Por Ignacio Castro Rey (*)
Perdona mi tardanza en escribirte, R. Sigo absorto con ese maldito libro que me está matando porque tiene MUCHO que ver (siento la trilogía) con BoyhoodLa gran belleza y Youth (La juventud). Entre otros cientos de obras más, claro, sean de filosofía, de cine o de literatura.
Aparte de esto, “Profe, no te entiendo”. Así dicen mis alumnos. Yo creo entenderte, R., pero pienso que “lo lleno” a lo que te refieres, esa sobrecarga estética y visual de Youth, está al servicio de hacer soportable el vacío existencial que ahí se retrata, un irremediable fondo trágico que tanto en La gran belleza como en La giovinezza constituye la primera materia prima (valga la “rebuznancia”) de Sorrentino.


Sin ese coraje para lo trágico (Paolo perdió a su padres en un absurdo accidente doméstico cuando sólo tenía 17 años) ninguna de esas dos películas de Sorrentino tienen apenas sentido. Las dos se convierten, efectivamente, en un amasijo pretencioso y vacuo de imágenes impactantes, tal como ha dicho parte de la crítica especializada y algunos de nuestros preclaros intelectuales.
Por la parte que me toca, en Youth (y la he visto unas cuantas veces: dos en el cine y varias veces más en clase, pues la he proyectado entera ante mis alumnos) no hay nada de esa solemne vacuidad. Toda esa proliferación casi barroca es el vehículo para entrar en un solo hilo, difícilmente soportable para nuestro oscurantismo ilustrado. “Mi misterio es simple: no sé cómo estar viva”, dice Lispector en Aprendizaje. Creo que sin este fondo trágico La juventud se convierte en una gigantesca ópera más bien indigerible, casi tan abrumadora como vacía.
Pero Sorrentino no tiene la culpa de que nosotros hayamos perdido todo acceso al hilo del sentido, esa común sombra mortal para la que nuestras abuelas estaban mejor preparadas. ¿Cuál de las dos películas, Boyhood o Youth, no “cuentan nada”? Los dos largometrajes son hermanos en un punto clave: están llenos porque entran muy bien en el vacío, en el simple misterio de vivir. Y volver a discutir todo esto, la verdad, da un poco de pereza. Sobre todo teniendo en cuenta la ortodoxia lacaniano-conductista que nos rodea desde casi todas las variopintas tribus progresistas.
El entero universo de la hegemonía política, ese atavismo autoritario que va de Podemos al PP, padece un simétrico daltonismo auditivo (valga la expresión) ante el rumor de lo impolítico. Pero no importa. En justa correspondencia a tu generosidad, R., miraré cuanto antes en el artículo de tu amigo y quedamos con T. cuando quieras, cuanto antes también.
Un abrazo y gracias, de verdad,
Ignacio.

(*) Filósofo y crítico de arte.
I



Por Miguel Antonio Pastor Pérez (*)

[Estudio bibliográfico de / A Bibliographical Study of: Vincenzo Ruggiero, La violencia política. Un análisis criminológico. Pres. de Roberto Bergalli, trad. esp. de Miguel A. Pastor Pérez. Anthropos Editorial, Barcelona, 2009. (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México D.F. & Observatori del Sistema Penal i els Drets Humans de la Universitat de Barcelona). Pp. 304. ISBN: 9788476589304] 



