Por Carlos  Alberto Elbert (*) (**)


Introducción.

El título de este trabajo pretende ser provocativo, si bien la pregunta sobre lo que queda en pie de nuestra presunta ciencia o probable disciplina, está en discusión desde hace décadas. Trataré de aprovechar la casual circunstancia de que se cumplen diez años de un congreso internacional del que fui promotor,  y que tomaré como punto de partida de este análisis. Me refiero al congreso “La criminología del siglo XXI en América Latina”, celebrado en Buenos Aires en septiembre de 1999. En esa oportunidad, nos reunimos criminólogos  de todos los países de América Central, del Sur y del Caribe, y el objetivo que  entonces nos propusimos  fue, justamente, analizar la naturaleza que podía asignarse a la criminología en el plano científico y, al mismo tiempo, hacer un resumen de lo acontecido en la materia en nuestros países, a lo largo del  siglo XX. Los trabajos sustanciales que se presentaron, fueron  publicados después,  en dos volúmenes[1], a los que me remito.
Sintetizando en pocas líneas el recorrido histórico de la criminología, recordemos  que  se constituyó como ciencia  a fines del siglo XIX, proclamando poseer un objeto y un método propios, presentados de modo tal, que pudieran ser admitidos en el modelo de las ciencias naturales, dominante a fines del siglo pasado y comienzos del presente.  Ese modelo se exhibe de lleno en gran cantidad de  obras de criminología latinoamericana,  que fueron textos básicos de formación universitaria, en las que  el modelo naturalista se expone puro, o mezclado  con modelos explicativos más actualizados, pero manteniendo el grueso de la obra fiel a un desarrollo tributario del modelo etiológico [2].



Este enfoque recién fue puesto en cuestión en la década de 1970, por los criminólogos  críticos,  convencidos de que  proponían   un “nuevo paradigma criminológico” superador del positivismo previo y “anticientífico”. Hoy sabemos que tal pretensión epistemológica  fue  exagerada, y que, incluso, en el trasfondo de muchas explicaciones sociológicas famosas,  subyace,  disimulada o no, una búsqueda de causas y efectos. Además,   los críticos de América Latina,  centraron  el discurso  en objetivos políticos de cambio social, y dejaron  de lado  la coherencia en  el método, avanzaron sin  mucha claridad sobre el objeto a investigar, subestimaron  las investigaciones empíricas, etc., y  crearon, además,  dicotomías estalinistas entre quienes se alineaban con el cambio social y quienes, desde  al modelo tradicional , “colaboraban al mantenimiento del statu quo”. En suma, por los ochenta se afirmó  que coexistían una criminología revolucionaria, llena de futuro, y una reaccionaria, condenada a desparecer junto  con el capitalismo.
Aquella versión criminológica  pasó por América Latina, entre 1970 y 1990, como una centella, desvaneciéndose  sin  mayores explicaciones ni  una autocrítica seria,  que hubiese sido muy valiosa  para estos tiempos.  Como consecuencia de los dos grandes intentos paradigmáticos,   quedó establecida  una atomización inconexa y difícil de abarcar. Por estas razones, pretendo, en este trabajo,  examinar qué se ha hecho y hace hoy, en la búsqueda de una identidad para la criminología,  como cuerpo de conocimiento e indagación. Incluso, puedo adelantar que trabajo sobre el tema  en un libro, en el que proyecto desarrollar en amplitud los puntos de vista que aquí apenas se esbozarán.

.-  Lo que se hace bajo el membrete de “Criminología”, ¿Es ciencia?

Es público y notorio el trabajo que despliego  desde hace más de una década[3],  en pos de  bosquejar un perfil epistemológico viable para  la criminología. Admito que mis esfuerzos, como otros similares efectuados en Europa,  no parecen haber alcanzado resonancia[4], y  aquí analizaré también las posibles causas. En esta oportunidad, evitaré complejos análisis teóricos, conformándome  con  un repaso del estado actual del problema, para lo cual reiteraré conceptos expuestos en publicaciones previas[5],
Comienzo recordando que, pese a los progresos alcanzados en el plano epistemológico, las ciencias sociales nunca conformaron un estatuto propio sólido, con objetos precisos  y  métodos específicos. Ahora bien, estas dificultades de las ciencias sociales no causaron  su desaparición; no sólo eso, sino que continúan  valiéndose, hegemónicamente,  de  los paradigmas epistemológicos de la Modernidad, partiendo de objetos y métodos diversos. Esto podría  deberse a una mera  inercia, a la incapacidad de adaptarse a los cambios de la era global o al hecho de que no hay, por el momento, un paradigma sustitutivo consolidado. Sea cual fuere la causa, doy por vigentes en el campo de las prácticas de la comunidad científica,  las estructuras epistemológicas de la Modernidad, ya que, en el campo académico  no advierto un establecimiento de la anarquía espistemológica,  o de la teoría del caos, sino la permanencia de la  interrelación comunicativa, como  puente fundamental  para intercambiar saber, por lo cual, toda proposición científica debería  ser   razonable  y justificada.
La criminología comparte, por cierto,  las dificultades propias de las demás  ciencias sociales, en el marco de la  crisis de los paradigmas científicos del fin de siglo. Puede decirse, entonces,  que si se negó viabilidad a la ciencia misma y  carácter científico  a las  sociales, es  obvio  que a la criminología se le puede negar - también - la pertenencia al cuadro de los estudios sociales de la Modernidad.  Sin embargo, desde hace un par de décadas, la criminología subsiste, aunque  atomizada en compartimientos estancos. Cada fragmento  permanece ensimismado en temáticas específicas, tales como drogas, menores, cárceles, seguridad, víctimas, género, etc., sin esfuerzo alguno  por trascenderlos e insertarlos  en una visión teórica general. En suma, se ha  instalado una dispersión  por  especialidades,   similar a la que presenta la sociología,  acumulando teorías  que transformaron  a la  criminología en  un espacio extremadamente complejo, a veces obtruso  o incomprensible, infestado  de  espantosos neologismos,  accesibles sólo para “iniciados” pendientes de las publicaciones en inglés, a las que, en el apuro, se suele traducir literalmente[6].

II.- Un fantasma recorre las ciencias sociales; es el fantasma de la
      criminología

En el último tramo del siglo XX se apeló  a argumentaciones que proponían    el destierro de la criminología, sin más trámites,  del espacio científico moderno. Es llamativo  que  esa descalificación epistemológica fuera  decidida  así, porque, previamente,  su carácter científico venía siendo  sobreentendido, silenciado o explicado de manera oscura. Siendo el tema tan importante, no hubo,  en la  doctrina reciente,  análisis específicos del tema, si se exceptúan la obra de Adolfo Ceretti (publicada en Italia en  1992 y traducida al castellano en 2007), y mis modestos intentos  desde la periferia latinoamericana. Todo indica que la discusión del estatuto científico de la criminología en el terreno epistemológico  no tiene  poder de seducción, a juzgar por el espeso silencio que la ignora. Por el contrario, hay una estrategia de evasión   constante de  este debate, y cierta tendencia a  estigmatizar a quienes pretendemos darlo,  con etiquetas de “positivismo”, “cienficismo”, “tentativa  de coartar la libertad a la teoría social” o  considerar a  nuestras propuestas como “actos de autoridad “, sin valor vinculante para la libertad intelectual.
Pero ocurre que, mientras no se define  la ontología de lo que estamos haciendo, nuestra disciplina  resulta ser  un fantasma errático, al que cada quien utiliza como mejor le place. Empero, recuerdo que, aún en ese estado contradictorio, su  larga y vasta evolución  teórica permite conocer una serie de problemas trascendentes, de manera especializada,  combinando el  aporte de diversas ciencias y espacios de conocimiento. Será por eso, probablemente, que en doctrina son minoría quienes se  atreven a declararla formalmente “muerta” o “clausurada”;  así  lo prueba la  continuidad,  por parte de una abrumadora mayoría  de autores y teóricos,  en el uso del concepto ,  su  presencia  en congresos de criminología, o  en  la publicación en revistas  y colecciones, de artículos ...¡”criminológicos”!

III.- El fantasma  ¿Debe ser  ajusticiado,  ignorado o deportado?

A partir de la decepción causada por la declinación  de la criminología crítica, surgieron actitudes de alejamiento de los patrones previos  de identidad  más o menos común,  que optaron por nuevos encuadres epistemológicos  para la actividad que antes  todos consideraban, pacíficamente, como  “criminológica”. Creo que las principales mutaciones  verificables podrían ser resumidas  como sigue:
a).- Considerar inviable  a la criminología (agnosticismo, o negación desde
        lo  epistemológico) ,
b).-  recurrir  al subjetivismo gnoseológico para negar la existencia de la
       criminología (y de  la ciencia),
c).-   apelar  a las teorías filosóficas, para  reconstruir desde allí una
        criminología  con capacidad crítica.
d).- negar la existencia de la criminología, denominándola en plural,
e).-  transferir  totalmente a la sociología  el estudio del delito y el control,
f).- transferir  totalmente a  la ciencia política el estudio del delito y el
      control.
g).-  reformular  la criminología, empleando  elementos que fueron utilizados  en las concepciones causal explicativas y sociológicas, pero coordinados en un nuevo orden sistemático[7]. En este sentido, recientes análisis provenientes del campo de la psicología reavivan la posibilidad  de perfeccionar el  pluralismo de enfoques criminológicos, lejos ya de  los viejos intentos mecánicos y causalistas del denostado positivismo originario[8].
          
             Entre los agnósticos ( postura “a”) , podemos mencionar a Pavarini,  autor que había planteado su escepticismo en   Control y dominación[9].  Allí, este autor sostuvo que:
" La criminología no es una ciencia autónoma en la medida en que no tiene un objeto definido, no procede en base a la aceptación de paradigmas comunes y aún menos con un mismo método. Ella- se ha señalado varias veces- no es otra cosa que una expresión cómoda para abarcar una pluralidad altamente heterogénea de conocimientos científicos, en ningún caso homogeneizables, salvo por haber intentado ofrecer algunas respuestas a los problemas planteados por la violación de ciertas normas sociales, en particular de las jurídico - penales. En suma, una cómoda sombrilla a cuya sombra se resguardan personas de distinta lengua, a veces incapaces de entenderse entre sí, pero todas igualmente preocupadas por el desorden reinante en la sociedad, aunque cada una de ellas lo atribuye a razones distintas”[10].
Por cierto, mi objeción a este enfoque se sustenta en la circunstancia de que,  utilizando  los mismos  fundamentos  de epistemología Moderna que aplica  para negar a la criminología, pueden ser negadas todas y cada una de  las  demás ciencias sociales.
            La apelación al subjetivismo gnoseológico para negar la existencia de la criminología - y  también de  la ciencia - (postura “b”), se basó en los embates negadores , como la anarquía epistemológica de Fayerabend, y las corrientes posmodernas que, a partir de la obra de Lyotard,  parecieron revolucionar las ciencias sociales, finalizando el siglo XX. Dicho con una forzosa síntesis, para Fayerabend el  único método posible  es la negación de cualquier conjunto de proposiciones, porque toda teoría resulta, a la larga, parcial o totalmente equivocada[11]. En suma, según estos autores, la ciencia no sería  capaz elaborar un marco epistemológico apto para  acceder a una verdad absoluta y definitiva, exenta de error o ilusión, que logre obtener un único acceso a la realidad. Entonces, ya que en materia metodológica fracasaron  todos los intentos de ceñir los procedimientos científicos a un molde conceptual preciso y definido, cualquier procedimiento de investigación  sería  adecuado (todo vale).
Lo cuestionable  de la Posmodernidad , es que no se quedó en el marco de la filosofía, sino que, tras la caída del muro de Berlín, brindó una  plataforma al proceso político-económico de la  globalización, como nuevo discurso  explicativo de la realidad, sirviendo  de pretexto filosófico al neoliberalismo,  para su modelo discursivo (para el cual, casualmente,  también,  “vale todo”, sin frenos éticos de ningún tipo). Desde esa coalición  de poder se  descalificaron  las fronteras racionales de  la  Modernidad, proclamando el fin de la historia, del hombre, de los grandes discursos, de la posibilidad humana de comprender lo que  sucede,  porque   que la vida se desarrolla  en un puro presente, sin posibilidad de interpretar  pasado ni   futuro,  en medio de un gran caos de acontecimientos [12]. Así, para  Lyotard, el fin del siglo XX fue también el de los grandes relatos que legitimaron los saberes y  actos sociales durante la época moderna, del tipo de “la sociedad sin clases”, “la realización del espíritu” o la “emancipación del ciudadano”[13]. Lo posmoderno reconoce su desencanto de la historia, admitiéndola como  proceso sin finalidad alguna. También  se declaró el fracaso de los grandes relatos  de la ciencia, porque  su discurso legitimador, llamado filosofía de la historia, sería , en realidad,   un meta - relato justificante;  apenas un “juego de lenguaje”  entre  tantos otros ,  que  no podría  ya reivindicar un privilegio imperial por encima de las distintas  formas de conocimiento. La narrativa se miniaturiza  con unos lazos que – según ellos  afirmaron - podrían ser más abiertos,  flexibles y creativos que los de la Modernidad.
Por cierto, los opositores al  anti - relato  posmoderno han identificado  sus debilidades fundamentales, como su apelación  encubierta a la razón,  o  la inhumanidad de  eliminar toda perspectiva filosófica de futuro [14].
Me temo que la propuesta de la Posmodernidad,  más allá de su euforia libertaria, se puso al servicio de  nuevas formas de esclavitud y sometimiento, que declararon muerta a la razón para imponer la razón de  conveniencia de los poderosos. En tal sentido, la Posmodernidad ha mentido y fracasado, porque sus predicciones  no  se  cumplieron: el hombre es menos libre que antes, y su  visión  lo  reduce a la insignificancia,  la desesperanza y la impotencia ante el futuro, haciéndole renunciar a utopías liberadoras. El fin de la historia ha sido, en realidad, el fin de las esperanzas, la renuncia a las expectativas de futuro, a la imaginación. Una herramienta así es, en esencia, reaccionaria. Por ello, aceptarla como fatalidad insuperable y definitiva, es, también una actitud reaccionaria, más aún,  en el contexto social  latinoamericano. En tal sentido, creo preferible el rescate de la Modernidad con formulaciones más abiertas, que permitan la continuidad del concepto moderno de “ciencia”, a la divertida confusión que excluye todo deber de  interrelación comunicativa.
           
