teoría política de Ernesto Laclau, nos proponemos comprender la construcción populista y su relación con la democracia. Con este objetivo en primer lugar diferenciaremos la mencionada construcción de la de masas, porque entendemos que ambas modalidades son respuestas diferentes al malestar en la cultura y producen distintos efectos en los actores de cada una de ellas. El populismo, definido por Laclau desde la teoría del lenguaje de Saussure, supone una construcción de identidad a partir de la articulación de demandas que se hacen equivalentes. En contraposición, la masa es una respuesta social no discursiva si no puramente libidinal. Creemos que tal distinción resulta imprescindible, a riesgo de producir un saldo lamentable que redunda en la asociación de populismo, o peronismo en la idiosincrasia nacional, y fascismo. En tal sentido queremos despejar también las relaciones entre populismo y democracia: si constituye éste  un peligro para ella o si es un síntoma de la misma.



Masa

Freud, en su artículo “Psicología de las masas y análisis del yo”, afirma que las masas son asociaciones de individuos que se manifiestan con características bárbaras, violentas, impulsivas y carentes de límites, en las que se echan por tierra las represiones. Son grupos humanos hipnotizados, con bajo rendimiento intelectual y que buscan someterse a la autoridad del líder poderoso que las domina  por sugestión.

“Una masa primaria de esta  índole es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo” (FREUD 1921, 116).

Se trata allí de una constitución libidinosa producida por la identificación al líder, en la que una multitud de individuos pone en el mismo objeto (el líder) el lugar del ideal del yo, operador simbólico que sostiene la identificación de los yoes de los miembros entre sí. Por lo tanto, dos operaciones constituyen y caracterizan a la masa: idealización al líder e identificación con el líder y entre los miembros. A partir de “Introducción del Narcisismo” Freud articula identificación y amor, y confiere a éste estructura de engaño. Como consecuencia de la identificación y la idealización, se desprende el estado de hipnosis que produce fascinación colectiva, y una pasión: la del Uno que uniformiza y excluye.
Desde la última enseñanza de Lacan, cuando incluye su teoría de los nudos borromeos, es posible pensar una modalidad de lo simbólico que no hace cadena, es decir, un conjunto de elementos disjuntos, de Unos no encadenados. Lacan utilizó la imagen del grano de arena para explicar el significante no encadenado: un simbólico que no hace cadena tampoco hace lazo social, estaría más cerca de la lengua que del  discurso.

“El grano de arena no establece relación, hace montón, es la multiplicidad inconsistente del montón y me doy cuenta que es un problema captar la diferencia entre un lazo social y un montón de gente. No hace falta creer que lo múltiple hace lazo social (…) lo simbólico del nudo Borromeo no es lo simbólico del grafo del deseo, por ejemplo.”  (COLETTE SOLER 2009, 40).

Populismo

Coincidimos con el punto de vista de Laclau, quien concibe al populismo como expresión indiferente a la ideología y a las versiones, grupos, clases o momentos históricos, también al desarrollo económico y social de una sociedad. La construcción populista no surge como antagonista del poder conforme al modelo marxista de la lucha de clases, sino que Laclau lo define como “lucha popular democrática”, formación social que depende de una lógica de articulación de demandas que se relacionan y conforman identidad. Dicho autor produce una teoría del populismo a partir del análisis del discurso, utilizando la lingüística saussuriana, la teoría lacaniana y la política, y concibiendo lo social como realidad de discurso, de significación. La concepción del lenguaje de Saussure, permite a Laclau explicar el concepto de populismo basándose en la retórica y el análisis discursivo. Considera el fenómeno como una lógica de valores, un sistema de relaciones entre elementos equivalentes y diferentes; al igual que la lingüística estructuralista con los significados del sistema de la lengua, desestima la trama ideacional y moral de las demandas. En su formulación Laclau también incluye la concepción lacaniana del lenguaje, en particular del significante en tanto sistema de oposiciones y diferencias que se relacionan entre sí y producen de esta forma infinitos efectos de sentido. Según Lacan, no hay universo de discurso porque el Otro en tanto batería significante está barrado (A), es decir, no es un conjunto cerrado y por lo tanto ninguna significación es absoluta ni abarca lo real. Para que el lenguaje se constituya en un sistema de diferencias, es necesario establecer un límite, un elemento excluido que está más allá del límite, un heterogéneo radical que deviene en otra diferencia. De este modo se deduce que el cierre del conjunto no es posible y que no hay universo de representación.