La obra de Vincenzo Ruggiero, que seguidamente analizamos, apareció en italiano en 2006, siendo en 2009 traducida y editada en español 1. El año 2006 no es especialmente significativo, está a medio camino entre los sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, donde perecieron miles y cientos de personas inocentes respectivamente, por un lado, y por otro lado de la toma de posesión del cargo electo de Presidente de los EE.UU. por parte de Barack Obama, el 20 de Enero de 2009, del primer presidente negro o afroamericano elegido en los comicios del 4 de noviembre de 2008. Si bien el autor es un brillante profesor y académico distinguido y especialista con un amplio currículo que recorre la teoría social, la sociología urbana, la criminología comparativa, la delincuencia organizada y corporativa, e interesado por la violencia política, el conflicto y el control, temas en los que trabaja desde hace años y que hacen de él un experto en la materia, está claro que las tendencias criminológicas que presenta y llegan a determinar los distintos estudios e investigaciones que constituyen la obra van a verse profundamente alteradas a partir de los sucesos del 11-S de 2001. Así, podría decirse que el sugestivo título de la obra tanto como sus contenidos, distribuidos en capítulos temáticos, podrían constituirse en argumentos para una novela. Una novela rayuélica cuyo discurso pretende la búsqueda de un alegato que pueda dar cuenta del fin de su contenido. Un discurso dotador de sentido frente al que dota de sinsentido y que permita salirse del mismo discurso a la búsqueda del fin de la violencia intrínseca al propio discurso sobre la violencia y su intolerancia. Es importante, para entender el propio desarrollo de las orientaciones planteadas en el libro y las elecciones del autor respecto a la metodología y los contenidos que “llenan” los capítulos, dedicar una breve reflexión sobre la estructura metafísica de la violencia, por un lado, y la afirmación del autor, por otro, de que “cuando el pensamiento criminológico se revela incapaz de explicar las dinámicas y las motivaciones de la violencia política, un cambio de perspectiva puede proporcionar los instrumentos apropiados útiles al caso” 2. La esencia de la violencia es su relación tanatológica con la destrucción y la aniquilación, con la desaparición y la ausencia –del ser–. Su sustancialidad, su materialidad, su ousía, son los golpes contra y entre los cuerpos, los movimientos humanos y los inhumanos ásperos, el dolor y el sufrimiento. El sudor, el temblor, el miedo, el recelo, la desconfianza y la cobardía, a veces redentora, configuran su forma, su eidos, la sangre agresiva que alimenta el corazón violento.
 Estas son sus estructuras individuales y entitativas, causales, de su existencia como ser y que justifican su corporeidad, haciéndonos abandonar toda esperanza. Paradójicamente, así planteada no cabe su posible determinación científica positiva, ni su explicación, ni su experimentación general, aunque sí cumple la funcionalidad de separar, de re-cortar la realidad mostrándola categorialmente. Sólo cabe su “verstehen”, comprenderla e interpretarla, comprehenderla, alcanzarla, inteligirla, aprehenderla, entenderla, percibir su significado. Sólo así constatamos que la violencia existe, que no es, únicamente, un constructo o una intuición o ambas cosas, o un hablar contradictorio con la comprensión cotidiana de la paradoja del sinsentido del mal, de la angustia, del daño, de la tortura, la pena, el dolor, la muerte. Una muerte que ya no es condición de posibilidad de la vida sino expresión máxima de la violencia como agonía, tensión vital insoportable a nivel conceptual que nos impulsa a rechazar toda agresión, toda ferocidad, todo ensañamiento. Esta constitución ontológica a veces llega a sobrepasar la racionalidad deslizándose hacia caminos difusos de irracionalidad, constituyéndose siempre en una metaviolencia que remite a una dimensión que trasciende la experiencia derivada de las intuiciones, de los discursos, de los sueños, de la memoria, asumiéndola en la concepción del mundo. La experiencia filosófica subjetiva e inmediata, su aparición fenoménica, su desnudez, se hace inefable pero profunda y reforzadamente humana. La violencia nuda, su intensidad o densidad metafísica, nos permite no ya sentir o vivir su naturaleza, sino su procedencia mundana, humana. Como ontología del acto, la violencia es un instrumento que no sólo desafía la legalidad institucional, sino que genera también nuevas entidades violentas. Es lo que Ulrike Meinhof reconocerá como la esencia de la violencia activa, es decir, “la criminalidad del acto, su ser contra la ley”3. Hay que concluir como corolario de lo expuesto: ¿la violencia es, pues, una aptitud del ser e implica en cuanto tal una visión moral, una estructura metafísica, y de este modo ontológicamente común a todos los entes, que se ha plasmado además como realidad histórico-cultural? ¿Cabe por tanto la pregunta? Una pregunta que desde la apariencia cobra su sentido en la respuesta. Pero, como sabemos, hay dos tipos de preguntas: las que pueden ser contestadas de forma inmediata y adquieren validez en su propio carácter de respuesta extinta y extinguidora, y aquellas otras que arrastran e implican la propia y completa naturaleza del hombre. Es decir, aquellas en las que la respuesta no puede ser articulada sino desde un repensar la esencia vital humana, pues, de lo contrario, la misma pregunta perdería su carácter constitutivo, presentándosenos, en definitiva, como pregunta sin respuesta. Este carácter que constituye la pregunta como propio preguntar a lo que nos arrastra, a lo que nos enfrenta, es a la misma consideración del ser, a su ausencia ontológica por defecto. Sólo desde la pregunta constitutiva del ser se puede volver el ser hacia la pregunta sobre el hombre y su existencia, su relación con el cuerpo –el suyo siendo con el otro y los otros–; con el mundo donde ejerce como tal ser y ser humano; y con lo trascendente que persigue bajo la forma de fines y de lo que espera felicidad continua y quizá eterna. Sólo desde esta dimensión se puede dotar de sentido la pregunta, el discurso, la acción y la esperanza. La misma pregunta nos re-sitúa en la organización y constitución del mundo. Frente a Dios, tras la persecución de la sabiduría y del conocimiento del bien y el mal, a este lado de las puertas que cierran el paraíso que es el mundo, un mundo en el que el ejercicio inteligente de la existencia y su quehacer es ejercicio de la violencia, contra uno mismo, contra el ser amado y compartido, contra el hermano y amigo, contra el vecino y congénere. De este existir violento, de este hacer existencia, está llena la historia de la humanidad, desde la poesía y el drama, desde la razón y la creencia, desde la voluntad y la esperanza, la Historia, la Filosofía, la Ciencia, la Técnica. De este modo, toda la arquitectónica de la sociedad moderna, tecnológica y de consumo, se puede comprender heideggerianamente desde este ángulo, como un olvido del ser en persecución de una metafísica del ente violento. El interrogar, así, se hace violencia como lucha por sobrevivir, por pretender la felicidad, se hace drama vital en el que el sujeto protagonista se puede volver antagonista siendo siempre agonista en la representación trágica de la existencia. Una existencia dada siempre como lucha, como contienda, como desafío, como encuentro-desde el otro cuya variante es el des-encuentro con el otro, como resistencia y desafío al mundo, como rechazo o confrontación a la desesperanza, al miedo, al sinsentido, a la muerte y al no ser, obviando las lógicas de lo peor, y sus profetas, para instalarnos en el principio de esperanza. ¿Estamos ante una excelente novela –de ciencia-ficción– o ante un extraordinario libro de sociología, filosofía política o antropología de la violencia?4 Y si bien no hay que olvidar que nuestro autor fue nominado en 2003, como escritor, para el Premio Hindelang por la Sociedad Americana de Criminología por el libro El crimen en la Literatura: Sociología de la Desviación y Ficción, y en 2005 publica Crímenes de la imaginación. Desviación y literatura, tampoco conviene dejar de lado que un sistema completo de la filosofía del ensayista subyace bajo las categorías y razonamientos que dedica a la criminología, o tal vez, para ser más exactos y estrictos en sus propios términos, habría que decir a la Anti-criminología. De cualquier forma, tal vez pueda ayudarnos a aclarar su contenido el subtítulo con el que el propio creador determina su argumento. Un análisis criminológico, como explicitación continuada de la violencia política. Es decir, la violencia política como objeto y ámbito epistemológico de un tipo de pensamiento y desarrollo teórico conceptual conocido como Criminología, si bien en pocos libros que lleven en el título este término podrán reconocerse los contenidos que el autor propone. Quizá por esto mismo la obra se manifiesta tan primigeniamente original en términos filosóficos y epistémicos, tan esclarecedora para entender el transcurrir de las últimas décadas de la historia política viva de Europa y América, y, si se nos apura mucho, para entender conceptualmente el destino de los recorridos futuros de esta misma sociedad en su globalidad, partiendo de los instrumentos conceptuales de la Criminología, pero atreviéndose a polemizar con ciertas cómodas omisiones por parte de numerosos estudiosos, en relación precisamente con la “violencia política”. Tal vez sea importante, además de interesante, ceñir aquí el significado, universo de discurso o campo semántico de lo que quepa definirse como Criminología, también como Anticriminología. Y quizá convenga decir primero respecto a la Anticriminología, en los términos que interpretamos se lo plantea Ruggiero, que no es simplemente la negación o la antítesis, ni siquiera en sentido hegeliano, de lo que pueda ser la ciencia criminológica. Si bien acepta el carácter multidisciplinar sobre el que basa y fundamenta sus conocimientos más propios, y en este sentido remite a la sociología, la antropología y la psicología social, nuestro autor añade una concepción filosófica cargada de matices políticos, sin renunciar al marco conceptual que puede delimitar una ciencia jurídica penal que necesita, si no ser rechazada, sí ser revisada profundamente. Pues lo que interesa no son ya las causas del crimen y una prospectiva de los remedios del comportamiento antisocial del hombre, sino definiciones claras, amplias y humanizadas de su objeto de estudio, que no será sólo la conducta desviada y el control social, sino nuevas forma de entender al propio sujeto y sus relaciones sociales a partir del uso científico, coherente e integrador de métodos de trabajo e investigación que provengan además de las ciencias positivas y sociales, de las humanas, de las humanistas mejor. La Anticriminología que sugiere nuestro investigador italiano no considera, sino instrumentalmente, la incidencia estadística y formal del crimen, sus causas y consecuencias en cuanto está en relación con las reacciones sociales, desde arriba y desde abajo, desde el alto y desde el bajo, de ida y vuelta, en cuanto muestran las dificultades de las meras regulaciones institucionales o estatales para lograr los fines que se supone persiguen. Estos parámetros parecen suficientes para afirmar una identidad científica y social, autónoma e independiente desde el punto de vista disciplinar, que pueda obviar su problematicidad y su carácter advenedizo5. Probablemente estos mismos elementos sean los motivos por los cuales V. Ruggiero nunca se reconoce como criminólogo, las propias implicaciones de semejante ciencia. Una ciencia considerada por muchos atrasada y reaccionaria, y en la que no cabe un desarrollo alternativo revolucionario o ni siquiera reformista, pues parte de la consideración de que fenómenos como el alcoholismo, la prostitución y en general cualquier manifestación de asociabilidad son comportamientos de los que se van a derivar delitos. El carácter propio –positivamente científico– de un conocimiento que en última instancia se funda en el Derecho penal, en su necesidad, dibuja una naturaleza humana sin alternativas. Se puede predecir y es lo que pretende hacer la Criminología como ciencia, el carácter malvado, perverso, depravado de la naturaleza humana. Y ello a partir de una ciencia que parece tener como objeto la determinación del cómo, cuándo, dónde y quién cometió un hecho delictivo, valiéndose del conocimiento de otras ciencias afines, como serían la Medicina Forense, la Física, la Psicología, la Abogacía, entre otras. Peyorativamente más próxima a lo que pueda ser una Criminalística, sin duda también independiente y distinta de la Criminología que quiere determinaciones últimas de los motivos que llevaron a la persona, al individuo a cometer el delito, frente al carácter resultadista de la primera que busca determinar el cómo, cuándo, dónde y quién cometió un hecho delictivo6. A partir de estos distintos niveles de problematicidad criminológica, a modo de ejemplo, la cuestión es la defensa y uso que hace el autor de la Criminología como medio anti-violencia, en lo que llama en el capítulo que cierra el libro, La criminología como alto el fuego. Ruggiero recoge –todo lo más, reclama– el papel (y la función) de anti-criminólogo. Comienza a hacer ciencia-ficción cuando reivindica la Anticriminología como una ciencia que consistiría en civilizar las respuestas institucionales a la criminalidad y a la violencia, pues nunca podrá existir la pena justa al igual que no existe la guerra justa, civilizar la guerra aplicando filosofías neutralizantes. Una criminología de la paz que pretende anular al enemigo mediante la defensa a toda costa de la cuarentena (como aislamiento de las propias condiciones de configuración violentas) y el santuario (como lugar santo o sagrado bajo el que nos acogemos para protegernos de la injusticia). Una criminología en la que el final absoluto de la violencia se sienta como necesidad cotidianamente vivida, hasta el aburrimiento consuetudinario, y nunca ya como un evento fundador o estado de alegría que alumbra la vida a cada instante en su proceso de renovación, justificando el mal por la existencia del bien en una políticamente correcta dialéctica moral de contrarios. Probablemente la conciencia de la ferocidad e inhumanidad alcanzada por las guerras del siglo XX que, posiblemente, visto con perspectiva histórico-temporal, será caracterizado o considerado uno de los siglos más violentos y cruentos, si no el que más, de los vividos por la humanidad y en el que el fenómeno de la guerra caracteriza la forma de ser y relacionarse del hombre y de la sociedad, ha llevado a elaborar toda una lógica de la irracionalidad de la guerra como expresión extrema de la violencia absoluta y destructiva, y a replantear una nueva criminología de la guerra que niega el carácter generador identitario que algunos autores “indulgentemente” preferirían adscribirle. Si, convencionalmente y todo lo más, se ha considerado la guerra como una condición evidentemente criminógena, su estimación como una empresa humana innata a través de la cual los Estados resuelven voluntades en conflicto, además de denotar una característica tibieza moral, implica un proceso de legitimación contradictorio que busca dar coherencia al caos y justificación a las filosofías del mal. Se hace necesaria, por tanto, una nueva criminología de la guerra. Se hace necesario rechazar incluso una consideración de la guerra como victimización de masas, que viola en su misma enunciación los propios Derechos humanos a través de la provocación de dolor, sufrimiento y muerte a nivel colectivo, y como corolario la derogación de los Derechos civiles del individuo. Se propone, así, una criminología pacifista que no sólo condene la guerra, sino que suponga todo un manifiesto de posibilidades en el que los conceptos criminológicos se vean radicalmente modificados, concibiendo la guerra como hecho delictivo tanto a nivel social, jurídico y policial sobre todo. Es necesario generar todo un “empresariado pacifista” –si bien es cierto que el concepto nos produce grima y resuena antítético en sus propios términos– que asuma participar en el “proceso de (re)civilización” de la humanidad, lo que supone considerar la historia de las relaciones de las culturas con la guerra como barbarie, que invierta las condiciones terminológicas (habría que añadir que también las económicas, sociales y culturales) de los poderosos frente a los débiles y el carácter asimétrico que toda guerra conlleva. Una criminología como fin de todo antagonismo, como paz perpetua que anule “todos los motivos existentes para una guerra futura” incluso los no planteados y ni siquiera conocidos por los rivales, que dejarían de ser enemigos para ser afines en la posibilidad real de una abolición final de la guerra que genere una sensibilidad racionalmente deseada de prevención de la guerra, incluso una ciencia para la prevención de la guerra que decrete un alto el fuego definitivo, universal, eterno e inherente a la propia naturaleza humana por venir. Efectivamente, el autor desarrolla y nos lleva por un recorrido científico, guiado por la violencia –contrastando eficientemente y comparando concepciones teóricas–, y casi vital –a través de la ágil exposición de acontecimientos políticoviolentos europeos que han marcado el propio devenir y constitución de los Estados nacionales que han conformado Europa–, y ello a través del tiempo, de distintas épocas –es decir, históricamente–, una violencia que se ha determinado como política. Aunque el autor nos avisa, remitiéndonos a T. Szasz, que, si bien tradicionalmente la diferencia entre la violencia común y la política es la misma que hay entre el agua bendita y el agua común, él pretende en un ejercicio de metafísica política demostrar la absoluta distinción entre el agua común y el agua bendecida. El punto de partida de tan peregrina, en su sentido más genuino y menos peyorativo, proposición, se presenta también de forma idealmente articulada a través de la distinción radical y básica entre la violencia desde arriba, institucionalizada, legal, la que procede del poder y de quien lo sustenta, y la violencia desde abajo, antiinstitucional, no autorizada, la que procede del pueblo. Veamos algunos ejemplos de lo que planteamos a través del análisis, “desde otro tablero de dirección” o, si se prefiere, desde otro “modelo de armar” posible, de tres brillantes capítulos. Imagínese un hipotético escenario de guerra etnocivil, entre la comunidad negra liderada por el Black Panther Party y blancos supremacistas, en un país continental llamado América, o los Estados Unidos de América del Norte, que acaba con la secesión y constitución independiente de Estados homogéneamente afroamericanos, que deben decidir si se integran o no en la Unión. Este escenario que en principio parecería de novela o “nivola” de ciencia-ficción llega a ser posible, a pensarse como posible, a partir del capítulo correspondiente tan brillantemente desarrollado por Ruggiero. Y se piensa como posible por la excelente mostración de cómo frente al dolor, el sufrimiento, la humillación y la indignidad, frente a la enseñanza del odio a “nuestra piel, nuestros cabellos y nuestros rasgos, nuestra sangre, a odiar aquello que somos”7, sólo cabe dejar abiertas las puertas de la lucha armada organizada, la provocación del miedo en el otro y la desconfianza, y la convicción en la imposibilidad de conciliación de una naturaleza humana proba-damente común en su unidad, que opone la etnología y el derecho penal, pero que hace ver la vida y la muerte como una sola cosa. Un enfrentamiento en el que el discurso y la palabra muestran los elementos constitutivos de lo expuesto, de lo planteado, pues los tiempos venideros serán ardientes, viene a predecir, ahora bajo la forma de una profecía de autocumplimiento, Malcolm X, años de violencia y exterminio;pero los muertos no correrían sólo de una parte, pues en las revoluciones no se vence mendigando derechos o presentando la otra cara, sino derramando sangre. Desde el punto de vista de la elaboración teórica, como plantearía Blumer, el sentido de los acontecimientos y de las cosas se establece a través de las definiciones que de ellos dan los individuos que interactúan, incluso de aquellos pocos en condiciones de transcribir las páginas en los términos del holocausto que se avecinaba. Ante una población resentida, oprimida y doblegada, constantemente sometida a brutales comportamientos racistas por parte de la autoridad institucional, despreciada por su color y por su incultura, por su incapacidad y privación humanas, no puede sino surgir una creciente respuesta violenta a través de la recíproca intolerancia y enemistad, que serán estratégicamente canalizadas por los líderes de la Revolución Negra a través de prácticas tácticamente eficaces que contemplan desde iniciativas sociales de organización y supervivencia básica y que implican un “comunitarismo revolucionario” como programa político que quiere recuperar los derechos civiles y desarrollar un espacio político y geográfico propio si no cabe ser compartido. Respondiendo a la violencia institucionalizada y legal con su propio ejercicio popular y alegal más que ilegal, se arma al gueto en la autoprotección e instrucción del uso de armas sofisticadas bajo una estructura paramilitar que encierra una visión organizada como ejercito de liberación, y que implica la voluntad consciente de no sobrevivir sin esperanza y dignidad, de morir antes que vivir una existencia imposible.¿Seríamos capaces de predecir la comisión de distintos delitos y crímenes a partir del reconocimiento de una fisiognómica que nos permite establecer distintas tipologías delictivas humanas asociadas a sus caracteres anatómicos y fisiológicos? Parece que nos enfrentamos de nuevo a una hipótesis de ciencia-ficción, cuando en realidad estamos revisando la historia, pues éste es el sustrato básico de las teorías que constituyen el espectro intelectual de lo que se va a denominar Escuela Positivista Italiana y cuyos máximos representantes serán C. Lombroso, E. Ferri y R. Garòfalo. De nuevo la precisa e interesante exposición de Ruggiero nos lleva a considerar las posibilidades de un “relato” científico, en el que las condiciones epistémicas exigidas derivan de la aceptación de sus propias descripciones, obviando que el comportamiento es criminal ante todo porque es definido como tal, y en las que narra una naturaleza humana dolosa y mecánicamente determinada que responde a la metodología del cientificismo positivo ejercido por la Escuela, incluyendo la concepción de una sociedad determinante de las leyes del comportamiento que constituyen y legitiman acríticamente el propio orden basado en el consenso social pero que permite explicar la criminalidad por sus causas y factores y como corolario la diferenciación criminal en términos de fundamento natural y al delincuente como una realidad natural. Términos alejados de cualquier consideración político-cultural y de toda explicación histórica y político-social. En este contexto las condiciones ambientales son esenciales para el análisis social y en consecuencia también para el análisis criminal. Ruggiero nos retro-sitúa en pleno siglo XIX y nos muestra cómo, bajo las condiciones de desarrollo del siglo, la violencia política puede ser considerada legítima, en función de esos mismos fines políticos a describir, por algunos autores. Pero ante la persistencia real de un ámbito de criminalidad que difícilmente puede remitir en su fundamentación y en su justificación a la motivación política no cabe sino distinguir dos categorías de criminalidad, radicalmente diferenciadas por sus consecuencias, su idiosincrasia y sus efectos: la criminalidad común, con un fuerte y arraigado sentido de la violencia y ejercida por delincuentes natos habituales o enfermos psíquicos, y la sociopolítica, que pre-tiende, tal vez utópica y ucrónicamente, a transformar la vida político- social de la comunidad y que es ejercida por pseudocriminales o personas normales movidos por una pasión no ortodoxa de ámbito colectivo. “ ‘Fanáticos’ políticos […] ávidos de martirio y de la fama que consiguen con sus crueles prácticas”8. Por supuesto, son factores biológicos reforzados por variables sociales e incluso la participación de grandes ideas, “un gran concepto en un cerebro pequeño”, los desencadenantes de conductas criminales, que inevitablemente van a realizar o ejecutar el delito. Conducta delictiva ligada a la “constitución moral” poseída por el sujeto y forjada a través del ambiente en el que ha crecido y la herencia genética. Ferri, por ejemplo, relaciona la disposición antisocial presente en un determinado número de individuos con la rebelión ideológica, que daría cauce a una forma de manifestación de violencia política auto-justificadora. Así, “a través del retrato del asesino, se puede apreciar una posible hidrocefalia y unas mandíbulas enormes; durante el proceso el acusado reía alegremente debido a una innata insensibilidad moral […] Por estas y otras circunstancias, estoy convencido de que se trata de un verdadero delincuente, cuyos ideales… no son más que un pretexto para desatar sus propios instintos”9. Como vemos, determinantes ideológicos (en este caso socialista, pero podría ser de cualquier otra orientación) ligados a descripciones fisiológicas que implican consideraciones morales, intelectuales y criminógenas. Lombroso, por su parte, tiende a subrayar que el origen de la violencia política viene dado por la necesidad de masas de población de incorporarse rápidamente al progreso técnico e histórico en contextos en los que las sociedades son conser-vadoras por naturaleza, y, por tanto, activamente reacias a esa incorporación. Algunos autores llaman a este tipo de relación lucha de clases y el modo de realización, polarmente distinto desde los presupuestos positivistas lombrosianos, la rebelión y la revolución con sus derivados, a veces condiciones previas, de ejercicio de la violencia política. Esta constante histórica, si bien sólo recientemente –Lombroso dixit– percibida, debe constituirse en ámbito de los fenómenos del área de análisis científico, y considerada delictuosa, además de inútil, para las sociedades, en cuanto genera “misoneísmo”, rechazo a lo nuevo y, corolariamente, densa legislación contra las novedades. Si la desigualdad es la causa de los conflictos de clase, se trata de fijar la relación que define la natural rivalidad entre grupos sociales para el establecimiento de un orden social estable y duradero. Un papel especial va a desempeñar, en estas consideraciones positivistas sobre la violencia política, la categoría específica de las mujeres. Se las reconoce como enardecidas protagonistas en todos los fenómenos políticos violentos a pesar de que son “grandes predicadoras contrarrevolucionarias; en casa, sinceras y genuinamente apasionadas, lloran y sufren, sus palabras son ‘los gemidos de un corazón destrozado’, una fuerza inmensa, invencible”10. La Escuela determinará la participación de la mujer en los movimientos políticos, y especialmente en Rusia, donde esa intervención resulta estadísticamente mayor y cualitativamente mejor, como resultado del carácter místico-religioso asociado a todo movimiento político y que especialmente las mujeres “leen” de igual forma que “las monjas y las santas consideran a Cristo como a un amado cónyuge”. Consideran además el caso de San Petersburgo paradigmático, en cuanto la ciudad estaba habitada por un gran número de solteras, lo que impide formar una familia, sustrayendo a las mujeres del ámbito más adecuado para el desarrollo de sus facultades y alejándolas de sus deberes naturales. Lombroso y Laschi (1890) utilizan un enrevesado sistema positivista para distinguir el grado de violencia inherente al carácter de su naturaleza en los movimientos violentos colectivos de intencionalidad política como son la rebelión frente a la revolución. Y si bien las rebeliones fracasan mientras que las revoluciones triunfan, es la presencia de las mujeres en tiempos de sublevación, y su ausencia en tiempos de revolución, la prueba que demuestra la naturaleza evolutiva de las segundas y degenerativa de las primeras. Pues la mujeres, “especialmente en las épocas precedentes, eran muy inferiores al hombre y, por tanto, no podían secundar ni favorecer movimientos evolutivos, que marcan la culminación del progreso humano”11. Aún recientes en el horizonte conceptual e histórico los acontecimientos de la Comuna de París, nuestros escolásticos autores llegan a la conclusión, a partir de la observación de los retratos de cincuenta comuneros, de que once de ellos manifestaban signos evidentes de anomalía, seis pertenecen completamente al tipo criminal y cinco mostraban una seria afección psíquica, el cuarenta y siete por ciento del ejercito revolucionario está compuesto de criminales puros, fugados de cárceles militares, desertores y criminales comunes, y aún otros son delincuentes habituales. Los rebeldes, en definitiva, muestran claramente perfiles físicos de criminalidad genuinamente atávica asociada con la insania moral y la epilepsia que debilita el sistema nervioso, haciéndoles padecer esclerosis craneal, hemorragia cerebral, pigmentación de las células nerviosas y la generalizada fusión de los lóbulos frontales. Sujetos incapaces de esperar su recompensa, pues necesitan satisfacer sus deseos inmediatamente, los delincuentes políticos se caracterizan por una alteración congénita y compulsiva, que se manifiesta bajo la forma de una epilepsia asociada a sentimientos de vanidad, religiosidad, megalomanía y genialidad intermitente. Rasgos que los autores positivistas ejemplifican, en una atribución que hoy consideraríamos de una absoluta incorreción política, en el caso de Mahoma. No podemos ya mirarnos en el espejo sin temer llegar a concluir con las tesis de los criminólogos positivistas, pues lo que veríamos podrían ser las marcas del delito en nuestro rostro, espejo del alma, en función del determinante de nuestra secular posición antagónica social que caracteriza patológicamente el nivel de deseos y realizaciones de transformación social y que atribuye las causas de la violencia política a las características patológicas de los individuos. ¿Este determinismo subyacente no implica una reconsideración de lo que es el propio crimen como anormalidad, de la persona criminal y de la función social de la víctima? Pero eso ya es otro capítulo.¿Qué haríamos, como profesores universitarios, si en medio de las explicaciones de clase una estudiante universitaria se levanta la camiseta y enseña sus pechos como modo de protesta contra el sistema universitario-capitalista? Reclamar la presencia policial, como hará Adorno, o constituir una comisión didáctico-boloñesa que redefina objetivos, competencias y estrategias de la práctica docente bajo semejantes circunstancias? Considerar el grado de violenta peligrosidad que pueda haber en la estudiante que muestra su torso desnudo como modo de protesta contra un sistema al que considera políticamente violento a través de una planificada tolerancia represiva y la asunción de un pasado marcadamente autoritario y que presenta como alternativa del otro lado de la barricada la apelación a las fuerzas de la policia, resulta al menos singular y sorprendente como modo de caracterizar el desarrollo y aparición en la década de los Sesenta, en algunos países europeos, de diversos movimientos revolucionarios, cuya acción directa consiste en el asesinato, el secuestro, el robo y la extorsión, y su intención de proyección mundial anticapitalista. Por otra parte, si bien en el siglo XX también se dieron manifestaciones violentas bajo la forma de terrorismo, no será sino en el siglo XXI, muchos concretarían en el 11/9/2001, cuando se instaure, por la vía de los hechos, un renovado significado de terrorismo, que además necesitará una respuesta racional, atrayendo por igual como fenómeno a politólogos, filósofos, sociólogos, analistas especializados, expertos y autores de toda especie. Ciertamente el autor italiano no dedica ni refiere sino muy tangencialmente el problema del terrorismo en España. Pero translaticiamente y considerando las condiciones del desarrollo y aparición de los movimientos terroristas en Europa, especialmente la Fracción del Ejercito Rojo alemana (que en España se conoció como la banda Baader-Meinhof) y las Brigadas Rojas italianas, organizaciones a las que dedica sendos magníficos capítulos, y aprovechando también que el profesor Bergalli se centra en este tipo de violencia política, analizando tanto la generada por ETA, como la de vuelta de ciertos nichos estatales en una determinada época, vamos a considerar aquí otro argumentario casi de ciencia-ficción, de paradoja espacio–temporal. Pues esto vendría a ser el hecho constatado de que la España democrática está caracterizada en su breve historia por las manifestaciones de violencia política, del alto y del bajo, o más genuinamente de ida y vuelta, a partir del desarrollo de un proceso político de descentralización autonómica en un Estado constitucional. Si bien, ciertamente, lo difícil sería determinar cuál es el detonante violento que va a generar la reacción o vuelta por parte de las partes implicadas, lo cierto es que será a la muerte del Dictador cuando la acción o ¿reacción? se radicaliza a través de la violencia política entendida como lucha armada (asesinatos, secuestros, extorsión) como medio para obtener objetivos políticos esenciales. Obviamente nos estamos refiriendo fundamentalmente a la acción desarrollada por ETA ¡como organización marxista-leninista y autoidentificada como nacionalista e independentista! vasca frente al Estado español. Y si estas últimas autoidentidades no fueran suficiente para establecer una nueva línea “nivolada” de ciencia-ficción bastaría recordar la propia aparición original de la organización terrorista ligada a los ámbitos más retrógrados del nacionalismo y el catolicismo. La pregunta que nos asalta llegados a este punto es la de si, como relata Ruggiero en el capítulo intitulado El primado ciego de la acción, ¿acudiría siquiera ETA a la Internacional del Terrorismo, autoimponiéndose las mismas limitaciones anti-abortistas que el IRA, por cuestiones estratégico-costumbristas en su interacción con las masas y seguidores? ¿Desaparecerían las cárceles para los ciudadanos vascos en una sociedad futura regida por los confusos paradigmas ideológicos propuestos por ETA? ¿Tendría que haber sólo ciudadanos vascos, cualquier cosa que esto pueda significar, en una sociedad que impone los modos de relación cultural, social y políticos que exige ETA y su entorno?12. No es necesario considerar más capítulos para ser conscientes de la importancia, tanto a nivel científico, como en el ámbito de la difusión, que puede llegar a tener la obra de Ruggiero. No sólo como visión histórica y altamente rigurosa sobre cómo la tradición occidental se ha enfrentado a uno de los grandes problemas de todas las sociedades. ¿Qué hacer con el enfermo, con el anómalo, con el desviado, con el disidente, con el diferente, con el otro –en una palabra–, cuando también alguna vez nos hemos sentido así? ¿Cómo reaccionar ante sus propuestas de cambio, de transformación, de versatilidad, de metamorfosis, que alguna vez también hemos deseado? ¿Cómo conjugar que las dos partes en conflicto acudan a los mismos medios de justificación y legitimación, de uso de la violencia, cuando se ha estado en los dos lados? El establecimiento de las condiciones de posibilidad de este tipo de conocimiento, la mostración de su desarrollo y su brillante exposición histórica y sistemática, abren literalmente una nueva visión de ese saber científico que es la Criminología y que el autor, a veces, se contenta con llamar Anti-Criminología a falta de un término que recoja el sentido primario, fundamental o radical, de un conocimiento que debe ser saber, pero también ciencia, praxis, arte, técnica. Un conocimiento capaz de prevenir y erradicar la venganza, el dolor, el sufrimiento, el terror, la guerra, como si realmente fuese posible esperar instaurar una paz perpetua e imperecedera, una ciencia universal de la paz, una ‘eirenelogía’. 