               La apelación  a las teorías filosóficas, para  reconstruir, desde allí,  una criminología con capacidad crítica (postura “c”), es un desarrollo  propuesto en algunos países centrales, por enfoques abolicionistas, en la década de 1980 [15]. Una versión más reciente de esa búsqueda,  es retomada por Vincenzo Ruggiero, criminólogo italiano radicado en Inglaterra, quien, influenciado por principios de filosofía oriental (Takeyoshi Kawashima y otros),  propone valerse, en criminología,  de la “inmediatez empírica”. Este método de  pensamiento rechaza la posibilidad de hacer generalizaciones y propone aprehender sólo las características de cada situación, mediante un ejercicio que llama “anticriminología”[16].
Más recientemente, Ronnie Lippens, criminólogo belga radicado en Inglaterra, propone un retorno a Sartre y al existencialismo, rastreándolo en la influencia que, en su momento,  tuvo esa obra en la psiquiatría y la psiquiatría forense, particularmente a través de   David Matza (1969), con  su análisis del proceso de desviación y su influencia en los trabajos de Mead y Herbert [17].
Estas búsquedas se apoyan en la circunstancias del actual proceso global,  que son definidas  como “contingentes, impredecibles, abiertas al cambio, no tradicionales, inmersas en un  en caótico “proceso de transformación”. Esta sería una época en  la que todo fluye, obligando a tomar  decisiones sin las  certidumbres ni autoridades  de orientación  del pasado. Esta situación es - según sostiene Lippens - la que motivó el recurso a la teoría de la complejidad, la “teoría del caos”, la teoría post - estructuralista y el “posmodernismo”. Como efecto, se abre  camino al análisis  frecuente de textos literarios, cinematográficos o pictóricos para el análisis criminológico[18]. Entiendo que  estos modelos son una búsqueda a tientas, una especie de recurso desesperanzado,  para ver si la criminología aparece, mediante la meditación trascendental,  debajo de las piedras o en los lejanos montes. No niego que el interés por las corrientes filosóficas occidentales u orientales sea un ejercicio enriquecedor, pero para eso están la filosofía y la historia de las ideas filosóficas (de las que reniega tajantemente  la Posmodernidad).
Los que queramos persistir en la búsqueda de una identidad criminológica, deberíamos, en cambio, permanecer fieles a  otro capítulo de la filosofía, cual es la epistemología. Considero, entonces, que  estos enfoques recientes constituyen  una búsqueda más bien esotérica, en el lugar equivocado y lo que es peor, asumiendo de modo complaciente  el nihilismo  introducido por la Posmodernidad, en lugar de elaborar un discurso de resistencia contra las ideas que descalifican  definitivamente a la Modernidad.
                            
                                Otra estrategia implícitamente negadora  de la criminología, consiste en tratarla en plural (postura “d”). Habría, entonces, numerosas “criminologías”, sin que se sepa cuál es la verdadera, o más bien, en la que cada cual  puede elegir o combinar la que más  le guste. Este criterio es, por una parte, una simplificación, que aludiría al quiebre teórico interno de una criminología dividida en teorías contrapuestas, y por otra, se justificaría  por la necesidad de “trascender las fronteras disciplinarias, ante la  miríada compleja de versiones que se entrecruzan e influyen recíprocamente”. Por cierto, la “pluralización” de la criminología representa, en el primer sentido, un recurso elemental,  en medio del complejo panorama teórico de las ciencias sociales, que permitiría hablar también de “sociologías”, “psicologías”, “pedagogías”, etc.
En cuanto al objetivo  de “trascender fronteras disciplinarias” tengo dos objeciones: en primer lugar, que el planteo suele provenir del campo  sociológico, del cual conocemos  su afán utópico e “imperialista” de abarcar “el todo social” [19]; en segundo término, creo que ,  por  la naturaleza indiscutiblemente interdisciplinaria de la criminología (que siempre ha permitido entrecruzamientos teóricos de  disciplinas diferentes, y que nace, justamente,  de tales intercambios), resulta obvio o superfluo  el argumento de la “trascendencia de  fronteras”, por ser  inherente a la criminología,  en cualquiera de sus paradigmas históricos  conocidos.
                       
                               En cuanto a la “transferencia” (o migración) de la criminología a otras regiones científicas (postura “e”), los intentos  más conocidos deciden  su pasaje a la sociología, convertida  en   “sociología del control social” (o penal,  o del control). Para analizar las ventajas de esta propuesta, es necesario un análisis  previo del estatuto espistemológico de la sociología, tarea que excede a este espacio. Sin embargo, sintetizando mis  publicaciones,  donde me he ocupado  “in extenso” del tema [20], puedo afirmar que  la sociología luce, internamente,  como  un calidoscopio de partes que se combinan sin una  unidad general. Más que como una ciencia, la sociología se presenta como un conjunto de  enfoques especializados sobre la realidad social, que no guardan relación teórica común, no tienen un  objeto claramente idéntico, ni aplican  una metodología específica. No veo, en suma, que llevando la criminología hacia esos dominios se obtenga otra ventaja epistemológica que el provecho de los  criminólogos que estudiaron  esa especialización, entre los que se encuentran también juristas, que indagan hoy el fenómeno criminal,  procurando “despegarse”  definitivamente del derecho penal.

                  Recientemente,  también se ha formulado una  propuesta de transferencia de la criminología a la ciencia política, si bien de manera implícita  (postura “f”). No obstante que  los Nuevos Realistas ingleses  habían planteado que el espacio de la criminología crítica debía pasar a la ciencia política, en la cual, de hecho,  se habría situado[21] ,   recientemente se reformuló esa posibilidad  en nuestro ámbito. Me refiero al trabajo de  un autor argentino, Julio Virgolini [22],  quien   sostiene   que el problema del crimen y su castigo tienen una raíz política y que, al haberse abolido el pacto social en la aldea global, esos temas exceden a la mediación técnica del derecho o de la criminología. Los elementos ocultos en la relación Estado- delincuente  coincidirían, en realidad, con la ecuación gobernantes y gobernados, quienes deberán  resolver el actual problema de la ciudadanía efectiva. Es en ese ámbito, cuyas condiciones son dictadas por la política, donde debe discutirse lo relativo a la legitimidad de la pretensión de obediencia de los ciudadanos por parte del Estado [23].
Cierto es que Virgolini no propone expresamente  un traslado de los temas criminológicos a la ciencia política. Más aún, excluye expresamente  la competencia en el asunto... ¡a la  propia  ciencia! Sin embargo, pese a que  autor procure situarse más allá de la ciencia,  las categorías que utiliza en su trabajo (violencia, legitimidad del poder, ciudadanía, tiranía, derecho de resistencia, consenso, etc.), y la bibliografía de apoyo, son las empleadas habitualmente por  la ciencia política, que, sería, además, la llamada a interpretar (teórica y prácticamente),  el desarrollo y  los resultados de  una nueva “Asamblea Constituyente”, que debería resolver, según su propuesta,  los problemas de la ciudadanía y el castigo. Y ello  remite, circularmente, a la  cuestión  del conocimiento de tales fenómenos, respecto al cual , no puede negarse que la filosofía tiene la primera palabra. Y,  justamente, una parte de la filosofía se ocupa del saber, y en lo que hace al  científico,  posee una rama especializada, llamada epistemología, en cuyo cuadro las ciencias políticas ocupan un lugar más, entre numerosas otras ciencias o disciplinas sociales, como vías de acceso al conocimiento. Más aún, el debate sobre la identidad epistemológica de las ciencias políticas es mucho más reciente que el de la criminología (data recién de mediados del siglo XX) y está ligado a la dependencia previa que  esa disciplina  tuvo ( y tiene ) respecto  de la sociología y la filosofía. Cabe agregar, también, que en su interior compiten distintos enfoques teóricos, coexistentes, y frecuentemente  incompatibles[24]. Por último, el razonamiento del autor, para establecer la situación social en la era global, se apoya (aunque no lo advierta) en aportes interdisciplinarios, provenientes de la sociología, el derecho y la filosofía, o sea, el mismo tipo de intercambios de saber que, como señalamos,  la criminología efectúa desde siempre.

              En cuanto a la postura “g”, es la que comparto, asumiendo todos los riesgos y responsabilidades inherentes. Trataré de explicarla sumariamente en el punto que sigue.

IV.-  La criminología como una disciplina interdisciplinaria y
        sistematizada.

Es verdad que la criminología no puede ser ciencia (en el sentido de la Modernidad),  porque no posee métodos propios ni un objeto establecido con claridad y consenso, pero  su reunión de conocimientos no debería  ser  menospreciada  a la  ligera, porque no es menos respetable  que otras, que  también pueden ser  materia de controversia. Desde hace tiempo sostengo que la criminología está legitimada como disciplina científica e interdisciplinaria, en tanto, aún sin disponer de un objeto unívoco ni de un  método propio, puede tratar - legítimamente -  temas relativos al crimen y el control social con coherencia científica, valiéndose de objetos parcialmente superpuestos con los de distintas disciplinas, y también de sus  métodos [25].  No estoy solo en esta postura, que, en general, alcanzó un alto grado de coincidencia en el  citado congreso “La Criminología del siglo XXI en América Latina”, y en los seminarios que dictamos conjuntamente con el Profesor Adolfo Ceretti (Universidad de Milán), en las universidades nacionales de Buenos Aires y del Litoral, Argentina[26] .
Las disciplinas son saberes especializados, constituidos - como señala Ceretti - por racimos de teorías y técnicas de prueba, orientadas  a solucionar problemas; las disciplinas estarían formadas, así,  por un conjunto de teorías conectadas unas con las otras, de manera inestable[27]. La necesidad de su existencia surge de la multiplicidad de los sucesos humanos, individuales y sociales, que hacen imposible abarcarlos en su totalidad e interconexión. La división (caprichosa, pero también indispensable) es una metodología con función científica  práctica: separar los acontecimientos, en secciones o aspectos,  para su mejor abordaje y análisis. De lo contrario, se haría imposible comprender el plexo general  con claridad, o intercambiar  conocimientos e hipótesis sobre él.
Es posible que las tecnologías computarizadas permitan, en un futuro cercano, la realización de análisis multidisciplinarios ultrarrápidos, a partir de acumulaciones gigantescas  de información. Pero -  al menos por ahora - no disponemos de esa herramienta, para interpretar con eficacia  los hechos que abordan  las ciencias sociales en particular, o  conjuntamente.
En consecuencia, si se parte de la conclusión provisoria de la existencia fáctica de las ciencias humanas y sociales, con un objeto general que se subdivide  en aspectos parciales  y metodologías diversas, es perfectamente legítimo ubicar, dentro  de ese espacio a la criminología, como disciplina científica o estudio especializado de un conjunto de temas, relacionados con el delito y el control social. Por cierto, queda aquí por exponer cuál es el objeto de la criminología y cuáles son sus métodos,  para lo cual, remito también a mis trabajos previos sobre el tema[28].

V.- Conclusiones

Entiendo que en el debate epistemológico es indispensable que sus participantes se sinceren desde el inicio, expresando si  comparten o rechazan la construcción  epistémica de la Modernidad. En la práctica,  ocurre que muchos contendientes critican a la epistemología precedente - como si estuviesen fuera de ella - pero luego operan con sus categorías, instituciones y discursos, desatando una gran confusión conceptual. Mal que nos pese, dentro de la concepción Moderna de las ciencias, no podemos prescindir todavía de parámetros tales como objetos de estudio  y metodologías, pese al bombardeo posmoderno y a las acusaciones de “cientificismo” que se  nos dirijan.  Creo que quienes no hemos abjurado de la razón, tenemos el derecho a preservar las categorías conceptuales, y seguir valiéndonos del razonamiento fundado y sistemático  y del intercambio racional de ideas y postulados,  respetando, por cierto,  el derecho de quienes prefieran buscar su información mediante la teoría del caos, la música, el azar, o la más absoluta subjetividad. Oportunamente cotejaremos sus resultados con los nuestros.
Mi propuesta es, por cierto, que los problemas de identidad, objeto, método, contenidos, etc., de la criminología, sean resueltos dentro del campo de la epistemología Moderna (como cualquier otra reunión de saber que se pretenda organizar y sistematizar, conforme a una base lógica).  Dentro de este encuadre - y a fin de hacer comparaciones - puede verse  lo que ocurre en otras ciencias sociales; el ejemplo más contundente es el de la psicología[29]. Está claro que, dentro de lo que se llama “psicología”, coexisten paradigmas antagónicos, en cuanto al objeto y el método. También puede consultarse  la discusión  sobre la identidad de la ciencia política, a la que ya aludimos[30] y, por cierto,  las importantes polémicas que se dieron  en el campo de la propia sociología[31] . 
Con tantos y tan conocidos antecedentes, resulta asombroso que en la criminología se intenten toda clase de caminos alternos, para evitar ese debate en el único sitio  gnoseológicamente correcto,  pese a que todos nos ubicamos- creo que  hegemónicamente - dentro del campo de  las ideas Modernas. Por momentos,  pareciera que es  más interesante buscar a la criminología mediante  la  astrología o la astronomía que en la Teoría de las Ciencias,  posibilidad  que no comparto ni justifico[32]. Esa obcecada negativa debe tener una explicación;  intentaré bosquejar algunas hipótesis,  en mi afán de interpretar  qué sucede.

Hipótesis  1:   la epistemología es un terreno demasiado complejo e incluso inseguro, como para obtener de ella respuestas rápidas y sencillas  a la cuestión del ser y la nada. En epistemología todo es discutible y todo ha sido cuestionado. No puede achacársele, entonces,   falta de democracia o de elasticidad. Incluso, sabemos que  hasta allí  llegó la Posmodernidad,  atacándola como  un relato engañoso, al que pretende sustituir  con  su  propuesta de  atomización  gnoseolólgica. De todos modos, un debate sobre la Posmodernidad, la anarquía epistemológica, el postestructuralismo, etc.,  puede y debe darse perfectamente en el campo epistemológico Moderno, que ha dado mil pruebas de  amplitud filosófica.