A diferencia de otros autores que se ocuparon del populismo, Laclau no parte del concepto de pueblo como supuesto ontológico dado, sino más bien lo plantea como un efecto contingente, una construcción política particular que tiene como unidad de análisis a y se origina en la demanda social. 

“Los símbolos o identidades populares, en tanto son una superficie de inscripción no expresan pasivamente lo que está inscripto en ella, sino que de hecho constituyen lo que expresan a través del proceso mismo de su expresión. En otras palabras: la posición del sujeto popular no expresa simplemente una unidad de demandas constituidas fuera y antes de sí mismo, sino que es el momento decisivo en el establecimiento de esa unidad (…) La única fuente de articulación es la cadena como tal” (LACLAU 2008, 129).

Las demandas no son sólo significación de una necesidad, sino que además implican demanda de reconocimiento, de identidad y de inscripción en la comunidad. Como las demandas siempre se dirigen al Otro (el campo del lenguaje), siempre suponen la dimensión relacional, “el entre”, y es allí, en la relación de equivalencia con otras demandas, donde se significan, y no a priori, pues no son unidades de sentido sino que acarrean una práctica articulatoria. A través de la lógica de la equivalencia las demandas devienen construcción de identidad populista, que supondrá la unificación de las mismas, conformando de este modo una construcción política hegemónica. Laclau recorta dos clases de demandas: las democráticas, que son satisfechas por las instituciones y por eso están aisladas de la equivalencia, y las populares, que establecen relaciones de equivalencia. Esta distinción no implica fijeza conceptual pues una demanda democrática absorbida por la institucionalidad puede devenir popular si se reactiva y entra en equivalencia con otras; las demandas no son estáticas sino dinámicas. Las demandas populistas siendo diferentes se hacen equivalentes y por intermedio de este proceso van construyendo hegemonía popular, de tal modo que un elemento es susceptible de representar la totalidad, representación de una imposibilidad en el que un particular asume el universal. En el mismo sentido que el objeto a lacaniano, un simbólico que designa lo real imposible, el pueblo del populismo es entendido como una parcialidad que intenta funcionar como totalidad y que por eso mismo construye hegemonía; el pueblo será entonces metáfora o nombre de la comunidad “toda”. Por otra parte y a la vez, el populismo aparece como efecto del antagonismo propio de lo social  y es de dimensión rupturista, pues se trata de interpelaciones y respuestas sociales que generan una división dicotómica en la sociedad.

 Populismo: ¿peligro para la democracia?  

Para pensar si la construcción populista constituye un peligro conviene retomar la diferencia establecida por Freud en “Inhibición síntoma y angustia” entre un síntoma y un peligro. Allí el síntoma queda ubicado como una respuesta posible de un aparato que da una señal de angustia y es capaz de defenderse sin quedar avasallado ni paralizado ante lo que aparece como situación de peligro, definida como amenaza de castración proferida por el padre de la ley. “Los síntomas son creados para evitar la situación de peligro que es señalada por el desarrollo de angustia”, (FREUD 1927, 122). Para Freud el síntoma, como resultado del conflicto entre lo pulsional y lo prohibido, será:
- una formación de compromiso, un mensaje a ser descifrado dirigido al Otro. Aquí podemos ubicar la lógica de las demandas populistas que se articulan y se hacen equivalentes.
- un modo de satisfacción, sustituto pulsional de estructura extraterritorial en el yo,  extranjero egodistónico. Lacan lo define en R.S.I. como un signo de algo que no anda en lo real, un efecto simbólico en lo real.
Si extrapolamos la referencia psicoanalítica del síntoma al campo social y ubicamos al populismo como modo de respuesta de un aparato que se defiende y reacciona, se deduce que el populismo no es un peligro sino un síntoma, que se realiza y manifiesta en la realidad social como pedido a ser descifrado por el otro del reconocimiento. Siguiendo a Laclau, producto de demandas articuladas que cobran significación en la articulación misma y que expresan algo que no anda y aún no tiene respuesta institucional.

 Lo común y la democracia. La identidad en la masa y en el  populismo.