Notas 

1. VINCENZO RUGGIERO, La violenza politica. Un’analisi criminologica, Laterza, Roma-Bari, 2006. Trad. española: La violencia política. Un análisis criminológico, presentación de Roberto Bergalli y traducción de Miguel A. Pastor Pérez, Anthropos Editorial, Barcelona, 2009. 
2. Así comienza el capítulo 8, “Golpear el corazón del Estado”, p. 189. 
3. P. 166, “El primado ciego de la acción”. 
4. Está bastante claro que los contenidos sistémicos y sistemáticos expuestos pertenecen claramente al ámbito de la sociología y de la filosofía política de forma nuclear, y más tangencialmente a lo que pueda ser la psicología social o la antropología de la violencia, a pesar de la procedencia de alguna de las teorías y de los teóricos a partir de los cuales se expone y justifica la “comprensión” de las conductas, tanto individuales como sociales, que implican y están implicadas en la “comisión” y “definición”, no siempre previa, de los propios delitos y en muchos casos de las “penas” y sanciones que como tales conllevan. Desde este aspecto también intersecciona con los pliegues del Derecho penal y en una visión más amplia y generosa perfila los contornos de la Sociología jurídico-política. Es cierto que el concepto fuente que arbola la aproximación epistémica es el concepto de violencia, pero una violencia “bautizada” como política, que transmuta, o no, la propia esencia de esa realidad en delito, crimen, o acto punible, en función de paradigmas ideológicos conservadores o progresistas, reformistas o revolucionarios. 
5. En 1885, el profesor italiano de derecho Rafael Garófalo acuñó este término, que posteriormente sería utilizado por el antropólogo francés Paul Topinard. Con estos inicios, la Criminología, como ciencia que nace del positivismo, tiene la intención de esclarecer el fenómeno criminal analizando al delincuente ya como producto biológico o social. Todavía en 1958 se decía que la Criminología era la ciencia que estudia los elementos reales del delito: el comportamiento del delincuente y los efectos de ese comportamiento en el mundo exterior. Es cierto que la Criminología contemporánea abandona y supera el positivismo redireccionándose hacia el sociologismo funcional, es decir, centrándose en la desviación social que supone el delito. 
6. Llegados a este punto en el que nos resulta heurístico distinguir entre una Criminalística y una Criminología, tal vez sea también necesario aportar sucintamente algunos rasgos precisos sobre el objeto, los métodos y las distintas clases posibles de ésta última. Es cierto que existe toda una gama de fenómenos conductuales del ámbito de lo social que implican comportamientos que pueden desembocar en delitos, que como hechos observables que exigen ser planteados de forma sistemática y ordenada constituyen el objeto de interés científico de la Criminología. Así tendría como objeto tanto a la persona que delinque (en cuanto conducta atípica y desviada socialmente), como al delito en sí mismo y a la víctima y la subsiguiente respuesta, siempre represiva, bajo la forma de control (por eliminación o aislamiento) del componente antisocial. Evidentemente, desde el punto de vista metodológico, la elaboración y el desarrollo de cualquier disciplina exige como principio operativo para todo aquel que la desarrolle, el logro de la verdad. Históricamente y desde las propias raíces más jurídico-penalistas, se encuentran enfrentados continuamente dos clases de métodos: el lógico-deductivo de carácter altamente formal y abstracto, que desde el principio general, apriori necesario saca las consecuencias lógicas sucesivas y pertinentes; y el inductivo o técnico-experimental que se remonta desde lo más factual objetivo a la proposición general que abarca explicándo los hechos observados y sus corolarios. Por supuesto, los distintos puntos de partida sobre los que se funda el “método”, ya clásicos, no es éste el lugar donde tratarlos, pero sí deberemos indicar cómo a partir del carácter empírico-experimental, tanto reivindicado como autoatribuido, la Criminología sigue los pasos del inductivismo, pues nos remite a la observación de datos particulares y pretendidamente objetivos, la experimentación y la cuantificación, como superestructura de carácter tecnológico aparentemente neutral, rechazando, a veces de forma incongruentemente violenta el uso de instrumentos conceptuales deductivos y aprioristas. que permitirían traspasar el umbral metodológico de la formulación de proposiciones a posteriori más cercanas al recuento estadístico que a la formulación científica. Es así más una tecné que una epistéme. También el establecimiento de una tipología criminológica nos obliga a considerar de nuevo el carácter último y esencialmente tradicional sobre el que se elaboran los criterios que nos permitirán las subsiguientes distinciones. Y así, atendiendo a la constelación de los delitos y las penas, tenemos la Criminología Clásica, cuyo máximo representante podría ser Beccaria. Considerando al delincuente tendríamos la Criminología Positiva, representada en la Escuela Positiva Italiana con Lombroso, Garófalo y Ferri a la cabeza. Por los contextos criminológicos se puede distinguir una Criminología Nacional, una Transnacional y una tercera Comparada. En función de la posible consideración subjetiva distinguimos una Criminología Victimológica, una Individual y Colectiva y una Criminología Toxicomaníaca. Por su relación con otros ámbitos científicos fundamentales para su constitución se diferencian una Criminología Biológica, una Psicológica y una Sociológica, y una Criminología General que establece un conjunto de conocimientos sobre el Pre-contexto del delito y sus efectos sobre el criminal, la víctima y el contexto real que comparten y en el que coexisten o Sintética (como conocimiento unificado de las criminologías especializadas) frente a una Clínica (que pretende opiniones médicas en el uso de técnicas de diagnóstico y pronóstico a casos concretos con fines terapéuticos), que sería la clasificación más importante hoy. 


7. Era verdaderamente el sentir generalizado como “otro” de la comunidad afroamericana y que Malcolm X en 1970 interpretará tan brillantemente como detonante de la posibilidad real de una revolución, incluso aunque conduzca al suicidio colectivo. Véase op. cit., p. 160.
 8. Op. cit., p. 40. A pesar del carácter pretendidamente positivo, que no científico, de la Escuela Italiana de Criminología, sus presupuestos apuntan a un incompleto estudio inductivo, probablemente no podría ser de otro modo, que correlaciona aspectos anatómicos, en muchos casos producto más de condiciones político-sociales que de elementos estrictamente biológicos o instintivos. Y en este contexto hay que leer el propio capítulo, que no obstante resulta fundamental en el desarrollo de la ciencia de la Criminología, así como las referencias que constan. Ruggiero lo intitula “Asesinos-filántropos y regicidas”, y a las fuentes nos remitimos. 
9. El texto es de E. Ferri (1883) y está citado por Ruggiero en la página 43. 
10. En este caso el texto es de Michelet y el autor lo refiere en la página 49. 
11. Ahora el texto es de Lombroso y Laschi (1890) y se refiere en la página 51. 
12. El suceso, aunque narrado por un arrepentido de la RAF y situado en un contexto lacerante, no deja de tener carácter anecdótico expuesto en los siguientes términos. “De nuevo, el militante del IRA comenzó a reír y observó que aquel debate era irrelevante para él. En Irlanda, dijo, si ellos hubiesen sólo pronunciado la palabra aborto habrían perdido la mayoría de sus apoyos. En su opinión, tomar el poder era lo primero, en cambiar la sociedad se pensaría después” (op. cit., p. 183).

(*) Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla. Actual Director de la Tesis Doctoral en Filosofía del responsable del Blog.
 Por Pablo Guadarrama González (*)

   En cualquier circunstancia es recomendable  pensar con cabeza propia,  pero en algunos lugares y ocasiones es más necesario que en otros. El carácter de esa necesidad está en dependencia de lo que se pone en juego.
          El pensamiento latinoamericano en su conformación ha pasado por diversas etapas –entre ellas una muy significativa ha sido la del auge del positivismo y la reacción que le siguió- en la que no siempre  pareció tan clara para sus gestores  la necesidad de pensar de tal forma, o por lo menos de insistir en la cuestión de manera tan explícita.
           A los cultivadores de la escolástica de los siglos XVI y XVII no les parecía imprescindible  marcar diferencias respecto a la filosofía y la teología europeas.  No les preocupaba tanto ser considerados o no dentro del pensamiento europeo porque no lo diferenciaban del propio. 