Hipótesis 2: los intentos de resolver la naturaleza de la criminología dentro del campo de cualquier otra ciencia social  podrían ser, lisa y llanamente, argumentos de  conveniencia profesional, por parte  de quienes,  luego de hacer unos estudios (por ejemplo, jurídicos o psicológicos ), desarrollaron interés por otras ciencias sociales, como la sociología o la ciencia política, y se sintieron  cómodos trabajando en esos marcos epistemológicos, que no cuestionan,  tal vez,  porque bajo esa sombrilla consiguen desligarse  de viejos debates internos de la criminología y también  de los “socios no deseados”. Esto les permitiría  seguir adelante con sus  interpretaciones, sin la molesta vecindad de  psicólogos,  juristas,  médicos forenses,  historiadores,  pedagogos, economistas,  y toda esa cohorte  disciplinaria exótica, a la que se ignora desde una presunta representatividad  académica olímpica. Así, fuera del Walhalla de la investigación “importante”, quedarían los “enemigos ideológicos”, la prehistoria de los estudios sociales,  y los estudios “subalternos” de la conducta humana. Lo que se dice, una situación armoniosa, sin conflictos de identidad, para un grupo selecto[33].

Hipótesis 3: embarcar a la criminología en variantes  esotéricas, relativistas y anárquicas (al rescoldo de la Posmodernidad, pero sin ser consecuentes con ella)  es una táctica que tiene la ventaja de poder  presentarla  como gesta libertaria del pensamiento, como una  ampliación de horizontes, un enriquecimiento epistemológico, un abrir camino a la multiplicidad de desarrollos y otras bellas frases seductoras, con connotación  libertaria  y “aggiornante”.  Sin embargo, pese al impacto que provocan, y a los “restos  del positivismo” que exorcizan,  viene a la mente aquello  de “a río revuelto, ganancia de pescador”. Lo digo, porque  si se analiza  a quienes benefician las  proclamadas  “rupturas con  los viejos esquemas”, el objeto de investigación aparece como un bello  prado sin maleza, listo para ser sembrado y cosechado, hasta alcanzar el autoabastecimiento. Además, todos los desvíos  teóricos  del pasado se pueden utilizar (son utilizados, desde los tiempos de la criminología crítica) como etiquetas descalificantes,  por  autoproclamados  “libertadores del pensamiento”. Y vuelvo aquí a lo antes señalado: estos planteos benefician  sólo a quienes se entusiasman con  el “ritmo de los tiempos”, y creen conquistar un espacio de trabajo a salvo  de  las  molestas y “autoritarias”  exigencias epistémicas de la Modernidad.
La escurridiza noción de  “teoría social”, suele ser citada como el  campo soñado de las búsquedas sin obstáculos,  pero cabe  recordar que  esa es la forma de denominar a la “superciencia” del todo social, o sea,  la  ballena  sociológica, dentro de cuyo vientre deberían terminar digeridas todas las demás ciencias sociales[34] (Recordemos, además,  que esta crítica fue hecha por sociólogos de fuste, mucho tiempo antes de lo que hoy se conoce como Posmodernidad). En suma, pareciera que la defensa ardorosa de la “Teoría social” es  una iniciativa en   beneficio de  quienes la proclaman. 

Resumo  lo expuesto,  a través de  estos postulados básicos: 

1.- Para ingresar en una discusión epistemológica (en general) es preciso adoptar previamente una postura ante las teorías  de la  Posmodernidad en esa materia: sea  a favor, en contra,  o aceptando  críticamente  algunos aspectos de la  visión del mundo que  nos proponen. Pero esta elección conduce a otra, que  deja sólo  dos opciones: reconocer o rechazar a la epistemología precedente. Quienes la rechacen, no podrán, según entiendo, trabajar luego a ambos lados de la línea demarcatoria; deberían  permanecer fieles a  la anarquía epistemológica, la teoría del caos o los  modelos alternativos que elijan. (No se podría, por ejemplo, reclamar que  una disciplina tenga objeto y método los lunes y viernes, y el resto de la semana afirmar que ello no es necesario en absoluto, o que ya fue superado en ciencias). Estoy convencido de que esto  clarificaría completamente el punto de partida de cualquier debate sobre la cientificidad de nuestros conocimientos.
2.- Cumpliendo con lo anterior, entiendo que el ámbito adecuado (el único coherente) para discutir la  naturaleza científica de la criminología,  es el campo epistemológico de la Modernidad.
3.-  La  propuesta de legitimar epistemológicamente  a la criminología no responde a una  pretensión  de “alambrar espacios  de poder”  o  establecer dogmas, o achicar el espacio visual de nadie, sino al  resistido propósito de definir un contexto de validez genérica, dentro del que sea posible obtener coherencia, continuidad y lógica discursiva. De lo que  se trata  aquí es, apenas,  de oponernos al  “vale todo” y a requerir  que  juguemos, sin exclusiones,  con las mismas reglas teóricas, totalmente pluralistas y al margen de las búsquedas personales  de poder político o académico.
4.- El debate  por la definición del objeto de la criminología ha sido y es complicado, pero debe dejar en claro que  TODAS  las disciplinas sociales tienen derecho a participar en esa tarea, y que esto incluye, por cierto, y con mucho reconocimiento,  a los aportes que provinieron y provendrán de la sociología.
5.- La sociología del control social, por historia y contenidos,  está más integrada en el espacio  criminológico, que a ningún otro campo sociológico general. Por eso, no es casual que en los Estados Unidos se la denomine  “criminología”: por parecer algo distinto de la sociología, un enfoque demasiado  especializado, en suma,  para llevar el  nombre genérico.
5.- La Posmodernidad y sus ideas iconoclastas  plantean hipótesis con las que se puede simpatizar en varios  aspectos, pero  que no deben  ser interpretadas como un hecho fatal  y definitivo de la historia. El ser humano debe conservar su  derecho a fijarse parámetros que le permitan  imaginar qué lugar  ocupa en el universo, necesidad que  ha sentido  desde el animismo cavernícola  hasta la globalidad  de hoy. Negar valor a la construcción de discursos explicativos racionales  es matar toda  esperanza y todo  futuro.
Ser concientes de que “nunca podremos saberlo todo” y de que “todos nuestros conocimientos son relativos” no debe eliminar el derecho a concebir  utopías, como las  que, para bien o mal,  alimentaron siempre a la historia de la civilización. Entiendo, entonces,  que hoy  tenemos dos opciones: dejar al hombre solo en medio del Sahara, sin agua ni brújula, o dotarlo de esos elementos básicos, para que pueda luchar  contra lo inconmensurable, y logre, tal vez,  salir de  las dunas, aunque más allá lo esperen nuevos desafíos, cada vez más enormes.

Zelaya (Provincia de Buenos Aires), Octubre de 2009.






[1] Elbert, Carlos, (Coordinador): “La criminología del siglo XXI en América  Latina”, Rubinzal y Culzoni, Santa Fe, 1999.(parte primera) y con el mismo título (parte segunda) 2002.

[2] Por ejemplo, limitándonos a obras aparecidas desde 1950, podemos verificar la afirmación en: Criminología, de Luis Carlos Pérez, Bogotá, Colombia, 1950; Lecciones de criminología , de Hugo Cesar Cadima M., Oruro, Bolivia, I 1954, y II, 1957; Objeto y método de la criminologíaFrancisco Laplaza, Ed. Arayú, Bs. Aires, Argentina, 1954; la monumental traducción en seis tomos de la Criminología de Alfredo Nicéforo, publicada por Cajica, México, 1954; Criminología, de Leonidio Riveiro, Ed. Suramericana, Río de Janeiro, Brasil, 1957; Compendio de criminología, de H. Veyga de Carvalho, Ed.Forense, Río de Janeiro, Brasil, 1964, Introducción a la criminología , de Elio Gómez GrilloIntroducción a la criminología, UCV, Caracas, Venezuela, 1964; Criminología, de Dante Valdivia Zegarra, Gráfica Alvarez, Arequipa, Perú, sin fecha; Criminología de Roberto Lyra, 1a. edición, Río de Janeiro, Brasil, 1964, y segunda, actualizada por Joao Marcello de Araújo Jr., Forense, R.J., 1990; Criminología de Huáscar Cajías K., La Paz, Bolivia, 1970 ; Curso de criminología, de José Rafael Mendoza, Ed.El cojo, Caracas, Venezuela, 1970; Criminología peruana, de Guillermo Olivera Díaz, tomo I,2a.Ed.,Lima, Perú, 1973, y tomo II, 2a.Ed, 1978;  Criminología de Jorge Hugo Rengel, tomo I, Loja, Ecuador, 1961; del mismo autor: La concepción sociológica del delito, Ed.Ecuador, Quito, Ecuador, 1980; Criminología de Alfonso Reyes Echandía, 6a. edición, Universidad Externado de Colombia, 1982; Introducción al estudio de la criminología, de Michelángelo Pelaez, Depalma, Bs. Aires, 3a.edición, 1982; Criminología, panorama contemporáneo, de Alejandro Solís Espinosa, EDDILI, Lima, Perú, 1984;   Criminología, de Roque de Brito Alves,  Ed. Forense, Río de Janeiro, Brasil, 1986; Criminología, de Jason Albergaria, Aide Editora, Río de Janeiro, Brasil, 1988;  Manual de criminología, de Octavio A. Orellana Wiarco, Ed. Porrúa, 4a.edición, México, 1988; Introducción a la criminología, de Pilar Sacoto de Merlyn, PUCE, Quito, Ecuador, 1989; Criminología de Rafael Márquez Piñero, Ed. Trillas, México 1991;  Introducción al estudio de la Criminología, de Jorge López Vergara, Textos ITESO, Tlaquepaque, tercera reimpresión, México 2000,   y probablemente muchos otros autores, cuyos trabajos no han llegado a mi conocimiento.

[3] Además de mi Criminología Latinoamericana en dos tomos, y mis manuales (obras traducidas al portugués) he publicado, en castellano y otros idiomas,  numerosos artículos. sobre el tratamiento epistemológico de la criminología. Entre los más recientes pueden verse: “La criminología ¿Es una disciplina autónoma o un apéndice de otras ciencias sociales?”, en Criminalidad, evolución del derecho penal y crítica del derecho penal en la actualidad, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2009,  y “la criminología: ¿disciplina autónoma o apéndice del derecho penal?”, en La cultura penal, homenaje al profesor Hendler, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2009.
[4] Ceretti, Adolfo, “El  horizonte artificial”, Nº 5 de la colección Memoria Criminológica, Editorial B. de F., Buenos Aires, 2008.
[5] Elbert, Carlos, “Criminología Latinoamericana”, Editorial Universidad, Buenos Aires, parte primera 1996,  parte segunda, 1999 y  “Manual Básico de Criminología”, Eudeba, Buenos Aires, 2007 (Cuarta edición argentina ampliada y corregida).
[6] Creando, por ejemplo, los conceptos de  “cientista social”, “modernidad tardía”, “deprivación”, etcétera.
[7] Ver de Elbert, Carlos,  obras mencionadas en cita 5.
[8] Ver: “Criminología analítica” (conceptos de psicología analítica para una hipótesis etiológica en Criminología” (sin traducción al castellano), del brasileño Velo,  Joe Tennyson, Nuria Fabris Editora, Porto Alegre, segunda edición, 2009;  “Cosmologíe violente”, Ceretti,  Adolfo y Natali, Lorenzo Rafaello Cortina Editore,  Milán, 2009 , y “Criminología teórica (patologías del espíritu” de Sanchez Rodríguez, Sergio, Editorial Metropolitana, Santiago de chile, 2008.
[9] Siglo XXI, México, 1983, Pág. 93.
[10] Este autor ha  mantenido, a  lo largo del tiempo,  su postura escéptica, sustentándola, en buena medida, en la obra El horizonte artificial , de Ceretti, obra citada . Ver el capítulo 9 de su libro Un arte abyecto” (ensayo sobre el gobierno de la penalidad), Ad-Hoc, Buenos Aires, 2006, aparecido antes como artículo, en diversas publicaciones, con el título: “¿Vale la pena salvar a la criminología?”.

[11] Feyerabend , Paul, “Adiós a la razón”, Editorial Altaya, Barcelona, 1995.
[12] Ver: Fukuyama, Francis,  “El fin de la historia y el último hombre”, Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1995, Lyotard, Jean-François, “La condición posmoderna”, Ed. Planeta-Agostini , Barcelona, 1993 y Gargani, Aldo (compilador),  “Crisis de la razón”, Siglo XXI, México, 1993.

[13] Lyotard,  Jean François, “La condición...” obra citada.
[14] Desde este enfoque, ver: Anderson,  Perry,  “Los orígenes de la posmodernidad”, Anagrama, Barcelona, 2000 y Marturet, Hernán, “Visiones abiertas y cerradas de la Modernidad”, Universidad Libros, Buenos Aires, 2002, entre otros.

[15] Ver, de Scheerer , Sebastian,  “Hacia el abolicionismo”, en el libro Abolicionismo penal, Editorial Ediar, Buenos Aires, 1989, página 23, cita 7.
[16] “Delitos de los débiles y de los poderosos”, (ejercicios de anticriminología), Editorial Ad-Hoc, Buenos Aires, 2005.
[17] “La filosofía existencialista y su vigencia permanente” y “La problemática actual de la criminología crítica”, conferencias dictadas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, los días 13 y 15 de abril de 2009, actualmente en prensa,  en publicaciones  de Costa Rica. También el libro “Existentialist criminology”,  Routledge-Cavendish, Oxford , Nueva York  y Canadá, 2009.

[18] Ver la obra citada de Ruggiero, las conferencias de Lippens, también citadas,  y la obra de Wayne Morrison “Criminology, civilisation and the New World Order”,Routledge-Cavendish, Estados Unidos y Canadá, 2006.
[19] Ver el tratamiento que doy al tema en mis trabajos mencionados en la cita 5.
[20] Ver obras referidas en la cita 5.
[21] Young , Jock: “El fracaso de la criminología: la necesidad de un realismo radical”, en revista Criminología Crítica y control social Nº 1, Editorial Juris, Rosario, Argentina, 1993, Pág.23.
[22] “La razón ausente”, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2005
[23] Obra citada, Págs.  261, 262 y s.s.

[24] Ver el dossier: “La ciencia política: historia, enfoques, proyecciones”, por el grupo de investigación Estatuto epistemológico de la ciencia política, en Cuadernos de Ciencia Política, Bogotá, marzo de 2004.

[25] Ver: “El horizonte artificial”, obra citada.

[26] “Epistemología, ciencias sociales y criminología: ¿una relación imposible?”, agosto y septiembre de 2004.
[27] Ver: El horizonte artificial”, obra citada, capítulo 6, punto 3: ¿Qué se puede entender por el término disciplina?  .
[28] Ver Elbert, Carlos, obras citadas.
[29] Ver la publicación Actualidad psicológica, Nº 209, dedicada al tema “Epistemología y psicoanálisis”, Buenos Aires, mayo de 1994.