Según Laclau el populismo es un modo de construcción de lo político inherente a la comunidad porque es impensable que esta satisfaga todas sus demandas. La demanda populista agrupa y separa en lo público, implica hablar y hacerse escuchar. De esa diferencia surge como consecuencia el pueblo y la política en tanto batalla discursiva

La concepción de la política en la construcción populista refiere a la pluralidad de los seres humanos en un mundo común, siendo lo plural y no la fusión, condición indispensable para la política. Lo común desde esta perspectiva, no se asimila a la unidad homogeneizante ni a la producción mercantil de objetos y de sujetos tomados como objetos, propia de la masa. En esta última se produce una destitución subjetiva propia del discurso capitalista, el sujeto no es tratado como tal, no tiene voz ni voto.
La construcción de identidad difiere cuando la caracteriza el enlace libidinal con el líder, como sucede en el caso de la masa, de la que se consigue por la lógica de las demandas, propia del populismo. Laclau rescata al líder de “Psicología de las masas y análisis del yo” como enlace libidinal, pero el acento en la construcción populista no está puesto en la identificación a esa figura, si no en la lógica equivalencial de demandas. No es lo mismo la identidad alcanzada sólo por la identificación y obediencia al líder, sujeto y amo de la palabra que articula mandatos e imperativos, que la conseguida a través de la lógica de demandas que piden inscripción. En el populismo, al poner en juego su palabra colocando una demanda en el lugar del agente, en tanto enunciado y enunciación dirigida al Otro, a una escucha, los sujetos devienen actores políticos Se trata entonces de la suposición de un sujeto de deseo que se inserta desde su demanda reclamando reconocimiento; es un sujeto que legitima su figura, renovado en su potestad y en su soberanía. En el fenómeno populista verificamos que es posible otra conformación de identidad que no consiste en la identificación al “Führer” y ajena a la pasión por el Uno. En oposición, el sujeto de la masa es pasivo, servil y sugestionado, con un yo empobrecido sometido a un amo que articula ideologías preconcebidas y fijadas e ideales en los que obviamente no se produce política. En este caso, el líder es el único que encarna las demandas que funcionan como imperativos o mandatos a obedecer. Freud vio en el rebaño, la fascinación colectiva y la homogeneización de la psicología de las masas un prolegómeno del totalitarismo. A este respecto, Lacan es muy claro  y nos recomienda, en “La dirección de la cura”, no confundir la identificación con el significante todopoderoso de la demanda ni con el objeto de la demanda de amor. En el mismo sentido, en el Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, propone ir más allá del plano de la identificación: mantener la máxima distancia entre el Ideal y el objeto, ya que la superposición y confusión de ambos lleva al estado de hipnosis. Advertimos que la masa no es un modo de lazo social, de discurso, si no que se constituye por un montón de gente seriada, indiferenciada y unificada. A partir del sujeto lacaniano es posible pensar un espacio común y para todos sin que se anule lo singular. Este sujeto radicalmente incognoscible e incalculable es la única garantía que tenemos contra el racismo y el totalitarismo propio de la masa.
A diferencia de la masa que se sostiene en el ideal, el populismo pone en acto la pluralidad discursiva, por lo que supone la idea de democracia como fundamento.
Por lo expuesto concluimos que la construcción de pueblo no es igual a la de la masa pues  ambas representan dos modos distintos de respuesta social al malestar en la cultura. Entendemos el populismo como un fenómeno que refiere fundamentalmente a la democracia participativa, que pone en evidencia los límites de la democracia representativa. Revitaliza en su accionar mismo la vieja retórica moralizante y predestinada y permite que la creatividad de todos produzca iniciativas populares nuevas, posibilitando la irrupción de acontecimientos imprevistos e irreductibles a formas previas. Una cultura política posible, libertaria, emancipatoria, implica la construcción de hegemonía popular como condición, a través de la invención cultural, sin gradualismos ni puntos de llegada, con antagonismos que se inscriben en la democracia dentro de sus límites y posibilidades, asumiendo el riesgo de la verificación colectiva.

Referencias bibliográficas
1. FREUD, S. (1914) “Introducción del Narcisismo”. En Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1986, XIV, 71-98.
2. FREUD, S. (1921) “Psicología de las masas”. En Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu editores, 2006, XVIII, 67-196.
3. FREUD, S. (1927) “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu editores, 2004, XX, 83-161.
4. LACAN, J. (1975) “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”. En Escritos, México, Siglo XXI, 1984, II, 773-807, A.
 5. LACAN, J. (1975) “La dirección de la cura”. En Escritos, México, Siglo XXI, 1984, II, 565-626, B.
6. LACLAU, E. (2008) Debates y combates: por un nuevo horizonte de la política, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, A.
7. LACLAU, E. (2008) La razón populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, B.
8. SOLER, C. (2009) La querella de los diagnósticos, Buenos Aires, Letra Viva, 2009.
(*) Publicada originariamente en https://www.topia.com.ar/articulos/pol%C3%ADtica-y-psicoan%C3%A1lisis-populismo-y-democracia
Desmontando una por una las reformas del estado de bienestar, los gestores del capital avanzan a paso redoblado, dejando a su alrededor un panorama generalizado de desolación y catástrofe social, enajenación de la soberanía, quiebre institucional, exclusión, recorte de las libertades públicas, despidos y persecución sin límites de las voces opositoras. Es claro que, más temprano que tarde, esta agudización de las contradicciones en un estado permanente de excepción, podría precipitar la protesta y movilización de la sociedad, por más que las organizaciones sindicales y el Congreso hayan brillado hasta ahora por su ausencia. Dato para nada subalterno, por supuesto, que ayuda a explicar en buena parte la lógica del embate imperial. Ahora bien, se impone tener en claro que estamos ante un gobierno autoritario con fachada civil, en el que se emulan experiencias internacionales de reciente data, y en cuyo apoyo acuden corporaciones de distinta índole (por ahora mediática, económica y judicial. 


