Por Eduardo Luis Aguirre

"Ser de izquierda implica insistir en el carácter contingente de la realidad histórica del capitalismo"  (Jorge Alemán)

Se cumplen 100 años de la Revolución Rusa. Un acontecimiento que algunos consideran el hecho histórico y político más trascendente del siglo XX, y otros se encargan de denostar por diferentes vías.



Cualquiera sea la mirada que se elija, la instauración del primer estado socialista de la humanidad, precipitado en el país más extenso de la tierra, en un ámbito donde no existían las “condiciones objetivas” en las que era esperable semejante transformación  económica, política, social y cultural, modificó la historia de la modernidad.

Y la sigue condicionando aún después de casi tres décadas de su derrumbe, a pesar de que muchos de los rusos actuales no vivieron durante el régimen comunista.

La épica cuyos lemas eran “paz, pan y trabajo” y “todo el poder a los soviets” derivó en una transformación revolucionaria sin precedentes que sucumbió a fines del siglo pasado. Extenuada por razones macropolíticas y macroeconómica, pero también por haberse revelado como una cárcel de pueblos que pretendió (y consiguió) adueñarse del cuerpo de los sujetos y asumirlos como si éstos no tuvieran Deseo ni pasiones. Un esquema totalitario condenado al colapso.

Sin embargo, los años inmediatamente siguientes a la caída del comunismo, generaron en los rusos sentimientos sorprendentes, dada la brutalidad de las medidas neoliberales impuestas por los gobiernos sucesivos.

En 2016, un estudio reveló que el 64 por ciento de los rusos votarían en la actualidad por la conservación de la Unión Soviética, en caso de celebrarse una compulsa popular sobre ese tema, según informó  en su momento el Centro de Investigación de Opinión Pública de Rusia (CRIOP), que realizó la encuesta entre los habitantes del país. Lo verdaderamente llamativo es que este resultado se obtuvo un cuarto de siglo después del desmembramiento de la antigua URSS, y en buena medida se explica en base a circunstancias políticas, históricas y culturales. 

Contrariamente a lo que ocurría en los “trágicos años 90” (el propio Presidente Putin calificó de esa manera a la disolución de la Unión), Rusia se repuso de una crisis terrible y hoy es una potencia de primer orden, capaz de gravitar decisivamente en el tablero del mundo merced al volumen incalculable de sus recursos energéticos, una política exterior sólida que supera permanentemente los sucesivos asedios a los que la ha sometido occidente en los últimos años, la expansión de su influencia científica, tecnológica y económica y su capacidad militar indiscutida. 

La nostalgia entre los rusos es más fuerte entre personas mayores de 45 años (70-83%), gente de pocos estudios (72%), habitantes de Moscú y San Petersburgo (64%) y ciudadanos que no usan Internet (75%). Un tercio de los rusos, compuesto mayoritariamente por jóvenes con instrucción universitaria y acceso a internet, no experimentan ese sentimiento de pérdida respecto de la U.R.S.S ni añoran el pasado previo al 26 de diciembre de 1991. 

 No obstante, investigaciones recientes sobre el tema dan cuenta que el recuerdo colectivo se ha instalado también –como ya señalamos- en muchísimos jóvenes que, por razones de edad, no vivieron durante la etapa del socialismo soviético o no guardan recuerdos sobre esa época del país.

Con abstracción de estos condicionamientos objetivos, los jóvenes que en el presente valorizan y evocan con simpatía el pasado dorado de la Unión Soviética forman parte de una memoria colectiva que se muestra fuertemente crítica con el proceso de desintegración y postración del país y reivindican no solamente las conquistas económicas y sociales de antaño, sino también el orgullo de un pasado reciente que mantenía a sus habitantes al margen de las incertidumbres y acechanzas que les deparan el capitalismo globalizado y las potencias occidentales hostiles. 

Ese sentimiento se reconstruyó con la superación de la peor crisis de la historia  a partir de la recuperación de un país de alrededor de 170 millones de habitantes, de su autoestima y sus potencialidades y de un liderazgo que permitió que en pocos años el gigante volviera a ponerse de pie. La recuperación de Rusia y su reposición como referente mundial, pone seriamente en cuestión el discurso del pensamiento único y el fin de la historia, creados casi contemporáneamente con el hundimiento del bloque socialista.