[30]  Ver el dossier: “La ciencia política...”obra citada.

[31] Ver: Michael J.-Adler,M.J.,  “Crime, Law and Social Sciences”, Harcourt, Brace & Co.New York,  1933, Gurvitch, George,”Dialéctica y sociología”, Alianza Editorial, Madrid, 1969, Boudon, Raymond, “La crisis de la sociología”, Editorial Laia, Barcelona, 1974, Wright Mills,C., “La imaginación sociológica”, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, Sidicaro, Ricardo, “Las sociologías después de Parsons” , en Revista Sociedad de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Nº 1, 1994,  y Dogan, M.-Pahre, R., “Las nuevas ciencias sociales”, Grijalbo Interdisciplinaria, México, 1993.

[32] Alguna vez, en torno de broma,  he preguntado si la naturaleza de la criminología no será metafísica.
[33]  Es sabido que, en la tradición nórdica,  aquellos que no consiguen méritos suficientes para ascender a Walhalla, terminan  en el Nifheim, reino de la oscuridad y de las tinieblas, gobernado por la diosa Hela,  o en otros sitios apartados.
[34] Ver Gurvitch, obra citada.

(*) El P. Dr. Dr. HC Carlos Alberto Elbert fue Director de Tesis Doctoral del responsable de este blog en la UNL (2005)
(**) Conferencia pronunciada en  Montevideo, Uruguay, el 30 de octubre de 2009, en homenaje a los  30 años del Instituto Uruguayo de Derecho Penal (INUDEP) de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República (Montevideo). Publicada en la Revista “Iter Críminis” de México, Nº 16,  Julio-Agosto de 2010.

En el día de la fecha ha fallecido una de las criminólogas más brillantes de América Latina. Lola Aniyar de Castro, autora prolífica, intelectual comprometida, atravesó con su obra y su pensamiento medio siglo de historia y política continental.


Doctora en Derecho y criminóloga, co-fundadora y coordinadora  de los Grupos Latinoamericanos de Criminología Crítica y de Criminología Comparada por 17 años, e investigadora del Instituto de Criminología de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, el cual llevara su nombre. Ha publicado numerosos libros sobre aspectos diversos de la teoría penal y criminológica (el último de ellos, "Manual de Criminología Sociopolítica", en coautoría con Rodrigo Codino) y de sus experiencias políticas como ex Senadora de su país, y ex Gobernadora del Estado Zulia, primera mujer Gobernadora por elección popular en Venezuela. Fue  Diplomática ante UNESCO y también  Directora-fundadora de la Revista CapituloCriminológico, publicación periódica de más antigua data en América Latina.  Igualmente fue Coordinadora y fundadora de la Maestría Latinoamericana en Ciencias Penales y Criminológicas y experta en Naciones Unidas en materia de delitos cometidos por abuso de poder.  Hoy es profesora en cursos de posgrado en diferentes universidades latinoamericanas y de la Cátedra Alessandro Baratta de la UCI en Costa Rica; así como miembro del Jurado del novísimo Premio Estocolmo en Criminología. Solamente nos queda expresar nuestro dolor.
     Por Francisco Bompadre.   
    
     Richard CLOWARD propone la fusión de dos grandes tradiciones sociológicas en torno al problema de la desviación: la primera es la que abreva en la “teoría de la anomia” iniciada por Emile DURKHEIM y continuada por Robert MERTON; y la segunda, denominada “transmisión cultural” o “asociación diferencial”, ilustrada fundamentalmente por los aportes de Clifford SHAW, Henry McKAY y Edwin SUTHERLAND (2008: 139). El concepto clave que aporta CLOWARD es la variable que el autor denomina “disponibilidad diferencial en el acceso a los medios ilegítimos”, entendiendo por tales a aquellos proscriptos por las buenas costumbres y que exceden a los comportamientos ilegales (2008: 140, subrayado en el original). En efecto, expresa con mucha claridad CLOWARD que si los medios legítimos no están disponibles para todos los individuos en igualdad de condiciones y se hallan diferencialmente distribuidos en la estructura social, algo similar sucede con el acceso a los “medios ilegítimos”:

[…] Como si el individuo, al observar que “no puede hacerlo legítimamente”, simplemente se volcaráhacia los medios ilegítimos que se encuentran al alcance de la mano, sea cual fuere su posición en la estructura social. Sin embargo, estos medios pueden no estar disponibles (2008: 143, encomillado en el original).


CLOWARD reconoce que las motivaciones o presiones hacia la desviación no son la causa suficiente del comportamiento desviado, y rescata en esta parte de su teoría el aporte de E. Sutherland. En efecto, desde el momento que Sutherland expresa que sin el reconocimiento y aceptación de sus pares, el que roba nunca llegará a ser un ladrón profesional, nos deja en las puertas del aporte de CLOWARD. En este sentido, nuestro autor agrega que la disponibilidad del acceso a los medios ilegítimos está controlada por varios criterios, tratándose de un sistema de oportunidad limitado antes que infinitamente disponible (igual que en el supuesto del acceso a los medios legítimos) y disponible de manera diferenciada según la posición que el sujeto ocupe en la estructura social. Y por “medios” (legítimos o ilegítimos) debemos entender según el autor, tanto los ámbitos apropiados de aprendizaje para que el sujeto adquiera los valores y habilidades asociados a la ejecución de determinado rol, como así también la oportunidad para desempeñar dicho rol una vez entrenado para ello: abarca entonces tanto la estructuras de aprendizaje como las estructuras de oportunidad (2008: 144).

Otro punto importante del artículo de CLOWARD radica en la caracterización que realiza de las áreas donde se produce la desviación. En efecto, el autor no considera dos territorios separados donde podamos apreciar los valores convencionales en uno y los valores criminales en el otro. Por el contrario, es partícipe de la de William Whyte cuando sostiene que los individuos que participan en empresas ilícitas estables no se encuentran aislados de la comunidad: estas personas se encuentran estrechamente integradas con los sujetos que ocupan los roles convencionales, en una estructura única y estable que organiza y define la vida de la comunidad (2008: 148-149, subrayado propio). Y también se hace eco de los aportes de Salomon Kobrin al sostener que las estructuras de oportunidades ilegales “tienden a emerger en las áreas de las clases bajas sólo cuando surgen patrones estables de acomodamiento e integración entre los portadores de valores convencionales y desviados”; y agrega más adelante que: “Cuando estos valores se mantienen desorganizados e implícitos, o cuando sus portadores se encuentran abiertamente en conflicto, las posibilidades de desempeñarse en roles criminales estables son más o menos limitadas” (2008: 150).

Por su parte, G. SYKES y D. MATZA prestan más atención al contenido específico de lo que se aprende (en nuestro caso el comportamiento criminal juvenil) que al proceso a través del cual algo se aprende (2004: 127).Los autores cuestionan con diversos ejemplos y argumentos la premisa que sostiene que los integrantes de una subcultura delictiva consideran sus comportamientos ilegales como moralmente correctos. En efecto, expresan que de ser cierta aquella no nos encontraríamos con delincuentes juveniles que presentan sentimientos de culpa y de vergüenza ante su detención o encierro;o bien no encontraríamos a delincuentes juvenilesque muestran admiración y respeto por las personas que cumplen con la ley, reconociendo así validez moral en numerosas oportunidades al sistema normativo dominante; e incluso tampoco distinguirían los jóvenes delincuentes entre aquellos que pueden ser victimizados y los que no (ya sea por causas de parentesco, amistad, grupo étnico, clase social, edad, género, entre otros) lo que bien podría llevarnos a concluir que las “ventajas” de la delincuencia nunca son “indiscutibles”; o finalmente, que los jóvenes no internalicen las demandas de conformidad, aunque luego las intenten neutralizar por distintas técnicas, que preceden al acto desviado y lo hacen posible(SYKES y MATZA, 2004: 128-131).

Los autores también cuestionan la idea que sostiene que las reglas o normas sociales que exigen un comportamiento conforme a valores, casi siempre se formulan en términos categóricos e imperativos: por el contrario, SYKES y MATZA presentan la idea de los “valores y normas como guías para la acción contextualizadas y de aplicabilidad limitada en función de tiempo, del espacio, de otros individuos y de las circunstancias sociales” (2004: 130, subrayado en el original).Esto es lo que explica el diferente tratamiento que se le da, por ejemplo, al acto de matar: no es lo mismo matar en tiempos de paz que en tiempos de guerra; no es igual matar al enemigo en armas que al enemigo prisionero, e incluso no es lo mismo matar en legítima defensa que sin esta causa de justificación. Es por ello que el sistema normativo se caracteriza por cierta flexibilidad yno consiste en un conjunto de reglas de cumplimiento obligatorio en toda circunstancia (2004: 131). 

Podríamos concluir que una de las semejanzas más importante entre los distintos autores radica en que para SYKES y MATZA el delincuente no representa una oposición radicalpara la sociedad que cumple con la ley (2004: 131), y para CLOWARD tampoco, dado que las estructuras de oportunidades ilegales “tienden a emerger en las áreas de las clases bajas sólo cuando surgen patrones estables de acomodamiento e integración entre los portadores de valores convencionales y desviados” (2008: 150, destacado propio). Y la diferencia más importante radica en que para CLOWARD un joven se convierte en delincuente juvenil cuando participa de una subcultura criminal, mientras que para SYKES y MATZA es a través del aprendizaje de las técnicas de neutralización (negación de responsabilidad, del daño, de la víctima, la condena a quien condena y la apelación a lealtades superiores) que un joven se convierte en un delincuente juvenil (2004: 131-135). Otra diferencia es que estructura de oportunidades ilegales puede no estar disponible en un determinado territorio o barrio, mientras que el aprendizaje de las técnicas de neutralización no necesariamente se vinculan a un territorio determinado e incluso pueden ser más o menos efectivas según el tipo de delito de que se trate (SYKES y MATZA, 2004: 135-136). Finalmente, una posición es aquella que sostiene la subcultura criminal, desde el punto de vista que los valores que porta la subcultura criminal son una reacción a los valores convencionales que no les permiten satisfacer sus requerimientos de status, y otra bien distinta es aquella que acuerda sentido a las demandas de conformidad del sistema normativo convencional, y que para poder diferenciarse del mismo deben hacer todo un rodeo a base de técnicas de neutralización.




"El abolicionismo penal como proceso de transformación cultural inacabado" fue el título de la clase pública con la que Maxi Postay vino a cerrar el curso de Sociología Jurídica en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la UNLPam. El encuentro tuvo lugar el pasado día 15 de junio, y se convirtió en un espacio de indiscutible centralidad epistemológica, en términos de obstinada reedición de los espacios de pensamiento crítico que ponen en cuestión las categorías dogmáticas, ritualistas y burocratizantes que asolan los "programas" y contenidos curriculares de las escuelas de derecho en la Argentina. La intervención de Postay fue una invitación a reflexionar críticamente, replantearse los paradigmas hegemónicos y concebir el abolicionismo como una expresión rizomática en un horizonte de proyección tendiente a desmontar las distintas expresiones de una cultura colonial, patriarcal, neoliberal y represiva. Valió la pena -qué duda cabe- haber propiciado esta iniciativa por parte de la Cátedra. La venida de Postay logró su cometido: inaugurar preguntas y subalternizar las augustas respuestas con las que nos educamos en los credos convalidantes de un derecho de matriz colonizadora. Dos horas de desarrollo del tema, con un salón Azul colmado de estudiantes, egresados, funcionarios y empleados judiciales, en un día y un horario absolutamente inconvenientes para este tipo de expresiones, asumidas únicamente desde la convicción de una cátedra, así parecen confirmarlo.
"La Corte de Nuremberg fue una corte claramente establecida por los ganadores. Fue internacional sólo en el sentido de que los cuatro jueces venían de los cuatro principales países que derrotaron a Alemania. Y era un tribunal juzgando a un enemigo que había sufrido una derrota total. De alguna forma un caso fácil, ya que toda la atención fue dirigida hacia un enemigo completamente derrotado. Entonces no sorprende que Dresden, Hiroshima y Nagasaki, y los gulags no estuvieran en la agenda.
En intentos más recientes por establecer estándares internacionales, esta situación ha cambiado de alguna manera. Algunas cortes se han vuelto más internacionales. El Tribunal Criminal Internacional para la ex-Yugoslavia en La Haya y el similar para Ruanda, establecido en Arusha, Tanzania, son ejemplo de esto. La nueva Corte Penal Internacional, establecida recientemente, intenta ser de este tipo.
Pero está claro que su carácter internacional está altamente limitado. Esto queda aún más claro respecto de la Corte Penal Internacional. Estados Unidos no la ha ratificado, e incluso ha puesto una gran presión sobre otras naciones para obtener garantías firmadas de que no levantarán cargos contra ciudadanos estadounidenses ante la Corte Penal Internacional. La Federación Rusa e Israel son otras dos poderosas naciones qe no han ratificado el acuerdo. Los poderosos tienen una tendencia a actuar de esta manera.
Existen otros problemas con las cortes penales internacionales. La política internacional es uno de ellos. En la primavera de 2001, cuando estaba preparando mis primeros escritos sobre este tema, las autoridades yugoslavas estaban bajo una enorme presión para enviar a Milosevic al Tribunal de La Haya. Si el gobierno lo enviaba recibiría dinero de Occidente para reconstruir el país. Si sólo lo llevaban ante la corte en su propio país, no recibirían nada. Milosevic fue enviado a La Haya.
El Tribunal Internacional para Ruanda denota otros problemas. Este Tribunal tiene su sede en Arusha, Tanzania. Anualmente cuesta millones de dólares mantenerlo. Está creado para los sospechosos de elite -alrededor de 100 personas esperando su juicio en una decente prisión de los alrededores-. La idea detrás de este tribunal era que los principales criminales debían ser condenados primero. Pero esto significa que los peces pequeños tienen que esperar. Esperan en prisiones del otro lado de la frontera, en Ruanda. Alrededor de 120.000 prisioneros han sido depositados aquí bajo condiciones capaces de matar a muchos más que aquellos a ser sentenciados por el Tribunal Internacional de Arusha. En 1999, 3000 personas mureron en las prisiones de Ruanda. Felizmente, en el año 2002 Ruanda ha comenzado un sistema de tribunales Gacaca, un sistema basado en legos, y con un propósito más cercano a la mediación y la reparación.
No tengo respuestas definitivas a los problemas aquí planteados. Lo que no puedo esconder es una profunda ambivalencia, rozando el escepticismo, con respecto a la ley penal internacional como respuesta a las atrocidades. La ley penal siempre crea restricciones al flujo de información y por lo tanto no es el mejor instrumento para echar luz sobre lo que pasó. La ley penal internacional es inevitablemente la ley de los ganadores, y por ello de una dudosa utilidad en el intento de crear la paz social. Es un instrumento para describir parte de lo que sucedió en el pasado. Pero necesitamos sistemas que miren hacia adelante. Necesitamos instrumentos que cumplan ambas funciones, clarificar el pasado y ayudar para el futuro. La creación de sistemas para la verdad y la reconciliación podría ser una respuesta" (Nils Christie: Una sensata cantidad de delito", Editores del Puerto, Buenos Aires, 2004, p. 139)  