   Sin embargo, desde los primeros momentos de  la evolución del pensamiento  latinoamericano   afloró cierta intención de marcar  algunas de las especificidades  o por lo menos la perspectiva  o la circunstancialidad de este como lo evidencia, al menos en cuanto al título, la  Lógica mexicana  de Antonio Rubio. Sin embargo habría que esperar a una mayor conformación  de los rasgos de identidad americana  para que nuestros pensadores tomaran mayor conciencia  de lo necesario  que es pensar con cabeza propia.
          Pensar con cabeza propia no significa asumir posturas de chauvinismo epistémico  y cerrarse a los aportes del pensamiento  provenientes de cualquier parte del mundo. Tampoco presupone desconocer el valor intelectual o de otro carácter de  pensadores con los cuales se puede, incluso,  coincidir parcial o totalmente. Por el contrario, significa asumirlos pero no   indiferenciadamente, sino en correspondencia  con las exigencias cognoscitivas , axiológicas e ideológicas  que cada  momento   reclama. Se ha de medir con mayor rigor  los grados de autenticidad de dicho pensamiento que  los de originalidad, si por tal solamente se entiende su carácter novedoso.
          Este ejercicio para evidenciar mayoría de edad intelectual, presupone  pensar asumiendo como propias  las ideas más adecuadas sin preocuparse demasiado  por su procedencia. No debe importar  si está vinculada o no  a alguna lectura previa  o es el producto absolutamente individual  del último que la revela.. En definitiva,  todo pensamiento posee siempre una soterrada  entraña social , aunque sus obstetras no pierdan mérito  por su cuota de originalidad en el parto intelectual de cada idea.
Los próceres de la independencia latinoamericana   no dudaron en asumir la producción intelectual  y la experiencia de los próceres  revolucionarios de Europa y Norteamérica, así como del mundo cultural asequible a su época para fundamentar ideológicamente  el proceso emancipatorio.
Tanto Bolívar como Martí,  a pesar de las diferencias de época y de circunstancias, sabían muy bien  que si la asunción abierta de las ideas polìticas  y filosóficas de la modernidad debían articularse  a las fuerzas telùricas  de aquel mundo acrisolado de diferentes de razas y pueblos. Los más aventajados pensadores latinoamericanos consideraron que la liberaciòn  de los pueblos de debía ser  fecundada por nuestros arcontes como reclamara Martí y sin esa condición  difícilmente podría alcanzarse  la aspiración de lograr  la soberanía reclamada.
Las fronteras políticas, económicas y  culturales entre la parte latina y  la sajona  aceleraron su diferenciación desde mediados del siglo XVIII y especialmente a inicios del XIX  cuando se revelaba con mayor claridad  las intenciones imperiales de los gobiernos de los Estados Unidos  sobre los países del sur del continente.
Es entonces cuando las circunstancia obligan más a nuestros intelectuales  a preocuparse en mayor medida por pensar con cabeza propia. Andrés Bello se había percatado desde muy temprano de  que nuestra democracia debía ser muy distinta de la norteamericana. Por su parte,  Alberdi reclamó entonces  una filosofía americana  porque no era aconsejable  que se evadiese el componente ético y político, que cada vez más latiente y expreso en la producción del pensamiento latinoamericano. 
En la batalla ideológica entre los cultivadores del positivismo  sus críticos en América Latina estuvo presente el tema de las conveniencias o no de la sajonización de la vida política económica y cultural latinoamericana. Afortunadamente ni en el propio seno de los positivistas llegó e triunfar el postulado de la nordomanía   de algunos xenófilos  de la época criticada por Rodó.
En la actualidad, a pesar de algunos intentos desideologizadores, esa toma de conciencia se ha hecho  más urgente que nunca.  El compromiso político de los más auténticos  pensadores latinoamericanos  se puso  más manifiesto en correspondencia con la comprensión  que los destinos de  la flamante república del norte  se mantendrían diametralmente opuestos a los del sur. Y en ese proceso de comprensión y divulgiación del papel de los pueblos latinoamericanos frente al Coloso del norte, participaron no solo hombres de ideas socialistas, marxistas o antiimperialistas  sino tambien miembros tanto de la generación positivista como de la antipositivista.
Tampoco América Latina fue indiferente  al incremento de la conflictividad social  generada por la aceleración mundial del proceso expansivo  del capitalismo premonopolista y monopolista . Montalvo no vaciló en Ecuador en representar a la  I Internacional, que intentaba organizar a los trabajadores de todo el mundo.  Varona tampoco  dudó al asumir Patria, órgano del Partido Revolucionario Cubano, y se dejó cautivar, a pesar de su espíritu moderado,  por el espíritu revolucionario y antiimperialista de Martí. Vasconcelos  - quien conoció desde su infancia la desgracia de vivir en un país tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, cultivaría  un nacionalismo fecundo,   que a su juicio debía tener su raíz en Indoamérica. Mientras que Rodó, a pesar de su distanciamiento geográfico, enfocaba también la puntería de sus cañones intelectuales contra la nordomanìa, aun nefastamente cultivada.|
No ha habido en Nuestra América  pensador trascendente –entre los cuales no pueden excuirse los positivistas y los antipositivistas-    que no haya puesto  su pluma al servicio  de las nobles causas de estos pueblos de esta región  y que no se haya percatado de la imposibilidad  de satisfacer las demandas de  estos países  y las de los gobiernos estadounidenses. Ante esta disyuntiva, como en todas,  se ha dividido la intelectualidad latinoamericana. Se ha diferenciado entre aquella que ha preferido no poner en peligro su visado múltiple al país de las maravillas y las que conscientes de su compromiso ideológico y cultural consideran que su actitud dista mucho de ser una camiseta de verano.
El siglo que se despide ha sido una época de definiciones.   Se ha puesto en juego en más de una ocasión  hasta la supervivencia de la humanidad . El venidero parece que tampoco llegará colmado de flores. No es el  fantasma de la dominación ideológica y la globalización  el que recorre el mundo, son ambas partes del cuerpo del neoliberalismo.  Todas las fuerzas del gran capital empeñan en querer hacernos pensar sin cabeza propia.
            El desafío es ahora mayor porque  son más eficientes los mecanismos de comunicación y de manipulación de las conciencias. Por tanto, la pr[oxima será una época de nuevos retos. Incluso   para los que pensamos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles  y que América Latina tendrá que pagar dobles cuotas de sacrificio si no asume a tiempo no solo la actitud de pensar con cabeza propia,  sino, de lo que es más importante,  de actuar con criterio de independencia .
Un pequeño pueblo de esta región latinoamericana  asumió desafiante la empresa  de pensar y actuar con cabeza propia.  Los augurios más derrotistas  indicaban que era imposible que lograra sus objetivos por su cercanía al país que se considera destinado a pensar por todos los demás. Todavía algunos lo dudan. Son los que dudan eternamente de que  las revoluciones auténticas resulten victoriosas.
Las revoluciones son el mayor ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia. Ese pueblo sigue desafiando a los que se conciben a sí mismos  como exclusivos productores de pensamiento precocido y continúa demostrando que sí se puede pensar y actuar soberanamente. La experiencia de la Revolución Cubana demostró que cuando esta tuvo mayor aproximación a pensar de acuerdo con el  esquema soviético  de interpretación de la realidad, más se distanció de sus posibilidades creativas  y de elaboración de propuestas acordes a sus particularidades del desarrollo histórico.
Fue en ese momento cuando más sus enemigos celebraron que dejase de pensar con cabeza propia. Incluso algunos de sus amigos se distanciaron críticamente aunque , la mayoría, sin traicionarla. En actualidad, por las circunstancias internacionales  se ha visto precisada  a reasumir  su camino propio y de nuevo encuentra las simpatías de la izquierda mundial y de otros múltiples sectores  sociales identificados con su proyecto humanista.
Sintomáticamente,  son estos los momentos en que los enemigos del pueblo cubano están muy enfadados porque su tozuda Revolución  se empeña en no reproducir desmonte del socialismo. Por todos los medios tratan de descalificar  sus , especialmente romper con el mal hábito anterior de depender del pensamiento ajeno
Determinados sectores intelectuales y políticos latinoamericanos  creen  que se debe y se puede luchar  por el derecho a pensar con cabeza propia, y para fundamentar tal posición  se inspiran en las grandes personalidades históricas del pasado y del presente.  Pero lógicamente tienen que enfrentar muchos obstáculos.
 Algunos se desmayan en el esfuerzo. Piensan fatalmente que es inútil  enfrentarse en batalla tan desigual  contra los medios de comunicación y otros poderes manipuladores. Mientras que los  más vehementes, -y por eso mismo imprescindibles-   no sólo cultivan las ideas revolucionarias  a contracorriente sino que exponen la hermeticidad de su piel  a las balas y las de sus principios  a los apocalípticos cantos funerales de cualquier  tipo de humanismo y no solo del socialismo. 
            En la actualidad, aspirar a la condiciòn de intelectual , al menos en América Latina, no constituye  un gran sueño deseado  por muchos en esta sociedad  pragmática e instrumentalizada. Ya desde principios de siglo, vaticinando la crisis en todos los órdenes de la sociedad contemporánea,    Einstein  expresó que reivindicaba el idealismo ante el hedor a mierda de este  mundo.
            El desastre axiológico que experimenta el mundo contemporáneo ha dado  lugar  a que los patrones de los films del oeste  dejen de ser realidad virtual  y adquieran carácter de opinión pública impuesta y generalizada . Los actuales  cowboys, ahora vestidos de marines,   son presentados a esas mayorías manipuladas como los buenos que vienen en este caso no  a   indios sino a vietcongs, sandinistas, granadinos, narcodictadores, guerrileros y terroristas.
En medio de ese caos de referencias algunos intelectuales  optan por abandonar sus anteriores sueños juveniles  y se arrepienten  de haberlos deseado alguna vez al considerarlos frutos de la inmadurez. Prefieren ponerse al servicio de la dictadura del mercado, y  aquellos que se enfrentan a ese poder omnipresente  son observados como hippies trasnochados en  esta época obcesivamente  posmoderna,  que de forma despectiva concibe como moderna las actitudes de los sesenta.
 Postmoderna resulta  ahora  la prohibiciòn de frase de los sesenta  . También es estimular el pensamiento débil,  la muerte de los metarrelatos entre los cuales, en primer lugar, está el de la revolución. Lo moderno es concebido como lo rebelde, inconforme, informal, ideològico, y ahora considerados como obsoletos.
El nuevo paradigma que   se quiere imponer es el del hombre circunspecto, moderado, conservador, que acepta  como verdades todas las que se les prepera en ordenador, o le llega por Internet siempre y cuando cumpla con los exigidos requisitos de presentaciòn  que exige todo sometimiento a la ley de la oferta y la demanda.
En medio de condiciones tan adversas, aquel   el intelectual que quiere seguirlo siendo y que aspira a serlo cada vez mejor,  que no se abochorna de tal condición ni de  sus marcados tintes ideológicos,  se reúne, escribe, diserta, critica en cualquier medio que le sea posible y cultiva el más digno humanismo . Mientras  aquellos que  prefieren ocultar sus  tintes ideológicos, lo que no significa que carezcan de ellos,   se distancian, en verdad,  de la  tendencia  humanista y desalienadora que ha animado lo mejor del pensamiento latinamericano desde sus primeras manifestaciones,  al igual que  en sus etapas ilustradas, positivista, antipositivista y en general, con las necesarias excepciones,  hasta nuestros días.
No deben pretenderse mesianismos inmerecidos ni mucho menos se debe reanimar la concepciòn heideggeriana de que los filósofos están destinados a constituirse en los pastores del Ser .
 Pero sí se trata de que cada profesional de la filosofía-  quien sabe si todos  genuinos filósofos o no-  cumplan con la misión pedagógica de hacer germinar en las nuevas generaciones, así como en las   no tan viejas,   la recuperación de la confianza en la capacidad humana  por perfeccionarse y salir de esa pérdida de rumbos que produjo el espejismo del “socialismo real” al esfumarse y mostrar la aridez del desértico “capitalismo real”, en  el que el hombre siempre se siente solo.
Tal misión pedagógica no puede circunscribirse al ambiente académico.  Uno de los principales retos que el pensamiento  en la frontera de Nuestra América tiene ante sí, es el de saber superar los obstáculos que le plantea el dominio de los medios de comunicación por parte de aquellos que si consideran que viven en el mejor de los mundos posibles.
No se trata simplemente de denunciar la falta de posibilidades, las censuras disfrazadas, etcetera,  y las escasas vías de expresión de aquellos que piensa con cabeza propia. La tarea consiste en lograr espacios para esa labor,  pero no esperar  de manera pasiva   que sean “democráticamente” situados . Hay que saber conquistarlos revolucionariamente por la vía que sea necesaria.
Esa tarea hay que desarrollarla, en primer lugar, desde dentro  del mundo de la docencia universitaria y las instituciones culturales . Pero con la consideración de que no vivimos en tiempos en que las universidades se caracterizaban por su espíritu de rebeldía. La oleada del pensamiento conservador ha ido desarticulando las universidades, desparramándolas físicamente en las ciudades, para que dejen de jugar aquel papel centralizador de termómetro sociopolítico.
El hecho de que se haga cada vez más difícil  lograr espacios de reflexión crítica  en planes de estudios y en asignaturas universitarias , que ahora se importan enlatadas  desde los actuales centros de poder científico, tecnólogico e ideológico con el objetivo de clonizarlo  todo, es decir nortamericanizarlo, no debe desanimar a aquellos  que tienen el deber de construir los nuevos laboratorios teóricos  de experimentación del pensamiento producido con cabeza propia.
Mas,  limitar esa labor a las universidades sería cercenar las dimensiones del pensamiento latinoamericano. Si  este desea mantener su raigambre popular – que no tiene nada que ver necesariamente con el discurso populista - , debe extenderse constantemente a otras esferas de la sociedad civil.
Siempre se corre el riesgo que se identifiquen tales instituciones  con campañas partidistas y otros intereses, pero no es posible jamás llegar a tierra firme  de utopías concretas para las mayorías  sin que en la travesía por los tormentosos océanos de esa utopía abstracta que es el triunfalismo neoliberal no sea salpicado por algún tipo de  agua contaminada ideológicamente.
Solo el nivel intelectual y el rigor académico  pueden jugar el papel de efectivo antídoto  contra las comunes y venenosas insinuaciones de las derechas tradicionales  sobre la falta de profesionalidad de la intelectualidad de izquierda. Para lograr esa profesionalidad, esta última tiene el deber de sumergirse dentro del discurso de la intelectualidad de derecha con el objetivo de descubrir sus fisuras, pero también sus aciertos.
Aquellas posturas  descalificadoras del pensamiento burgués propugnado por el vaticano marxista-leninista elaborado en la Unión Soviética, ya demostraron sus consecuencias nefastas para la gestación de una producción científico social y filosófica de los países del socialismo real. Tales efectos negativos repercutieron en la  propia intelectualidad de aquellos  países, pero ante todo en aquellos gobiernos que podían haber aprendido mucho mejor donde radicaban sus fortalezas, así como sus  debilidades.
Si se pretende  combatir el aparato conceptual  del discurso dominante  en la actualidad, hay que conocerlo mejor, estudiarlo para encontrar sus núcleos racionales y sus lados flacos. De esa forma se comportaron la mayoría de los integrantes de la generación antipositivista frente al positivismo sui generis  latinoamericano.  Del mismo modo que los marxólogos más inteligentes  pusieron sus servicios  a la  misión desacreditadora del socialismo tras el derrumbe de uno de sus experimentos, hoy la intelectualidad de izquierda tiene el deber de estudiar las bases teóricas del neoliberalismo, de las filosofías postmodernistas y de otras  orientaciones filosóficas  para descubrir la  aportación  a la cultura contemporánea y lo que está concebido para servir a ese orden social  que parece no despedirse tan fácilmente de la humanidad, como muchos esperábamos.
Continuar revelando la esencia inhumana del capitalismo  real y enaltecer  el sentido humanista  de las genuinas ideas socialistas – aunque no todos los intentos prácticos de su consecución hasta el presente hayan contribuido a su alcance verdadero-  constituye uno de los principales retos  de los que aspiran a pensar con cabeza propia en nuestra América , de la misma forma  en que Bolívar, Martí o el Che lo hicieron posible  en sus respectivas circunstancias, pero tratando siempre de trascenderlas  y de engendrar circunstancias superiores.
Solo de ese modo se puede contribuir  en algo a enriquecer teóricamente el arsenal de  aquellos que tienen que pensar con cabeza propia desde distintas partes de la periferia de los actuales centros de poder, periferias,  que en ocasiones llegan a entrecruzar sus bordes en la interioridad de los propios centros. Estos   centros actualmente construyen  muros para aislar inmigrantes e ideologías emancipatorias. La misión de la intelectualidad comprometida con esas periferias  es desarrollar, ante todo el rasgo principal  de todo ejercicio epistémico: pensar con cabeza propia. Esto, en el plano ideológico significa de acuerdo con las necesidades  e intereses de nuestros pueblos empobrecidos.
En esa labor no todos los pueblos tienen igual necesidad ni grado de responsabilidad respecto a otros más distantes de las fronteras de los actuales países que han asumido el mayor protagonismo económico y político mundial. Sigue estando en peligro, de alguna manera la soberanía,  de pueblos que ya tienen experiencia de la fagocitosis imperial de sus vecinos poderosos como entrevieron y denunciaron  algunos de los integrantes más destacados de las generaciones  positivista  y antipositivista de Latinoamérica.
Algunos de estos pueblos latinoamericanos  tuvieron sensibles pérdidas de su territorio, como el caso de México; otros fueron asimilados totalmente a la territorialidad yanqui, como Puerto Rico; mientras que algunos aún sufren las consecuencias  de la instalación de bases militares dentro de sus fronteras, como Cuba y otros países de la región. Con tales antecedentes y con los pronósticos que se elaboran  por  tanques pensantes del imperio, apremia más la tarea de estimular la generación de un pensamiento  reivindicador de lo regional y lo nacional. De esa forma se trascenderá mejor por los caminos hacia lo universal. Y la intelectualidad, junto a los dirigentes políticos y sociales de estos países más próximos a los nuevos muros xenófobos  que se levantan, tiene una mayor cuota  de responsabilidad  en adiestrar a los pueblos de "Nuestra América" a pensar y actuar con cabeza propia.  

(*) Profesor de Mérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas (2013); Doctor en Filosofía Universidad de Leipzig (1980) y Doctor en Ciencias. (UCLV, 1995). Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba (1998-2012). Autor de varios libros sobre teoría de la cultura y el pensamiento filosófico latinoamericano.  Publicado con la autorización del autor.


Por Eduardo Luis Aguirre

La memorable intervención de Friburgo introduce narrativas que guardan una férrea lógica interna. La concepción de la Universidad alemana no se conjuga, precisamente, con un espacio de pensamiento libre y crítico, sino que es concebida como una fragua que amalgama el ser, en el que la disciplina asume un rol fundacional. La disciplina equipara, unifica, borra la diversidad y asume como ontológica una determinada valoración del orden que garantiza el destino de la categoría totalizante de “pueblo”, de su poder y su misión histórica y espiritual. Ese destino manifiesto no es optativo. Más bien, aparece como un imperativo inexcusable, coercitivo. 
Para nosotros la Universidad alemana es la alta escuela que desde el saber y mediante el saber acoge para educación y disciplina a los conductores y guardianes del destino del pueblo alemán”. La voluntad de esencia de la Universidad alemana es la voluntad del saber, como voluntad de la misión histórica y espiritual del pueblo alemán, de ese pueblo que se sabe a sí mismo en su Estado. El saber y el destino alemán han de cobrar poder sobre todo en la voluntad de la esencia. Lo cobrarán si y sólo si nosotros -los maestros y escolares- primero subordinamos el saber a su necesidad más íntima y luego hacemos frente al destino alemán en su más extrema urgencia".