En buena medida, la referida nostalgia de los rusos expresa el nuevo cuadro de situación del país y tiende a reivindicar formas de organización políticas alternativas a las recetas neoliberales que les tocara sufrir en carne propia.

Sin embargo, el recuerdo de la dureza extrema y el desprecio del régimen soviético para con la libertad y el deseo de los sujetos constituyen un condicionante enorme para el emerger de nuevos socialismos burocráticos, a pesar de la opinión reivindicatoria de Zizek.

Este desentendimiento de la burocracia comunista por la subjetividad es curiosa, porque el tema motivó a los teóricos del sistema, incluso antes de la Revolución cuyo centenario se conmemora.

Se dice que el marxismo nunca dejó de ocuparse de la psicología y de su objeto. El campo psicológico fue abordado y sondeado por los grandes pensadores marxistas que lucharon y reflexionaron en el continente europeo desde los tiempos de Marx hasta el triunfo de la Revolución de Octubre. Este análisis es también abarcativo de lo ocurrido durante los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando el psicoanálisis freudiano o post-freudiano y la propia psicología marxista profesional-académica pasaron a ocupar un primer plano en la relación del marxismo con la esfera psicológica.

Es recordada la controversia entre marxistas y bakuninistas en el marco de la Primera Internacional y la oposición entre las perspectivas psicológicas idealistas y materialistas en los primeros años de la Segunda Internacional. Existen, además, elaborados sistemas de psicología materialista en Kautsky, Plejánov, Lenin y Rosa Luxemburgo, sin contar a Trotsky, Stalin y otros contemporáneos suyos que alcanzaron la mayor influencia y el mayor desarrollo de su pensamiento después de la Revolución de Octubre.  Según se ha expresado, es posible encontrar allí las coincidencias con el enfoque psicológico del propio Marx, pero también con la perspectiva psicoanalítica de Sigmund Freud, la cual, aunque no haya interactuado estrechamente con el marxismo en los años que nos ocupan, sí lo hará en los años siguientes, dando lugar a importantes movimientos intelectuales que marcarán el siglo XX. Estos movimientos habrían de poner de manifiesto la profunda correspondencia entre las formas en que se concibe la subjetividad en las dos grandes torsiones críticas reflexivas históricas del marxismo y del psicoanálisis freudiano (1).

Sin embargo, la pretendida armonía entre psicoanálisis y marxismo (y, sobre todo, entre el psicoanálisis y los experimentos que derivaron en las burocracias socialistas de todo el mundo) parece adeudar algunas asignaturas.

La principal de ellas tal vez sea la aporía del determinismo teleológico que auguraba la inexorabilidad de la lucha de clases y el triunfo final del proletariado sobre la burguesía. Lo que se han denominado las “malas noticias” que el psicoanálisis moderno le depara a las utopías socialistas. La principal de ellas, desde la perspectiva de Jorge Alemán, es que es que ya no se puede pensar en ningún proceso de transformación sin tener en cuenta a los sujetos.

En efecto, hasta hace algunas décadas, campeaba –especialmente entre los marxistas- el convencimiento de que había sujetos que por el sólo hecho de pertenecer a la clase obrera, destinada inexorablemente a realizar la revolución socialista, iban a interesarse e involucrarse fatalmente en esa militancia. Hoy, por el contrario, se piensa que no hay ninguna garantía a priori de que ese sujeto se inscriba en ese proyecto histórico y resulte siempre un potencial revolucionario. Pero para que ello ocurra, es necesario además que el sujeto no quiera ser explotado.Esta idea nos conduce al campo no demasiado explorado del análisis de la subjetividad, pues para liberarse hace falta esencialmente quererlo. No basta, para ello,  con formar parte de una clase cuya conciencia sea considerada a priori como inexorablemente revolucionaria (2).



  1. Pavón Cuéllar, David: “El elemento subjetivo en el debate socialista: ideas psicológicas del marxismo en los tiempos de las primeras dos Internacionales (1864-1918)”, disponible en https://marxismocritico.com/2016/09/06/el-elemento-subjetivo-en-el-debate-socialista-ideas-psicologicas-del-marxismo-en-los-tiempos-de-las-primeras-dos-internacionales-1864-1918/#more-11448
  2. Alemán, Jorge: “Conjeturas sobre una izquierda lacaniana”, Grama Ediciones, 2013, páginas 21 y 22.