“Mi punto de vista es un término muy usado en los escritos de John Braithwaite: vergüenza reintegrativa. Es un concepto que viene desde el centro de la actividad de control de la desviación: tus actos fueron de plorables, malos, equivocados. Tenemos que decírtelo. Debes avergonzarte. Pero más allá de todo eso todo está bien contigo. Deja de actuar mal. Ven a casa, carnearemos un cordero y tendremos un banquete para celebrar tu retorno. Para reintegrar a la persona, tanto lo negativo como lo positivo debe ser expuesto. Con respecto a esto el castigo es un arma muy ineficiente. Desde una perspectiva reintegrativa un prisionero liberado después de cumplir su condena debería siempre ser recibido con una orquesta tras cruzar los muros. Después debería seguir una gran fiesta reintegrativa. Eso hubiera sido reintegración. Luego viene la vergüenza a escala estatal" (Una sensata cantidad de delito”, Editores del Puerto, 2004, p. 142)

Por Thomas Mathiesen (*)
Para comenzar, quiero llamar la atención acerca de dos formas de contextualizar el tema de la cárcel.
EL CONTEXTO DE LA ORGANIZACIÓN
En primer lugar es importante destacar que en términos del contexto de la organización, las cárceles en el mundo occidental –que es de lo que yo me ocupo– han cambiado de manera considerable en los últimos 30 o 40 años. Mucho más que antes, el sistema carcelario se integra en un contexto más amplio de medidas de control. Con anterioridad cada una de las diversas agencias del sistema penal gozaba de un estatus más o menos separado. Actualmente los límites entre las diversas agencias se han vuelto mucho más difusos. Por ejemplo, en las cárceles noruegas, las instituciones de probation, parole y diversas formas de “castigo en la comunidad” (la última es un invento reciente en Noruega), han desembocado en menor o mayor medida en un único “servicio” o sistema. Ya no existe una Ley de Prisiones específica, sino una Ley de Castigos general, que cubre a todos los infractores en los diferentes estadios del castigo penal, desde la condena a cárceles de máxima o media seguridad o a regímenes carcelarios más o menos abiertos, hasta las diferentes formas de castigo en la comunidad. En consecuencia, el personal de las instituciones y agencias que antes era responsable (al menos formalmente) del cuidado y bienestar de los infractores, y no de su castigo, ahora se ha convertido en ejecutor del castigo al pasar a formar parte de una cadena punitiva que cubre a todas las diversas agencias. Las protestas de los trabajadores sociales y otros profesionales no han logrado detener este cambio. Tendencias similares son también evidentes en otros países occidentales.
Sin embargo, éste no es el final de la integración en el campo del control. La actividad policial también ha cambiado, y ha alcanzado una mayor integración con la cadena punitiva. La información se desplaza entre la cadena punitiva y la policía. En mayor medida que antes, la actividad policial en la actualidad está orientada hacia el “futuro”, en vez de hacia el pasado (¿quienes son los futuros delincuentes?), orientada hacia el “riesgo” (¿cuáles son las posibilidades de que la gente cometa delitos en el futuro?) y orientada en “categorías” (¿qué categorías –por ejemplo, qué nacionalidades– manifiestan el mayor riesgo?). Naturalmente, las viejas prácticas policiales todavía existen, pero éstas son las nuevas tendencias. La información procedente de las agencias que conforman la cadena punitiva, incluyendo las cárceles, es por tanto de gran interés para la policía. Tal tendencia empezó antes de “la guerra contra el terrorismo”, pero aumentó tras el 11 de septiembre de 2001. La amenaza a las libertades civiles y a los derechos humanos es obvia.
A su vez, este tipo de actividad policial se apoya en las modernas tecnologías de la información, que ponen en contacto a la policía a través de los nuevos sistemas de vigilancia y control nacionales, internacionales e incluso globales. Estoy pensando en el Sistema de Información Schengen, SIS (que en marzo de 2003 tenía cerca de 878.000 personas registradas y casi 390.000 alias, sumado a más de 15 millones de objetos en la base de datos central de Estrasburgo; con quince bases de datos, una en cada país miembro, idénticas y vinculadas a la base de datos central; y con una cifra estimada de 125.000 terminales de acceso esparcidas a lo largo de Europa[1]). Estoy pensando en el intercambio de información Sirene (cada uno de los países participantes en el Sistema de Información Schengen tiene una oficina Sirene responsable de la Administración nacional que pueden intercambiar casi cualquier tipo de información auxiliar acerca de individuos en cualquiera de los quince países). Estoy pensando en Europol, con sus tres sistemas de información (un sistema de información general donde se introduce información sobre individuos; un sistema de archivos donde se puede almacenar más de cincuenta tipos de información personal más o menos sensible, incluyendo bajo determinadas circunstancias información sobre orientación sexual y sobre opinión política y religiosa; y un sistema de índices). Estoy pensando en el sistema de huellas digitales Eurodac, donde se introducen y permanecen durante años las huellas digitales y otras informaciones sobre la mayoría de los solicitantes de asilo. Estoy pensando en la amplia serie de planes europeos y globales para reunir datos sobre llamadas telefónicas, uso de móviles, e-mail, fax e internet. Y la enumeración podría continuar. Se puede obtener mayor información acerca de estos sistemas en varias páginas web a las que me remito.[2]
El hecho que quiero destacar es que la policía nacional de un país, como es el caso de Noruega, se convierte por una parte en el vínculo con estos sistemas y, por otra, en el vínculo con la más amplia e incluyente cadena punitiva, dónde se encuentra la cárcel, que es lo que aquí me interesa. La “guerra contra el terrorismo” tras el 11 de septiembre de 2001, que ha llevado a un concepto de terrorismo[3] mucho más amplio y difuso, que incluye con facilidad a refugiados políticos, solicitantes de asilo, manifestantes en los eventos políticos importantes, entre otros, ha consolidado esta función policial de vínculo. Podemos entrever, en el futuro, un vasto e integrado sistema de control con peligrosas funciones para las libertades civiles y el Estado de derecho. Un desarrollo de este tipo naturalmente está respaldado por poderosas fuerzas políticas y por los mass media (en especial la televisión) como agenda marco de la institución.

