A principios de 2016, cuando en América Latina comenzaba a presagiarse la magnitud de la restauración conservadora, el prestigioso fraile dominico brasileño Frei Betto había adelantaba su opinión en el sentido de que una de las causas principales de los retrocesos en gobiernos progresistas en América Latina había sido el descuido en la formación ideológica de la sociedad. 


Sobre este aspecto, sin haber tenido noticia previa sobre la caracterización de Betto, habíamos editorializado en muchas de nuestras entregas previas. La noción del consumidor promocionado por los populismos nos generaba una enorme desconfianza, basada justamente en la pobreza de su universo simbólico, la volatilidad de sus humores electorales y  la imposibilidad de ser contabilizado como un sujeto social consustanciado con los cambios producidos durante los últimos años en la región durante las variadas administraciones populistas. Ese consumidor consumado rubricó con su voto a los gobiernos populares en épocas de economías expansivas, pero luego fue permeado por el discurso módico de las derechas y terminó favoreciéndolas de manera decisiva en etapas sobrevinientes de retracción del consumo. Sin que esto pueda sorprendernos, el consumidor percibió -y probablemente lo siga haciendo- que su ascenso o inclusión social se produjo como resultado de la constancia sacrificial de su esfuerzo personal, de una actitud individual que le permitió en su momento acceder a una cantidad de bienes y servicios que hasta entonces le habían esrado vedados. Es muy factible que en muchos casos no se hubiera podido metaforizar o mediatizar un discurso prescindente de los nuevos escenarios políticos y sociales. En enero de 2016, Frei Betto señalaba: "No podemos engañarnos, pues no se garantiza el apoyo popular a los procesos dando al pueblo sólo mejores condiciones de vida, porque eso puede originar en la gente una mentalidad consumista”. Impecable evaluación. Que pone también el acento en que en que "no se politizó a la nación,  no se hizo el trabajo político, ideológico, de educación, sobre todo en los jóvenes, y ahora la gente se queja porque ya no puede comprar carros o pasar vacaciones en el exterior". Los populismos ganaron la primera batalla cultural. Pero perdieron la segunda por una pobre lectura de los procesos sostenidos de colonización de subjetividades que caracteriza al capitalismo neoliberal, donde el alma de los sujetos es el objetivo estratégico final, tal como lo había señalado en su momento Margaret Thatcher. En esta fase neoliberal del capital, el empresario de sí mismo es -como el consumidor endeudado- un dato del paisaje global. Voluble, disconforme, individualista, descreído y despreciativo de la política, sufre por un electrodoméstico tanto como se incomoda con el goce del otro. En la nueva forma de acumulación neoliberal, la envidia -Slavoj Zizek dixit- es un factor de enorme relevancia que no puede dejar de ponderarse "porque en él se basa el capitalismo"(*). Más aún, el religioso terminaba coincidiendo con Pepe Mugica en que el consumismo esta matando toda expectativa de épicas sociales emancipatorias en América Latina. No es sencillo plantearlas en un mundo en el que el neoliberalismo proclama que la utopía está muerta, que la historia ha terminado, que no hay esperanza ni futuro, que el mundo siempre va a ser capitalista, que siempre va a haber pobres, miserables, y ricos, y que, como en la naturaleza, siempre va a haber día y noche y eso no se puede cambiar. Una especie de naturalización de las injusticias más salvajes, aunque basada en intuiciones indudablemente ciertas y masivas.

A raíz de ello, Betto señala que incluso Cuba tiene que preguntarse por qué jóvenes formados en la revolución quieren ser ciudadanos de Estados Unidos?

“El peligro que hay aquí, dice, es que la revolución la ven esos jóvenes como un hecho del pasado y no un desafío del futuro, y cuando la gente la ve como un hecho del pasado ya mira las cosas no por sus valores, por su horizonte revolucionario, sino por el consumismo”.

El socialismo, aseguró, ha cometido el error de socializar los bienes materiales, y no socializó suficientemente los bienes espirituales, porque un pequeño grupo podía tener sueños de cosas distintas que se podían hacer, y los demás los han tenido que aceptar.

“El capitalismo lo hizo al revés, socializó los sueños para privatizar los bienes materiales… Y ahí llega el sufrimiento de los jóvenes que ponen en su vida cuatro cosas: dinero, fama, poder y belleza, y cuando no alcanzan ninguno de esos parámetros van siempre a los ansiolíticos, las drogas, viene la frustración de los falsos valores, la cual viene siempre desde donde hemos puesto nuestra expectativa”. La disputa, más que nunca, es cultural, axiológica, valorativa, existencial y filosófica. Y el capital la va ganando en América Latina.

 (*) https://inmersiones2013.wordpress.com/tag/slavoj-zizek/