Debe recordarse, y no es éste  un elemento menor, que la Presidenta Cristina Fernández fue destituida por vía judicial antes de que expirara su mandato constitucional). Lo que ocurre en nuestro país ha venido pasando en todas las experiencias recientes de guerras de cuarta generación, con distintos matices. Es importante entonces que las formas de protesta y movilización social -tal cual ha ocurrido hace algunas horas con el abrazo al Congreso- no dejen de pensar en lo gravísimo, en términos de Heidegger. Lo gravísimo sería que esas protestas y movilizaciones de absoluta legitimidad sean exhibidas interna e internacionalmente como intentos obstruccionistas llevados a cabo contra un gobierno "elegido por la vía electoral". Éste es el riesgo crucial de la realidad argentina. Porque, si en cualquier caso, el pretexto fuera utilizado y amplificado por la fenomenal unilateralidad de voces de que dispone el gobierno, y multiplicado por las cadenas hegemónicas afines a nivel global, el problema se profundizaría hasta alcanzar niveles insospechados. Ni hablar si alguna fracción política minúscula, volviera a hacer una lectura equivocada de las condiciones objetivas y subjetivas preexistentes. Vale decir que, en la Argentina, la mentada resistencia debería encarnar formas absolutamente dinámicas, atentas, creativas, conceptuales y sobre todo pacíficas, que no den lugar a ningún tipo de tergiversación que habilite la excusa de cualquier modalidad de "intervención". Ya conocemos la experiencia sufrida por los pueblos que el imperialismo ha caracterizado como "no democráticas". Millones de víctimas consideradas  "nuda vida", al decir de Agamben. Vidas sin valor alguno. Homo sacer. Un error en este punto podría ser fatal para los intereses populares. Eso debería quedar en claro. Lo contrario, sería desconocer el entramado internacional que subyace tras la imposición electoral del PRO y las fuerzas del capital que han hecho posible este desenlace, abstracción hecha de los errores propios. Por otra parte, en este plano el pueblo argentino cuenta con una herramienta institucional de importancia regional estratégica. Hace pocos días, Jorge Taiana asumió como Presidente del PARLASUR. El cargo adquiere una relevancia crucial en esta coyuntura política internacional e interna. Los propósitos del Parlasur son por demás sensibles en el actual escenario continental. Consisten, justamente, en representar a los pueblos cuyos países integran el MERCOSUR, respetando su pluralidad ideológica y política; asumir la promoción y defensa permanente de la democracia, la libertad y la paz; impulsar el desarrollo sustentable de la región con justicia social y respeto a la diversidad cultural de sus poblaciones; garantizar la participación de los actores de la sociedad civil en el proceso de integración; estimular la formación de una conciencia colectiva de valores ciudadanos y comunitarios para la integración y contribuir a consolidar la integración latinoamericana mediante la profundización y ampliación del MERCOSUR. Muchos de estos derechos se han puesto en crisis por parte de la reciente administración. Igual que el pluralismo y la tolerancia como garantías de la diversidad de expresiones políticas, sociales y culturales de los pueblos de la región; la transparencia de la información y de las decisiones para crear confianza y facilitar la participación de los ciudadanos; el respeto de los derechos humanos en todas sus expresiones; el repudio a todas las formas de discriminación, etc, que son justamente los "PRINCIPIOS" del Parlasur. Si asumimos las dificultades que podrían acarrear las tentativas de revisar en el futuro los decretos de Macri (sugiero, para desazón de muchos, la lectura de un exhaustivo análisis del Profesor Gustavo Arballo, disponible en http://www.saberderecho.com/2015/12/el-abc-de-los-dnus.html), es claro que la resistencia institucional debería encontrar en el Parlasur un espacio incomparable para complementar la política y articular los lazos sociales frente al avance del capital.