Ya que el político y el maestro, el médico y el juez, el sacerdote y el arquitecto encabezan la existencia étnica y estatal; ya que ellos la custodian y mantienen rigurosa en sus relaciones fundamentales con los poderes derniúrgicos del ser del hombre; por eso, aquellas profesiones y la educación para ellos, están confiadas al servicio del saber. El saber no está al servicio de las profesiones, sino al revés: las profesiones hacen efectivo y administran aquel más alto y esencial saber del pueblo, el saber de toda su existencia. Pero ese saber no es para nosotros una sosegada toma de conocimiento de esencias y valores en sí, sino el más riguroso arriesgar de la existencia en medio de la fuerza superior del ser”. “El saber en este sentido tiene que llegar a ser el poder formador de la corporación de la Universidad alemana. Esto implica dos cosas: primero, los maestros y escolares, cada uno en su modo, tienen que dejarse dominar y permanecer dominados por el concepto del saber. Y luego, ese concepto tiene que intervenir como agente transformador en los modos fundamentales respectivos, dentro de los cuales los maestros y escolares actúan científicamente en común: en las facultades y gremios. La facultad sólo es facultad cuando se desarrolla como capacidad de legislación espiritual enraizada en la esencia de su disciplina, a fin de integrar los poderes existenciales que a ella sola la oprimen en un único mundo espiritual del pueblo”. “Mas para dar forma y realce a la esencia primitiva del saber, hacen falta no poca disciplina y responsabilidad, así como suprema paciencia; pues en comparación apenas si tienen peso el concienzudo aplicar procedimientos ya hechos o el modíficarlos con celo”.
La tan encomiada "libertad académica" está siendo expulsada de la Universidad alemana, ya que esa libertad era inauténtica, por ser sólo negadora. Ella significaba principalmente despreocupación, arbitrariedad de propósitos e inclinaciones, licencia en el actuar y holgar. La idea de la libertad del estudiante alemán está ahora restablecida en su verdad. De ella surgen para lo sucesivo el vínculo y el servicio del cuerpo estudiantil alemán. El primer vínculo es con la comunidad nacional. Obliga a una participación, compartidora y actuante, en los afanes, aspiraciones y capacidades de todos los estamenros y los miembros del pueblo. En adelante este vínculo se consolidará y enraizará en la existencia estudiantil por medio del servicio del trabajo. El segundo vínculo es con el honor y el destino de la Nación en medio de otros pueblos. Exige un estar presto, garantizado por un saber y una capacidad, robustecido por la disciplina, para el sacrificio extremo. En adelante, este vínculo abarcará e impregnará toda la existencia estudiantil bajo forma del servicio de las armas. El tercer vínculo del cuerpo estudiantil es para con la misión espiritual del pueblo alemán. Este pueblo está forjando su destino por haber situado su historia en lo manifiesto de la fuerza superior de todos los poderes formadores del mundo y por siempre conquistarse de nuevo su mundo espiritual. Así expuesto a lo extremo de lo problemático de su propia existencia, quiere ser un pueblo espiritual. Exige de sí mismo, así como para sí mismo, en sus conductores y guardianes, la más rigurosa claridad del más alto, más amplio y más rico saber. Una juventud estudiantil que se aventura temprano en la virilidad y que despliega su voluntad sobre el destino futuro de la Nación, se obliga del todo al servicio de este saber. Ya no tolerará que el servicio del saber sea el torpe y rápido amaestramiento para una profesión "distinguida". Ya que el político y el maestro, el médico y el juez, el sacerdote y el arquitecto encabezan la existencia étnica y estatal; ya que ellos la custodian y mantienen rigurosa en sus relaciones fundamentales con los poderes derniúrgicos del ser del hombre; por eso, aquellas profesiones y la educación para ellos, están confiadas al servicio del saber. El saber no está al servicio de las profesiones, sino al revés: las profesiones hacen efectivo y administran aquel más alto y esencial saber del pueblo, el saber de toda su existencia. Pero ese saber no es para nosotros una sosegada toma de conocimiento de esencias y valores en sí, sino el más riguroso arriesgar de la existencia en medio de la fuerza superior del ser. Lo problemático del ser en general impone al pueblo el trabajo y la lucha y lo compele dentro de su Estado, del cual dependen las profesiones.
 Todo dirigir tiene que reconocer la fuerza propia de los que siguen. Pero todo seguir lleva en sí resistencia: Este contraste de esencia entre el dirigir y el seguir no debe quedar difuminado ni menos totalmente borrado. Sólo la lucha mantiene vivo el contraste e introduce en toda la corporación de maestros y escolares aquel tono fundamental que hace cobrar poder a la auto-afirmación que se deslinda y al resuelto auto-examen, para que lleguen a realizar la auténtica autonomía. ¿Queremos la esencia de la Universidad alemana o no la queremos? Depende de si nosotros, y hasta dónde, nos esforzamos, integral y no incidentalmente, por el auto-examen y la auto-afirmación, o si --con la mejor intención- nos limitamos a sustituir viejos arreglos por otros nuevos. Nadie nos lo impedirá. Pero tampoco nos preguntará nadie por nuestro agrado cuando falle la fuerza espiritual del Occidente y crujan sus junturas, cuando se derrumbe la caduca pseudo-civilización y arrastre en confusión todas las fuerzas y las suma en la locura. Que ello suceda o no suceda sólo dependerá de si nosotros nos querremos siempre como pueblo histórico-espiritual o de si no nos querremos como tal. Cada uno, individualmente, contribuye a esa decisión, aun cuando, y precisamente cuando, la elude. Pero nosotros queremos que nuestro pueblo cumpla su misión espiritual. Nosotros nos queremos a nosotros mismos. Porque la fuerza joven del pueblo y aun la más joven, que irá más allá de nosotros, ya ha adoptado esa resolución. Pues sólo entenderemos completamente la magnificencia y la grandeza de esta marcha que comienza si nos transportamos a aquella profunda y amplia meditación desde la cual la vieja sabiduría griega habló”.
No hay alternativas en el discurso a un determinismo teleológico que tiene a la Universidad alemana como instrumento cuya centralidad no se discute. Como tampoco se pone en cuestión la amalgama colectiva a la que se denomina pueblo y a la voluntad que el mismo tiene como misión histórica ineludible e inexorable. Al pueblo se le impone un destino que se obtiene a través de la lucha y la disciplina, que excluye de plano la libertad académica y, consecuentemente, todo atisbo de pensamiento alternativo que no conjugue esa narrativa. Como se lo expresa, por “inauténtica y negadora”. Por lo tanto, es claro que semejante carga colectiva, no solamente en la universidad pero especialmente en ella, conlleva una imposición cuya infracción parece acarrear fatalmente un reproche. No podemos mensurar la intensidad del reproche, pero sí advertir que el mismo implicaría un piso de inscripción contradictorio de un espíritu, de un destino y una lucha común, de una disciplina que se alteraría, de un orden constante y naturalizado que tendría el derecho de sentirse agredido. De un mal que habilitaría, sino la venganza, por eufemística, la réplica de un colectivo copartícipe de la magnificencia de una marcha protagonizada por un pueblo en ejercicio de su rol histórico-espiritual.



Por División Las Heras


En intervenciones anteriores (1) inauguramos el intento siempre incompleto de caracterizar a la corporación Cambiemos, que expresa desde lo real y lo simbólico el poder duro que se ejerce en tiempos de Argentina aciaga. Compartimos entonces la noción de "grupos de tareas" que Jorge Alemán utiliza para  evocar a los actores del pleno ejercicio de destrucción de doce años de populismo explícito. Ahora pretendemos entender por qué pudo imponerse esta Task Force, para atesorar la expectativa razonable de recuperar la iniciativa cultural y política perdida a manos de esta nueva y críptica expresión de la derecha del tercer milenio.

Dejando de lado los factores secundarios a los que de ordinario se echa mano para tratar de entender lo ocurrido, tales como la incidencia decisiva de los grandes medios en las guerras de cuarta generación, la refacción permanente y en tiempo real de la imagen de algunos candidatos,es mucho más importante escrutar, en la estructura de la sociedad argentina, qué intereses no fueron representados por el FPV para que su incidencia electoral se desbarrancara de aquel  54%  a los casi 38 en las recientes elecciones generales y a menos del 50% en el balotaje.
Eso convoca al imperativo urgente de develar la primera perplejidad: ¿Por qué los sectores medios e incluso bajos, beneficiados por el modelo populista, votaron por los que con toda claridad proponían volver a políticas de entrega y miseria?



Algunas explicaciones -excelentes- ya se han ensayado. Es un alivio recordarlo.
La inconsistencia de la memoria es la marca de origen de un sujeto regido por la temporalidad del instante, cuya capacidad de incorporar los acontecimientos a su experiencia está abolida por la irrupción continua de informaciones equivalentes, intercambiables, que se suceden al infinito dejando marcas superficiales, sin que el sujeto tenga otra potestad que la de elegir una en desmedro de las otras. De este modo, la praxis política es sustituida por una práctica de consumo, es decir, por la elección en el puro presente entre diversas opciones equivalentes según la conveniencia o la opinión del momento, maleable, evanescente.” (2)
Al sector social asalariado, en particular aquellos mejores pagos,  que son los que producen más plusvalía en el país ( y son enteramente conscientes de eso) se lo castigó por partida doble en un error fatal. Con el libre flujo de la apropiación de su plusvalía por parte del capitalista “natural”, por una parte; y por la otra con el impuesto a las ganancias, lo que obviamente fue percibido como una irritante apropiación de sus ingresos, ahora por parte del estado. Al mismo momento que los sectores financieros, y extractivistas eran favorecidos sin excepción. El kirchnerismo se fue del poder sin enhebrar una nueva ley de entidades financieras y sin poner coto ni obtener resarcimiento razonable alguno a la predatoria práctica de la minería a cielo abierto. A los asalariados conscientes de su doble expoliación, este agravio de tracto continuo no les pasó inadvertido. Tampoco la corrupción, a la que algunos analizamos con categorías ortodoxas de los dos siglos pasados, o con máximas jauretcheanas. Otro mal paso. Los CEOS y sus mandantes jamás cometerían esos errores de caracterización sociológica, psicoanalítica y política. Lo están demostrando.

Es paradójico, pero durante el Cordobazo, el Ministro de Economía de entonces, Adalbert Krieger Vassena, tembién se preguntaba: ¿como puede ser que los obreros mejor pagos del pais -a los que se les extrae mas plusvalía, los mas explotados- lideren la revuelta? Al sentido común fordista le parecía muy extraño. Si cambiaban el 0 Km todos los años y se iban de vacaciones.
La pregunta, como una letanía, se ha vuelto a instalar entre los derrotados perplejos. Que no alcanzan a entender que este mismo sector de trabajadores bien pagos del capitalismo postfordista, no se expresó como aquel épico proletariado cordobés, con huelgas y movilizaciones, sino con el voto, la herramienta nuclear de las democracias indirectas burguesas. O sea, la utopía totalizante, el determinismo teleológico, se ha diluido y los trabajadores acaban de expresarse por los mismos medios y adhiriendo a las lógicas propias  del Amo.

En la Argentina se planificó (en el mejor de los casos) con la ideología del siglo XIX, un capitalismo bueno, un ensayo "neokeynesiano" en medio de un capitalismo internacional depredador, cuando debería haberse considerado, que ese capitalismo bueno es irrealizable y que hay que encontrar una alternativa de cara a lo que ya no resulta una anomalía, sino que encarna un estado de excepción, una nueva forma de acumulación del capital (Alemán dixit).
De aquí en más, es imposible establecer horizontes de proyección emancipatorios, sin el favor de los trabajadores más explotados. Obviamente, ese salto cualitativo excluye drásticamente la posibilidad de castigarlos en sus ingresos, los más altos de América Latina.
Huelga aclararlo, la reconstrucción de esa alianza progresista sería igualmente inviable sin la participación de todos los trabajadores.

En definitiva, la posibilidad de proponer políticas no admite simplificaciones ni clichés, por confortables que éstos sean. Ya no se puede aludir en general a "los sectores populares” o “las clases medias”, sobre todo si en estas clases medias se incluye a los sectores trabajadores a los que se les extrae mas plusvalía  por partida doble. Porque más allá de su ubicación en el proceso productivo, su nivel de ingresos genera una cultura compatible con los hábitos, intuiciones y percepciones legitimantes que habilitó el "modelo" y que ahora aspiran vientos de cambios. Y se ha podido comprobar que esa rebeldía silenciosa se transforma y reproduce en votos.
No se puede decir tampoco que “luego de años de crecimiento y avance popular se profundizan las demandas y las expectativas”. Porque esta formulación, así expresada, no tiene traducción política.
Pongamos en claro lo siguiente. Las bases sociales del macrismo no son solamente los sectores acomodados de la población. Si fuera así, no hubiera superado el caudal histórico de votos de la UCEDE o, más atrás en el tiempo, de la inefable "Nueva Fuerza", que ya en aquel entonces, vale recordarlo, convocaba a un "cambio" desde sus jingles elementales.La base social que apuntaló a Macri, es justamente, la que vulgarmente se llama clase media del interior productivo, de la CABA y del GBA. Y que son, en realidad, una importante proporción de los trabajadores más productivos. Justamente, las víctimas propiciatorias de la doble exacción de plusvalía.

Fue bastante sencillo para Cambiemos lograr el apoyo de este sector enfrentandoló al FPV, operando sobre su mentalidad colonizada por la cultura del mercado globalizado, replicando a través de los aparatos ideológicos del establishment sobre factores tales como la corrupción, las cadenas nacionales, o el alineamiento con Venezuela, o insistiendo sobre errores como la aplicación del impuesto a las ganancias, el cepo al dólar, el estrangulamiento de las economías regionales, etcétera. Hasta construir un sentido común dominante y profundamente conservador.
Este sector social es, paradójicamente, el mas dinámico desde el punto de vista de la producción. Si dejamos de lado a los empleados públicos, probablemente sean los que producen más riqueza, son absolutamente conscientes del lugar que ocupan en el proceso productivo y pretenden que se los reconozca.
Por eso, si bien sufrirán la economía de penuria de la nueva época del virreinato, pero mantendrán una distancia importante con los de abajo y esto les permitirá sentir que son importantes, casi "uno de los de ellos".

La oposición a este gobierno deberá diferenciar entre los distintos sectores de esta “clase media” y tener una política clara para ella y para cada una de las subjetividades que se han amasado al interior de este nuevo sistema de creencias.
Es más, algunos sectores políticos ya lo están haciendo, intentando dirigir a estos sectores. Al menos así parece sugerirlo el relanzamiento político de un bloque de gobernadores de provincias donde el macrismo se ha hecho fuerte (Santa Fé, Entre Ríos y Córdoba), unificándose en contra de la aplicación del protocolo contra la protesta social. Los tres gobernantes provienen de provincias que cuentan entre sus habitantes con muchos de esos trabajadores expropiados por las políticas erróneas del kirchnerismo. También administran policías y realidades de conflictividad social crecientes. Pero aún así renuncian a la tentación de declarar la emergencia proyectada en materia de derechos y garantías y prefieren fortalecer una alianza que proteja las fuerzas productivas de la denominada "región centro".
Los tres parecen haber advertido que una proporción para nada desdeñable de ciudadanos de sus respectivas provincias, pueden ser sensibles a las políticas de derechos humanos, igualdad de derechos, libertad de expresión, redistribución de la riqueza, etcétera. Pero saben que si esto no va acompañado de una política que los haga sentir incluidos en un proyecto general que los contengan, apoyarán a los dirigentes políticos que exacerban demagógicamente sus fobias  respecto de la "seguridad", los inmigrantes, "negros vagos",  planeros, y otros sectores vulnerables. El desafío, entonces, es que el burgués no se asuste. Y está claro que la intolerancia en esos sectores crece de la mano del descenso al abismo social tan temido (3).

Si en la oligarquía argentina existió alguna vez una pequeña insinuación de autonomía, hoy, en la época del virreinato, esa rémora nacionalista sin pueblo ha quedado totalmente arrumbada. Macri -cual nuevo Sobremonte- y sus secuaces, fugarán lo que puedan a algún paraíso fiscal y entregarán totalmente el país a los buitres, que es donde se asienta verdaderamente el trono al que reporta el gobierno de los CEOS..
Tanto ello así, que habría que comenzar a mirar con atención la interna de Cambiemos, porque es probable que pronto se empiecen a ver las diferencias de algunos sectores que no aceptan esta rendición incondicional.
Y además, estar atentos a lo que pasa con sus políticas concretas: acaba de aumentar la gente alcanzada por ganancias, se redujo la coparticipación de la provincias, entre otras medidas no menos importantes.
Este panorama podría sugerir que la oposición intentara, al menos, dos construcciones.
a) Un plan económico, social y político que tenga en cuenta a los sectores medios, incluso medios altos de la sociedad argentina.
El apoyo a los movimientos sociales, artesanos, manteros y trapitos, así como la ampliación de derechos y apoyo y contención a todos los excluidos -que ha sido tan importante en los primeros años K cuando estábamos en el infierno, sobre todo desde el punto de vista del hambre, pero también y principalmente si lo tomamos en perspectiva, desde el punto de vista del cambio de la conciencia política- se debe mantener. Pero no puede ser el único planteo.
También se debe interpretar, apoyar y contener a los sectores medios, a los generadores de riqueza.
Es decir, parecería que se está dando la conquista ideológica de los sectores mas explotados -aunque no más pobres- por parte del neoliberalismo. Y esto es una muestra de los errores o las limitaciones para entender la situación por parte de los gobiernos y los partidos populares.
Aquí es donde debemos insistir. ¿Es posible hacer en espejo lo que ellos hacen en psicología de masas? Un dato de último momento. En la edición de P12 de hoy, se publica un artículo que ratifica dramáticamente lo que postulamos en este artículo, y que nos obliga a incorporarlo. "Según datos de la Secretaría de Hacienda entre el 2006 y el 2014 la recaudación total creció 7,7 puntos. Mientras lo recaudado por las Ganancias de las empresas se multiplicó 6,7 veces la cuarta categoría lo hizo por 11 incrementando su participación en la recaudación total de 5,5 a 7,8 por ciento. Los asalariados empujaron la recaudación mientras que las empresas disminuyeron su aporte en concepto de renta. En el 2007 la cuarta categoría explicaba el 21 por ciento de lo que se recaudaba por Ganancias, en el 2014 el 35 por ciento. Cada vez más trabajadores lo pagaron y cada vez pagaron más" (4).

Habría que decir con John William Cooke: “La resistencia no es suficiente: sin contraataque no hay victoria”(5)
b) Por lo tanto, hay que preparar, bien, la réplica política y cultural. La antítesis. Haciendo las veces de pitonisa Carrió, podemos especular de cara al futuro. Así como en todo este período lo que primó en política fue el manejo de “resortes de poder”, o sea cargos públicos por relación con “el territorio”, o relaciones familiares o sociales, en adelante lo que primará será la lucha por las ideas y la comprensión de las nuevas relaciones de dominación. Sin la capacidad para disputar las conciencias de los sectores mas amplios de la población, la próxima disputa, -a esta altura podríamos decir con el imperio- sea política o cultural, estaría perdida.