EL CONTEXTO DE LA RESISTENCIA
Pero no quiero transmitir la impresión de que la enorme y peligrosa ampliación e integración del contexto de la organización de las prisiones es la única historia. Contrarrestando esta historia poco prometedora, también hay resistencia. Como ha puesto de manifiesto enérgicamente Stellan Vinthagen, en una investigación desarrollada en Suecia, en términos puramente numéricos probablemente hay más gente comprometida en las protestas críticas contra las tendencias dominantes de los desarrollos económicos y políticos en la actualidad que en los años 1970.[4] En términos de crítica y protesta, los últimos años de 1960 y 1970 hoy son vistos como un pasado incomparablemente glorioso, con actividad política crítica en un nivel que nunca alcanzaremos de nuevo. Y ciertamente, muchas cosas importantes ocurrieron en 1970. En el campo de las prisiones y de la política criminal, el desarrollo del movimiento anticarcelario a lo largo de Europa constituye un caso remarcable.[5] Muchas de las activas y animadas organizaciones creadas en ese periodo, que estaban orientadas hacia la abolición y/o la reforma de las prisiones, ya no existen (permítaseme ser un poco “etnocéntrico” y decir que la Asociación Noruega para la Reforma Penal, KROM, creada en 1968, todavía existe y es considerablemente activa, organizando grandes congresos anuales sobre política penal y manteniendo contactos políticos con reclusos dentro de los muros[6]). Pero fueron importantes en su momento. Hay una sensación de que ese tiempo ya no volverá. Eso no es en absoluto cierto, nos dice Stellan Vinthagen. Miren los movimientos antiglobalizadores. Miren los movimientos pacifistas. Reclutan decenas y centenas de miles de participantes de todas partes del mundo. Piensen simplemente en la amplia protesta mundial de la primavera de 2003, justo antes que los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros Estados invadieran Irak ilegalmente –es decir, sin acuerdo de la ONU–. Y ese es sólo un ejemplo. Existe el potencial, hay una esperanza, sostiene Vinthagen.
Yo creo que tiene razón. No hay duda de que las fuerzas contrincantes y represivas son formidables. Tienen apoyo económico (particularmente en las fuerzas del mercado), tienen apoyo político, apoyo mediático, apoyo militar y policial. Las fuerzas en cuestión cuentan con el amplio y difuso concepto de “terrorismo” mencionado más arriba como arma adicional y de legitimación para la represión de actividades tan lejanas al terrorismo como la Luna de la Tierra. Esto no debe detenernos. El potencial para la crítica y la resistencia está ahí. La cuestión es explotar dicho potencial.
Y más específicamente para nosotros, la cuestión es explotar y canalizar una parte del potencial en la dirección de las políticas penales y de control. Se trata de conseguir canalizar a una buena cantidad de personas comprometidas en los temas de la globalización y la paz hacia la crítica a las políticas penales y de control. Conseguir que una parte de la disconformidad y el entusiasmo de los amplios movimientos mundiales se canalicen en ese sentido.
Las probabilidades de que logremos canalizar parte del potencial en esa dirección son elevadas. Un vasto número de manifestantes alterglobalizadores y pacifistas han entrado en contacto con la policía y el sistema penal. Fijémonos solamente en las protestas contra la cumbre de la UE en Gothenburg, Suecia, en junio de 2001. Un gran número de manifestantes, que estaban ahí sólo para manifestarse y no para arrojar ladrillos y palos (pese a que ciertamente se arrojaron ladrillos y palos), fueron arrestados y pasaron la noche en comisarías de policía, y además muchos de los extranjeros que había entre ellos fueron expulsados. Esencialmente, se les impidió ejercer su derecho de manifestación y su derecho a la libre expresión. Yo estuve en contacto con muchos de los noruegos que fueron tratados de ese modo, y escribimos un pequeño libro explicando sus experiencias.[7] Naturalmente, ellos vieron de forma clara e inmediata la importancia de las políticas penales y criminales. Un grupo de personas incluso fueron juzgadas y condenadas a penas de prisión después de Gothenburg 2001. Las condenas suecas fueron extremadamente largas, entrañando en algunos casos varios años de cárcel –y, por cierto, mucho más largas que las condenas impuestas tras las manifestaciones contra otras cumbres–. A pesar de que muchas condenas fueron luego reducidas por el Tribunal Supremo, todavía siguieron siendo largas. Para decirlo suavemente, aquellos que tuvieron que cumplir condena vieron claramente la importancia de las políticas penales y de control.
Por tanto, el potencial realmente puede ser canalizado hacia la crítica a las políticas penales y criminales. Naturalmente existen opiniones diversas acerca de las cárceles, incluso entre los propios manifestantes. Unos desean abolir las cárceles, otros tener menos cárceles y esencialmente reducir el sistema, algunos otros finalmente quieren reformar las prisiones. No hay un frente común al respecto en la actualidad.
Pero todos, creo, estarían de acuerdo en que como mínimo no queremos más cárceles. Me gustaría proponer esto como primera cuestión central alrededor de la cual construir un nuevo movimiento anticarcelario, basado en el potencial inherente a los modernos movimientos alterglobalizadores y pacifistas.
En cierto sentido, se trata de una propuesta muy reformista. Pero supone un buen punto de partida que con el tiempo puede evolucionar hacia una más amplia y profunda forma crítica de pensar sobre las cárceles y el sistema penal.
En Europa y Estados Unidos se están llevando a cabo, a gran escala, programas de construcción de nuevas cárceles, ampliando y consolidando de este modo la solución carcelaria ante los problemas cotidianos. Frente a esta tendencia, hay un conjunto de buenas razones para no construir más cárceles. Además, hay una ausencia de buenas razones para seguirlas construyendo. Más allá de otras divergencias de opinión, una prohibición de construir más cárceles es algo sobre lo que podría ser fácil alcanzar un acuerdo entre las personas y grupos con orientación crítica. Probablemente también resultaría fácil, con el tiempo, conseguir un acuerdo sobre ello a escala política e internacional más amplia.
Ahora quiero presentar diez argumentos contra la construcción de nuevas cárceles. Se podría crear un movimiento alrededor de estos argumentos recurriendo, como he dicho, al potencial inherente a los actuales movimientos alterglobalizadores y pacifistas. Algunos de los argumentos ya los he presentado con anterioridad.[8] Pero ello fue antes del desarrollo de los movimientos alterglobalizadores y pacifistas activos en la actualidad. Además, he añadido más argumentos, hasta alcanzar los diez. Los mencionaré brevemente, del uno al diez.
Téngase en cuenta que sobre cada uno de ellos existe una extensa literatura criminológica y filosófica. Aquí tan sólo destacaré los rasgos centrales de dichos argumentos. Para mayor documentación y detalles, debo remitirme a mi libro Prison on Trial (op. cit.).
Debo reconocer que me siento poco original presentando estos argumentos. Los mismos seguramente son ya conocidos para la mayoría de los lectores. Pero a veces es importante insistir en algunas cuestiones no originales. Este es el caso aquí. Y en la actualidad es muy importante prestar atención a los diez argumentos, pues a lo largo de años de populismo punitivo se han ido desvaneciendo en el pasado. Resulta de la mayor importancia renovar su estatus como objetivo, en vez de que constituyan tan sólo un antecedente de los debates criminológicos y de política criminal.
LOS DIEZ ARGUMENTOS
1. Ineficacia de la rehabilitación
Existen miles de estudios y meta-estudios que indican actualmente, y con rotundidad, que el tratamiento dentro de la prisión, en un sentido amplio, no funciona. “Funcionar”, según esos estudios, quiere decir reducir la reincidencia. Justamente por ello es necesario ser muy precisos: los presos tienen grandes necesidades, en término de cuidados o de servicios sociales. Normalmente no tienen dinero, ni empleo, ni educación, ni vivienda, muchas veces suelen ser adictos a drogas, y no gozan de buena salud. Las personas presas tienen “derecho” a este tipo de cuidados, en general como ciudadanos ordinarios que son de su país y que tienen derecho a la salud, a la educación, etcétera; y específicamente como presos que por serlo y por estar bajo la custodia estatal tienen un especial título para gozar de los derechos en cuestión. Tales derechos son inalienables, más allá del éxito o fracaso de la prisión en términos de reducir la reincidencia. El fracaso de la prisión en este propósito de reducir la reincidencia es evidente, pero por ello no debemos permitir que se intervenga sobre los derechos humanos de los presos ni con respecto a los servicios sociales. No debemos permitir que se diga que debido a ese fracaso lo que debe hacerse es cerrar con llave las puertas de las prisiones y tirar luego la llave a la basura. En vez de anclar las prestaciones sociales de acuerdo al éxito de la reducción de reincidencia, éstas deberían garantizarse por ley precisamente como derechos humanos inalienables.
Es posible que se nos presenten, a veces, historias exitosas de la prisión en su objetivo de eliminar la reincidencia. En estos días las autoridades canadienses promueven literalmente al Canadá y a su sistema penitenciario como si de un cuento exitoso se tratara. Las pruebas, en cambio, señalan crudamente que la historia canadiense está muy lejos del éxito que se estaba contando. En primer lugar, la “historia” canadiense nos cuenta que hay sólo un porcentaje del 10 por ciento de reincidencia entre quienes salen de sus cárceles federales. Dichas cárceles federales reciben a los condenados a penas largas de prisión, las que van de dos años hacia arriba. Así es que las prisiones federales reciben sólo a un 10 por ciento de entre todos los sentenciados a prisión. Para el 90 por ciento restante, que es enviado a instituciones estatales, no se dispone de estadísticas de alcance para todo el país. Este otro es el grupo con los más altos porcentajes de reincidencia en otros países, y notablemente en Suecia. En segundo lugar, dentro del porcentaje del 10 por ciento de reincidencia para los condenados en prisiones federales, sólo son computados como reincidentes aquellos que nuevamente son condenados a dos años o más de prisión. Si los sentenciados a penas más breves, que terminan en instituciones estatales, estuvieran incluidos, los porcentajes de reincidencia aumentarían notablemente en Canadá, al igual que en otros países.[9]
En años recientes algunas investigaciones empíricas han sugerido tendencias más optimistas en relación con el tratamiento de la reincidencia. El proyecto CDATE y la obra de Mark Lipsey se destacan en tal sentido.[10]
Estas son las más amplias revisiones sobre la literatura empírica existente sobre el tema. Pero incluso tales investigaciones muestran resultados muy modestos, y utilizan formulas del tipo “el tamaño de los efectos sigue siendo más bien pequeño”, y “efectos débiles o insignificantes sobre la reincidencia”. Por ejemplo, aunque piensa que las diferencias encontradas son útiles para la actividad práctica, Mark Lipsey y colaboradores se ven forzados a concluir que:
“Pese a que este resultado justifica muchas elecciones de programas diferentes, debe advertirse que la mayoría de las intervenciones investigadas produjeron efectos débiles o insignificantes sobre la reincidencia, y algunas incluso produjeron efectos negativos. Aunque es posible probar que algunos programas, en principio, pueden ser efectivos, configurar e implementar en la práctica ese tipo de programas parece en realidad ser bastante difícil” (citado bajo la nota 10, en la obra de Lipsey, pág. 220).
Debe recordarse que el tema aquí es si se deben o no construir más prisiones. Está bien si se ha encontrado algún resultado, aunque “débil o insignificante”, en (alguna) de las prisiones existentes. Pero en cualquier caso, efectos “débiles o insignificantes” no es un argumento válido para construir más prisiones. Por el contrario, es un poderoso argumento para desmantelar la mayoría de los programas de construcción de cárceles.
2. Ineficacia preventiva
En segundo lugar está el argumento de la ineficacia preventiva. Esto es, la ineficacia para disuadir a los “otros” de cometer delitos por medio de la intimidación, la formación de hábitos, la persuasión moral y otras similares. Usualmente llamamos a esto “prevención general”.
La prevención general suele ser el argumento más importante, al menos en los tribunales noruegos, cuando se imponen condenas. Fíjense claramente que aquí estoy hablando del efecto preventivo de la prisión, no de las multas penales ni de las multas de estacionamiento y otro tipo de sanciones formales (aunque pienso que mucha de la investigación sobre la eficacia de la prevención general es también relevante para con las sanciones diferentes a la prisión). Y, para repetirlo una vez más, no estoy hablando de las prisiones existentes ni sobre la existencia del sistema penitenciario, sino sólo sobre la necesidad o no de construir más prisiones (aunque muchos de los resultados empíricos son también pertinentes para deslegitimar la existencia de prisiones en general).
Los resultados de amplias investigaciones, a lo largo de muchos años, no son concluyentes:
a. tanto si se parte de un enfoque de tipo psicológico, sociológico o de una teoría económica de costo/beneficio,
b. si se toma en consideración la probabilidad del castigo (esto es, la posibilidad real de ser descubierto y castigado) o la severidad del castigo (esto es, la mayor o menor duración de la condena),
c. o como si la cuestión a considerar fuera la expectativa subjetiva o la realidad acerca de la probabilidad y severidad en el castigo.
Tomemos el exhaustivo estudio sociológico de Karl Schumann y colaboradores sobre la prevención general entre delincuentes juveniles en Alemania.[11]
Tras utilizar un amplio espectro de tipos de delitos juveniles demuestran que no hay ningún efecto preventivo. O tomemos la reseña de Richard Wright sobre el efecto preventivo de la prisión que incluye los recientemente debatidos estudios econométricos, basados en modelos económicos de costo-beneficio.[12]
En otro libro[13] he hecho un resumen de las ideas sobre el funcionamiento de la prevención de Wright, quien en realidad defiende la prisión, con las siguientes palabras:
a. Una módica (o negativa) relación entre la probabilidad de castigo real y esperada, con respecto al comportamiento delictivo,
b. Un módico efecto inicial sobre el comportamiento delictivo, pero muy bajos efectos en el largo término, de los repentinos cambios de política criminal que aumenten la probabilidad esperada de castigo,[14]
c. Ninguna relación entre la “severidad” del castigo, tanto objetiva cuanto subjetiva, y el delito,
d. Importantes estudios sobre la probabilidad y la severidad del castigo muestran que no hay ningún efecto entre ellas y los delitos posteriores. Para repetirlo, esto también se relaciona con la “probabilidad” del castigo.
Los efectos preventivos marginales tal vez muestren que la eficiencia policial hace algo, pero la constatación de que la severidad de las condenas a prisión no tiene ningún efecto, constituye un poderoso argumento contra las políticas de severidad punitiva en relación a las condenas y al uso de la prisión. Las condenas “más duras” tienen el único efecto de masificar las prisiones, y ello crea como consecuencia un llamado a construir nuevas prisiones.
3. Ineficacia incapacitadora
En tercer lugar está el tema de la incapacitación, que justificaría al encarcelamiento simplemente para prevenir que las personas enviadas a la prisión puedan cometer nuevos actos delictivos mientras estén allí encerradas (siempre con la vista puesta sólo en ese descenso de delitos en el exterior de la prisión).
Por un lado está la teoría llamada de “incapacitación colectiva”, mediante la cual categorías enteras de personas –por ejemplo, aquellas que han sido condenadas dos o tres veces a prisión anteriormente– deben ser dejadas entre rejas durante largos períodos de tiempo o para siempre. Su lema es el “Three strikes and you’re out”. El desarrollo penal en los Estados Unidos desde fines de los años 1970 en adelante puede ser visto como un enorme experimento de incapacitación colectiva.[15] Ese experimento no ha sido particularmente exitoso. Desde entonces no han dejado de aumentar las tasas delictivas. Es cierto que podrían contestarnos que esos índices de criminalidad hubieran aumentado aún más sin el experimento de incapacitación colectiva. Pero ese tipo de pruebas contra- fácticas no son científicamente admisibles. Agréguese a ello que cada año nacen nuevos niños. Cada año nuevas generaciones de jóvenes cometen por tanto actos delictivos. Nada se hace con respecto a ello poniendo a las viejas generaciones en prisión. Todo lo que se logra es un incremento de la población reclusa: de acuerdo a la lógica de la incapacitación colectiva, se debería mantener entre rejas a las viejas generaciones mientras siguen entrando a prisión las nuevas, hasta alcanzar pasmosas poblaciones penitenciarias. Esto es exactamente lo que ha pasado en los Estados Unidos.
Estoy seguro de que en el presente los índices de criminalidad están bajando en los Estados Unidos. Pero ello no se debe a la incapacitación colectiva. Tampoco se debe, por cierto, a la política yanqui de “tolerancia cero”: la tasa de delitos ha caído en áreas de los Estados Unidos donde no se practica la tolerancia cero, y también cae dicha tasa de delitos en países occidentales que no cuentan ni confían en políticas de tolerancia cero. Noruega es un buen ejemplo de ello.
Por el otro lado está la llamada “incapacitación selectiva”. La diferencia entre la incapacitación selectiva y la colectiva es en realidad una cuestión de grados. El punto principal de la incapacitación selectiva es el de señalar que mejor que encarcelar grupos enteros de categorías de delincuentes, debe intentarse una predicción de aquellos individuos que tendrán una mayor tendencia a la reincidencia, especialmente de delitos graves.
La incapacitación selectiva tiene una larga historia, y además acoge cuestiones muy diversas.[16] Me referiré brevemente a tres de estas cuestiones.
La primera la constituye la cuestión de la precisión. ¿Cuál es la exactitud de esas predicciones? Algunos años atrás veíamos el acierto en la predicción como una posibilidad de 50 por ciento. Era exactamente como tirar una moneda. Esta proporción ha cambiado algo. Una dura generalización parece imponer estos hechos: hoy en día se ha mejorado la precisión respecto a los que se predice que no serían reincidentes, pero para aquellos a quienes se les predica posibilidad de reincidencia tal predicción permanece bastante incierta.[17] Este es el quid de la cuestión, el error básico que señala una inefectividad y un muy serio problema en términos de seguridad jurídica.
Una segunda cuestión es el hecho de que los tests de predicción se hacen con factores como por ejemplo el desempleo, el uso de drogas, la historia personal y otras cosas por el estilo. Enviar a personas a la cárcel por larguísimos períodos en base a predicciones que usan factores como esos, hace surgir preguntas morales fundamentales (más allá del grado de certeza).
La tercera cuestión es que la dependencia entre riesgo y probabilidad es totalmente contraria y extraña a la práctica judicial y a los valores jurídicos que deben regir el funcionamiento de los tribunales, otra vez más allá del grado de certeza. Los tribunales condenan, y deben condenar, a las personas por los actos que han cometido, y no por los actos que podrían cometer en el futuro. Tal vez exista alguna excepción a ello, como por ejemplo cuando se encierra a personas mentalmente inestables por la peligrosidad demostrada en diversos delitos, pero sin embargo la regla general es la de la responsabilidad por el hecho. Y esa debe seguir siendo la regla general.[18]
El hecho de que la incapacitación, tanto colectiva como selectiva, contiene defectos esenciales como los mencionados es un argumento poderoso contra la construcción de más prisiones. Otro problema adicional es el hecho de que evidentemente se cometen delitos también en el interior de las prisiones, mientras los presos están bajo una supuesta “incapacitación”. Algunos de estos delitos son a veces destacados, pero no sé por qué suelen ser convenientemente olvidados cuando se procura defender la incapacitación.
4. ¿Justicia?
En cuarto lugar se encuentra el tema de la justicia. Este tema hacer surgir una serie de complejas cuestiones filosóficas y empíricas. Todos nosotros queremos la justicia. Pero ¿cómo debe medirse? Hay también una vastísima literatura criminológica sobre este tema. Como debo ser breve me limitaré a mencionar el punto principal, el más relevante para la criminología actual y para el autodenominado pensamiento “neo-clásico”:[19] cuando se intenta medir la justicia del encarcelamiento, se convierte el comportamiento criminal en tiempo. El tiempo es cuantificado en relación con el comportamiento delictivo concreto. Se pueden hacer escalas relacionando específicos delitos con extensiones de tiempo. Ese tipo de escalas son de muy frecuente uso en algunos estados de Norteamérica y también en otros lugares. Hay un tema que deviene entonces crucial: ¿cómo se puede “anclar” la escala? En 1970 la escala podía anclarse en un número. Una sentencia de dos años de prisión para el delito X era considerada entonces “justa”. Pero con los siguientes vientos de cambio, la marea subió. Hoy se vive en un clima de “ley y orden”. En el año 2004 para el mismo delito X se considera “justa” una condena de cuatro años de prisión. La cuestión está en que el “ancla” de la escala no está fija. El ancla cambia con el tiempo (y a veces también en el espacio).
El hecho de que la “justicia” del encarcelamiento cambie con el tiempo, con el clima político, con la opinión de los medios de comunicación, con los pánicos morales, y otros factores por el estilo, es en sí mismo un poderoso argumento para, como mínimo, no construir más prisiones.
5. Irreversibilidad
Los primeros cuatro argumentos que he mencionado hasta ahora son, en realidad, argumentos contra la propia existencia de la prisión, y no sólo en contra de construir nuevas cárceles. Pero aquí han sido usados como argumentos en contra de una mayor expansión del sistema carcelario. Los próximos seis argumentos pertenecen más específicamente al tema de la construcción de prisiones.
Por razones de tiempo he tenido que ser breve en relación a los cuatro primeros argumentos. Tendré que ser todavía más breve sobre los seis siguientes.
El quinto argumento es el de la irreversibilidad de la construcción de prisiones.
Una vez que una prisión es construida, nunca (o casi nunca) será derribada.
Puede compararse esto con un caso de masiva desobediencia civil en los primeros años 1980 en Noruega.
Las sentadas que realizábamos todos aquellos desobedientes intentaban llamar la atención sobre la construcción de un enorme embalse sobre un río de 200 kilómetros en el norte de Noruega. Ese río, el río Alta, está situado en un cañón que es una maravilla de la naturaleza, rico en salmones y en otro tipo de vida silvestre, y muy importante para el viejo pueblo indígena de cultura sami. El objetivo del Estado era el de producir electricidad en un momento de crisis. Nosotros argumentábamos que el embalse contrariaba otros objetivos, con una serie de consideraciones ecologistas proponíamos otras fuentes energéticas, y decíamos que su construcción sería irreversible (una vez construido, el embalse nunca sería destruido). Finalmente perdimos, el embalse fue construido y comenzó a producirse electricidad.[20] Los manifestantes teníamos razón: el proceso fue irreversible; más allá de que luego se desarrollaran otras fuentes de energía, el embalse continúa la producción energética en el río, donde estará seguramente en el futuro inmediato.
Lo mismo pasa con las prisiones. Una vez construidas, las mismas permanecen. La sección más importante de la prisión de Oslo, la más grande de Noruega hoy en día, fue abierta en 1851. Era una prisión que seguía el modelo filadélfico, y por ser la más importante del país se llamó hasta 1970 “Prisión Central”. En ese entonces, otra prisión nueva sería llamada a ocupar la función de “prisión central”. La vieja prisión se modernizó un poco y se convirtió en la prisión de Oslo. Todavía existe, todavía está allí 153 años después de que fuera abierta.
La principal institución de trabajo forzado en la costa oeste de Noruega, principalmente ocupada en encerrar vagabundos alcohólicos, fue abierta en 1915. El trabajo forzado fue abolido en Noruega en 1970, y la institución de trabajo forzado cerró sus puertas. Pero al día siguiente fueron reabiertas para conformar la mayor prisión de la costa oeste. Y todavía está allí.
Una escuela para niños con “problemas de adaptación” fue abierta en 1898 sobre la isla de Bastøy, en el fiordo de Oslo. Después de la abolición del trabajo forzado en 1970, la escuela se convirtió en “hogar de protección” para vagabundos alcohólicos. Muchos de los viejos alcohólicos que vinieron entonces habían estado antes en calidad de niños con “problemas de adaptación”. En tiempos posteriores se convirtió otra vez en escuela, y finalmente en prisión. Para el año 2004, 106 años después de haber sido abierta como una especie de escuela-prisión, sigue siendo una prisión. Todavía está allí como una de las sólidas piedras angulares del sistema de prisiones noruego.
Podríamos seguir con ejemplos como éstos. Algunas prisiones construidas hace cientos de años en el centro de pueblos y ciudades, son a veces derribadas. En parte ello sucede cuando intervienen razones comerciales y especulativas. Pero en cualquier caso, unos cientos de años es mucho tiempo. Yo las computo también como construcciones irreversibles.
6. Insaciabilidad
En sexto lugar, un sistema carcelario es como una bestia de presa insaciable, un depredador que nunca está satisfecho. Las cárceles casi siempre están llenas hasta los topes, cuando no masificadas. Ésta parece ser la norma, tanto si el índice de delito registrado aumenta como si disminuye. El índice delictivo noruego en la actualidad está disminuyendo. Sin embargo, tenemos una lista de espera de 2.300 personas aguardando para cumplir sus condenas. La política penal es exactamente esto: una “política” basada en opiniones, en la cobertura mediática, etc., sin ninguna relación sistemática e independiente con el índice delictivo registrado.
En consecuencia, una vez construida cualquier nueva prisión será llenada hasta los topes, mientras que las viejas prisiones permanecerán. Los argumentos de la irreversibilidad y de la insaciabilidad interactúan, reforzándose mutuamente.
7. Inhumanidad
En séptimo lugar, las cárceles modernas no son más humanas que las antiguas. Como mínimo en el caso de las prisiones cerradas, ésta en efecto es la experiencia de los prisioneros.
En los países escandinavos y a ojos de los reclusos, las modernas cárceles cerradas a menudo son vistas como peores que las antiguas. Las modernas cárceles cerradas están hechas de acero, hormigón, cristales especiales y video-vigilancia. Son degradantes y no hay lugar donde esconderse, parafraseando el título del famoso libro de David Bradley de 1948 sobre la amenaza de la bomba atómica.[21]
En una cárcel noruega el control anti-drogas de los reclusos que han salido de permiso no consiste tan sólo en una prueba de orina sino que continúa con un registro minucioso: el recluso debe desnudarse y colocarse con las piernas abiertas encima de un espejo, de forma tal que los guardias tengan buena visión de su interior. Degradante para los prisioneros, degradante para los guardias. Para el caso de presos sospechosos de introducir drogas en preservativos que se tragan, está previsto un procedimiento especial en el lavabo, que consiste en forzar al preso a estar allí sentado hasta obtener sus excrementos, que se almacenan en bolsas de plástico especiales.
En las viejas prisiones como mínimo hay lugares donde esconderse, también para realizar actividades legítimas. Hay un espacio de cierta intimidad. El control no es total. En las cárceles modernas, el objetivo consiste en lograr el control total. Pero este objetivo nunca se logra completamente; en relación a las drogas los controles son en la práctica un fracaso, de manera que la espiral de desarrollo de nuevos métodos de control continúa indefinidamente. Y también la espiral de inhumanidad.
8. Quiebra de los valores
En octavo lugar, las nuevas cárceles irreversibles, insaciables e inhumanas rompen con los valores básicos de la dignidad, el respeto y los derechos humanos a los que todos los individuos de nuestra sociedad deberían tener acceso. Más en general, la creciente confianza en la prisión que implica la construcción de nuevas cárceles entra en contradicción con los valores básicos del Estado de bienestar. Los valores del Estado de bienestar todavía existen, al menos en los países nórdicos, a pesar de las recientes tendencias neoliberales, y creo que también entre el pueblo británico.
La construcción de nuevas prisiones en realidad supone una intensificación de la guerra contra los pobres. No contra la pobreza, sino contra los pobres. Más arriba he destacado que los presos no tienen dinero, no tienen trabajo, no tienen educación, no tienen casa, a menudo son adictos a las drogas, no gozan de buena salud. Numerosos estudios en los países nórdicos así lo muestran de forma convincente.[22] Los estudios (en especial el trabajo ya citado de Lotte Rustad Thorsen), muestran que “cuanto más involucrado” se está en el sistema penal, más pobre se es. Los que están cumpliendo condenas de prisión incondicional son los más pobres de todos. No es muy diferente en otras partes del mundo occidental. La población carcelaria ha cambiado en los últimos años, incluyendo por ejemplo más extranjeros, pero el aspecto de la pobreza no ha cambiado. La idea según la cual las cárceles en la actualidad, a diferencia del pasado, estarían llenas de delincuentes organizados que poseen amplios recursos, es en gran medida un mito.
La construcción de nuevas cárceles, por tanto, además de intensificar la guerra contra los pobres, supone una absoluta contradicción con los valores básicos del bienestar de nuestra sociedad.
9. No ayuda a las víctimas
En noveno lugar, la cárcel no ayuda a las víctimas. Esta afirmación contradice una arraigada opinión pública. Pero es cierto, y es importante repetirlo en estos días y tiempos de gran énfasis en la víctima.
Hay muchas formas de ayudar y aumentar el bienestar de las víctimas. Yo una vez sostuve que deberíamos tirar abajo un buen número de cárceles y dedicar el dinero ahorrado en las víctimas. De hecho, deberíamos cambiar todo el sistema punitivo e incrementar la ayuda a las víctimas de delitos serios en vez de incrementar el castigo de los infractores.[23] Existen multitud de maneras concretas de aliviar la situación de las víctimas. Permítaseme mencionar tres formas principales de “compensación solidaria” de las víctimas:
a. Compensación material automática, mediante una política de seguros automáticos organizada y financiada por el Estado (para cubrir los costes sería suficiente con una partida presupuestaria muy modesta, procedente del conjunto de los ingresos impositivos);
b. Compensación simbólica en forma de nuevos rituales de pena y dolor, incluyendo recursos para elaborar y revisar lo que ha sucedido así como nuevas formas de otorgar un estatus y una dignidad renovada;
c. Redes de apoyo social, incluyendo varios tipos de amparo a las víctimas.[24]
La inauguración de nuevas cárceles no alivia el dolor de las víctimas.
10. La masificación carcelaria puede ser resuelta por otras vías
En décimo lugar, la masificación puede ser resuelta por otras vías. A la vista de todos los argumentos enumerados más arriba, la única política razonable consistiría en reducir drásticamente el sistema carcelario. Pero permítasenos de nuevo autolimitarnos a nuestro limitado objetivo, el de impedir que se construyan nuevas cárceles.
Se puede evitar la masificación y mantener la población carcelaria “en tamaño decreciente” para hacer innecesarios los proyectos de construcción, a través de varias vías:
a. Adelantando un poco la fecha de la libertad. La legislación noruega contiene una previsión que permite a las autoridades penitenciarias adelantar la fecha de liberación 5 o 10 días. Si se reducen todas o la mayoría de las condenas cinco o diez días, se logra como resultado un gran número de celdas vacías. El adelantamiento de la fecha de liberación fue uno de los principales métodos para solucionar “el problema de la lista de espera” en Noruega alrededor de 1980. Actualmente es menos exitoso, porque el adelantamiento de la fecha de liberación hoy sólo se aplica a quienes se les concede la libertad tras cumplir las 2/3 partes de la pena y, debido a una modificación legislativa, estos presos ahora son muchos menos que hace treinta años.
b. Reintroduciendo la práctica generalizada de concesión de la libertad al cumplir las 2/3 partes de la pena. Ésta fue la política en Noruega durante las décadas de 1970 y 1980. Funcionó bien, y no incrementó el índice delictivo. Recuérdese de nuevo lo dicho acerca de la rehabilitación, la prevención general y la incapacitación. Si se reintroduce esta política, naturalmente se reducirá la presión en el sistema carcelario. Además, la política de adelantar cuando sea necesario la fecha de liberación unos días antes del cumplimiento de las 2/3 partes puede ser usada más ampliamente. Suecia solía conceder de forma casi automática la libertad al cumplir 1/2 del tiempo de la pena. Esto fue abolido hace algunos años, y debería ser reintroducido.
c. Acortando las condenas para delitos relacionados con drogas. Las condenas por drogas acarrean a nivel internacional penas exorbitantes, también cuando se trata de delitos menores. Incluso pequeñas reducciones de las condenas (en realidad deberían llevarse a cabo grandes reducciones) provocarían una disminución sustancial de la población reclusa, haciendo innecesaria la construcción de nuevas cárceles.

