Ramón Grosfoguel, sociólogo portorriqueño, uno de los referentes más reconocidos de la Teoría de la Decolonialidad, es además uno de los militantes más conspicuos del denominado “Proyecto de la Modernidad/Colonialidad”, uno de los grupos de pensamiento crítico más importantes del Continente, integrado también por sus colegas Aníbal Quijano y Edgardo Lander, el semiólogo Walter Mignolo y los filósofos Enrique Dussel y Santiago Castro- Gómez, entre otros.

Los miembros del proyecto han producido un texto señero, que da cuenta pormenorizadamente de sus respectivas miradas del mundo, de los procesos de colonización epistémica que se sostienen por más de 500 años y de la forma en que las disciplinas sociales siguen siendo enseñadas-incluso en las universidades públicas- mediante una perspectiva eurocéntrica y occidentocéntrica, el lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar, el fenómeno de la poscolonialidad, etcétera (1).

Por supuesto, el libro sigue siendo ignorado olímpicamente por académicos y universidades del Sur, en lo que parece ser otra evidencia de la fabulosa potencia del colonialismo cultural.

Para constatar este proceso, no hay más que mirar los programas de estudio y la bibliografía de nuestras academias (2), testimonios incontrastables de procesos seculares de dominación.



Para definir este espacio de pensamiento decolonial, Grosfoguel prefiere aclarar primeramente que el grupo se extiende por toda América, incluyendo América del Norte y el Caribe, y luego elige detallar qué cosa no son, para desde allí comenzar a entender en qué consiste dicho proyecto, uno de los enclaves más sólidos que existen en materia de Sociología de la Liberación.

Se trata de un núcleo de intelectuales decoloniales que habitan diferentes lugares de Abya Yala, y se encuentran librando una disputa epistémica a favor de lo que han denominado “decolonización del Mundo”. Para ellos, la descolonización no se agota con la declaración de la independencia jurídico política de un estado respecto de un imperio colonial, como se lo ha entendido convencionalmente y nos ha sido enseñado sin solución de continuidad.

Por el contrario, su idea de la descolonización abarca toda una gama de relaciones de poder, que pasa por la descolonización del conocimiento, de la economía política mundial, de las relaciones políticas entre los estados, las relaciones militares del sistema mundo, de la espiritualidad global, de las relaciones de género y sexualidad, etcétera.

Grosfoguel deja en claro que los miembros del grupo no se asumen como marxistas ni como antimarxistas. Tienen, como es dable suponer, una mirada crítica del marxismo eurocéntrico (en lo que significa una puesta en cuestión del marxismo ortodoxo, una crítica descolonial del pensamiento crítico) aunque tratan de rescatar lo mejor del pensamiento de Marx.

De la misma manera, señala que no son post-estructuralistas (aunque se valen de muchas de sus aportaciones), aunque tampoco son “anti” post-estructuralistas, a pesar de reivindicar una mirada crítica de estas tendencias, también en este caso por su sesgo eurocéntrico.

No son “anti” postcoloniales, pero tampoco son postcoloniales. La diferencia más importante que los separa de los postcoloniales tiene que ver con lo que Grosfoguel denomina “genealogía histórica”, porque para éstos el colonialismo es una experiencia que comienza en el siglo XVIII. Por el contrario, el grupo de la Modernidad/ Colonialidad considera que el colonalismo empieza apenas unos meses después del 2 de enero de 1492.

La disputa no es meramente académica. Si se sostuviera, con los postcoloniales, que la Modernidad es un fenómeno político, cultural, social y económico puramente europeo, que eclosiona en el siglo XVIII pero hunde sus raíces en la Ilustración, dos siglos antes, se logra disociar la Modernidad de la Colonialidad.

Si, como lo expresa Grosfoguel, no es posible disociar históricamente la Modernidad de la Colonialidad porque son mutuamente constitutivas, hay que establecer el comienzo de la Modernidad en 1492. Por ende, no hay Modernidad sin Colonialidad, es decir, sin explotación y dominación de los pueblos periféricos. No hay Modernidad, ni tampoco igualdad, libertad, fraternidad, derechos civiles y políticos, democracias, ciudadanía, sin la esclavización más brutal de las colonias, una parte decisiva de la Humanidad que quedará sometida en buena medida al campo del “no ser”.

Si la Colonialidad y la Modernidad son mutuamente constitutivas, contrariando los relatos de la historiografía hegemónica, el gran problema –actual- de la colonialidad, consiste en revertir el proceso de dominación epistemológico. Porque el proceso de inferiorización del Otro es el que legitima la dominación política, económica y social. Por lo tanto, la Modernidad no es la solución sino que constituye un problema central para los pueblos de las Américas (3).

Por eso es necesario revisar radicalmente los contenidos curriculares de las ciencias sociales y humanas en el Continente. Es indispensable advertir los contenidos coloniales de las epistemes y las doctrinas eurocéntricas, incluido el marxismo ortodoxo. Es urgente reivindicar el patrimonio cultural de nuestros hermanos, los indios, y denunciar el proceso sistemático de desguace cultural de nuestra educación y nuestra enseñanza formal, capturada durante muchísimo tiempo por la discriminación y el racismo.



.









(1)   “La colonialidad del saber, eurocentrismo y ciencias sociales”, disponible en https://www.tni.org/files/download/La%20colonialidad%20del%20saber.%20Eurocentrismo%20y%20ciencias%20sociales.pdf

(2)   http://www.eco.unlpam.edu.ar/objetos/ABOG11_-_Res_196-14__a_partir_del_1_cuatri_del_2015_.pdf

(3)   https://www.youtube.com/watch?v=EARAVrH8enw&t=213s