(1) http://derecho-a-replica.blogspot.com.ar/2016/02/las-plazas-la-nueva-forma-de.html?spref=fb

(4) http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-293465-2016-02-29.html


(5) Apuntes para la militancia, 1964.
Por Ignacio Castro Rey (*)

La intuición es un golpe mental, una tirada de dados que divide a un objeto, descomponiéndolo en elementos más simples. En tal sentido, se penetra un complejo, lo partimos en piezas y esto permite analizarlo. El análisis intuitivo descompone el fenómeno. El proceso formal y deductivo -en Descartes, posterior a las intuiciones, como un enlace de ellas- reconstruyendo lo complejo. El ser resultante -persona o cosa- es materialmente el mismo que antes, pero resulta comprendido y vivido de otro modo.

Lo que tiene la impronta de lo intuitivo puede ser tomado en serio, también en la ciencia, porque viene repentinamente, al margen de las convenciones externas. También, con frecuencia, fuera de los propios intereses del sujeto. Ello piensa, decía Nietzsche. No es que la intuición sea infalible -nada lo es-, pero brinda la seguridad de lo que de pronto nos asalta. Al provenir de nuestro más lejano interior, una especie de zona ártica, posee la rotunda simplicidad y autonomía de la que la inducción informativa carece.



La intuición tiene además la certeza de lo que existe sin piezas, apenas construido. Ahora bien, igual que no existen accidentes ni anomalías “a petición”, tampoco hay intuición a la carta, programada metódicamente. No la controlamos. Viene o no viene, se produce o no, casi siempre sin ser invitada a la mesa. Es ella la que nos asalta; con frecuencia, en momentos clandestinos de nuestra experiencia -esa soledad y retiro hoy prohibidos-, para permitirnos comprender de otro modo lo que nos envuelve.

La inteligencia intuitiva es elemental, breve, densa. Casi no admite términos medios: la aceptamos o no. Es un tipo de inteligencia, radicalmente democrática, que apenas se aprende o se estudia. No hay un posible máster en intuición, ni cursos en torno a ella, pues tiene más vínculos con la deformación que con la formación. Se tiene ese genio intuitivo, de modo a la vez innato y asumido, o no se tiene. Pero tal genio puede pertenecer a cualquiera, pues sólo exige el coraje de no ceder en cuanto al deseo. Con este método anárquico -otra contradicción- la intuición le otorga en distintas especialidades un papel al amateur, al intruso o al raro -el científico revolucionario, diría Kuhn-, que el método normal y premiado de conocimiento jamás le concederá.

El conocimiento estándar odia el genio de la intuición como la sociedad odia los márgenes selváticos de los que, sin reconocerlo, vive. Repasemos las biografía de los nombres que todavía admiramos. Ninguno de ellos vienen de los primeros puestos en la Universidad, sino -aunque además hayan sido buenos estudiantes- de vivencias que lindan lo inconfesable.

El conocimiento profesional admite buenos cursos de formación y métodos graduales. En otras palabras, un proceso acumulativo relativamente asequible. El conocimiento intuitivo no, no fácilmente. ¿Cómo se le enseña a alguien a intuir? Es posible… si se puede enseñar el valor de escuchar, de atender, de percibir: de atreverse, en resumen, a estar a solas con lo desconocido que llega. Poco más. Supone una cualidad intelectual y una también una relación afectiva, un poco animista, con los objetos. La abstracción intuitiva tiene con frecuencia algo de primitivo. Y no sólo los escritores y artistas; casi todo científico que ha roto la historia tiene un fuerte poder intuitivo.

No hay intuición sin observación, por supuesto, pero la intuición perfora la costra de las apariencias y capta dentro de ellas otras claves de explicación ocultas. Por tal razón, como esas claves yacen en el interior de las cosas o las personas, es normal que vengan a nosotros en secreto, en horas o momentos robados, un poco furtivos. Debemos tener, al menos, un pie en los contextos y en las situaciones comunes. Pero la intuición somete el contexto a presión, provoca y estresa las situaciones. Maltrata sus objetos desde un afuera: les asedia, decía incluso Ortega. Por eso nos permite saber de las cosas lo que ellas no confesarían fácilmente. Ni lo que su simple contexto nos diría, mediado como está hasta la saciedad.

Paradójicamente -es otra contradicción más- este cuestionamiento de lo real, este estrés proviene de un dejarser a las cosas. Supone una confianza y a la vez una escucha. El hombre intuitivo -decían Baudrillard y Berger- mantiene una relación cercana con los objetos y, al mismo tiempo, toma distancias con los contextos donde los objetos se presentan. En tal aspecto, la intuición essituacionista, pues sin infiltrarse en la situaciones, para “oír voces” de otra parte, ese tipo de conocimiento directo no se produce.

Estamos pues ante una disposición natural de la inteligencia, una de esas tecnologías incorporadas al cuerpo. Aparte de que se posea o no, está claro que el hombre puede favorecer lo intuitivo o no, escucharlo o no. Podemos liquidar las intuiciones, apartarnos de ellas con la ortodoxia de la conexión técnica perpetua. Por el contrario, podemos acercarnos con un pie al margen de lo social, confiar en ese rumor de las afueras y escucharlo.

Es evidente que una intuición ha de ponerse a prueba y adquirir forma. Tenemos que estructurarla, fortalecerla y ponerla a andar, en común, para estar en el mundo y afrontar los problemas que nos reclaman. Pero el punto de partida de cierto tipo de pensamiento es siempre un poco insolente, por no decir inconfesablemente irracional. Con la ironía que le caracteriza, Deleuze decía que el verdadero pensamiento abre siempre una línea de brujería.

Es obvio que la intuición tiene que ver también con el crédito que le concedamos a la imaginación y, quizás ante todo, con el que le concedemos al instante. Sabemos que un momento crucial puede cambiar el tiempo. Pero es necesario escucharlo y acogerlo, darle crédito, dejando tal vez muchos otros momentos del tiempo reconocido, que tal vez tengan más avales y más fama.

Se podía decir que hoy, en todos los órdenes -de lo perceptivo a lo clínico y ético, de lo intelectual a lo político- estaríamos obligados a elegir, poniendo nuestro hemisferio principal en la intuición o en la información. En el primer caso correremos efectivamente el riesgo de quedarnos solos, cerca de los fantasmas. En el segundo el peligro es morir de éxito, instalados en esa obesidad de la multiplicación que algún día tendrá su metástasis. La cuestión clave estará en el arte de las dosis, en un equilibro inestable que hay que reinventar todos los días.

(*) Filósofo y crítico de arte.
Por Umberto Eco (5/1/1932- 19/2/2016) (*)


LECTOR IN FABULA, Barcelona,Lumen,1987.

Un texto, tal como aparece en su superficie (o manifestación) lingüística, representa una cadena de artificios expresivos que el destinatario debe actualizar. Como en este libro hemos decidido ocuparnos sólo de textos escritos (y a medida que avancemos iremos restringiendo nuestros experimentos de análisis a textos narrativos), de ahora en adelante no hablaremos tanto de destinatario como de "lector", así como usaremos indiferentemente la denominación de Emisor y de Autor para definir al productor del texto. En la medida en que debe ser actualizado, un texto está incompleto. Por dos razones. La primera no se refiere sólo a los objetos lingüísticos que hemos convenido en definir como textos, sino también a cualquier mensaje, incluidas las oraciones y los términos aislados. Una expresión sigue siendo un mero flatus vocis [expresión vacía] mientras no se la pone en correlación, por referencia a determinado código, con su contenido establecido por convención: en este sentido, el destinatario se postula siempre como el operador (no necesariamente empírico) capaz, por decirlo así, de abrir el diccionario a cada palabra que encuentra y de recurrir a una serie de reglas sintácticas preexistentes con el fin de reconocer las funciones recíprocas de los términos en el contexto de la oración. Podemos decir, entonces, que todo mensaje postula una competencia gramatical por parte del destinatario, incluso si se emite en una lengua que sólo el emisor conoce (salvo los casos de glosolalia, en que el propio emisor supone que no cabe interpretación lingüística alguna, sino a lo sumo una repercusión emotiva y una evocación extralingüística). Abrir el diccionario significa aceptar también una serie de postulados de significación(1): un término sigue estando esencialmente incompleto aún después de haber recibido una definición formulada a partir de un diccionario mínimo. Este diccionario nos dice que un bergantín es una nave, pero no desentraña otras propiedades semánticas de /nave/. Esta cuestión se vincula, por un lado, con el carácter infinito de la interpretación (basado, como hemos visto, en la teoría peirciana de los interpretantes) y, por otro, con la temática del entrañe (entaillment) y de la relación entre propiedades necesarias, esenciales y accidentales. Sin embargo, un texto se distingue de otros tipos de expresiones por su mayor complejidad. El motivo principal de esa complejidad es precisamente el hecho de que está plagado de elementos no dichos (cf. Ducrot, 1972). "No dicho" significa no manifiesto en la superficie, en el plano de la expresión: pero precisamente son esos elementos no dichos los que deben actualizarse en la etapa de la actualización del contenido. Para ello, un texto (con mayor fuerza que cualquier otro tipo de mensaje) requiere ciertos movimientos cooperativos, activos y conscientes, por parte del lector.