Estos son mis diez argumentos para no construir más cárceles. Las prisiones no rehabilitan, no cumplen una función de prevención general, tampoco funcionan como incapacitación y no sirven para cumplir con un ideal de justicia. Una vez construidas son irreversibles, además son insaciables, inhumanas, contradicen los valores básicos y no ayudan a las víctimas. Finalmente, existen otras formas de resolver el problema de la masificación.
Tomados conjuntamente, los diez argumentos permiten realizar un amplio y generalizado ataque contra la institución carcelaria. Exigen la abolición de la cárcel, o, como mínimo, su reducción. Como he señalado ya reiteradamente, aquí no pretendo reclamar tanto. Por última vez: en este texto tan sólo hago un llamamiento para no construir más cárceles, y para decir que “ya es suficiente”.
Como primera exigencia, propongo una moratoria de quince años en la construcción de cárceles. Debemos exigirlo a nuestros gobiernos y parlamentos nacionales. Debemos exigirlo a la Unión Europea. Debemos exigirlo a las Naciones Unidas.
En torno a dicho llamamiento y exigencia se puede desarrollar un nuevo movimiento anticarcelario internacional, en el marco y formando parte de los actuales movimientos alterglobalizadores y pacifistas. Un movimiento anticarcelario que a la larga puede ir más allá de este objetivo y reclamar más: una reducción, una gran reducción y, quizás, incluso la abolición de la cárcel.
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NOTAS
* Paper presentado el 25 de junio de 2004 en las Jornadas “Prison 2004” celebradas en la City University de Londres. Traducción del inglés de Gabriel Ignacio Anitua y Marta Monclús Masó
** Profesor de Sociología del Derecho en la Universidad de Oslo, Noruega. Ha publicado varios libros sobre prisiones y criminología, sociología del derecho, sociología de los medios de comunicación, del poder y del contrapoder. Fue uno de los fundadores de la organización noruega de prisioneros, KROM. Entre sus libros podemos destacar Prisons on Trial, recientemente traducido al castellano por Zamuner, A y Coriolano, M. (2003) Juicio a la prisión. Una evaluación crítica. Buenos Aires: Ediar, que además ha sido traducido a otros seis idiomas.
[1] Las cifras han sido tomadas de Ben Hays, “From the Schengen Information System to SIS II and the Visa Information (VIS): The Proposals Explained”, http://www.statewatch.org/.
[2] Se puede consultar la página web de la organización Británica de libertades civiles Statewatch: http://www.statewatch.org/; para un análisis y visión de conjunto ver MATHIESEN, T. (2004) ”On the Globalisation of Control”, en SUMNER, C. (ed.) The Blackwell Companion to Criminology, Blackwell Publishers.
[3] Para un informe y análisis de la ampliación del concepto de terrorismo en la Unión Europea tras el 11 de septiembre de 2001, ver MATHIESEN, T. (2002) “Expanding the Concept of Terrorism?”, en SCRATON, P. (ed.) Beyond September 11. An Anthology of Dissent, Pluto Press.
[4] VINTHAGEN, S. (2003) “Motståndet mot den nya världsordningen” (La resistencia frente al Nuevo orden mundial) en FLYHED, J. y HÖRNQVIST, M. (eds.), Laglöst land. Terroristjakt och rättssäkerhet I Sverige (País sin Ley. La guerra contra el terrorismo y la seguridad jurídica en Suecia). Ordfront.
[5] MATHIESEN, T. The Politics of Abolition. Martin Robertson 1974; DE VITO, C. G. “Prisoners Movements in Western Europe (1965-2000)”, paper presentado en la Conference Prisons 2004.
[6] Ver Thomas Mathiesen, “About KROM – Past – Present – Future”, enero del 2000, http://www.krom.no/.
[7] Øyvind Brungot Dahl et al., Göteborg 14. til 17. juni 2001. 15 norske beretninger fra EU toppmøtet (Gothenburg del 14 al 17 de junio de 2001. 15 Informes noruegos de la cumbre de la UE), puede ser obtenido en el Departamento de Criminología y Sociología Jurídica de la Universidad de Oslo.
[8] MATHIESEN, T. “The Arguments against Building more Prisons”, en Norman Bishop (ed.): Scandinavian Criminal Policy and Criminology 1980-85, Scandinavian Research Council for Criminology 1985.
[9] Ver Fredrik Marklund y Jonas Õberg, “Återfall i brott: Kanada lyckas inte bãttre ãn Sverige” (Reincidencia en el delito: Canadá no logra mejores resultados que Suecia). Apropå (Revista del consejo sueco para la prevención del delito) n.º 3, 2004, p. 33; ver también Jan Andersson y Stina Holmberg (resumen de la misma información) en el periódico sueco Svenska Dagbladet del 13 de agosto de 2004. El jefe del sistema de prisiones federales de Canadá –a dónde se envían los condenados a más de dos años– promovió la “historia” del éxito canadiense en un grab encuentro realizado en Estocolmo, Suecia, en octubre de 2003. Para otras críticas realizadas a la experiencia canadiense, y a su promoción en otros países, ver la información de la Asociación Canadiense de la Elizabeth Fry Societies, en http://www.elizabethfry.ca/.
[10] Ver Frank S. Pearson et al., “Rehabilitative Programs in Adult Corrections: CDATE Meta- Analyses”, paper presentado en el encuentro anual de la American Society of Criminology, realizado en San Diego el 22 de noviembre de 1997; Mark W. Lipsey et al, “Rehabilitation: An Assessment of Theory and Research”, en Colin Sumner (ed.), Blackwell Companion to Criminology, Blackwell Publishers, 2004.
[11] Karl F. Schumann et al., Jugendkriminalität und die Grenzen der Generalprävention, Luchterhand, 1987.
[12] Richard A.Wright, In Defense of Prisons, Greenwood Press, 1994. Los estudios econométricos son generalmente algo más optimistas que los otros. El debate sobre los estudios econométricos se centra sobre el supuesto de precondiciones racionales del hombre, en el que se basan tales estudios y modelos.
[13] Thomas Mathiesen (2000) Prison on Trial. 2 ed. Waterside Press, p. 180 (Juicio a la prisión. Buenos Aires: Ediar, 2003, p. 280).
[14] Las mismas afirmaciones con respecto a los aumentos de condenas, ver en el comentario sobre la investigación hecho por Andrew von Hirsch et al. (1999) Criminal Deterrence and Sentence Severity. An Analysis of Recent Research, University of Cambridge, Institute of Criminology, Hart Publishing.
[15] Ver Sheldon L. Messinger y Richard A. Berk (1987) “Review essay: dangerous people” (comentario al libro de Blumstein et al. de 1986), publicado en Criminology n.º 25.
[16] Para mayores detalles ver Thomas Mathiesen (1998) “Selective Incapacitation Revisited”. Law and Human Behavior, vol. 22 n.º 4.
[17] Para más detalles, ver el resumen en Thomas Mathiesen (2000) Prison in Trial, 2 ed. Waterside Press, pp. 185-186 (Juicio a la Prisión. Buenos Aires: Ediar, 2003, pp. 176 y 177).
[18] El entero desarrollo de las prácticas policiales y del sistema penal hacia la dirección orientada por el riesgo (ver más arriba) realmente se hace en contra de los valores básicos y garantías de nuestro derecho penal.
[19] Para una interesante elaboración crítica sobre el neoclasicismo ver Katja Franko Aas, From Faust To Macintosh: Sentencing in the Age of Information, tesis doctoral presentada en el Departamento de Criminología y Sociología del Derecho, Oslo, 2003, que pronto será publicada.
[20] Pero a largo plazo yo creo que ganamos: decenas de miles de personas participaron todas juntas durante una buena cantidad de años poniendo la cuestión ecológica en el lugar que le corresponde en la agenda política noruega.
[21] David Bradley (1948) No Place to Hide, Little and Brown.
[22] Ver Britta Kyvsgaard (1989) …og fængslet tar’r de sidste (…Y la cárcel se lleva a los últimos), Jurist- og økonomiforbundets forlag; Stig Åhs et.al(1991) Fångarna i välfärdssamhället (Los presos en el Estado del bienestar), Tiden förlag/Folksam; Anders Nilson and Henrik Tham (1999) Fångars levnadsförhällanden. Resultat från en levnadsnivåundersökning (Las condiciones de vida de los presos. Resultados de una investigación sobre el nivel de las condiciones de vida), Kriminalvårdsstyrelsen, Norrköping; Torbjørn Skardhamar (2002) Levekår og livssituasjon blant innsatte i norske fengsler (Condiciones de vida y situación de vida entre los presos en las cárceles noruegas), Institutt for kriminologi og rettssosiologi, Universitetet i Oslo, K-serien n.º 1; Lotte Rustad Thorsen (2004) For mye av ingenting… Straffedes levekår og sosiale bakgrunn (Demasiado de nada… Las condiciones de vida y la procedencia social de las personas condenadas), hovedfagsavhandling i kriminologi, Universitetet i Oslo.
[23] Thomas Mathiesen (1995) edición noruega de Prison on Trial, titulada Kan fengsel forsvares?, Pax Publishers 2. ed., pp. 216-21.Debo esta idea al sociólogo Ole Kristian Hjemdal (Juicio a la prisión, op. cit., pp. 229-232).
[24] Para más detalles, ver mi libro Prison on Trial, Waterside Press 2 ed. 2000, p.167 (Juicio a la prisión, op. cit., p. 262).
(*) Thomas Mathiesen, nacido en 1933, es doctor en Filosofía y desde 1972 profesor de Sociología del Derecho en el Instituto de Sociología del Derecho (Universidad de Oslo, Noruega). Ha realizado investigaciones y publicado libros en varias áreas como sociología del derecho, criminología, sociología política y sociología de los medios masivos de comunicación.Es uno de los fundadores y miembro activo del movimiento carcelario escandinavo. Además de las lenguas escandinavas, muchos de sus libros y artículos fueron publicados en inglés, alemán, francés, italiano, portugués y japonés. Algunos de sus libros en inglés: The Politics of Abolition (1974), Law, Society and Political Action (1980), Prision of Trial (1990, una nueva edición se publicará en el año 2000).