 (a) Juan entró en el cuarto. «¡Entonces, has vuelto!», exclamó María, radiante; 
es evidente que el lector debe actualizar el contenido a través de una compleja serie de movimientos cooperativos. Dejemos de lado, por el momento, la actualización de las correferencias (es decir, la necesidad de establecer que el /tú/ implícito en el uso de la segunda persona singular del verbo "haber" se refiere a Juan); pero ya esta correferencia depende de una regla conversacional en virtud de la cual el lector supone que, cuando no se dan otras especificaciones, dada la presencia de dos personajes, el que habla se refiere necesariamente al otro. Sin embargo, esta regla conversacional se injerta sobre otra decisión interpretativa, es decir, sobre una operación extensional que realiza el lector: éste ha decidido que, sobre la base del texto que se le ha suministrado, se perfila una parcela de mundo habitada por dos individuos, Juan y María, dotados de la propiedad de encontrarse en el mismo cuarto. Por último, el hecho de que María se encuentre en el mismo cuarto que Juan depende de otra inferencia basada en el uso del artículo determinado /el/: hay un cuarto, y sólo uno, del cual se habla.(2) Aún queda por averiguar si el lector considera oportuno identificar a Juan y a María, mediante índices referenciales, como entidades del mundo externo, que conoce sobre la base de una experiencia previa que comparte con el autor, si el autor se refiere a individuos que el lector desconoce o si el fragmento de texto (a) debe conectarse con otros fragmentos de texto previos o ulteriores en que Juan y María han sido interpretados, o lo serán, mediante descripciones definidas. Pero, como decíamos, soslayemos todos estos problemas. 
No hay dudas de que en la actualización inciden otros movimientos cooperativos. En primer lugar, el lector debe actualizar su enciclopedia para poder comprender que el uso del verbo /volver/ entraña de alguna manera que, previamente, el sujeto se había alejado (una gramática de casos analizaría esta acción atribuyendo a los sustantivos determinados postulados de significación: el que vuelve se ha alejado antes, así como el soltero es un ser humano masculino adulto). En segundo lugar, se requiere del lector un trabajo de inferencia para extraer, del uso del adversativo /entonces/, la conclusión de que María no esperaba ese regreso, y de la determinación /radiante/, el convencimiento de que, de todos modos, lo deseaba ardientemente. Así, pues, el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco por dos razones. Ante todo, porque un texto es un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce en él y sólo en casos de extrema pedantería, de extrema preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con redundancias y especificaciones ulteriores (hasta el extremo de violar las reglas normales de conversación).(3) En segundo lugar, porque, a medida que pasa de la función didáctica a la estética, un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un margen suficiente de univocidad. Un texto quiere que alguien lo ayude a funcionar. Naturalmente, no intentamos elaborar aquí una tipología de los textos en función de su "pereza" o del grado de libertad que ofrece (libertad que en otra parte hemos definido como "apertura"). De esto hablaremos más adelante. Pero debemos decir ya que un texto postula a su destinatario como condición indispensable no sólo de su propia capacidad comunicativa concreta, sino también de la propia potencialidad significativa. En otras palabras un texto se emite para que alguien lo actualice; incluso cuando no se espera (o no se desea) que ese alguien exista concreta y empíricamente. Sin embargo, esta obvia condición de existencia de los textos parece chocar con otra ley pragmática no menos obvia que, si bien ha podido permanecer oculta durante gran parte de la historia de la teoría de las comunicaciones, ya no lo está en la actualidad. Dicha ley puede formularse fácilmente mediante el lema: la competencia del destinatario no coincide necesariamente con la del emisor. Ya se ha criticado ampliamente (y en forma definitiva en el Tratado, 2.15) el modelo comunicativo vulgarizado por los primeros teóricos de la información: un Emisor, un Mensaje y un Destinatario, donde el Mensaje se genera y se interpreta sobre la base de un Código. Ahora sabemos que los códigos del destinatario pueden diferir, totalmente o en parte, de los códigos del emisor; que el código no es una entidad simple, sino a menudo un complejo sistema de sistemas de reglas; que el código lingüístico no es suficiente para comprender un mensaje lingüístico: /¿Fuma?/ /No/ es descodificable lingüísticamente como pregunta y respuesta acerca de los hábitos del destinatario de la pregunta; pero, en determinadas circunstancias de emisión, la respuesta connota "mala educación" sobre la base de un código que no es lingüístico, sino ceremonial: hubiese debido decirse /no, gracias/ . Así, pues, para "descodificar" un mensaje verbal se necesita, además de la competencia lingüística, una competencia circunstancial diversificada, una capacidad para poner en funcionamiento ciertas presuposiciones, para reprimir idiosincrasias, etcétera. Por eso, también en el Tratado sugeríamos una serie de constricciones pragmáticas que se ejemplifican en la figura 1. ¿Qué garantiza la cooperación textual frente a estas posibilidades de interpretación más o menos "aberrantes"? En la comunicación cara a cara intervienen infinitas formas de reforzamiento extralingüístico (gesticular, ostensivo, etc.) e infinitos procedimientos de redundancia y feed back (retroalimentación) que se apuntalan mutuamente. Esto revela que nunca se da una comunicación meramente lingüística, sino una actividad semiótica en sentido amplio, en la que varios sistemas de signos se complementan entre sí. Pero ¿qué ocurre en el caso de un texto escrito, que el autor genera y después entrega a una variedad de actos de interpretación. como quien mete un mensaje en una botella y luego la arroja al mar? Hemos dicho que el texto postula la cooperación del lector como condición de su actualización. Podemos mejorar esa formulación diciendo que un texto es un producto cuya suerte interpretativa debe formar parte de su propio mecanismo generativo: generar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos del otro; como ocurre. por lo demás. en toda estrategia. En la estrategia militar (o ajedrecística. digamos: en toda estrategia de juego), el estratega se fabrica un modelo de adversario. Si hago este movimiento, arriesgaba Napoleón. Wellington debería reaccionar de tal manera. Si hago este movimiento. argumentaba Wellingon. Napoleón deberia reaccionar de tal manera. En ese caso concreto. Wellington generó su estrategia mejor que Napoleón. se construyó un Napoleón Modelo que se parecía más al Napoleón concreto que el Wellington Modelo. imaginado por Napoleón, al Wellington concreto. La analogía sólo falla por el hecho de que. en el caso de un texto. lo que el autor suele querer es que el adversario gane. no que pierda. Pero no siempre es así. El relato de Alphonse Allais que analizaremos en el último capítulo se parece más a la batalla de Waterloo que a la Divina Comedia. Pero en la estrategia militar (a diferencia de la ajedrecística) pueden surgir accidentes casuales (por ejemplo. la ineptitud de Grounchy). Otro tanto ocurre en los textos: a veces, Grounchy regresa (cosa que no hizo en Waterloo), a veces llega Massena (como sucedió en Marengo). El buen estratega debe contar incluso con estos acontecimientos casuales. debe preverlos mediante un cálculo probabilístico. Lo mismo debe hacer el autor de un texto "Ese brazo del lago de Como": ¿y si aparece un lector que nunca) ha oído hablar de Como? Debo apañármelas para poder recobrarlo más adelante; por el momento juguemos como si Como fuese un flatus vocis. similar a Xanadou. Más adelante se harán alusiones al cielo de Lombardía, a la relación entre Como. Milán y Bérgamo, a la situación de la península itálica. Tarde o temprano, el lector enciclopédicamente pobre quedará atrapado. Ahora la conclusión parece sencilla. Para organizar su estrategia textual. un autor debe referirse a una serie de competencias (expresión más amplia que "conocimiento de los códigos") capaces de dar contenido a las expresiones que utiliza. Debe suponer que el conjunto de competencias a que se refiere es el mismo al que se refiere su lector. Por consiguiente, deberá prever un Lector Modelo capaz de cooperar en la actualización textual de la manera prevista por él y de moverse interpretativamente, igual que él se ha movido generativamente. Los medios a que recurre son múltiples: la elección de una lengua (que excluye obviamente a quien no la habla), la elección de un tipo de enciclopedia (si comienzo un texto con "como está explicado claramente en la primera Crítica ... " restrinjo, y en un sentido bastante corporativo, la imagen de mi Lector Modelo), la elección de determinado patrimonio léxico y estilístico ... Puedo proporcionar ciertas marcas distintivas de género que seleccionan la audiencia: "Queridos niños, había una vez en un país lejano ..."; puedo restringir el campo geográfico: "¡Amigos, romanos, conciudadanos!". Muchos textos señalan cuál es su Lector Modelo presuponiendo apertisverbis (perdón por el oxímoron) una competencia enciclopédica específica. Para rendir homenaje a tantos análisis ilustres de filosofía del lenguaje, consideremos el comienzo de Waverley. cuyo autor es notoriamente su autor: (b) ... ¿qué otra cosa hubiesen podido esperar mis lectores de epítetos caballerescos como Howard. Mordaunt. Mortimero o Stanley, o de sonidos más dulces y sentimentales como Belmore, Belville, Belfield y Belgrave, sino páginas triviales, como las que fueron bautizadas de ese modo hace ya medio siglo? Sin embargo, en este ejemplo hay algo más que lo ya mencionado. Por un lado, el autor presupone la competencia de su Lector Modelo; por otro, en cambio. la instituye. También a nosotros. que no teníamos experiencia de las novelas góticas conocidas por los lectores de Walter Scott, se nos invita ahora a saber que ciertos nombres connotan "héroe caballeresco" y que existen novelas de caballería pobladas de personajes como los mencionados, que ostentan características estilísticas en cierto sentido lamentables. De manera que prever el correspondiente Lector Modelo no significa sólo "esperar" que éste exista, sino también mover el texto para construirlo. Un texto no sólo se apoya sobre una competencia: también contribuye a producirla. Así, pues. ¿un texto no es tan perezoso y su exigencia de cooperación no es tan amplia como lo que quiere hacer creer? ¿Se parece a una caja llena de elementos prefabricados ("kit") que hace trabajar al usuario sólo para producir un único tipo de producto final, sin perdonar los posibles errores. o bien a un "mecano" que permite construir a voluntad una multiplicidad de formas? ¿Es una lujosa caja que contiene las piezas de un rompecabezas que. una vez resuelto, siempre dará como resultado a la Gioconda, o, en cambio, es una simple caja de lápices de colores? ¿Hay textos dispuestos a asumir los posibles eventos previstos en la figura 1? ¿Hay textos que juegan con esas desviaciones, que las sugieren, que las esperan; textos "abiertos" que admiten innumerables lecturas, capaces de proporcionar un goce infinito? ¿Estos textos de goce renuncian a postular un Lector Modelo o, en cambio, postulan uno de otro tipo?(4) Cabría tratar de elaborar ciertas tipologías, pero la lista se presentaría en forma de continuum graduado con infinitos matices. Propongamos sólo, en un plano intuitivo, dos casos extremos (más adelante buscaremos una regla unificada y unificadora, una matriz generativa que justifique esa diversidad). Textos "cerrados" y textos "abiertos" Ciertos autores conocen la situación pragmática ejemplificada en la figura 1. Pero creen que se trata de la descripción de una serie de accidentes posibles, aunque evitables. Por consiguiente, determinan su Lector Modelo con sagacidad sociológica y con un brillante sentido de la media estadística: se dirigirán alternativamente a los niños, a los melómanos, a los médicos, a los homosexuales, a los aficionados al surf, a las amas de casa pequeñoburguesas, a los aficionados a las telas inglesas, a los amantes de la pesca submarina, etc. Como dicen los publicitarios, eligen un perfil (target) (y una "diana" no coopera demasiado: sólo espera ser alcanzada). Se las apañarán para que cada término, cada modo de hablar, cada referencia enciclopédica sean los que previsiblemente puede comprender su lector. Apuntarán a estimular un efecto preciso; para estar seguros de desencadenar una reacción de horror dirán de entrada "y entonces ocurrió algo horrible". En ciertos niveles, este juego resultará exitoso. Pero bastará con que el libro de Carolina Invernizio, escrito para modistillas turinesas de finales del siglo pasado, caiga en manos del más entusiasta de los degustadores del kitsch literario para que se convierta en una fiesta de literatura transversal, de interpretación entre líneas, de saboreado poncif, de gusto huysmaniano por los textos balbucientes. Ese texto dejará de ser "cerrado" y represivo para convertirse en un texto sumamente abierto, en una máquina de generar aventuras perversas. Pero también puede ocurrir algo peor (o mejor, según los casos): que la competencia del Lector Modelo no haya sido adecuadamente prevista, ya sea por un error de valoración semiótica, por un análisis histórico insuficiente, por un prejuicio cultural o por una apreciación inadecuada de las circunstancias de destinación. Un ejemplo espléndido de tales aventuras de la interpretación lo constituyen Los misterios de París, de Sue. Aunque fueron escritos desde la perspectiva de un dandy para contar al público culto las excitante s experiencias de una miseria pintoresca, el proletariado los leyó como una descripción clara y honesta de su opresión. Al advertido, el autor los siguió escribiendo para ese proletariado: los embutió de moralejas socialdemócratas, destinadas a persuadir a esas clases "peligrosas" -a las que comprendía, aunque no por ello dejaba de temer- de que no desesperaran por completo y confiaran en el sentido de lajuSticia y en la buena voluntad de las clases pudientes. Señalado por Marx y Engels como modelo de perorata reformista, el libro realiza un misterioso viaje en el ánimo de unos lectores que volveremos a encontrar en las barricadas de 1848, empeñados en hacer la revolución porque, entre otras cosas, habían leído Los misterios de Paris.5 ¿Acaso el libro contenía también esta actualización posible? ¿Acaso también dibujaba en filigrana a ese Lector Modelo? Seguramente; siempre y cuando se le leyera saltándose las partes moralizante s o no queriéndolas entender. Nada más abierto que un texto cerrado. Pero esta apertura es un efecto provocado por una iniciativa externa, por un modo de usar el texto, de negarse a aceptar que sea él quien nos use. No se trata tanto de una cooperación con el texto como de una violencia que se le inflige. Podemos violentar un texto (podemos, incluso, comer un libro, como el apóstol en Patmos) y hasta gozar sutilmente con ello. Pero lo que aquí nos interesa es la cooperación textual como una actividad promovida por el texto; por consiguiente, estas modalidades no nos interesan. Aclaremos que no nos interesan desde esta perspectiva: la frase de Valéry "íl n'y a pas de vrai sens d'un texte" [no hay/no existe el sentido verdadero de un texto] admite dos lecturas: que de un texto puede hacerse el uso que se quiera, ésta es la lectura que aquí no nos interesa; y que de un texto pueden darse infinitas interpretaciones, ésta es la lectura que consideraremos ahora. Estamos ante un texto "abierto" cuando el autor sabe sacar todo el partido posible de la figura 1. La lee como modelo de una situación pragmática ineliminable. La asume como hipótesis regulativa de su estrategia. Decide (aquí es precisamente donde la tipología de los textos corre el riesgo de convertirse en un conntinuum de matices) hasta qué punto debe vigilar la cooperación del lector, así como dónde debe suscitarla, dónde hay que dirigida y dónde hay que dejar que se convierta en una aventura interpretativa libre. Dirá " una flor" y, en la medida en que sepa (y lo desee) que de esa palabra se desprende el perfume de todas las flores ausentes, sabrá por cierto, de antemano, que de ella no llegará a desprenderse el aroma de un licor muy añejo: ampliará y restringirá el juego de la semiosis ilimitada según le apetezca. Una sola cosa tratará de obtener con hábil estrategia: que, por muchas que sean las interpretaciones posibles, unas repercutan sobre las otras de modo tal que no se excluyan, sino que, en cambio, se refuercen recíprocamente. Podrá postular, como ocurre en el caso de Finnegans Wake, un autor ideal afectado por un insomnio ideal, dotado de una competencia variable: pero este autor ideal deberá tener como competencia fundamental el dominio del inglés (aunque el libro no esté escrito en inglés "verdadero"); y su lector no podrá ser un lector de la época helenista, del siglo II después de Cristo, que ignore la existencia de Dublín ni tampoco podrá ser una persona inculta dotada de un léxico de dos mil palabras (si lo fuera. se trataria de otro caso de uso libre, decidido desde afuera. o de lectura extremadamente restringida. limitada a las estructuras discursivas más evidentes). De modo que Finnegans Wake espera un lector ideal. que disponga de mucho tiempo. que esté dotado de gran habilidad asociativa y de una enciclopedia cuyos límites sean borrosos: no cualquier tipo de lector. Construye su Lector Modelo a través de la selección de los grados de dificultad lingüística. de la riqueza de las referencias y mediante la inserción en el texto de claves. remisiones y posibilidades. incluso variables de lecturas cruzadas. El Lector Modelo de Finnegans Wake es el operador capaz de realizar al mismo tiempo la mayor cantidad posible de esas lecturas cruzadas.(6) Dicho de otro modo: incluso el último Joyce. autor del texto más abierto que pueda mencionarse. construye su lector mediante una estrategia textual. Cuando el texto se dirige a unos lectores que no postula ni contribuye a producir, se vuelve ilegible (más de lo que ya es), o bien se convierte en otro libro. Uso e interpretación Así, pues. debemos distinguir entre el uso libre de un texto tomado como estímulo imaginativo y la interpretación de un texto abierto. Sobre esta distinción se basa. al margen de cualquier ambigüedad teórica, la posibilidad de lo que Barthes denomina texto para el goce: hay que decidir si se usa un texto como texto para el goce o si determinado texto considera como constitutiva de su estrategia (y. por consiguiente. de su interpretación) la estimulación del uso más libre posible. Pero creemos que hay que fijar ciertos límites y que, con todo, la noción de interpretación supone siempre una dialéctica entre la estrategia del autor y la respuesta del Lector Modelo. Naturalmente, además de una práctica. puede haber una estética del uso libre, aberrante, intencionado y malicioso de los textos. Borges sugería leer La Odisea o La Imitación de Cristo como si las hubiese escrito Céline. Propuesta espléndida, estimulante y muy realizable. Y sobre todo creativa, porque, de hecho, supone la producción de un nuevo texto (así como el Quijote de Pierre Menard es muy distinto del de Cervantes, con el que accidentalmente concuerda palabra por palabra). Además, al escribir este otro texto (o este texto como Alteridad) se llega a criticar al texto original o a descubrirle posibilidades y valores ocultos; cosa. por lo demás. obvia: nada resulta más revelador que una caricatura. precisamente porque parece el objeto caricaturizado, sin serlo; por otra parte, ciertas novelas se vuelven más bellas cuando alguien las cuenta, porque se convierten en "otras" novelas. Desde el punto de vista de una semiótica general, y precisamente a la luz de la complejidad de los procesos pragmáticos (fig. 1) y del carácter contradictorio del Campo Semántica Global, todas estas operaciones son teóricamente explicables. Pero aunque, como nos ha mostrado Peirce, la cadena de las interpretaciones puede ser infinita, el universo del discurso introduce una limitación en el tamaño de la enciclopedia. Un texto no es más que la estrategia que constituye el universo de sus interpretaciones, si no "legítimas", legitimables. Cualquier otra decisión de usar libremente un texto corresponde a la decisión de ampliar el universo del discurso. La dinámica de la semiosis ilimitada no lo prohíbe, sino que lo fomenta. Pero hay que saber si lo que se quiere es mantener activa la semiosis o interpretar un texto. Añadamos, por último, que los textos cerrados son más resistentes al uso que los textos abiertos. Concebidos para un Lector Modelo muy preciso. al intentar dirigir represivamente su cooperación dejan espacios de uso bastante elásticos. Tomemos. por ejemplo, las historias policíacas de Rex Stout e interpretemos la relación entre Nero Wolfe y Archie Goodwin como una relación "kafkiana". ¿Por qué no? El texto soporta muy bien este uso. que no entraña pérdida de la capacidad de entretenimiento de laJábula ni del gusto cuando. al final. se descubre al asesino. Pero tomemos después El proceso, de Kafka. y leámoslo como si fuese una historia policíaca. Legalmente podemos hacerla, pero textualmente el resultado es bastante lamentable. Más valdría usar las páginas del libro para liarnos unos cigarrillos de marihuana: el gusto será mayor. Proust podía leer el horario ferroviario y reencontrar en los nombres de las localidades del Valois ecos gratos y laberínticos del viaje neivaliano en busca de Sylvie. Pero no se trataba de una interpretación del horario, sino de un uso legítimo, casi psicodélico, del mismo. Por su parte, el horario prevé un solo tipo de Lector Modelo: un operador cartesiano ortogonal dotado de un agudo sentido de la irreversibilidad de las series temporales. Autor y lector como estrategias textuales Un proceso comunicativo consta de un Emisor. un Mensaje y un Destinatario. A menudo, el Emisor o el Destinatario se manifiestan gramaticalmente en el mensaje: " Yo te digo que ... " Cuando se enfrenta con mensajes cuya función es referencial. el Destinatario utiliza esas marcas gramaticales como índices referenciales ("yo" designará al sujeto empírico del acto de enunciación del enunciado en cuestión, etc.). Otro tanto puede ocurrir en el caso de textos bastante extensos, como cartas, páginas de diarios y, en definitiva, todo aquello que se lee para adquirir información sobre el autor y las circunstancias de la enunciación. Pero cuando un texto se considera como texto, y sobre todo en los casos de textos concebidos para una audiencia bastante amplia (como novelas, discursos políticos, informes científicos, etc.), el Emisor y el Destinatario están presentes en el texto no como polos del acto de enunciación, sino como papeles actanciales del enunciado (cf. Jackobson, 1957). En estos casos, el autor se manifiesta textualmente sólo como (i) un estilo reconocible, que también puede ser un idiolecto textual o de corpus o de época histórica (cf. Tratado, 3.7.6); (ii) un puro papel actancial ("yo" = "el sujeto de este enunciado"); (iii) como aparición ilocutoria ("yo juro que" = "hay un sujeto que realiza la acción de jurar") o como operador de fuerza perlocutoria que denuncia una "instancia de la enunciación", o sea, una intervención de un sujeto ajeno al enunciado, pero en cierto modo presente en el tejido textual más amplio ("de pronto ocurrió algo horrible ..."; " ... dijo la duquesa con una voz capaz de estremecer a los muertos... "). Esta evocación del fantasma del Emisor suele ir acompañada por una evocación del fantasma del Destinatario (Kristeva, 1970). Veamos el siguiente fragmento de las Investigaciones filosóficas, de Wittgenstein, parágrafo 66: (c) Considera, por ejemplo, los procesos que llamamos "juegos». Me refiero a los juegos de ajedrez o de damas, a los juegos de cartas. a los juegos de pelota, a las competiciones deportivas. etc. ¿Qué tienen en común todos estos juegos? - No digas: «debe haber algo que sea común a todos, porque si no no se llamarían 'juegos'»; mira, en cambio. si efectivamente hay algo que sea común a todos. - De hecho, si los observas no verás. por cierto. nada que sea común a todos, sino que verás semejanzas. parentescos, veerás más bien toda una serie ... Todos los pronombres personales (implícitos o explícitos) no indican, en modo alguno, una persona llamada Ludwing Wittgenstein o un lector empírico cualquiera: representan puras estrategias textuales. La intervención de un sujeto hablante es complementaria de la activación de un Lector Modelo cuyo perfil intelectual se determina sólo por el tipo de operaciones interpretativas que se supone (y se exige) que debe saber realizar: reconocer similitudes, tomar en consideración determinados juegos ... Análogamente, el autor no es más que una estrategia textual capaz de establecer correlaciones semánticas: " me refiero ... " (Ich meine ... ) significa que, en el ámbito de este texto, el término "juego" deberá adoptar determinada extensión (para así abarcar los juegos de ajedrez o de damas, los juegos de cartas. etc.), al tiempo que se evita intencional mente dar una descripción intencional del mismo. En este texto, Wittgenstein no es más que un estilo filosófico y el Lector Modelo no es más que la capacidad intelectual de compartir ese estilo cooperando en su actualización. Quede, pues, claro que, de ahora en adelante, cada vez que se utilicen términos como Autor y Lector Modelo se entenderá siempre, en ambos casos, determinados tipos de estrategia textual. El Lector Modelo es un conjunto de condiciones de felicidad, establecidas textualmente, que deben satisfacerse para que el contenido potencial de un texto quede plenamente actualizado. (7) El autor como hipótesis interpretativa Si el Autor y el Lector Modelo son dos estrategias textuales, entonces nos encontramos ante una situación doble. Por un lado, como hemos dicho hasta ahora, el autor empírico, en cuanto sujeto de la enunciación textual, formula una hipótesis de Lector Modelo y, al traducida al lenguaje de su propia estrategia, se caracteriza a sí mismo en cuanto sujeto del enunciado, con un lenguaje igualmente "estratégico", como modo de operación textual. Pero, por otro lado, también el lector empírico, como sujeto concreto de los actos de cooperación, debe fabricarse una hipótesis de Autor, deduciéndola precisamente de los datos de la estrategia textual. La hipótesis que formula el lector empírico acerca de su Autor Modelo parece más segura que la que formula el autor empírico acerca de su Lector Modelo. De hecho, el segundo debe postular algo que aún no existe efectivamente y debe realizado como serie de operaciones textuales; en cambio, el primero deduce una imagen tipo a partir de algo que previamente se ha producido como acto de enunciación y que está presente textualmente como enunciado. Pensemos en el ejemplo (c): Wittgenstein sólo postula la existencia de un Lector Modelo capaz de realizar las operaciones cooperativas que él propone; nosotros, en cambio, como lectores, reconocemos la imagen del Wittgenstein textual como serie de operaciones y propuestas cooperativas manifestadas en el texto. Pero no siempre el Autor Modelo es tan fácil de distinguir: con frecuencia, el lector empírico tiende a rebajado al plano de las informaciones que ya posee acerca del autor empírico como sujeto de la enunciación. Estos riesgos, estas desviaciones vuelven a veces azarosa la cooperación textual. Ante todo, por cooperación textual no debe entenderse la actualización de las intenciones del sujeto empírico de la enunciación, sino de las intenciones que el enunciado contiene virtualmente. Consideremos un ejemplo. Si, en una discusión política o en un artículo, alguien designa a las autoridades o a los ciudadanos de la URSS como "rusos" y no como "soviéticos", se interpreta que su propósito es activar una connotación ideológica explícita, que equivale a negarse a reconocer la existencia política del Estado soviético surgido de la revolución de octubre y pensar todavía en la Rusia zarista. En ciertas situaciones. el uso de uno o de otro término resulta muy discriminatorio. Pero también puede ocurrir que un autor desprovisto de prejuicios antisoviéticos utilice el término "ruso" por descuido. por costumbre, por comodidad o facilidad, adhiriéndose así a un uso muy difundido. Sin embargo, si el lector inserta las manifestaciones lineales (el uso del lexema en cuestión) en los subcódigos que abarca su competencia, tiene derecho a atribuir al término "ruso" una connotación ideológica. Tiene derecho porque textualmente la connotación se encuentra activada: esa es la intención que debe atribuir a su Autor Modelo, independientemente de las intenciones del autor empírico. Insistamos en que la cooperación textual es un fenómeno que se realiza entre dos estrategias discursivas. no entre dos sujetos individuales. Naturalmente. para realizarse como Lector Modelo. el lector empírico tiene ciertos deberes "filológicos": tiene el deber de recobrar con la mayor aproximación posible los códigos del emisor. Supongamos que el emisor sea un hablante dotado de un código bastante restringido, con escasa cultura política. incapaz de tener en cuenta (dado el tamaño de su enciclopedia) esta diferencia; es decir. supongamos que la oración sea pronunciada por una perrsona inculta cuyos conocimientos político-lingüístico s son imprecisos. y que diga. por ejemplo, que Kruschev era un político ruso (cuando en realidad era ucraniano). Es evidente. pues, que interpretar el texto significa reconocer una enciclopedia de emisión más restringida y genérica que la de destinación. Pero esto entraña considerar las circunstancias de enunciación del texto. Suponiendo que ese texto realice un trayecto comunicativo más amplio y que circule como texto "público", ya no atribuible a su sujeto enunciador original. entonces habrá que considerarlo en su nueva situación comunicativa, como texto referido ahora, a través del fantasma de un Autor Modelo muy genérico. al sistema de códigos y subcódigos aceptado por sus posibles destinatarios; por consiguiente, deberá ser actualizado de acuerdo con la competencia de destinación. Entonces. el texto connotará discriminación ideológica. Naturalmente. se trata de decisiones cooperativas que requieren una valoración de la circulación soocial de los textos; de modo que hay que prever casos en que se proyecta deliberadamente un Actor Modelo que ha llegado a ser tal en virtud de determinados acontecimientos sociológicos. aunque se reconozca que éste no coincide con el autor empírico.(8) Naturalmente, sigue existiendo la posibilidad de que el lector suponga que la expresión "ruso" ha sido usada de una manera no intencionada (intención psicológica atribuida al autor empírico), pero, sin embargo, arriesgue una caracterización socioideológica o psicoanalítica del emisor empírico: este último no sabía que estaba activando ciertas connotaciones, pero inconscientemente lo deseaba. ¿Debemos hablar, en tal caso, de una cooperación textual correcta? No es dificil advertir que esto supone una caracterización de las "interpretaciones" sociológicas o psicoanalíticas de los textos, según las cuales se intenta descubrir lo que el texto -independientemente de la intención de su autor- dice en realidad. ya sea sobre la personalidad de este último o sus origenes sociales, o bien sobre el mundo mismo del lector. Pero también es evidente que esto supone una aproximación a las estructuras semánticas profundas que el texto no exhibe en su superficie. sino que el lector propone hipotéticamente como claves para la actualización completa del texto: estructuras actanciales (preguntas sobre el "tema" efectivo del texto, al margen de la historia individual del Tal o Cual personaje. que a primera vista se nos cuenta) y estructuras ideológicas. Estas estructuras se caracterizarán de modo preliminar en el próximo capítulo y en el capítulo 9 se las analizará con más detalle. En ese momento retornaremos este problema. Por ahora basta con concluir que podemos hablar de Autor Modelo como hipótesis interpretativa cuando asistimos a la aparición del sujeto de una estrategia textual tal como el texto mismo lo presenta y no cuando. por detrás de la estrategia textual. se plantea la hipótesis de un sujeto empírico que quizá deseaba o pensaba o deseaba pensar algo distinto de lo que el texto, una vez referido a los códigos pertinentes, le dice a su Lector Modelo. Sin embargo, no puede disimularse la importancia que adquieren las circunstancias de la enunciación en la elección de un Autor Modelo al incitar a la formulación de una hipótesis sobre las intenciones del sujeto empírico de la enunciación. Un caso típico fue el de la interpretación que la prensa y los partidos hicieron de las cartas de Aldo Moro durante el cautiverio previo a su asesinato, interpretación sobre la que Lucrecia Escudero ha escrito unas observaciones muy agudas. (9) Si se plantea una interpretación de las cartas de Moro referida a los códigos normales y se evita insistir en sus circunstancias de enunciación, es indudable que se trata de cartas (y lo típico en el caso de la carta privada es suponer que se trata de la expresión sincera del pensamiento de quien la escribe) cuyo sujeto de la enunciación se manifiesta como sujeto del enunciado. y expresa pedidos. consejos y afirmaciones. Si tenemos en cuenta tanto las reglas conversacionales comunes como el significado de las expresiones utilizadas, Moro está pidiendo un intercambio de prisioneros. Sin embargo, gran parte de la prensa adoptó lo que llamaremos estrategia cooperativa de rechazo: puso en tela de juicio, por una parte. las condiciones de producción de los enunciados (Moro escribió bajo coerción, de modo que no dictó lo que quería decir) y, por otra, la identidad entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación (los enunciados dicen "yo, Moro", pero el sujeto de la enunciación es otro, los secuestradores, que hablan a través de Moro). En ambos casos se modifica la configuración del Autor Modelo y su estrategia ya no se identifica con la estrategia que de otro modo hubiese debido atribuirse al personaje empírico Aldo Moro (o sea, que el Autor Modelo de esas cartas no es el Autor Modelo de otros textos verbales o escritos producidos por Aldo Moro en condiciones normales). Esto justifica diversas hipótesis: (i) Moro escribe, efectivamente, lo que escribe, pero implícitamente sugiere que desea lo contrario, de manera que sus incitaciones no deben tomarse al pie de la letra; (ii) Moro usa un estilo distinto del habitual para transmitir un mensaje básico: "no creáis lo que escribo"; (iii) Moro no es Moro porque dice cosas distintas de las que normalmente decía, de las que normalmente diria. de las que razonablemente debería decir. Esta última hipótesis pone claramente de manifiesto hasta qué punto las expectativas ideológicas de los destinatarios incidieron sobre los procesos de "autentificación" y sobre la definición tanto del autor empírico como del Autor Modelo. Por otra parte, los partidos y los grupos favorables a la negociación optaron por la actitud cooperativa opuesta y elaboraron una estrategia de aceptación: las cartas dicen p y llevan la firma de Moro; por consiguiente, Moro dice p. El sujeto de la enunciación no fue puesto en tela de juicio y, por tanto, el Autor modelo de los textos cambió de fisonomía (y de estrategia). Naturalmente, no se trata aquí de decir cuál de las dos estrategias era la "adecuada". Si el problema era "¿quién ha escrito esas cartas?". la respuesta sigue dependiendo de protocolos bastante improbables. Si el problema era "¿quién es el Autor Modelo de esas cartas?", es evidente que la decisión tomada en cada caso estaba influida tanto por valoraciones relativas a la circunstancia de la enunciación como por presuposiciones enciclopédicas relativas al "pensamiento habitual" de Moro. así como (y, evidentemente. este último hecho sobredeterminaba a los dos restantes) por puntos de vista ideológicos previos. Según el Autor Modelo que se escogía. cambiaba el tipo de acto lingüístico supuesto y el texto adquiría significados distintos que imponían formas distintas de cooperación. Por lo demás, eso es lo que ocurre siempre que se decide leer un enunciado absolutamente serio como si fuese un enunciado irónico, y viceversa. La configuración del Autor Modelo depende de determinadas huellas textuales, pero también involucra al universo que está detrás del texto, detrás del destinatario y. probablemente, también ante el texto y ante el proceso de cooperación (en el sentido de que dicha configuración depende de la pregunta: "¿qué quiero hacer con este texto?"). 10 (1) Cf. Carnap. 1952. (2) Sobre estos procedimientos de identificación vinculados con el uso de los artículos determinados. cf. Van Dijk. 1972a. donde se hace una reseña de la cuestión. (3) Sobre el tema de las reglas conversacionales hay que referirse. naturalmente. a Grice. 1967. De todos modos. recordemos cuáles son las máximas conversacionales de Grice. Máxima de la cantidad haz de tal modo que tu contribución sea tan informativa como lo requiere la situación de intercambio; máximas de la cualidad: no digas lo que creas falso ni hables de algo si no dispones de pruebas adecuadas; máxima de la relación: sé pertinente; máximas del estado: evita la osscuridad del expresión, evita la ambigüedad, sé breve (evita los detalles inútiles), sé ordenado. (4) Sobre la obra abierta remitimos. naturalmente, a Obra abierta (Eco. 1962). pero aconsejamos consultar la segunda edición castellaana Obra abierta. Barcelona-CaracasMéxico (EditorialAriel. 1979). que incluye el ensayo "Sobre la posibilidad de generar mensajes estéticos en un lenguaje edénico". (5) Cf. Eco. 1976. en particular "Sue: el socialismo y la consolación". Sobre los problemas de la interpretación "aberrante", véase, además, "Della dificoltá di essere Marco Polo", en Dalla periferia dell'impero. Milán, Bompiani. 1977, Cf. también Paolo Fabbri, 1973. así como Eco y Fabbri, 1978. (6) Cf. Umberto Eco, Las poéticas de Joyce. Milán, Bompiani, 1966 (en castellano en la primera edición de Obra abierta. Barcelona, Seix y Barral. 1965). cf. también "Semántica della metáfora", en Eco, 1971. (7) Sobre las condiciones de felicidad remitimos, naturalmente, a Austin, 1962; Searle, 1969. (8) ¿Estamos seguros de que, con "dad a César lo que es de César", Jesús se propusiese plantear la equivalencia César = Poder Estatal en General y de que no se propusiese aludir sólo al emperador romano que estaba en el poder en ese momento, sin pronunciarse sobre los deberes de sus seguidores en circunstancias temporales y espaciales distintas? Para advertir la dificultad que supone esta decisión interpretativa basta considerar la polémica sobre la posesión de bienes y la pobreza de los apóstoles que se planteó en el siglo XII entre los franciscanos "espirituales" y el pontífice, así como la polémica. aún más amplia y más antigua. entre el papado y el imperio. Sin embargo. en la actualidad hemos aceptado como un dato de enciclopedia la ecuación hipercodificada (por sinécdoque) entre César y el Poder Estatal, y sobre esa base procedemos a actualizar las intenciones del Autor Modelo, conocido como el Jesús de los evangelios canónicos. (9) "n caso Moro: manipolazione e riconoscimento", comunicación presentada en el Coloquio sobre el discurso político. Centro Internacional de Semiótica y Lingüística. Urbino, julio de 1978. Véase iguallmente lo que díce Bachtín sobre la naturaleza "dialógica" de los textos; trabajo incluido también en Kristeva, 1967. (10) La noción de Lector Modelo circula en muchas teorías textuales con otras denominaciones y con diversas diferencias. Véase, por ejemmplo, Barthes, 1966; Lotman, 1970; Riffaterre. 1971, 1976; Van Dijk. 1976c, Schmidt, 1976; Hirsch, 1967; Corti, 1976 (cf. en este último libro el segundo capítulo, "Emittente destinatario", donde se introduucen las nociones de "autor implícito" y de "lector supuesto como virtual o ideal"). En Weinrich, 1976 (7. 8 Y 9) se encuentran indicaciones indirectas, pero muy valiosas.

(*) Publicado originariamente en  http://www.perio.unlp.edu.ar/catedras/system/files/eco._el_lector_modelo.pdf.
Por Eduardo Luis Aguirre



Al hablar de “implicaciones”, en tanto repercusiones o réplicas mediatas del castigo en Heidegger, estamos admitiendo que la noción no aparece como una categoría explícita, sino que permanece oculta, invisible o acaso imperceptible en la obra del pensador de Messkirch. Por ende, la mirada de Heidegger sobre el castigo debe ser buscada en los pliegues de su análisis sobre Nietzsche y la venganza. Allí expresa Martin Heidegger: “El pensamiento de Nietzsche está dedicado a la redención del espíritu de venganza. Su pensar apunta a un espíritu que, como liberación de la venganza, precede a toda mera confraternización, pero también a todo mero sólo-querer castigar, a todo esfuerzo por la paz y a toda promoción de la guerra, al espíritu que pretende fundamentar y afianzar la paz por medio de pactos. La dimensión de esta liberación de la venganza precede tanto a todo pacifismo como a toda política de fuerza. Precede tanto a todo débil dejar ir las cosas adonde quieran y el hurtar el cuerpo al sacrificio, como la ciega acción a cualquier precio. En la dimensión de la liberación de la venganza Nietzche ve la esencia del superhombre. Hacia esta dimensión se va encaminando el transeúnte –el superhombre- “César con el alma de Cristo”. Al espíritu de la liberación de la venganza está dedicado el pretendido libre-pensamiento de Nietzsche. Si consideramos tan sólo por aproximación este rasgo fundamental de su pensamiento, se desmorona por sí sola la imagen de Nietzche que se solía presentar hasta ahora y la que ya se ha hecho común en la opinión corriente” (1). Y sigue Heidegger, luego de explorar la relación que establece Nietzsche entre la repugnancia, el tiempo y el “fue”: “Pero la venganza jamás se llama a sí mismo por su propio nombre, y menos allí donde está vengándose. La venganza se llama “castigo”. Así le da una aureola de justicia a su esencia hostil; encubre su presencia impugnadora por la apariencia de dar a cada uno su merecido”. Y continúa evocando a Nietzsche: “Esto, sí, esto solo es la venganza misma: la repugnancia de la voluntad contra el tiempo y su “fue” (Así habló Zaratustra, parte 2ª, De la redención”. ) (2). Interesante y oculto, el pensamiento de Heidegger habilita analogías y epifanías. La venganza, eufemismo que subroga  y encubre la práctica del castigo, precede a todo ejercicio de confraternidad, a los pactos mediante los que se afianza la paz y a todo ejercicio de la guerra. Se anticipa a todo pacifismo, juega con la cercanía entre César y Cristo. Habilita la continuidad entre el castigo, la venganza, la guerra y la paz. Por ende, la venganza y el castigo reconocen lógicas unitarias en la guerra y en las prácticas punitivas (y conmutativas) de dar a cada uno su merecido. Toda política de fuerza es eso. La expresión estatal o supraestatal del ejericio de la coerción. 

(1) “¿Qué significa pensar?”, Ed. Caronte Filosofía, La Plata, 2005, p. 89.
(2) “¿Qué significa pensar?”, Ed. Caronte Filosofía, La Plata, 2005, p. 93.