Este artículo fue publicado en http://neopanopticum.wordpress.com/2006/07/05/12/ y de allí lo toma Derecho a Réplica.
Debemos convenir que la medición de la delincuencia, la constatación de su evolución y sus variables suponen uno de los objetivos criminológicos más arduos en materia político criminal. Medir el delito es, sin lugar a dudas, una tarea que nunca está asegurada en su fiabilidad y exactitud, cualquiera sean las estrategias metodológicas que se utilicen. Muchísimo menos, si esas prácticas se acotan a las encuestas policiales y/o judiciales. De todas maneras, en ese marco de dificultad objetiva, las encuestas de victimización, realizadas  en base a metodologías cuantitativas y cualitativas verificables, y sobre un porcentaje representativo de la población, constituyen -sin duda alguna- la herramienta más aproximada y eficaz para determinar las variables fundamentales de un fenómeno social y una creación cultural de estimación por demás esquiva.
En el año 2004, tuve oportunidad de impulsar y llevar adelante la primera encuesta de victimización realizada en la ciudad de Santa Rosa. Nos fueron acercados los datos relevados en todos los barrios de la ciudad, auscultados sobre (si mal no recuerdo) un 1,5% de los vecinos.
Esos resultados fueron por demás reveladores. En un barrio relativamente céntrico, compuesto mayoritariamente por gente adulta, con muchos años de residencia en el mismo, solamente el 16% de los vecinos entrevistados, admitieron haber resultado víctimas de un delito "a lo largo de toda su vida". Sin embargo, el 48% de esos mismos vecinos consideraba que su principal problema era la "inseguridad". Obviamente, en otras zonas, esos baremos variaban de manera sustancial. De todas maneras, consignando ese solo dato que puedo reproducir dado el tiempo transcurrido, no escapará a la comprensión de cualquier lector la importancia de la realización de este tipo de estudios, sobre todo para distinguir la victimización objetiva de las intuiciones y percepciones de la población respecto de la conflictividad. Sin embargo, hasta donde sabemos, los mismos no se volvieron a repetir. Ignoramos por qué. Tal vez porque, de reiterarse en el tiempo, habrían tornado imposible la expectativa de "gobernar desde el delito".

Por eso creo necesario, justamente en este momento histórico, reiterar algunos conceptos que tienen que ver con los estudios de victimización.
Las encuestas de victimización son insumos conceptuales y metodológicos destinados a obtener datos con pretensión de consistencia y fiabilidad respecto de las formas y la magnitud que asume el delito, en un determinado contexto social. Generalmente, las informaciones relevadas son utilizadas para poner en práctica políticas públicas en materia de seguridad ciudadana, a partir de la obtención de un diagnóstico superador de las encuestas policiales y judiciales, que, entre otros problemas, adolecen de una inviabilidad objetiva para mensurar la incidencia de la cifra negra del delito (“unreported crime”) y además están expuestas a lo que se denomina el carácter “manufacturado” de este tipo de registros. Es decir, las decisiones políticas que amplifiquen o minimicen el volumen de la criminalidad conforme lo impongan determinadas coyunturas
Las encuestas de victimización remiten, en general, a determinados marcos temporales. Así, las indagaciones pueden aludir, por ejemplo, a la victimización de que fueran objetos los encuestados a lo largo de su vida, o tomar en cuenta un período convencional, por caso el último año; o bien intentar establecer comparaciones entre dos o más períodos, para auscultar de esa manera la evolución de la criminalidad.
Este tipo de estudios, de gran anclaje en EE.UU y Europa, por ejemplo, se ha incorporado tardíamente en la historia político criminal argentina, y las experiencias que en ese sentido se han concretado son fragmentarias o locales [1] y, muy excepcionalmente, han sido tomadas en cuenta por las agencias oficiales al momento de diseñar las políticas públicas vinculadas a la cuestión criminal.
Es probable intuir algunas razones explicativas de estas conductas refractarias del Estado en la Argentina.
Una es, sin ninguna duda, la hegemonía ideológica del paradigma positivista-biologicista, que se ha mantenido inconmovible en sus diagnósticos, que vinculan al delito con particularidades de la personalidad de sus autores o con un determinismo biológico o social y, por lo tanto, proclaman su independencia respecto de estos estudios, cuando no su descreimiento respecto de los mismos. La impronta positivista de los “legajos criminólogicos” de los servicios penitenciarios argentinos constituyen una evidencia categórica en este sentido.
De idéntica manera, las concepciones funcionalistas extremas y una arraigada concepción sociológica de la enemistad[2],  han desechado estas herramientas por suponer a priori que las mismas no dan respuesta a aquellas personas que se comportan como “enemigos” del “todo” social y, por ende, deberían esperar únicamente una respuesta punitiva del estado, encargado como está de procurar que sus súbditos internalicen la “vigencia de la norma”.
El “sentido común” y el “olfato pesquisante” de jueces y policías, que en realidad encubren un entramado de poder derivado de la potestad de “decir el delito” (y con ello, decir si aumenta o disminuye), han contribuido, también, de manera importante a postergar el desarrollo de estos estudios, acaso por la misma razón que motiva a funcionarios y políticos, prevenidos o sensibilizados por los eventuales resultados que, en más o en menos, pudieran contradecir la exhibición pública que se hace de la “inseguridad” provocada por el crimen.
Ciertamente, las encuestas de victimización han sido también objeto de críticas y reservas.
Una de las más consistentes, parte de la base de considerar al delito como un objeto complejo insusceptible o difícilmente comprensible en base al “lenguaje de los números”.
Otra, la esperable reticencia de los entrevistados a reportar ciertos delitos, tales como, por ejemplo, las agresiones sexuales cometidas en el seno del hogar.
Existen también observaciones que  se vinculan a la metodología a utilizar. Por ejemplo, si bien las encuestas cara a cara son mucho más ricas porque importan, además de un mecanismo de recolección de datos, un ejercicio cualitativo o etnográfico de indudable riqueza, resultan mucho más caras, demandan una cantidad importante de personal capacitado para su puesta en práctica y, por lógica, son mucho más lentas. Las encuestas telefónicas, por su parte, son menos onerosas, más rápidas y pueden replicarse y repetirse con mucha mayor facilidad. Pero el vínculo con los entrevistados es más impersonal, y a veces se tropieza con la reticencia de las personas a contestar encuestas hechas por esta vía.
En cualquier caso, este tipo de estudios configura una variable original, una alternativa superadora de lo conocido, que seguramente debe complementarse con otros abordajes y que no significan en modo alguno prescindir de las encuestas policiales o judiciales, que bien podrían ampliarse, por ejemplo, con mapas del delito. Esta complementariedad permitirá a los estados disponer de una multiplicidad de datos que, confrontados entre sí, pueden brindar una información relevante sobre la cuestión criminal, con un grado de consistencia y fiabilidad sustancialmente mayor del que se dispone hasta ahora.
En síntesis, es conocida y admitida en todo el mundo la escasa fiabilidad de las encuestas y estadísticas judiciales y policiales en materia de delitos. Esto es así, no solamente porque, como lo admiten muchos criminólogos, existen detectadas etapas, motivaciones y modalidades de manipulación de los datos, sino porque las mismas únicamente trabajan con los delitos reportados (que no incluyen la denominada "cifra negra" de la criminalidad), y porque los a veces intrincados mecanismos judiciales contabilizan de manera particular las causa "NN", las prescriptas, las incidentales o las que no se investigan. Pero además, estas muestras cuantitativas empecen, por ejemplo, a la necesidad social básica de conocer con un grado de probabilidad cierta si el delito aumenta o disminuye en un determinado ámbito temporal y espacial, las fluctuaciones de determinadas modalidades delictivas o de violencia social, el estado y evolución de la seguridad urbana "objetiva" y "subjetiva" (esto es, la sensación de inseguridad basada en factores ajenos a la propia victimización de las personas). A partir de la elaboración de las mismas podrá contarse con elementos objetivos de constatación que permitan articular, de acuerdo a las distintas realidades criminológicas, estrategias razonables y adecuadas de política criminal.
Sobre la reserva consignada entre paréntesis, es preciso poner de relieve que cualquier política criminal debe reconocer que las medidas que se adopten pueden ser efectivas en algunos lugares y no en otros, respecto de determinados colectivos y no de otros, y en algunos momentos pero no en otros.














[1] “Un diagnóstico de la Violencia Urbana en la Argentina”, Dirección Nacional de Política Criminal, Ministerio de Justicia, sitio web del Ministerio.
[2]Gutiérrez, Mariano: “Una sociología de la enemistad”, disponible en www.derechopenalonline.com